dijeron: «¡Oh señor! Entra en esta morada, donde serás bien acogido.»
Entré con ellos, y atravesamos muchas salas revestidas con telas de
raso. En el centro de la última, que era la más hermosa y espaciosa de
todas, había diez lechos magníficos formados con alfombras y colchones,
y entre aquéllos otra alfombra, pero sin colchón, y tan rica como las
demás. Y el anciano se sentó en ésta, y cada uno de los diez jóvenes en
la suya, y me dijeron: «¡Oh señor! Siéntate en el testero de la sala, y
no nos preguntes acerca de lo que aquí veas.»
A los pocos momentos se levantó el viejo, salió y volvió varias veces,
llevando manjares y bebidas, de lo cual comimos y bebimos todos.
Después recogió las sobras el anciano, y se sentó de nuevo. Y los
jóvenes le preguntaron: «¿Cómo te sientas sin traernos lo necesario para
cumplir nuestros deberes?» Y el anciano, sin replicar palabra, se
levantó y salió diez veces, trayendo cada vez sobre la cabeza una
palangana cubierta con un paño de raso y en la mano un farol, que fué
colocando delante de cada joven. Y á mí no me dió nada, lo cual hubo de
contrariarme.
Pero cuando levantaron las telas de raso, vi que las jofainas sólo
contenían ceniza, polvo de carbón y khol. Se echaron la ceniza en la
cabeza, el carbón en la cara y el khol en el ojo derecho, y empezaron á
lamentarse y á llorar, mientras decían: «¡Sufrimos lo que merecemos por
nuestras culpas y nuestra desobediencia!» Y aquella lamentación
prosiguió hasta cerca del amanecer. Entonces se lavaron en nuevas
palanganas que les llevó el viejo, se pusieron otros trajes, y quedaron
como antes de la extraña ceremonia.
Por más que aquello, ¡oh señora mía! me asombrase con el más
considerable asombro, no me atreví á preguntar nada, pues así me lo
habían ordenado. Y á la noche siguiente hicieron lo mismo que la
primera, y lo mismo á la tercera y á la cuarta. Entonces ya no pude
callar más, y exclamé: «¡Oh mis señores! Os ruego que me digáis por qué
sois todos tuertos y á qué obedece el que os echéis por la cabeza
ceniza, carbón y khol, pues, ¡por Alah! prefiero la muerte á la
incertidumbre en que me habéis sumido.» Entonces ellos replicaron:
«¿Sabes que lo que pides es tu perdición?» Y yo contesté: «Venga mi
perdición, antes que la duda.» Pero ellos me dijeron: «¡Cuidado con tu
ojo izquierdo!» Y yo respondí: «No necesito el ojo izquierdo si he de
seguir en esta perplejidad.» Y por fin exclamaron: «¡Cúmplase tu
destino! Te sucederá lo que nos sucedió; mas no te quejes, que la culpa
es tuya. Y después de perdido el ojo izquierdo, no podrás venir con
nosotros, porque ya somos diez y no hay sitio para el undécimo.»
Dicho esto, el anciano trajo un carnero vivo. Lo degollaron, le
arrancaron la piel, y después de limpiarla cuidadosamente, me dijeron:
«Vamos á coserte dentro de esa piel, y te colocaremos en la azotea del
palacio. El enorme buitre llamado Rock, capaz de arrebatar un elefante,
te levantará hasta las nubes, tomándote por un carnero de veras, y para
devorarte te llevará á la cumbre de una montaña muy alta, inaccesible á
todos los seres humanos. Entonces con este cuchillo, de que puedes
armarte, rasgarás la piel de carnero, saldrás de ella, y el terrible
Rock, que no ataca á los hombres, desaparecerá de tu vista. Echa después
á andar, hasta que encuentres un palacio diez veces mayor que el nuestro
y mil veces más suntuoso. Está revestido de chapas de oro, sus muros se
cubren de pedrería, especialmente de perlas y esmeraldas. Entra por una
puerta abierta á todas horas, como nosotros entramos una vez, y ya verás
lo que vieres. Allí nos dejamos todos el ojo izquierdo. Desde entonces
soportamos el castigo merecido y expiamos nuestra culpa haciendo todas
las noches lo que viste. Esa es, en resumen, nuestra historia, que más
detallada llenaría todas las páginas de un gran libro cuadrado. Y ahora,
¡cúmplase tu destino!»
