A la mañana siguiente el ayudante recibió la visita del párroco de

Sarrió que venía a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel

incidente desagradable en el periódico, prometiendo en cambio todo

género de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a

él que a Sinforoso. Peña no quiso ceder a su demanda. La ocasión era

admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del

progreso. En efecto, el primer número del _Faro_ insertó una relación

circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido.

Con esto los ánimos del clero y de las personas timoratas de la villa

quedaron grandemente sobreexcitados.

XI

QUE GONZALO SE CASÓ.—GRAVES REVUELTAS ENTRE LOS SOCIOS DEL SALONCILLO

Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no

consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo

turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra

sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición

de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintióse fuertemente

alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto.

Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por

tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que

tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso

fué despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas

de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu

imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de

algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino

en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar

antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que

perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más

pronto se celebrase el matrimonio.

Obtenido el consentimiento, una tarde se presentó Gonzalo en casa de

Belinchón. Hacía quince días que no había estado en ella. Sentía el

corazón singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y

brevemente hubieran sido satisfechos. Temía la primera entrevista, y no

le faltaba razón. Doña Paula le recibió con marcada frialdad, y hasta en

los criados halló una sombra de hostilidad que le hirió. Por otra parte,

la idea de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas cuando se

presentó Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se

desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos,

aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma

repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado

por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entró en la sala

Cecilia. La vista de su víctima le produjo una extraña y violenta

impresión. Levantóse del asiento automáticamente. Su fisonomía cambió de

color. Cecilia se acercó a él con paso firme y le alargó la mano con la

misma plácida sonrisa de siempre.

—¿Cómo te va, Gonzalo?

Parecía que le había visto el día anterior, y que nada de particular

había sucedido. Sólo su tez estaba un poco más pálida.

Tal confusión se apoderó del joven, que no pudo contestar a esta

sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia

le hizo el mismo efecto que una corriente eléctrica. Volvióse a doña

Paula, y el rostro de ésta se hallaba fuertemente fruncido con expresión

severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada

indiferencia. Al fin se sentó todo convulso. Cecilia, que venía a pedir

a su madre las llaves de los armarios, salió de la estancia dirigiéndole

una tranquila sonrisa de despedida.

Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doña Paula tuvo la

delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que

pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana.

Hízose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabajó en él,

con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad,

otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonomía, aunque un poco

marchita, expresaba la misma serena alegría de siempre. Sus manos se

movían formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que

cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, _chis, chis_, y

las agujas al coser, _cruj, cruj_, no le decían ya aquellas cosas tan

lindas que la hacían temblar de gozo, sino otras muy horribles, ¡ay! muy

horribles. Quedaban sepultadas en su corazón. El mejor lector no leería

en sus ojos grandes, hermosos y suaves más que el capítulo risueño de

siempre.

—¿No te lo decía yo, mujer?—murmuraba Teresa al oído de Valentina

mirando a nuestra joven.—Si la señorita Cecilia no puede querer a

nadie.

Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo

hacía, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se

guiñaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan

sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos habían

hecho en aquel triste episodio de amor.

Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, en las tiendas, en

las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El

acontecimiento había causado profunda sensación en la villa. Mientras se

preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinión general era que Gonzalo

daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre

muchacha, y se la ponía poco menos que como un monstruo de fealdad.

Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda,

tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron

asimismo repentinamente. ¡Qué escándalo! ¡Qué acción tan villana! ¡Qué

padres los que consienten tal ultraje! ¿Dónde está la vergüenza de los

hombres? ¡Pobre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan

hermosos!—Yo la encuentro más bonita que su hermana.—Yo lo mismo...

No dejemos escapar la ocasión de decir que esta constante censura, este

eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus

semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de

intención, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer

siempre que somos objeto de crítica. No es otra cosa que un testimonio

claro de la imperfección de nuestra existencia planetaria y del amor al

ideal que todo hombre lleva dentro de sí sin verlo jamás realizado.

