los jueces de la tierra!_
_¡No sientas alegría ni aflicción por ninguna cosa, pues las cosas
no son eternas!_
_¡Se ha cumplido nuestro destino; hemos seguido con toda fidelidad
los renglones escritos por la Suerte; porque aquél para quien la
Suerte escribió un renglón, no tiene más remedio que seguirlo!»_
Y el saaluk prosiguió de este modo:
«Cuando dejé tuerto al visir, no se atrevió á reclamar en contra mía,
porque mi padre era el rey del país. Pero ésta era la causa de su odio.
Y cuando me presentaron á él con los brazos atados, dispuso que me
cortaran la cabeza. Entonces le dije: «¿Por qué me matas si no he
cometido ningún crimen?» Y contestó: «¿Qué mayor crimen que éste?» Y
señalaba su ojo huero. Y yo dije: «Eso lo hice contra mi voluntad.» Pero
él replicó: «Si lo hiciste contra tu voluntad, yo voy á hacerlo con toda
la mía.» Y dispuso: «¡Traedlo á mis manos!» Y me llevaron entre sus
manos.
Entonces extendió la mano, clavó su dedo en mi ojo izquierdo y lo hundió
completamente.
¡Y desde entonces estoy tuerto, como todos veis!
Hecho esto, ordenó que me atasen y me metiesen en un cajón. Después
llamó al verdugo y le dijo: «Te lo entrego. Desenvaina tu alfanje y
lleva á este hombre fuera de la ciudad; lo matas y le dejas allí para
que se lo coman las fieras.»
Entonces el verdugo me llevó fuera de la ciudad. Y me sacó de la caja
con las manos atadas y los pies encadenados, y me quiso vendar los ojos
antes de matarme. Pero entonces rompí á llorar y recité estas estrofas:
_¡Te elegí como firme coraza para librarme de mis enemigos, y eres
la lanza y el agudo hierro con que me atraviesan!_
_¡Cuando disponía del poder, mi mano derecha, la que debía
castigar, se abstenía, pasando el arma á mi mano izquierda, que no
la sabía esgrimir! ¡Así obraba yo!_
_¡No insistáis, os lo ruego, en vuestros reproches crueles; dejad
que sólo los enemigos me arrojen las flechas dolorosas!_
_¡Conceded á mi pobre alma, torturada por los enemigos, el don del
silencio; no la oprimáis más con la dureza y el peso de vuestras
palabras!_
_¡Confié en mis amigos para que me sirviesen de sólidas corazas; y
así lo hicieron, pero en manos de los enemigos y contra mí!_
_¡Los elegí para que me sirviesen de flechas mortales; y lo fueron,
pero contra mi corazón!_
_¡Cultivé sus corazones para hacerles fieles; y fueron fieles, pero
á otros amores!_
_¡Los cuidé fervorosamente para que fuesen constantes; y lo fueron,
pero en la traición!_
Cuando el verdugo oyó estos versos, recordó que había servido á mi padre
y que yo le había colmado de beneficios, y me dijo: «¿Cómo iba yo á
matarte, si soy tu esclavo?» Y añadió: «Escápate. ¡Te salvo la vida!
Pero no vuelvas á esta comarca, porque perecerías y me harías perecer
contigo, según dice el poeta:
_¡Anda! ¡Libértate, amigo, y salva á tu alma de la tiranía! ¡Deja
que las casas sirvan de tumba á quienes las han construído!_
_¡Anda! ¡Podrás encontrar otras tierras que las tuyas, otros países
distintos de tu país, pero nunca hallarás más alma que tu alma!_
_¡Piensa que es muy insensato vivir en un país de humillaciones,
cuando la tierra de Alah es ancha hasta lo infinito!_
_¡Sin embargo... está escrito! ¡Está escrito que el hombre
destinado á morir en un país no podrá morir más que en el país de
su destino! Pero ¿sabes tú cuál es el país de tu destino?..._
_¡Y sobre todo, no olvides nunca que el cuello del león no llega á
su desarrollo hasta que su alma se ha desarrollado con toda
libertad!_
Cuando acabó de recitar estos versos, le besé las manos, y mientras no
me vi muy lejos de aquellos lugares no pude creer en mi salvación.
