—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos man

BIBLIOTECA de LA NACIÓN

ARMANDO PALACIO VALDÉS

EL CUARTO PODER

BUENOS AIRES

1913

El autor de esta obra ha autorizado a LA NACIÓN para editarla y

venderla solamente en las Repúblicas Argentina y Uruguay. Esta

edición no puede circular fuera de las dos Repúblicas mencionadas.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

ÍNDICE

I.—Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora

II.—Del feliz arribo de la «Bella-Paula»

III.—En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido

IV.—Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto

nombrado el «Saloncillo», y lo que allí se platicaba

V.—¡¡¡Ladrones!!!

VI.—Que trata del equipo de Cecilia

VII.—Que trata de dos traidores

VIII.—De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro

con asistencia del cuarto estado

IX.—Historia de una lágrima

X.—De la gloriosa aparición de «El Faro de Sarrió» en el estadio de la

prensa.—Primeros fuegos de la batalla del pensamiento

XI.—Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del

«Saloncillo»

XII.—Cómo se divertía Pablito

XIII.—En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo

XIV.—De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos

no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento

XV.—De la entrada famosa que hizo en Sarrió el duque de Tornos, conde

de Buenavista

XVI.—De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió

XVII.—Que Gonzalo toma una gravo resolución y Cecilia otra

XVIII.—Donde tira doña Brígida de la manta

XIX.—En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto

tristes sucesos

Obras de Palacio Valdés

CAPITULO PRIMERO

SE LEVANTA EL TELÓN, POR ESTA VEZ SIN METÁFORA

En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace

algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía

cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus

pacíficos e industriosos moradores. Estaba construído, como casi todos,

en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el

primero los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra

cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada

colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso

empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar

al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el

asiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del

peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.

En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma

del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que

el que pescaba muergos en la bahía o el peón de descarga; la señá Amalia

la revendedora igual que las que acarreaban «el fresco» a la capital.

Llamábase a aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del mismo

aborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser también del mismo

color, aunque no podía saberse con certeza. Detrás de ellas había, a la

antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su

categoría de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir

a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pendía una

araña, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces de

aceite. Más adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancé

a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos había

un nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de don Mateo». De

este don Mateo ya hablaremos más adelante.

Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban los

mismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se cantaban las óperas

que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? Pues nada más cierto.

Allí ha oído por vez primera el narrador de esta historia aquellas

famosas coplas:

_Si oyes contar de un náufrago la historia_,

_Ya que en la tierra hasta el amor se olvida_...

Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla de lujo

y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginación. Ojalá la

tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes

agradablemente algunas horas. También ha visto el _Don Juan Tenorio_. Y

sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrándose por

una puerta atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su

apoteosis de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo que

aquella noche no pudo dormir.

En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más suntuosos

teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atendía más al

espectáculo que en éstos. Aun no habíamos llegado a ese grado superior

de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato

contraste con el lugar donde se ejecutan; verbigracia, charlar en los

teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patéticos

en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en

Sarrió han subido ya a la hora presente este peldaño de la civilización.

Ni se crea que faltaban por eso algunos espíritus lúcidos que se

adelantaban a su época y presentían lo que había de ser el teatro

andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía abonado

siempre, en compañía de otros tres o cuatro amigos, el palco de

proscenio. Desde allí dirigía la palabra a otros señores de más edad,

abonados en el palco de enfrente: se decían cuchufletas, se burlaban de

la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por

cierto que el público de las butacas, ajeno todavía a estos

refinamientos de la civilización, solía hacerles callar bárbaramente con

un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar

en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma

solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de

contado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrísono

traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al

dejarlo caer con ánimo de llamar la atención.

Dígalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en

uno de ellos y permanece en pie despojándose de los abrigos, mientras

los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la

fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los señores de Belinchón. El

jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado

por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeños y hundidos,

boca grande, que se contraía con sonrisa mefistofélica, dejando ver dos

filas de dientes largos e iguales, la obra más acabada de cierto

dentista establecido hacía pocos meses en Sarrió. Gasta patillas cortas

y bigote, y representa unos sesenta años de edad. Está reputado por el

primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de

bacalao de la costa cantábrica. Durante muchos años monopolizó

enteramente la venta por mayor de este artículo, no sólo en la villa,

sino en toda la provincia, y gracias a ello había granjeado una fortuna

considerable. Su esposa, doña Paula... ¿Pero por qué se despierta tal y

tan prolongado rumor en el teatro a su aparición? La buena señora, al

escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del

abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitárselo y a decirle al

oído:—¡Siéntate, mamá! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre

el banco y pasea una mirada extraviada por el público, mientras sus

mejillas se tiñen de vivo carmín. En vano se abanica con brío y procura

serenarse. Nada: cuantos más esfuerzos hace por alejar la sangre

tumultuosa del rostro, más empeño pone la maldita en ocupar aquel lugar

visible.

—¡Mamá, qué colorada estás!—le dice Venturita, su hija menor, pugnando

para no reir.

La madre la mira con expresión de angustia.

—Calla, Ventura, calla.—dice Cecilia.

Doña Paula, animada con estas palabras, murmura:

—Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.

Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.

Al fin, el público se cansó de atormentarla con sus miradas, sonrisas y

murmullos, y fijó de nuevo su atención en la escena. La congoja de doña

Paula fué cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la

noche.

La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de

pieles que la buena señora se había puesto. Siempre que estrenaba alguna

prenda de apariencia brillante, sucedía lo mismo. Y esto no por otra

cosa más que porque doña Paula no era señora de nacimiento. Procedía de

la clase de cigarreras. Don Rosendo había tenido amores con ella siendo

casi una niña, de los cuales nació Pablito. Así y todo, don Rosendo

estuvo cinco o seis años sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;

pero visitándola en su casa y asistiéndola con dinero. Hasta que al

fin, vencido más por el amor del hijo que el de la madre, y, más que por

todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidió a entregar

su mano a Paulina. La población no supo del matrimonio hasta después de

efectuado: tal sigilo se guardó para llevarlo a cabo. Desde entonces la

vida de la cigarrera puede dividirse en varias épocas importantes. La

primera, que dura un año, comprende desde el matrimonio hasta la

«mantilla de velo». Durante este tiempo, la señora de Belinchón no se

mostró poco ni mucho en público. Los domingos iba a misa de alba y se

encerraba otra vez en casa. Cuando se decidió a ponerse la antedicha

mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles

del tránsito, la acribillaron a miradas, y se habló del suceso por más

de ocho días. El segundo período, que dura tres años, comprende desde

«la mantilla de velo» hasta «los guantes». La vista de tal ornamento en

las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitación

indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en

la iglesia, en las visitas, las señoras se saludaban preguntando:—¿Ha

visto usted?...—Sí, sí, ya he visto.—Y comenzaba el desuello. Viene

después el tercer período, que dura cuatro años, y termina en «el

vestido de seda», que dió casi tanto que murmurar como los guantes, y

produjo general indignación en Sarrió.—Diga usted, doña Dolores, ¿qué

nos queda ya que ver?—Doña Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de

resignación. Por último, el cuarto período, el más largo de todos porque

dura seis años, termina, ¡oh escándalo! «con el sombrero». Nadie puede

representarse el estremecimiento de asombro que invadió a la villa de

Sarrió cuando cierta tarde de feria se presentó doña Paula en el paseo

con sombrero-capota. Fué un verdadero motín. Las mujeres del pueblo se

santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para

que los oyese la interesada.

—¡Mujer, mira por tu vida a la Serena qué gabarra lleva sobre la

cabeza!

Porque hay que advertir que a la madre de doña Paula la llamaban la

Serena, y a la abuela y a la bisabuela también.

Excusado es añadir que desde que la cigarrera subió a la categoría de

señora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.

Al día siguiente, al tropezarse las señoras de Sarrió en la calle, no

encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas

con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar

de largo murmurando: «¡¡¡Sombrero!!!»

Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos

héroes de la antigüedad, Aníbal, César, Gengis-Khan, la villa quedó muda

y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doña

Paula aparecía en público con el abominable sombrero en la cabeza o con

cualquier otra prenda propia de su alta jerarquía, era saludada siempre

con un murmullo de reprobación. Y lo original del caso estaba en que

ella no protestaba ni en público ni en secreto, ni aun en lo sagrado de

la conciencia, contra este proceder malévolo de su pueblo natal.

Juzgábalo natural y lógico. No se le ocurría pensar que pudiera ser de

otro modo. Sus ideas sociológicas no le aconsejaban todavía rebelarse

contra el fallo de la opinión pública. Creía de buena fe que al ponerse

los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometía un acto

reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas

burlonas, eran el castigo necesario de esta infracción. De aquí sus

temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el

paseo, y el rubor que la acometía.

¿Por qué entonces, se dirá, doña Paula se vestía de este modo? No serán

muy conocedores del corazón humano los que tal pregunten. Doña Paula se

ponía el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal

rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de

que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un

pueblo, nunca sabrán cuán apetitosa golosina es el sombrero para una

artesana.

Era doña Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven había sido buena

moza; pero los años, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y

sobre todo la lucha que venía sosteniendo con el público para establecer

su jerarquía, la habían marchitado antes de tiempo. Todavía conservaba

hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables

facciones.

El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama

fantástico, cuyo nombre no recordamos, donde la compañía había

desplegado todo el aparato escénico de que podía disponer. La cazuela

estaba asombrada, y acogía cada cambio de decoración con estrepitosos

aplausos. Pablito Belinchón, que había pasado en Madrid un mes el año

anterior, se reía con incontestable superioridad de aquel aparato; hacía

guiños inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar

que todo aquello le aburría, concluyó por volverse de espaldas al

escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que

los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha

sufría un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un

poco trémula al pelo para arreglarlo, sonreía a su mamá o a su hermana

sin razón alguna, se ponía seria de nuevo, y fijaba con insistencia y

decisión sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rápida y

tímidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la

ofuscaban. Al fin concluía por ruborizarse. Pablito, satisfecho,

apuntaba a otra belleza. Las conocía como si fuesen sus hermanas,

tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas había sido novio: pero la

pluma en el aire no era más movible y tornadiza que él en materia de

amores. Todas habían tenido que sufrir algún doloroso desengaño.

Últimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se había dedicado a

fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarrió, para abandonarlas, por

supuesto, si cometían la torpeza de permanecer en la villa más de un

mes o dos.

Había razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen

talante del corazón de todas las jóvenes indígenas y aun de las

extrañas. Era un apuestísimo mancebo de veinticuatro o veinticinco años,

de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a

caballo admirablemente y guiaba un tílburi o un carruaje de cuatro

caballos, lo cual nadie sabía hacer en Sarrió más que los cocheros.

Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecían sayas;

si estrechos, era una cigüeña. Venía la moda de los cuellos altos,

nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.

Estilábanse bajos, pues enseñaba hasta el esternón.

Estas y otras facultades eminentes hacíanle, con razón, invencible.

Quizás algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de

nuestro mancebo en Sarrió. Estamos no obstante seguros de que las

jóvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarán lógica y

verosímil.

Cuando bajó el telón, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y

gafas, se acercó arrastrándose más que andando al palco de los de

Belinchón.

—¡Don Mateo! Imposible que usted faltase—exclamó doña Paula.

—¿Pues qué quiere usted que haga en casa, Paulita?

—Rezar el rosario y acostarse—dijo Venturita.

Don Mateo sonrió con dulzura, y contestó a aquella impertinencia dando a

la niña una palmadita cariñosa en el rostro.

—Es verdad que debiera hacer eso, hija mía... pero ¿qué quieres? si me

acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentación de

ver estas caritas tan lindas...

Venturita hizo un mohín desdeñoso donde se traslucía la satisfacción de

verse requebrada.

—¡Si fuera usted siquiera un pollo guapo!

—Lo he sido.

—¿El año cuántos?...

—¡Qué mala, qué mala es esta chiquilla!—exclamó don Mateo riendo y

acometiéndole acto continuo un golpe de tos que le embargó la

respiración por algunos momentos.

