—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a

hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo.

—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente

resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos

por ocultarse.

—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que

después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría

unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en

este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría

al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez

mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo

menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho

tiempo le iré olvidando poco a poco...

—Es... que no se va—profirió confusamente la señora.

—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le

veré.

—Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es aún mucho mayor!...

Gonzalo está enamorado de tu hermana.

Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lívida, y guardó silencio.

Su madre le volvió a besar la mano con efusión. Después la trajo hacia

sí y le cubrió de besos el rostro.

—Perdóname que te esté martirizando de este modo... Por mucho que tú

sufras, aun sufro yo más... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a

decir,.. Figúrate el susto y el dolor que habré recibido... Mi primer

impulso fué ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor

parte de la culpa... Me dió pruebas de que estaban ya hace tiempo en

relaciones, me enseñó cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos

días, lo hacía todo creíble. En cuanto estuve convencida de la traición,

le dije lo que venía al caso, esto es, que yo no podía consentir que

nadie hiciese burla de una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los

pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era él

como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta mañana... esta

mañana supe una cosa más horrible todavía... Supe que tu hermana ha

llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay más remedio que

casarlos, y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha dado esta

opresión que por poco me mata, ¡y más valiera que así fuese!... Lo mismo

tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese

así, antes que consentir en ese matrimonio, me harían primero pedazos...

La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya

para toda la vida... ¡Sí, sí, para toda la vida!—añadió con acento

iracundo.

Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza

inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el

discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le

siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen

rato, inmóvil y blanca como una estatua.

En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció,

vaciló... desprendióse rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas

marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó

quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la

recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien

correspondiese.

X

DE LA GLORIOSA APARICIÓN DE «EL FARO DE SARRIÓ» EN EL ESTADIO DE LA

PRENSA.—PRIMEROS FUEGOS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.

Una nueva y clara luz amanecía sobre Sarrió, después de tantas

tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallóse la hermosa

villa provista, cuando menos lo pensaba, de un órgano en la prensa,

siquiera fuese semanal o «hebdomadario», según decía su ilustre

fundador. Graves obstáculos, escollos peligrosos se oponían a la

realización de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la

perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su

cargo. La primer dificultad vencida fué la del dinero. Se crearon

cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del

periódico, de las cuales los amigos de don Rosendo sólo tomaron nueve;

don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de

su cuantiosa renta, otras dos nada más. En cuanto a los otros, Alvaro

Peña, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos,

y no les faltaba razón. Además, ponían en el negocio su inteligencia,

que es lo principal. Quedóse con las cuarenta y una restantes, don

Rosendo. Grandeza singular de ánimo que causó excelente impresión en

todos.

Despacháronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado

resultado sus gestiones, el mismo fundador se trasladó a la ciudad. Al

cabo de algunos días tuvo la fortuna de descubrir a un impresor

arruinado hacía algunos años, cuyos tórculos rotos y enmohecidos no

había querido comprar nadie y yacían cubiertos de polvo en un obscuro

sótano. Cuando don Rosendo fué a examinarlos en compañía de su dueño, no

pudo menos de sentir respetuosa emoción. Un raudal de graves y profundas

reflexiones se desprendió acto continuo de su mente al

contemplarlos:—«He aquí—se dijo—los instrumentos más poderosos del

progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el

abandono de los hombres. ¡Cuánta ilustración, cuánto pan espiritual

pudieron esparcir en los años que llevan arrinconados y silenciosos!

Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de

nuestras comarcas, ellos, que son los únicos que tienen fuerza para

desterrarlas, permanecían aquí inmóviles, faltos de una mano que los

empuje y arranque de sus entrañas los secretos de la ciencia y la

política.»

Poco faltó para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor,

hallándole en tan benévola disposición de ánimo respecto de ellos, no

quiso ser menos, y se declaró enamorado hasta los huesos de sus

instrumentos. Por ningún dinero consentiría en desprenderse de aquellos

antiguos compañeros que le habían ayudado a ganarse el pan (y el vino

también, según lo que se decía por el pueblo). Cantó sus excelencias con

tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a

ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo además la

importante declaración de que imprimían, si no tan pronto, mejor y mas

limpio que todas las prensas conocidas hasta el día. De acuerdo con

estos extremos, don Rosendo se esforzó, no obstante, en convencerle de

que debía enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilísimas

cualidades. Pero cuanto más elocuente se mostraba el negociante, más

tierno y encariñado aparecía el impresor. Por último, se convino en que

éste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazón, ya

que no tenía valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a

Sarrió, donde se establecerían definitivamente. Llevaría consigo algunos

cajistas que pudiesen enseñar a otros jóvenes de la villa, y todos los

enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que así se

llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueño y regente de ella.

