ciudad, y recoger por su cuenta cuanto oro, plata y telas preciosas
pudiese llevar consigo.
Yo subí á la ciudadela, y vi que allí estaba el palacio del rey. Entré
en el palacio por una gran puerta de oro macizo, levanté un gran
cortinaje de terciopelo, y advertí que todos los muebles y objetos eran
de plata y oro. Y en el patio y en los aposentos, los guardias y
chambelanes estaban de pie ó sentados, pero petrificados en vida. Y en
la última sala, llena de chambelanes, tenientes y visires, vi al rey
sentado en su trono, con un traje tan suntuoso y tan rico, que
desconcertaba, y aparecía rodeado de cincuenta mamalik con trajes de
seda y en la mano los alfanjes desnudos. El trono estaba incrustado de
perlas y pedrería, y cada perla brillaba como una estrella. Os aseguro
que me faltó poco para volverme loca.
Seguí andando, no obstante, y llegué á la sala del harén, que hubo de
parecerme más maravillosa todavía, pues era toda de oro, hasta las
celosías de las ventanas. Las paredes estaban forradas de tapices de
seda. En las puertas y en las ventanas pendían cortinajes de raso y
terciopelo. Y vi por fin, en medio de las esclavas petrificadas, á la
misma reina, con un vestido sembrado de perlas deslumbrantes,
enriquecida su corona por toda clase de piedras finas, ostentando
collares y redecillas de oro admirablemente cincelados. Y se hallaba
también convertida en una estatua de piedra negra.
Seguí andando, y encontré abierta una puerta, cuyas hojas eran de plata
virgen, y más allá una escalera de pórfido de siete peldaños, y al subir
esta escalera y llegar arriba, me hallé en un salón de mármol blanco,
cubierto de alfombras tejidas de oro, y en el centro, entre grandes
candelabros de oro, una tarima también de oro salpicada de esmeraldas y
turquesas, y sobre la tarima un lecho incrustado de perlas y pedrería,
cubierto con telas preciosas. Y en el fondo de la sala advertí una gran
luz, pero al acercarme me enteré de que era un brillante enorme, como un
huevo de avestruz, cuyas facetas despedían tanta claridad, que bastaba
su luz para alumbrar todo el aposento.
Los candelabros ardían vergonzosamente ante el esplendor de aquella
maravilla, y yo pensé: «Cuando estos candelabros arden, alguien los ha
encendido.»
Continué andando, y hube de penetrar asombrada en otros aposentos, sin
hallar á ningún ser viviente. Y tanto me absorbía esto, que me olvidé de
mi persona, de mi viaje, de mi nave y de mis hermanas. Y todavía seguía
maravillada, cuando la noche se echó encima. Entonces quise salir del
palacio; pero no di con la salida, y acabé por llegar á la sala donde
estaba el magnífico lecho y el brillante y los candelabros encendidos.
Me senté en el lecho, cubriéndome con la colcha de raso azul bordada de
plata y de perlas, y cogí el Libro Noble, nuestro Corán, que estaba
escrito en magníficos caracteres de oro y bermellón, é iluminado con
delicadas tintas, y me puse á leer algunos versículos para santificarme,
y dar gracias á Alah, y reprenderme; y cuando hube meditado en las
palabras del Profeta (¡Alah le bendiga!) me tendí para conciliar el
sueño, pero no pude lograrlo. Y el insomnio me tuvo despierta hasta
medianoche.
En aquel momento oí una voz dulce y simpática que recitaba el Corán.
Entonces me levanté y me dirigí hacia el sitio de donde provenía aquella
voz. Y acabé por llegar á un aposento cuya puerta aparecía abierta.
Entré con mucho cuidado, poniendo á la parte de afuera la antorcha que
me había alumbrado en el camino, y vi que aquello era un oratorio.
Estaba iluminado por lámparas de cristal verde que colgaban del techo, y
en el centro había un tapiz de oraciones extendido hacia Oriente, y allí
estaba sentado un hermoso joven que leía el Corán en alta voz,
acompasadamente.
Me sorprendió mucho, y no acertaba á comprender cómo había podido
librarse de la suerte de todos los otros. Entonces avancé un paso y le
dirigí mi saludo de paz, y él, volviéndose hacia mí y mirándome
fijamente, correspondió á mi saludo. Luego le dije: «¡Por la santa
verdad de los versículos del Corán que recitas, te conjuro á que
contestes á mi pregunta!»
