Luego dispuso el rey la construcción de un gran sarcófago para las

cenizas de su hija, y que se encendiesen velas, faroles y linternas día

y noche. En cuanto á las cenizas del efrit, fueron aventadas bajo la

maldición de Alah.

La tristeza acarreó al sultán una enfermedad que le tuvo á la muerte.

Esta enfermedad le duró un mes entero. Y cuando hubo recobrado algún

vigor, me llamó á su presencia y me dijo: «¡Oh joven! Antes de que

vinieses vivíamos aquí nuestra vida en la más perfecta dicha, libres de

los sinsabores de la suerte. Ha sido necesario que tú vinieses y que

viéramos tu hermosa letra para que cayesen sobre nosotros todas las

aflicciones. ¡Ojalá no te hubiésemos visto nunca á ti, ni á tu cara de

mal agüero, ni á tu maldita escritura! Porque primeramente ocasionaste

la pérdida de mi hija, la cual, sin duda, valía más que cien hombres.

Después, por causa tuya, me quemé lo que tú sabes, y he perdido la mitad

de mis dientes, y la otra mitad casi ha volado también. Y por último, ha

perecido mi pobre eunuco, aquel buen servidor que fué ayo de mi hija.

Pero tú no tuviste la culpa, y mal podrías remediarlo ahora. Todo nos ha

ocurrido á nosotros y á ti por voluntad de Alah. ¡Alabado sea, por

permitir que mi hija te desencantara, aunque ella pereciese! ¡Es el

Destino! Ahora, hijo mío, debes abandonar este país, porque ya tenemos

bastante con lo que por tu causa nos ha ocurrido. ¡Alah es quien todo lo

decreta! ¡Sal, pues, y vete en paz!»

Entonces, ¡oh mi señora! abandoné el palacio del rey, sin fiar mucho en

mi salvación. No sabía adónde ir. Y recordé entonces todo cuanto me

había sucedido, desde el principio hasta el fin, cómo me habían dejado

sano y salvo los árabes del desierto, mi viaje y mis fatigas de un mes,

mi entrada en la ciudad como extranjero, el encuentro con el sastre, la

entrevista é intimidad tan deliciosa con la joven del subterráneo, el

modo de escaparme de las manos del efrit que me quería matar, todo, en

fin, sin olvidar mi transformación en mono al servicio después del

capitán mercante, mi compra á elevado precio por el rey á consecuencia

de mi hermosa letra, mi desencanto, ¡en fin, todo! Y más que nada, ¡ay

de mí! el último incidente, que me hizo perder un ojo. Pero di gracias á

Alah, y dije: «¡Más vale perder un ojo que la vida!» Después de esto,

fui al hammam á tomar un baño antes de salir de la ciudad. Entonces, ¡oh

señora mía! me afeité la barba para poder viajar seguro en calidad de

saaluk. Desde aquella fecha no he dejado ni un día de llorar pensando en

las desgracias que sobre mí han caído, y sobre todo en la pérdida de mi

ojo izquierdo. Y cada vez que esto me viene á la memoria, el ojo derecho

se me llena de lágrimas, que no me dejan ver, aunque nunca me impedirán

pensar en estos versos del poeta:

_¿Conoce Alah misericordioso mi aflicción? ¡Las desdichas pesan

sobre mí, y me he dado cuenta de ellas demasiado tarde!_

_¡Pero haré acopio de paciencia frente á mis grandes desventuras,

para que el mundo no ignore que he tomado con paciencia algo que es

más amargo que la misma paciencia!_

_¡Porque la paciencia tiene su belleza, sobre todo cuando es el

hombre piadoso quien la practica! ¡De todos modos, ha de ocurrir lo

que haya decidido Alah respecto á cada criatura!_ _¡Mi misteriosa

amada conoce los secretos de mi lecho, y ninguno, aunque sea el

secreto de los secretos, puede ocultársele!_

_¡Al que diga que hay delicias en este mundo, contestadle que

pronto conocerá días más amargos que el jugo de la mirra!_

Entonces salí de la ciudad aquella, viajé por varios países, atravesé

sus capitales, y luego me dirigí á Bagdad, la morada de paz, donde

espero llegar á ver al Emir de los Creyentes para contarle cuanto me ha

ocurrido.

Después de muchos días de viaje, he llegado esta misma noche á Bagdad, y

encontré muy perplejo al hermano que está ahí, al primer saaluk, y le

dije: «¡La paz sea contigo!» Y él me contestó: «¡Y contigo la paz, y la

misericordia de Alah, y todas sus bendiciones!»

