calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
rostro apoplético llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
decía, si no eran los _ajos_ con que salpicaba el discurso, y aun éstos
los ahuecaba de tal modo, que sólo la jota se percibía con claridad. La
reprensión nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
indispensable para desalojar la inmensa cantidad de _ajos_ que se le
habían acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. Así como hay
personas que por la mañana se meten los dedos en la boca para provocar
la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
quedar a gusto. No se le había oído jamás otra interjección, pero, en
cambio, de ésta poseía tal abundancia, que no le bastaba poner una a
cada palabra; a veces ponía dos o tres.
Los tenderos salían a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectáculo.
—Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos—le decía uno a otro
en voz alta.
—Mira qué caso le hace Juan.
En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
llevaba el dedo pulgar a la boca y hacía la seña de empinar.
Don Roque prefería encontrar a un barrendero o picapedrero en el
ejercicio de sus funciones. Se acercaba a él cautelosamente por detrás,
y le hincaba sus dedazos en el cuello.
—¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ése? ¿Te parece ¡...ajo! que
yo te pago para que me dejes la mitad de la porquería entre las piedras?
¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto vergüenza? ¡...ajo!
A veces él mismo en el entusiasmo del discurso empuñaba la escoba y se
ponía a dar al barrendero una lección de su oficio. Los tenderos, los
pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna señora que se
asomaba al balcón con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
barrendero mismo, a pesar de su crítica situación, no podía reprimir una
sonrisa viendo a aquel energúmeno con la levita remangada dando furiosos
y desconcertados limpiones al suelo.
—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de escoba.) ¡Así se
barre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo! (Otro
golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo!
Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
le entregaba la escoba y recogía el bastón con borlas.
Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
embargaba, emprendía de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
felicísima disposición de cuerpo y espíritu.
Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco años de edad, oficial de
la Armada, retirado antes de tiempo porque su carácter díscolo no podía
sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeños
y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
enfadaba, que era casi siempre que se ponía a hablar, chillona y aguda,
de un falsete tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba de una
pequeña renta y de un pequeñísimo retiro, con los cuales podía vivir y
alimentar a su familia en Sarrió con el respeto de un caballero
acomodado. En la capital de la provincia le sería ya imposible.
Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
cantidad de pasión y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
siempre de llevar la contraria a cuanto se decía aunque fuese más claro
que la luz del mediodía; de un pesimismo feroz y antipático para juzgar
a los hombres, a tal punto que no se dió el caso jamás de que creyese
puros los móviles de una acción humana, por noble y honrada que
apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
embargo, no concitaba los odios del vecindario contra sí, como podía
suponerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, largo y
constante de las personas, se penetra más en el alma de cada uno que en
las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en éstas, simpáticos
a muchos hombres fríos, egoístas y hasta perversos. Los modales
corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
seguida opinión de «persona agradable y decente». En provincia no vale
nada de esto. Al contrario, se desconfía de la amabilidad excesiva y,
sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atención con que
un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bisturí todas las
fibras de la máquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jamás en
provincia, quizá por ser el vicio predominante en todas las relaciones
sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
como los «toros claros». Hay casi siempre en ellos un espíritu
justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasión, no acaba
de hacerles antipáticos. Además, como la violencia y la exaltación son
causa constante de sufrimiento, de malestar físico y moral, se juzga con
razón que los hombres de tal temperamento llevan en sí mismos el castigo
de sus demasías.
Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenían de
él agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamándole
«envidioso» y «mala lengua». Los que no, se reían de sus exageraciones y
le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.
Otro de los personajes allí congregados era don Feliciano Gómez.
Comerciante en géneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacían el
comercio de cabotaje por la costa cantábrica, aventurándose una que otra
vez los de más porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
cabeza desnuda de cabellos en forma de pirámide, patillas que le
llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y vivía con tres
hermanas de más edad, a quienes había hecho verdaderas señoras a fuerza
de trabajo y economía. El pago que ellas le daban según pública voz, era
tenerle dominado y sujeto como un niño, reprenderle agriamente las
faltas más ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
imaginables. No obstante, a él nunca se le oyó una queja de ellas.
El ingeniero belga, M. Delaunay, había llegado a Sarrió años atrás, con
el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compañía inglesa.
