lo encontré muy impaciente á causa de mi ausencia, pues se hallaba
sentado y parecía que lo estuviesen friendo al fuego con una sartén. Y
me dijo: «Como no viniste ayer, pasé toda la noche muy intranquilo. Y
temí que te hubiese devorado alguna fiera ó te hubiera pasado algo
semejante en el bosque; pero ¡alabado sea Alah que te guardó!» Entonces
le di las gracias por su bondad, entré en la tienda, y sentado en mi
rincón, empecé á pensar en mi desventura y á reconvenirme por aquel
puntapié tan imprudente que había dado en la bóveda. De pronto mi amigo
el sastre entró y me dijo: «En la puerta de la tienda hay un hombre, una
especie de persa, que pregunta por ti y lleva en la mano tu hacha y tus
babuchas. Las ha presentado á todos los sastres de esta calle, y les ha
dicho: «Al ir esta mañana á la oración, llamado por el muecín, me he
encontrado por el camino estas prendas y no sé á quién pertenecen. ¿Me
lo podríais decir vosotros?» Entonces los sastres reconocieron tu hacha
y tus sandalias y lo han encaminado hacia aquí. Y ahí está aguardándote
en la puerta de la tienda. Sal, dale las gracias, y recoge el hacha y
las sandalias.» Pero al oir todo aquello me puse muy pálido y creí
desmayarme de terror. Y hallándome en este trance, se abrió de pronto la
tierra y apareció el persa. ¡Era el efrit! Había sometido á la joven al
tormento, ¡y qué tormento! Pero ella nada había declarado, y entonces
él, cogiendo el hacha y las babuchas, le dijo: «Ahora verás si no soy
Georgirus, descendiente de Eblis. ¡Vas á ver si puedo traer ó no al amo
de estas cosas!»
Y había empleado en las casas de los sastres la estratagema de que he
hablado.
Se me apareció, pues, bruscamente, brotando del suelo, y sin perder un
instante me cogió en brazos, se elevó conmigo por los aires, y descendió
después para hundirme con él en la tierra. Yo había perdido por completo
el conocimiento. Me llevó al palacio subterráneo en que había sido tan
feliz, y allí vi desnuda á la joven, cuya sangre corría por su cuerpo.
Mis ojos se habían llenado de lágrimas. Entonces el efrit se dirigió á
ella y le dijo: «Aquí tienes á tu amante.» Y la joven me miró y dijo:
«No sé quién pueda ser este hombre. No le he visto hasta ahora.» Y
replicó el efrit: «¿Cómo es eso? ¿Te presento la prueba del delito y no
confiesas?» Y ella, resueltamente, insistió: «He dicho que no le
conozco.» Entonces dijo el efrit: «Si es verdad que no lo conoces, coge
ese alfanje y córtale la cabeza.» Y ella cogió el alfanje, avanzó muy
decidida y se detuvo delante de mí. Y yo, pálido de terror, le pedía por
señas que me perdonase, y las lágrimas corrían por mis mejillas. Y ella
me hizo también una seña con los ojos, mientras decía en alta voz: «¡Tú
eres la causa de mis desgracias!» Y yo contesté á esta seña con una
contracción de mis ojos, y recité estos versos de doble sentido, que el
efrit no podía entender:
_¡Mis ojos saben hablarte suficientemente para que la lengua sea
inútil! ¡Sólo mis ojos te revelan los secretos ocultos de mi
corazón!_
_¡Cuando te apareciste, corrieron por mi rostro dulces lágrimas, y
me quedé mudo, pues mis ojos te decían lo necesario!_
_¡Los párpados saben expresar también los sentimientos! ¡El
entendido no necesita utilizar los dedos!_
_¡Nuestras cejas pueden suplir á las palabras! ¡Silencio, pues!
¡Dejemos que hable el amor!_
Y entonces la joven, habiendo entendido mis súplicas, soltó el alfanje.