Pensando que había salvado la vida pude consolarme de haber perdido un
ojo, y seguí caminando, hasta llegar á la ciudad de mi tío. Entré en su
palacio y le referí todo lo que le había ocurrido á mi padre y todo lo
que me había ocurrido á mí. Entonces derramó muchas lágrimas, y exclamó:
«¡Oh sobrino mío! vienes á añadir una aflicción á mis aflicciones y un
dolor á mis dolores. Porque has de saber que el hijo de tu pobre tío ha
desaparecido hace muchos días y nadie sabe dónde está.» Y rompió á
llorar tanto, que se desmayó. Cuando volvió en sí, me dijo: «Estaba
afligidísimo por tu primo, y ahora se aumenta mi dolor con lo ocurrido á
ti y á tu padre. En cuanto á ti, ¡oh hijo mío! más vale haber perdido un
ojo que la vida.»
Al oirle hablar de este modo, no pude callar por más tiempo lo que le
había ocurrido á mi primo, y le revelé toda la verdad. Mi tío, al
saberla, se alegró hasta el límite de la alegría, y me dijo: «Llévame en
seguida á esa tumba.» Y contesté: «¡Por Alah! no sé dónde está esa
tumba. He ido muchas veces á buscarla, sin poder dar con ella.»
Entonces nos fuimos al cementerio, y al fin, después de buscar en todos
sentidos, acabé por encontrarla. Y yo y mi tío llegamos al límite de la
alegría, y entramos en la bóveda, quitamos la tierra, apartamos la losa
y descendimos los cincuenta peldaños que tenía la escalera. Al llegar
abajo, subió hacia nosotros una humareda que nos cegaba. Pero en seguida
mi tío pronunció la Palabra que libra de todo temor á quien la dice, y
es ésta: «¡No hay poder ni fuerza mas que en Alah, el Altísimo, el
Omnipotente!»
Después seguimos andando, hasta llegar á un gran salón que estaba lleno
de harina y de grano de todas las especies, de manjares de todas clases
y de otras muchas cosas. Y vimos en medio del salón un lecho cubierto
por unas cortinas. Mi tío miró hacia el interior del lecho, y vió á su
hijo en brazos de aquella mujer que le había acompañado, pero ambos
estaban totalmente convertidos en carbón, como si los hubieran echado en
un horno.
Al verlos, escupió mi tío en la cara á su hijo y exclamó: «Mereces el
suplicio de este bajo mundo que ahora sufres, pero aún te falta el del
otro, que es más terrible y más duradero.» Y después de haberle
escupido, se descalzó una babucha y con la suela le dió en la cara.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aproximarse la
mañana, y discretamente no quiso abusar del permiso que se le había
concedido.
[imagen]
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 12.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el saaluk, mientras la
concurrencia escuchaba su relato, prosiguió diciendo á la joven:
«Después que mi tío dió con la babucha en la cara de su hijo, que estaba
allí tendido y hecho carbón, me quedé prodigiosamente sorprendido ante
aquel golpe. Y me afligió mucho ver á mi primo convertido en carbón;
¡tan joven como era! Y en seguida exclamé: «¡Por Alah! ¡oh tío mío!
Alivia un poco los pesares de tu corazón. Porque yo sufro mucho con lo
que ha ocurrido á tu hijo. Y, sobre todo, me aflige verlo convertido en
carbón, lo mismo que á esa joven, y que tú, no contento con esto, le
pegues con la suela de tu babucha.» Entonces mi tío me contó lo
siguiente:
«¡Oh sobrino mío! Sabe que este joven, que es mi hijo, ardió en
amores por su hermana desde la niñez. Y yo siempre le alejaba de
ella y me decía: «Debo estar tranquilo, porque aún son muy
jóvenes.» ¡Pero no fué así! Apenas llegados á la pubertad,
cometieron la mala acción, y aunque lo averigüé, no podía creerlo
del todo. Sin embargo, eché á mi hijo una reprimenda terrible, y le
dije: «¡Cuidado con esas indignas acciones, que nadie ha cometido
hasta ahora ni nadie cometerá después! ¡Cuenta que no habría reyes
que tuvieran que arrastrar tanta vergüenza ni tanta ignominia como
nosotros! ¡Y los correos propagarían á caballo nuestro escándalo
por todo el mundo! ¡Guárdate, pues, si no quieres que te maldiga y
te mate!» Después cuidé de separarla á ella y de separarle á él.
Pero indudablemente esta malvada le quería con un amor grandísimo,
porque el Cheitán consolidó su obra en ellos.