La explotación no dió resultado. La compañía le retiró su comisión y el
sueldo. Pero Delaunay, que poseía genio emprendedor y algún dinero, se
metió sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero montó
una fábrica de papel; después otra de puntas de París; más tarde intentó
formar un criadero de ostras; después fábrica de quesos y de hielo. Por
último quiso aprovechar unas grandes marismas que había cerca de
Sarrió. Todas estas empresas habían fracasado, sin saber nadie por qué.
Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conocía cada industria
que iba a ejercitar como el más competente maestro; encargaba los
aparatos a Inglaterra, los montaba y los hacía funcionar felizmente,
obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus caídas a la falta
de vías de comunicación. La última de sus grandes empresas, abortada
antes de nacer, le desacreditó más que ninguna otra. En una de sus
excursiones por los alrededores de la villa, había visto próximos a una
pequeña ría ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podían
reducirse a cultivo. Túvolo en cuenta; levantó el plano. Pocos meses
después, cuando se vió forzado a cerrar la fábrica de hielo y despedir a
los obreros, acordóse de las marismas y habló de ellas a don Rosendo
Belinchón, a don Feliciano Gómez y a dos indianos más para que le
ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
y concertóse la excursión. Una mañana montados en sendos caballos
emprendieron secretamente la marcha hacia la ría de Orleo, distante
cuatro leguas de Sarrió. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. ¡Cuál
sería la vergüenza y confusión de Delaunay al ver los terrenos que
intentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes y florecientes que
eran una bendición de Dios! En efecto, hacía más de seis años que
estaban cultivados. Su equivocación nació de haberlos visto en diciembre
cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
produjo en ella la risa que debe suponerse.
Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado a vivir miserablemente. Pero,
lejos de apagarse en su espíritu el furor de las empresas, encendióse en
la pobreza con más ímpetu. De tal modo que no dejó un solo capitalista
en Sarrió a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
veces era un tranvía a la capital, otras un puerto de refugio o unos
muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
cierto, por él seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.
El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Peña, joven de treinta años,
moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Víctor Manuel, se
caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesiástico y
a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, poseía una
biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
la religión y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro periódicos
conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se decía que desde hacía
algunos años venía ocupándose en acumular datos para un libro que
pensaba publicar con el título de _La religión al alcance de todas las
fortunas_, del cual varios vecinos conocían ya algunos fragmentos. Era
alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
jugaba papel principalísimo algún cura o monja. No pronunciaba bien las
erres.
Don Jaime Marín, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
contribución equivalían a unas seis mil pesetas, sería un gran calavera,
un licencioso, un monstruo de corrupción si no tuviese por mujer a doña
Brígida. Esta eminente señora había conseguido con una saludable energía
que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
puertas. Antes que desbaratase su hacienda logró que se la privase
judicialmente de la administración de los bienes y se le encomendase a
ella. No es fácil representarse la firmeza con que doña Brígida empuñó
las riendas de la casa. Ningún patricio romano tuvo jamás una idea más
perfecta del _sui juris_, de los sagrados derechos que «la ciudad» había
depositado en sus manos. Desde que esto acaeció, don Jaime, a pesar de
sus cincuenta y pico de años, pasó a ser en sus manos una verdadera
_cosa_ como previene la Instituta. En su condición de _alieni juris_
hubo de sufrir la acción directa y constante de su dueño y señor, y
sujetarse en un todo a su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas con
mariscos y vino de Rueda en el café de la Marina! ¡Adiós caza de la
liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós noches
seductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha en el lagar de
Sebastián de la Puente, adiós! La inflexible señora depositaba en sus
manos cada domingo tres pesetas; ni más ni menos. Era todo el caudal de
que disponía durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
subvencionaba, comprando los cigarros por sí misma. Cuando necesitaba un
sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
impedía ir a la barbería, por temor de que se gastase los dos reales.
Venía el barbero a afeitarle los sábados. Por cierto que, con poca o
ninguna consideración, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
nueve de la mañana, cuando don Jaime estaba durmiendo.
—¿Qué hago?—preguntaba a doña Brígida.
—Aféitele usted—contestaba la severísima señora.
El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
de jabón y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
despertase más que a medias. Echaba otro sueño, y al despertarse de
veras solía decir a la criada que le servía el chocolate:
—Hoy es sábado; que llamen al barbero.
—¡Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!—contestaba su dulce
consorte desde el gabinete.—¿No ves que estás afeitado ya?
