Marcones meditó que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella

empresa; pero la disciplina no le permitió hacer objeciones. Además,

nació en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco

aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y después de haber

examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al

través de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la

verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un

valeroso caudillo, con su revólver en la mano izquierda y el bastón de

estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo

enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y

dos años que tenía marchaba detrás a una distancia de seis pasos

próximamente.

La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a

menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de

aceite que ardían en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer

las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarrió consta de

cinco principales, a saber: la Rúa Nueva, que desemboca en el muelle; la

de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrería y la de Atrás. Estas

calles son largas, bastante anchas y paralelas entre sí. Los edificios

en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en número

considerable, las cruzan y las comunican. Además, en las afueras le

salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los

indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la población.

Al llegar la columna caminando por la calle de Atrás, cerca de la de

Santa Brígida, oyó gritos y lamentos que la obligó a hacer alto.

—¿Qué es eso, Marcones?—preguntó el alcalde.

El anciano alguacil se encogió de hombros filosóficamente.

—Nada, señor; será en casa de Patina Santa.

—¿Y cómo se atreven esas pendangas?... Vamos allá, Marcones, vamos acto

continuo.

«Acto continuo» era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.

Simbolizaba para él la energía, la decisión, la rapidez de la autoridad

para remediar todos los daños.

Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer

que existían en Sarrió. De vez en cuando salía por las aldeas comarcanas

y traía las sacerdotisas que le hacían falta, que nunca pasaban de

cuatro. No había más gabinetes, y eso que dormían de dos en dos. Vestían

el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin

ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pañuelo de percal

que cuando triscaban allá por los prados y los montes con los vaqueros

vecinos. Patina Santa, como únicos símbolos del nuevo y elevado destino

a que la suerte les había llamado, colgaba de sus orejas pendientes de

perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los

cuales eran bienes adheridos a la casa y servían para todas las que iban

llegando. Más adelante Patina, haciéndose cargo de que el mundo marcha y

que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de

introducir en su templo los polvos de arroz. Después compró unos

medallones de _doublé_ para colgar al cuello con un terciopelito negro.

Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia

desastrosa que le hacía Poca Ropa, el cual tenía su instituto en la

calle del Reloj, al otro extremo de la villa.

—¿Qué escándalo es éste?—gritó don Roque con voz estentórea

acercándose a la inmunda casucha.

Tres o cuatro muchachos que había en la calle huyeron como pajarillos a

la vista del gavilán. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a

la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo

traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero

éste las agarró con sus manazas.

—¿Qué escándalo es éste,...ajo?—repitió.

—Señor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...—dijo una de ellas.

—No estáis vosotras malas piezas... ¡A la cárcel!

—¡Pero, señor alcalde!

—¡A la cárcel,...ajo, a la cárcel!—rugió don Roque.—Y vosotras lo

mismo. Todo el mundo abajo. ¿Dónde está ese maricón de Patina?

¡Santo cielo, qué alboroto se armó allí en un momento!

Las niñas de la ventana no tuvieron más remedio que bajar, y Patina lo

mismo, todos en camisa, porque don Roque no admitió término dilatorio.

No se oían más que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz

horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:

—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!

Las infelices pedían por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;

pero el alcalde, con la faz arrebatada por la cólera y los ojos

inyectados, cada vez gritaba con más fuerza, aturdiéndose con su propia

voz:

—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!

Y no hubo otro remedio. El sereno, que se había acercado al escuchar los

primeros ajos, las condujo en aquella disposición a la cárcel municipal,

en compañía de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueños y

compasivos, contemplaban la escena por detrás de los cristales de sus

ventanas.

La autoridad de don Roque cerró por sí misma la puerta del palomar, y

puso la llave «acto continuo», bajo la custodia de Marcones. Después

continuaron su marcha peligrosa.

No habían caminado mucho espacio, cuando en una de las calles más

estrechas y lóbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se

acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.

—¡Alto!—murmuró don Roque al oído de su subordinado.—Ya hemos

tropezado con uno de los ladrones.

El alguacil no entendió más que la última palabra. Fué bastante para que

se le cayese el fusil de las manos.

—No tiembles, Marcones, que por ahora no es más que uno—dijo el

alcalde cogiéndole por el brazo.

Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades

de observación, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad

cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.

El ladrón, al sentir los pasos de la patrulla, volvió la cabeza con

sobresalto y permaneció inmóvil con la ganzúa en la mano. Don Roque y

Marcones también se estuvieron quietos. La luna, filtrándose con trabajo

por una nube, comenzó a alumbrar aquella fatídica escena.