Y como persistiera en mi resolución, diéronme el cuchillo, me cosieron
dentro de la piel de carnero, me colocaron en la azotea y se marcharon.
Y de pronto noté que cargaba conmigo el terrible Rock, remontando el
vuelo, y en cuanto comprendí que me había depositado en la cumbre de la
montaña, rasgué con el cuchillo la piel que me cubría, y salí de debajo
de ella dando gritos para asustar al terrible Rock. Y se alejó volando
pesadamente, y vi que era todo blanco, tan ancho como diez elefantes y
más largo que veinte camellos.
Entonces eché á andar muy de prisa, pues me torturaba la impaciencia por
llegar al palacio. Al verlo, á pesar de la descripción hecha por los
diez jóvenes, me quedé admirado hasta el límite de la admiración. Era
mucho más suntuoso de lo que me habían dicho. La puerta principal, toda
de oro, por la cual entré, tenía á los lados noventa y nueve puertas de
maderas preciosas, de áloe y de sándalo. Las puertas de las salas eran
de ébano con incrustaciones de oro y de diamantes. Y estas puertas
conducían á los salones y á los jardines, donde se acumulaban todas las
riquezas de la tierra y del mar.
No bien llegué á la primera habitación, me vi rodeado de cuarenta
jóvenes, de una belleza tan asombrosa, que perdí la noción de mí mismo,
y mis ojos no sabían á cuál dirigirse con preferencia á las demás, y me
entró tal admiración, que hube de detenerme, sintiendo que me daba
vueltas la cabeza.
Entonces todas se levantaron al verme, y con voz armoniosa me dijeron:
«¡Que nuestra casa sea la tuya, ¡oh convidado nuestro! ¡Tu sitio está
sobre nuestras cabezas y nuestros ojos!» Y me ofrecieron asiento en un
estrado magnífico, sentándose ellas más abajo en las alfombras, y me
dijeron: «¡Oh señor, somos tus esclavas, tu cosa, y tú eres nuestro
dueño y la corona de nuestras cabezas!»
Luego todas se pusieron á servirme: una trajo agua caliente y toallas, y
me lavó los pies; otra me echó en las manos agua perfumada, que vertía
de un jarro de oro; la tercera me vistió un traje de seda con cinturón
bordado de oro y plata, y la cuarta me presentó una copa llena de
exquisita bebida aromatizada con flores. Y ésta me miraba, aquélla me
sonreía, la de aquí me guiñaba los ojos, la de más allá me recitaba
versos, otra abría los brazos, extendiéndolos perezosamente delante de
mí, y aquella otra hacía ondular su talle sobre sus muslos. Y la una
suspiraba: «¡Ay!», y la otra: «¡Huy!», y esta me decía: «¡Ojos míos!»,
la de más allá: «¡Oh alma mía!», la otra: «¡Entraña de mi vida!», y la
otra: «¡Oh llama de mi corazón!»
Después se me acercaron todas, y comenzaron á acariciarme, y me dijeron:
«¡Oh convidado nuestro, cuéntanos tu historia, porque estamos sin ningún
hombre hace tiempo, y nuestra dicha será ahora completa!» Entonces hube
de tranquilizarme, y les conté una parte de mi historia, hasta que
empezó á anochecer.
