—¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me figura que no me quieres.

Debes comprender que mi posición es extraña, comprometida, terrible.

Estar en vísperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar

disgusto alguno, sin antecedentes de ningún género que puedan tenerla

prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya no me caso contigo

porque no te quiero ni nunca te he querido», es lo más brutal y más

odioso que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no sé cómo tomarían

mi conducta tus papás. Lo más probable es que, indignados justamente por

ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta

casa...

—Bien, cásate con ella... ¡y en paz!—dijo Venturita poniéndose en pie

un poco pálida.

—¡Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—No sé—replicó el joven bajando la cabeza con tristeza.

Ambos guardaron silencio unos instantes.

Al cabo Venturita dijo, dándose con la palma de la mano en la cabeza:

—¡Discurre, hombre, discurre!

—Ya lo hago, pero no sale...

—¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y déjalo a mi cargo. Yo hablaré

a mamá... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...

—¡Oh, por Dios, Ventura!—exclamó angustiado.

—Entonces, ¿qué quieres, di?—preguntó la niña encolerizada.—¿Crees

que voy a servir de juguete?

—¡Si pudiéramos pasar sin esa carta!—manifestó Gonzalo con

humildad.—Tú no puedes figurarte lo violento que es para mí... ¿No

bastaría que dejase de venir unos cuantos días a esta casa?

—Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas!—respondió, dando un paso hacia la

puerta.

Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.

—Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado,

fascinado, y que a la postre haré cuanto tú me mandes, incluso arrojarme

al mar. No hacía más que expresarte una opinión... Si tú no quieres,

nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.

—¡Presuntuoso!—exclamó la niña sin volverse.—¿A que te figuras que

Cecilia se va morir de pena?

—Si no se disgusta, mejor que mejor; así me evitaré un remordimiento.

—Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena;

no conoce el egoísmo. Pero siempre la encontrarás igual, ni alegre ni

triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al

menos, si se los toma, nadie lo conoce... ¿Qué haces?—añadió

volviéndose rápidamente.

—Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quería ver otra vez tus

cabellos sueltos. No hay espectáculo que me cause más placer.

—¡Si es capricho, yo las desataré!... Aguarda—dijo la niña, que

estaba orgullosa, y con razón, de su pelo.

—¡Oh, qué hermosura! ¡Esto es un prodigio de la naturaleza!—exclamó

Gonzalo, introduciendo en él sus dedos.—Déjame, déjame meter la cabeza

dentro, déjame bañarme en este río de oro.

Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la niña.

Mas sucedió que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las

siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se

dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué comisionada por

doña Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de allá unos patrones

que debían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y empujó la

puerta en el instante crítico en que Gonzalo se estaba bañando de

aquella original manera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un

brinco y quedó, más pálido que la cera. Valentina se puso encarnada

hasta las orejas, y dijo balbuceando:

—Mamá quiere los patrones... los del otro día... Deben de estar sobre

el armario.

—No están sobre el armario, sino dentro—respondió Venturita, sin

inmutarse poco ni mucho.

Y dirigiéndose a él, y abriendo un tirador, sacó un lío de papeles y se

lo entregó.

—Aguarda un poco, Valentina—dijo antes que saliese.—Hazme el favor de

atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...

Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo

había pinchado.

Valentina, muy turbada todavía, comenzó a atárselo.

—Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta

la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para

atármelo, ¿verdad?—añadió riendo.

—¡Oh, no!—replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella

sangre fría.

La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura

de lo que había visto.

—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo?—preguntó Gonzalo con

ansiedad luego que hubo salido.

—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de

todas.

Valentina fué a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el

día siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un

beso. Miró hacia el cuarto obscuro que allí había, y creyó percibir los

cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.

—¡Alza! ¡Esto está que arde!—murmuró con aquel ceño saladísimo que

tanto la caracterizaba.

Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para

acompañarla hasta casa.

VIII

DE LA REUNIÓN QUE LOS PRÓCERES DE SARRIÓ CELEBRARON EN EL TEATRO CON

ASISTENCIA DEL CUARTO ESTADO

El día 9 de junio de 1860, debe señalarse con caracteres de oro en los

fastos de la villa de Sarrió.