Así, pues, cuando mi hijo vió que le había separado de su hermana,
debió fabricar este asilo subterráneo sin que nadie lo supiera; y
como ves, trajo á él manjares y otras cosas; y se aprovechó de mi
ausencia, cuando yo estaba en la cacería, para venir aquí con su
hermana.
Con esto provocaron la justicia del Altísimo y Muy Glorioso. Y ella
los abrasó aquí á los dos. Pero el suplicio del mundo futuro es más
terrible todavía y más duradero.»
Entonces mi tío se echó á llorar, y yo lloré con él. Y después
exclamó: «¡Desde ahora serás mi hijo en vez de ese otro!»
Pero yo me puse á meditar durante una hora sobre los hechos de este
mundo y en otras cosas: en la muerte de mi padre por orden del visir, en
su trono usurpado, en mi ojo hundido, ¡que todos veis! y en todas estas
cosas tan extraordinarias que le habían ocurrido á mi primo, y no pude
menos de llorar otra vez.
Luego salimos de la tumba, echamos la losa, la cubrimos con tierra, y
dejándolo todo como estaba antes, volvimos á palacio.
Apenas llegamos, oímos sonar instrumentos de guerra, trompetas y
tambores, y vimos que corrían los guerreros. Y toda la ciudad se llenó
de ruidos, de estrépito y del polvo que levantaban los cascos de los
caballos. Nuestro espíritu se hallaba en una gran perplejidad, no
acertando la causa de todo aquello. Pero por fin mi tío acabó por
preguntar la razón de estas cosas, y le dijeron: «Tu hermano ha sido
muerto por el visir, que se ha apresurado á reunir sus tropas y á venir
súbitamente al asalto de la ciudad. Y los habitantes han visto que no
podían ofrecer resistencia, y han rendido la ciudad á discreción.»
Al oir todo aquello, me dije: «¡Seguramente me matará si caigo en sus
manos!» Y de nuevo se amontonaron en mi alma las penas y las zozobras, y
empecé á recordar las desgracias ocurridas á mi padre y á mi madre. Y no
sabía qué hacer, pues si me veían los soldados estaba perdido. Y no
hallé otro recurso que afeitarme la barba. Así es que me afeité la
barba, me disfracé como pude, y me escapé de la ciudad. Y me dirigí
hacia esta ciudad de Bagdad, donde esperaba llegar sin contratiempo y
encontrar alguien que me guiase al palacio del Emir de los Creyentes,
Harún Al-Rachid, el califa del Amo del Universo, á quien quería contar
mi historia y mis aventuras.
Llegué á Bagdad esta misma noche, y como no sabía dónde ir, me quedé muy
perplejo. Pero de pronto me encontré cara á cara con este saaluk, y le
deseé la paz y le dije: «Soy extranjero.» Y él me contestó: «Yo también
lo soy.» Y estábamos hablando, cuando vimos acercarse á este tercer
saaluk, que nos deseó la paz y nos dijo: «Soy extranjero.» Y le
contestamos: «También lo somos nosotros.» Y anduvimos juntos hasta que
nos sorprendieron las tinieblas. Entonces el Destino nos guió
felizmente á esta casa, cerca de vosotras, señoras mías.
Tal es la causa de que me veáis afeitado y tenga un ojo huero.»
Cuando hubo acabado de hablar, le dijo la mayor de las tres doncellas:
«Está bien; acaríciate la cabeza[43] y vete.»
Pero el primer saaluk contestó: «No me iré hasta que haya oído los
relatos de los demás.»
Y todos estaban maravillados de aquella historia tan prodigiosa, y el
califa dijo al visir: «En mi vida he oído aventura semejante á la de
este saaluk.»
Entonces el primer saaluk fué á sentarse en el suelo, con las piernas
cruzadas, y el otro dió un paso, besó la tierra entre las manos de la
joven, y refirió lo que sigue:
Historia del segundo saaluk
[imagen]
«La verdad es, ¡oh señora mía! que yo no nací tuerto. Pero la historia
que voy á contarte es tan asombrosa, que si se escribiese con una aguja
en el ángulo interior del ojo, serviría de lección á quien fuese capaz
de instruirse.
Aquí donde me ves, soy rey, hijo de un rey. También sabrás que no soy
ningún ignorante. He leído el Corán, las siete narraciones, los libros
capitales, los libros esenciales de los maestros de la ciencia. Y
aprendí también la ciencia de los astros y las palabras de los poetas. Y
de tal modo me entregué al estudio de todas las ciencias, que pude
superar á todos los vivientes de mi siglo.
