Sosegadas ya las olas, el orador continúa. Hace una excursión por el

campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la época

de la dominación romana, cuando la España estaba dividida en Citerior y

Ulterior y después en Tarraconense, Bética y Lusitania, hasta nuestros

días, habían demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy

superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron

acogidas con vivas muestras de aprobación. Introdúcese después

repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos

poco comunes, sobre todo en Sarrió, en la ciencia de Triboniano y

Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra

mucho, dice:

—Lo que acabo de exponer, señores, no tiene ningún valor científico. Lo

sabe cualquier niño que haya saludado las Pandectas...

Don Jerónimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que

había estudiado por los métodos modernos y sabía algo de Froebel y

Pestalozzi, hombre ilustrado, que había escrito un prontuario de los

verbos irregulares y tenía un telescopio en el balcón de su casa siempre

apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha

lástima dice:

—Las palmetas hace ya bastantes años que se han suprimido de las

escuelas.

—No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas—replica Suárez sonriendo

con mucha más lástima.

Don Jerónimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar.

El orador continúa y termina al fin, deseando, como el elocuente

ayudante de marina, que Sarrió despierte a la vida del progreso, que

salga del letargo en que yace, y que de algún modo se manifieste en su

recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte

el sol radiante de la civilización.

«... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa

patriótica y generosa de un respetabilísimo personaje de esta villa, se

prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos.

Si es verdad que Sarrió estará dotado en breve de un periódico que

refleje sus legítimas aspiraciones, que sea el palenque donde se

ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus más caros intereses,

el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el órgano, en fin,

por donde se comunique con el mundo espiritual, felicitémonos, señores,

¡felicitémonos de todo corazón! y felicitemos también al ilustre

patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese

astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.»

_(¡Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la

presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y

dulzura.)_

Después del hijo del Perinolo, pidió y obtuvo la palabra don Jerónimo de

la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba

ardientemente levantarse a los ojos del público después de la caída de

las Pandectas. Comenzó, pues, manifestando que abundaba en las ideas del

digno orador (obsérvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno,

digno nada más) que le había precedido en el uso de la palabra; que él,

destinado por su profesión a encender la antorcha de la ciencia en las

inteligencias infantiles, no podía menos de ser partidario decidido de

los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboración de

estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la

creación de un periódico en Sarrió fuese un hecho, tendría el gusto de

exponer a sus convecinos la resolución de un problema que hasta el día

de hoy se había creído insoluble, el de la «trisección del ángulo», al

cual había dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros

afortunadamente por el mejor éxito. Habló después con gran oportunidad

de algunas materias, de Geografía física y Astronomía, explicando

algunos problemas de la mecánica celeste, en particular la ley de la

atracción universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los

planetas se mueven alrededor del sol en órbitas elípticas. A este

propósito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por último,

al hablar de nuestro satélite la luna, hizo observar que el tiempo de su

revolución alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo

cual indica que su órbita se va estrechando. Esto, en opinión del

orador, daría por resultado más tarde o más temprano que la luna caería

sobre la tierra, y ambas se harían pedazos. Don Jerónimo se sentó,

dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profecía

aterradora.

Avanzó acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el médico de la

villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas

palabras declaró explícitamente que, en su opinión, el pensamiento no es

más que una función fisiológica del cerebro y el alma un atributo de la

materia. Pero, ¿en qué parte del cerebro reside el foco de la actividad

intelectual?—se pregunta el orador.—En su concepto, esta actividad

tiene su centro en la «sustancia gris, parda o amarilla», y en modo

alguno en la «sustancia blanca», que no es más que la conductora de tal

actividad. Habló después de la _dura-máter_, de los _hemisferios_, de

los _lóbulos frontal, parietal y occipital_, de la _hoz del cerebro y_ de

la_ tienda del cerebelo_. En este punto tuvo una ocurrencia feliz,

comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un

montón de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que

llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este

montón de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el hígado

segrega bilis y los riñones orina. El orador termina afirmando que,

mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podrá salir

del estado de barbarie en que yace.

