A la mañana siguiente se encontró en la mejor disposición de espíritu en

que hombre alguno puede hallarse después de coronados sus esfuerzos por

un éxito lisonjero. Vistióse canturreando trozos de zarzuela. Tomó

chocolate con la familia, dió un vistazo a los periódicos nacionales y

extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzóse a

la calle a cerciorarse del efecto real que el primer número del Faro

había producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le

felicitaron por su artículo (que él modestamente no quería atribuirse) y

hablaron largo y tendido del periódico. Lo que más excitaba el

entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideración

de que Nieva aún no había llegado ni llegaría en mucho tiempo a tal

grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los

elogios, prometió emprender campañas activas en favor de todo lo que se

le demandaba. Uno pedía que se hablara del barranco de la calle de

Atrás, otro pedía que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se

le tirasen algunas píldoras al rematante de las bebidas, otro que los

serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueño, etc. Don

Rosendo asentía, fruncía las cejas, extendía la mano abierta en signo de

protección. El, periódico lo arreglaría todo. ¡Ay del que se rebelara

contra las reclamaciones de la prensa!

En el estanquillo de doña Rafaela, de la calle de San Florencio, donde

se reunían algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales

gustaba conversar algún rato, entregado a los palillos, también le

hablaron del _Faro_. Allí se fijaban preferentemente en el folletín. Don

Rosendo anunció que el del número próximo era mucho más interesante, y

se fué. En un corro de marinos que había en el muelle le felicitaron con

rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la dársena estaba muy

sucia y era menester dragarla. Se dragaría: ¡vaya si se dragaría! Don

Rosendo se alejó gravemente poseído de su omnipotencia. Y al ver rodar a

lo lejos las olas grandes y encrespadas, se preguntó si no sería

oportuno dirigirles una excitación por medio de la prensa para que

moderasen su impertinente agitación.

Como se llegase ya la hora de comer, dió la vuelta hacia casa meditando

en la grave responsabilidad en que incurriría ante Dios y los hombres

si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la

prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Rúa

Nueva, se encontró en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le

saludó muy finamente, le preguntó por toda su familia, y se fué

enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros.

Después le habló del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste

vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los

barcos de la carrera de América; se quejó en seguida del polvo que

había en los caminos, lo cual le impedía pasear; se enteró del precio

del bacalao y de las noticias que había de la pesca en Terranova. Don

Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del periódico. Nada:

Maza no hizo la menor alusión a él. Esto comenzó a desconcertarle y a

hacer violenta su situación. La conversación giraba de un punto a otro

sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo,

algo acortado y enseñando toda la pasta de sus dientes, le dijo:

—¿No ha recibido usted _El Faro_? Se lo he enviado de los primeros.

—Phs... creo que ayer lo han traído a casa; pero aún no lo he

abierto—respondió Maza con afectada indiferencia.—Vaya, don Rosendo,

¿gusta usted de comer conmigo?...—Pues hasta la vista.

Don Rosendo quedó un instante clavado al suelo como si le echasen un

jarro de agua fría. La sangre se agolpó con furia a su rostro, y

emprendió de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan

desprevenido, aquel desprecio fué una puñalada que le llegó a lo más

vivo. Después que cesó el aturdimiento, le acometió una ira inconcebible

contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y

miserable). Llegó a casa en un estado de agitación deplorable. Aunque se

sentó a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estómago,

repentinamente turbado, no quería admitir los alimentos. Estuvo

taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se

contraían con sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡villano!

—¿Qué tienes, Rosendo?—se atrevió al fin a preguntarle su esposa, que

ya estaba inquieta.

—Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo—se

limitó a contestar con amargura.