Además, mi nombre sobresalió entre todos los escritores. Mi fama se
extendió por el mundo, y todos los reyes supieron mi valía. Fué entonces
cuando oyó hablar de ella el rey de la India, y mandó un mensaje á mi
padre rogándole que me enviara á su corte, y acompañó á este mensaje
espléndidos regalos, dignos de un rey. Mi padre consintió, hizo preparar
seis naves llenas de todas las cosas, y partí con mi servidumbre.
Nuestra travesía duró todo un mes. Al llegar á tierra desembarcamos los
caballos y los camellos, y cargamos diez de éstos con los presentes
destinados al rey de la India. Pero apenas nos habíamos puesto en
marcha, se levantó una nube de polvo, que cubría todas las regiones del
cielo y de la tierra, y así duró una hora. Se disipó después, y salieron
de ella hasta sesenta jinetes que parecían leones enfurecidos. Eran
árabes del desierto, salteadores de caravanas, y cuando intentamos huir,
corrieron á rienda suelta detrás de nosotros y no tardaron en darnos
alcance. Entonces, haciéndoles señas con las manos, les dijimos: «No nos
hagáis daño, pues somos una embajada que lleva estos presentes al
poderoso rey de la India.» Y contestaron ellos: «No estamos en sus
dominios ni dependemos de ese rey.» Y en seguida mataron á varios de mis
servidores, mientras que huíamos los demás. Yo había recibido una herida
enorme, pero, afortunadamente, los árabes sólo se cuidaron de apoderarse
de las riquezas que llevaban los camellos.
No sabía yo dónde estaba ni qué había de hacer, pues me afligía pensar
que poco antes era muy poderoso y ahora me veía en la pobreza y en la
miseria. Seguí huyendo, hasta encontrarme en la cima de una montaña,
donde había una gruta, y allí al fin pude descansar y pasar la noche.
A la mañana siguiente salí de la gruta, proseguí mi camino, y así llegué
á una ciudad espléndida, de clima tan maravilloso, que el invierno nunca
la visitó y la primavera la cubría constantemente con sus rosas. Me
alegró mucho al entrar en aquella ciudad, donde encontraría,
seguramente, descanso á mis fatigas y sosiego á mis inquietudes.
No sabía á quién dirigirme, pero al pasar junto á la tienda de un sastre
que estaba allí cosiendo, le deseé la paz, y el buen hombre, después de
devolverme el saludo, me abrazó, me invitó cordialmente á sentarme, y
lleno de bondad me interrogó acerca de los motivos que me habían alejado
de mi país. Le referí entonces cuanto me había ocurrido, desde el
principio hasta el fin, y el sastre me compadeció mucho y me dijo: «¡Oh
tierno joven, no cuentes eso á nadie! Teme al rey de esta ciudad, que
es el mayor enemigo de los tuyos y quiere vengarse de tu padre desde
hace muchos años.»
Después me dió de comer y beber, y comimos y bebimos en la mejor
compañía. Y pasamos parte de la noche conversando, y luego me cedió un
rincón de la tienda para que pudiese dormir, y me trajo un colchón y una
manta, cuanto podía necesitar.
Así permanecí en su tienda tres días, y transcurridos que fueron, me
preguntó: «¿Sabes algún oficio para ganarte la vida?» Y yo contesté:
«¡Ya lo creo! Soy un gran jurisconsulto, un maestro reconocido en
ciencias, y además sé leer y contar.» Pero él replicó: «Hijo mío, nada
de eso es oficio. Es decir, no digo que no sea oficio--pues me vió muy
afligido--, pero no encontrarás parroquianos en nuestra ciudad. Aquí
nadie sabe estudiar, ni leer, ni escribir, ni contar. No saben mas que
ganarse la vida.» Entonces me puse muy triste y comencé á lamentarme:
«¡Por Alah! Sólo sé hacer lo que acabo de decirte.» Y él me dijo:
«¡Vamos, hijo mío, no hay que afligirse de ese modo! Coge una cuerda y
un hacha y trabaja de leñador, hasta que Alah te depare mejor suerte.
Pero sobre todo, oculta tu verdadera condición, pues te matarían.» Y fué
á comprarme el hacha y la cuerda, y me mandó con los leñadores, después
de recomendarme á ellos.
