—¿Y tu papá?
—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La
receta no puede ser más eficaz.
—¿Qué receta?
—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba
resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en
castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te
llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces
no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un
poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada.
—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad.
Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió
avergonzada:
—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya.
—¿Pues?
—Pues... pues... adivínalo—dijo la niña con impaciencia.
En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una impresión de repugnancia y
temor. Calló obstinadamente por algún tiempo. Venturita le preguntó al
fin:
—¿Te ha parecido mal?
—Sí—respondió secamente.
—Pues dispensa, chico... Mañana le diré que todo ha sido una mentira...
y hemos concluído.
—Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como
debes comprender, sino que haya salido eso de ti.
—Más pierdo yo que tú.
—¡Por lo mismo lo siento!
—Bien, pues dale expresiones—replicó desabridamente levantándose del
alféizar de la ventana, donde estaba sentada.
Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.
—Espera.
La tela crujió.
—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves?
—Si no te disparases tan pronto...
Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse.
—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor
los osos.
—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también.
—No.
—Sí.
—No.
—Dame la mano de amigo.
La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la
besó con pasión repetidas veces.
—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose
otra vez.
Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias
tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal
conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa.
A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en
la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta
la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas
centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la
bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante
claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de
«apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento.
Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de
retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor
inglés anclado en el medio, gritaba uno: «_All right_» exagerando la
pronunciación: «_all right_», contestaban de un patache. El grito se iba
repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma
que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se
mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan
profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar.
En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el
poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto.
Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida
situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al
término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura
gigantesca.
—Allí está mi tío—se dijo.
El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel
paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero.
Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en
su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo
sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de
sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El
monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía
cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a
veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre
la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen
caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:
—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.
Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos,
vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer,
cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas
visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no
tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía.
—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.
Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos
de salmuera, y quedaba arreglado.
—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del
mar.
En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron
corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no
sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida.
Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le
bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo
que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar.
En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía
ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y
le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado»,
le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles.
Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se
levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de
haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día,
bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de
una vez si el viento era _entablado_ o simple _vahajillo_, si era
francamente _a la estrella_ o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el
semblante estaba _calimoso_ o _cerrado_; si la mar estaba _picada_ o _de
leche_; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al
mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No
podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.
Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos
insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del
vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si
ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece
en casa, y qué rumbo toma cuando sale.
Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar
el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la
condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las
confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don
Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo
hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era
empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen
por varón inexpugnable.
—¿Eres tú, Gonzalillo?
—El mismo, tío.
—¡Milagro! A ti te gusta más ver rodar las bolas de marfil que las
olas.
—No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y
quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qué me aconseja.
Don Melchor le miró con sorpresa.
—¿Un asunto serio?
—Sí... Vamos a ver, tío: ¿usted se casaría con una mujer a quien no
quisiera?
—¡Qué pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos,
querido.
—¿Pero si fuese joven, se casaría?...
—Jamás.
—Pues bien, tío... Yo no quiero a Cecilia.
—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero.
Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración
por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada.
Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una
observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de
un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y
hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia
de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de
Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de
pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto
nadie.
—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco?
—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he
conseguido.
—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo,
a ti hay que darte una carena en la cabeza.
—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser
desgraciado toda la vida.
—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con
una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le
llegue a la suela de los zapatos?
Gonzalo no pudo menos de sonreir.
—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor
que yo... pero, hermosa, tío...
—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las
Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel?
El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en
que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita
sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera
disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada
juventud.
—No riñamos por eso.
—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese
modo... ¡Vaya, vaya!
—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...
—¿Pero qué?
—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.
—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor
sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole.
—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su
hermana Ventura.
—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?
—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.
—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más
irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado?
¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la
población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia?
—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a
usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar
este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las
conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener
noticia de ellas.
—¿Y las autorizará?
—Estoy seguro de ello.
Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la
mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.
Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico:
—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque
es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no
lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás.
—¿Se enfada usted?