—Phs, phs, amigo—dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un

paso.

Oir el ladrón este amical llamamiento de la autoridad y emprender la

fuga, fué todo uno.

—¡A él, Marcones! ¡Fuego!—gritó don Roque, dándose a correr con

denuedo en pos del criminal.

Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fué posible; el

martillo cayó sobre el pistón sin hacer estallar el fulminante.

Entonces, con decisión marcial, arrojó el arma que no le servía de nada,

sacó el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por

alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le había adelantado lo

menos veinte pasos en la persecución del ladrón.

Este había desaparecido por la esquina de una calle.

Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.

¡Pum!

Don Roque disparó su revólver, gritando al mismo tiempo:

—¡Date, ladrón!

Tornó a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la

Misericordia.

¡Pum! Otro tiro de don Roque.

—¡Date, ladrón!

Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algún

sereno le detuviese, comenzó a gritar también:

—¡Ladrones, ladrones!

Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, después,

otro, después otro...

La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente

al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra

de las casas.

¡Pum, pum!

—¡Date, ladrón!

—¡Ladrones!—contestó el bandido sin dejar de correr.

Dos serenos se habían agregado a la columna, y corrían blandiendo los

chuzos al lado del alcalde.

El criminal quería a todo trance ganar la Rúa Nueva con objeto tal vez

de introducirse en el muelle y esconderse en algún barco o arrojarse al

agua. Mas antes de llegar a ella tropezó y dió con su cuerpo en el

suelo. Gracias a este accidente la patrulla le ganó considerable

distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el

forajido, alzándose con extremada presteza, huyó más ligero que el

viento. Don Roque disparó los dos últimos tiros de su revólver, gritando

siempre:

—¡Date, ladrón!

Desapareció por la esquina de la Rúa Nueva. Al desembocar en ella el

alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de

criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha

plaza. Allí se detuvieron sin saber qué partido tomar.

—Al muelle, al muelle; allí debe de estar—dijo un sereno.

Y ya se disponían todos a emprender la marcha, cuando se abrió con

estrépito el balcón de una de las casas, apareció un hombre en

calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en

el silencio de la noche:

—¡El ladrón acaba de entrar en el café de la Marina!

El que las pronunciaba era don Feliciano Gómez. La patrulla, al

escucharlas, se precipitó hacia la puerta del café, y entró por ella

tumultuosamente. El salón estaba desierto. Allá en el fondo, al lado del

mostrador, se veía a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,

rodeando a un hombre que estaba tirado más que sentado sobre una silla.

El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre él, poniéndole al

pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:

—¡Date, ladrón!

El criminal levantó hacia ellos su faz despavorida, más pálida que la

cera.

—¡Ay, re... si es don Jaime, así me salve Dios!—exclamó un sereno

bajando el chuzo.

Todos los demás hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,

el forajido que habían perseguido a tiros, no era otro que Marín

sorprendido _infraganti_, en el momento de abrir la puerta de su casa.

Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al día siguiente, don

Roque se presentó a pedirle perdón, y lo obtuvo. Doña Brígida, su

inflexible esposa, no quiso concedérselo, sin haberle soltado antes una

buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don

Roque sufrió con resignación el desacato, y no hizo nada de más.

VI

QUE TRATA DEL EQUIPO DE CECILIA

En la morada de los Belinchón habían comenzado los preparativos de boda.

Primero, con mucha reserva, doña Paula hizo venir a Nieves la bordadora,

y celebró con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Después se

pidieron muestras a Madrid. Pocos días más tarde, aquella señora,

acompañada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la

provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doña Petra, hermana

de don Feliciano Gómez, que pasaba por la Rúa Nueva al tiempo de apearse

doña Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una

porción de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bastó para que

todo Sarrió supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el

equipo de la hija mayor. Doña Paula, con tal motivo, tuvo una

sofocación. Echó la culpa a Nieves. Esta protestó de que no había salido

palabra alguna de sus labios. Insistió doña Paula. Lloró la bordadora.

En fin, un disgusto.

Pues que todo se había descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la

mar. Constituyóse en la sala de atrás, la que daba a la calle de

Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta dirección de

doña Paula, y la inmediata de Nieves. Se componía de cuatro oficialas,

las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domésticos se lo

permitían, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a

la cual, el trabajo activo no impedía charlar, reir y cantar todo el

día. La alegría les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se

desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban larguísimo rato.

