Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida

la digestión, don Mateo les anunció, relamiéndose de gusto, que le tenía

sin cuidado la marcha de la compañía. Dentro de pocos días preparaba una

sorpresa a los sarrienses. Después de muchos trabajos, se consiguió que

desembuchara. Estaba en tratos con el célebre Marabini, frenólogo,

prestidigitador. Acaso el martes... sí, el martes o el miércoles podrían

admirar sus habilidades en el teatro. Traía además cuadros disolventes y

un lobo domesticado.

Gonzalo se había ido a la sala de billar y veía jugar el _chapó_ a media

docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacían sonar como un

repique de campanas todos los dijes de oro que pendían de sus enormes

cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo más

poderoso, la tentación suprema que presentaban a sus hijos los artesanos

de Sarrió para decidirles a ir a Cuba.—«¡Tonto, quién te verá venir

dentro de pocos años con levita de paño fino, gran camisola planchada,

bota de charol y mucha cadena de relós, como don Pancho!» A este último

envite casi ningún muchacho resistía.—«¿Que me dé siete vueltas al

cuello, padre?—Sí, hombre, sí, y con una porción de lapiceros de oro y

guardapelos colgando.» Y allá se iban de cabeza los pobres chicos en la

_Bella-Paula_, en la _Carmen_, en la _Villa de Sarrió_ o en otro

barcucho de vela cualquiera, a perecer del vómito negro o del hambre,

más negra aún, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que

representaban los ojos de la terrible Loreley.

Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no está

avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extrañas y

graciosas; servían de regocijo a los jóvenes del pueblo, cuya antipatía

a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quién, como don

Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corrían;

quién, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torcía y se

retorcía como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase

a un sitio u otro; quién, por fin, como don Pancho, que era pequeño y

gordo, casi cuadrado, se subía de un brinco al diván después de haber

empujado la bola, para mejor ver los estragos que había hecho en los

palos. De vez en cuando se oía el grito de impaciencia de alguno de

ellos dirigiéndose al chico:—«¡Apunte, niño, no se distraiga!»

Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gómez, que comenzó a

marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dándole a cada

instante palmaditas afectuosas en el muslo como tenía por costumbre.

—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? ¡Vaya, que tengo ya

ganas de verte con tu señora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi

queridín, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (_así llamaba a sus

ancianas hermanas siempre_) no me dejan vivir desde ayer: «¿Cuándo se

casa Gonzalín? no dejes de preguntárselo.» ¡Como te han visto nacer las

pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y

tranquilo. Tú me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casado usted,

don Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué me había de casar si vivo

feliz soltero? ¿Qué me hace falta a mí? Tengo en casa a las nenas que me

cuidan a qué quieres boca, que me adoran... (¡Pobre hombre! otra cosa

muy distinta se decía en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta

Dios; ¿verdad, mi queridín?... Además, mientras uno es mozo se padece

mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego que

no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los años y cesa el calor

amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, ¡en grande, mi

queridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feliciano, ¿quieres volverte a

los veinte años?» ¡Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del

hombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gonzalín. Ahora es cuando se

sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana que

valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... ¿Y una

langosta con sidra sacada por el espichón? ¿No se te hace la boca agua,

hijo del alma?... Tú ahora casarte y besitos y «mi vida» para aquí y

«alma mía» para allá, ¿verdad?... Bien, bien, descuida que todo se

andará. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena

familia... Don Rosendo está rico... Vas bien, vas bien, mi queridín...

Pero oye, ¿por qué no te casas con la pequeña, con Venturita, que es más

guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la

segunda es más linda; un botón de rosa. ¡Qué ojos tan pícaros! ¡qué

pelo! ¡qué dentadura! ¡qué garbo! En fin, si estás comprometido con la

otra no digo nada... ¡Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la

misma...

Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamiento

así expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vago

imaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la noche

anterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos y

maliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes,

qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgada

que cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquella

chica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar... lo que se llama

gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le había

gustado. ¿Entonces por qué?... ¡Vaya usted a saber lo que son estas

cuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad de

aquélla le impresionó... Luego cierta vanidad de tener novia... Después

la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se había

combinado para ligarle a aquella muchacha... ¡Pero si él hubiera visto

antes a Venturita!... Más valía no pensar en ello. El asunto estaba ya

demasiado adelantado para volverse atrás.

Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto de hora pensativo mirando

rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se había ido. Al fin

su robusto temperamento sanguíneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades

insanas que pretendían turbarle. Alzóse del asiento. Los rasgos de su

fisonomía, contraídos momentáneamente, se dilataron, y se esparció, por

ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogió

de hombros con un supremo desdén. Con aquel gesto parecía decir:—«Me

caso con la más fea de las chicas de Belinchón... bueno, ¿y qué? De

todos modos, sea con una o con otra, ¡aunque no me case con ninguna! yo

he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La

llevo dentro de mí, en este humor de ángel que Dios me dió, en el dinero

que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de

toro...»

Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló a

sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el

de la tienda de quincalla:—«¿No saben ustedes lo que pasa,

señores?»—Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla

visiblemente conmovido.—Esta noche han robado y asesinado a don

Laureano.—¿Qué don Laureano, el de la quinta?—Sí, el de las Aceñas...

Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombres

enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la

señora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le

hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen señor

no tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gato

escondido... Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tira

para hacerle cantar...

Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió. Quedáronse

pálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso

tormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en la

soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanse

ya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinados

crudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué

atrocidad!

Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en

voz baja. Los ladrones no serían de muy lejos. Sin embargo, no se

recordaba que en Sarrió ni en sus alrededores hubiera pasado jamás una

cosa semejante. Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos hombres

sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un

saludable terror que no llegó a manifestarse. Todos se propusieron no

salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada

resolución. El alcalde manifestó que, en su opinión, los ladrones debían

de haber venido de Castilla.—¿De Castilla?—Sí, señor, de Castilla...

Oí contar a mi padre (que en gloria esté), que el año de cinco se

presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,

rodearon el pueblo y robaron a don José María Herrero sesenta mil duros

que tenía escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.

En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el que

hubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba

necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta.

Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Y

siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos de

acuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas como

no se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más de

diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de una

sencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfecta

naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este

distinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento como

injustificado.

—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que se

registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar

allí muy apiladito el dinero de don Laureano.

—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio...

—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué?

Armóse la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Al

fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oían

perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes

estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.

V

¡¡¡LADRONES!!!

Y desde entonces los notables de Sarrió, no pusieron el pie en la calle

de noche, como discretamente se lo habían propuesto. La tertulia del

Saloncillo de última hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana

misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en

la villa no daban ni podían dar cumplimiento a los numerosos pedidos de

cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas

las casas les hacían. Los ladrones de las Aceñas no habían sido habidos.

Todos preveían, con más o menos fundamento, que andaban rondando la

población para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.

No obstante, como el hombre se habitúa a todo, hasta a la enfermedad,

hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarrió, al cabo de

algunos días se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,

cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero

que se aventuró fué Marín. Siendo inútiles todos los esfuerzos que doña

Brígida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arrojó de casa

sin conmiseración. Don Jaime pidió permiso para sacar debajo de la talma

azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que

había en el desván. La magnánima señora se lo otorgó a condición de

llevarlo descargado. Salió después Alvaro Peña. Como autoridad militar

hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enérgico, estaba obligado

a mostrar valor en aquellas críticas circunstancias: llevaba dos

pistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de estoque. El alcalde don

Roque, que desde tiempo inmemorial venía asistiendo a la tienda de la

Morana en compañía de don Segis el capellán de las monjas Agustinas y

don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se bebía en el transcurso de

la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, según las

circunstancias, no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres días y

salió también a la calle. Le acompañaba el octogenario alguacil Marcones

con tercerola y sable. El iba armado de revólver y estoque.