Entonces empecé á conversar con él, y se nos acercó el otro hermano, el

tercer saaluk, quien después de desearnos la paz, nos dijo que era

extranjero. Y nosotros le dijimos: «También somos extranjeros, y hemos

llegado hoy á esta ciudad bendita.» Y echamos á andar juntos, sin que

ninguno supiera la historia de sus compañeros. Y la suerte y el Destino

nos guiaron hasta esta puerta, y entramos en vuestra casa.

He aquí, ¡oh mi señora! los motivos de que me veas tuerto y con la barba

afeitada.»

Entonces la dueña de la casa dijo al segundo saaluk: «Tu historia es

realmente extraordinaria. Ahora alísate un poco el pelo sobre la cabeza

y ve á buscar tu destino por la ruta de Alah.»

Pero él respondió: «En verdad que no saldré de aquí sin haber oído el

relato de mi tercer compañero.»

Entonces el tercer saaluk dió un paso y dijo:

Historia del tercer saaluk

[imagen]

«¡Oh gloriosa señora! no creas que mi historia encierra menos maravillas

que las de mis dos compañeros! Porque mi historia es infinitamente más

asombrosa aún.

Si sobre estos dos compañeros míos pesaron las desgracias, motivadas por

el Destino y la fatalidad, otra cosa fué respecto á mí. Si estoy

afeitado y tuerto, yo tengo la culpa, pues me atraje la fatalidad y

llené mi corazón de penas y zozobras.

Helo aquí. Soy rey, hijo de rey. Mi padre se llamaba Kassib y yo era su

hijo. Cuando murió el rey, mi padre, heredé su reino, y reiné y goberné

con justicia, haciendo mucho bien entre mis súbditos.

Pero tenía gran afición á los viajes por mar. Y no me privaba de ellos,

porque la capital de mi reino estaba junto al mar, y en una gran

extensión marítima pertenecíanme numerosas islas fortificadas. Una vez

quise ir á visitarlas todas, y mandé preparar diez naves grandes y

llenarlas de provisiones para un mes, dándome á la vela. Esta visita

duró veinte días, al cabo de los cuales, una noche se desencadenó contra

nosotros un viento contrario, que se prolongó hasta el amanecer.

Entonces, calmado un poco el viento y suavizado el mar, al salir el sol

vimos una isla en la que podíamos detenernos. Fuimos á tierra, hicimos

algo de comer, y descansamos dos días en espera de que la tempestad

terminara, y luego zarpamos. El viaje duró otros veinte días, hasta que

en uno de tantos perdimos la derrota, pues las aguas en que navegábamos

eran tan desconocidas para nosotros como para el capitán. Porque el

capitán, realmente, no conocía este mar. Entonces le dijimos al vigía:

«Mira con atención el mar.» Y el vigía subió al palo, descendió después

y nos dijo al capitán y á mí: «A la derecha he visto peces en la

superficie del agua, y muy lejos, en medio de las olas, una cosa que

unas veces parecía blanca y otras negra.»

Al oir estas palabras del vigía, el capitán sufrió un cambio muy notable

en su color, tiró el turbante al suelo, se mesó la barba, y nos dijo:

«¡Os anuncio nuestra total pérdida! ¡No ha de salvarse ni uno!» Luego se

echó á llorar, y con él lloramos todos. Yo le pregunté entonces: «¡Oh

capitán! ¿Quieres explicarnos las palabras del vigía?» Y contestó: «¡Oh

mi señor! Sabe que desde el día que sopló el viento contrario perdimos

la derrota, y hace de ello once días, sin encontrar un viento favorable

que nos permita volver al buen camino. Sabe, pues, el significado de esa

cosa negra y blanca y de esos peces que sobrenadan cerca de nosotros:

mañana llegaremos á una montaña de rocas negras que se llama la Montaña

del Imán, y hacia ella han de llevarnos á la fuerza las aguas. Y nuestra

nave se despedazará, porque volarán todos sus clavos, atraídos por la

montaña y adhiriéndose á sus laderas, pues Alah el Altísimo dotó á la

Montaña del Imán de una secreta virtud que la permite atraer todos los

objetos de hierro. Y no puedes imaginarte la enorme cantidad de cosas de

hierro que se ha acumulado y colgado de dicha montaña desde que atrae á

los navíos. ¡Sólo Alah sabe su número! Desde el mar se ve relucir en la

cima de esa montaña una cúpula de cobre amarillo sostenida por diez

columnas, y encima hay un jinete en un caballo de bronce, y el jinete

tiene en la mano una lanza de cobre, y le pende del pecho una chapa de

plomo grabada con palabras talismánicas desconocidas. Sabe, ¡oh rey! que

mientras el jinete permanezca sobre su caballo, quedarán destrozados

todos los barcos que naveguen en torno suyo, y todos los pasajeros se

perderán sin remedio, y todos los hierros de las naves se irán á pegar á

la montaña. ¡No habrá salvación posible mientras no se precipite el

jinete al mar!»

