Apenas entraron, desearon la paz á la concurrencia, y las jóvenes se

quedaron de pie y los invitaron á sentarse. Una vez sentados, los saalik

miraron al mandadero, y suponiendo que pertenecía á su cofradía,

dijeron: «Es un saaluk como nosotros, y podrá hacernos amistosa

compañía.» Pero el mozo, que los había oído, se levantó de súbito, los

miró airadamente y exclamó: «Dejadme en paz, que para nada necesito

vuestro afecto. Y empezad por cumplir lo que veréis escrito encima de

esa puerta.» Las doncellas estallaron de risa al oir estas palabras, y

se decían: «Vamos á divertirnos con este mozo y los saalik.» Después

ofrecieron manjares á los saalik, que los comieron muy gustosamente. Y

la más joven les ofreció de beber, y los saalik bebieron uno tras otro.

Y cuando la copa estuvo en circulación, dijo el mandadero: «Hermanos

nuestros, ¿lleváis en el saco alguna historia ó alguna maravillosa

aventura con que divertirnos?» Estas palabras los estimularon, y

pidieron que les trajesen instrumentos. Y entonces la más joven les

trajo inmediatamente un pandero de Mosul adornado con cascabeles, un

laúd de Irak y una flauta de Persia. Y los tres saalik se pusieron de

pie, y uno cogió el pandero, otro el laúd y el tercero la flauta. Y los

tres empezaron á tocar, y las doncellas los acompañaban con sus cantos.

Y el mandadero se moría de gusto, admirando la hermosa voz de aquellas

mujeres.

En este momento volvieron á llamar á la puerta. Y como de costumbre,

acudió á abrir la más joven de las tres doncellas.

Y he aquí el motivo de que hubiesen llamado:

Aquella noche, el califa Harún Al-Rachid había salido á recorrer la

ciudad, para ver y escuchar por sí mismo cuanto ocurriese. Le acompañaba

su visir Giafar-Al-Barmaki[40] y el portaalfanje Masrur, ejecutor de sus

justicias. El califa, en estos casos, acostumbraba á disfrazarse de

mercader.

Y paseando por las calles había llegado frente á aquella casa y había

oído los instrumentos y los ecos de la fiesta. Y el califa dijo al visir

Giafar: «Quiero que entremos en esta casa, para saber qué son esas

voces.» Y el visir Giafar replicó: «Acaso sea un atajo de borrachos, y

convendría precavernos por si nos hiciesen alguna mala partida.» Pero el

califa dijo: «Es mi voluntad entrar ahí. Quiero que busques la forma de

entrar y sorprenderlos.» Al oir esta orden, el visir contestó: «Escucho

y obedezco.» Y Giafar avanzó y llamó á la puerta. Y al momento fué á

abrir la más joven de las tres hermanas.

Cuando la joven hubo abierto la puerta, el visir le dijo: «¡Oh señora

mía! somos mercaderes de Tabaria[41]. Hace diez días llegamos á Bagdad

con nuestros géneros, y habitamos en el khan de los mercaderes. Uno de

los comerciantes del khan nos ha convidado á su casa y nos ha dado de

comer. Después de la comida, que ha durado una hora, nos ha dejado en

libertad de marcharnos. Hemos salido, pero ya era de noche, y como somos

extranjeros, hemos perdido el camino del khan, y ahora nos dirigimos

fervorosamente á vuestra generosidad para que nos permitáis entrar y

pasar la noche aquí. Y ¡Alah os tendrá en cuenta esta buena obra!»

Entonces la joven los miró, le pareció que en efecto tenían maneras de

mercaderes y un aspecto muy respetable, por lo cual fué á buscar á sus

dos hermanas para pedirles parecer. Y ellas le dijeron: «Déjales

entrar.» Entonces fué á abrirles la puerta, y le preguntaron: «¿Podemos

entrar, con vuestro permiso?» Y ella contestó: «Entrad.» Y entraron el

califa, el visir y el portaalfanje, y al verlos, las jóvenes se pusieron

de pie y les dijeron: «¡Sed bien venidos, y que la acogida en esta casa

os sea tan amplia como amistosa! Sentaos, ¡oh huéspedes nuestros! Sólo

tenemos que imponeros una condición: _No habléis de lo que no os

importe, si no queréis oir cosas que no os gusten_.» Y ellos

respondieron: «Ciertamente que sí.» Y se sentaron, y fueron invitados á

beber y á que circulase entre ellos la copa. Después el califa miró á

los tres saalik, y se asombró mucho al ver que los tres estaban tuertos

del ojo izquierdo. Y miró en seguida á las jóvenes, y al advertir su

hermosura y su gracia, quedó aún más perplejo y sorprendido. Las

doncellas siguieron conversando con los convidados, invitándoles á beber

con ellas, y luego presentaron un vino exquisito al califa, pero éste lo

rechazó, diciendo: «Soy un buen hadj»[42]. Entonces la más joven se

levantó y colocó delante de él una mesita con incrustaciones finas,

encima de la cual puso una taza de porcelana de China, y echó en ella

agua de la fuente, que enfrió con un pedazo de hielo, y lo mezcló todo

con azúcar y agua de rosas, y después se lo presentó al califa. Y él

aceptó, y le dió las gracias, diciendo para sí: «Mañana tengo que

recompensarla por su acción y por todo el bien que hace.»

