Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el dinero de su

importe. Pero él se negó á tomar el dinero, y nos dijo: «Hoy no os

cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que

recibo al veros en mi tienda.» Entonces le dije á la vieja: «Si no

quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela.» Y exclamó: «¡Por Alah!

No quiero tomar nada de vosotras. Todo eso os lo regalo. En cambio, ¡oh

hermosa joven! concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor

á ese beso que á todas las mercancías de mi tienda.» Y la vieja le dijo,

riéndose: «¡Oh guapo mozo! Locura es considerar un beso como cosa tan

inestimable.» Y á mí me dijo: «¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este

joven mercader? No tengas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te

dé un beso únicamente, y en cambio, podrás escoger y tomar lo que más te

plazca de todas esas telas preciosas.» Entonces contesté: «¿No sabes que

estoy ligada por un juramento?» Y la vieja replicó: «Déjale que te bese,

que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara.

Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también.» Y tanto

siguió encareciéndolo la vieja, que hube de consentir. Y para ello, me

tapé los ojos y extendí el velo, á fin de que no vieran nada los

transeuntes. Entonces el joven mercader ocultó la cabeza debajo de mi

velo, acercó sus labios á mi mejilla y me besó. Pero á la vez me mordió

tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de

emoción.

Cuando volví en mí, me encontré echada en las rodillas de la vieja, que

parecía muy afligida. En cuanto á la tienda, estaba cerrada y el joven

mercader había desaparecido. Entonces la vieja me dijo: «¡Alah sea

loado, por librarnos de mayor desdicha!» Y luego añadió: «Ahora tenemos

que volver á casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un

remedio que te curará la mordedura inmediatamente.» Entonces me levanté,

y sin poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias,

eché á andar hacia mi casa, y mi espanto iba creciendo según nos

acercábamos. Al llegar, entré en mi aposento y me fingí enferma.

A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: «¡Oh dueña mía!

¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?» Yo le contesté: «Nada. Estoy

bien.» Entonces me miró con atención, y dijo: «Pero ¿qué herida es esa

que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?» Y

yo le dije entonces: «Cuando salí hoy con tu permiso á comprar esas

telas, un camello cargado de leña ha tropezado conmigo en una calle

llena de gente, me ha roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según

ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!» Entonces se llenó de

ira, y dijo: «¡Mañana mismo iré á ver al gobernador para reclamar contra

los camelleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar á

todos!» Al oirle, repliqué compasiva: «¡Por Alah sobre ti! ¡No te

cargues con pecados ajenos! Además, yo he tenido la culpa, por haber

montado en un borrico que empezó á galopar y cocear. Caí al suelo, y por

desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara,

haciéndome esta herida en la mejilla.» Entonces exclamó él: «¡Mañana iré

á ver á Giafar Al-Barmaki, y le contaré esta historia, para que maten á

todos los arrieros de la ciudad.» Y yo repuse: «Pero ¿vas á matar á

todo el mundo por causa mía? Sabe que esto ha ocurrido sencillamente por

voluntad de Alah, y por el Destino, á quien gobierna.» Al oirme, mi

esposo no pudo contener su furia y gritó: «¡Oh pérfida! ¡Basta de

mentiras! ¡Vas á sufrir el castigo de tu crimen!» Y me trató con las

palabras más duras, y á una llamada suya se abrió la puerta y entraron

siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el

centro del patio. Entonces mi esposo mandó á uno de estos negros que me

sujetara por los hombros y se sentara sobre mí y á otro negro que se

apoyase en mis rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó

un tercer negro con una espada en la mano, y dijo: «¡Oh mi señor! le

asestaré un golpe que la partirá en dos mitades.» Y otro negro añadió:

«Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará á

los peces del río de la Dejla[53], pues así debe castigarse á quien hace

traición al juramento y al cariño.» Y en apoyo de lo que decía, recitó

estos versos:

_¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma

se rebelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le

diría á mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos nobles! ¡Porque no

alcanzará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!_

Entonces mi esposo dijo al negro que empuñaba la espada: «¡Oh valiente

Saad! ¡Hiere á esa pérfida!» Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me

dijo: «Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes

y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado

el fin de tu vida.» Entonces le dije: «¡Oh servidor de Alah el Óptimo!

dame nada más el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi

testamento.» Después levanté al cielo la mirada, la volví á bajar y

reflexioné acerca del estado mísero é ignominioso en que me veía,

arrasándoseme en lágrimas los ojos, y recité llorando estas estrofas:

_¡Encendiste en mis entrañas la pasión, para enfriarte después!

¡Hiciste que mis ojos velaran largas noches, para dormirte luego!_

_¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te

ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos?_

_¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi

corazón, me dejaste!_

_¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de

mi tristeza! ¿Es que no naciste mas que para ser causa de mi

desdicha y de la de toda mi juventud?_

_¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo muera

escribáis en la losa de mi tumba: «¡Aquí yace un gran culpable!