Lo recogió el efrit, y entregándomelo, dijo señalando á la joven:
«Córtale la cabeza y quedarás en libertad; te prometo no causarte ningún
daño.» Y yo contesté: «¡Así sea!» Y cogí el alfanje y avancé
resueltamente con el brazo levantado. Pero ella me imploraba, haciéndome
señas con los ojos, como diciendo: «¿Qué daño te hice?» Y entonces se me
llenaron los ojos de lágrimas, y arrojando el alfanje, dije al efrit:
«¡Oh poderoso efrit! ¡Oh héroe robusto é invencible! Si esta mujer fuese
tan mala como crees, no habría dudado en salvarse á costa de mi vida. Y
en cambio ya has visto que ha arrojado el alfanje. ¿Cómo he de cortarle
yo la cabeza, si además no conozco á esta joven? Así me dieses á beber
la copa de la mala muerte, no había de prestarme á esa villanía.» Y el
efrit contestó á estas palabras: «¡Basta ya! Acabo de sorprender que os
amáis. He podido comprobarlo.»
Y entonces, ¡oh señora mía! cogió el alfanje y cortó una mano de la
joven y después la otra mano, y luego el pie derecho y después el
izquierdo. De cuatro golpes sajó las cuatro extremidades. Y yo, al ver
aquello con mis propios ojos, creí que me moría.
En ese momento la joven, guiñándome un ojo, me hizo disimuladamente una
seña. Pero ¡ay de mí! el efrit la sorprendió, y dijo: «¡Oh hija de puta!
Acabas de cometer adulterio con tu ojo.» Y entonces de un tajo le cortó
la cabeza. Después, volviéndose hacia mí, exclamó: «Sabe, ¡oh tú, ser
humano! que nuestra ley nos permite á los efrits matar á la esposa
adúltera, y hasta lo encuentra lícito y recomendable. Sabe que yo robé á
esta joven la noche de su boda, cuando aún no tenía doce años y antes de
que nadie se acostara con ella. Y la traje aquí, y cada diez días venía
á verla, y pasábamos juntos la noche, y copulaba con ella bajo el
aspecto de un persa; pero hoy, al saber que me engañaba, la he matado.
Sólo me ha engañado con un ojo, con el que te guiñó al mirarte. En
cuanto á ti, como no he podido comprobar si fornicaste con ella, no te
mataré; pero de todos modos, algo he de hacerte para que no te rías á
mis espaldas y para humillar tu vanidad. Te permito elegir el mal que
quieras que te cause.»
Entonces, ¡oh señora mía! al verme libre de la muerte, me regocijé hasta
el límite del regocijo, y confiando en obtener toda su gracia, le dije:
«Realmente, no sé cuál elegir de entre todos los males; no prefiero
ninguno.» Y el efrit, más irritado que nunca, golpeó con el pie en el
suelo y exclamó: «¡Te mando que elijas! A ver, ¿bajo qué forma quieres
que te encante? ¿Prefieres la de un borrico? ¿La de un mulo? ¿La de un
cuervo? ¿La de un perro? ¿La de un mono?» Entonces yo, con la esperanza
de un indulto completo y abusando de su buena disposición, le respondí:
«¡Oh mi señor Georgirus, descendiente del poderoso Eblis! Si me
perdonas, Alah te perdonará también, pues tendrá en cuenta tu clemencia
con un buen musulmán que nunca te hizo daño.» Y seguí suplicando hasta
el límite de la súplica, postrándome humildemente entre sus manos, y le
decía: «No me condenes injustamente.» Pero él replicó: «No hables más si
no quieres morir. Es inútil que abuses de mi bondad, pues tengo que
encantarte necesariamente.»
Y dicho esto, me cogió, hendió la cúpula, atravesó la tierra y voló
conmigo á tal altura, que el mundo me parecía una escudilla de agua.
