Cecilia era de condición reservada y silenciosa, sin dar por eso en

taciturna. Ordinariamente no hablaba más que cuando le dirigían la

palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era

la nota distintiva de su carácter la timidez, que suele prestar soberano

hechizo a las jóvenes. Mas en sustitución de esta cualidad, poseía

nuestra heroína una serenidad dulce, cierta firmeza simpática en todas

sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su

espíritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,

si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tenía, por

frialdad de corazón. Creían, aun los más allegados a la casa, que era

incapaz de concebir una pasión viva y tierna. Acostumbrados a verla

impasible cumpliendo los deberes domésticos con la regularidad de un

reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetración, que no todos

pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonomía moral de la

primogénita de los Belinchón. La mayor parte de estos seres viven y

mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes

que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque

parezca raro, pertenece a ese número, y no es la que menos relieve

presta al carácter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar

la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge

en ellas sin hallar nada que despierte la atención. Pero lo mismo pasa

con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque

nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de

muerte que hay en suspensión en ellos, ¿hemos de afirmar que no existen?

Difícil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban

por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si ponía empeño

en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es

que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocían casi siempre. Se

trataba, verbigracia, de salir un día a visitas, o de comprarse un

vestido, doña Paula preguntaba a su hija con solicitud:

—¿Qué te parece, Cecilia?

—Me parece bien—contestaba ésta.

—Te parece bien, ¿de veras?—decía la madre mirándola fijamente a los

ojos.

—Sí, mamá, me parece bien.

Doña Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placía o le

disgustaba el vestido o lo que fuese.

Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para

hacerlo, que nadie lo sabía. El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo

se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegría

por un poco más de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida

constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el

extranjero, así que leyó la carta se presentó a su madre y se la

entregó.

—¿Te gusta el muchacho?—le preguntó ésta después de leerla con más

emoción que había manifestado su hija al entregársela.

—¿Te gusta a ti?

—A mí sí.

—Pues si te gusta a ti y a papá, a mí también me gusta—replicó la

joven.

¿Quién pudiera imaginar después de estas frías palabras que Cecilia

estaba tiempo hacía profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor

es el sentimiento humano más difícil de disimular, y después del

consentimiento de sus padres no había razón alguna para ocultarlo, lo

dejó ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra

heroína, cualquier señal, por leve que sea, tiene una importancia

decisiva. La felicidad que henchía su corazón, brotaba, pues, a su

rostro a la vista de todos los que la conocían íntimamente. Pocos seres

habrán gozado más en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo

aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los

dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje

misterioso y tierno. Las tijeras al cortar _chis chis_, las agujas al

coser _cruj, cruj_, ¡le decían tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas

veces le decían: «—¿Quién te verá, Cecilia, ir a misa los domingos del

brazo de tu marido? El te llevará el devocionario, te dejará ir al altar

de Nuestra Señora de los Dolores y se colocará detrás entre los hombres.

Luego te esperará a la salida, te ofrecerá el agua bendita y volverá a

cogerte del brazo». Otras veces le decían: «—Por la mañana temprano te

levantarás muy despacito para que él no se despierte, limpiarás su ropa,

pondrás los botones a su camisa, y cuando llegue la hora tú misma le

servirás el chocolate». Otras exclamaban de pronto: «—¡Y cuando tengas

un niño!» Entonces la novia sentía un vuelco gratísimo en el corazón;

sus manos temblaban y echaba una rápida mirada a las costureras temiendo

que hubiesen advertido su emoción.

Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,

Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. Así que estaba

llena la subía sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con

todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y

peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubría

delicadamente con un lienzo, y luego se salía cerrando la puerta y

guardando la llave en el bolsillo.

Después que hubo saludado, Gonzalo fué a sentarse cerca de Pablito, y

pasándole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al oído:

—¿Cuál es la que más te gusta?

Y al inclinarse hacia su futuro cuñado, clavaba una mirada intensa en

Venturita, que correspondió a ella con otra muy singular. Después ambos

las convirtieron a Cecilia. Esta no había levantado la cabeza del

bastidor.

—Nieves—respondió Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.

—Lo sabía, y te aplaudo el gusto—dijo riendo Gonzalo.—¡Qué cutis de

raso!... ¡Qué dentadura!

—¡Y qué andares! Pasi-corta, ¿sabes?

Ambos miraban a la bordadora. Esta levantó la cabeza, y comprendiendo

que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.

—Vamos, no vale hablarse al oído—dijo doña Paula con la

susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.

—Déjelos usted, señora—replicó Nieves.—Están hablando de mí: no hay

que quitarles el gusto.

—Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo de ciertos labios, la

transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...

—Valentina, entonces hablaban de ti—dijo Nieves ruborizada tocando en

el muslo a su compañera.

—¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya sabemos que eres la más

guapa!—dijo la otra visiblemente picada.

—¡Paz, paz, señoras!—exclamó Gonzalo.—Verdad que Pablo comenzó

hablándome de las perfecciones de Nieves; pero también es cierto que

pensaba continuar con las de todas las demás, si no se le hubiese

interrumpido... ¿No es eso, Pablo?

—Desde luego: contaba seguir con Valentina...

Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gracioso ceño burlón que daba

carácter a su rostro.

—Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se pierden de vista.

Pablo, sin hacer caso de la interrupción, prosiguió:

—Después con Teresa y Encarnación, Elvira y Generosa. Hablaría también

de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).

De Cecilia no, porque está comprometida, y algo diría también de mi

señora doña Paula, que, sin ofender a nadie, es la más hermosa de todas.

—¡Qué pillastre!—exclamó ésta admirada del donaire de su hijo.

Pablo se había levantado de la butaca, y abrazó a su madre con efusión.

—¡Quita, quita, adulador!—dijo ella riendo.

—Ve aflojando el bolsillo, mamá—dijo Venturita.

—¡Lo ves! La pata de gallo de siempre—exclamó iracundo el joven,

volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras ésta se reía

maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.

—Mucho has trabajado—dijo Gonzalo en voz baja, sentándose al lado de

su novia.

—Así, así—respondió Cecilia fijando en él sus ojos grandes, llenos de

luz.

—Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese clavel... digo, me parece que es

clavel...

—Es jazmín.

—Ni esas dos hojas más.

—¡Bah! Eso no es nada.

—¿Y qué es lo que estás bordando?

Cecilia siguió moviendo la aguja sin contestar.

—¿Qué es lo que bordas?—preguntó Gonzalo en voz, más alta, pensando

que no le había oído.

—Una sábana... ¡calla!—replicó la joven levantando un poco los ojos

hacia las costureras y volviendo a abatirlos rápidamente.

Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de

la cabeza de Cecilia, y de ellos brotó una chispa.

—Ya ven ustedes que hay para todas—decía Pablito mirando al mismo

tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: «No hagas caso, esto lo digo

por cumplir».

—¿Qué es lo que hay para todas, don Pablo?—preguntó Valentina con

tonillo irónico.

—Flores, criatura.

—Écheselas usted al Santísimo.

—Y a las niñas guapas como tú.

—Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,

¿sabe usted?

—¡Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de

atrás—exclamó el apuesto mancebo.

El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las

costureras.

—A Valentina no le gustan los señoritos—manifestó Encarnación.

—Hace bien; de los señoritos no se saca más que parola, tiempo perdido

y a veces la desgracia para toda la vida—dijo sentenciosamente doña

Paula sin acordarse de que ella había sacado la felicidad.—Tocante a

eso, Sarrió está perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompañar de

uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha

de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se

oculta ya para ir al obscurecer acompañada de algún señorito, y a la

vuelta de las romerías da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos

cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No sabéis lo que os espera.

Porque el hijo de don Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el

piloto de la _Trinidad_ con la de Mechacan, se os figura que todo el

monte es orégano. Al freir será el reir... Mirad, mirad a Benita la del

señor Matías el sacristán. ¿Qué linda está y que compuestita, verdad?

—Benita está escriturada—dijo Encarnación.

—Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale la escritura!

—Señora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda

la vida.

—Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido esas bolas por la

cabeza?

—Eso se sabe... vamos. Benita está consultada.

—Mire, señora—dijo Teresa, la morena sentimental,—la verdad en que

nosotras corremos peligro; tiene usted razón... ¿Pero qué quiere que

hagamos? Los artesanos de esta villa ¡están tan echados a perder! El que

más y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algún día

también por la semana. ¿Cuántos son los que traen el jornal a casa y lo

entregan a su mujer, dígame por su vida? Si es marinero, se le ve una

vez cada año; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para allá. Los

cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando

para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, ¿qué saben ellos de

dar estimación ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un

domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,

dejándola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamándola para

que oiga alguna sandez, que la pone más colorada que una amapola...

¡Calle, calle, señora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de

juzgar, no vale el pan que come!... El otro día encontré a Tomasina...

ya sabe, la del tío Rufo, que no hace tan siquiera un año que se casó

con un oficial de Próspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos

reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel día

no había comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a

mitad de semana, ¡claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...