Marché entonces con los leñadores, y terminado mi trabajo, me eché al
hombro una carga de leña, la llevé á la ciudad y la vendí por medio
dinar. Compré con unos pocos cuartos mi comida, guardé cuidadosamente
el resto de las monedas, y durante un año seguí trabajando de este modo.
Todos los días iba á la tienda del sastre, donde descansaba unas horas
sentado en el suelo con las piernas cruzadas.
Un día, al salir al campo con mi hacha, llegué hasta un bosque muy
frondoso que me ofrecía una buena provisión de leña. Escogí un gran
tronco seco, me puse á escarbar alrededor de las raíces, y de pronto el
hacha quedó sujeta á una argolla de cobre. Vacié la tierra y descubrí
una trampa á la cual estaba prendida la argolla, y al levantarla,
apareció una escalera que me condujo hasta una puerta. Abrí la puerta y
me encontré en un salón de un palacio maravilloso. Allí estaba una joven
hermosísima, perla inestimable, cuyos encantos me hicieron olvidar mis
desdichas y mis temores. Y mirándola, me incliné ante el Creador, que la
había dotado de tanta perfección y tanta hermosura.
Entonces ella me miró y me dijo: «¿Eres un ser humano ó un efrit?» Y
contesté: «Soy un hombre.» Ella volvió á preguntar: «¿Cómo pudiste venir
hasta este sitio donde estoy encerrada veinte años?» Y al oir estas
palabras, que me parecieron llenas de delicia y de dulzura, le dije:
«¡Oh señora mía! Alah me ha traído á tu morada para que olvide mis
dolores y mis penas.» Y le conté cuanto me había ocurrido, desde el
principio hasta el fin, produciéndole tal lástima, que se puso á llorar,
y me dijo: «Yo también te voy á contar mi historia:
»Sabe que soy hija del rey Aknamus, el último rey de la India, señor de
la isla de Ébano. Me casé con el hijo de mi tío. Pero la misma noche de
mi boda, antes de perder mi virginidad, me raptó un efrit llamado
Georgirus, hijo de Rajmus y nieto del propio Eblis, y me condujo volando
hasta este sitio, al que había traído dulces, golosinas, telas
preciosas, muebles, víveres y bebidas. Desde entonces viene á verme cada
diez días; se acuesta esa noche conmigo y se va por la mañana. Si
necesitase llamarlo durante los diez días de su ausencia, no tendría mas
que tocar esos dos renglones escritos en la bóveda, é inmediatamente se
presentaría. Como vino hace cuatro días, no volverá hasta pasados otros
seis, de modo que puedes estar conmigo cinco días, para irte uno antes
de su llegada.»
Y yo contesté: «Desde luego he de permanecer aquí todo ese tiempo.»
Entonces, ella, mostrando una gran satisfacción, se levantó en seguida,
me cogió de la mano, me llevó por unas galerías y llegamos por fin al
hammam, cómodo y agradable con su atmósfera tibia. Inmediatamente me
desnudé, ella se despojó también de sus vestidos, quedando toda desnuda,
y los dos entramos en el baño. Después de bañarnos, nos sentamos en la
tarima del hammam, uno al lado del otro, y me dió de beber sorbetes de
almizcle y á comer pasteles deliciosos. Y seguimos hablando
cariñosamente mientras nos comíamos las golosinas del raptor.
En seguida me dijo: «Esta noche vas á dormir y á descansar de tus
fatigas, para que mañana estés bien dispuesto.»
Y yo, ¡oh señora mía! me avine á dormir, después de darle mil gracias. Y
olvidé realmente todos mis pesares.
Al despertar, la encontré sentada á mi lado, frotando con un delicioso
masaje mis miembros y mis pies. Y entonces invoqué sobre ella todas las
bendiciones de Alah, y estuvimos hablando durante una hora cosas muy
agradables. Y ella me dijo: «¡Por Alah! Antes de que vinieses vivía sola
en este subterráneo, y estaba muy triste, sin nadie con quien hablar, y
esto durante veinte años. Por eso bendigo á Alah, que te ha guiado junto
á mí.»