—¡Pues es verdad!—decía el buen señor palpándose la cara.
En un principio solía pedir a sus amigos o conocidos del café algún
dinero para jugar al tresillo, y bebía al fiado en el café; pero al poco
tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueño del
establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Faltó poco para
que doña Brígida le echase a rodar por las escaleras cierto día que le
llevó una cuenta de ciento veinte reales.
Don Jaime quedó, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecían. Los
gananciosos solían pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
damas con don Lorenzo, y como éste se negaba rotundamente a seguir la
partida sin interés, preciso era que Marín arbitrase alguno que no fuese
metal precioso. Discurrió exponer uno de los dos cigarros puros que su
mujer le daba por la mañana. Cuando lo perdía, aquella tarde se quedaba
sin fumar. A veces buscando el desquite, perdía dos y tres que iba
entregando uno a uno a su adversario en los días sucesivos. Entonces se
dedicaba, como sus amigos decían, «a la gramática», esto es, a pedir
aquí y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
¡Pobre Marín!
Lo que doña Brígida no pudo jamás, fué hacerle acostarse a una hora
regular. Tantos años de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
mañana, habían formado un hábito imposible de vencer. Como reteniéndole
en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
trasnochar por sí solo es de los más baratos que se conocen, la
ingeniosa señora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanecía
en el café de la Marina con los últimos parroquianos. Después que éstos
se retiraban, todavía se quedaba mientras los mozos colocaban en su
sitio la vajilla y el dueño apuntaba las últimas partidas. Cuando
materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compañía al
sereno de la Rúa Nueva, muy su amigo. Charlando con él mataba las horas
que aún faltaban para el amanecer.
Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germán y don
Justo, eran _indianos_, esto es, gente a quien sus padres habían enviado
a América de niños a ganarse la vida y habían vuelto entre los
cincuenta y sesenta años con un capital que variaba de treinta a cien
mil duros. Había de éstos más de cincuenta en Sarrió. El duro trabajo y
la sujeción en que habían vivido muchos años, les hacía tener de la
felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
consiste en gozar un placer nuevo cada día, agitarse, viajar, gozar con
el cuerpo y el espíritu de la hermosa variedad de cosas que la
Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba única y exclusivamente en
no trabajar, pasar un día y otro redimidos de la dura ley impuesta por
Dios a Adán después del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
en este goce singular. La mayor parte de ellos tenían su capital en
papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
alguna. Levantábanse temprano por el hábito de madrugar, y andaban toda
la mañana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Después
de comer se iban al entresuelo del café de la Marina o al de la Amistad,
y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.
«¡Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaña!—Déjela, déjela, don
Pancho, que va herida.—Sal, niña, sal de la manigüita.—¡Ah, ah, qué
bien mete uté, don Lorenso!—No se ponga bravo, don Pancho!»
El juego siempre iba salpicado de estas frases que olían a plátano y
cocotero. Cuando los días eran largos, veíaseles allá a la tarde por las
cercanías de la villa paseando también en pandilla o sentados sobre el
césped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.
«¿Se acuerda uté, don Agapito, se acuerda uté de aqueya mulatica perra
que le venía a dar plasé a la tienda?—¡Y qué bien que cantaba las
guarachas, la sinvergüensa!—Disen que uté alguna vese la sobaba, don
Agapito, la sobaba duro.—¿Y cómo no, don Pancho, si a lo mejó se me iba
al baile de la gente de coló con el negro de mi compare don
Justo?—¡Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
baile era uté. ¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
chiquita abajo, chiquita abajo!»
No había que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
teatro, ni otro recreo público. Los jóvenes indígenas si querían
divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus papás. Ya sabían que
era inútil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, burros
cargados de dinero. Pero los indianos tenían la piel muy dura y
despreciaban tales desahogos. El que les tenía un odio declarado (¿a
quién no lo tenía?) era Gabino Maza.—«¿Para qué sirven esos cincuenta
vagos tirados todo el día por la calle, abriendo la boca y estirándose
como los perros? ¡Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
útil a la población!»
Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
el único que se mantenía en pie en medio del corro gesticulando era este
mismo Gabino Maza. No podía permanecer dos minutos sentado. La continua
exaltación de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
medio del salón y gritar y manotear hasta que se le concluía el aliento
y las fuerzas. Se hablaba de la compañía del teatro que había anunciado
su marcha por haber experimentado pérdidas en el primer abono de treinta
funciones. Maza trataba de convencerles de que no había habido
semejantes pérdidas, que todo era una superchería.
