Y sin tomar carrera, pero con extraña velocidad, gracias a sus

descomunales piernas, salvó las calles, alumbradas por algunos raros

faroles de aceite, en dirección al teatro. Cualquiera que le tropezase

en aquella hora le diputaría por un inglesote de los muchos que llegan a

Sarrió mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a

montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los

signos característicos de la raza española, siquiera nos hallemos en una

de las provincias del Norte. Luego, aquel gabán tan largo, las botas de

tres suelas, el sombrero de forma exótica, denunciaban claramente al

extranjero. Pues mirándole al rostro acababa de completarse la ilusión,

porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos

azules, o más propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin

excepción en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos

que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector

algunos datos biográficos acerca de este mancebo.

La familia de las Cuevas a la cual pertenece, venía siendo de gigantes y

marinos, desde tiempo inmemorial. Marino había sido su padre, marino su

abuelo, marinos sus tíos, y marinos también los hijos de éstos. Gonzalo

quedó huérfano de padre y madre cuando no contaba ocho años de edad,

dueño de una fortuna no despreciable, administrada por su tío y tutor

don Melchor, en cuyo poder y guarda le dejó el padre al morir. Bien

quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida

tradición del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para

despertarle la afición o inclinarle a la marina, le compró una preciosa

balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salían de pesca.

Pero todos los propósitos del buen caballero se estrellaron contra las

aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a éste más

que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.

Todavía transigía, no obstante, con la caldereta merendada allá en algún

recodo de la costa, sentado sobre una peña donde manase agua fresca

potable. A los catorce años era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,

que estudiaba en el colegio privado de Sarrió la segunda enseñanza y se

examinaba todos los años en la capital, obteniendo ordinariamente la

calificación de _bueno_ y una que otra vez, muy rara, la de

_notablemente aprovechado_. Bien quisto de sus compañeros por su

condición noble y franca, y respetado también por virtud de sus puños

formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su

posición y la familia a que pertenecía; los marineros y demás gente del

pueblo le amaban por su carácter llano y comunicativo.

Después de graduado bachiller en Artes, permaneció en Sarrió tres años

todavía sin hacer nada. Levantábase tarde, se iba al casino y allí

pasaba la mayor parte del día jugando al billar, en el cual llegó a ser

extremado. A pesar de ser el niño mimado de la población, visitaba pocas

casas. Prefería la vida estúpida y depravada del café, a la cual se

había habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su

exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba

una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.

Aficionóse a la mineralogía, y muchas tardes, abandonando el casino y el

billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras

minerales y ejemplares de fósiles, llegando a reunir una rica colección.

A ratos le dió también por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno

costoso de Alemania y comenzó a examinar diatomeas y a prepararlas

admirablemente sobre unos cristalitos que él mismo cortaba. Por último,

habiendo caído en sus manos un libro sobre la fabricación de la cerveza,

entregóse con ahinco a su estudio, pidió a Inglaterra otros varios y

comenzó a imaginar que acaso en Sarrió se obtendría un resultado feliz y

pingües beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurrió montar

una fábrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su tío, este varón

esforzado creyó oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera

todos ellos del diapasón normal, terminados los cuales se le oyó

exclamar:

—¡Cómo! ¡Un Cuevas metido a cervecero! ¡El hijo de un capitán de navío,

el nieto de un contralmirante de la Armada! Tú estás desarbolado,

Gonzalo. Bien dice el refrán que la ociosidad es madre de todos los

vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te

aconsejaba, a estas horas serías ya guardia marina de primera, y

estarías corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.

Gonzalo se calló, pero no dejó de seguir leyendo sus métodos de

fabricación. Comprendiendo que sin visitar por sí mismo las fábricas

principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzaría

resultado alguno, se resolvió a seguir la carrera de ingeniero

industrial en Inglaterra. Cuando se arrojó a decírselo a su tío, no le

sonó mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de

industrial volvió a despertar en su espíritu la misma tempestad de odios

y rencores que le había producido la cerveza.

—¡Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama

industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o

de minas.

Por este tiempo conoció, o para hablar con más propiedad, trató, pues en

Sarrió todos se conocían, a su novia actual, la señorita de Belinchón.

Un día su tío le envió a casa del rico comerciante con encargo de

preguntarle si podría darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se

hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y

como el negocio era urgente, Gonzalo se decidió a subir. La doncella que

le abrió estaba con prisa.

—Pase usted, don Gonzalo; la señorita Cecilia le dirá dónde está el

señor.

Penetró en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y

una mesa en el centro, donde la hija primera de los señores de Belinchón

estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categoría. Un

vestidillo raído y un pañuelo atado a la cintura como las artesanas; en

los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruborizó porque el joven

la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupación, ni exclamó como

otras muchas harían en su caso:

—¡Jesús, de qué forma me encuentra usted!—llevando las manos al pelo o

a la garganta.