Inmediatamente encendieron numerosas bujías, y la sala quedó iluminada
como por el más espléndido sol. Luego pusieron los manteles, sirvieron
los manjares más exquisitos y las bebidas más embriagadoras, y unas
tañían instrumentos melodiosos, cantando con encantadora voz, otras
bailaban, y yo seguía comiendo.
Después de estas diversiones, me dijeron: «¡Oh querido de nuestros ojos,
llegó la hora de la cama y del placer positivo! Escoge entre nosotras la
que quieras, y no temas ofendernos, pues á cada una le tocará la vez una
noche. Somos cuarenta hermanas, y cada una volverá después á jugar
contigo todas las noches en el lecho.»
Yo, señora mía, no sabía cuál elegir, pues todas eran igualmente
deseables. A ciegas alargué los brazos y cogí á una; ¡pero al abrir los
ojos, los volví á cerrar, deslumbrado por su hermosura! Entonces aquella
joven me asió de la mano y me llevó á la cama. Y pasé con ella toda la
noche. Le di cuarenta asaltos de verdadero asaltador y correspondió á
ellos, y cada vez me decía: «¡Ay, ojos míos! ¡Ay, alma mía!» Y me
acariciaba, y la mordía yo, y ella me pellizcaba, y así durante toda la
noche.
Las siguientes, ¡oh señora mía! se deslizaron de la misma manera, cada
noche con una de las hermanas, y no se pasó ninguna noche sin que no
hubiese numerosos asaltos por parte de los dos. Un año completo duró
esta felicidad. Y cada mañana se me acercaba la joven de la noche
próxima, y llevándome al hammam, me lavaba todo, me daba un enérgico
masaje y perfumaba mi cuerpo con cuantos perfumes otorgó Alah á sus
servidores.
Llegó el final del año. La mañana del último día vi á todas las jóvenes
al pie de mi cama, sueltas las cabelleras, llorando amargamente,
poseídas de un gran dolor, y me dijeron: «Sabe, ¡oh luz de nuestros
ojos! que hemos de abandonarte, como abandonamos á otros antes que á ti,
pues te consta que no eres el primero, y que anteriormente otros muchos
nos cabalgaron y nos hicieron lo que tú. Pero tú eres verdaderamente el
cabalgador más rico en corvetas y en medida de largo y grueso. Eres, en
realidad, el más libertino y agradable de todos. Por este motivo, no
podremos vivir sin ti.» Y yo les dije: «¿Y por qué habéis de
abandonarme? Porque yo tampoco quiero perder la alegría de mi vida, que
está en vosotras.» Ellas contestaron: «Sabe que somos todas hijas de un
rey, pero de madre distinta. Desde nuestra pubertad vivimos en este
palacio, y cada año pone Alah en nuestro camino un cabalgador que nos
satisface, como nosotras á él. Pero cada año hemos de ausentarnos
cuarenta días para visitar á nuestro padre y á nuestras madres. Y hoy es
el día de la marcha.» Entonces dije: «Pero delicias mías, yo me quedaré
en este palacio alabando á Alah hasta vuestro regreso.» Y ellas
contestaron: «Cúmplase tu deseo. Aquí tienes todas las llaves del
palacio, que abren todas las puertas. Él ha de servirte de morada,
puesto que eres su dueño; pero guárdate muy bien de abrir la puerta de
bronce que está en el fondo del jardín, porque no volverías á vernos y
te ocurriría una gran desgracia. ¡Cuida, pues, de no abrir esa puerta!»
Dicho esto, me abrazaron y besaron todas, una tras otra, llorando y
diciéndome: «¡Alah sea contigo!» Y partieron, sin dejar de mirarme á
través de sus lágrimas.
Entonces, ¡oh señora mía! salí del salón en que me hallaba, y con las
llaves en la mano empecé á recorrer aquel palacio, que aún no había
tenido tiempo de ver, pues mi cuerpo y mi alma habían estado encadenados
en el lecho entre los brazos de las jóvenes. Y abrí con la primera llave
la primera puerta.