¡Uno que amó!»_

_¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor

dirigirá á mi tumba una mirada compasiva!_

Terminados los versos, seguía llorando, y al oirme y ver mis lágrimas,

mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo estas estancias:

_¡Si así dejé á la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni

cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!_

_¡Ha querido asociar á otro á nuestra ventura, cuando ni mi

corazón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad

semejante!_

Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de

conmoverle, y dije para mí: «Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso me

indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas.» Y le

dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:

_¡En verdad te juro que, si quisieses ser justo, no mandarías que

me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la

separación nunca supo ser justo!_

_¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor,

cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más

fina ó algún otro todavía más ligero!_

_¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi

cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!_

Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y entonces me miró, me

rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me recitó estos

otros:

_¡Atendiste á un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir

todo tu abandono!_

_¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado, desdeñando mi

deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo

tuviste!_

_¡Y me apasionaré por otra, ya que á otro le inclinaste! ¡Y de la

ruptura eterna entre nosotros no tendré yo la culpa, sino tú

solamente!_

Y al concluir estos versos, dijo al negro: «¡Córtala en dos

mitades! ¡Ya no es nada mío!»

Cuando el negro dió un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo ya

segura mi muerte, me confié á Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi

entrar á la vieja, que se arrojó á los pies del joven, se puso á

besarlos, y le dijo: «¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por

los cuidados que tuve contigo, á que perdones á esta criatura, pues no

cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y

temo que sus maldiciones caigan sobre ti.» Y luego rompió á llorar, y

continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: «¡Basta!

Gracias á ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve

las huellas todo el resto de su vida.»

Entonces ordenó algo á los negros, é inmediatamente me quitaron la ropa,

dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillero me fustigó

toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y

furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda esperanza de

sobrevivir á tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fué, dejándome

tendida en el suelo, mandando á los esclavos que me abandonasen en aquel

estado hasta la noche, para transportarme después á mi antigua casa, á

favor de la oscuridad. Y los esclavos lo hicieron así, llevándome á mi

antigua casa, como les había ordenado su amo.

Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme, á causa de la

paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco á poco acabé por

curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron de mis miembros

ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡Todos habéis

visto sus huellas!

Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el

palacio en que fuí víctima de tanta violencia; pero se hallaba

completamente derruído, lo mismo que la calle donde estuvo, desde el uno

hasta el otro extremo. Y en el lugar de todas aquellas maravillas no

había mas que montones de basura acumulados por las barreduras de la

ciudad. Y á pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi

esposo.

Entonces regresé al lado de Fahima, que seguía soltera, y ambas fuimos á

visitar á Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y

la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia y

yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana

Zobeida me dijo: «¡Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de

la suerte. ¡Pero gracias á Alah, ambas vivimos aún! ¡Permanezcamos

juntas desde ahora! ¡Y sobre todo, que no se pronuncie siquiera la

palabra «matrimonio»!

Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de

proveedora, y baja al zoco todos los días para comprar cuanto

necesitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta á los que llaman y de

recibir á nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, corre

con el peso de la casa.

Y así hemos vivido muy á gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo

al mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invitamos á

descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik, que

nos contaron sus historias, y en seguida vosotros, vestidos de

mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído á tu

poder, ¡oh Príncipe de los Creyentes!

¡Esta es mi historia!»

* * * * *

Entonces el califa quedó profundamente maravillado, y...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 18.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al-Rachid

quedó maravilladísimo al oir las historias de las dos jóvenes Zobeida y

Amina, que estaban ante él con su hermana Fahima, las dos perras negras

y los tres saalik, y dispuso que ambas historias, así como las de los

tres saalik, fuesen escritas por los escribas de palacio con buena y

esmerada letra, para conservar los manuscritos en sus archivos.

En seguida dijo á la joven Zobeida: «Y después, ¡oh mi noble señora! ¿no

has vuelto á saber nada de la efrita que encantó á tus hermanas bajo la

forma de estas dos perras?» Y Zobeida repuso: «Podría saberlo, ¡oh Emir

de los Creyentes! pues me entregó un mechón de sus cabellos, y me dijo:

«Cuando me necesites, quema un cabello de estos y me presentaré, por muy

lejos que me halle, aunque estuviese detrás del Cáucaso.» Entonces el

califa le dijo: «¡Dame uno de esos cabellos!» Y Zobeida le entregó el

mechón, y el califa cogió un cabello y lo quemó. Y apenas hubo de

notarse el olor á pelo chamuscado, se estremeció todo el palacio con una

violenta sacudida, y la efrita surgió de pronto en forma de mujer

ricamente vestida. Y como era musulmana, no dejó de decir al califa: «La

paz sea contigo, ¡oh Vicario de Alah!» Y el califa le contestó: «¡Y

desciendan sobre ti la paz, la misericordia de Alah y sus bendiciones!»

