—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio?—le preguntó doña

Paula con sorpresa.

La joven se levantó sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado

de su novio.

La clásica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la

mesa.

—Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle—le dijo después

sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a

las expresadas por San Pablo en su célebre epístola.

Cecilia se apresuró a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este

poseía ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande

humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de

ayuno, era voraz. Comió sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le

ponían delante; y eso que Cecilia, como podrá suponerse, no tenía la

mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perdía la

vergüenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se imponía.

En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato

dos pedacitos de jamón del tamaño de dos avellanas, preguntóle el joven:

—¿Para quién hace usted ese plato, para el loro?

—No; es para mí.

—¿Y no tiene usted miedo que se le indigeste?

Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contestó

sonriendo:

—Nunca como más.

Doña Paula acercó la boca al oído de Venturita, y le dijo:

—¿No reparas con qué ceremonia se tratan?

Venturita se lo dijo al oído a Pablo, y éste a su padre. Todos cuatro

soltaron a reir, mirando a los novios, mientras éstos, confusos,

preguntaban con la vista la razón de aquella súbita alegría.

—Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos reímos?

—Díselo.

—Pues bien, señores, pensamos todos que podrían ustedes ir apeándose el

tratamiento.

Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.

La alegría de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se

bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su próximo cuñado, acerca de las

carreras de caballos, _skating-ring_, y otros asuntos más o menos

transcendentales, relacionados con el _sport_. Sólo el gozo de Cecilia

era concentrado y silencioso. Advertíase en las mejillas teñidas de vivo

carmín. De vez en cuando ponía el dorso de la mano sobre ellas para

enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando creía que no la miraban, pasaba

largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,

incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprendía y la cautivaba a un

mismo tiempo. Contemplábale arrobada, adorando en él al símbolo del

poder masculino. Estas largas miradas extáticas no se le escapaban a

Venturita, quien hacía muecas a Pablo o a su madre, para que las

observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un «muchas

gracias» rápido, sin volver el rostro hacia ella por temor de

ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban

siempre con los de Venturita, cuya mirada risueña, y maliciosa le

turbaba momentáneamente.

Levantáronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura

desaparecieron. Pablo, después de charlar algunos instantes, concluyó

por irse también. Quedaron solamente en el comedor doña Paula y los

novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincón de la estancia en

sillas bajas. Al poco rato no se oía más que un cuchicheo discreto, como

si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los

cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar

animadamente. Doña Paula abordó al instante la magna cuestión.

—Estamos a veintiocho de abril... De aquí al primero de septiembre no

hay más que cuatro meses—dijo, echándoles una larga mirada entre

risueña y enternecida.

Si fuese posible que Cecilia se pusiese más colorada, se hubiera puesto.

El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresión, y bajó

los ojos.

Después de haberlos mirado otro rato, gozándose en su confusión, siguió

doña Paula:

—Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...

—¡Mamá, por Dios! Es muy pronto—exclamó la joven avergonzada, mientras

el corazón quería salírsele del pecho.

—No es pronto, Cecilia. Tú no sabes el tiempo que aquí echan las

bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos

escudos a la chica de doña Rosario... Y más pesada que ella todavía es

Martina...

—Nieves borda muy bien.

—No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a

Martina... Tiene manos de oro.

—A mí me gustan más los bordados de Nieves.

—Pues si quieres que ella te borde la ropa, por mí...—repuso doña

Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.

—¡No digo eso, mamá!—exclamó ésta toda apurada.—Sólo digo que me

gusta más el bordado de Nieves que el de Martina.

Al poco rato ya había consentido en discutir la cuestión de la ropa.

Tratáronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que

merecía. A quién se encargarían los juegos de sábanas de batista, a

quién los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se comprarían los

manteles, etc., etc. Todo fué tratado, medido y ponderado. Doña Paula

emitía su opinión. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo

¿qué le importaba? Lo que embargaba su alma y hacía palpitar su corazón

era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. Así, que

su voz salía temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin

querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenían el brillo

suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.

—¡Qué calor!—exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus

mejillas encendidas.

Gonzalo asentía con estúpida sonrisa a cuanto decían, y estiraba a

menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,

se le dormían.

Y cuando se concluyó con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y

la conversación se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le veía; y

los ojos de doña Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se

iban enterneciendo cada vez más; y los alientos se cruzaban. Los hombros

de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz

de la lámpara que apenas los envolvía, el contacto frecuente con el

brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoción

voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos o

tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez ésta

se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclamó mirándola con

ojos risueños y compasivos:

—¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía!

Cecilia se tapó los suyos con las manos y estuvo así un rato.

—¿Qué tienes?—le dijo al fin doña Paula.

—Nada, nada.

Pero continuó cubriéndose los ojos.

—Vamos, ¿qué tienes, hija mía?