Para ese día, socorrido de Alvaro Peña y de su hijo Pablo, don Rosendo

Belinchón había rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que

concurriesen por la tarde al local del teatro. Se trataría un asunto de

«vital (por nada en el mundo se le escaparía a don Rosendo el vital)

interés para la villa de Sarrió y su concejo». Sólo cuatro o cinco

personas de las más obligadas al comerciante, conocían el noble y

patriótico pensamiento que motivaba la convocatoria. Así que,

arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesía, acudieron a

las tres en punto todos los convocados y muchos más a quienes nadie

había dado vela en aquel entierro. El teatro se llenó de bote en bote.

La gente principal se apoderó de las butacas y los palcos. La plebe

subió a la cazuela. En el escenario se había colocado una mesa de

escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de

sillas, no más nuevas ni más limpias, que servían para la decoración de

«sala pobremente amueblada».

El teatro hervía ya de gente. El escenario permanecía aún desierto.

Estaban casi en tinieblas. Sólo por un tragaluz de vidrios empolvados

abierto allá en el fondo de la escena, despojada del telón de foro,

penetraba escasísima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los

ojos a la obscuridad, podían distinguirse los unos a los otros. El que

entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar,

palpando los cráneos de los que las ocupaban, por ver si había alguna

vacante.

—Aquí no, don Rufo.

—¿No hay asiento?—preguntaba sonriendo al vacío como los ciegos.

—No; suba usted arriba, a los palcos.

—Véngase aquí, don Rufo, véngase aquí—gritaba uno que estaba más

adelante.

—¿Eres tú, Cipriano?

Y empujando y tropezando, llegaba el recién venido a colocarse. Alguno

más práctico encendía una cerilla, pero al instante salían voces de la

cazuela:

—¡Eh! ¡eh! ¡Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches

a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.

Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que

hacían prorrumpir en carcajadas al ocioso público.

A medida que el tiempo transcurría, el zumbido de las conversaciones iba

creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela

expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban

unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, más que

obscenas, asquerosas. Gracias a que no había señoras.

Al fin aparecieron en el escenario cuatro señores, don Rosendo

Belinchón, Alvaro Peña, don Feliciano Gómez y don Rudesindo Cepeda,

propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de

los sombreros al pisar el palco escénico. Prodújose repentinamente el

silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron

también. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al

instinto de grosería, poderoso en aquella región, permanecieron

cubiertos. Don Rosendo y sus compañeros sonrieron al concurso,

avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentían, comenzaron

a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podían

divisar. Alvaro Peña, algo más atrevido, en razón quizá de su carácter

militar y de su instrucción antirreligiosa, avanzó hasta la cáscara del

apuntador, y dando a sus palabras una entonación excesivamente familiar,

sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:

—Señores, tanto mis compañeros como yo desearíamos ¿eh?, que subiesen a

este sitio algunas pejsonas de jespeto ¿eh?, que habrá en el público, a

fin de que nos ayuden con su autoridad ¿eh?, y con su ilustración... a

fin de que nos ayuden ¿eh? (no encontraba el final) en la empresa que

vamos a emprendej...

El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo

un sonido muy semejante a la jota.

Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpatía por la

modestia que resaltaba en aquella proposición.

—¿No está por ahí don Pedro Miranda?—preguntó Peña, sereno ya,

volviendo a adquirir la resolución militar que le caracterizaba.

—Aquí está... Aquí—dijeron varias voces.

—Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defendía de

los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:

—Pero, señores, ¿yo por qué? ¿A qué asunto?... Hay otras personas...

No hubo más remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del

escenario. Una vez allí, como no hubiese tabla ni escalera para subir,

entre Peña y don Feliciano Gómez, lo auparon por las manos hasta ponerlo

sobre el tablado.

—A ver, don Rufo, suba usted.