Entonces, tranquilo y sonriendo con dulzura, me contestó: «Cuando
expliques quién eres, responderé á tus preguntas.» Le referí mi
historia, que le interesó mucho, y luego le interrogué por las
extraordinarias circunstancias que atravesaba la ciudad. Y él me dijo:
«Espera un momento.» Y cerró el Libro Noble, lo guardó en una bolsa de
seda y me hizo sentar á su lado. Entonces le miré atentamente, y vi que
era hermoso como la luna llena; sus mejillas parecían de cristal; su
cara tenía el color de los dátiles frescos, y estaba adornado de
perfecciones, cual si fuese aquel de quien habla el poeta en sus
estrofas:
_¡El que lee en los astros contemplaba la noche! ¡Y de pronto
surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:_
_¡Es él mismo Zohal[49], que dió á este astro la negra cabellera
destrenzada, semejante á un cometa!_
_¡En cuanto al carmesí de sus mejillas, Mirrikh[50] fué el
encargado de extenderlo! ¡Los rayos penetrantes de sus ojos son las
flechas mismas del Arquero de las siete estrellas!_
_¡Y Hutared[51] le otorgó su maravillosa sagacidad y Abylssuha su
valor de oro!_
_¡Y el astrólogo no supo qué pensar al verle, y se quedó perplejo!
¡Entonces, inclinándose hacia él, sonrió él astro!_
Al mirarle, experimentaba una profunda turbación de mis sentidos,
lamentando no haberle conocido antes, y en mi corazón se encendían como
ascuas. Y le dije: «¡Oh dueño y soberano mío, atiende á mi pregunta!» Y
él me contestó: «Escucho y obedezco.» Y me contó lo siguiente:
«Sabe, ¡oh mi honorable señora! que esta ciudad era de mi padre. Y la
habitaban todos sus parientes y súbditos. Mi padre es el rey que habrás
visto en su trono, transformado en estatua de piedra. Y la reina, que
también habrás visto, es mi madre. Ambos profesaban la religión de los
magos adoradores del terrible Nardún. Juraban por el fuego y la luz, por
la sombra y el calor, y por los astros que giran.
Mi padre estuvo mucho tiempo sin hijos. Yo nací á fines de su vida,
cuando traspuso ya el umbral de la vejez. Y fuí criado por él con mucho
esmero, y cuando fuí creciendo se me eligió para la verdadera felicidad.
Había en nuestro palacio una anciana musulmana que creía en Alah y en su
Enviado, pero ocultaba sus creencias y aparentaba estar conforme con las
de mis padres. Mi padre tenía en ella gran confianza, y muy generoso con
ella, la colmaba de su generosidad, creyendo que compartía su fe y su
religión. Me confió á ella, y le dijo: «Encárgate de su cuidado;
enséñale las leyes de nuestra religión del Fuego y dale una educación
excelente, atendiéndole en todo.»
Y la vieja se encargó de mí; pero me enseñó la religión del Islam, desde
los deberes de la purificación y de las abluciones, hasta las santas
fórmulas de la plegaria. Y me enseñó y explicó el Corán en la lengua del
Profeta. Y cuando hubo terminado de instruirme, me dijo: «¡Oh hijo mío!
Tienes que ocultar estas creencias á tu padre, profesándolas en secreto,
porque si no, te mataría.»
Callé, en efecto; y no hacía mucho que había terminado mi instrucción,
cuando falleció la santa anciana, repitiéndome su recomendación por
última vez. Y seguí en secreto siendo un creyente de Alah y de su
Profeta. Pero los habitantes de esta ciudad, obcecados por su rebelión y
su ceguera, persistían en la incredulidad. Y un día la voz de un muecín
invisible retumbó como el trueno, llegando á los oídos más distantes:
«¡Oh vosotros los que habitáis esta ciudad! ¡Renunciad á la adoración
del Fuego y de Nardún, y adorad al Rey Único y Poderoso!»
Al oir aquello se sobrecogieron todos y acudieron al palacio del rey,
exclamando: «¿Qué voz aterradora es esa que hemos oído? ¡Su amenaza nos
asusta!» Pero el rey les dijo: «No os aterréis y seguid firmemente
vuestras antiguas creencias.»
Entonces sus corazones se inclinaron á las palabras de mi padre, y no
dejaron de profesar la adoración del Fuego. Y siguieron en su error
hasta que llegó el aniversario del día en que habían oído la voz por
primera vez. Y la voz se hizo oir por segunda vez, y luego por tercera
vez, durante tres años seguidos. Pero á pesar de ello, no cesaron en su
extravío. Y una mañana, cuando apuntaba el día, la desdicha y la
maldición cayeron del cielo y los convirtió en estatuas de piedra negra,
corriendo la misma suerte sus caballos y sus mulos, sus camellos y sus
ganados. Y de todos sus habitantes fui el único que se salvó de esta
desgracia. Porque era el único creyente.
Desde aquel día me consagro á la oración, al ayuno y á la lectura del
Corán.
Pero he de confesarte, ¡oh mi honorable dama llena de perfecciones! que
ya estoy cansado de esta soledad en que me encuentro, y quisiera tener
junto á mí á alguien que me acompañase.»
