Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes había nacido en

don Rosendo Belinchón la afición a escribir comunicados a los

periódicos: es decir, que databa de una remota antigüedad. Ardiente

partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los

órdenes, de la discusión y de la luz, claro está que la prensa había de

infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos habían sido siempre un

elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos

nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conocía

bastante bien el francés y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun

en los días más ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.

Estas horas se aumentaron considerablemente desde hacía algunos años, no

sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro héroe

experimentaba por las mañanas después de tomar el chocolate tragándose

los artículos de fondo del _Pabellón Nacional_, los sueltos de _La

Política_ y las _Nouvelles à la main_ del _Fígaro_ era tan vivo, que le

quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiación

se iba perdiendo en la atmósfera.

Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista

en sus gustos periodísticos. Amaba el periódico por el periódico, por

ser una muestra gentil del progreso de la razón humana, o como él decía

mejor, «una manifestación levantada de la conciencia pública». Las

opiniones que cada cual defendía, eran cosa secundaria. Estaba suscripto

a periódicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna

predilección mostraba, era únicamente por los artículos y sueltos

_intencionados_. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la

contraria y retorcer las frases de modo que una cláusula inocente en la

apariencia llevase dentro «una saeta envenenada» llenaba de admiración a

don Rosendo y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer en _La

España_ algún párrafo por el estilo:—«Ayer apareció por fin la circular

del señor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al

general O’Donnell, presidente de esta situación liberal, al señor

Negrete, que en algún rato lúcido ha dado cima a obra tan colosal, y a

los demócratas protectores de este Gobierno»,—hubo exclamado agitando

el periódico en las manos:—¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué

intención!!

Este afán, mejor dicho, esta pasión por la prensa, no era platónico como

ya hemos advertido. Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas a un

periódico semanal que se publicaba en Lancia, titulado _El Otoño_, con

motivo de las fiestas anuales que en Sarrió se celebran en el mes de

septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición en la villa y le

valieron no pocos plácemes. Esto le animó para escribir otras tres al

año siguiente, dando cuenta al público del número asombroso de cohetes

que se dispararon en Sarrió los días 13, 14 y 15, la lindísima

iluminación del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche

del 17. Después de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don

Rosendo no podía menos de paladearlas de vez en cuando. El menor

pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a

los periódicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier

gracioso pseudónimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en

honor de San Telmo: don Rosendo escribía inmediatamente su carta al

_Progreso de Lancia_ o a _La Abeja_, describiendo la verbena, los fuegos

artificiales, la misa, la procesión, etc. Se daba un banquete en el

nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro

días se recibía el periódico de Lancia con la consabida carta publicando

los brindis y los sonetos improvisados. Se caía un albañil de un

andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo más garantías para los

albañiles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don

Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y

elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si

las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta

del Peón; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo

los prácticos de Sarrió; comunicado. Si se perdía la cosecha del maíz

por la sequía; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.

En fin, no acaecía suceso en el suelo o en la atmósfera de la villa

digno de mención, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma

de nuestro comerciante.

¡Cuánto trabajo se evitarán los futuros historiadores de Sarrió con

esto, valiosísimos materiales acumulados por uno de sus más claros

hijos!

Según iba avanzando en años don Rosendo Belinchón, daba a sus cartas un

carácter menos romántico, por no decir frívolo (sería tan inexacto como

irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable

caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los

holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa

que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y

materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de

náufragos, la erección de un templo o de una cárcel, etc., etc., eran

los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vió nacer,

se ejercitaba con más frecuencia.

Uno de ellos, de «vital interés para Sarrió», como él afirmaba muy bien,

era el matadero. Hasta entonces jamás había abordado esta cuestión,

porque sabía que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte

del vecindario. Mas había llegado, a su entender, la hora de «emitirlo

sin ambages ni rodeos». El comunicado que leyó era el primero que acerca

de este asunto dirigía al _Progreso de Lancia_. Comenzaba así:

«Señor Director de _El Progeso de Lancia_.

Muy señor mío: La preferencia con que se miran las ciencias

físico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de

ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en

vista de su gran utilidad práctica, ha ido poco a poco desterrando la

timidez de los que, influídos por una educación casi errónea y

deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados

por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al

soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razón el siglo de las luces.»

Los párrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior.

Seguía:

«Hoy que la civilización, rotas las cortapisas que detenían las

conciencias y supeditaban el espíritu, nos abre vasto campo a todos por

medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a

la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido

siempre, y en la benevolencia con que el público ha acogido hasta ahora

los humildes partos de mi pluma, etc., etc.»