—No tengo nada—contestó destapándose al fin. Su cara sonreía; pero

tenía los ojos húmedos.

—Ya sé, ya sé—dijo la señora—¿Quieres el éter? ¿Sientes opresión?

—No siento nada. Estoy muy bien.

La plática se enredó de nuevo. Doña Paula expresó la idea de que Gonzalo

se viniese a vivir con ellos. Este se resistió un poco, porque

comprendía que esto iba a disgustar a su tío. No obstante, concluyó por

ceder a los ruegos de ambas. ¡Era tan natural que no quisieran

separarse!

—Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una

sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba

espaciosa... Sólo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en

eso. Al lado de la sala está el cuarto de la ropa, que aunque da al

patio, tiene buena luz. Hoy está hecho un asco; pero haciendo obra en él

puede quedar una habitación muy decente... ¿Quiere usted verlo, Gonzalo?

El joven manifestó que no había necesidad; que pasaba por todo lo que

ella dijese; que ya lo vería... Sin embargo, la señora insistió y

tomando una palmatoria los guió al otro extremo de la casa.

—Esta es la sala... Grande, ¿no es verdad? Dos balcones... La alcoba.

Caben muy bien dos camas... cuanto más una—añadió mirando a su hija,

que se hizo la distraída cerrando un balcón.—Vamos ahora a ver el

cuarto de la plancha.

Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,

entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.

—No se asuste usted por la distancia. Este cuarto está pegado a la

sala. No hay más que abrir una puerta de comunicación.

Gonzalo se inclinó hacia su novia y le dijo por lo bajo:

—¿Por qué no me tratará mamá de tú, como tu papá? Díselo de mi parte...

yo no me atrevo.

Cecilia entonces se acercó al oído de su madre y murmuró con voz

apagada, llena de vergüenza:

—Gonzalo se alegraría de que le tratases de tú.

—¿Qué dices, niña?—preguntó doña Paula, poniendo la mano en la oreja.

Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.

—Dice Gonzalo que por qué no le tratas de tú como papá.

—Ah... me alegro que haya salido de él. No me atrevía... Bueno, pues en

cuanto se abra una puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la

sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta la habitación? ¿Es

bastante grande?

—Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.

A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias

veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al

fin, en una pausa larga, se aventuró a decir:

—Falta una cosa, mamá.

—¿Qué falta?

La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin

con voz temblorosa:

—Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.

—Es verdad; no me había hecho cargo... ¿Dónde tendría yo la cabeza?

Pues ahora no encuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco...

aguarda... Podríamos bajar la despensa al sótano y quedaba un cuartito,

que bien arreglado, acaso serviría... Lo que hay es que no comunica con

estas habitaciones. Tendrías que cruzar el pasillo.

—¡Qué importa eso!

Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincón. Poco

después de hacerlo apareció Venturita con un peinador blanco que dejaba

ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno

virginal. Traía sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos

lindos pantuflos bordados. Venía a despedirse para ir a la cama.

Acercóse a su madre y la dió un beso en la mejilla, haciendo, mientras

tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no podía ver.

—Vaya, buenas noches—dijo alargando a éste la mano.

—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie de

embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.

Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde

la puerta y preguntar a Cecilia:

—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por

no hallarlo...

Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.

—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.

—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando una

mano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quita

esto?—añadió sonriendo.

Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta.

Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares

partes de que estaba dotada. La epidermis era suave y brillante como el

raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios

rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes

menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única

imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie

se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.

Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en

redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones

caprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana,

reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración.

—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con su

franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.

—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula.

—Voy.

Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacía

cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído:

—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le

vas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en voz

alta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh?

—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose.

Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:

—¡Qué pelo tan hermoso!

Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo:

—Es postizo.

Todos se echaron a reir.

—¿No lo cree usted?—preguntó con seriedad y acercándose.—Tire usted.

Verá cómo se le queda en la mano.

El joven no se atrevió, y continuó sonriendo.

—Tire usted, tire usted—insistió ella volviendo la espalda y

metiéndole el pelo por la cara.

Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo.

—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto.

Y salió corriendo de la estancia.

Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de

la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que

debían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que

apenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretaba

y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a

los labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba con

enternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba el

corazón de su hija.

El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóse

apresuradamente.

—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?

—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia.

—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las

puertas—replicó doña Paula.

Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volver

al día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón para

despedirse.

La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismo

tema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besos

apretadísimos.

—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre y

melancólica.

—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza.

IV

CÓMO LOS PARTICULARES DE SARRIÓ SE CONGREGABAN EN UN RECINTO NOMBRADO EL

«SALONCILLO», Y LO QUE ALLÍ SE PLATICABA.

Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, y

dijo, ofreciendo otro a su sobrino:

—Vámonos a tomar café.

Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces se

había autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo el

brazo.

—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.

El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro con

emoción.

Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle

disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas

poderosas después de una comida abundante. Parecían dos cedros gigantes,

majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que

ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las

puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.

—¿Quién es el señorito que va con don Melchor?

—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayer

en la _Bella-Paula_.

—¡Vaya un real mozo!

—Como su padre don Marcos, que en paz descanse.

—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan noble

y campechana!

En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor de

las Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.

—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.

—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante.

—¿Qué?

—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido!

—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en el

horizonte.

—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—manifestó el

tío sonriendo con lástima.

El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversaciones

y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominó

contra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba

situado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en el

muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayor

parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casi

todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más los

vecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Al

atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don

Melchor era el hombre más popular, el más querido y respetado que

entraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y a

otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirándole;

le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas las

veras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba

hablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintaba

en sus rostros curtidos.

Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.

Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tenía

comunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Por

ella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notables

del pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesas

delante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, que

generalmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugaban

siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.

Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de

mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres

que vendían al raso legumbres y leche. Y Gonzalo recordó que en cierta

ocasión que subió a buscar a su tío antes de irse a Inglaterra, se

estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella

asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en

medio del trabajo cotidiano. Los únicos acontecimientos que sacudían de

vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco

importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el

empedrado de algunas calles, la avería de algún cargamento, el alijo de

un contrabando, la limpieza del muelle.

Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos para

saciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo y

elegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanito

acompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosa

hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujer

de una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con ese

burro!...). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicen

que vino de Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto

cortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en el

Liceo. (No toca baile ese día.—Pagan el gasto los pollos a escote.) Los

graves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas,

aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos.

A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde

don Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estaban

allí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M.

Delaunay, Alvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o

seis señores, que se levantaron para abrazarle.

Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mención, era un hombre que

pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas

rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los

ademanes tímidos. Era el propietario territorial más rico de la

población y el representante genuino de la aristocracia por venir de una

antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona

titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a

este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos

alternaba sin atender a su condición social, extremadamente servicial,

siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad

ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias

del nacimiento, en cambio era celosísimo de sus derechos de propiedad.

Jamás se había conocido ni se conocerá un propietario más propietario

que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del

derecho antiguo, las universidades, el ejército, la marina, la

constitución política y hasta la religión, no tenían razón de ser a sus

ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban

aquellos derechos. La máquina asombrosa del Universo estaba formada para

sustentar sus títulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,

caserío situado a media legua de la villa, y al directo que poseía sobre

el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta

conciencia clarísima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso

de claridad, algunos conflictos. Venía un colono y le decía:—Señor;

Joaquín el martinetero, ha cortado ayer las cañas del nogal que colgaban

sobre su huerta.—¡Pero el nogal era _mío_!—exclamaba don Pedro

enrojecido súbito por la cólera y sorpresa.—Sí, señor... pero como

colgaban sobre su huerta...—¿Cómo se ha atrevido ese pillo a tocar en

una cosa que es _mía, mía?_—Inmediatamente entablaba un interdicto, y

como es natural, lo perdía. De estos interdictos había perdido ya

algunas docenas en su vida, sin escarmentar jamás.

Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarrió, a quien hemos

tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el

teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se

distinguía por la pureza de la dicción; antes era ésta tan atropellada y

confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No

sabemos si era en la boca o en la garganta o en la región de las fosas

nasales, donde el señor de la Riva tenía a bien machacar y atormentar

las palabras; lo cierto es que salían casi siempre transformadas en

sonidos obscuros, huecos, caóticos, completamente ininteligibles.

Particularmente después de comer, se hacía imposible conversar con él. Y

esto, no por otra razón, según decían, sino porque don Roque solía

encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que

nadie dejaría de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe

superior civil de la villa salía todas las tardes de su casa solo, en la

apariencia, en realidad gratamente acompañado. Su enorme faz rasurada

quería echar la sangre por los poros, concentrándose con preferencia en

el lomo gigantesco de su nariz borbónica. Los ojos, con ramos de sangre

también, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los

párpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,

expresando un grado envidiable de bienestar físico. El paso grave,

lento, vacilante, acusaba de igual modo una armonía perfecta entre sus

facultades psíquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para

alcanzar la bienaventuranza más que tropezar con un alguacil, o

barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del

municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus párpados se levantaban

repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abrían al olor de la

presa. Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o

trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.

—¡Juan, Juaan, Juaaaan!

La víctima acudía bajando la cabeza.

—¿Has llevado el oficio a don Lorenzo?

—Sí, señor.

—¿Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del

cementerio?

—Sí, señor.

—¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San Martín?

—Sí, señor.

—¿Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene

delante de su casa?

En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba

negativamente.

El cuarto poder · 第 3 / 31 段