Después, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminándose por las

tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,

Delaunay, don Mateo, y todos los demás. Los indianos tardaron más

tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el

Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.

Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas

y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuñarlas con un valor

impávido, digno de la sangre cántabra que casi todos llevaban en las

venas. Allí el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con

el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilíndrico de

hierro con el espadín pavonado que guardan los nuevos bastones, el

cachorro tosco de bronce con el revólver nielado. Y esta misma

diversidad de armas mortíferas contribuía poderosamente a mantener en

todos los pechos el espíritu bélico tan necesario en aquella ocasión.

Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hasta

las doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol.

A aquéllos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente más

sonoros que los antiguos. Además tenían prevención para vigilar a

cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los

vecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde

las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la

enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar

la acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de San

Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados en

sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier

evento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos:

—¡Eh, amigo, al arroyo!

—Phs, phs; sepárese usted—contesta don Pedro.

—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—¡Al arroyo, al

arroyo!

—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—responde el

señor Miranda.

Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y

mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.

—Tenga usted la bondad...

—Haga usted el obsequio...

¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si al

cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidos

en su camino, no se hubiesen reconocido?

—¿Sería usted tal vez don Feliciano?...

—¿Sería usted don Pedro?

—¡Don Feliciano!

—¡Don Pedro!

Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusión.

—¡Qué suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don

Feliciano!—exclamó el señor Miranda mostrando su ancho estoque de

hierro con puño de hueso.

—¡Pues la de usted no ha sido pequeña, don Pedro!—contesta el

comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.

Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.

La tienda era una confitería, aunque no lo pareciese; la única

confitería que había entonces en Sarrió. Hoy, si no me engaño, cuenta ya

con tres. Y digo que no lo parecía, porque se vendían cirios de

iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos

objetos poco a poco habían ido llenando todo su ámbito, pasando de

comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que

eran los vecinos de aquella villa. Y éste es uno de los rasgos

característicos que reclamo para ella. En España es muy general que los

habitantes de las villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión a los

confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las

grandes capitales, la sensualidad se escapa por ahí.

Acaso se arguya que en Sarrió las monjas Agustinas también fabricaban

dulces; pero debemos advertir que esta fabricación estaba limitada

exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,

alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialísimo

parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que

dudarlo; en Sarrió había pocos golosos. Después de todo, esta virtud

rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones

marítimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.

Porque según la observación que puede hacerse viajando por los pueblos

de lo interior de España, allí se comen más dulces donde el culto y las

prácticas de la religión absorben más parte de la vida, y la mayor

energía del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios

cantados, cofradías y canónigos. Lo cual demuestra que debe de existir

cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitería.

Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios

de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos

lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable

cantidad de caramelos, rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas,

almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famosísimas

_tabletas_ cuyo renombre habrá alcanzado seguramente los oídos de

nuestros lectores. Todo de la más remota antigüedad. Las tabletas, cuya

mágica composición nunca hemos podido averiguar, tenían un atractivo

irresistible, basado, ¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A la

edad en que se comían las tabletas de la Morana lo importante no era que

los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen

mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso

impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez

hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo

llegaba a constituir un verdadero problema. Permítaseme dedicar un

delicado recuerdo de simpatía y reconocimiento a estas tabletas que

desde los cuatro hasta los ocho años van unidas a los momentos más

dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quizá deba el autor de

este libro la flor de optimismo, que, al decir de los críticos,

resplandece en sus obras.

La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya había muerto, era una

mujer de cuarenta años, pálida, con parches de gutapercha en las sienes

para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisóstomo, que al

decir de don Segis, el capellán, no era de los Crisóstomos. Sin embargo,

cuando administraba alguna paliza a su mujer, solía mostrar cierta

erudición poco común.

—«Yo que amaba a esta mujer—exclamaba con enternecimiento, arrimando

el garrote a la pared.—¡Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como

sierva, según manda el apóstol San Pablo!... ¿Tú has leído al apóstol

San Pablo?... ¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...»