Me vi entonces en un gran huerto rebosante de árboles frutales, tan
frondosos, que en mi vida los había conocido iguales en el mundo.
Canalillos llenos de agua los regaban tan á conciencia, que las frutas
eran de un tamaño y una hermosura indecibles. Comí de ellas,
especialmente bananas, y también dátiles, que eran largos como los dedos
de un árabe noble, y granadas, manzanas y melocotones. Cuando acabé de
comer di gracias por su magnanimidad á Alah, y abrí la segunda puerta
con la segunda llave.
Cuando abrí esta puerta, mis ojos y mi olfato quedaron subyugados por
una inmensidad de flores que llenaban un gran jardín regado por arroyos
numerosos. Había allí cuantas flores pueden criarse en los jardines de
los emires de la tierra: jazmines, narcisos, rosas, violetas, jacintos,
anémonas, claveles, tulipanes, ranúnculos y todas las flores de todas
las estaciones. Cuando hube aspirado la fragancia de todas las flores,
cogí un jazmín, guardándolo dentro de mi nariz para gozar su aroma, y di
las gracias á Alah el Altísimo por sus bondades.
Abrí en seguida la tercera puerta, y mis oídos quedaron encantados con
las voces de numerosas aves de todos los colores y de todas las especies
de la tierra. Estaban en una pajarera construída con varillas de áloe y
de sándalo. Los bebedores eran de jaspe fino y los comedores de oro. El
suelo aparecía barrido y regado. Y las aves bendecían al Creador. Estuve
oyéndolas cantar, y cuando anocheció me retiré.
Al día siguiente me levanté temprano, y abrí la cuarta puerta con la
cuarta llave. Y entonces, ¡oh señora mía! vi cosas que ni en sueños
podría ver un ser humano. En medio de un gran patio había una cúpula de
maravillosa construcción, con escaleras de pórfido que ascendían hasta
cuarenta puertas de ébano, labradas con oro y plata. Se encontraban
abiertas y permitían ver aposentos espaciosos, cada uno de los cuales
contenía un tesoro diferente, y valía cada tesoro más que todo mi reino.
La primera sala estaba atestada de enormes montones de perlas, grandes y
pequeñas, abundando las grandes, que tenían el tamaño de un huevo de
paloma y brillaban como la luna llena. La segunda sala superaba en
riqueza á la primera, y aparecía repleta de diamantes, rubíes rojos,
rubíes azules[46] y carbunclos. En la tercera había esmeraldas
solamente; en la cuarta montones de oro en bruto; en la quinta, monedas
de oro de todas las naciones; en la sexta, plata virgen; en la séptima,
monedas de plata de todas las naciones. Las demás salas estaban llenas
de cuantas pedrerías hay en el seno de la tierra y del mar: topacios,
turquesas, jacintos, piedras del Yemen, cornalinas de los más varios
colores, jarrones de jade, collares, brazaletes, cinturones y todas las
preseas, en fin, usadas en las cortes de reyes y de emires.
Y yo, ¡oh señora mía! levanté las manos y los ojos y di gracias á Alah
el Altísimo por sus beneficios. Y así seguí cada día abriendo una ó dos
ó tres puertas, hasta el cuadragésimo, creciendo diariamente mi asombro,
y ya no me quedaba mas que la llave de la puerta de bronce. Y pensé en
las cuarenta jóvenes, y me sentí sumido en la mayor felicidad pensando
en ellas, en la dulzura de sus ademanes, en la frescura de sus carnes,
en la dureza de sus muslos, en la estrechez de sus vulvas, en la
redondez y volumen de sus nalgas, y en sus gritos cuando me decían:
«¡Ay, ojos míos! ¡Ay, alma mía!» Y exclamé: «¡Por Alah! ¡Nuestra noche
va á ser una noche blanca y bendita!»