Don Rufo (médico titular de la villa), después de haberse defendido un

poco, fué subido en vilo también. Y por el mismo sencillo mecanismo

pasaron al escenario otros cinco o seis señores. Cada ascensión era

saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el

benévolo concurso. El ayudante vió a Gabino Maza sentado en una butaca

cerca de la pared, y le gritó con alegría:

—¡Gabino, no te había visto!... Vamos, hombre, ven acá.

—Estoy bien aquí—respondió con sequedad el bilioso ex oficial de la

Armada.

—¿Quieres que baje por ti?

Maza contestó en voz baja:

—No hace falta.

Los que estaban a su lado hicieron lo que con los demás.

—Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted

son los que deben estar allí. ¡No faltaba más que usted no subiese!

Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron inútiles todas las

instancias. Maza se empeñó en permanecer en la butaca con una

insistencia orgullosa que acobardó a los que le excitaban a subir.

Alvaro Peña bajó entonces por él; pero después de una brega larga tuvo

que retirarse desairado.

Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron más sillas recabadas

de los chiribitiles de los cómicos. Se acomodaron en ellas los más

selectos vecinos de Sarrió, y celebraron conciliábulo para resolver

quién había de presidir la reunión. Por cierto que no acababan de

entenderse, y el público daba señales claras de impaciencia. La mayor

parte juzgaba que a don Rosendo correspondía la honra de sentarse detrás

de la mesa de pino; pero éste la rehusaba con una modestia que le

honraba muchísimo más. Al fin se sentó al observar que el público se iba

cansando. Este aplaudió reciamente.

Nueva y fastidiosa dilación antes de resolverse quién había de dirigir

la palabra al concurso. Alvaro Peña, que era hombre despachado y de

arranque, se decidió a dar unos pasos hacia la boca del telón, y dijo en

voz alta:

—Señores.

—¡Chis, chis! ¡Silencio!—gritaron algunos.

Y reinó el silencio.

—Señores: El motivo de celebrajse este _meeting (sorpresa y

extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja

exótica)_ no es otro ¿eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los

intereses morales y materiales de Sajió. Hace algunos días me indicaba

nuestro dignísimo presidente que estos intereses se hallaban

abandonados, ¿eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos.

Señores, en Sajió hay varios problemas que jesolvej en este momento

histórico; el problema del mejcado cubiejto, ¿eh?, el problema del

cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del

matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dignísimo

presidente: El único medio ¿eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj

un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su

opinión...

—¿Eh?—gritó un socarrón desde la cazuela.

Peña alzó los ojos furibundos hacia allá. Y como era hombre a quien se

le suponían malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el

socarrón tembló por su pellejo y no volvió a chistar.

—Mi buen amigo, cuyo gran corazón y amoj al progreso conocen todos, me

dijo que hacía tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que él además, ¿eh?,

tenía otro proyecto que no tajdará en comunicaj al ilustrado público. En

consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Sajió para una

jeunión pública, y aquí estamos... porque hemos venido. _(Este desenfado

produce excelente efecto en el auditorio, que ríe con benevolencia)_.

—Señores—siguió el ayudante animado por los rumores,—yo creo que lo

que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace,

¿eh?, vivij de la vida de la razón y del progreso, ¿eh?, ponerse a la

altura de los adelantos del siglo, ¿eh?, tenej conciencia de sí y de sus

fuejzas. Hasta ahora, Sajió ha sido un pueblo dominado por la teocracia;

mucha novena, mucho sermón, mucho rosario, y no pensaj para nada en el

fomento de sus intereses, ni en aprender nada útil. Es necesario salij

cuanto más antes de esta situación, ¿eh? Es necesario sacudij el yugo

teocrático. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo

atrasado... y sucio. _(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal

cual chicheo.)_

El ayudante hablaba mejor, y adquiría cierto donaire en cuanto se

trataba de denigrar al clero.

—Pido la palabra—gritó una voz atiplada desde un palco.

—¿Quién es? ¿Quién es?—se preguntaron unos a otros los espectadores y

los altos dignatarios del escenario.