Las doncellas siguieron cumpliendo sus deberes de hospitalidad y

sirviendo de beber. Pero cuando el vino produjo sus efectos, la mayor

de las tres hermanas se levantó, cogió de la mano á la proveedora y le

dijo: «¡Oh hermana mía! levántate y cumplamos nuestro deber.» Y su

hermana le contestó: «Me tienes á tus órdenes.» Entonces la más pequeña

se levantó también, y dijo á los saalik que se apartaran del centro de

la sala y que fuesen á colocarse junto á las puertas. Quitó cuanto había

en medio del salón y lo limpió. Las otras dos hermanas llamaron al

mandadero, y le dijeron: «¡Por Alah! ¡Cuán poco nos ayudas! Cuenta que

no eres un extraño, sino de la casa.» Y entonces el mozo se levantó, se

remangó la túnica, y apretándose el cinturón, dijo: «Mandad y

obedeceré.» Y ellas contestaron: «Aguarda en tu sitio.» Y á los pocos

momentos le dijo la proveedora: «Sígueme, que podrás ayudarme.»

Y la siguió fuera de la sala, y vió dos perras de la especie de las

perras negras, que llevaban cadenas al cuello. El mandadero las cogió y

las llevó al centro de la sala. Entonces la mayor de las hermanas se

remangó el brazo, cogió un látigo, y dijo al mozo: «Trae aquí una de

esas perras.» Y el mandadero, tirando de la cadena del animal, le obligó

á acercarse, y la perra se echó á llorar y levantó la cabeza hacia la

joven. Pero ésta, sin cuidarse, de ello, la tumbó á sus pies y empezó á

darle latigazos en la cabeza, y la perra chillaba y lloraba, y la joven

no la dejó de azotar hasta que se le cansó el brazo. Entonces tiró el

látigo, cogió á la perra en brazos, la estrechó contra su pecho, le

secó las lágrimas y la besó en la cabeza, que le tenía cogida entre sus

manos. Después dijo al mandadero: «Llévatela y tráeme la otra.» Y el

mandadero trajo la otra, y la joven la trató lo mismo que á la primera.

Entonces el califa sintió que su corazón se llenaba de lástima y que el

pecho se le oprimía de tristeza, y guiñó el ojo al visir Giafar para que

interrogase sobre aquello á la joven, pero el visir le respondió por

señas que lo mejor era callarse.

En seguida la mayor de las doncellas se dirigió á sus hermanas y les

dijo: «Hagamos lo que es nuestra costumbre.» Y las otras contestaron:

«Obedecemos.» Y entonces se subió al lecho, chapeado de plata y oro, y

dijo á las otras dos: «Veamos ahora lo que sabéis.» Y la más pequeña se

subió al lecho, mientras que la otra se marchó á sus habitaciones y

volvió trayendo una bolsa de raso con flecos de seda verde; se detuvo

delante de las jóvenes, abrió la bolsa y extrajo de ella un laúd.

Después se lo entregó á su hermana pequeña, que lo templó y se puso á

tañerlo, cantando estas estrofas con una voz sollozante y conmovida:

_¡Por piedad! ¡Devolved á mis párpados el sueño que de ellos ha

huido! ¡Decidme dónde ha ido á parar mi razón!_

_¡Cuando permití que el amor penetrase en mi morada, se enojó

conmigo el sueño y me abandonó!_

_Y me preguntaban: «¿Qué has hecho para verte así, tú que eres de

los que recorren el camino recto y seguro? ¡Dinos quién te ha

extraviado de ese modo!»_

_Y les dije: «¡No seré yo, sino ella, quien os responda! ¡Yo sólo

puedo deciros que mi sangre, toda mi sangre, le pertenece! ¡Y

siempre he de preferir verterla por ella á conservarla torpemente

en mí!_

_¡He elegido una mujer para poner en ella mis pensamientos, mis

pensamientos que reflejan su imagen! ¡Si expulsara esa imagen, se

consumirían mis entrañas con un fuego devorador!_

_»¡Si la vierais, me disculparíais! ¡Porque el mismo Alah cinceló

esa joya con el licor de la vida; y con lo que quedó de ese licor

fabricó la granada y las perlas!»_

_Y me dicen: «¿Pero encuentras en el objeto amado otra cosa que

lágrimas, penas y escasos placeres?_

_»¿No sabes que al mirarte en el agua límpida sólo verás tu sombra?