Después de habernos así mostrado filósofos y optimistas, prosigamos

nuestra narración.

Llegó el día del matrimonio. Efectuóse de madrugada dentro de la misma

casa de Belinchón, con asistencia de algunos parientes y amigos. Después

de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.

Era ésta un posesión situada a una legua próximamente de la villa, donde

el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, había tenido ocasión

de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la

comprara, hacía más de veinte años, constituíanla unos cuantos prados y

un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y

mirlos. Don Rosendo principió por desterrar esta colonia indígena y

substituirla por otra extranjera. El ganado del país fué proscripto

trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron

arrojados, a tiros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para colgar

un sinnúmero de jaulas con aves raras y exóticas, que graznaban

miserablemente todo el año a la salida del sol. El espíritu emprendedor

y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal.

Con la misma audacia pasó al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz

de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra,

fueron desapareciendo los copudos y grandes castaños de hojas anchas y

frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles

que habían renovado sus hojas picadas más de trescientas veces, los

nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares,

cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y

otros árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En su lugar se

plantaron _washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas_ y otros

muchos árboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a

la familia de las coníferas. Esto hacía que la posesión, en concepto del

vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respondía don Rosendo

a tal observación, que las coníferas tenían la ventaja de conservar la

hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parecía un

cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba

contestar a esta sandez, y tenía razón.

Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos

reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchón. Los

pajaritos del país se buscaban el alimento y aliñaban sus plumas sin

necesidad de ayuda de cámara. Los de fuera, encerrados en jaulas y

enormes pajareras construídas al efecto, exigían algunos servidores para

procurarles la adecuada alimentación y hacerles la limpieza. Después, la

nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a

París y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los

vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos,

perecían treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros

no bastaba a impedir esta considerable mortandad.

La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba

construída según los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de

torrecillas festonadas por todos lados. Qué conexión tenían estas

diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas

se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a

esta fábrica así guarnecida, la llamaban en el país _la Babilonia de don

Rosendo_. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella

ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilización

proporciona a los ricos. Tenía una famosa habitación decorada al estilo

persa, cuarto de baño, un espacioso comedor medianamente pintado y

algunos lindos gabinetes pequeños y tibios, donde la luz entraba cernida

por cristales de colores.

A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas después de

hallarse unidos para siempre. En el camino se habían hablado con

desembarazo de cosas indiferentes. El joven había aplicado algunos besos

en las mejillas de la niña, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a

la _babilonia_, y encontrarse solos en la cámara persa, sintióse

extrañamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversación, y en

todos se perdía. Venturita apenas le contestaba mirándole de reojo, con

una expresión entre burlona y apasionada.

—Mira, ¡calla, calla! Estás diciendo muchas tonterías... Calla, y dame

un beso—concluyó por decirle riendo, y tapándole la boca con su

primorosa mano.

Gonzalo se puso colorado, y la abrazó con frenesí.

Su embriaguez en los primeros días rayó en locura. Venturita era, por su

belleza singular, por la expresión lánguida y voluptuosa de sus ojos,

por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no

como éstas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio

chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equívocos y

felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender

que es peligroso que los maridos rían demasiado los chistes de sus

mujeres.

La vida que hacían era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir

de casa. El sol le producía dolor de cabeza; el fresco de la tarde le

irritaba la garganta. Cuidaba del aliño de su persona, y variaba de

trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una

gran parte del día. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando

la veía salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores

tropicales, un perfume penetrante, sentíase poseído de entusiasmo. Un

estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella

obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.

Sin embargo, no lo era tanto como él se figuraba. Algunas veces la joven

esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. Allí

pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los

ruegos cariñosos que le dirigía por el agujero de la llave.

—Te privo de mi vista por algún tiempo—decía después riendo,—para que

desees más el tenerme junto a ti.

Y, en efecto, por medio de estas coqueterías, el apetito del joven

crecía extremadamente, y se convertía en delirio.

