Y nos separamos, para recorrer cada cual á su gusto las calles de la

ciudad, y recoger por su cuenta cuanto oro, plata y telas preciosas

pudiese llevar consigo.

Yo subí á la ciudadela, y vi que allí estaba el palacio del rey. Entré

en el palacio por una gran puerta de oro macizo, levanté un gran

cortinaje de terciopelo, y advertí que todos los muebles y objetos eran

de plata y oro. Y en el patio y en los aposentos, los guardias y

chambelanes estaban de pie ó sentados, pero petrificados en vida. Y en

la última sala, llena de chambelanes, tenientes y visires, vi al rey

sentado en su trono, con un traje tan suntuoso y tan rico, que

desconcertaba, y aparecía rodeado de cincuenta mamalik con trajes de

seda y en la mano los alfanjes desnudos. El trono estaba incrustado de

perlas y pedrería, y cada perla brillaba como una estrella. Os aseguro

que me faltó poco para volverme loca.

Seguí andando, no obstante, y llegué á la sala del harén, que hubo de

parecerme más maravillosa todavía, pues era toda de oro, hasta las

celosías de las ventanas. Las paredes estaban forradas de tapices de

seda. En las puertas y en las ventanas pendían cortinajes de raso y

terciopelo. Y vi por fin, en medio de las esclavas petrificadas, á la

misma reina, con un vestido sembrado de perlas deslumbrantes,

enriquecida su corona por toda clase de piedras finas, ostentando

collares y redecillas de oro admirablemente cincelados. Y se hallaba

también convertida en una estatua de piedra negra.

Seguí andando, y encontré abierta una puerta, cuyas hojas eran de plata

virgen, y más allá una escalera de pórfido de siete peldaños, y al subir

esta escalera y llegar arriba, me hallé en un salón de mármol blanco,

cubierto de alfombras tejidas de oro, y en el centro, entre grandes

candelabros de oro, una tarima también de oro salpicada de esmeraldas y

turquesas, y sobre la tarima un lecho incrustado de perlas y pedrería,

cubierto con telas preciosas. Y en el fondo de la sala advertí una gran

luz, pero al acercarme me enteré de que era un brillante enorme, como un

huevo de avestruz, cuyas facetas despedían tanta claridad, que bastaba

su luz para alumbrar todo el aposento.

Los candelabros ardían vergonzosamente ante el esplendor de aquella

maravilla, y yo pensé: «Cuando estos candelabros arden, alguien los ha

encendido.»

Continué andando, y hube de penetrar asombrada en otros aposentos, sin

hallar á ningún ser viviente. Y tanto me absorbía esto, que me olvidé de

mi persona, de mi viaje, de mi nave y de mis hermanas. Y todavía seguía

maravillada, cuando la noche se echó encima. Entonces quise salir del

palacio; pero no di con la salida, y acabé por llegar á la sala donde

estaba el magnífico lecho y el brillante y los candelabros encendidos.

Me senté en el lecho, cubriéndome con la colcha de raso azul bordada de

plata y de perlas, y cogí el Libro Noble, nuestro Corán, que estaba

escrito en magníficos caracteres de oro y bermellón, é iluminado con

delicadas tintas, y me puse á leer algunos versículos para santificarme,

y dar gracias á Alah, y reprenderme; y cuando hube meditado en las

palabras del Profeta (¡Alah le bendiga!) me tendí para conciliar el

sueño, pero no pude lograrlo. Y el insomnio me tuvo despierta hasta

medianoche.

En aquel momento oí una voz dulce y simpática que recitaba el Corán.

Entonces me levanté y me dirigí hacia el sitio de donde provenía aquella

voz. Y acabé por llegar á un aposento cuya puerta aparecía abierta.

Entré con mucho cuidado, poniendo á la parte de afuera la antorcha que

me había alumbrado en el camino, y vi que aquello era un oratorio.

Estaba iluminado por lámparas de cristal verde que colgaban del techo, y

en el centro había un tapiz de oraciones extendido hacia Oriente, y allí

estaba sentado un hermoso joven que leía el Corán en alta voz,

acompasadamente.

Me sorprendió mucho, y no acertaba á comprender cómo había podido

librarse de la suerte de todos los otros. Entonces avancé un paso y le

dirigí mi saludo de paz, y él, volviéndose hacia mí y mirándome

fijamente, correspondió á mi saludo. Luego le dije: «¡Por la santa

verdad de los versículos del Corán que recitas, te conjuro á que

contestes á mi pregunta!»