Dicho esto, ¡oh señora mía! el capitán continuó derramando abundantes

lágrimas, y juzgamos segura é irremediable nuestra pérdida,

despidiéndose cada cual de sus amigos.

Y así fué; porque apenas amaneció, nos vimos próximos á la montaña de

rocas negras imantadas, y las aguas nos empujaban violentamente hacia

ella. Y cuando las diez naves llegaron al pie de la montaña, los clavos

se desprendieron de pronto y comenzaron á volar por millares, lo mismo

que todos los hierros, y fueron á adherirse á la montaña. Y nuestros

barcos se abrieron, siendo precipitados al mar todos nosotros.

Pasamos el día entero á merced de las olas, ahogándose la mayoría y

salvándonos otros, sin que los que no perecimos pudiéramos volver á

encontrarnos, pues las corrientes terribles y los vientos contrarios nos

dispersaron por todas partes.

Y Alah el Altísimo, ¡oh señora mía! me quiso salvar para reservarme

nuevas penas, grandes padecimientos y enormes desventuras. Pude

agarrarme á uno de los tablones que sobrenadaban, y las olas y el viento

me arrojaron á la costa, al pie de la Montaña del Imán.

Allí encontré un camino que conducía á la cumbre, y estaba todo él hecho

de escalones tallados en la roca. En seguida invoqué el nombre de Alah

el Altísimo, y...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ la 15.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el tercer saaluk, mientras

permanecían sentados y cruzados de brazos los demás, vigilados por los

siete negros, que tenían en la mano el alfanje desnudo, prosiguió,

dirigiéndose á la dueña de la casa:

«Invoqué, pues, el nombre de Alah, le imploré, y me absorbí en el

éxtasis de la plegaria. Y cuando el viento cambió, por orden del

Altísimo, logré subir á lo más alto de la montaña, agarrándome como pude

á las rocas y excavaciones. Y mi alegría por hallarme en salvo llegó

hasta el límite de la alegría. Ya sólo me faltaba llegar á la cúpula; lo

conseguí al fin, y pude penetrar en ella. Entonces me hinqué de rodillas

y di gracias á Alah por haberme salvado.

Pero estaba tan rendido, que me eché en el suelo y me dormí. Y durante

mi sueño oí que una voz me decía: «¡Oh hijo de Kassib! cuando te

despiertes cava á tus pies, y encontrarás un arco de cobre y tres

flechas de plomo, en las cuales hay grabados talismanes. Coge el arco y

dispara contra el jinete que está en la cúpula, y así podrás devolver la

tranquilidad á los humanos, librándoles de tan terrible plaga. Cuando

hieras al jinete, este jinete caerá al mar y el arco se escapará de tus

manos al suelo. Le cogerás entonces y lo enterrarás en el mismo sitio en

que haya caído. Y mientras tanto, el mar empezará á hervir, creciendo

hasta llegar á la cumbre en que te encuentras. Y verás en el mar una

barca, y en la barca á una persona distinta del jinete arrojado al

abismo. Esa persona se te acercará con un remo en la mano. Puedes entrar

sin temor en la barca. Pero guárdate bien de pronunciar el santo nombre

de Alah, y no olvides esto por nada del mundo. Una vez en la barca, te

guiará ese hombre, haciéndote navegar por espacio de diez días, hasta

que llegues al Mar de Salvación. Y cuando llegues á este mar encontrarás

á alguien que ha de llevarte á tu tierra. Pero no olvides que para que

todo eso ocurra no debes pronunciar nunca el nombre de Alah.»