Después de otros tres o cuatro párrafos a modo de preámbulo (que el

director de _El Progreso_ acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo

en la cuestión, estudiando el matadero o macelo público, como él lo

nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en términos que no

daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las

razones que tenía para oponerse a él, eran «obvias». Por una parte, los

vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del año, que arrastraban

consigo fétidos miasmas, etc., etcétera. Por otra parte, la dificultad

de hallar terreno firme para la cimentación, lo cual originaría un gasto

excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la población

con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por

otra, el perjuicio que a los bañistas se les irrogaba, etc., etc. En

fin, eran más de veinte las razones que don Rosendo «apuntaba de un modo

ligero y sucinto», proponiéndose darle «más amplitud y desarrollo» en

otras cartas sucesivas con que pensaba «molestar la atención de los

lectores de su ilustrado periódico».

Cuando terminó la lectura, Gonzalo las juzgó incontrovertibles, y don

Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declaró que no tenían

vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron

llenos de alegría, como es natural. Don Rosendo se quedó en el despacho

poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fué de nuevo a la sala de

costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamóle su futuro

suegro para decirle:

—De esto, ni una palabra a nadie, ¿eh?

—¡Don Rosendo, por Dios!—respondió el joven alzando la mano en señal

de protesta.

El comerciante se sintió acometido por un vivo sentimiento de expansión.

—Pronto sabrás—dijo acercándose—otra cosa que te ha de sorprender

alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que

espero realizar, Dios mediante, muy pronto. ¡Oh, es una idea feliz! La

faz de Sarrió cambiará radicalmente, ¿sabes?

El ademán misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza

del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendió más

que medianamente a Gonzalo. No se atrevió, sin embargo, a pedir

explicaciones. Su futuro suegro le dejó marchar dirigiéndole una mirada

risueña y abstraída.

La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversación de

Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto,

sino de acción, como convenía a su naturaleza plástica. Venturita no

había vuelto aún. Sentóse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de

su novia, y comenzó a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no

estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traición le pesaba

en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su

mirada clara, serena, inocente, le encendía las mejillas. Para librarle

de aquel malestar, creyó lo mejor expresarle, en términos más vivos que

otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de

espíritu en los casos de apuro, acudía al recurso peor, con tal que le

dejase respirar por el momento. Cecilia recibió aquellos homenajes con

sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse

requebrar de quien aman.

—Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos—le dijo al

fin sonriendo.

—Es que tengo gusto en expresarte lo que siento—respondió él sofocado.

—Pues es un gusto que no comprendo—replicó ella con dulzura.—Yo

cuanto más quiero a una persona, menos ganas tengo de decírselo.

—Eso consiste en que no quieres de veras.

—¡Oh!—exclamó ella con entonación tan verdadera y expresiva, que

nuestro joven se inmutó.

—Sí, sí, consiste en que eres fría por naturaleza. El calor del

sentimiento, como el calor físico, no puede ocultarse largo tiempo:

llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los

volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe

romper las trabas de la lengua. Sólo se goza realmente de él cuando se

le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles

que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo

tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpatía hacia

cualquier persona, nace el deseo de expresársela; y este deseo

satisfecho, es el mayor de los placeres...

—¡Sí será! ¡sí será!—respondió ella con acento de profunda

convicción.—Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo

adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo—añadió con voz

temblorosa,—por Dios te pido que no midas nunca mi cariño por mis

palabras... Yo no sé... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de

mí... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir más que

tonterías, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen

palabras cariñosas... ¡Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro

sin rabo.

Gonzalo se echó a reir. Ella, que había hablado con más viveza que de

costumbre, se puso colorada y bajó la cabeza.

—Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.

—Para este caso haz cuenta que me la han cortado.

—Bien, entonces me lo dirás por escrito—dijo él riendo. Al mismo

tiempo levantó vivamente la cabeza hacia la puerta que se había abierto.

Era Piscis. Después de mascullar las buenas tardes se fué a sentar en el

rincón de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las

costureras, a quienes por ésta y otras razones, tenía declarado odio

eterno.

Después de pagarles aquella risueña acogida con otra mirada oblicua y

feroz, guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tenía

henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se

despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, después de haberle

silbado para llamarle la atención, se aventuró a descargar el fardo en

público, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y

apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.

—¿Qué hay, Piscis?—preguntó Pablito al oir el silbido.

—¿A que no sabes por dónde da las coces ahora el Romero?

En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina

le dijo a Teresa pugnando por no reir:

—Chica, ¿qué dice _ése_?

—¿Que por dónde tira las coces un caballo?

—Será por el c...

Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oyó perfectamente. Sin atender a

Pablo que había tomado muy en serio la pregunta, y quería saber la

especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose a Valentina:

—¿Quieres callarte... zapalastrona?

Estas palabras enérgicas fueron recibidas con una explosión de alegría

por las costureras.

—No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has sacado a paseo el Romero?... Me

alegro.