Una vez vertida esta profunda sentencia, quedó en un estado de relativo

reposo. Se tendió en una butaca a pensar, y transcurrida media hora

salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. Al entrar en el café

oyó la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre allá arriba. Se le

figuró percibir desde la escalera que hablaba del periódico y que lo

calificaba de «solemne payasada». El corazón le dió un vuelco y entró en

la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un

grupo, se calló, púsose el sombrero con ademán hosco y fué a sentarse en

el diván. Los que le escuchaban, don Jaime Marín, Delaunay, don Lorenzo

y don Feliciano Gómez, le saludaron con cierto embarazo y como

avergonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disimuló cuanto pudo, y

esforzándose en poner cara alegre, comenzó a hablar de las noticias que

corrían. La conversación tomó el rumbo de todos los días; la confianza

volvió a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como

malévolo, sacó la conversación del periódico, preguntando a su fundador

con risilla irónica en el español chapurrado que usaba:

—¿Qué trabajitos prepara usted para el próximo número, don Rosendo?

—Ya los verá usted cuando salgan—respondió secamente éste, que adivinó

la burla escondida detrás de la pregunta.

—Aquí, en don Feliciano—prosiguió el ingeniero con la misma

sonrisa—tiene usted un defensor acérrimo.

—Si me defiende es que alguien me ha atacado—respondió don Rosendo con

más sequedad aún.

Nadie pronunció una palabra. El silencio se prolongó bastante tiempo,

hasta que lo rompió el mismo Belinchón haciendo una pregunta indiferente

a don Jaime, con lo cual la conversación volvió a animarse. Pero no se

había conjurado el choque sino momentáneamente. La pelota estaba en el

tejado y no tardó en caer. Maza tenía vehementes deseos de decir a don

Rosendo que lo del periódico era «una mamarrachada». Este no las tenía

menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la

primera ocasión que se presentó, ambos la cogieron por los pelos para

comunicarse estas gratas noticias. La disputa duró más de dos horas.

Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de más

edad y le debía quince mil reales. El fundador del _Faro_, por razones

de prudencia, tampoco se atrevía a soltar enteramente la lengua. Sin

embargo, al cabo, en mejores o peores términos, todo se dijo para

edificación de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los

contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los

menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se

asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano,

para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos

aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseñaban una porción de

términos y frases que no conocían, y se ponían al tanto, aunque fuese de

un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente

cerrados para ellos... ¡Lástima que la afición al billar les impidiese

escucharlas siempre!

El estado de agitación y de cólera en que salió don Rosendo del

Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carácter elevado y magnánimo,

fué herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos

falsos amigos. ¡Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la

obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cúspide de la sociedad

humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vacío y la

inacción! ¡Más fiero dolor todavía es ver despreciados los más nobles

trabajos del espíritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y

la verdad! Tal fué el caso de Sócrates, Colón, Galileo, Giordano Bruno,

y tal también el de nuestro héroe. La primera mordedura de la envidia le

causó el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del

género humano. Su espíritu vaciló. Fué un instante nada más, un desmayo

pasajero que sirvió para acreditar mejor el temple admirable de su alma.

Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tardó mucho tiempo en

conciliar el sueño. ¡A cuántas tristes consideraciones se presta este

caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio,

de ilustración y de ánimo, dormía a pierna suelta, aquel hombre

benemérito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr

las caricias del sueño reparador.

A la mañana siguiente se levantó un poco pálido y ojeroso, pero firme y

resuelto a proseguir su obra de regeneración, a despecho de todos los

obstáculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella

noche de insomnio, en vez de enflaquecer su ánimo y despegarle de su

empresa, le confirmó en ella, le dió alientos para llevarla a feliz

remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.

Ocupóse, pues, con brío en trazar el plan del segundo número que habría

de aparecer el jueves próximo. Y como siempre acontece, el éxito feliz

trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se

le ofrecieron para el segundo número; mas la mayor parte no eran de

paso. La falta de espacio obligóle también a rechazar algunos que lo

eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo

escollo con que tropezó su patriótica empresa.