Entonces, ¡oh señora mía! desperté y me dispuse animoso á ejecutar las

órdenes de aquella voz. Con el arco y las flechas encontradas disparé

contra el jinete, lo derribé, y lo vi hundirse en el mar. El arco se me

escapó de la mano, y lo enterré en el mismo sitio en que había caído. En

seguida el mar se agitó, hirvió y se desbordó, llegando hasta la cumbre

en que yo me hallaba Y á los pocos instantes vi en medio del mar una

barca que se dirigía hacia la costa. Entonces di gracias á Alah el

Altísimo. Y al aproximarse la barca advertí en ella á un hombre de

bronce que llevaba en el pecho una chapa de plomo con nombres y

talismanes grabados. Y cuando la barca llegó, entré en ella, pero sin

decir palabra. Y el hombre de bronce me condujo durante un día, durante

dos, durante tres, y así sucesivamente, hasta diez días. Entonces vi

unas islas á lo lejos. ¡Aquello era la salvación! Y me alegré hasta el

límite de la alegría; pero tanta era la plenitud de mi emoción y de mi

gratitud hacia el Altísimo, que pronuncié el nombre de Alah y lo

glorifiqué, exclamando: «¡_Alahu akbar_! ¡_Alahu akbar_!»[45]

Pero apenas dije tan sagradas palabras, el hombre de bronce se apoderó

de mí, me arrojó al mar, y hundiéndose á lo lejos, desapareció.

Estuve nadando hasta el anochecer, en que mis brazos quedaron extenuados

y rendido todo mi cuerpo. Entonces, viendo aproximarse la muerte, dije

la _schehada_, mi profesión de fe, y me dispuse á morir. Pero en aquel

momento una ola más enorme que las otras vino desde la lejanía como una

torre gigantesca y me despidió con tal empuje, que me encontré junto á

unas islas que había divisado en lontananza. ¡Así lo quiso Alah!

Entonces trepé á la orilla, retorcí mi ropa, tendiéndola en el suelo

para que se secase, y me eché á dormir, sin despertar hasta por la

mañana. Me puse mis vestidos secos, me levanté buscando donde ir, y me

interné en un pequeño valle fértil, recorriéndolo en todas direcciones,

y así di una vuelta entera al lugar en que me encontraba, viendo que me

rodeaba el mar por todas partes. Y me dije: «¡Qué fatalidad la mía!

¡Siempre que me libro de una desgracia caigo en otra peor!»

Mientras me absorbían tan tristes pensamientos, divisé que venía por el

mar una barca con gente. Entonces, temeroso de que me ocurriera algo

desagradable, me levanté y me encaramé á un árbol para esperar los

acontecimientos. Al arribar la barca salieron de ella diez esclavos con

una pala cada uno. Anduvieron hasta llegar al centro de la isla, y allí

empezaron á cavar la tierra, dejando al descubierto una trampa. La

levantaron, y abrieron una puerta que apareció debajo. Hecho esto,

volvieron á la barca, descargando de su interior y echándose á hombros

gran cantidad de efectos: pan, harina, miel, manteca, carneros, sacos

llenos y otras muchas cosas; todo, en fin, lo que pueda desear quien

vive en una casa. Los esclavos siguieron yendo y viniendo del

subterráneo á la barca y de la barca á la trampa, hasta vaciar

completamente aquélla, sacando luego trajes suntuosos y magníficos, que

se echaron al brazo; y entonces vi salir de la barca, en medio de los

esclavos, á un anciano venerable, tan flaco y encorvado por los años y

las vicisitudes, que apenas tenía apariencia humana. Este jeque llevaba

de la mano á un joven hermosísimo, moldeado realmente en el molde de la

perfección, rama tierna y flexible, cuyo aspecto hubo de cautivar mi

corazón y conmover la pulpa de mi carne.

Llegaron hasta la puerta, la franquearon y desaparecieron ante mis ojos.

Pero pasados unos instantes, subieron todos menos el joven; entraron

otra vez en la barca y se alejaron por el mar.

Cuando los hube perdido de vista, salté del árbol, corrí hacia el sitio

donde estaba la trampa, que habían cubierto otra vez de tierra, y la

quité de nuevo. Entonces descubrí la trampa, que era de madera y del

tamaño de una piedra de molino, la levanté con ayuda de Alah, y vi que

arrancaba de ella una escalera abovedada. Descendí, poseído de asombro,

sus peldaños de piedra, y me encontré al fin en un espacioso salón

revestido de tapices magníficos y colgaduras de seda y terciopelo. En un

diván, entre bujías encendidas, jarrones con flores y tarros llenos de

frutas y de dulces, aparecía sentado el joven, que estaba haciéndose

aire con un abanico. Al verme se asustó mucho, pero yo le dije con mi

más armoniosa voz: «¡La paz sea contigo!» Y él contestó,

tranquilizándose: «¡Y contigo sea la paz, la misericordia de Alah y sus

bendiciones!» Yo le dije: «¡Oh mi señor! Que tu corazón no se alarme.