A las horas que bien le placía a la hermosa, salían a pasear por los

jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algún sitio umbrío y fresco,

de los pocos que la mano reformista de don Rosendo había dejado, la niña

quería sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rústico. Era

menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.

—Ahora, siéntate aquí a mis pies.

El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo las manos que la gentil

esposa le tendía.

—¡Sansón y Dalila!—exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como

copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.

—Tienes razón—respondía él dando un suspiro.—Un Sansón sin cabellos.

—¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es?—replicaba levantando su

pelo, y poniéndolo erizado como una escoba.

—Hablo de mis fuerzas.

—¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.

El, riendo, se despojaba de la americana, y remangándose la camisa

mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba

brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.

—¡Qué barbaridad!—exclamaba la niña cogiendo uno con ambas manos, sin

lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entusiasmo y

admiración, añadía:

—¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! Déjame morderte esos brazos.

Y se inclinaba para hincar sus dientes menudísimos en ellos. Pero el

mancebo tendía sus férreos músculos, y los dientes resbalaban por la

piel sin penetrarla.

Entonces ella se enfadaba, insistía, quería a todo trance coger carne.

Al cabo, él aflojaba los músculos diciendo:

—Te dejo morder; pero a condición de que me hagas sangre.

—No, eso no—respondía ella, expresando en la sonrisa anhelante el

deseo de hacerlo.

—Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.

La niña empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.

—¡Más!—decía éste.

Y apretaba más.

—¡Más!—volvía a decir.

Seguía apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.

—¡Más! ¡más!

—Basta—decía ella levantándose.—¿Lo ves? ¡ya te hice sangre! ¡Qué

atrocidad, ni que fuese un perro!

E inclinándose de nuevo, chupaba con afán voluptuoso la gotita de sangre

que saltaba en el brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida. Después

miraban al pequeño círculo cárdeno que los dientes de la niña habían

dejado impreso.

—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos

extraños los que tienes!

—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no;

¡bien pronto se borrará, por desgracia!

—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente.

—Me alegraría mucho.

—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.

Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en

las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar:

—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es

mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es

mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso.

—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha.

—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver,

déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una

hormiga!

—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre

las suyas grandes y fibrosas.

—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de

pasear conmigo así?

—¡Oh! ¿no he de ser?

La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños,

comenzó a dar brincos por el jardín.

—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo.

La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella

forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa

se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al

verlos movían la cabeza sonriendo.

Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca

de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado.

Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas

mecida por Gonzalo.

—Si vieras cómo gozo. Da un poco más fuerte.

Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la niña cerraba

los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.

Gonzalo gozaba en verla así arrobada.

Transcurrieron veinte días de esta suerte. Durante ellos recibieron dos

visitas de Pablito y Piscis, una vez en tílburi y otra a caballo. En

esta última su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo

había cambiado por otra más vieja. Y ¡cosa extraña! a pesar del

enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibió la

visita de los équites con inexplicable alegría, les ayudó afanosamente

en su tarea. Al marcharse sintió una impresión de vacío en su vida.

Porque era ésta tan reposada y pacífica, que su sangre y sus músculos

padecían. Un día le habló a su esposa de ir de caza, pues era famoso e

incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase

consigo. Así se convino. Salieron una mañana en busca de un bando de

perdices, de cuya existencia sabía Gonzalo desde el día en que había

llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa,

Venturita se manifestó enteramente rendida. Le era imposible dar un paso

más. Se vió precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito

recreo.

Doña Paula, que había mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habló

de ir a ver a los novios hasta después de pasados muchos días. Quiso que

Pablito la acompañase, porque temía que a Cecilia le causase algún dolor

el hacerlo; mas, enterada ésta, expresó su decisión de ir también a

Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta

el camino que llevaba a la posesión. Pero al acercarse a ella y

columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenzó a

empalidecer, sintió el pecho oprimido y la vista turbada. Doña Paula,

que advirtió su indisposición, ordenó al cochero dar la vuelta.