Entonces, tranquilo y sonriendo con dulzura, me contestó: «Cuando

expliques quién eres, responderé á tus preguntas.» Le referí mi

historia, que le interesó mucho, y luego le interrogué por las

extraordinarias circunstancias que atravesaba la ciudad. Y él me dijo:

«Espera un momento.» Y cerró el Libro Noble, lo guardó en una bolsa de

seda y me hizo sentar á su lado. Entonces le miré atentamente, y vi que

era hermoso como la luna llena; sus mejillas parecían de cristal; su

cara tenía el color de los dátiles frescos, y estaba adornado de

perfecciones, cual si fuese aquel de quien habla el poeta en sus

estrofas:

_¡El que lee en los astros contemplaba la noche! ¡Y de pronto

surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:_

_¡Es él mismo Zohal[49], que dió á este astro la negra cabellera

destrenzada, semejante á un cometa!_

_¡En cuanto al carmesí de sus mejillas, Mirrikh[50] fué el

encargado de extenderlo! ¡Los rayos penetrantes de sus ojos son las

flechas mismas del Arquero de las siete estrellas!_

_¡Y Hutared[51] le otorgó su maravillosa sagacidad y Abylssuha su

valor de oro!_

_¡Y el astrólogo no supo qué pensar al verle, y se quedó perplejo!

¡Entonces, inclinándose hacia él, sonrió él astro!_

Al mirarle, experimentaba una profunda turbación de mis sentidos,

lamentando no haberle conocido antes, y en mi corazón se encendían como

ascuas. Y le dije: «¡Oh dueño y soberano mío, atiende á mi pregunta!» Y

él me contestó: «Escucho y obedezco.» Y me contó lo siguiente:

«Sabe, ¡oh mi honorable señora! que esta ciudad era de mi padre. Y la

habitaban todos sus parientes y súbditos. Mi padre es el rey que habrás

visto en su trono, transformado en estatua de piedra. Y la reina, que

también habrás visto, es mi madre. Ambos profesaban la religión de los

magos adoradores del terrible Nardún. Juraban por el fuego y la luz, por

la sombra y el calor, y por los astros que giran.

Mi padre estuvo mucho tiempo sin hijos. Yo nací á fines de su vida,

cuando traspuso ya el umbral de la vejez. Y fuí criado por él con mucho

esmero, y cuando fuí creciendo se me eligió para la verdadera felicidad.

Había en nuestro palacio una anciana musulmana que creía en Alah y en su

Enviado, pero ocultaba sus creencias y aparentaba estar conforme con las

de mis padres. Mi padre tenía en ella gran confianza, y muy generoso con

ella, la colmaba de su generosidad, creyendo que compartía su fe y su

religión. Me confió á ella, y le dijo: «Encárgate de su cuidado;

enséñale las leyes de nuestra religión del Fuego y dale una educación

excelente, atendiéndole en todo.»

Y la vieja se encargó de mí; pero me enseñó la religión del Islam, desde

los deberes de la purificación y de las abluciones, hasta las santas

fórmulas de la plegaria. Y me enseñó y explicó el Corán en la lengua del

Profeta. Y cuando hubo terminado de instruirme, me dijo: «¡Oh hijo mío!

Tienes que ocultar estas creencias á tu padre, profesándolas en secreto,

porque si no, te mataría.»

Callé, en efecto; y no hacía mucho que había terminado mi instrucción,

cuando falleció la santa anciana, repitiéndome su recomendación por

última vez. Y seguí en secreto siendo un creyente de Alah y de su

Profeta. Pero los habitantes de esta ciudad, obcecados por su rebelión y

su ceguera, persistían en la incredulidad. Y un día la voz de un muecín

invisible retumbó como el trueno, llegando á los oídos más distantes:

«¡Oh vosotros los que habitáis esta ciudad! ¡Renunciad á la adoración

del Fuego y de Nardún, y adorad al Rey Único y Poderoso!»

Al oir aquello se sobrecogieron todos y acudieron al palacio del rey,

exclamando: «¿Qué voz aterradora es esa que hemos oído? ¡Su amenaza nos

asusta!» Pero el rey les dijo: «No os aterréis y seguid firmemente

vuestras antiguas creencias.»

Entonces sus corazones se inclinaron á las palabras de mi padre, y no

dejaron de profesar la adoración del Fuego. Y siguieron en su error

hasta que llegó el aniversario del día en que habían oído la voz por

primera vez. Y la voz se hizo oir por segunda vez, y luego por tercera

vez, durante tres años seguidos. Pero á pesar de ello, no cesaron en su

extravío. Y una mañana, cuando apuntaba el día, la desdicha y la

maldición cayeron del cielo y los convirtió en estatuas de piedra negra,

corriendo la misma suerte sus caballos y sus mulos, sus camellos y sus

ganados. Y de todos sus habitantes fui el único que se salvó de esta

desgracia. Porque era el único creyente.

Desde aquel día me consagro á la oración, al ayuno y á la lectura del

Corán.

Pero he de confesarte, ¡oh mi honorable dama llena de perfecciones! que

ya estoy cansado de esta soledad en que me encuentro, y quisiera tener

junto á mí á alguien que me acompañase.»