Pero al publicarse el quinto número surgió otro de mayor cuenta que

produjo en el pueblo honda sensación y arrastró consigo fuertes

torbellinos. Sucedió que Alvaro Peña, firmemente convencido, como ya

sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los

humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero,

propúsose aprovechar el arma del periódico para emprender contra él una

activa campaña. Y para comenzar lanzó, a guisa de guerrilleros, unas

cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofradía del

Rosario, que no parecían, hablaba en términos irrespetuosos de las Hijas

de María, y decía chuscadas a propósito de la novena, de las confesiones

y de los escapularios con que se adornaban las jóvenes beatas de la

villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don

Benigno, el teniente párroco, director de las conciencias femeninas de

Sarrió, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado.

El párroco era un hombre apático, viejo ya, que pasaba la vida en una

casita de campo que poseía cerca de la población, dejando de buen grado

a su teniente el cuidado del rebaño místico. Y don Benigno cumplía su

cometido como pastor vigilante y celosísimo, rondando el rebaño noche y

día, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con

esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bíblico. Nada puede

igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altísimo. En

cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se creía en

el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no había por

dónde cogerle, el condenarse facilísimo, el amor terrenal una

inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el

tiempo para merecer la salvación muy limitado. En su consecuencia lo

mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a

este adjetivo), y correr a entregarse a Jesús, penetrar en la gruta

deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar allí olvidado su

cuidado. Conocía él un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del

cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene

reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas

que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el

teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tenía un poco

desabrido a don Segis, el capellán de las Agustinas, aunque no osaba

manifestarlo, porque no le convenía ponerse mal con su compañero.

La insinuación producía efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer

don Benigno en los oídos de una vieja. Quizá porque calculase que a

Jesús le gustaban más dos de quince que una de treinta, o porque las

hallase más reacias y desconfiadas que las niñas. De todos modos,

aquella cacería espiritual tenía episodios interesantes. En cierta

ocasión el teniente fué víctima de la agresión de un joven a quien había

arrancado su hermana para el convento. En otra, después de haber

buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de

Cristo se escapó de la noche a la mañana con un oficial de sastre. Don

Benigno acostumbraba a conducir él mismo las esposas a la morada del

Esposo. Cuando había dificultades que vencer por parte de la familia, se

portaba con la habilidad y la osadía de un consumado seductor.

Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que

para sí la quisieran muchos tenorios mundanos.

De esto sacó pretexto Alvaro Peña para hablar en una gacetilla de cierto

sacerdote aficionado a «cazar palomas». Ahora bien; como ya conocemos la

afición de don Benigno a la cría de pichones, la gacetilla iba

directamente a él y con una intención diabólica. Los lectores así lo

comprendieron. Se comentó y rió no poco el dañino suelto.

Al verse de aquel modo en ridículo, el excusador, que tenía un

temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se

enfureció terriblemente.

—¿Ha leído usted el _papelucho_ de don Rosendo?—preguntó por la noche

en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera

gacetilla irreligiosa don Benigno no volvió a llamar de otro modo al

_Faro de Sarrió_.

—Sí, lo he leído esta mañana en casa de Graells.

—¿Y qué le parece a usted de aquella indignidad?

—¿Cuál?—preguntó con sosiego el capellán.

—Hombre, ¿no ha leído usted las infamias que dicen de mí?

Don Segis levantó el vaso a la altura de los ojos, examinó detenidamente

el dorado líquido, lo acercó a los labios y bebió con pausa. Después de

toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pañuelo de

hierbas, dijo gravemente:

—Phs... la intención no es buena que digamos... Pero vale más tomar las

cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.

El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignación,

recibió un nuevo golpe, y calló, devorando su enojo. En esta ocasión fué

cuando se manifestó la sorda enemiga del capellán de las Agustinas por

la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento

naciente. El teniente se volvió entonces hacia el señor Anselmo y don

Juan el Salado. Estos tuvieron la atención de manifestarse disgustados

por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto

no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal

reunión.