Que a una se le caían las tijeras: risa. Que otra pedía la madeja del

hilo teniéndola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera

con la cara tiznada, pidiendo a la señora dinero para la lechera: gran

algazara en el costurero.

No solamente eran jóvenes y alegres las que cosían el equipo de Cecilia;

pero además guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia

alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,

nariz y boca perfectas. Tenía veintidós años de edad, y un carácter que

era una bendición del cielo. Imposible estar melancólico a su lado. No

que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tenía poco más

ingenio que un pez. Pero su alegría inagotable chispeaba en sus ojos de

tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan

frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparcía en torno

suyo. Era la única riqueza que poseía. Con el trabajo de sus manos

mantenía a una madre paralítica y a un hermano vicioso y perezoso, que

la maltrataba inicuamente cuando no podía darle lo que necesitaba para

emborracharse. Sus padecimientos, que para otra serían insoportables, la

turbaban sólo momentáneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto

la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazón.

Gozaba también de una salud perfecta. Los únicos dolores que sentía eran

en el costado izquierdo, después de reirse mucho.

Valentina, bordadora también, y también rubia, no era tan hermosa. Sus

ojos más pequeños, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,

más baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le

caían con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies más delicados

y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tenía a menudo, casi

constantemente, un ceño, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de

enfado y prestaba a su fisonomía un matiz picaresco extremadamente

simpático. Encarnación era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,

de fisonomía vulgar. Entre los artesanos de Sarrió pasaba por la mejor

moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado valía muy

poco. Teresa, costurera también, era por su rostro una verdadera mora, y

de las más oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos

rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba

por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo

oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tenía

que llamase la atención; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos

grandes y entornados, muy graciosa.

Las artesanas de Sarrió no han entrado jamás por la ridícula imitación

de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros

pueblos de España. Creían y creen estas insignes sarrienses, y yo me

adhiero del todo a su opinión, que el traje y las modas adoptadas por

las señoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las

menoscaban. Y esto es lógico. En primer lugar no están acostumbradas a

vestirse con tal sujeción o aprieto como los figurines exigen de sus

subordinadas. Después, en las villas no hay quien corte con elegancia.

Por último, el género tiene que ser de peor calidad, más pobre y más

feo. En cambio, ¿quién sobre el globo terráqueo, y aun sobre los otros

globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico

mantón de la China floreado, anudándolo a la cintura por detrás? ¿Quién

deja caer con más gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por

la frente en estudiado desgaire? ¿Quién se mueve con más garbo dentro de

la giraldilla ni da con más elegancia un _rempujón_ al señorito que se

desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risueña y

enojada?—«¿Cristiano, usted es tonto, o se hace? ¡Mire que se va a

pinchar!» ¿Quién es capaz de cantar con más sentimiento y menos oído a

la vuelta de una romería aquello de

_Aben-Hamet al partir de Granada_

_el corazón traspasado sintió?_

No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarrió, cuyos arraigados principios

estéticos son la admiración de propios y extraños, hoy sobre todo en que

van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su

independencia y en levantar la cabeza delante de las señoritas

encopetadas de la villa. Porque (digámoslo bajo para que éstas no se

enteren) la verdad es que son mucho más hermosas. Esto, sin ofender a

nadie en particular; líbreme Dios. No hay viajero peninsular que al

recordarle a Sarrió no afirme lo mismo con más o menos energía, según la

índole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por

unos días a la punta del Peón que al hablar allá en Cardiff o Bristol a

sus amigos de este _spanish town_, no comience por levantar mucho las

cejas, abrir la boca en forma de círculo perfecto extendiendo hacia

afuera los labios, y echándose hacia atrás en la silla no

exclame:—_¡Oh, oh, oh! Sarrió the yeung girls very, very, very

beautiful!_

Y cuando los ingleses lo dicen, ¡qué no diremos los españoles, y en

particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia

bienhechora!

Las cuatro oficialas, y Nieves también, aunque ésta picaba más alto,

pertenecían, pues, a esta famosísima casta de mujeres por cuya

conservación y prosperidad hago votos al cielo todos los días y aconsejo

a todo buen católico que los haga. En los días de trabajo vestían de

percal, mantoncito de lana atado atrás y pañuelo de seda al cuello,

dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepción,

traía al diario mantón de la China negro con fleco.