¡Válgate Dios! Y las más de las noches viene borracho perdido a casa, y

le da cada sopimpa que la deja por muerta. ¡Cuántas veces se va la

pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que

una, viendo estas cosas... ¡Vaya, más vale callar! Lo que yo digo,

¡caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.

—Oye, tú—saltó Valentina levantando el rostro con su ceño habitual

algo más pronunciado,—no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los

señoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el

crédito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se

emborrachan... Más de un señorito y mas de dos he visto yo venir como

cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, también los que pegan...

Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevarían la mitad de las

veces... Atiende; y don Ramón el maestro de música cuando llegaba a casa

por la noche ¿daba bizcochos a su mujer? Tú lo debes de saber... bien

cerca vivías.

—Mujer, yo no hablo por todos—repuso Teresa amainando por el temor de

que su díscola compañera le sacase a relucir el acompañamiento nocturno

de Donato Rojo, el médico de la Sanidad,—sólo digo que los hay muy

brutos...

—Bueno, pues déjalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos

tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que más y la que

menos sabe por dónde corre el agua del molino.

—Oyes, Valentina—dijo Elvira sonriendo maliciosamente,—cuando te

cases, ¿piensas llevarlas de Cosme?

—Si las merezco las llevaré... Más quiero llevar dos bofetadas de mi

Cosme que el desprecio de un señorito, ¡alza!

—Así me gusta; ¡aprended, aprended, chiquillas!—dijo Pablito.

Gonzalo, después de un rato de conversación en voz baja con su novia, se

levantó, dió tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al

lado de Venturita, con la cual solía tener jarana. Gustaban ambos de

embromarse y retozar después que había nacido la confianza. La niña

estaba dibujando unas letras para bordar.

—No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal—dijo

clavándole una mirada provocativa, relampagueante, que obligó al joven a

bajar la suya.

—No es cierto eso; no dibujas mal—respondió él en voz baja y levemente

temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tenía sobre el

regazo.

—Pura galantería. Convendrás en que podía estar mejor.

—Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Está bastante

bien.

—Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te rías de mí, ¿lo

oyes?

—¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho menos de ti...—repuso él sin

levantar los ojos del papel, con voz cada vez más baja y visiblemente

conmovido.

Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con una expresión

maliciosa, donde se leía claramente el triunfo del orgullo satisfecho.

—Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero—dijo alargándole con gracioso

despotismo el papel y el lápiz.

El joven los tomó y osó levantar la vista hacia la niña; pero la bajó en

seguida como si temiera electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en

el regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un papel blanco, y se puso

a dibujar. Mas en vez de las letras, comenzó a trazar con soltura la

cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, después la

frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequeña, la

barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y

elegante... Se parecía prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre

el hombro de su futuro hermano, seguía los movimientos del lápiz. Poco a

poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Después de

trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el busto. Le puso el peinador o

_matinée_ que la niña vestía, y se entretuvo buen rato a dibujar

minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando

el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:

—Ahora, pon debajo quién es.

El joven levantó la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con

viveza y decisión, escribió debajo de la figura: _Lo que más quiero en

el mundo._

Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes

con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó

otra vez diciendo:

—Toma, toma, embustero.

Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se

lo arrebató riendo.

—¿Qué papelitos son ésos?

Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó

fuertemente la muñeca de su hermana.

—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso!—exclamó con el rostro echando fuego,

contraído por forzada sonrisa.

—No; quiero verlo.

—Ya lo verás después; ¡suelta!

—Quiero verlo ahora.

—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa?—dijo doña Paula.

—No quiero que me lo quite nadie por fuerza—gritó poniéndose seria.

Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña.

—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.

—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas!

—¿Quién eres tú para quitarme el papel de la mano?—profirió con rabia,

poniéndose esta vez seria de verdad.—¡Suelta, suelta, fea, narices de

cotorra, tonta!... ¡Suelta, o te araño!—añadió con los ojos

centelleantes y la faz descompuesta por la cólera.

Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia

paralizóse súbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la

sorpresa, exclamó:

—¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no vaya a darte algo.

Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. Venturita, la faz alterada

aún, lo hizo mil trozos.

—¡En los días de mi vida he visto una criatura más loca!—exclamó doña

Paulina santiguándose.—¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has sacado ese

genio, chiquilla?

—Sería de ti—respondió Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.

—¡Desvergonzada!... ¡Si no fuera mirando a que hay gente delante!...

¿Cómo contestas de ese modo a tu madre, pícara? ¿No sabes los

mandamientos de la ley de Dios? Mañana mismo te llevo a confesar con don

Aquilino.