Como nunca quiso ser menos que el médico, pidió la palabra el profesor

de veterinaria Navarro. Después de dedicar algunas frases a

congratularse por la celebración de aquel _meeting_ (ninguno de los que

hablaron dejó de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables

acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profiláctico.

El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero

esta deficiencia de expresión, la suplía cumplidamente la novedad y el

interés que el tema ofrecía. A la sazón estaban falleciendo de anginas,

en Sarrió, bastantes de aquellos simpáticos animales.

El público, por más que escuchaba con respeto y simpatía estas noticias

acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de

cerda, sentía ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente.

Después de la alusión del hijo del Perinolo al asunto del periódico,

todos ansiaban saber lo que había de cierto. Mientras Navarro disertaba,

salió una voz de la cazuela gritando:

—Que hable don Rosendo.

Y aunque el público castigó con un enérgico chicheo esta grosera

interrupción, era unánime la opinión de que Navarro como orador «no

tenía condiciones».

Por fin el hombre notable de Sarrió, el portaestandarte de todos los

progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinchón, alzó su busto

majestuoso por encima de la mesa.

_(Silencio, ¡chis, chis!—¡Callarse, señores!—¡¡Atención!!—¡Por favor,

un poco de atención!)_

Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie

había osado mover un dedo siquiera. Tal era el afán de escuchar la

palabra presidencial.

Como todos los hombres de espíritu realmente elevado y de ingenio

penetrante, don Rosendo escribía mejor que hablaba. Sin embargo, su

palabra reposada tenía un sello de grandeza que en vano se buscaría en

los oradores que le habían precedido.

—Señores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han

acudido esta tarde (pausa) a la reunión que he tenido el honor de

convocar (pausa mucho más larga durante la cual se suena con ruido).

Tengo una verdadera satisfacción (pausa) en ver reunidos en este sitio a

las personas más ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por

uno o por otro concepto valen y significan algo.

_(Bravo: muy bien, muy bien.)_

Después de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifestó el orador

que lo que urgía en aquel momento era «levantar el nivel intelectual de

Sarrió». Después añadió que su propósito al convocar este _meeting_ no

había sido otro que levantar este nivel. _(Aplausos prolongados.)_ Para

llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y méritos

suficientes. _(Si, si. Aplausos.)_ Pero contaba, creía contar al menos,

con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazón y patriotismo,

de inteligencia y de progreso que Sarrió encerraba. _(Muestras de

aprobación.)_ El medio que creía más eficaz para elevar a Sarrió a la

altura que le correspondía, y hacerle rivalizar dignamente con otras

villas, y aun ciudades marítimas de menos importancia, era la creación

de un órgano que sostuviese sus intereses políticos, morales y

materiales...

—Y, señores (pausa), aunque todavía no se hayan orillado todas las

dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada

Asamblea... _(Atención, chis, chis. ¡Silencio!)_ que tal vez en el

próximo mes de agosto... (_¡Bravo, bravo! Ruidosos, frenéticos aplausos

que interrumpen al orador por algunos momentos.)_ Que tal vez en el

próximo mes de agosto _(¡bravo, bravo! ¡silencio!)_ la villa de Sarrió

contará con un periódico bisemanal. _(Estrepitosos aplausos. Navarro

arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores

siguen el ejemplo. Alvaro Peña y don Feliciano Gómez se ocupan en

recogerlos y volverlos a sus dueños. La fisonomía de don Rosendo brilla

con expresión augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa

feliz, dejan ver las dos filas simétricas de sus dientes, testimonio

elocuente de los progresos odontálgicos.)_

—A pesar de esas manifestaciones de cariño que agradezco hasta el fondo

del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas _(No,

no)_, mi falta de ilustración _(No, no: aplausos)_ hará que el órgano

que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del público.

_(Voces de varios sitios: ¡Si corresponderá! Tenemos confianza.

Aplausos.)_ Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede

ser suplida por la fe y el entusiasmo, será ciertamente ahora. Mi

humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarrió.