Nada de eso. Suspendió un momento su tarea, sonrió con dulzura y aguardó

a que el joven hablase.

—Buenas tardes—dijo, poniéndose colorado.

—Buenas tardes, Gonzalo—respondió ella.

—¿Podría ver a su papá?

—No sé si está en casa. Voy a ver—repuso la joven, dejando la plancha

sobre la mesa y pasando por delante de él.

Cuando ya se había alejado un poco, se volvió para preguntarle:

—¿Su tío está bueno?

—Sí, señora, sí... Digo, no... hace algunos días que no se levanta de

la cama... Tiene un catarro fuerte.

—¿No será cosa de cuidado?

—Creo que no, señora.

La joven continuó su camino sonriendo. Le hacía gracia que Gonzalo la

llamase señora no habiendo cumplido los diez y seis años y contando él

más de veinte. Ambos, sin haberse hablado «de grandes», se conocían como

si fuesen hermanos. Se encontraban todos los días en la calle, en el

paseo, en el teatro, en la iglesia. «De pequeños» recordaba Cecilia que

cierta tarde en la romería de Elorrio bailando la giraldilla con otras

chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirándolas

del pelo desde fuera, empujándolas con fuerza y metiéndose en el corro

gritando para hacerlas perder el compás. Gonzalo, que era un grandullón

de trece años, viendo aquella fea tosquedad, acudió en su auxilio, y

puntapié va, trompada viene, soplamocos a uno y puñada a otro, en un

instante puso en dispersión a los tres o cuatro descorteses mozuelos.

Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiración. En

aquellos corazones femeninos de cinco a diez años quedó grabado para no

borrarse jamás un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra

vez, años adelante, un día de San Juan, Gonzalo cedió a ella y su

familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas

escaseaban en tal ocasión. Mas ninguna de estas circunstancias engendró

el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo solía

llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los

viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad íntima, que su tío

mantenía con el señor Belinchón. La vida exclusiva de café, el ningún

trato con las mujeres, habían hecho de Gonzalo un joven apocado y

vergonzoso.

—Pase usted, Gonzalo; papá le espera en la sala—dijo la joven cruzando

de nuevo por delante de él.—Que se alivie su tío.

—Muchas gracias—respondió acortado. Y al alejarse caminando hacia

atrás, como era tan alto, dió un testarazo con la lámpara de la

antesala, que por poco la hace venir al suelo.

Miró con angustia hacia arriba, se apresuró a sujetarla y se puso muy

colorado.

—¿Se ha lastimado usted?—preguntó Cecilia con interés.

—¡Ca! No, señora... al contrario... ¡Caramba, por un poco la rompo!

Y se retiró cada vez más confuso.

Hallábase nuestro mancebo en aquel punto y sazón en que los hombres se

enamoran de una escoba. La edad del amor se había retrasado para él un

poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los músculos

tiranizan a los nervios. Por eso la señorita de Belinchón, aunque nada

linda, despertó repentinamente en él cierta simpatía que es fácil

transmutar en pasión. Y como consecuencia de aquella brevísima

entrevista, Gonzalo pasó desde entonces alguna que otra vez sin

necesidad por delante de la casa de los señores de Belinchón mirando con

el rabo del ojo a los balcones; cuidó más del aliño del traje y la

persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrés, donde doña Paula

y sus hijos la oían. En el teatro solía dirigirle con disimulo vivas

miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.

Pero en cuanto lo hacía se ponía colorado y miraba con susto a todas

partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese

descubierto.

¡Inocente Gonzalo! Mucho antes de que él se diese cuenta cabal de tal

inclinación, la villa entera la conocía. Nada se puede ocultar, sobre

todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos

zahoríes de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no sólo se

conoció, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo más o

menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un

paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su afición seguían siendo los

mismos. La mayor parta de los días se reducían a pasar después de comer

por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia

solía estar cosiendo detrás de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;

adelante; luego el billar, y hasta otro día. Don Melchor le encargó

otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de

hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo

temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.

Había cumplido ya los veinte años. La idea de hacerse ingeniero

industrial y ocuparse en algo útil, volvía de vez en cuando a su

espíritu en medio de aquella vida holgazana. El compañero que tornaba de

alguna academia militar, la conversación con algún ingeniero inglés, la

frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no

tenían carrera, despertábanle de pronto el deseo. Al fin, un día le dijo

a su tío que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y

ver mundo. Como don Melchor nada podía oponer a este justo y laudable

propósito, pocos días después Gonzalo recorría algunas casas de

parientes y amigos, donde hacía años que no ponía los pies, para

despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el

bergantín redondo _Vigía_ con rumbo a la Gran Bretaña.