—¡No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un céntimo
¡miente!... (_Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo._)—¿Cómo estás,
Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... ¡Repito
que miente! ¿A que no se atreven a decírmelo a mí?
—Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, según los datos
que me presentó el barítono—apuntó don Mateo.
Maza rechina los dientes. La indignación no le permite hablar. Al fin
rompe.
—¿Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (_con
afectado desdén_), a fuerza de tratar con cómicos se le ha olvidado el
oficio, como al herrero de marras.
—Oye tú, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo único que digo, es
que así resulta de los datos que me presentó el barítono.
Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del salón,
arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
agitándolo vocifera frenético:
—¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más que aquí nos hemos caído de
un nido!... ¿Quieren ustedes decirme qué han hecho de veinte mil y pico
de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habrá entrado
en la taquilla?
—Los sueldos son muy crecidos—apuntó el ayudante del puerto.
—¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, Alvaro! ¡No seas
borrico!... Te diré en seguida los sueldos (_contando por los dedos_).
El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el barítono,
cuatro...
—El barítono, cinco—apuntó Peña.
—El barítono, cuatro—insistió furibundo Maza.
—A mí me consta que son cinco.
—El barítono, cuatro—rugió de nuevo Maza.
Alvaro Peña se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunión de notables.
Nada más semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y cólera. La misma
sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
bárbara en los dictados.
«¡Habrá hombre más pollino!—¡Calla, calla, cabeza de
alcornoque!—¡Habló el buey, y dijo mú!—Te digo que faltas a la verdad,
y si lo quieres más claro, te digo que mientes.—¡Jesús, qué
gansada!—Parece usted una mala mujer.»
Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
Como todos los que tomaban parte tenían un modo directo, enteramente
primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
los héroes de Homero, la argumentación establecida al comienzo de la
disputa, seguía invariablemente hasta el fin. Había hombre que pasaba
una hora repitiendo sin cesar: «¡No hay derecho a meterse en la vida
privada de nadie!» o bien: «Eso sucederá en Alemania, ¡pero como estamos
en España!»... Alguno era, todavía más breve, y gritaba siempre que le
dejaban un hueco:—«¡Chiflos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!»
hasta que caía exánime en el diván.
Pero lo que perdían en amplitud los argumentos ganábanlo en intensidad.
Cada vez eran expresados con mayor y contundente energía, y con más
descompasadas voces. De tal modo, que raro era el día que no saliese de
allí alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Peña y don Feliciano; los
más débiles de laringe, no los más voceadores. Que el Ayuntamiento había
mandado podar los árboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
Que el dependiente de la casa González Hijos se había escapado con
catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo un
vómito de sangre a consecuencia de esta disputa.
Ningún desabrimiento quedaba jamás después de ellas, ni había memoria de
que hubiesen originado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía haberla
cuando todos habían convenido tácitamente en aceptar sin enojarse los
graciosos epítetos de que hemos hecho mención? El carácter local de los
temas, era perfecto. La política tenía en Sarrió muy pocos cultivadores.
Sólo cuando los periódicos noticiaban algún suceso de mucho bulto, se
preocupaban momentáneamente con ella sus habitantes. Hacía cerca de
veinte años que la representación del distrito en el Congreso estaba
encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual sólo una vez en
su vida había estado en Sarrió a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
disputarle la elección. Generalmente se hacía reuniéndose los
presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
número de votos que se les antojaba. La razón de esto, era que Sarrió
siempre había sido una villa comercial donde cada uno podía ganarse la
subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayoría de los
jóvenes, después de haber pasado dos o tres años en algún colegio de
Inglaterra o Bélgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguían alguna carrera
militar o civil de sueldo fijo, y sólo venían de tarde en tarde a pasar
unos días con su familia.
Sarrió, hay que confesarlo de una vez, era una población dormida para
todas las grandes manifestaciones del espíritu, para todas las luchas
regeneradoras de la sociedad contemporánea. Nadie estudiaba los altos
problemas de la política. Las terribles batallas que los diversos bandos
libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
apasionaban en modo alguno los ánimos. En una palabra, en Sarrió el año
de gracia de 1860 no existía la vida pública. Se comía, se dormía, se
trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribución; pero todo
de un modo absolutamente privado.