Aquí donde me ves, soy rey é hijo de un rey. Alah me ha guiado hasta ti

para sacarte de este subterráneo, al cual sin duda te trajeron para que

murieses. Pero yo te libertaré. Y serás mi amigo, pues me bastó verte

para estar predispuesto á tu favor.»

Entonces el joven, dibujando una sonrisa en sus labios, me invitó á que

me sentase junto á él en el diván, y me dijo: «Sabe, ¡oh señor mío! que

no me trajeron á este lugar para que muriese, sino para librarme de la

muerte. Sabe también que soy hijo de un gran joyero, conocido en todo el

mundo por sus riquezas y la cuantía de sus tesoros. Las caravanas que

van por cuenta suya á lejanos países para vender su pedrería á los reyes

y emires de la tierra han extendido su reputación por todas partes. Al

nacer yo, siendo ya él de edad madura, le anunciaron los maestros de la

adivinación, que su hijo había de morir antes que su padre y su madre; y

mi padre, aquel día, á pesar del regocijo que le había causado mi

nacimiento y la felicidad de mi madre, que me dió al mundo después del

término de nueve meses, por voluntad de Alah, experimentó un dolor muy

grande, sobre todo cuando los sabios que habían leído en los astros mi

suerte le dijeron: «Matará á tu hijo un rey, hijo de otro rey, llamado

Kassib, cuarenta días después de que aquél haya arrojado al mar al

jinete de bronce de la montaña magnética.» Y mi padre el joyero quedó

afligidísimo. Y cuidó de mí, educándome con mucho esmero, hasta que hube

cumplido los quince años. Pero entonces supo que el jinete había sido

echado al mar, y la noticia le apenó y le hizo llorar tanto, que en poco

tiempo palideció su cara, enflaqueció su cuerpo y toda su persona

adquirió la apariencia de un hombre decrépito, rendido por los años y

las desventuras. Entonces me trajo á esta morada subterránea, la cual

mandó construir para sustraerme á la busca del rey que había de matarme

cuando cumpliera yo los quince años, y yo y mi padre estamos seguros de

que el hijo de Kassib no podrá dar conmigo en esta isla desconocida. Tal

es la causa de mi estancia en este sitio.»

Entonces pensé yo: «¿Cómo podrán equivocarse así los sabios que leen en

los astros? Porque, ¡por Alah! este joven es la llama de mi corazón, y

más fácil que matarlo me sería matarme.» Y luego le dije: «¡Oh hijo mío!

Alah Todopoderoso no consentirá nunca que se quiebre flor tan hermosa.

Estoy dispuesto á defenderte y á seguir aquí contigo toda la vida.» Y él

me contestó: «Pasados cuarenta días vendrá á buscarme mi padre, pues ya

no habrá peligro.» Y yo le dije: «¡Por Alah! que permaneceré en tu

compañía esos cuarenta días, y después le diré á tu padre que te deje ir

á mi reino, donde serás mi amigo y heredero del trono.

Entonces el mancebo me dió las gracias con palabras cariñosas, y

comprendí que era en extremo cortés y correspondía á la inclinación que

á él me arrastraba. Y empezamos á conversar amistosamente, regalándonos

con las vituallas deliciosas de sus provisiones, que podían bastar para

un año á cien comensales.

Después de haber comido, pude comprobar nuevamente cuán subyugado

estaba mi corazón por sus encantos, y luego nos tendimos y dormimos

juntos toda la noche.

Al aproximarse el día me desperté y me lavé, llevando al joven la

palangana llena de agua perfumada para que asimismo se lavase, y preparé

los alimentos y comimos juntos, hablando, jugando y riendo luego hasta

la noche. Y entonces pusimos la mesa y cenamos un carnero relleno de

almendras, pasas, nuez moscada, clavo y pimienta. Y bebimos agua dulce y

fresca, y tomamos también sandía, melón, tortas y pastelillos tan finos

y leves como una cabellera, en los cuales no se había escatimado la

manteca, la miel, las almendras ni la canela. Y como la noche anterior,

nos acostamos, y pude darme cuenta de cuán grande era nuestra amistad. Y

así dejamos transcurrir, tranquilos y felices, hasta el día

cuadragésimo. Este último día, como tenía que venir su padre, el joven

quiso darse un buen baño, y puse á calentar agua en el caldero,

vertiéndola después en la tina de cobre y añadiéndole agua fría para

hacerla más agradable. El joven entró en el baño, y lo lavé, y lo froté,

y le di masaje, perfumándole y transportándole á la cama, donde le cubrí

con la colcha y le envolví la cabeza en un pedazo de seda bordada de

plata, obsequiándole con un sorbete delicioso, y se durmió.