_(Muestras vehementes de aprobación.)_

El nuevo periódico, según el orador, tenía «una gran misión que

cumplir». Esta misión consistía en plantear las reformas, los progresos

que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos

«estaba en la conciencia de todo el mundo». El mercado cubierto se había

hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el

anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo público don

Rosendo se preguntaba con sorpresa cómo la villa podía consentir que

existiese un foco de inmundicia como el actual, que era «un verdadero

padrón de ignominia».

Gabino Maza había estado escuchando con marcado desdén y disgusto desde

su butaca, a cuantos habían hecho uso de la palabra. Revolvíase como si

el asiento tuviese pinchos. Le venían ganas atroces de gritar a los

oradores: «¡Burros, pollinos!» como acostumbraba a hacer en el

Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que

levantan roncha. «Aquellas payasadas» le habían revuelto la bilis. No

era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregación que el hígado

del ex marino poseía. Respiraba con fuerza, sonreía sarcásticamente,

rechinaba los dientes y escupía a menudo, mostrando de este modo su

desaprobación a todo lo que se había dicho, lo que se estaba diciendo y

lo que se había de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algún ¡bah! o

algún ¡pouh! o un ¡ta! y otras partículas no menos significativas. Por

último, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese

oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le

exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que salió de la sala, y

comenzó a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de

agitación lamentable. A los pocos momentos, volvió a entrar y subió a la

cazuela. Allí, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidió

por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas,

gritó reciamente:

—¡Aquí no se juega trigo limpio!

Después, se retiró.

No sabemos en qué consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una

reunión se insinúa por alguno la idea más o menos gratuita de que allí

no se juega trigo limpio, tal afirmación produce efectos desastrosos.

Esto es tanto más extraordinario, cuanto que por regla general, en las

asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si

por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasaría

siquiera por el pensamiento jugar con él.

Don Rosendo, al oir la frase, quedó repentinamente mudo y pálido. Un

fuerte murmullo de sorpresa corrió por todo el ámbito del teatro.

Algunos gritaron:—¡Fuera!—Otros dijeron:—¡Chis, chis!—Las miradas de

todos, después de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la

presidencia. Don Rosendo turbado aún, y con voz algo enronquecida, dijo:

—Señores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar

esta reunión, he abrigado algún pensamiento bastardo, mi delicadeza no

me permite continuar en este sitio, y me retiro...

—¡No, no! ¡Que siga! ¡Viva el presidente!

—Yo estoy seguro, señores—dijo el orador visiblemente conmovido,—de

que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarrió, no ha nacido en

Sarrió, ¡no puede ser de Sarrió!

Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se armó en el

teatro terrible confusión y estruendo. Un grito formidable de:—¡Mueran

los mazaricos! ¡Viva Sarrió!—se eleva de todas partes. Hay que advertir

que en Sarrió se llamaba a los habitantes de Nieva _mazaricos_ a causa

quizá del gran número de pájaros de este nombre que allí suele haber,

mientras los de Sarrió eran llamados en Nieva _pinzones_, por la misma

razón.

Sosegados al fin los ánimos, don Rosendo da las gracias y cede a las

instancias del público.

—Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se había retirado

al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o

mazarico (_risas_) pretende arrancarme una declaración acerca del

problema del macelo público, no tengo inconveniente en hacerla, porque a

mí no me duelen prendas. _(Viva, curiosidad. No se oye una mosca

volar.)_ Yo declaro solemnemente, señores, que el nuevo macelo, en mi

concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera.

_(Inmensa sensación.)_

El orador termina con pocas palabras más su grandioso discurso, y

levanta la sesión. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados,

tanto por las múltiples emociones que en poco tiempo habían

experimentado, como por los treinta y ocho grados centígrados que había

en el local.

IX

HISTORIA DE UNA LÁGRIMA

Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida

privada ocurrían al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan

memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en

ellos intervinieron.

Al día siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos

narrado, éste no visitó la casa de su prometida. Permaneció en la suya,

fingiéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fué al menos la

noticia que llegó hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que

había visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro día, como no

pareciese tampoco, la familia supuso que aún seguía el dolor. Nadie

dudaba más que Venturita y Valentina. La bordadora huía de tropezar con

la mirada de la niña. Quizá temería avergonzarla, quizá ella misma se

sintiese avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba tan risueña

como siempre. Cecilia, a quien sólo se le conocía el mal humor en que

hablaba menos, sacó de su cómoda un elixir dentrífico, copió una oración

a Santa Polonia que le habían dado, y llamando con misterio a Elvira, le

dijo toda ruborizada:

—Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel

al señorito Gonzalo?