Entonces le dije:
«¡Oh joven dotado de cualidades! ¿Por qué no vienes conmigo á la ciudad
de Bagdad? Allí encontrarás sabios y venerables jeques versados en las
leyes y en la religión. En su compañía aumentarás tu ciencia y tus
conocimientos de derecho divino, y yo, á pesar de mi rango, seré tu
esclava y tu cosa. Poseo numerosa servidumbre, y mía es la nave que hay
ahora en el puerto abarrotada de mercancías. El Destino nos arrojó á
estas costas para que conociésemos la población y ocasionarnos la
presente aventura. La suerte, pues, quiso reunimos.»
Y no dejé de instarle á marchar conmigo, hasta que aceptó mi ruego...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 17.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la joven Zobeida no dejó de
instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla, hasta que éste
consintió.
Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos. Y
la joven Zobeida se acostó entonces y durmió á los pies del príncipe.
¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!»
Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún
Al-Rachid, Giafar y los tres saalik:
* * * * *
«Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos á revisar los tesoros,
cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían
más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciudad, donde
encontramos al capitán y á mis esclavos, que me buscaban desde el día
antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi
ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven y
la causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad, con todos
sus detalles. Y mi relato les sorprendió mucho.
En cuanto á mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven
tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaron
secretamente la perfidia contra mí.
Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumentaba el
cariño del príncipe. Esperamos á que nos fuera propicio el viento,
desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: «¡Oh
hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?» Y les
contesté: «Mi propósito es que nos casemos.» Y acercándome á él, le
declaré: «¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego
que no me rechaces.» Y entonces me respondió: «Escucho y obedezco.» Al
oirlo, me volví hacia mis hermanas y les dije: «No quiero más bienes que
á este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan á ser de vuestra
propiedad.» Y me contestaron: «Tu voluntad es nuestro gusto.» Pero se
reservaban la traición y el daño.
Continuamos navegando con viento favorable, y salimos del mar del
Terror, entrando en el de la Seguridad. Aún navegamos por él algunos
días, hasta llegar cerca de la ciudad de Basrah, cuyos edificios se
divisaban á lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la
nave y no tardamos en dormirnos.
Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y cogiéndonos á mí y
al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se
ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los
mártires. En cuanto á mí, estaba escrito que me salvaría, pues apenas
caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con
el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de una isla próxima. Puse á
secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché á
andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había
huellas de pasos de seres humanos, hijos de Adán. Este camino comenzaba
en la playa y se internaba en la isla. Entonces, después de ponerme los
vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar á la orilla opuesta, desde la
que se veía en lontananza la ciudad de Basrah. Y de pronto advertí una
culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y
grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua
le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme
á la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso, la
culebra desplegó dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo
llegué al límite del asombro.
Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio y dormí
próximamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada á mis
plantas á una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies.
Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues
ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: «¿Quién eres y
qué quieres?» Y me contestó: «Me he apresurado á venir á tu lado, porque
me has hecho un gran favor matando á mi enemigo. Soy la culebra á quien
libraste de la serpiente. Yo soy una efrita. Aquella serpiente era un
efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado
de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me
dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he
encantado en forma de perras negras, y te las he traído.» Entonces vi
las dos perras atadas á un árbol detrás de mí. Luego, la efrita
prosiguió: «En seguida llevé á tu casa de Bagdad todas las riquezas que
había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave á pique.
En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte.
¡Porque Alah es el único Resucitador!»
Dicho esto, me cogió en brazos, desató á mis hermanas, las cogió
también, y volando nos transportó á las tres, sanas y salvas, á la
azotea de mi casa de Bagdad, ó sea aquí mismo.
Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas
que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado.
Después me dijo la efrita: «¡Por la inscripción santa del sello de
Soleimán, te conjuro á que todos los días pegues á cada perra
trescientos azotes! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te
convertiré también en perra.»
Y tuve que contestarle: «Escucho y obedezco.» Y desde entonces, ¡oh
Príncipe de los Creyentes! las empecé á azotar, para besarlas después
llena de dolor por tener que castigarlas.
Y tal es mi historia. Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que
mi hermana Amina te va á contar la suya, que es aún más sorprendente que
la mía.»
Ante este relato, el califa Harún Al-Rachid llegó hasta el límite más
extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por
eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la
noche anterior, y le dijo: «Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la
causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo.»
Historia de Amina, la segunda joven
[imagen]
Al oir estas palabras del califa, la joven Amina avanzó un paso, y llena
de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:
«¡Oh Emir de los Creyentes! No te repetiré las palabras de Zobeida
acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre murió,
yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos á vivir
solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos
marcharon con la suya.
Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la
ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo
esposo, dejándome como parte legal de herencia, según ordena nuestro
código oficial, ochenta mil dinares de oro. Me apresuré á comprarme con
ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares. Y no hube de
carecer absolutamente de nada.
Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino á visitarme
una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara era
más fea que el trasero de un viejo; tenía la nariz aplastada, peladas
las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, y le goteaba la
nariz. Bien la describió el poeta:
_¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis, le enseñaría todos los
fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio
únicamente! ¡Podría desenredar á mil mulos que se hubieran enredado
en una telaraña, y no rompería la tela!_
_¡Sabe echar sortilegios y cometer todos los horrores: le ha hecho
cosquillas en el ano á una niña; cohabitó con un adolescente; ha
fornicado con una mujer madura, y excitó hasta lo increíble á una
anciana!_
La vieja me saludó y me dijo: «¡Oh señora llena de gracias y cualidades!
Tengo en mi casa á una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo á
rogarte (¡Alah otorgará la recompensa á tu bondad!) que te dignes
honrarnos asistiendo á la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan
humilde, que no conoce á nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la
protección del Altísimo.» Y después la vieja se echó á llorar y comenzó
á besarme los pies. Yo, que no conocía su perfidia, sentí lástima de
ella, y le dije: «Escucho y obedezco.» Entonces dijo: «Ahora me ausento,
con tu venia, y entretanto vístete, pues al anochecer volveré á
buscarte.» Y besándome la mano, se marchó.
Fuí entonces al hammam y me perfumé; después elegí el más hermoso de mis
diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis
brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran velo azul
de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego
de prolongarme los ojos con khol. Y he aquí que volvió la vieja y me
dijo: «¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del
esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura
llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia.» Llevé
conmigo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar á
una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos
un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de mármol y
sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un
palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegadas á
la puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y á la entrada encontramos un
corredor revestido de tapices y colgaduras. Colgaban del artesonado
lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros
encendidos también y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales
preciosos. Atravesamos este corredor, y llegamos á una sala tan
maravillosa, que sería inútil describirla.
En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un lecho de
mármol incrustado de perlas y cubierto con un mosquitero de raso.
Entonces vimos salir del lecho una joven tan bella como la luna. Y me
dijo: «¡Marhaba! ¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor
honor humano! ¡Anastina![52]. ¡Eres nuestro dulce consuelo, nuestro
orgullo! Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:
_¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita de huésped
tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante
la huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!_
_¡Y exclamarían en su lengua: «¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor á las
personas adornadas de grandeza y de generosidad!»_
Luego se sentó, y me dijo: «¡Oh hermana mía! He de anunciarte que tengo
un hermano, que te vió cierto día en una boda. Y este joven es muy
gentil y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche te ama con
todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente. Y él es quien ha
dado dinero á la vieja para que fuese á tu casa y te trajese aquí con el
pretexto que ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi
casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año
bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas
cosas, porque son lícitas.»
Cuando oí tales palabras y me vi conocida y estimada en aquella mansión,
le dije á la joven: «Escucho y obedezco.» Entonces, mostrando una gran
alegría, dió varias palmadas. Y á esta señal, se abrió una puerta y
entró un joven como la luna, según dijo el poeta:
_¡Ha llegado á tal grado de hermosura, que se ha convertido en una
obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente
la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!_
_¡Ha llegado á la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres
si enloquece de amor á todos los humanos!_
_¡Su hermosura resplandece á la vista, por estar inscrita en sus
facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!_
Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven
avanzó y fué á sentarse junto á su hermana, y en seguida entró el kadí
con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí
escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos
estamparon sus sellos, y se fueron todos.
Entonces el joven se me acercó, y me dijo: «¡Sea nuestra noche una noche
bendita!» Y luego añadió: «¡Oh señora mía! quisiera imponerte una
condición.» Yo le contesté: «Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?»
Entonces se incorporó, trajo el Libro Sagrado, y me dijo: «Vas á jurar
por el Corán que nunca elegirás á otro mas que á mí, ni sentirás
inclinación hacia otro.» Y yo juré observar la condición aquella. Al
oirme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que
su amor me penetraba en las entrañas y hasta el fondo de mi corazón.
En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la
saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho.
Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de
día.
Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al concluir
este mes, pedí permiso á mi marido para ir al zoco y comprar algunas
telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo á la
vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré á
la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho
por la buena calidad de sus géneros y á quien conocía de muy antiguo. Y
añadió: «Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su
padre.» Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: «Saca lo mejor
y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama.» Y
dijo él: «Escucho y obedezco.» Y la vieja, mientras el mercader
desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciéndome observar sus
cualidades, y yo le dije: «Nada me importan sus cualidades ni los
elogios que le diriges, pues no hemos venido mas que á comprar lo que
necesitamos, para volvernos luego á casa.»