—Lo enganché en la _charrette_ con la Linda—respondió el centauro,

haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simpática

Valentina.—¡Si vieras, mal rayo, qué modo de alzarse! Yo ¡zis, zis! con

la fusta, y él ¡pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volví a la

cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Salí otra vez...

En cuanto se pinchó se estuvo quieto. Pero, ¿qué hizo el gran pillo?...

¿Ves entre el tirante y la rueda? Por allí comenzó a dar las coces. ¡Mal

rayo! Por poco me deshace un farol...

—Pues es necesario quitarle esa zuna—manifestó Pablito hondamente

afectado, levantándose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a

Piscis.

—Déjame discurrir esta noche—respondió el centauro poniéndose muy

sombrío.—Ya veremos si mañana hallamos algún medio.

Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversación viva

y reservada.

Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que echar miradas a la puerta,

esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurría, no

obstante, el tiempo, y nada; la niña no parecía. La distracción

aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la

misma pregunta:

—¿Que tienes? Parece que estás con el pensamiento en otra parte.

—En efecto—dijo él un poco colorado;—me acuerdo de que hoy tengo que

escribir a Londres para un negocio urgente... Además, ya son cerca de

las seis.

Despidióse de ella, después de doña Paulina y la tertulia, y se fué.

Una vez en los pasillos, acortó el paso, y comenzó a mirar a todos

lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendió

lentamente por las escaleras. Ya se disponía a levantar el pestillo de

la puerta, cuando creyó advertir que la cuerda con que la abrían desde

arriba se agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó a llevar la mano al

pestillo, y otra vez percibió la sacudida. Entonces volvió sobre sus

pasos, y asomó la cabeza a la caja de la escalera. Allá arriba, una

cabecita hermosa le sonreía.

—¿Eres tú?—preguntó con voz de falsete, rebosando de gozo el

semblante.

—Sí, soy yo—contestó Venturita en el mismo tono.

—¿Quieres que suba?

—No—respondió la niña de un modo que significaba:—¡Eso no se

pregunta, hombre!

Gonzalo subió la escalera sobre la punta de los pies.

—Aquí no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo—dijo Venturita

tomándole de la mano y conduciéndole al través de los pasillos hasta el

comedor.

Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la mano.

—Creí que no te volvía a ver hoy. ¡Qué geniecillo tienes, chica!—le

dijo sonriendo.

El semblante de Venturita se obscureció.

—Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendría.

—Pero hazte cargo que es tu mamá la que te ha reprendido—repuso él sin

dejar de sonreir.

—¿Y qué?—exclamó ella con violencia.—¿Porque es mi madre me ha de

mortificar a todas horas y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo lo

voy a sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que la sufra ese mastuerzo,

que para eso le saca los cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para

él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques más esa

tecla.

Y al decir esto con rabiosa entonación, pintada la ira en los ojos, dió

una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo

consintió, y besándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:

—Chica, chica, no te dispares contra mí, que yo no tengo la culpa de

nada... Si a mí me gustas precisamente por ser tan viva y tan

rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.

—Es porque tú lo eres—respondió ella aplacándosela varias veces con

pasión, le dijo riendo:

—No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me

enfado, es de veras...

—¡Bah... allá una vez; cada año!

—Además... por lo mismo que yo soy así, debieran gustarme las mujeres

suaves y tranquilas.

—Estás equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les

gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las

chiquitas... ¿No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequeña?

—No sólo es por eso—dijo él riendo y atrayéndola hacia sí.

—¿Por qué más?—preguntó ella clavándole una mirada provocativa.

—No sé. ¿Quieres que te regale el oído?

—¿Por qué más?—insistió sin dejar de mirarle.

—Por lo feísima que eres.

—Gracias—respondió con el rostro iluminado por la vanidad.

—No la hay más fea que tú en Sarrió ni en el mundo entero.

—Algunas más feas habrás visto por esos países donde has andado.

—Te aseguro que no.

—¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo—exclamó riendo y aceptando

la hiperbólica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.

—¡Alguien viene!—dijo Gonzalo quedándose inmóvil y serio.

Venturita avanzó hasta la puerta.

—Es la cocinera que pasa—dijo volviendo en seguida.

—Me parece que estamos mal aquí. Pudiera entrar tu mamá o cualquiera de

las chicas... o Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué disculpa doy?

—Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no estás tranquilo,

podemos ir a otra parte. Vamos al salón.

—Vamos.

—No, tú quédate aquí un momento; yo iré delante.

Pero deteniéndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:

—Si me dieses palabra de ser formal, te llevaría a mi cuarto.

—Palabra redonda—respondió el joven alegremente.

—¿Nada de besitos?

—Nada.

—Júralo.

—Lo juro.