Pero el Maligno hacíame pensar en la llave de la puerta de bronce,
tentándome continuamente, y la tentación pudo más que yo, y abrí la
puerta. Nada vieron mis ojos, mi olfato notó un olor muy fuerte y hostil
á los sentidos, y me desmayé, cayendo por la parte de fuera de la
entrada y cerrándose inmediatamente la puerta delante de mí. Cuando me
repuse, persistí en la resolución inspirada por el Cheitán, y volví á
abrir, aguardando á que el olor fuese menos penetrante.
Entré por fin, y me encontré en una espaciosa sala, con el suelo
cubierto de azafrán y alumbrada por bujías perfumadas de ámbar gris é
incienso y por magníficas lámparas de plata y oro llenas de aceite
aromático, que al arder exhalaba aquel olor tan fuerte. Y entre lámparas
y candelabros vi un maravilloso caballo negro con una estrella blanca en
la frente, y la pata delantera derecha y la trasera izquierda tenían
asimismo manchas blancas en los extremos. La silla era de brocado y la
brida una cadena de oro; el pesebre estaba lleno de sésamo y cebada bien
cribada; el abrevadero contenía agua fresca perfumada con rosas.
Entonces, ¡oh señora mía! como mi pasión mayor eran los buenos caballos,
y yo el jinete más ilustre de mi reino, me agradó mucho aquel corcel, y
cogiéndole de la brida le saqué al jardín y lo monté; pero no se movió.
Entonces le di en el cuello con la cadena de oro. Y de pronto, ¡oh
señora mía! abrió el caballo dos grandes alas negras, que yo no había
visto, relinchó de un modo espantoso, dió tres veces con los cascos en
el suelo, y voló conmigo por los aires.
En seguida, ¡oh señora mía! empezó todo á dar vueltas á mi alrededor;
pero apreté los muslos y me sostuve como buen jinete. Y he aquí que el
caballo descendió y se detuvo en la azotea del palacio donde había yo
encontrado á los diez tuertos. Y entonces se encabritó terriblemente y
logró derribarme. Luego se acercó á mí, y metiéndome la punta de una de
sus alas en el ojo izquierdo, me lo vació, sin que pudiera yo impedirlo.
Y emprendió el vuelo otra vez, desapareciendo en los aires.
Me tapé con la mano el ojo huero, y anduve en todos sentidos por la
azotea, lamentándome á impulsos del dolor. Y de pronto vi delante de mí
á los diez mancebos, que decían: «¡No quisiste atendernos! ¡Ahí tienes
el fruto de tu funesta terquedad! Y no puedes quedarte entre nosotros,
porque ya somos diez. Pero te indicaremos el camino para que marches á
Bagdad, capital del Emir de los Creyentes Harún Al-Rachid, cuya fama ha
llegado á nuestros oídos, y tu destino quedará entre sus manos.»
Partí, después de haberme afeitado y puesto este traje de saaluk, para
no tener que soportar otras desgracias, y viajé día y noche, no parando
hasta llegar á Bagdad, morada de paz, donde encontré á estos dos
tuertos, y saludándoles, les dije: «Soy extranjero.» Y ellos me
contestaron: «También lo somos nosotros.» Y así llegamos los tres á esta
bendita casa, ¡oh señora mía!
«Y tal es la causa de mi ojo huero y de mis barbas afeitadas.»
* * * * *
Después de oir tan extraordinaria historia, la mayor de las tres
doncellas dijo al tercer saaluk: «Te perdono. Acaríciate un poco la
cabeza y vete.»
Pero el tercer saaluk contestó: «¡Por Alah! No he de irme sin oir las
historias de los otros.»
Entonces la joven, volviéndose hacia el califa, hacia el visir Giafar y
hacia el portaalfanje, les dijo: «Contad vuestra historia.»
Y Giafar se le acercó, y repitió el relato que ya había contado á la
joven portera al entrar en la casa. Y después de haber oído á Giafar, la
dueña de la morada les dijo:
«Os perdono á todos, á los unos y á los otros. Pero marchaos en
seguida.»