Don Mateo, anciano decrépito, no sólo estropeado por los años, sino por

multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la

alegría de la villa de Sarrió. Ninguna fiesta, ningún regocijo público o

privado se efectuaba en el pueblo sin su intervención. Era presidente

del Liceo, sociedad de baile, desde hacía muchos años, y nadie pensaba

en substituirlo por otro. Presidía también una academia de música de la

cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La

reedificación del teatro donde nos hallamos a él se debía; y para

recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le había

permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con

persiana de que ya hemos hablado. Vivía de su retiro de coronel. Estaba

casado y tenía una hija de treinta y tantos años a quien seguía llamando

«la niña».

Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el

sexo femenino no le demostraría tanta simpatía, ni le guardaría respeto

alguno. Su único placer era ver divertidos a los demás, que la alegría

reinase en torno suyo. Para conseguirlo, hacía esfuerzos increíbles de

habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginación, puesta al

servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile

campestre el que organizaba; otra vez hacía construir un escenario en el

salón del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compañías

de saltimbanquis o de músicos. En cuanto se pasaban ocho días sin que

los vecinos de Sarrió se recreasen de algún modo, ya estaba nuestro don

Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a él, podemos

asegurar que no había pueblo en España, en aquella época, donde la vida

fuese más fácil y agradable.

Porque los honestos recreos que sin cesar se repetían, engendraban la

unión y hermandad en el vecindario. Además, don Mateo, elemento

conciliador por excelencia, formaba gran empeño en destruir todas las

malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de

ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la

murmuración, tenía gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de él

hablasen los demás:—«Pepita, ¿sabe usted lo que acaba de decirme doña

Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantísimo, muy

sencillo y de mucho gusto.»—Pepita se esponjaba en su palco, y dirigía

una mirada de ternura a doña Rosario, a pesar de que nunca le había sido

simpática.—Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la

viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.—Phs; regular.—«En este

momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado

a él de las manos por tonto.» Como don Rosendo pasa por el primer

comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse

lisonjeado por estas palabras.

Después de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchón,

don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tenía por

costumbre; pero antes dice, dirigiéndose a Cecilia:

—¿Cuándo llega?

La joven se puso levemente encendida.

—No sé decir a usted, don Mateo...

Doña Paula sonrió con malicia, y vino en auxilio de su hija.

—Debe de llegar en la _Bella-Paula_, que ha salido ya de Liverpool.

—¡Oh! Entonces aquí lo tenemos mañana o pasado... ¿Habrás rezado mucho

a la Virgen de las Tormentas, verdad?

—¡Una novena nada menos la ha hecho! Hace días que están seis cirios

ardiendo delante de la imagen—dijo Venturita.

Cecilia se puso aún más colorada y sonrió. Era una joven de veintidós

años, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que más

desconcertaba la armonía de aquél, era la nariz excesivamente aguileña.

Sin esta tacha quizá no habría sido fea, porque los ojos eran

extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas

podían gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle

desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tenía

diez y seis años, y aparecía como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y

alegría. Su rostro ovalado parecía hecho de rosas y claveles. Apretadita

de carnes y pequeña de estatura; tan sabiamente proporcionada por la

Naturaleza, que parecía modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus

pies de criolla, celebrados en Sarrió como nunca vistos; la suavidad y

tersura de su cutis, vencían a las del nácar y alabastro. Sobre la

frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco

argentino, caían los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan

espesa como dócil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta

más abajo de la cintura.

—¡Búrlate de tu hermana, picarilla; no tardarás en hacer lo mismo!

—¿Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.

—Ya me lo dirás dentro de poco—repuso el anciano pasando a otro palco

a saludar a los señores de Maza.