—Bien, quédate ahí un instante, y después vienes en puntillas, ¿sabes?

Hasta ahora.

—Hasta ahora—dijo Gonzalo apoderándose de una de sus manos y

besándola.

—¿Lo ves?—exclamó ella fingiendo enojo,—antes de ir, ya comienzas a

faltar...

—Yo creí que las manos no entraban en el juramento.

—¡Entra todo!—dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los

ojos.

A los dos minutos el joven la siguió. Halló la puerta del cuarto

entornada, y entró. La habitación de Venturita, era como su dueña,

pequeñita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con

pabellón de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul,

un armarito de ébano con incrustaciones de marfil, que servía de

escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador

con espejo, forrado también de raso al igual que las paredes, un armario

de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La

habitación exhalaba un perfume penetrante como el camarín de una

odalisca.

—¡Oh! Esto está mejor que el cuarto de Cecilia.

—¿Cuándo lo has visto?

—Hace pocos días me lo ha enseñado. Las paredes desnudas con unos

cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar...

—Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he

tenido que andar detrás de papá una temporada para que me lo pusiera de

este modo... Pero mi hermana es así... como Dios la crió... No le

importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, ¿sabes?

—En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetería. De esta

cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.

—¿De dónde sacas que soy coqueta, tonto?—le preguntó ella volviendo a

mirarle de aquel modo provocativo de antes.

—Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetería, cuando no es excesiva,

da más atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los

alimentos.

—¡Ya salió a relucir el gastrónomo!... Pues mira, aunque la coquetería

dé atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos

que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... ¡me parece!...

—Es verdad; tienes razón, tienes muchísima razón. Yo no puedo llamarte

coqueta... Pero la coquetería de que yo hablaba es de otra clase.

—Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, según

creo... y déjate de sutilezas.

Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña le señalaba, dominado por

sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que había entrado en aquel

cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le

embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se

le subía a la cabeza. La mirada magnética de Venturita había concluído

por electrizarle.

—Has hecho mal en traerme a tu cuarto—dijo sonriendo mientras se

pasaba el pañuelo por la frente.

—¿Pues?—preguntó ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como

esos relámpagos que se advierten a la caída de la tarde en los días muy

calurosos del verano.

—Porque me siento mal—respondió él con la misma sonrisa.

—¿Te sientes mal, de veras?—replicó la niña abriendo mucho sus ojos

azules sin conseguir que pareciesen inocentes.

—Un poco.

—¿Quieres que avise?

—No; si lo que me hace daño son tus ojos.

—¡Ah, vamos!—exclamó ella riendo como si cayese entonces en la

cuenta.—¡Entonces los cerraré!

—¡Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondría mucho

peor.

—Entonces me iré—dijo levantándose de la silla.

—¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por qué me pongo enfermo? por no

poder besar esos ojos que me asesinan.

—¡Jesús!—exclamó Venturita soltando la carcajada.—¡Qué fuerte te da!

¡Siento no poder curarte!

—¿Permitirás que me muera?

—Si.

—¡Gracias! Déjame besar tus cabellos entonces...

—No.

—Tus manos.

—Tampoco.

—Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira que me haces mucho daño!

—Besa ese guante—dijo la niña riendo y tirándole uno que había sobre

el tocador.

Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frenesí repetidas veces.

Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre

desleal y pérfido, o por lo menos débil, declarándole quizá «un carácter

repugnante», como dicen los críticos cuando los personajes de las

novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran,

pusiérale yo en aquel nido pequeño y perfumado como el cáliz de una

magnolia, frente a la niña menor de los señores de Belinchón, vestida

con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su

garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los

relámpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa

que removía todas las fibras del alma. Y si la niña le tirase un guante

diciéndole:

—Bésalo,—quisiera ver en qué forma se negaba a besarlo.

—¿Te vas calmando, Gonzalo?—dijo disparándole una sonrisa capaz de

volver loco a San Antonio.

—Así, así.

—Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra

situación...

Gonzalo se puso serio.

—A pesar de lo que me has dicho hace ya tres días, no he sabido, hasta

ahora, que hayas hablado con mamá o con papá, ni que les hayas

escrito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo correr, con lo

cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo más atento y cariñoso

que nunca con Cecilia...

Gonzalo hizo un gesto negativo.

—¡Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el

agujero de la llave!... A mí no se me escapa nada... Eso está muy mal

hecho si es que no la quieres... Y si la quieres está muy mal hecho lo

que haces conmigo...

—¿No estás bien segura aún de que tú sola posees mi corazón?—dijo el

joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.

—No.

—¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no puedo estar al lado de

Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decírselo

claramente y concluir de una vez.

—Pues díselo.

—... No me atrevo.

—Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... Mejor será—replicó la

niña con impaciencia.

El cuarto poder · 第 8 / 31 段