Y todos salieron á la calle. Entonces el califa dijo á los saalik:
«Compañeros, ¿adónde vais?» Y éstos contestaron: «No sabemos dónde ir.»
Y el califa les dijo: «Venid á pasar la noche con nosotros.» Y ordenó á
Giafar: «Llévalos á tu casa y mañana me los traes, que ya veremos lo
que se hace.» Y Giafar ejecutó estas órdenes.
Entonces entró en su palacio el califa, pero no pudo dormir en toda la
noche. Por la mañana se sentó en el trono, mandó entrar á los jefes de
su Imperio, y cuando hubo despachado los asuntos y se hubieron marchado,
volvióse hacia Giafar y le dijo: «Tráeme las tres jóvenes, las dos
perras y los tres saalik.» Y Giafar salió en seguida, y los puso á todos
entre las manos del califa. Las jóvenes se presentaron ante él cubiertas
con sus velos. Y Giafar les dijo: «No se os castigará, porque sin
conocernos nos habéis perdonado y favorecido. Pero ahora estáis en manos
del quinto descendiente de Abbas, el califa Harún Al-Rachid. De modo que
tenéis que contarle la verdad.»
* * * * *
Cuando las jóvenes oyeron las palabras de Giafar, que hablaba en nombre
del Príncipe de los Creyentes, dió un paso la mayor y dijo: «¡Oh Emir de
los Creyentes! Mi historia es tan prodigiosa, que si se escribiese con
una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien
la leyese con respeto.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 16.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la mayor de las jóvenes se
puso entre las manos del Emir de los Creyentes, y contó su historia del
siguiente modo:
[imagen] Historia de Zobeida, la mayorde las jóvenes
[imagen]
«¡Oh Príncipe de los Creyentes! Sabe que me llamo Zobeida; mi hermana,
la que abrió la puerta, se llama Amina, y la más joven de todas, Fahima.
Las tres somos hijas del mismo padre, pero no de la misma madre. Estas
dos perras son otras dos hermanas mías, de padre y madre.
Al morir nuestro padre nos dejó cinco mil dinares, que se repartieron
por igual entre nosotras. Entonces mis hermanas Amina y Fahima se
separaron de mí para irse con su madre, y yo y las otras dos hermanas,
estas dos perras que aquí ves, nos quedamos juntas. Soy la más joven de
las tres, pero mayor que Amina y Fahima, que están entre tus manos.
Al poco tiempo de morir nuestro padre, mis dos hermanas mayores se
casaron y estuvieron algún tiempo conmigo en la misma casa. Pero sus
maridos no tardaron en prepararse á un viaje comercial; cogieron los mil
dinares de sus mujeres para comprar mercaderías, y se marcharon todos
juntos, dejándome completamente sola.
Estuvieron ausentes cuatro años, durante los cuales se arruinaron mis
cuñados, y después de perder sus mercancías, desaparecieron, abandonando
en país extranjero á sus mujeres.
Y mis hermanas pasaron toda clase de miserias y acabaron por llegar á mi
casa como unas mendigas. Al ver aquellas dos mendigas, no pude pensar
que fuesen mis hermanas, y me alejé de ellas; pero entonces me hablaron,
y reconociéndolas, les dije: «¿Qué os ha ocurrido? ¿Cómo os veo en tal
estado?» Y respondieron: «¡Oh hermana! Las palabras ya nada remediarían,
pues el cálamo corrió por lo que había mandado Alah»[47]. Oyéndolas se
conmovió de lástima mi corazón, y las llevé al hammam, poniendo á cada
una un traje nuevo, y les dije: «Hermanas mías, sois mayores que yo, y
creo justo que ocupéis el lugar de mis padres. Y como la herencia que me
tocó, igual que á vosotras, ha sido bendecida por Alah y se ha
acrecentado considerablemente, comeréis sus frutos conmigo, nuestra
vida será respetable y honrosa, y ya no nos separaremos.» Y las retuve
en mi casa y en mi corazón.