Descendió después hasta la cima de un monte, y allí me soltó; cogió
luego un puñado de tierra, refunfuñó algo como un gruñido, pronunció en
seguida unas palabras misteriosas, y arrojándome la tierra, dijo: «¡Sal
de tu forma y toma la de un mono!» Y al momento, ¡oh señora mía! quedé
convertido en mono. ¡Pero qué mono! ¡Viejo, de más de cien años y de una
fealdad excesiva! Cuando me vi tan horrible, me desesperé y me puse á
brincar, y brincaba realmente. Y como aquello no me servía de remedio,
rompí á llorar á causa de mis desventuras. Y el efrit se reía de un modo
que daba miedo, hasta que por último desapareció.
Y medité entonces sobre las injusticias de la suerte, habiendo aprendido
á costa mía que la suerte no depende de la criatura.
Después descendí al pie de la montaña, hasta llegar á lo más bajo de
todo. Y empecé á viajar, y por las noches me subía para dormir á la copa
de los árboles. Así fui caminando durante un mes, hasta encontrarme á
orillas del mar. Y allí me detuve como una hora, y acabé por ver una
nave, en medio del mar, que era impulsada hacia la costa por un viento
favorable. Entonces me escondí detrás de unas rocas, y allí aguardé.
Cuando la embarcación ancló y sus tripulantes comenzaron á desembarcar,
me tranquilicé un tanto, saltando finalmente á la nave. Y uno de
aquellos hombres gritó al verme: «¡Echad de aquí pronto á ese bicho de
mal agüero!» Otro dijo: «¡Mejor sería matarlo!» Y un tercero repuso:
«Sí, matémoslo con este sable.» Entonces me eché á llorar y detuve con
una mano el arma, y mis lágrimas corrían abundantes.
Y en seguida el capitán, compadeciéndose de mí, exclamó: «¡Oh
mercaderes! este mono acaba de implorarme, y queda bajo mi protección. Y
os prohibo echarle, pegarle ú hostigarle.» Luego hubo de dirigirme
benévolas palabras, y yo las entendía todas. Entonces acabó por tomarme
en calidad de criado, y yo hacía todas sus cosas y le servía en la
nave.
Y al cabo de cincuenta días, durante los cuales nos fué el viento
propicio, arribamos á una ciudad enorme y tan llena de habitantes, que
sólo Alah podría contar su número.
Cuando llegamos, acercáronse á nuestra nave los mamalik enviados por el
rey de la ciudad. Y llegaron para saludarnos y dar la bienvenida á los
mercaderes, diciéndoles: «El rey nos manda que os felicitemos por
vuestra feliz llegada, y nos ha entregado este rollo de pergamino para
que cada uno de vosotros escriba en él una línea con su mejor letra.»
Entonces yo, que no había perdido aún mi forma de mono, les arranqué de
la mano el pergamino, alejándome con mi presa. Y temerosos sin duda de
que lo rompiese ó lo tirase al mar, me llamaron á gritos y me
amenazaron; pero les hice seña de que sabía y quería escribir; y el
capitán repuso: «Dejadle. Si vemos que lo emborrona, le impediremos que
continúe; pero si escribe bien de veras, le adoptaré por hijo, pues en
mi vida he visto un mono más inteligente.»
Cogí entonces el cálamo, lo mojé, extendiendo bien la tinta por sus dos
caras, y comencé á escribir. Y escribí cuatro estrofas, cada una con una
letra diferente, é improvisadas en distinto estilo: la primera al modo
_Rikaa_, la segunda al modo _Rihani_, la tercera al modo _Sulci_ y la
cuarta al modo _Muchik_:
a) _¡El tiempo ha descrito ya los beneficios y los dones de los
hombres generosos, pero desespera de poder enumerar jamás los
tuyos!_
_¡Después de Alah, el género humano no puede recurrir mas que á ti,
porque eres realmente el padre de todos los beneficios!_
* * * * *
b) _Os hablaré de su pluma_:
_¡Es la primera, y el origen mismo de las plumas! ¡Su poderío es
sorprendente! ¡Y ella es la que le ha colocado entre los sabios más
notables!_
_¡De esa pluma, cogida con las yemas de sus cinco dedos, han
brotado y corren por el mundo cinco ríos de elocuencia y poesía!_
* * * * *
c) _Os hablaré de su inmortalidad_:
_¡No hay escritor que no muera; pero el tiempo eterniza lo escrito
por su manos!_
_¡Así, pues, no dejes escribir á tu pluma mas que aquello de que
puedas enorgullecerte el día de la Resurrección!_
* * * * *
d) _¡Si abres el tintero, utilízalo solamente para trazar renglones
que beneficien á toda criatura generosa!_
_¡Pero si no has de usarlo para hacer donaciones, procura, al
menos, producir belleza! ¡Y serás así uno de aquellos á quienes se
cuenta entre los escritores más grandes!_
Cuando acabé de escribir les entregué el rollo de pergamino. Y todos
los que lo vieron se quedaron muy admirados. Después cada cual escribió
una línea con su mejor letra.