En esto se acercó Pablito al de sus papás, trayendo en su compañía a un

fiel amigo que merece especial mención. Era hijo del picador que había

en el pueblo, y mozo que por su figura podía ser el regocijo de los

espectadores en un circo de acróbatas. Nada necesitaba añadir a su

persona, ni polvos de harina, ni bermellón, ni tizne para quedar

convertido en _clown_. Era un payaso «al natural». Su nariz vivamente

coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de

pestañas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el

arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se

acompaña al hablar o gruñir, provocan la risa, sin más pelucas y

afeites. Bien lo sabía Piscis (que así se llamaba o le llamaban) y de

ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar

estas nativas disposiciones cómicas de su rostro, había determinado no

reirse jamás, y cumplía su promesa religiosamente. Además, para el mismo

efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las más

ásperas y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de

su invención particular. Pero esto, en vez de producir el efecto

apetecido, contribuía a despertar la alegría entre sus conocidos.

El único que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y

Pablito habían nacido para amarse y admirarse. El punto de conjunción de

estos dos astros era el género ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre

desde niño, era el mejor jinete de Sarrió; por consiguiente, para

Pablito la persona más digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era

el chico más rico de la población: para Piscis, debía de ser, claro

está, lo más respetable y digno de veneración que había sobre el

planeta. Nadie sabía a qué época se remontaba esta amistad. Se había

visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando niños. Ya hombres no

fué parte a separarlos la diversa posición social que ocupaban. El lugar

de reunión de estos jóvenes notables era constantemente la cuadra de don

Rosendo. Desde allí, después de celebrar siempre una larga y erudita

conferencia, frente a los caballos, con parte teórica y parte práctica,

salían a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,

unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda

_charrette_, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la

contemplación amorosa de los traseros de los caballos. Algunas también,

para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.

Pablo se acercó a su familia, retorciéndose de risa.

—¿Qué te ha pasado?—le pregunta doña Paula, sonriendo también.

—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano

con Ramona—dijo el joven, acercando la boca al oído de su hermana

Ventura.

—¿Sí?... ¿Qué le decía?—preguntó ésta con gran curiosidad.

—Pues le decía... (una avenida de risa lo interrumpió por algunos

momentos). Le decía... «Ramona, te amo».

—¡Ave María! ¡A una sardinera!—exclamó la niña riendo también y

haciéndose cruces.

—¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, y cómo ponía los ojos en

blanco!... Aquí está Piscis, que también lo oyó...

Piscis dejó escapar un gruñido corroborante.

En aquel momento, Periquito, que era un muchacho pálido y enteco, de

ojos azules y poca y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las

miradas de toda la familia Belinchón se clavaron en él sonrientes y

burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente

regocijados a su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó. La familia

Belinchón contestó al saludo sin dejar de reir. Tornó a levantar la

cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se

sintió molesto y salió al pasillo.

Levantóse nuevamente el telón. La decoración representaba unas cavernas

del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba

de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la

orquesta, dignamente dirigida por el señor Anselmo, ebanista de la

villa. Figuraban en ella como bombardinos el señor Matías, el sacristán,

y el señor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado

(escribiente del Ayuntamiento) y Próspero (carpintero); como trompas

_Mechacan_ (zapatero) y el señor Romualdo (enterrador); como cornetines

Pepe de la Esguila (albañil) y Maroto (sereno); como figle el señor

Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la

iglesia). Había otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que

acompañaban. El señor Anselmo, en vez de batuta, tenía en la mano para

dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.

El preludio era muy triste y temeroso; como que estábamos en el

infierno. El público guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo

que iba a salir de allí, clavados los ojos en las trampas abiertas en el

suelo del escenario. De pronto, de aquella música suave y misteriosa

salió un trompetazo desafinado. El señor Anselmo se volvió y dirigió una

mirada de reprensión al músico, que se puso colorado hasta las orejas.

Hubo en el público fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela salió

entonces una voz que gritó:

—Fué Pepe de la Esguila.

Las miradas del público se dirigieron hacia este menestral, que se hizo

el distraído sacando la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero

estaba cada vez más colorado.

—Si no sabe tocar que se vaya a la cama—gritó la misma voz.

Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila montó en cólera de

pronto, dejó el instrumento en el suelo, y alzándose del asiento con los

ojos encendidos y agitando los puños frente a la cazuela, gritó:

—¡Ya te arreglaré en cuanto salgamos, Percebe!

—¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio!—exclamó todo el público.

—¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.

—¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo!—volvió a exclamar el público.

Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.

Era éste un hombre de sesenta, a setenta años, bajo de estatura y muy

subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las

mejillas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos grandes, redondos y

saltones. Parecía un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.

Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en el asiento y dió una voz.

—¡Marcones!

Un alguacil octogenario se acercó al respaldo del palco con la gorra

azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenció con

él algunos momentos. Marcones subió a la cazuela bajando poco después

con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se

acercaron al palco presidencial.

Don Roque comenzó a increparle procurando apagar la voz y consiguiéndolo

a medias. Se oía de vez en cuando:—«¡Zopenco!»... «no tenéis pizca de

educación»... «animal de bellota»... «¿Te figuras que estás en la

taberna?» El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.

Una voz gritó desde el patio:

—Que lo lleven a la cárcel.

Pero desde la cazuela contestó otra al instante:

—Que lleven también a Pepe de la Esguila.

—¡Silencio! ¡Silencio!

El alcalde, después de haber reprendido y amenazado ásperamente a

Percebe, le dejó volver otra vez a su sitio, con gran satisfacción de la

cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos.

La orquesta, callada un instante, tornó a su infernal preludio. Antes

que éste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario

hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el

rabo de etiqueta, y teas encendidas en las manos. Así como se hallaron

sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron

comienzo, como es lógico, a una danza fantástica; pues bien sabido es de

antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con

furor al baile.

Los espectadores seguían con extremada curiosidad sus

vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo lloró. El público obligó a

su madre a que lo sacase.

Mas hete aquí que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de

Belcebú en aquel no muy amplio recinto, una tea llegó a prender fuego a

la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,

siguió bailando cada vez con más infernal arrebato. El público reía a

carcajadas esperando el próximo desenlace de aquel incidente. En efecto,

cuando sintió caliente la cabeza más de la cuenta el espíritu maligno,

se apresuró a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto

el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror.

—_¡Levita!_—gritó el público alborozado.

El granuja que tenía este apodo, privado de sus atributos infernales,

confuso y avergonzado, se retiró de la escena.

Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor

ansiedad por ver la metempsícosis de aquel ángel exterminador. No se

hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por

el aire como encendido cometa.

—_¡Matalaosa!_—gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el

teatro.

—_Mátala_, no te descubras que te vas a constipar—dijo uno desde la

cazuela.

_Matalaosa_ se retiró avergonzado como su compañero _Levita_.

Todavía ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a

otros tantos pillastres de la calle que servían de comparsas en el

teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios.

Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se habían

salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de

oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una

hermosa doncella de idéntica profesión. Los cuales, en el mismo punto,

siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado

y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde las

quejas amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con las

indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban

todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas

razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oyó

una gran voz que dijo:

—Don Rosendo, está entrando la _Bella-Paula._

El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable. Porque

no sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se

apresura con mano trémula a ponerse el abrigo para salir, sino que por

todo el concurso se esparció un fuerte rumor acompañado de viva

agitación que estuvo a punto de interrumpir el diálogo pastoril. Los

menestrales del patio lanzáronse acto continuo a la calle. De la cazuela

bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que allí había. Y

de los palcos y butacas salieron también numerosas personas. A los pocos

minutos no quedaban apenas en el teatro más que las mujeres.

Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos clavados en la

escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueño.

—¿Por qué me miráis de ese modo?—exclamó volviéndose de pronto. Y al

decir esto se puso fuertemente colorada.

Doña Paula y Venturita soltaron una carcajada.

II

DEL FELIZ ARRIBO DE LA «BELLA-PAULA»

El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle.

Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos

amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los

comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz

entrecortada por la fatiga.

—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un

marinero aludiendo al capitán de la _Bella-Paula._

—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la

tarde—respondió otro.

—¿Dónde?

—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose.

—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.

—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la

peña Corvera?

—La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la peña, tío

Miguel.

—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!

—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le

acompañaban.

—Cuatro mil quintales.

—¿Escocia?