Cobraría por la tirada del nuevo periódico un tanto, mayor dos veces,

según nuestros cálculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de

Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mérito de los tórculos y

el acendrado amor que les profesaba.

El título fué uno de los puntos en que mejor se mostró el gallardo

ingenio e invención de don Rosendo. Intitulólo _El Faro de Sarrió_,

nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto

no otra cosa se proponía su fundador que esclarecer a su pueblo y darle

esplendor. Secretamente encargó a Madrid un grabado para la cabeza del

periódico. Al llegar pocos días después, causó espasmos de alegría,

tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna

de verle. Representaba un puerto de mar, Sarrió al parecer, en las altas

horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A

la izquierda se elevaba una altísima montaña ideal que lo dominaba

enteramente, y sobre ella se veía un caballero que guardaba cierto

parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa

linterna sobre la villa. Cerca de él percibíanse las cabezas de otros

cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus

efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.

Fué designado como local para la imprenta un almacén de don Rudesindo,

pagándole la renta, por supuesto. A la redacción se destinó en el mismo

local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras.

Montóse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos.

Folgueras, que decía estar provisto de todo lo necesario, no tenía nada,

y fué preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la

prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo quedó

arreglado. Don Rosendo trabajaba como un negro, ocupándose hasta en los

más ínfimos pormenores. Su talento organizador se reveló en esta ocasión

mejor que nunca. Se nombró redactor en jefe a Sinforoso Suárez, con un

sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero

de don Rufo.

Faltaba el papel. Se había telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y

no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchón era grande. Telegramas

iban y venían por los alambres eléctricos. Unas veces se decía que

estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamándolo. Otras, que

no había pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no

había salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo juró en esta

ocasión que no encargaría más papel a Madrid, y sí lo haría traer de

Bélgica. Mas lo que fué motivo de disgusto trocóse en placer intenso,

como sucede siempre, cuando al cabo se les participó que unos cuantos

fardos habían llegado a Lancia, y que allí esperaban el carro que había

de traerlos a su destino. Como el periódico estaba ya compuesto hacía

días, procedióse inmediatamente a la tirada, que había de ser cuantiosa.

Don Rosendo pretendía esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo

a todas las de España, y hasta darlo a conocer en las naciones

extranjeras. Tanto aquél como sus socios asistieron con interés al acto

de funcionar la máquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje,

la singular precisión de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que

imprimía el periódico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que

dejaba enteramente concluídos en una hora. Su ilustre fundador, no

pudiendo reprimir el fuego periodístico que le devoraba, se despojó a

presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energía al manubrio

de la rueda-volante, hasta que el sudor brotó en abundancia de su

despejada frente. Ejemplo señalado de entusiasmo y amor a la

civilización que nos complacemos en referir para enseñanza de las nuevas

generaciones.

Salió al fin _El Faro de Sarrió_ en gran tamaño, porque su fundador no

quería que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La único que

apareció borroso fué el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la

mayoría del público quedó convencido de que en el individuo que tenía la

linterna en la mano, se quería representar un negro en vez de la

respetable persona que ya hemos indicado. Contenía un artículo de fondo

impreso en letra grande del doce, titulado _Nuestros propósitos_. Aunque

estaba firmado por La Redacción, era debido únicamente a la pluma de don

Rosendo. Los propósitos del _Faro_ «al aparecer en el estadio de la

prensa», eran principalmente defender, «alta la adarga y calada la

visera», los intereses morales y materiales de Sarrió, combatir la

ignorancia «en todas sus manifestaciones» y en las batallas ardientes de

la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el

progreso de los tiempos exigía. La redacción del _Faro_ creía que «había

sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado».

Sarrió deseaba con afán emanciparse de la rutina y de las ideas

mezquinas, «romper los moldes estrechos en que yacía aprisionado» y

«entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus

derechos». «Hacemos votos—decía el articulista—por que la aparición de

nuestro periódico coincida con un período de actividad moral y material,

y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman

época en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar

a la villa de Sarrió de su largo sueño y estancamiento, y lográsemos ver

lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del

movimiento reformista que aspiramos a iniciar, ése será el mejor

galardón que recibirán nuestros esfuerzos y sacrificios.»