¿Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de

nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,

aunque a la postre causa grandes estragos.

Pasaron tres años. Terminó la carrera de ingeniero que es breve y

práctica en Inglaterra, y se determinó a visitar las principales

fábricas de este país y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron

sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltábale de vez en cuando, sin

causarle, por supuesto, emoción muy viva. Allá en la primavera cuando la

sangre circula con más fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el

verdor de los campos, los vívidos colores de las flores, los juegos de

la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus

intérpretes más fieles, los pájaros, nos incita para que en modo alguno

consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el

matrimonio. Y siempre que tal idea surgía en su mente, presentábasele de

improviso hecha carne en la niña primera de los señores de

Belinchón:—«Pase usted, Gonzalo; papá le espera.» «¿Se ha lastimado

usted?»—Volvían a sonar en sus oídos aquellas palabras y el acento

cariñoso con que fueron pronunciadas encendía en su corazón virgen una

chispa de simpatía. La joven no era hermosa, pero sus ojos sí, y sobre

todo revelábase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y

sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente

femenina de sus modales. «No me disgustaría casarme con ella» pensaba

dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a

decir a ésta ni a ninguna señorita palabra alguna de amor. Hasta

entonces no conocía de tal pasión más que el aspecto material y grosero,

las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la

noche en las calles de Londres y París.

Un día escribiendo a cierto amigo íntimo de Sarrió se le ocurrió

preguntarle si Cecilia Belinchón se había casado. Contestóle que aún

permanecía soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la

rondaban seducidos quizá por el dinero de Belinchón más que por las

gracias de su hija, hasta ahora no se sabía que hubiese dado oídos a

nadie. Al leer esto, se le subió la sangre al rostro al ingeniero

industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que

Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno

encontraba tan guapo como él. Entonces imaginó declararle su amor por

medio de una carta. Estando tan lejos no tendría vergüenza. Sin embargo,

la tuvo, y cuando trató de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar

el primer renglón, volvió a dejarla al representarse la sorpresa que la

joven recibiría. Pasaron algunos días. La idea no le abandonaba. Por

medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la

epístola amorosa. Si se reía de él, ¿qué? no había de verlo. Con no

volver más a Sarrió estaba concluído; y si volvía ya procuraría no

encontrársela de frente. Al fin la escribió. Túvola guardada en el cajón

de su mesa varios días. La idea de echarla al correo le aterraba. Para

decidirse a ello, necesitó beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un

poco mareado sacó la carta del cajón, lanzóse a la calle con brío, y en

el primer buzón con que tropezaron sus ojos, ¡zas! la encajó.

¡Dios mío, qué he hecho! Disipóse la borrachera. Se puso colorado hasta

las orejas, como si por el agujero de aquel buzón le estuviesen mirando

los ojos burlones de todos los vecinos de Sarrió; y se apresuró a meter

los dedos en él por ver si aún podía atrapar el malhadado sobre. Nada.

Se lo había engullido con la voracidad de un tiburón, y lo estaba ya

digiriendo. Ocurriósele entonces presentarse en las oficinas de Correos

y reclamarlo; pero allí le exigieron tales formalidades, que antes de

pasar por ellas prefirió dejar correr la suerte.

Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la

fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar

encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo

a su demasía y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días y aun

los quince, y la contestación no parecía. Se fué calmando con la

esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si había

llegado, forjábase la ilusión de que Cecilia la habría roto sin dar

cuenta a nadie. Mas he aquí que, cuando ya no la esperaba, se encuentra

a la hora de almorzar sobre el plato una carta de España, letra

desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometió. Se

puso tan blanco como el mantel. El corazón quería saltársele del pecho.

Abrióla con mano trémula... ¡Ahaaa! suspiró descansado, después de

haberla devorado en dos segundos. Llevóse la mano al pecho, limpióse el

sudor con el pañuelo, y volvió a tomar la carta y a releerla con calma.

Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente

irónico, que nada tenía, sin embargo, de ofensivo. Manifestábase

sorprendida de su repentina e inopinada declaración. ¿Qué mosca le había

picado al cabo de cuatro años de ausencia? Sus padres, que antes que

ella habían abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban

que era un paso irreflexivo, propio de los pocos años, un capricho del

momento, del cual ya estaría probablemente arrepentido. Ella compartía

enteramente esta opinión. Sin embargo, la habían permitido, y aun

aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya

familia mantenían relaciones de amistad.