—¿Ahora mismo?

—Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se

enterasen...

—Descuide usted, señorita—respondió la morenita pálida sonriendo con

amabilidad;—nadie sabrá una palabra. Su mamá me va a mandar por

almidón, y a la vuelta, ¡zas! me encajo allá.

Al recibir Gonzalo el recado, sintióse acometido de punzantes

remordimientos. Comenzó a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o

cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de

Belinchón, y dejar que las cosas siguiesen como habían comenzado. Los

sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazón

existían; la voz de la razón que abogaba en defensa de Cecilia; _el

ángel_, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de sí, le incitaba

para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente

al recuerdo; el fuego de sus ojos que aún le relampagueaba por el alma;

el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; _el demonio_, en

fin, le retenía. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de músculos

poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen

más a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La

batalla que el demonio y el ángel libraron, no duró mucho tiempo. Vino a

decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la

otra doncella de la casa, le trajo. Decía así: _No te impacientes. Hoy

hablaré a mamá. Ten confianza en tu—Ventura._

La mirada de la doncella al entregárselo, donde creyó advertir a pesar

de la sonrisa una tácita censura, le turbó un poco. Despidióla con larga

propina. Al abrir después con mano trémula la carta, percibió el perfume

de sándalo que Venturita usaba. Ofrecióse súbito a su imaginación la

imagen hermosa provocativa de la niña, y removió las últimas fibras que

en su ser aún no habían vibrado. Acercóla a los labios, y embriagado y

palpitante de deseo, la besó con frenesí repetidas veces.

¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano,

y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con

lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia

de estos miserables pormenores!

Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre,

esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo,

cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas.

Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había

disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una

butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos

de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente

en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza.

Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un

lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un

lado para que no estorbase.

—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula.

—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su

lado.—Ya está todo arreglado.

Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma

actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita

tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la

cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le

había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba

entre los dedos, le dijo:

—¿Estás contenta con el vestido?

—Si, mamá.

—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho,

quedará que ni pintado.

La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo,

esforzándose en dar a su voz una inflexión segura:

—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo?

—¡La retirada de Gonzalo!—exclamó la señora volviendo con asombro la

cabeza.—¿Qué quieres decir, criatura?

—Sí, la retirada, porque a mí me consta que no está enfermo. Ayer

estuvo toda la noche jugando al billar en el café de la Marina.

—¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reir?

—No me río, mamá, hablo en serio.

—¿Y quién te ha dicho a ti eso?

—Lo sé por Nieves, que se lo dijo su hermano.

—Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a

esparcirse un poco.

—Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy?

—Porque le habrá vuelto otra vez.

—No lo creas, mamá... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a

Cecilia.

—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes

que me enfade.

—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes.

—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo

es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el

Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir,

y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas.

Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y

generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad

exagerada de las artesanas de Sarrió.

—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia

a Cecilia?

—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces?

Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza:

—Porque me quiere a mí.

—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el

principio que era todo una broma.

—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte,

entérate...

Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se

la alargó.

Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó:

—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto!

Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y

encendió una.

Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En

cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y

clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo:

—Ventura, ¿qué has hecho?

—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a

su fin.

—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla

miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto?

—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado

dejarse querer?

—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera

señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como

una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco

favor.

—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso.

—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te

has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto?

—Debes suponerlo.

—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico.

—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará

deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú,

bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera

los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que

debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque

no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un

hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a

todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle

nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña!

—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de

espalda hacia la puerta,—me casaré.

Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió

precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con

acento rabioso:

—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré!

Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer

hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que

cederá. Ten confianza.»

Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en

el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó.

Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar,

llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a

su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero

pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para

Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la

casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del

escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas.

—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se

hubo acercado.

—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría.

El cuarto poder · 第 10 / 31 段