Acaban de ponerse al trabajo después de comer. El sol penetra por los

dos balcones de la sala al través de los visillos. Para que no les

moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la

más filarmónica de ellas, entona con voz suave y tímida un canto

romántico de cadencias tristes y prolongadas, a propósito para ser

acompañado en terceras. Y en efecto, Nieves no tardó en _hacerle el

dúo_, como allí se decía. Las demás la siguen cantando, unas en primera

y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armonía asaz

melancólica, de sabor romántico muy marcado. El romanticismo podrá huir

de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; más siempre

hallará un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazón de las

jóvenes artesanas de Sarrió. Aquella armonía dura hasta que Pablito se

encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su

vozarrón de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan

asustadas la cabeza. Después se echan a reir.

El bello Pablito, recostado en su butaca allá en otro rincón, se ríe

también con fuertes carcajadas de su gracia.

Desde que había comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito

manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jamás

se había observado en él. ¿Quién le había visto en los días de la vida

detenerse un minuto en casa después de comer? ¿Quién pudiera imaginar

que se pasaba la mañana sentado en aquella butaca dando parola a las

costureras? Nada más cierto, sin embargo. Hacía ya cerca de un mes que

no salía a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra más de una hora

todos los días.

Piscis se hallaba consternado. Venía diariamente a buscarlo, pero en

vano.

—Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo

salir.—Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de

papá.—Mira, Piscis, la Linda está con torozón y no se la puede montar.

—Ya está buena—gruñía Piscis.

—¿Vienes de la cuadra?

—Sí.

—Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura

aquí... salva sea la parte...

Algunos días Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada

aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba

vehementes sospechas de que las costureras se reían de él, y esto le

tenía sobresaltado y en brasas. Cuando le parecía llegado el momento

oportuno, o porque observase síntomas de cansancio en Pablo o por

cualquier otra circunstancia que no está a nuestro alcance, se levantaba

del asiento y hacía una seña con la mano a su amigo silbando al mismo

tiempo. Y esto porque se entendían mucho mejor con silbidos que con

palabras. Ambos sentían aversión por el sonido articulado, sobre todo

Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya

pitos que flautas.

—Hombre, Piscis... ¡tengo una pereza!... ¿Quieres hacerme el favor de

ir a la cuadra y decirle a Pepe que le dé otra untura de aceite al

Romero?

—Yo se la daré—respondía con semblante fosco Piscis.

—Bueno, Piscis, muchas gracias... Adiós... No dejes de venir mañana,

¿eh?... Puede que salga a caballo.

Decía esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis

mascullaba unas «buenas tardes» sin volverse hacia los circunstantes, y

salía con los ojos torcidos, más feo y endemoniado que nunca. Al día

siguiente lo mismo. A pesar de la veneración que Pablito le inspiraba

Piscis llegó a presumir que le gustaba una de las costureras. ¿Cuál? Su

perspicacia no llegaba a resolverlo.

Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, pero al llegar a aquello de

_Sólo tú, mujer divina_,

_rezarás una plegaria_

_en mi tumba solitaria, etc._

Pablito soltó otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.

Venturita se puso seria.

—Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, más vale que te

vayas con Piscis.

A su vez Pablito se pone fosco.

—Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has de ser tú la que todo lo eche

a perder!

Quería decir con esto el joven Belinchón, que sólo su hermana Ventura se

empeñaba en desconocer el ingenio con que el cielo le había dotado. Y

así era la verdad. Todas las demás reían alborozadas, como si en vez de

un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, que

sentía por su hijo primogénito admiración idolátrica, y al mismo tiempo

guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se

hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aquél.

—Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar todas las fiestas!... ¡Jesús

qué criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algún pecado gordo

tiene que purgar.

En aquel momento apareció en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se

dobló como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a

Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advertía

que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Veía con el

pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.

Todos los días pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se

complacían en dirigir, siempre que venía a cuento, alguna pulla a la

novia.

—Cecilia, ¿cuál de estas camisas te vas a poner el día de la boda?

Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido

de niñas. Es muy frecuente en los pueblos.

—Señorita, en estas sábanas tan finas se va usted a resbalar.

—No será ella sola la que resbale. ¿Verdad, Cecilia?

—¡Anda, picarona, que buen mozo te llevas!

—No lo llevará tan guapo Venturita.

—¡Quién sabe!—replicaba ésta.

Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa en los labios y

ruborizada. Desde que habían comenzado los preparativos de boda, sus

mejillas, antes tan pálidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta

animación y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no

bonita, la hacían interesante y simpática. No hay muchacha que en

vísperas de casarse deje de serlo más o menos.

El cuarto poder · 第 6 / 31 段