Luego de esto se fueron los esclavos para llevar el rollo al rey. Y
cuando el rey hubo examinado lo escrito por cada uno de nosotros, no
quedó satisfecho más que de lo mío, que estaba hecho de cuatro maneras
diferentes, pues mi letra me había dado reputación universal cuando yo
era todavía príncipe.
Y el rey dijo á sus amigos que estaban presentes y á los esclavos: «Id
en seguida á ver al que ha hecho esta hermosa letra, dadle este traje de
honor para que se lo vista, y traedle en triunfo sobre mi mejor mula al
son de los instrumentos.»
Al oirlo, todos empezaron á sonreír. Y el rey, al notarlo, se enojó
mucho, y dijo: «¡Cómo! ¿Os doy una orden y os reís de mí?» Y
contestaron: «¡Oh rey del siglo! En verdad que nos guardaríamos de
reirnos de tus palabras; pero has de saber que el que ha hecho esa letra
tan hermosa no es hijo de Adán, sino un mono que pertenece al capitán de
la nave.» Estas palabras sorprendieron mucho al rey, y luego, convulso
de alegría y estallando de risa, dijo: «Deseo comprar ese mono.» Y
ordenó inmediatamente á las personas de su corte que cogiesen la mula y
el traje de honor y se fuesen á la nave á buscar al mono, y les dijo:
«De todas maneras, le vestiréis con ese traje de honor y le traeréis
montado en la mula.»
Llegados á la nave, me compraron á un precio elevado, aunque al
principio el capitán se resistía á venderme, comprendiendo, por las
señas que le hice, que me era muy doloroso separarme de él. Después los
otros me vistieron con el traje de honor, montáronme en la mula y
salimos al son de los instrumentos más armoniosos que se tocaban en la
ciudad. Y todos los habitantes y las criaturas humanas de la población
se quedaron asombrados, mirando con interés enorme un espectáculo tan
extraordinario y prodigioso.
Cuando me llevaron ante el rey y lo vi, besé la tierra entre sus manos
tres veces, permaneciendo luego inmóvil. Entonces el monarca me invitó á
sentarme, y yo me postré de hinojos. Y todos los concurrentes se
quedaron maravillados de mi buena crianza y mi admirable cortesía; pero
el más profundamente maravillado fué el rey. Y cuando me postré de
hinojos, el rey dispuso que todo el mundo se fuese, y todo el mundo se
marchó. No quedamos mas que el rey, el jefe de los eunucos, un joven
esclavo favorito y yo, señora mía.
Entonces ordenó el rey que trajesen algunas vituallas. Y colocaron,
sobre un mantel cuantos manjares puede el alma anhelar y cuantas
excelencias son la delicia de los ojos. Y el rey me invitó luego á
servirme, y levantándome y besando la tierra entre sus manos siete
veces, me senté sobre mi trasero de mono y me puse á comer muy
pulcramente, recordando en todo mi educación pasada.