Pero al jueves siguiente, Alvaro Peña dejaba descansar a don Benigno y

«se metía» con el capellán de las monjas, publicando de él una semblanza

en verso, en que se hacía muy graciosa mención del matrimonio de las

copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le tocó entonces

enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el

sosiego de éste era aparente, y sólo para vengarse del de don Segis. En

realidad, su herida manaba sangre todavía. Así, que no tardó en

realizarse la conciliación, poniéndose ambos con inusitado ardor a

quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escribían en el

«papelucho de don Rosendo», principiando por éste, su ilustre fundador,

y concluyendo por el dueño de la imprenta. No se les ocultaba que el

autor de las chufletas era Alvaro Peña. Pero como siempre habían tenido

a éste por un desalmado _masón_, capaz de beberse la sangre toda del

clero de Sarrió, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse

principalmente en Sinforoso. Las razones que tenían para ello, eran que

éste había sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego

procedía de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo

había sido también. Además podía dispensarse hasta cierto punto que don

Rosendo Belinchón, don Rudesindo, Alvaro Peña y don Rufo, todos hombres

que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... ¡pero

aquel petate!... ¡aquel hambrón!

Excitado por la murmuración, don Benigno bebió algunos vasos más de los

acostumbrados, y el capellán no quiso quedarse atrás. Cuando los

tertulios salieron de la tienda formando la clásica cadena, don Segis

advirtió con satisfacción que la pierna entumecida le pesaba menos, y se

lo hizo observar a don Benigno, que le dió por ello la enhorabuena.

Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el

ácido úrico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo

don Segis manifestó en voz alta que aquella noche no tenía deseos de

irse a la cama, y les acompañaría. Mas el teniente le dijo al oído que

deseaba hablar con él en secreto, y ambos se quedaron delante del

convento.

—Amigo don Segis, ¿qué le parece a usted de ir a limpiar los mocos al

hijo del Perinolo?

—¡Grave! ¡grave! ¡grave!—murmuró don Segis.

—Si pudiéramos darle una sopimpa, sin escándalo, se entiende...

—¡Grave! ¡grave!

—A las once u once y media sale del café. Podemos esperarle por allí

cerca y alumbrarle algunos coscorrones.

—¡Grave! ¡grave! ¡grave!

—¿Es usted un hombre o no lo es, don Segis?

La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbación en el espíritu

del capellán, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a

que se entrega antes de pronunciar una palabra.

—¿Quién? ¿Yo?... ¡Parece mentira que un amigo y un compañero me diga

cosa semejante!

Y dió la vuelta muy conmovido y se llevó el pañuelo a los ojos, de donde

brotaban algunas lágrimas.

—Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la

insolencia de ese pelgar.

—¡Vamos!—profirió con firmeza el capellán, echando a andar en

dirección a su casa.

—Por ahí no, don Segis.

—Por donde usted quiera.

Los dos clérigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin

ciertas vacilaciones explicables, en dirección al café de la Marina. No

será de más decir que ambos vestían de seglar por las noches, con sendas

levitas negras de largo faldón y manga apretada, botas de campana y

enormes sombreros de felpa.

Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanías del

café. Una vez allí, ofuscados por las luces como cándidas mariposas,

quisieron caer, y retrocedieron.

—Lo mejor será esperarle hacia su casa. Aquí hay todavía mucha

gente—dijo don Benigno.

Don Segis se mostró humilde también esta vez, siguiendo el impulso de su

compañero.

En la calle de Caborana, esquina a la del Azúcar, que la pone en

comunicación con la Rúa Nueva, se situaron ambos como punto estratégico

por donde el enemigo había de pasar, dado que su casa estaba situada al

final de la calle de Caborana. Los dos clérigos tenían la firme voluntad

de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. Así que soportaron

con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda

que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra

consideración temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que

ocupaban.