—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por
ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti,
Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios...
Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien
sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo
limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y
galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje
es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante
se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y
cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en
la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame
quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si
el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba...
Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es
hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde
hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas
caso de ellos...
—¡Oh, tío!...
—Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un
suestazo de éstos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle
navegar a bolina desahogada. Tú estás requemado al parecer... bueno,
pues refréscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni
obras como caballero.
—¡Tío!
—Más claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la
resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no
lograrás por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acción
en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo
esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer...
Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algún día, por mis pecados,
te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentiré,
hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.
La voz del anciano se había conmovido al pronunciar estas últimas
palabras. Gonzalo sintió apretársele el corazón. Guardaron silencio
obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:
—¿Vienes a cenar, Gonzalito?
—Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco más tarde.
—Bien, pues hasta ahora—pronunció tristemente el señor de las Cuevas.
Y se alejó lentamente en dirección de tierra, perdiéndose a poco entre
las sombras.
Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre el pretil del paredón,
contemplando el mar que lo batía suavemente. Las olas, después de chocar
en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedían corriendo sobre las
otras, y producían rumor semejante al de una cortina que se despliega.
De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia
de los millones de millones de seres que allí habitan, con el mismo
sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por
los espacios. El monstruo dormía debajo del manto obscuro de la noche,
tranquilo y feliz como un niño, a quien no agitan tristes ensueños.
Apenas se percibía el blando soplo de su respiración en las concavidades
de las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra silueta del cabo de
San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un
faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas,
ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con
fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la vía láctea
dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la húmeda llanura. Júpiter
relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la
obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..
De pronto cambió la decoración. Allá hacia Levante el pálido semicírculo
de la luna asomó su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela
de luz corrió vivamente sobre ellas inflamándolas. El lucero divino
recogió sus rayos con galantería, ante la luz serena de la diosa que
empezó a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de
todos tamaños que en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una
atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre ella sus graciosos
contornos y esparciendo por el ambiente balsámico influjo. Y el Océano
que dócil a él va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se
encendió en pura llama, tembló su vasto seno inflamado, y arrojó sus
aguas a las peñas de Santa María como enormes capas de mercurio que al
retirarse se sobreponían a otras y se fundían con ellas.
Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en
aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parecía
suspender su curso para escuchar la eterna armonía de los cielos.
Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos
juegos la augusta serenidad de la noche.
Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversación con su tío
le dejara, sintió la fascinación de aquel mar, de aquel cielo, de
aquella luna, y su _agitación_ se fué transformando en _tristeza_. Las
severas palabras del viejo marino habían despertado a latigazos su
conciencia. Renació con más furia que antes la lucha entre el ángel y el
demonio. Una vez estuvo aquél a punto de vencer. El joven imaginó
presentarse al día siguiente en casa de Belinchón, hablar con doña Paula
y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero
al instante se le ofreció a la mente la imagen de Venturita, y pensó que
le sería imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles
tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el
período de las transacciones.—«Nada, lo mejor—se dijo—es huir,
marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con
otra. De este modo no hay traición. La herida que causo a Cecilia se
cicatrizará pronto. Hallará un marido que valga más qué yo, y cuando
vuelva al cabo de algunos años, probablemente la encontraré feliz y
rodeada de hijos...»
Pero... ¡huir de Ventura! ¡Huir de aquella imagen radiante de felicidad!
¡No escuchar más su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles!
¡No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botón de
rosa! ¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y magnéticos!... ¡Oh,
no!
Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal congoja le acometió
pensando en esto, como si ya la decisión estuviese tomada, y para salir
de ella tuvo que decirse:—«Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy
difícil, casi imposible, volverse atrás... La madre ya lo sabe... Don
Rosendo también... y Cecilia a estas horas acaso...»
El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, desprendió las manos y cayó al
fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del
espíritu su blanca imagen cruzar la atmósfera serena y hundirse en las
aguas resplandecientes.
Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta clase de luchas nunca se
efectúan en el alma humana sin desgarrarla por algún sitio. Para
alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazón de una inocente joven,
violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su tío vibraban aún
en sus oídos:—«Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle
Dios.» Y, en efecto, él se consideraba indigno de esta ayuda. Un
presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza,
le atravesó el pecho, y en intensa y rápida visión observó la fealdad
de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que,
abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del
viento la veía transformada en vieja, descarnada y hedionda.
Las aguas batían suavemente el paredón a sus pies. Con los ojos clavados
en ellas seguía distraído su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al
fondo, se agitaban con el vaivén de las olas semejando la cabellera de
un muerto. ¡Qué bien se dormiría allí abajo! ¡Qué paz en aquel fondo
transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gonzalo escuchó por primera vez en
su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su
seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los
desgraciados escuchan hasta en sueños, y que les impulsa tantas veces a
acercar el frío cañón de una pistola a la sien.
Fué un instante no más. Su feliz temperamento sanguíneo se rebeló contra
ese llamamiento. La vida, que hervía exuberante en su naturaleza de
atleta, rechazó con indignación aquel fugaz pensamiento de muerte. Un
suceso insignificante, la aparición de una lucecita verde en los
confines del horizonte, bastó para divertir su imaginación de aquellas
ideas tristes.—«Un barco que quiere entrar—se dijo.—¿Qué hora será?
(Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un poco más temprano, me
quedaría. Vamos a ver si aún está esa gente en el café y quiere jugar
unos _chapós_.»
Sacó un magnífico cigarro habano de la petaca, lo encendió, y chupándolo
voluptuosamente, se fué acercando, poco a poco, al café de la Marina.
Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchón una escena triste. Todo
aquel día, había estado doña Paula en su lecho, quejándose de una fuerte
opresión en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No
le gustaba llamar al médico, por esa antipatía invencible y aun terror
que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse
cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que
acudían diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e
hiperbólicas adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones de sebo de
carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por
fin, a despecho de esta formidable terapéutica, la buena señora mejoró
bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron
Cecilia y Pablito. Uno y otra la habían acompañado largos ratos sentados
a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separó más
instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas.
Pablito hacía frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara
casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hacía pagar derechos de
peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la
enferma, y ésta sonreía con benevolencia diciendo a Cecilia:
—¡Qué locos!
Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra
cosa que jugar al escondite.
Según iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargábasele la cabeza
con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la
había puesto en cama. No hacía más que dirigirle largas y melancólicas
miradas, suspirando al mismo tiempo con señales de dolor. Varias veces
había dicho:
—Cecilia, oye.
Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado cualquier menudencia.
Había cerrado la noche. Venturita encendió la lámpara veladora, y
después se fué. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasión
de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos de la casa, fué a dar
una vuelta por el café. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera
en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Después de
rato largo de silencio, durante el cual la señora de Belinchón dió mil
vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente
a la confidencia que estaba obligada a hacer.
—¿Han cosido hoy mucho las chicas?—preguntó.
—No sé... Apenas he ido por allá—respondió Cecilia.
—Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir
demasiado pronto.
—Puede ser.
Doña Paula no supo cómo proseguir, y guardó silencio.
Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de nuevo.
—En todo este mes de agosto quedará terminado el equipo... Y yo creo
que tardaréis aún algunos meses en casaros.
—¿Algunos meses?...
—Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan
pronto—dijo la señora con voz temblorosa.
—¿Te lo ha dicho él?
—Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, no... pero lo he adivinado
por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....
Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no podía
observar bien el color encendido de sus mejillas.
—Desearía saber qué palabras fueron ésas—manifestó la joven con
firmeza.
—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a
sollozar.
Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con
efusión la mano que tenía entre las suyas.
Repuesta del susto, preguntó:
—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla.
—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en
este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija
mía.
—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta
emoción.
—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida
por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres
mucho?
Cecilia no contestó.
—¡Dime, por Dios, que no le quieres!
Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose
en vano por dar una inflexión segura a la voz:
—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?
A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las
manos.
Transcurrieron algunos instantes.
—¿Tiene alguna queja de mí?
—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?