El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo único bueno en este

establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don

Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el señor Anselmo el ebanista,

se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino

blanco, fuerte, superior, que se subía a la cabeza con facilidad

asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y

doce, salían dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin

dar jamás el menor escándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo,

apoyándose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta

del convento de las Agustinas, orinaban. Después proseguían su camino

sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,

que nunca les abandonaba por completo, les sugería esta prudente

conducta. Comprendían que si hablaban poco o mucho, podían enredarse en

alguna disputa. De ahí las voces y el escándalo consiguiente... Nada,

nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban

murmurando con torpe lengua «buenas noches». El último era don Roque por

vivir más lejos que ninguno.

De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborrachaban aquellos

venerables ancianos todas las noches del año. Dos de ellos, don Juan el

Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las

consecuencias de aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba miedo

verla: el día menos pensado se le caía sobre el libro de actas. Don

Segis había padecido un ataque apoplético, de resultas del cual

arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis

arrobas. Verdad que el insaciable capellán no se contentaba con los

cuarterones de vino de la confitería. Por cada uno que se tragaba era

preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vertía

cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si

eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra

pasaba delicadamente a su estómago en pequeños sorbos después que se

había metido en la cama. «¿Pero don Segis, cómo se bebe usted tanta

ginebra de una vez?—No tengo más remedio—contestaba en un tono

resignado y humilde que partía el corazón.—¿Si no bebiese una copa por

cada cuarterón, qué sería de mí, hijo del alma?... ¡Pasaría la noche

como un caballo!»

Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y

movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban

ya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa,

los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor

decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los

González habían despedido al capitán de la _Carmen_ y nombrado en su

lugar un andaluz.

—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta y

sordamente,—sus razones tendrían.

—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso a

los labios.

—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cinco

minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.

—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente.

Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunos

cariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe el

silencio:

—De todos modos, no hay duda que don Antonio le abrasó.

—Le abrasó—dice don Juan el Salado.

—Le abrasó—confirma don Benigno.

—Le abrasó—corrobora el señor Anselmo.

—Le abrasó completamente—resume, por fin, don Segis lúgubremente.

Lo que alteraba los ánimos una que otra vez, era la cuestión de

pichones. El señor Anselmo y don Benigno alimentaban pasión

inextinguible por estos animalitos. Cada cual tenía su palomar, sus

castas, sus procedimientos de cría, y sobre tales extremos se enredaban

a menudo en largas y vivas discusiones. Los demás escuchaban gravemente

sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los

labios con religioso silencio. El crimen de las Aceñas les disgustó,

pero no causó en ellos la profunda desazón que en el resto del

vecindario. Al cabo de cinco o seis días tornaron a sus patriarcales

costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban

olvidadas las armas en la tienda.

Serían las doce por filo de una, en que don Roque había rebasado con

tres cuarterones más la tasa de seis que ordinariamente se imponía,

cuando las cinco columnas de la confitería de la Morana salieron en

apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el

fusil al hombro. El primero que se soltó fué don Segis, que vivía en una

casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Después fué

don Juan el Salado. Después el coadjutor. Por último, el señor Anselmo,

sacando la enorme llave lustrosa que le servía de batuta cuando dirigía

la orquesta, abrió el taller donde dormía.

Quedó el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la

fuerza no le entendió. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba

lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como

una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada

de este cetáceo, se paró de repente, y pronunció en alta voz un largo

discurso, del cual no entendió Marcones más que la palabra ladrones,

repetida bastantes veces. Miró el alguacil con sobresalto a todas partes

por ver si veía alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada

observó que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Tornó

don Roque a usar de la palabra, si tal nombre merecía la regurgitación

intermitente de una porción de sonidos extraños, bárbaros, lamentables,

que infundían tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir

entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en

busca de los criminales de las Aceñas.

El cuarto poder · 第 5 / 31 段