—No; todo Noruega.

—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?

Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más

precipitada, se volvió diciendo:

—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la

_Bella-Paula_.

—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a

internarse otra vez en el pueblo.

Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento

acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se

dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante

más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los

barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los

cascos aparecían como una masa negra informe.

Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se

apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos

guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por

advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que

rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez

en cuando en la obscuridad.

—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro

sacándose los ojos por ver algo.

—Allí.

—¿Dónde?

—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga

usted mi mano.

—¡Ah, sí, ya la veo!

Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a

don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto,

afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el

cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los

vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al

honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los

puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la

en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal

modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta

de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los

marinos.

Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos

juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso,

erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y

descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión.

Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón,

con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que

brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más

elevada que salía del grupo de espectadores.

—¡Don Melchor, usted aquí ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.

—Hace una hora que he venido—repuso el señor de las Cuevas, separando

los anteojos de la cara.—He visto la barca desde el mirador poco

después de puesto el sol.

—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase

por ahí afuera?

—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años—dijo don

Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen.

—Lo creo, lo creo, don Melchor.

—A quince millas veo virar una lancha bonitera.

—Lo creo, lo creo.

—Y si me apuran un poco—profirió en voz más alta aún,—les cuento las

portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.

—Arríe, arríe un poco, don Melchor—dijo una voz.

Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las

Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería.

El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había

salido la cuchufleta. Esforzóse en penetrar las tinieblas en silencio

algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:

—Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.

Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más leve conato de risa. En

Sarrió se sabía que el señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como

lo decía. Había servido en la marina de guerra más de cuarenta años,

gozando siempre opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo

tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningún

comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas

marítimas, don Melchor se empeñaba en ponerlas en práctica y en todo su

rigor. Contábase con terror en el pueblo, que había ahogado a un

marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, según prescribía la

ordenanza para ciertas faltas; y a más de ciento había derrengado a

palos o les había levantado el pellejo con el chicote. Además no había

en Sarrió piloto o marinero que se las pudiese haber con él en lo

referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las

maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegación.

La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibíase ya el bulto

de la _Bella-Paula_ a simple vista, y además otros dos o tres puntitos

negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha

del práctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese

necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantenía izadas

todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredón para

que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor así lo

entendió, porque comenzó a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No

pudiendo resistir más, a sabiendas de que no le habían de oir, gritó:

—Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas?

Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron

sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.

—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor.

—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a

quien el señor de las Cuevas había amenazado.

El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra

muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los

espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo

que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y

el del práctico. En la proa uno, el del piloto.

—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor.

La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca

siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía

henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada

como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y

arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante

remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron

acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones

gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la

noche.

Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque

apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse

unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los

botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta.

—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo.

—¿Qué hay?—contestaron del buque.

—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?

—Sí.

—Pues ojo con el señorito de las Cuevas... Los demás que se ahoguen.

La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvió a reinar el

silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,

que rechinaba con la tensión. La gente del muelle se puso a hablar con

la de a bordo. Pero ésta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a

las maniobras más que a las preguntas que les dirigían. Entonces el

temperamento burlón de la marinería en aquella comarca se ostentó de

nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo

a un cierto sujeto que parecía un montón de pelos, a quien apodaban

Tanganada, el cual se movía de un lado a otro, con la gracia de un oso,

manejando los cables, y lanzando gruñidos de desprecio a la muchedumbre.

—Oyes, Tanganada; ya tendrás ganas de comer una cazuela de bacalao,

¿verdad?

—Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.

—¿Hacía calor en Noruega?

—¡Allí te quisiera ver yo, ladrón!—gruñó Tanganada, mientras aferraba

una vela.

Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.

—¡Larga tierra!—gritó el práctico desde el puente.

—¡Hala a bordo!—contestó el marinero que tenía el socaire soltando el

chicote. El cable cayó al mar, y comenzó a subir velozmente por el

costado del buque.

Este se encontraba al abrigo del malecón, pero no había marea bastante

para atracar al antiguo muelle. El capitán dió una voz al piloto.