—Es el hijo del Perinolo.—¿Quién?—El hijo del Perinolo.—El hijo del

Perinolo.

Esta frase se fué repitiendo en voz baja por todo el ámbito del teatro.

El hijo del Perinolo era un joven pálido, de ojos negros, que gastaba

larga melena. No se advertía más en la media luz que reinaba. Era para

él gran fortuna. A ser entera, se verían perfectamente los lamparones de

su levita añeja, la grasa de su camisa y las greñas de la melena, dado

que los agujeros de las botas y los hilachos del pantalón, en modo

alguno podían ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo

lo sabían de memoria los vecinos de Sarrió, por tropezarle harto a

menudo en la calle y los cafés. Digamos que, a pesar de esto, era mozo

de gentil disposición y rostro.

Su padre, el señor José María el Perinolo, antiguo y clásico zapatero de

la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo

gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fanático, miembro de

todas las cofradías religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al

toque de oración en la iglesia de San Andrés, acompañado de unas cuantas

mujerucas; salía en las procesiones de Semana Santa con hábito de

disciplinante y corona de espinas, y tenía a su cargo y cuidado la

capilla del Nazareno en la calle de Atrás. Este santo varón «que nunca

había dado nada que decir» (suprema expresión de la honradez en los

pueblos pequeños), educó a su hijo Sinforoso y a otros dos más, en el

santo temor de Dios y del tirapié. Azotes, penitencias de rodillas, días

a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso

estaba poblada de estos recuerdos poéticos. Cuando llegó a la pubertad,

como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo

se persuadió a que no estaba llamado a sustentar la zapatería cuando él

fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Faltábanle

medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo

don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el párroco de

la villa, que espontáneamente le asignaron tres pesetas diarias mientras

no cantase misa. Mas al cursar el segundo año de Teología, recibieron

estos señores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella

les manifestaba que no se sentía llamado por Dios a la carrera

eclesiástica, y que antes de ser un mal sacerdote prefería aprender el

oficio de su padre o embarcarse para América. Terminaba suplicándoles

con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teología por el

Derecho, hacia el cual se creía inclinado, y con esto no daría tan gran

disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y

Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como

deseaba el Perinolo. Mientras siguió la carrera de leyes con

sobresalientes y premios al principio, notables después y aprobados al

fin, emborronó algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se

creyó en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la

nariz. Así se presentó el nuevo licenciado en Sarrió con la aureola de

gloria además que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun

reñido batallas en la prensa periódica. Se había afiliado en el partido

liberal más avanzado renegando así de su prosapia. Con esto, su padre

estaba fuertemente desabrido. Si le dejó entrar en casa debióse a la

intercesión de la madre. No le hablaba ni le daba un céntimo para sus

gastos, limitándose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la

ración. Al cabo de algunos meses los zapatos se habían despellejado y la

ropa daba lástima verla. Pero todo lo suplía muy bien el letrado con el

empaque y gravedad de la fisonomía y lo airoso de su porte. Pasaba la

mañana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el café

discutiendo a gritos lo que había leído por la mañana. Los vecinos no le

querían; pero respetaban mucho su ilustración y talento.

—¿Quién ha pedido la palabra?—preguntó don Rosendo.

—Suárez... Sinforoso Suárez—dijo el joven inclinando su busto sobre la

barandilla.

—Usted la tiene, señor Suárez.

El joven tosió, metió los dedos de entrambas manos por el pelo,

dejándolo más ahuecado y revuelto, se puso los lentes que traía colgados

de un cordoncillo y dijo:

—Señores.

La entonación firme y sosegada que dió a esta palabra, y la pausa larga

que después hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una

mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.