Esta epístola le puso contentísimo de pronto. No eran las desdeñosas

calabazas que esperaba. Después se puso triste, y al minuto otra vez

alegre, leyéndola y releyéndola por ver si daba en la clave. ¿Eran o no

eran calabazas? Apresuróse a contestar, pidiendo perdón de su

atrevimiento, y confirmando su declaración anterior con nuevas y

vehementes frases. Replicó al cabo de algunos días la niña en términos

más blandos y afectuosos. Tornó a escribir Gonzalo; cruzáronse retratos;

intervino doña Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban

ambos jóvenes en relación formal. Comenzó a hablarse de matrimonio;

mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; después visitas entre

aquél y don Rosendo. Finalmente todo quedó arreglado, conviniéndose que

a la primavera regresaría Gonzalo, y se efectuaría el casamiento.

III

EN EL QUE LA PAREJA ENAMORADA COMIENZA A PENSAR EN EL NIDO

Salían ya del teatro los que habían quedado. Gonzalo tropezó con la ola

de gente que vomitaba la puerta, y así como fué reconocido, se

apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que

le echó los brazos al cuello fué don Mateo, después vino don Pedro

Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, después

don Victoriano y su esposa doña Rosario y sus tres hijas. En un instante

se formó círculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con

efusión a los plácemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios

le venían. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en

aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que los _señores_. No se

oían más que exclamaciones de admiración y alegría.

—Cuánto has engordado, Gonzalito.—¡Vaya un real mozo!—¿Por qué no

creces como él, Periquito?—Don Gonzalo, les come usted las sopas en la

cabeza a todos los mozos de Sarrió.—Crecer no ha crecido, lo que ha

hecho es doblar de cuerpo.—Ven acá, granadero, dame un abrazo apretado.

Un patrón de barco afirmó que se parecía como una gota de agua a otra al

Príncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco más alto.

El robusto corpachón de éste, alzábase sobre el grupo. Daba la mano por

encima de las cabezas a los amigos que no podían llegarse a él, y su

noble y bondadosa fisonomía sonreía a todos.

Don Mateo, alzándose sobre la punta de los pies y tirándole del brazo

para que se doblase, pudo decirle al oído:

—¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lástima que no hayas llegado por

la tarde. La tiple cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile te

digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coruña lo sacan mejor... Pero no

te disgustes, que yo haré que se repita antes que se vaya la compañía...

o poco he de poder.

Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba

inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchón, que como

principal y de las más encopetadas, se retrasaba siempre para no

confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ardía sobre el

marco de la puerta, divisó la fisonomía de doña Paula y en seguida la de

Cecilia. Abalanzóse trémulo a saludarlas. La hija se puso colorada como

un pavo (es natural), y la madre también (esto es menos natural). ¿Qué

le tocaba hacer a él? Ruborizarse igualmente; y esto fué lo que llevó a

cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y después de

preguntarse por la salud, no supieron qué decirse. Las miradas cargadas,

de curiosidad de la gente contribuían a embarazarlos. Felizmente llegó

Pablito con Ventura, que se habían rezagado, y nuestro joven saludó al

primero afectuosamente y dirigió a la segunda una ceremoniosa cabezada.

Pablo sonrió.

—Qué, ¿no la conoces? Es mi hermana Ventura.

—¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mujer... ¿Cómo está usted,

Ventura?

La niña le alargó la mano mirándole con expresión maliciosa y burlona

que acabó de desconcertarle.

Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante

arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y

Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro

Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los

faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo

cada vez mayor.

Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la

conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba

los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba

muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en

el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no

prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía

a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna

cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba

en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres

experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había

hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las

palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a

carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que

estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a

casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer

que muy pronto iba a reinar la confianza.

Formóse un grupo a la puerta de la morada de los señores de Belinchón,

que estaba situada en la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrió, y

era grande y suntuosa para lo que allí se estilaba. Como Gonzalo no

había cenado aún, don Rosendo le invitó a subir a hacerlo con ellos tan

de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba

otra cosa, concluyó por aceptar. Despidiéronse el señor Miranda y su

hijo Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo individuo que iba a

formar parte de ella, subió a la casa. En el recibimiento, las señoras

se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió a turbarlos.

Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observó que no había ganado

nada en los años de ausencia. Estaba más alta, pero más delgada también.

Los amores no ponen gordas a las niñas. La nariz, con esto, se le había

pronunciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, suaves,

inteligentes, persistían en brillar como dos estrellas. La

transformación de Venturita, aquella niña que veía cruzar para el

colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder

el paso, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer, una

verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y

amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y

cierto brillo malicioso que la acompañaba. Examináronse ambos como dos

extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doña Paula:

—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.

Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo

un leve mohín de desdén con los labios, y se fué derecha al comedor,

ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la

había causado.

La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,

limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la

civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de

Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también.

Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas.

Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula

arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se

atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole

guiños provocativos, mientras ésta, con las mejillas encendidas y los

ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción.

Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le

habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a

sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero ésta se había pasado al

otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse.

El cuarto poder · 第 2 / 31 段