—Bueno, dale memorias a don Aquilino.

—¡Espera, espera, grandísima pícara!—gritó la señora haciendo ademán

de levantarse para castigar a su hija.

Pero en aquel instante aparecía en la puerta la figura de don Rosendo

con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.

—¿Qué pasa?—preguntó sorprendido viendo la actitud airada de su

esposa.

Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de

respeto de su hija.

Don Rosendo se creyó en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con

tono solemne:

—Eso está mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdón a tu mamá.

Se le conocía que estaba distraído, absorto por algún pensamiento, y que

aquel suceso doméstico no conseguía más que a medias arrancarle de su

preocupación.

Sin embargo, al ver a la chica inmóvil, en actitud altiva y desdeñosa,

dijo de nuevo, con más firmeza:

—Vamos, hija, ve a pedirla perdón, ya que la has ofendido.

La niña hizo su peculiar mohín de desprecio con los labios, y murmuró

muy bajito:

—¡Sí, en eso estoy pensando!

—Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, antes que me enfade.

—Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas así—le dijeron por lo bajo

las costureras.

—No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz?—les respondió ella en voz

baja también, mas con acento iracundo.

—¿No quieres ir?—preguntó don Rosendo con afectada severidad.—¿No

quieres ir?

La niña permaneció inmóvil y silenciosa.

—¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de mi vista!

Venturita se levantó de la silla, pasó por el medio del concurso erguida

y enfurruñada, y salió de la sala dando un gran portazo.

Don Rosendo, después de permanecer un momento inmóvil con los ojos

puestos en la puerta por donde su hija había salido, volvióse diciendo:

—Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no

hay más remedio.

VII

QUE TRATA DE DOS TRAIDORES

Borróse súbito de su noble faz pseudomarítima la temerosa expresión que

la obscurecía, y apareció de nuevo aquella otra distraída, signo de

constantes meditaciones.

—Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pasases conmigo al

despacho—manifestó dirigiéndose a su futuro yerno.

Este, que durante la anterior escena había empalidecido y vuelto a su

ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que

don Rosendo se había percatado de la instabilidad de sus sentimientos

amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás

de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia

espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba

maciza, armarios de caoba también, donde había más legajos de papeles

que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y

escribanía de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte

de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de

varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,

sería un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los íntimos

de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.

¿Cómo?—preguntará el lector.—¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de

tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo

no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de

especular, cosa indigna de su categoría, sino por pura y desinteresada

inclinación de su espíritu. Desde muy joven se le había manifestado. Las

asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que había pasado

su existencia, no le habían consentido satisfacer esta pasión sino de

una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que

pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,

entregóse de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por

la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la

noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su

criado ocupaba una gran parte del día en cortarle unos tacos de avellano

seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra había de sacar la

gala de los palillos.

Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los días festivos, la

producción era excesiva. No había bastantes consumidores en la villa, y

se veía necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la

capital, cuando el montón del despacho llegaba al techo. Gracias a los

esfuerzos nobilísimos de este claro representante de su comercio,

podemos decir con orgullo que Sarrió, en tal ramo interesante del

progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra

villa española o extranjera podría sufrir con ella competencia. En casa

del rico, como en la del menestral, jamás faltaba un bien abastecido

palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus

habitantes.

Señaló don Rosendo un diván a su hijo en ciernes, y éste, asustado,

dejóse caer en él hundiéndole profundamente. Acercó después el

comerciante una silla con ademán misterioso, y sentándose frente al

joven y mirándole entre risueño y avergonzado, dijo, dándole al propio

tiempo una palmadita en el muslo:

—Vamos a ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la cuestión del matadero?

—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños.

—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o

en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo?

Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió:

—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto

aquello... muy ventilado...

Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se

apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo:

—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera...

—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor!

—Puede, puede.

—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en

la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta

opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra

in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas.

—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer

mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas

cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una

palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía

siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón

científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía

emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se

aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al

pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes

que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al _Progreso

de Lancia._

Y en efecto, sin aguardar la contestación de Gonzalo, se dirigió a la

mesa, tomó unos pliegos de papel que había sobre ella, se puso las

gafas, y acercándose al balcón dió comienzo, no sin cierta emoción que

se le traslucía en la voz, a la lectura de la carta.

Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde

hacía años dirigía al _Progreso de Lancia_ y a otros periódicos de la

capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos

caras. Aún no sabía que para la imprenta debía escribirse por una

solamente. Pero muy pronto adquirió este precioso conocimiento, como

hemos de ver.

El cuarto poder · 第 7 / 31 段