Cuando levantaron el mantel, me levanté yo también para lavarme las
manos. Volví después de lavármelas, cogí el tintero, la pluma y una
hoja de pergamino, y escribí lentamente estas dos estrofas ensalzando
las excelencias de la pastelería árabe:
_¡Oh pastelero! ¡dulces, finos y sublimes pasteles, enrollados con
los dedos! ¡Vosotros sois la triaca, el antídoto de cualquier
veneno! ¡Nada me gusta tanto, y constituís mi única esperanza, toda
mi pasión!_
_¡El corazón se me estremece al ver un mantel bien extendido, en
cuyo centro se aromatiza una kenafa[44] nadando sobre la manteca y
la miel en una gran bandeja!_
_¡Oh kenafa! ¡kenafa fina y sedosa como cabellera! ¡Mi deseo por
saborearte, ¡oh kenafa! llega á la exageración! ¡Y me pondría en
peligro de muerte el pasar un día sin que estuvieses en mi mesa!
¡Oh kenafa!_
_¡Y tú, jarabe! ¡adorable y delicioso jarabe! ¡Aunque lo estuviera
comiendo y bebiendo día y noche, volvería á desearlo en la vida
futura!_
Después de esto dejé la pluma y el tintero, y me senté respetuosamente á
alguna distancia. Y no bien leyó el rey lo que yo había escrito, se
maravilló asombrosamente, y exclamó: «¿Es posible que un mono posea
tanta elocuencia, y sobre todo una letra tan magnífica? ¡Por Alah!...
¡Es el prodigio de los prodigios!»
En aquel instante trajeron un juego de ajedrez, y el rey me preguntó por
señas si sabía jugar, contestándole yo que sí con la cabeza. Y me
acerqué, coloqué las piezas, y me puse á jugar con el rey. Y le di mate
dos veces. Y el rey no supo entonces qué pensar, quedándose perplejo, y
dijo: «¡Si éste fuera un hijo de Adán, habría superado á todos los
vivientes de su siglo!»
Y ordenó luego al eunuco: «Ve á las habitaciones de tu dueña, mi hija, y
dile: «¡Oh mi señora! Venid inmediatamente junto al rey», pues quiero
que disfrute de este espectáculo y vea un mono tan maravilloso.»
Entonces fué el eunuco, y no tardó en volver con su dueña, la hija del
rey, que en cuanto me divisó se cubrió la cara con el velo, y dijo:
«¡Padre mío! ¿Cómo me mandas llamar ante hombres extraños?» Y el rey
dijo: «Hija mía, ¿por quién te tapas la cara, si no hay aquí nadie más
que nosotros?» Entonces contestó la joven: «Sabe, ¡oh padre mío! que ese
mono es hijo de un rey llamado Amarus, y dueño de un lejano país. Este
mono está encantado por el efrit Georgirus, descendiente de Eblis,
después de haber matado á su esposa, hija del rey Aknamus, señor de las
Islas de Ébano. Este mono, al cual crees mono de veras, es un hombre,
pero un hombre sabio, instruido y prudente.»
Sorprendido al oir estas palabras, me preguntó el rey: «¿Es verdad lo
que dice de ti mi hija?» Y yo, con la cabeza, le indiqué como era
cierto, y rompí á llorar. Entonces el rey le preguntó á su hija: «¿Por
qué sabes que está encantado?» Y la princesa contestó: «¡Oh padre mío!
Siendo yo pequeña, la vieja que había en casa de mi madre era una bruja
muy versada en la magia y me enseñó este arte. Más tarde me perfeccioné
en él, y aprendí más de ciento setenta artículos mágicos, de los cuales
el más insignificante me permitiría transportar tu palacio con todas sus
piedras y la ciudad entera detrás del Cáucaso, y convertir en mar esta
comarca y en peces á cuantos la habitan.»
Y el padre exclamó: «¡Por el verdadero nombre de Alah sobre ti, ¡oh hija
mía! desencanta á ese hombre, para que yo le nombre mi visir. Pero ¿es
posible que tú poseas ese talento tan enorme y que yo lo ignorase?