Después, con voz llena de dulzura, cantó esta estancia:
_¡Si de tu venida_
_Nos hubiesen avisado anticipadamente,_
_Habríamos tendido como alfombra para tus pies_
_La sangre pura de nuestros corazones y el negro
terciopelo de nuestros ojos!_
_¡Habríamos tendido la frescura de nuestras mejillas_
_Y la carne juvenil de nuestros muslos sedosos_
_Para tu lecho, ¡oh viajero de la noche!_
_¡Porque tu sitio está encima de nuestros párpados!_
Al oir estos versos le di las gracias con la mano sobre el corazón, y
sentí que su amor se apoderaba de todo mi ser, haciendo que tendieran
el vuelo mis dolores y mis penas. En seguida nos pusimos á beber en la
misma copa, hasta que se ausentó el día. Y aquella noche me acosté con
ella, para gozar la mayor felicidad. ¡Y jamás en mi vida he pasado una
noche semejante! Por eso cuando llegó la mañana nos levantamos muy
satisfechos uno de otro y realmente poseídos de una dicha sin límites.
Entonces, más enamorado que nunca, temiendo que se acabase nuestra
felicidad, le dije: «¿Quieres que te saque de este subterráneo y que te
libre del efrit?» Pero ella se echó á reir y me dijo: «¡Calla y
conténtate con lo que tienes! Ese pobre efrit sólo vendrá una vez cada
diez días, y todos los demás serán para ti.» Pero exaltado por mi
pasión, me excedí demasiado en mis deseos, pues repuse: «Voy á destruir
esas inscripciones mágicas, y en cuanto se presente el efrit, lo mataré.
Para mí es un juego exterminar á esos efrits, ya sean de encima ó de
debajo de la tierra.»
Y la joven, queriendo calmarme, recitó estos versos:
_¡Oh tú, que pides un plazo antes de la separación y que encuentras
dura la ausencia! ¿no sabes que es el medio de no encadenarse? ¿no
sabes que es sencillamente el medio de amar?_
_¿Ignoras que el cansancio es la regla de todas las relaciones, y
que la ruptura es la conclusión de todas las amistades?..._
Pero yo, sin hacer caso de estos versos que ella me recitaba, di un
violento puntapié en la bóveda...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 13.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el segundo saaluk prosiguió
su relato de este modo:
«¡Oh señora mía! cuando di en la bóveda tan violento puntapié, la joven
me dijo: «¡He ahí el efrit! ¡Ya viene contra nosotros! ¡Por Alah! ¡Me
has perdido! Atiende á tu salvación y sal por donde entraste.»
Entonces me precipité hacia la escalera. Pero desgraciadamente, á causa
de mi gran terror había olvidado las sandalias y el hacha. Por eso, como
había ya subido algunos peldaños, volví un poco la cabeza para dirigir
la última mirada á las sandalias y al hacha que habían sido mi
felicidad; pero en el mismo instante vi abrirse la tierra y aparecer un
efrit enorme, horriblemente feo, que preguntó á la joven: «¿A qué
obedece esa llamada tan terrible con la que acabas de asustarme? ¿Qué
desgracia te amenaza?» Ella contestó: «Ninguna desgracia. Sentí una
opresión en el pecho, á causa de mi soledad, y al levantarme en busca de
alguna bebida refrescante que reconfortara mi ánimo, lo hice tan
bruscamente, que resbalé y fuí á dar contra la cúpula.» Pero el efrit
dijo: «¡Cómo sabes mentir, desvergonzada libertina!» Después empezó á
registrar el palacio por todos lados, hasta encontrar mis babuchas y el
hacha. Y entonces gritó: «¿Qué significan estas prendas? ¿Cómo han
podido llegar aquí?» Y ella contestó: «Ahora las veo por primera vez.
Acaso las llevarías tú colgando á la espalda, y así las has traído.» El
efrit, en el colmo del furor, dijo entonces: «Todo eso son palabras
absurdas, torpes y falsas. Y no han de servirte conmigo, mala mujer.»
En seguida la desnudó completamente, la puso sobre cuatro estacas
clavadas en el suelo, y empezó á atormentarla, insistiendo en sus
preguntas sobre lo que había ocurrido. Pero yo no pude resistir más
aquella escena, ni escuchar su llanto, y subí rápidamente los peldaños,
trémulo de terror. Una vez en el bosque, puse la trampa como la había
encontrado y la oculté á las miradas cubriéndola con tierra. Y me
arrepentí de mi acción hasta el límite del arrepentimiento. Y me puse á
pensar en la joven, en su hermosura y en los tormentos que le hacía
sufrir aquel miserable después de poseerla veinte años. Y aún me dolía
más que la atormentase por causa mía. Y en ese momento me puse á pensar
también en mi padre, en su reino y en mi triste condición de leñador.
¡Esto fué todo!