—¡Fondo!

El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado:

—¡Arría!

El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se

dispuso a virar sobre ella.

—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor.

—Sí, señor—respondió el capitán.

—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás

enmendarte.

—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los

hombros, y luego en voz alta añadió:

—¡Echa la de uso!

Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido.

—¿Cómo le va a usted, tío?—dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.

—Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío?

—Perfectamente; voy allá ahora mismo.

Y se bajó con gran agilidad por un cable al bote.

—Vamos a esperarle—dijo don Rosendo poniéndose a andar.

Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó como unas tenazas por el

brazo.

—¿Dónde va usted, hombre de Dios?

—¿Qué es eso?—preguntó el armador asustado.—¡Ah, es cierto! ¡No me

acordaba de que estábamos en el segundo paredón!... La obscuridad...

Tanto tiempo aquí... El mareo de estar con la vista fija... en el

barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido de mí si usted no me sujeta?

—Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de

abajo.

—¡Virgen Santísima!—exclamó don Rosendo poniéndose horriblemente

pálido. La frente se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le

flaquearon.

—No tenga usted miedo por lo que ya pasó, amigo. Bajemos a recibir a

Gonzalito.

Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,

rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabán que casi le

llegaba a los pies.

—¡Tío!

—¡Gonzalo!

Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.

También don Rosendo saludó con efusión al joven; pero estaba tan

preocupado con el peligro que había corrido su existencia, que al

instante volvió a ponerse sombrío y melancólico. Apenas pudo contestar a

las preguntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole instrucciones por

encargo del capitán.

Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo

más alto de la villa, señoreando una extensión inmensa de mar. Durante

el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese delante, y un poco acortado

hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.

—¿Cómo está doña Paula? ¿Le ha desaparecido la rija del ojo? ¿Y Pablo?

¿Continúa con la misma afición a los caballos? ¿Y Venturita? Estará

hecha una mujer ya, ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia está buena?—terminó

preguntando rápidamente.

A todas sus preguntas respondió el señor de Belinchón con monosílabos.

—¿Sabes, Gonzalo—dijo parándose de pronto,—que por un poco me mato

ahora mismo?

—¡Cómo!

Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,

cayó en una profunda consternación.

—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo

después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el

peligro del comerciante.

—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad,

querido?

—¡Hola! ¿Hay compañía?

—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo?

—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una

costilla.

—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un

suspiro.

En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a

cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste

la mano con visible tristeza.

—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses,

Gonzalo.

—Hasta mañana... Recuerdos.

El señor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente

la vuelta de la casa del primero. Cayó entonces sobre el viajero un

chaparrón de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino

todas ellas referentes al viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina

siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? El barco no cabecearía

mucho; viene bien cargado... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre

con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado a la salida de Liverpool?

¡Conozco, conozco el paño!

Respondía Gonzalo con distracción a las preguntas, que, por otra parte,

entendía a duras penas. Iba cabizbajo y melancólico. Observándolo al fin

su tío, se paró en firme y dijo:

—¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás triste.

—¿Yo? ¡Ca! No, señor.

—Juraría que sí.

Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dándose una palmada en

la frente, exclamó:

—¡Ya sé lo que tienes!

—¿Qué?

—Mal de la tierra. A mí me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba

en tierra después de algún viaje ¡me entraba una desazón, una tristeza,

un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres días hasta

que me iba acostumbrando. El caso es que tenía afán de llegar al puerto;

pero, una vez en él, echaba de menos la vida de a bordo. No sé lo que

tiene el mar que atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro!... ¡Aquel

movimiento!... ¡Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al

barco, ¿eh?—terminó diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba

su extremada perspicacia.

—Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy a decírselo en confianza...

es de ver a mi novia.

Don Melchor quedó asombrado.

—¿De veras?

—Lo que usted oye.

Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo:

—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo

voy a ver cómo se enmienda Domingo.

—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven

sonriendo.

El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio.

—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para

cenar.

—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba

lejos.—Quizá no cene.

El cuarto poder · 第 1 / 31 段