Al fin, descuidado y satisfecho, después de haber sostenido larga y

acalorada discusión en el café, se retiraba el redactor en jefe del

_Faro_ hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el

irritable teniente, que le dice con su voz chillona:

—Oiga usted, mocito, ¿quiere usted repetirme ahora las insolencias que

ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendría mucho gusto en ello.

La sorpresa, el acento sarcástico y amenazador del clérigo, y la vista

del bulto de don Segis, que permanecía a algunos pasos, inmóvil, como

fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algún

tiempo no pudo articular palabra. Sólo cuando el teniente avanzó hacia

él un paso, logró decir:

—Tranquilícese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.

—¡Hola!—exclamó el clérigo con sonrisa feroz,—parece que ya no

cantas, tan alto... ¿Qué tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el

gallo que no canta, guapito?

Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso retrocedió otro.

La reserva de don Segis avanzó también para conservar la distancia

estratégica.

—¡Tranquilícese usted, don Benigno!—gritó Sinforoso con terror.

—¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo más que oir otra vez aquello

de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.

—¡Yo no lo he escrito!—exclamó con angustia el hijo del Perinolo.

—¿De veras no lo has escrito, guapo?... ¡Pues para cuando lo escribas!

Y descargó una bofetada en la pálida mejilla del redactor.

—¡Sosiéguese usted, don Benigno!—exclamó el desdichado retrocediendo,

y extendiendo hacia adelante las manos.

—No te digo que estoy muy tranquilo, majo. ¡Toma otra palomita!

Y le dió otra bofetada.

—¡Por Dios, don Benigno, sosiéguese usted!

—¡Allá va otra palomita!

Nueva bofetada.

Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en

Sarrió en los dos años siguientes a la aparición del _Faro_ (y sabe Dios

que el número es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las

mejillas de este joven distinguido.

No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando

que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del

_Faro_ gritó con todas sus fuerzas:

—¡Socorro, que me matan!

Y trató de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clérigo

le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado

ya el momento de entrar en fuego, le descargó con su bastón de ballena

un garrotazo en las espaldas.

—¡Socorro!—volvió a gritar el desdichado.

Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde

acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro

Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azúcar. Al escuchar los

gritos de su amigo, echó a correr hacia el sitio, diciendo:

—¿Qué pasa, Sinforoso, qué pasa?

—¡Auxilio, don Alvaro, que me matan!

—Fijme, Sinforoso, ¡que allá va socojo!—le volvió a gritar acercándose

rápidamente.

Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la

Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de

hacerle frente poniéndose en línea de batalla con los bastones en alto.

Al divisarlos Peña, se estremeció de ira y de gozo al mismo tiempo.

—¡Son curas!

Vibró el bastón en su mano y el enorme sombrero de don Benigno saltó

veinte varas lejos. El teniente retrocedió. Don Segis avanzó y trató de

alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera

hacerlo, un garrotazo le había caído sobre el cogote, dejándole

malparado.

—¡Debiera suponejlo, caramba! Sólo estas aves nocturnas son capaces de

esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden público

y tujbando el sueño de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza

de alimañas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido

en la bajbarie... ¡Estos son los ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la

claridad! ¡Los etejnos pejturbadores del ojden social!...

Ni aun en estos críticos instantes podía el ayudante prescindir de

aquella retórica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases

campanudas. A cada una acompañaba un garrotazo. Los clérigos, no

pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron

desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vió fuera del alcance

del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su

pierna izquierda, se quedó rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del

bastón de Peña buen rato. A lo lejos se oía la voz de éste, gritando con

chistosa corrección:

—¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados! ¿Es esto confojme con el espíritu

del Evangelio, canallas? ¡Predicáis la paz y el amoj entre los hombre, y

sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! ¡Cuándo sacudiremos

vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos tenéis

desde hace tantos siglos!

Cualquiera imaginaría al escucharle que estaba pronunciando un discurso

en algún club democrático, y no administrando una soberana paliza.

Así terminó aquella refriega.

El cuarto poder · 第 13 / 31 段