Y he aquí que las colmé de beneficios, y estuvieron en mi casa durante
un año entero, y mis bienes eran sus bienes. Pero un día me dijeron:
«Realmente, preferimos el matrimonio, y no podemos pasarnos sin él, pues
se ha agotado nuestra paciencia al vernos tan solas.» Yo les contesté:
«¡Oh hermanas! Nada bueno podréis encontrar en el matrimonio, pues
escasean los hombres honrados. ¿No probasteis el matrimonio ya?
¿Olvidáis lo que os ha proporcionado?»
Pero no me hicieron caso, y se empeñaron en casarse sin mi
consentimiento. Entonces les di el dinero para las bodas y les regalé
los equipos necesarios. Después se fueron con sus maridos á probar
fortuna.
Pero no haría mucho que se habían ido, cuando sus esposos se burlaron de
ellas, quitándolas cuanto yo les di y abandonándolas. De nuevo
regresaron ambas desnudas á mi casa, y me pidieron mil perdones,
diciéndome: «¡No nos regañes, hermana! Cierto que eres la de menos edad
de las tres, pero nos aventajas en razón. Te prometemos no volver á
pronunciar nunca la palabra «casamiento». Entonces les dije: «¡Oh
hermanas mías! Que la acogida en mi casa os sea hospitalaria. A nadie
quiero como á vosotras.» Y les di muchos besos, y las traté con mayor
generosidad que la primera vez.
Así transcurrió otro año entero, y al terminal éste, pensé fletar una
nave cargada de mercancías y marcharme á comerciar á Basrah[48]. Y
efectivamente, dispuse un barco, y lo cargué de mercancías y géneros y
de cuanto pudiera necesitarse durante la travesía, y dije á mis
hermanas: «¡Oh hermanas! ¿Preferís quedaros en mi casa mientras dure el
viaje hasta mi regreso, ó viajar conmigo?» Y me contestaron: «Viajaremos
contigo, pues no podríamos soportar tu ausencia.» Entonces las llevé
conmigo y partimos todas juntas.
Pero antes de zarpar había cuidado yo de dividir mi dinero en dos
partes; cogí la mitad, y la otra la escondí, diciéndome: «Es posible que
nos ocurra alguna desgracia en el barco, y si logramos salvar la vida,
al regresar, si es que regresamos, encontraremos aquí algo útil.»
Y viajamos día y noche; pero por desgracia, el capitán equivocó la ruta.
La corriente nos llevó hasta un mar distinto por completo al que nos
dirigíamos. Y nos impulsó un viento muy fuerte, que duró diez días.
Entonces divisamos una ciudad en lontananza, y le preguntamos al
capitán: «¿Cuál es el nombre de esa ciudad adonde vamos?» Y contestó:
«¡Por Alah que no lo sé! Nunca la he visto, pues en mi vida había
entrado en este mar. Pero, en fin, lo importante es que estamos por
fortuna fuera de peligro. Ahora sólo os queda bajar á la ciudad y
exponer vuestras mercancías. Y si podéis venderlas, os aconsejo que las
vendáis.»
Una hora después volvió á acercársenos, y nos dijo: «¡Apresuraos á
desembarcar, para ver en esa población las maravillas del Altísimo!»
Entonces desembarcamos, pero apenas hubimos entrado en la ciudad, nos
quedamos asombradas. Todos los habitantes estaban convertidos en
estatuas de piedra negra. Y sólo ellos habían sufrido esta
petrificación, pues en los zocos y en las tiendas aparecían las
mercancías en su estado normal, lo mismo que las cosas de oro y plata.
Al ver aquello llegamos al límite de la admiración, y nos dijimos: «En
verdad que la causa de todo esto debe de ser rarísima.»