Desencanta inmediatamente á ese mono, pues debe ser un joven muy
inteligente y agradable.» Y la princesa respondió: «De buena gana y como
homenaje debido.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen]_PERO CUANDO LLEGÓ LA 14.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el segundo saaluk dijo á la
dueña de la casa:
«¡Oh mi señora! Al oir la princesa el ruego de su padre, cogió un
cuchillo que tenía unas inscripciones en lengua hebrea, trazó con él un
círculo en el suelo, escribió allí varios renglones talismánicos, y
después se colocó en medio del círculo, murmuró algunas palabras
mágicas, leyó en un libro antiquísimo unas cosas que nadie entendía, y
así permaneció breves instantes. Y he aquí que de pronto nos cubrieron
unas tinieblas tan espesas, que nos creímos enterrados bajo las ruinas
del mundo. Y súbitamente apareció el efrit Georgirus bajo el aspecto más
horrible, las manos como rastrillos, las piernas como mástiles y los
ojos como tizones encendidos. Entonces nos aterrorizamos todos, pero la
hija del rey le dijo: «¡Oh efrit! No puedo darte la bienvenida ni
acogerte con cordialidad.» Y contestó el efrit: «¿Por qué no cumples tus
promesas? ¿No juraste respetar nuestro acuerdo de no combatirnos ni
mezclarte en nuestros asuntos? Mereces el castigo que voy á imponerte.
¡Ahora verás, traidora!» E inmediatamente el efrit se convirtió en un
león espantoso, el cual, abriendo la boca en toda su extensión, se
abalanzó sobre la joven. Pero ella, rápidamente, se arrancó un cabello,
se lo acercó á los labios, murmuró algunas palabras mágicas, y en
seguida el cabello se convirtió en un sable afiladísimo. Y dió con él
tal tajo al león, que lo partió en dos mitades. Pero inmediatamente la
cabeza del león se transformó en un escorpión horrible, que se
arrastraba hacia el talón de la joven para morderle, y la princesa se
convirtió en seguida en una serpiente enorme, que se precipitó sobre el
maldito escorpión, imagen del efrit, y ambos trabaron descomunal
batalla. De pronto, el escorpión se convirtió en un buitre y la
serpiente en un águila, que se cernió sobre el buitre, y ya iba á
alcanzarlo, después de una hora de persecución, cuando el buitre se
transformó en un enorme gato negro, y la princesa en lobo. Gato y lobo
se batieron á través del palacio, hasta que el gato, al verse vencido,
se convirtió en una inmensa granada roja y se dejó caer en un estanque
que había en el patio. El lobo se echó entonces al agua, y la granada,
cuando iba á cogerla, se elevó por los aires, pero como era tan enorme
cayó pesadamente sobre el mármol y se reventó. Los granos,
desprendiéndose uno á uno, cubrieron todo el suelo. El lobo se
transformó entonces en gallo, empezó á devorarlos, y ya no quedaba mas
que uno, pero al ir á tragárselo se le cayó del pico, pues así lo había
dispuesto la fatalidad, y fué á esconderse en un intersticio de las
losas, cerca del estanque. Entonces el gallo empezó á chillar, á sacudir
las alas y á hacernos señas con el pico, pero no entendíamos su
lenguaje, y como no podíamos comprenderle, lanzó un grito tan terrible,
que nos pareció que el palacio se nos venía encima. Después empezó á dar
vueltas por el patio, hasta que vió el grano y se precipitó á cogerlo,
pero el grano cayó en el agua y se convirtió en un pez. El gallo se
transformó entonces en una ballena enorme, que se hundió en el agua
persiguiendo al pez, y desapareció de nuestra vista durante una hora.
Después oímos unos gritos tremendos y nos estremecimos de terror. Y en
seguida apareció el efrit en su propia y horrible figura, pero ardiendo
como un ascua, pues de su boca, de sus ojos y de su nariz salían llamas
y humo; y detrás de él surgió la princesa en su propia forma, pero
ardiendo también como metal en fusión, y persiguiendo al efrit, que ya
nos iba á alcanzar. Entonces, temiendo que nos abrasase, quisimos
echarnos al agua, pero el efrit nos detuvo dando un grito espantoso, y
empezó á resollar fuego contra todos. La princesa lanzaba fuego contra
él, y fué el caso que nos alcanzó el fuego de los dos, y el de ella no
nos hizo daño, pero el del efrit sí que nos lo produjo, pues una chispa
me dió en este ojo y me lo saltó; otra dió al rey en la cara, y le
abrasó la barbilla y la boca, arrancándole parte de la dentadura, y otra
chispa prendió en el pecho del eunuco y le hizo perecer abrasado.