Entonces ella le dijo: «Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esta

joven, que me ha llamado por deseo tuyo, me hizo un gran favor, y la

semilla que en mí sembró siempre germinará, porque jamás he de

agradecerle bastante los beneficios que la debo. A sus hermanas las

convertí en perras, y no las maté para no ocasionarla á ella mayor

sentimiento. Ahora, si tú, ¡oh Príncipe de los Creyentes! deseas que las

desencante, lo haré por consideración á ambos, pues no has de olvidar

que soy musulmana.» Entonces el califa dijo: «En verdad que deseo las

libertes, y luego estudiaremos el caso de la joven azotada, y si

compruebo la certeza de su narración, tomaré su defensa y la vengaré de

quien la ha castigado con tanta injusticia.» Entonces la efrita dijo:

«¡Oh Emir de los Creyentes! dentro de un instante te indicaré quién

trató así á la joven Amina, quedándose con sus riquezas. Pero sabe que

es el más cercano á ti entre los humanos.»

Y la efrita cogió una vasija de agua, é hizo sobre ella sus conjuros,

rociando después á las dos perras y diciéndoles: «¡Recobrad

inmediatamente vuestra primitiva forma humana!» Y al momento se

transformaron las dos perras en dos jóvenes tan hermosas que honraban á

quien las creó.

Luego, la efrita, volviéndose hacia el califa, le dijo: «El autor de los

malos tratos contra la joven Amina es tu propio hijo El-Amín.» Y le

refirió la historia, en cuya veracidad creyó el califa por venir de

labios de una segunda persona, no humana, sino efrita. Y el califa se

quedó muy asombrado, pero dijo: «¡Loor á Alah porque intervine en el

desencanto de las dos perras!» Después mandó llamar á su hijo El-Amín,

le pidió explicaciones, y El-Amín respondió con la verdad. Y entonces el

califa ordenó que se reuniesen los kadíes y testigos en la misma sala en

donde estaban los tres saalik, hijos de reyes, y las tres jóvenes, con

sus dos hermanas desencantadas recientemente.

Y con auxilio de kadíes y testigos, casó de nuevo á su hijo El-Amín con

la joven Amina; á Zobeida con el primer saaluk, hijo de rey; á las otras

dos jóvenes con los otros dos saalik, hijos de reyes; y por último mandó

extender su propio contrato de casamiento con la más joven de las cinco

hermanas, la virgen Fahima, ¡la proveedora agradable y dulce!

Y mandó edificar un palacio para cada pareja, enriqueciéndoles para que

pudiesen vivir felices. Y en cuanto anocheció fué á tenderse entre los

brazos de la joven Fahima, con la cual hubo de pasar una noche de las

más gratas.

«Pero--dijo Schahrazada dirigiéndose al rey Schahriar--no creas,

¡oh rey afortunado! que esta historia sea más prodigiosa que la que

ahora sigue.»

[imagen]

[imagen]

Historia de la mujer despedazada, de las tres manzanas y del negro Rihán

[imagen] Schahrazada dijo:

Una noche entre las noches, el califa Harún Al-Rachid dijo á Giafar

Al-Barmaki: «Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que

hacen los gobernadores y kadíes. Estoy resuelto á destituir á aquellos

de quienes me den quejas.» Y Giafar respondió: «Escucho y obedezco.»

Y el califa, y Giafar, y Massrur el portaalfanje salieron disfrazados

por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron á un

anciano decrépito que á la cabeza llevaba una banasta y una red de

pescar, y en la mano un palo; y andaba pausadamente, canturriando estas

estrofas:

_Me dijeron: «¡Por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos

como la luna en la noche!»_

_Yo les contesté: «¡Os ruego que no habléis de ese modo! ¡No hay

más ciencia que la del Destino!»_

_ ¡Porque yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi

tintero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y

los que apostasen por mí perderían su apuesta!_

_¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del

pobre y el pan y la vida del pobre!_

_¡En verano, se le agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de

abrigo!_

_¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán

mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las

burlas! ¿Quién es más desdichado?_

_Y si no clama ante los hombres, si no pregona su miseria, ¿quién

le compadecerá?_

_¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?_

Al oir estos versos tan tristes, el califa dijo á Giafar: «Los versos y

el aspecto de ese pobre hombre indican una gran miseria.» Después se

aproximó al viejo y le dijo: «¡Oh jeque! ¿cuál es tu oficio? Y él

respondió: «¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y

desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, ¡y Alah no me concedió

aún el pan que ha de alimentar á mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi

persona y de la vida, y no anhelo más que morir.» Entonces el califa le

dijo: «¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi

nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo

compraré y te daré por ello cien dinares.» Y el viejo se regocijó al

oirle, y contestó: «¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre

mi cabeza!»

Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red,

quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y

el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que

pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy

pesado. Pero se apresuró á entregar los cien dinares al pescador, que se

alejó muy contento.

Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al

palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar

y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él

hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja.

Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y

encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y

apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del

califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: «¡Oh

perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina á las gentes y

se arroja á las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del

Juicio y pesará eternamente sobre mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he

de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo

mate. En cuanto á ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de

los califas Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer,

á la que quiero vengar, mandaré que te crucifiquen á la puerta de mi

palacio en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!»[54]. Y el

califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: «Concédeme para ello no

más que un plazo de tres días.» Y el califa respondió: «Te lo otorgo.»

Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad,

pensando: «¿Cómo voy á saber quién ha matado á esa joven, ni dónde he de

buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase á otro para que

pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi

conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.» Y Giafar llegó á su casa, y

allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el

califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa

le dijo: «¿Dónde está el asesino de la joven?» Giafar respondió: «No

poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda

conocer en medio de una gran ciudad al asesino.» Entonces el califa se

enfureció mucho, y ordenó que crucificasen á Giafar á la puerta de

palacio, encargando á los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y

sus alrededores de esta manera:

«Quien desee asistir á la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del

califato, y á la crucifixión de cuarenta Baramka, parientes suyos,

vengan á la puerta del palacio para presenciarlo.»

Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar

la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y

todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo, pues el visir

y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.

Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él á los

sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De

pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven

hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar,

le dijo: «¡Que te liberten, ¡oh dueño y señor de los señores más altos,

asilo de los menesterosos! Yo fuí quien asesinó á la joven despedazada y

la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en

cambio, y usa las represalias conmigo!»

Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio,

pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones más

detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó á la gente, se

acercó muy de prisa á Giafar y al joven, les saludó, y les dijo: «¡Oh

visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único

asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.» Pero el joven

repuso: «¡Oh visir! este viejo jeque no sabe lo que se dice. Te repito

que yo soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único á quien se

castigue.» Entonces el jeque exclamó: «¡Oh hijo mío! todavía eres joven

y debes vivir; pero yo, que soy viejo y estoy cansado del mundo, te

serviré de rescate á ti, al visir y á sus primos. Repito que el asesino

soy yo. Y conmigo se debe usar de represalias.»

Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se

llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y

le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la

joven.» Y el califa preguntó: «¿En dónde está?» Giafar dijo: «Este joven

afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que

el asesino es él.» Entonces el califa contempló al jeque y al mozo, y

les dijo: «¿Cuál de vosotros dos ha matado á la joven?» Y el mancebo

respondió: «¡Fuí yo!» Y el jeque dijo: «¡No; fuí yo solo!» El califa,

sin preguntar más, dijo á Giafar entonces: «Llévate á los dos y

crucifícalos.» Pero Giafar hubo de replicarle: «Si sólo uno es el

criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.» Y entonces

el joven exclamó: «¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la

altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que

soy el único que asesinó á la joven! Oid las pruebas.» Y describió el

hallazgo, conocido sólo por el califa, Giafar y Massrur. Y con esto el

califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite

del asombro, le dijo: «¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la

confiesas antes de que te obliguen á hacerlo á palos? ¿Por qué pides de

este modo el castigo?» Entonces dijo el mancebo:

* * * * *

«Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija

de este jeque, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y

Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió

siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.

Pero á principios de este mes cayó gravemente enferma, y llamé en

seguida á los médicos más sabios, que no tardaron en curarla, con ayuda

de Alah. Y como desde el comienzo de su enfermedad no me había acostado

con ella, y lo deseaba en aquel instante, quise que primero se diera un

baño. Pero ella dijo: «Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer

un antojo.» Y le pregunté: «¿Qué antojo es ese?» Y me contestó: «Tengo

ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.» Inmediatamente me

fuí á la calle á comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro.

Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé

á casa muy triste, sin atreverme á ver á mi mujer, y pasé toda la noche

pensando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo

de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol,

sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un

jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas.

Y me dijo: «¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora

no las hay en ninguna parte como no sea en Basrah, en el huerto del

Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas,

pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa.»

Entonces volví junto á mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le

profesaba me movió á preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días

completos, noche y día, para ir á Basrah y regresar favorecido por la

suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al

jardinero del huerto de Basrah por tres dinares.

Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí á mi esposa; pero al verlas

ni dió muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, á un

lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había

vuelto á cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y

estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un

momento. Pero gracias á Alah, recobró la salud, y entonces pude salir y

marchar á mi tienda para comprar y vender.

El libro de las mil noches y una noche; t. 1 · 第 13 / 14 段