El lenguaje no podía ser más noble y patriótico. Y, como siempre, la

modestia corría a las parejas con la autoridad y la elocuencia.

«No abrigamos la pretensión—decía—de ser los caudillos en esta gran

batalla del pensamiento que no tardará en iniciarse dentro del recinto

de Sarrió. Sólo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos

conceda un puesto en la vanguardia. Allí pelearemos como buenos; y si al

fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del

progreso.»

Esta alegoría militar, causó excelente impresión entre los vecinos, y

contribuyó no poco a la entusiasta acogida que el periódico obtuvo.

Finalmente, el artículo era tan elegante en las palabras, tan lleno de

graves sentencias, el estilo tan concertado, que el público no tuvo a

quién atribuírselo dignamente, sino a su glorioso director.

Y así era la verdad.

Insertaba después el periódico un largo artículo de Sinforoso, sobre la

mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa poética, engalanada con todas

las flores de la retórica, en que se cantaba la dulce influencia de esta

mitad del género humano. Aseguraba en términos calurosos, que la

civilización no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su

única base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo

íntimo que une a dos jóvenes esposos. Esta invitación al matrimonio,

aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, según la

opinión pública, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuyo

amor pretendía Sinforoso hacía algunos años sin resultado. El público

creía también que la joven concluiría por aceptarla, tanto por los

términos poéticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales

mensuales que había comenzado a devengar el invitador.

Venía después otro del maestro de la villa, don Jerónimo de la Fuente,

que era una seria y violenta impugnación de las tres famosas leyes de

Kepler sobre la mecánica celeste.

Gracias al anteojo que tenía en el balcón de su casa, don Jerónimo había

hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con

todos los conocimientos existentes en astronomía. No es maravilla que

el dignísimo profesor de primeras letras, poseído de legítimo orgullo,

exclamase al final de su artículo: «¡Bajen, pues, del pedestal en que la

ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes

de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus

cálculos se han deshecho como el humo, y sus magníficos sistemas son

hojas secas que, desprendidas del árbol de la ciencia, no tardarán en

pudrirse!»

Insertábanse también unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro

Miranda, en que le decía a cierta misteriosa G., que «él era un gusano;

ella una estrella»; «él una rama; el árbol ella»; «ella una rosa; la

oruga él»; «ella una luz; él una sombra»; «ella la nieve; el fango él,

etc., etc.»

Había motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda,

esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de

carnes, que la hacían caminar con dificultad. Periquito amaba a las

casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunían

dichosamente en un ser, su pasión no tenía límites. Y tal era el caso

presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un

animal dañino. Los maridos podían dormir tranquilos en Sarrió. Periquito

pasaba la vida enamorado, cuándo de una, cuándo de otra señora, pero sin

acercarse jamás ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales

procedimientos no entraban en su método, el cual consistía

principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que

topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo

primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posición,

dirigía en línea recta los efluvios magnéticos de sus ojos hacia el

sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia él

los suyos con expresión de asombro. Muchas veces las honradas esposas,

no considerándose dignas de tan singular adoración, se miraban a todas

partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad

tenían algún tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier

hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la

seriedad que merecían. A veces acaecía pasarse una hora y más sin

apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaecía también que,

transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su

alma se había filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de

todas sus facultades y sentidos, decía ésta por lo bajo a sus

compañeras:

—¡Jesús, este mico de don Pedro, qué mirón es!

¡Cuán ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueños le hacía

descender de un modo tan odioso en la escala zoológica!

_El Faro de Sarrió_ fué para nuestro amartelado joven un medio admirable

de dar forma a las vagas fantasías, inquietudes, ardores y tristezas que

a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrósticos

misteriosos e iniciales a todas las beldades más o menos macizas que

ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.

Venían por fin las gacetillas con su correspondiente título cada una,

donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que

colaboraban en _El Faro_. Una se titulaba: _A pasear, sarrienses_. El

gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el

tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podían hacer los habitantes de

Sarrió en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y

frondosas cercanías de la población. Otra: _¡Señor Alcalde, por Dios!_

Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas

casas.

Posteriormente, esta sección dejó el título de _Gacetilla_ que llevaba

por el de _Novelas a la mano_, que le puso don Rosendo a imitación de

las célebres _Nouvelles a la main_ del _Fígaro_.

Cerraba el periódico una charada en verso, que, si no recordarnos mal,

era la palabra _avellana_.