Mientras tanto, la princesa perseguía al efrit, lanzándole fuego encima,
hasta que oímos decir: «¡Alah es el único grande! ¡Alah es el único
poderoso! ¡Aplasta al que reniega de la fe de Mohamed, señor de los
hombres!» Esta voz era de la princesa, que nos mostraba al efrit
enteramente convertido en un montón de cenizas. Después llegó hasta
nosotros y dijo: «Aprisa, dadme una taza con agua.» Se la trajeron,
pronunció la princesa unas palabras incomprensibles, me roció con el
agua, y dijo: «¡Queda desencantado en nombre del único Verdadero! ¡Por
el poderoso nombre de Alah, vuelve á tu primitiva forma!»
Entonces volví á ser hombre, pero me quedé tuerto. Y la princesa,
queriendo consolarme, me dijo: «¡El fuego siempre es fuego, hijo mío!» Y
lo mismo dijo á su padre por sus barbas chamuscadas y sus dientes rotos.
Después exclamó: «¡Oh padre mío! Necesariamente he de morir, pues está
escrita mi muerte. Si este efrit hubiese sido una simple criatura
humana, lo habría aniquilado en seguida. Pero lo que más me hizo sufrir
fué que, al dispersarse los granos de la granada, no acerté á devorar el
grano principal, el único que contenía el alma del efrit; pues si
hubiera podido tragármelo, habría perecido inmediatamente. Pero ¡ay de
mí! tardé mucho en verlo. Así lo quiso la fatalidad del Destino. Por eso
he tenido que combatir tan terriblemente contra el efrit debajo de
tierra, en el aire y en el agua. Y cada vez que él abría una puerta de
salvación, le abría yo otra de perdición, hasta que abrió por fin la más
fatal de todas, la puerta del fuego, y yo tuve que hacer lo mismo. Y
después de abierta la puerta del fuego, hay que morir necesariamente.
Sin embargo, el Destino me permitió quemar al efrit antes de perecer yo
abrasada. Y antes de matarle, quise que abrasara nuestra fe, que es la
santa religión del Islam, pero se negó, y entonces lo quemé. Alah
ocupará mi lugar cerca de vosotros, y esto podrá serviros de consuelo.»
Después de estas palabras empezó á implorar al fuego, hasta que al fin
brotaron unas chispas negras que subieron hacia su pecho. Y cuando el
fuego le llegó á la cara, lloró, y luego dijo: «¡Afirmo que no hay más
Dios que Alah, y que Mohamed es su profeta!» No bien había pronunciado
estas palabras, la vimos convertirse en un montón de ceniza, próximo al
otro montón que formaba el efrit.
Entonces nos afligimos profundamente. Gustoso habría yo ocupado su
lugar, antes que ver bajo tan mísero aspecto á aquella joven de radiante
hermosura que tanto quiso favorecerme; pero los designios de Alah son
inapelables.
Al advertir el rey la transformación sufrida por su hija, lloró por
ella, mesándose las barbas que le quedaban, abofeteándose y
desgarrándose las ropas. Y lo propio hice yo. Y los dos lloramos sobre
ella. En seguida llegaron los chambelanes, y los jefes del gobierno
hallaron al sultán llorando aniquilado ante los dos montones de ceniza.
Y se asombraron muchísimo, y comenzaron á dar vueltas á su alrededor,
sin atreverse á hablarle. Al cabo de una hora se repuso algo el rey, y
les contó lo ocurrido entre la princesa y el efrit. Y todos gritaron:
«¡Alah! ¡Alah! ¡Qué gran desdicha! ¡Qué tremenda desventura!»
En seguida llegaron todas las damas de palacio con sus esclavas, y
durante siete días se cumplieron todas las ceremonias de duelo y de
pésame.