—Después de la brillante oración que acaba de pronunciarnos mi

queridísimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, señor Peña _(el

ayudante, aunque no ha hablado con Suárez más de tres veces en su vida,

se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarrió aprenden que

hay más oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las demás rezadas por

la Iglesia)_, quedará bien convencida la asamblea del fin generoso y

patriótico que ha inspirado a los promovedores de este _meeting_. Nada

tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo

reunido para deliberar acerca de los más altos y caros intereses de su

vida. ¡Ah, señores! al escuchar hace un momento al señor Peña, me

imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre,

entre otros ciudadanos libres también como yo, de los destinos de mi

patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de

aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la

elocuencia de mi queridísimo amigo el señor Peña, tiene mucho de la

arrebatada pasión que caracterizaba a Demóstenes, el príncipe de los

oradores y bastante también de la fluidez y elegancia que brillaba en

los discursos de Pericles. _(Pausa: mano a los lentes.)_ Es viva y

animada como la de Cleón; es mesurada y prudente como la de Arístides;

tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas

agradables al oído como la de Isócrates. ¡Ah, señores! Yo también, como

el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba

que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del día, despertase

a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia...

¡Sarrió! ¡Cuánto dulce recuerdo, cuánta inefable alegría despierta en mi

alma este solo nombre! Aquí corrieron los años felices de mi infancia...

Aquí comenzó a formarse mi espíritu... Aquí hizo el amor palpitar por

primera vez mi corazón... En otra parte se ha enriquecido mi razón con

el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el

estudio del Derecho... Aquí se ha nutrido mi alma con las santas y

dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi

inteligencia en la polémica, en la lucha de las ideas... Aquí he

cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Señores,

lo diré muy alto, suceda lo que suceda: Sarrió está llamado a grandes

destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la

costa cantábrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la

excelente situación en que la naturaleza lo ha colocado, como por la

laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus

habitantes. _(¡Bravo! ¡Bravo! Unánimes y estrepitosos aplausos.)_

Roto el hielo que la sorpresa, más que una prevención injusta, había

formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupción a cada

párrafo. Jamás los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de

Sarrió habían oído hablar tan fácil y pulidamente. Aquel discurso fué la

revelación de la vida parlamentaria moderna, según decía Alvaro Peña al

disolverse la reunión.

Media hora llevaría en el uso de la palabra en medio del creciente

entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los próceres del escenario se

le ocurrió que podía tener seca la boca y sería oportuno servirle un

vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observación al

presidente, éste interrumpió al orador, diciéndole:

—Si el señor Suárez está fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de

que le sirvan un vaso de agua.

Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobación.

—No estoy fatigado, señor presidente—respondió suavemente el orador.

_(Sí, sí, que descanse.—Dejarle descansar.—Que se le traiga un vaso de

agua.—Puede hacerle daño: que le echen unas gotas de anís.)_

Los espectadores, acometidos súbito de una ardiente simpatía, se

convertían en madres cariñosas para el hijo del Perinolo.

Este, inflándose más de lo que estaba, sonrió al auditorio, y dijo:

—La fatiga es propia de los soldados bisoños. Los que como yo están

acostumbrados a las lides de la tribuna (había hablado varias veces en

la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fácilmente...

Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor hacía muchos

años del señor José María el Perinolo, que había visto criarse a

Sinforoso y le había arreado más de uno y más de dos lampreazos con el

tirapié cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el

apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas

sobre la barandilla y la cara erizada de púas sobre las manos. En sus

ojos, sombreados de una selva enmarañada de pestañas, no se advertía la

chispa de entusiasmo que ardía en los de los demás. Antes se leía el

asombro, la ira y la envidia. Cuando acertó a oir las palabras

jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, gritó

con rabia:

—¡Fuera ese piojo, sollo!

Indescriptible indignación en el auditorio. Todos los rostros se vuelven

airados a la cazuela. Oyense las voces de:

—¿Quién es ese borrico?—¡A la cárcel!—¡Fuera ese cerdo!

El presidente pregunta con terrible severidad:

—¿Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?

Esta pregunta así formulada, produce honda impresión en el público.

Suárez, un poco pálido y con voz alterada, dice al fin:

—Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme.

_(¡No, no!—¡Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)_

La indignación contra el grosero interruptor creció a tal punto con

estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan

los puños frente al sitio de donde había partido la voz. Alvaro Peña, el

orador griego, más indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a

pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los

aplausos del público.

El cuarto poder · 第 9 / 31 段