—¡Pobre hija!—la dijo besándola.—¿Ves cómo no puedes venir?

—Ya podré, mamá, ya podré—respondió tapándose los ojos con una mano.

Al día siguiente, fué doña Paula acompañada de Pablo. Halló a los

esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la

villa; como se efectuó en la misma semana.

Cecilia salió a recibirlos a la puerta de la calle y abrazó y besó a su

hermana con efusión. A Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo

soberano de la voluntad, no tembló. El joven la estrechó con fraternal

afecto, creyéndose perdonado.

Los novios ocuparon las habitaciones que doña Paula había destinado a su

hija primogénita. La vida comenzó a deslizarse serena en apariencia.

Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, que no les envolvía esa

atmósfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar doméstico. Desde

don Rosendo hasta el último criado, se mostraban con ellos atentos,

deferentes, no cariñosos. Ventura no lo advertía, y si lo advertía le

importaba poco.

Volvamos ahora la vista a los asuntos más interesantes de la vida

pública de Sarrió.

Ganada aquella noble victoria de los clérigos, las cosas del _Faro de

Sarrió_, procedían bien y prósperamente. El brioso y denodado ayudante

de marina, pudo continuar su campaña civilizadora sin peligro de nuevas

celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir

acompañado de él o de otro amigo, perfectamente armados ambos.

Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente

aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de

algunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, ni le diese una

higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario,

toda la vida había profesado ideas bastante heterodoxas y había

maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: «Al fin y

al cabo, habíamos sido educados en el respeto de la religión, la cual es

el único freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente

las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con

estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscripción del periódico.

Los redactores y su director, que adivinaban de dónde venía el golpe,

estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos

díscolo Delaunay, no cejaba en su campaña de murmuración. Mientras

alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba,

esgrimían las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando

en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que

intervenían en el periódico, y muy particularmente, como es lógico, al

que mejor y más altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo.

Decían ¡oh, mengua! que sólo el afán «de verse en letras de molde» había

impulsado a aquellos beneméritos ciudadanos a encender la antorcha del

progreso en Sarrió; que don Rufo, el médico, era un farsante; Sinforoso,

un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la

voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don

Feliciano Gómez, un pobre diablo a quien más importaba ocuparse en sus

negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que

trataba de alquilar su almacén y anunciar su sidra. En cuanto al

fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decían que toda

la vida había sido un badulaque, un necio que se creía escritor, sin

entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...

Sólo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales,

nos obliga a dar cuenta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha sido

con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en

nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.

De don Pedro Miranda, absteníanse de murmurar los murmuradores, no por

otra razón sino por tenerle solicitado para que dejase la participación

en el periódico, a lo cual le veían inclinarse desde la refriega de los

clérigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del

capellán de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, habían logrado

desatar contra el periódico a algunas damas influyentes de la villa,

entre ellas doña Brígida. Con esto tuvieron por suyo dentro del

Saloncillo al sandio y degradado Marín. También atrajeron a su bando,

poco después, al borracho del alcalde. Por una parte el espíritu de

compañerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la

molestia que sentía con las constantes excitaciones de la prensa, a las

que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran

adelanto. Lo que acabó de ponerle mal con _El Faro_ y sus redactores,

fué cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde

con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenían los

servicios de policía urbana, y lo poco que trabajaban por hacer

agradable la temporada de verano «a los distinguidos escrofulosos que

acudían a la playa de Sarrió en busca de salud».

Aunque aparentemente se trataban como amigos, existía, pues, entre los

socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba ésta

aumentando de día en día merced a los correveidiles que, en ocasiones

análogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temíanse ya las

disputas y se rehuían, porque los desaforados gritos y los baldones que

antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia

que existía entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba,

por tanto, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, pero muchísima

menos franqueza y cordialidad.

El cuarto poder · 第 14 / 31 段