Al despertarse quiso comer algo, y eligiendo la sandía más hermosa y

colocándola en una bandeja, y la bandeja en un tapiz, me subí á la cama

para coger el cuchillo grande, que pendía de la pared sobre la cabeza

del mancebo. Y he aquí que el joven, por divertirse, me hizo de pronto

cosquillas en una pierna, produciéndome tal efecto, que caí encima de él

sin querer y le clavé el cuchillo en el corazón. Y expiró en seguida.

Al ver aquello, ¡oh señora mía! empecé á golpearme, y á gritar, y á

gemir, y me desgarré las ropas, arrojándome desesperado al suelo. Pero

mi amigo muerto estaba, cumpliéndose el Destino para que no mintieran

las predicciones de los astrólogos. Alcé los ojos y las manos hacia el

Altísimo, y repuse: «¡Oh Señor del universo! Si he cometido un crimen,

dispuesto estoy á que me castigue tu justicia.» En este momento sentíame

animoso ante la muerte. Pero ¡oh señora mía! nuestros anhelos nunca se

satisfacen ni para el bien ni para el mal.

Entonces, no siéndome posible soportar la estancia en aquel sitio, y

además, como sabía que el joyero no tardaría en comparecer, subí la

escalera, salí y cerré la trampa, cubriéndola de tierra, como estaba

antes.

Cuando me vi fuera, me dije: «Voy á observar ahora lo que ocurra; pero

ocultándome, porque si no, los esclavos me matarían con la peor muerte.»

Y entonces me subí á un árbol copudo que estaba cerca de la trampa, y

allí quedé en acecho. Una hora más tarde apareció la barca con el

anciano y los esclavos. Desembarcaron todos, llegaron apresuradamente

junto al árbol, y al advertir la tierra recientemente removida,

atemorizáronse, quedando abatidísimo el viejo. Los esclavos cavaron

apresuradamente, y levantando la trampa, bajaron con el pobre padre.

Este empezó á llamar á gritos á su hijo, sin que el muchacho

respondiera, y le buscaron por todas partes, hallándolo por fin tendido

en el lecho con el corazón atravesado.

Al verle, sintió el anciano que se le partía el alma, y cayó desmayado.

Los esclavos, mientras tanto, se lamentaban y afligían; después subieron

en hombros al joyero. Sepultaron el cadáver del joven envuelto en un

sudario, transportaron al padre dentro de la barca con todas las

riquezas y provisiones que quedaban aún, y desaparecieron en la lejanía

sobre el mar.

Entonces, apenadísimo, bajé del árbol, medité en aquella desgracia,

lloré mucho, y anduve desolado todo el día y toda la noche. De repente

noté que iba menguando el agua, quedando seco el espacio entre la isla y

la tierra firme de enfrente. Di gracias á Alah, que quería librarme de

seguir en aquel paraje maldito, y empecé á caminar por la arena

invocando su santo nombre. Llegó en esto la hora de ponerse el sol. Vi

de pronto aparecer muy á lo lejos como una gran hoguera, y me dirigí

hacia aquel sitio, sospechando que estarían cociendo algún carnero; pero

al acercarme advertí que lo que hube tomado por hoguera era un vasto

palacio de cobre que se diría incendiado por el sol poniente.

Llegué hasta el límite del asombro ante aquel palacio magnífico, todio

de cobre. Y estaba admirando su sólida construcción, cuando súbitamente

vi salir por la puerta principal á diez jóvenes de elevada estatura, y

cuyas caras eran una alabanza al Creador por haberlas hecho tan

hermosas. Pero aquellos diez jóvenes eran todos tuertos del ojo

izquierdo, y sólo no lo era un anciano alto y venerable, que hacía el

número once.

Al verlos exclamé: «¡Por Alah, que es extraña coincidencia! ¿Cómo

estarán juntos diez tuertos, y del ojo izquierdo precisamente?» Mientras

me absorbía en estas reflexiones, los diez jóvenes se acercaron y me

dijeron: «¡La paz sea contigo!» Y yo les devolví el saludo de paz, y

hube de referirles mi historia, desde el principio hasta el fin, que no

creo necesario repetirte, ¡oh señora mía!

El libro de las mil noches y una noche; t. 1 · 第 10 / 14 段