El folletín estaba a cargo de don Rufo, que hacía año y medio que

estudiaba el francés sin maestro, por el método Ollendorf. Se resolvió

a traducir, para el periódico, _Los misterios de París_, obra en seis

tomos. Excusado es decir que _El Faro de Sarrió_, a pesar de vivir

algunos años, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un

traductor notable. Si algún defecto podía ponérsele, era el de ajustarse

demasiadamente al original. Un día se aventuró a decir que «la condesa

_había echado mano al botón de su secretario_». Esta declaración levantó

tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente

irritado, dejó la traducción del folletín. Se le encomendó a un piloto

que había hecho muchos años la carrera de Bayona.

El éxito del número primero, como era de esperar, fué prodigioso. El

artículo de Sinforoso, la sabia disertación de don Jerónimo de la

Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fué leído y

justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llamó la atención de

las personas serias y causó en ellas honda impresión, fué el artículo de

don Rosendo _Nuestros propósitos_. Aquel lenguaje periodístico tan

animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por

los intereses de Sarrió, la franqueza y la modestia que en él

resplandecían, llenó de júbilo los corazones y les hizo presentir una

era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida

por el señor Anselmo con su gran llave lustrosa, dió serenata a la

redacción. Iluminóse la fachada de la imprenta con farolillos

venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarrió, cogieron, como

siempre, la ocasión por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre

los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua

de metal rendían tributo de admiración y entusiasmo a los redactores del

_Faro_, fueron obsequiados por éstos con vino de Rueda y cigarros. La

alegría rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan

fuertes como espontáneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Peña a

don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor

Folgueras. Los músicos se abrazaban entre sí, y todos y cada uno a su

peritísimo director el señor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para

conmemorar también aquel día glorioso, Pablito abrazaba a la blonda

Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros

mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuían igualmente abrazos

conmemorativos entre las alegres mozas aborígenes.

Lo único que turbó por un instante aquel general contento, fué la

singular tristeza que se apoderó de Folgueras en cuanto tuvo algunos

litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se

le ofreció súbito al espíritu, dejándole en un estado de tribulación

difícil de explicar. En el momento en que la algazara y contento

alcanzaban su grado máximo, llamó aparte a don Rosendo y con lágrimas en

los ojos, le manifestó que la vida fuera de su patria adorada era para

él un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la

humilde casa que albergó su cuna, y las calles que tantas veces

recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quería,

contaba dejar a Sarrió y trasladarse de nuevo con sus bártulos a Lancia.

Al recibir de sopetón esta noticia don Rosendo se puso pálido.

—Pero, hombre de Dios, ¿y el número próximo del _Faro_?

—Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un

caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria

antes que todo... Guzmán el Bueno arrojó el puñal por encima de la

muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. ¿Eh?... ¿Qué

hay de eso?... Riego murió en un cadalso. ¿Eh?... ¿Qué hay de eso? Si yo

fuera de la Inclusa o no tuviese cariño a la camisa que traigo puesta,

no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendría usted como un perro

dándole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El

hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de

expansión... Y porque beba un vaso, o dos... ¡o tres! ¿ha de olvidar la

patria?.... ¿Eh? ¿Qué hay de eso?

Don Rosendo llamó a don Rudesindo en su auxilio. Entre los dos trataron

de disuadirle con poderosas razones. La más poderosa de todas fué una

nueva botella de vino de Rueda. Después de haberla introducido en el

cuerpo, los sentimientos patrióticos de Folgueras se debilitaron

visiblemente. Acto continuo pidió otra botella, la bebió, vomitó, y se

durmió.

Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente

del ilustre fundador de _El Faro de Sarrió_ al tiempo de meterse en la

cama. Después de apagar la luz, aún continuaron turbándole, hasta que a

fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo

pensó con emoción en la posibilidad de que a su muerte la villa

agradecida perpetuase su memoria colocando una lápida con su nombre en

las Casas Consistoriales. _Homenaje de gratitud de la villa de Sarrió a

su esclarecido hijo don Rosendo Belinchón, infatigable campeón de sus

adelantos morales y materiales._ No era fácil conciliar el sueño rodeado

de estas brillantes imágenes. Sin embargo, al cabo se durmió con la

sonrisa en los labios. Un ángel progresista que el Eterno tiene

aparejado para estos casos, batió las alas toda la noche sobre su

frente, inspirándole ensueños felices.

El cuarto poder · 第 12 / 31 段