Entonces le dije:

«¡Oh joven dotado de cualidades! ¿Por qué no vienes conmigo á la ciudad

de Bagdad? Allí encontrarás sabios y venerables jeques versados en las

leyes y en la religión. En su compañía aumentarás tu ciencia y tus

conocimientos de derecho divino, y yo, á pesar de mi rango, seré tu

esclava y tu cosa. Poseo numerosa servidumbre, y mía es la nave que hay

ahora en el puerto abarrotada de mercancías. El Destino nos arrojó á

estas costas para que conociésemos la población y ocasionarnos la

presente aventura. La suerte, pues, quiso reunimos.»

Y no dejé de instarle á marchar conmigo, hasta que aceptó mi ruego...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 17.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la joven Zobeida no dejó de

instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla, hasta que éste

consintió.

Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos. Y

la joven Zobeida se acostó entonces y durmió á los pies del príncipe.

¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!»

Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún

Al-Rachid, Giafar y los tres saalik:

* * * * *

«Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos á revisar los tesoros,

cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían

más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciudad, donde

encontramos al capitán y á mis esclavos, que me buscaban desde el día

antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi

ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven y

la causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad, con todos

sus detalles. Y mi relato les sorprendió mucho.

En cuanto á mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven

tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaron

secretamente la perfidia contra mí.

Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumentaba el

cariño del príncipe. Esperamos á que nos fuera propicio el viento,

desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: «¡Oh

hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?» Y les

contesté: «Mi propósito es que nos casemos.» Y acercándome á él, le

declaré: «¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego

que no me rechaces.» Y entonces me respondió: «Escucho y obedezco.» Al

oirlo, me volví hacia mis hermanas y les dije: «No quiero más bienes que

á este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan á ser de vuestra

propiedad.» Y me contestaron: «Tu voluntad es nuestro gusto.» Pero se

reservaban la traición y el daño.

Continuamos navegando con viento favorable, y salimos del mar del

Terror, entrando en el de la Seguridad. Aún navegamos por él algunos

días, hasta llegar cerca de la ciudad de Basrah, cuyos edificios se

divisaban á lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la

nave y no tardamos en dormirnos.

Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y cogiéndonos á mí y

al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se

ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los

mártires. En cuanto á mí, estaba escrito que me salvaría, pues apenas

caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con

el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de una isla próxima. Puse á

secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché á

andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había

huellas de pasos de seres humanos, hijos de Adán. Este camino comenzaba

en la playa y se internaba en la isla. Entonces, después de ponerme los

vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar á la orilla opuesta, desde la

que se veía en lontananza la ciudad de Basrah. Y de pronto advertí una

culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y

grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua

le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme

á la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso, la

culebra desplegó dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo

llegué al límite del asombro.

Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio y dormí

próximamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada á mis

plantas á una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies.

Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues

ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: «¿Quién eres y

qué quieres?» Y me contestó: «Me he apresurado á venir á tu lado, porque

me has hecho un gran favor matando á mi enemigo. Soy la culebra á quien

libraste de la serpiente. Yo soy una efrita. Aquella serpiente era un

efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado

de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me

dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he

encantado en forma de perras negras, y te las he traído.» Entonces vi

las dos perras atadas á un árbol detrás de mí. Luego, la efrita

prosiguió: «En seguida llevé á tu casa de Bagdad todas las riquezas que

había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave á pique.

En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte.

¡Porque Alah es el único Resucitador!»

Dicho esto, me cogió en brazos, desató á mis hermanas, las cogió

también, y volando nos transportó á las tres, sanas y salvas, á la

azotea de mi casa de Bagdad, ó sea aquí mismo.

Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas

que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado.

Después me dijo la efrita: «¡Por la inscripción santa del sello de

Soleimán, te conjuro á que todos los días pegues á cada perra

trescientos azotes! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te

convertiré también en perra.»

Y tuve que contestarle: «Escucho y obedezco.» Y desde entonces, ¡oh

Príncipe de los Creyentes! las empecé á azotar, para besarlas después

llena de dolor por tener que castigarlas.

Y tal es mi historia. Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que

mi hermana Amina te va á contar la suya, que es aún más sorprendente que

la mía.»

Ante este relato, el califa Harún Al-Rachid llegó hasta el límite más

extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por

eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la

noche anterior, y le dijo: «Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la

causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo.»

Historia de Amina, la segunda joven

[imagen]

Al oir estas palabras del califa, la joven Amina avanzó un paso, y llena

de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:

«¡Oh Emir de los Creyentes! No te repetiré las palabras de Zobeida

acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre murió,

yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos á vivir

solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos

marcharon con la suya.

Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la

ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo

esposo, dejándome como parte legal de herencia, según ordena nuestro

código oficial, ochenta mil dinares de oro. Me apresuré á comprarme con

ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares. Y no hube de

carecer absolutamente de nada.

Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino á visitarme

una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara era

más fea que el trasero de un viejo; tenía la nariz aplastada, peladas

las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, y le goteaba la

nariz. Bien la describió el poeta:

_¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis, le enseñaría todos los

fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio

únicamente! ¡Podría desenredar á mil mulos que se hubieran enredado

en una telaraña, y no rompería la tela!_

_¡Sabe echar sortilegios y cometer todos los horrores: le ha hecho

cosquillas en el ano á una niña; cohabitó con un adolescente; ha

fornicado con una mujer madura, y excitó hasta lo increíble á una

anciana!_

La vieja me saludó y me dijo: «¡Oh señora llena de gracias y cualidades!

Tengo en mi casa á una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo á

rogarte (¡Alah otorgará la recompensa á tu bondad!) que te dignes

honrarnos asistiendo á la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan

humilde, que no conoce á nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la

protección del Altísimo.» Y después la vieja se echó á llorar y comenzó

á besarme los pies. Yo, que no conocía su perfidia, sentí lástima de

ella, y le dije: «Escucho y obedezco.» Entonces dijo: «Ahora me ausento,

con tu venia, y entretanto vístete, pues al anochecer volveré á

buscarte.» Y besándome la mano, se marchó.

Fuí entonces al hammam y me perfumé; después elegí el más hermoso de mis

diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis

brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran velo azul

de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego

de prolongarme los ojos con khol. Y he aquí que volvió la vieja y me

dijo: «¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del

esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura

llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia.» Llevé

conmigo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar á

una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos

un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de mármol y

sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un

palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegadas á

la puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y á la entrada encontramos un

corredor revestido de tapices y colgaduras. Colgaban del artesonado

lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros

encendidos también y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales

preciosos. Atravesamos este corredor, y llegamos á una sala tan

maravillosa, que sería inútil describirla.

En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un lecho de

mármol incrustado de perlas y cubierto con un mosquitero de raso.

Entonces vimos salir del lecho una joven tan bella como la luna. Y me

dijo: «¡Marhaba! ¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor

honor humano! ¡Anastina![52]. ¡Eres nuestro dulce consuelo, nuestro

orgullo! Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:

_¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita de huésped

tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante

la huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!_

_¡Y exclamarían en su lengua: «¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor á las

personas adornadas de grandeza y de generosidad!»_

Luego se sentó, y me dijo: «¡Oh hermana mía! He de anunciarte que tengo

un hermano, que te vió cierto día en una boda. Y este joven es muy

gentil y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche te ama con

todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente. Y él es quien ha

dado dinero á la vieja para que fuese á tu casa y te trajese aquí con el

pretexto que ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi

casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año

bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas

cosas, porque son lícitas.»

Cuando oí tales palabras y me vi conocida y estimada en aquella mansión,

le dije á la joven: «Escucho y obedezco.» Entonces, mostrando una gran

alegría, dió varias palmadas. Y á esta señal, se abrió una puerta y

entró un joven como la luna, según dijo el poeta:

_¡Ha llegado á tal grado de hermosura, que se ha convertido en una

obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente

la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!_

_¡Ha llegado á la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres

si enloquece de amor á todos los humanos!_

_¡Su hermosura resplandece á la vista, por estar inscrita en sus

facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!_

Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven

avanzó y fué á sentarse junto á su hermana, y en seguida entró el kadí

con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí

escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos

estamparon sus sellos, y se fueron todos.

Entonces el joven se me acercó, y me dijo: «¡Sea nuestra noche una noche

bendita!» Y luego añadió: «¡Oh señora mía! quisiera imponerte una

condición.» Yo le contesté: «Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?»

Entonces se incorporó, trajo el Libro Sagrado, y me dijo: «Vas á jurar

por el Corán que nunca elegirás á otro mas que á mí, ni sentirás

inclinación hacia otro.» Y yo juré observar la condición aquella. Al

oirme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que

su amor me penetraba en las entrañas y hasta el fondo de mi corazón.

En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la

saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho.

Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de

día.

Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al concluir

este mes, pedí permiso á mi marido para ir al zoco y comprar algunas

telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo á la

vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré á

la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho

por la buena calidad de sus géneros y á quien conocía de muy antiguo. Y

añadió: «Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su

padre.» Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: «Saca lo mejor

y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama.» Y

dijo él: «Escucho y obedezco.» Y la vieja, mientras el mercader

desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciéndome observar sus

cualidades, y yo le dije: «Nada me importan sus cualidades ni los

elogios que le diriges, pues no hemos venido mas que á comprar lo que

necesitamos, para volvernos luego á casa.»

El libro de las mil noches y una noche; t. 1 · 第 12 / 14 段