¡Bebes de un manantial cuya agua sacia antes de ser saboreada!»_

_Y yo contesto: «¿No creáis que bebiendo se ha apoderado de mí la

embriaguez, sino mirando! ¡No fué preciso más; esto bastó para que

el sueño huyera por siempre de mis ojos!_

_»¡Y no son las cosas pasadas las que me consumen, sino solamente

el pasado de ella! ¡No son las cosas amadas de que me separé las

que me han puesto en este estado, sino solamente la separación de

ella!_

_»¿Podría volver mis miradas hacia otra, cuando toda mi alma está

unida á su cuerpo perfumado, á sus aromas de ámbar y almizcle?»_

Cuando acabó de cantar, su hermana le dijo: «¡Ojalá te consuele Alah,

hermana mía!» Pero tal aflicción se apoderó de la joven portera, que se

desgarró las vestiduras, y cayó desmayada en el suelo.

Pero al caer, como una parte de su cuerpo quedó descubierta, el califa

vió en él huellas de latigazos y varazos, y se asombró hasta el límite

del asombro. La proveedora roció la cara de su hermana con agua, y luego

que recobró el sentido, le trajo un vestido nuevo y se lo puso.

Entonces el califa dijo á Giafar: «¿No te conmueven estas cosas? ¿No has

visto señales de golpes en el cuerpo de esa mujer? Yo no puedo callarme,

y no descansaré hasta descubrir la verdad de todo esto, y sobre todo,

esa aventura de las dos perras.» Y el visir contestó: «¡Oh mi señor,

corona de mi cabeza! recuerda la condición que nos impusieron: No hables

de lo que no te importe, si no quieres oir cosas que no te gusten.»

Y mientras tanto, la proveedora se levantó, cogió el laúd, lo apoyó en

su redondo seno, y se puso á cantar:

_¿Qué responderíamos si vinieran á damos quejas de amor? ¿Qué

haríamos si el amor nos dañara?_

_¡Si confiáramos á un intérprete que respondiese en nuestro nombre,

este intérprete no sabría traducir todas las quejas de un corazón

enamorado!_

_¡Y si sufrimos con paciencia y en silencio la ausencia del amado,

pronto nos pondrá el dolor á las puertas de la muerte!_

_¡Oh dolor! ¡Para nosotros sólo hay penas y duelo: las lágrimas

resbalan por las mejillas!_

_Y tú, querido ausente, que has huido de las miradas de mis ojos

cortando los lazos que te unían á mis entrañas,_

_Di, ¿conservas algún recuerdo de nuestro amor pasado, una huella

pequeña que dure á pesar del tiempo?_

_¿O has olvidado, con la ausencia, el amor que agotó mi espíritu y

me puso en tal estado de aniquilamiento y postración?_

_¡Si mi sino es vivir desterrada, algún día pediré cuenta de estos

sufrimientos á Alah, nuestro Señor!_

Al oir este canto tan triste, la mayor de las doncellas se desgarró las

vestiduras, y cayó desmayada. Y la proveedora se levantó y le puso un

vestido nuevo, después de haber cuidado de rociarle la cara con agua

para que volviese de su desmayo. Entonces, algo repuesta, se sentó la

joven en el lecho, y dijo á su hermana: «Te ruego que cantes más, para

que podamos pagar nuestras deudas. ¡Aunque sólo sea una vez!» Y la

proveedora templó de nuevo el laúd y cantó las siguientes estrofas:

_¿Hasta cuándo durarán esta separación y este abandono tan cruel?

¿No sabes que á mis ojos ya no les quedan lágrimas?_

_¡Me abandonas! ¿Pero no crees que rompes así la antigua amistad?

¡Oh! ¡si tu objeto era despertar mis celos, lo has logrado!_

_¡Si el maldito Destino siempre ayudase á los hombres amorosos, las

pobres mujeres no tendrían tiempo para dirigir reconvenciones á los

amantes infieles!_

_¿A quién me quejaré para desahogar un poco mis desdichas, las

desdichas causadas por tu mano, asesino de mi corazón?... ¡Ay de

mí! ¿Qué recurso le queda al que perdió la garantía de su crédito?

¿Cómo cobrar la deuda?_

_¡Y la tristeza de mi corazón dolorido crece con la locura de mi

deseo hacia ti! ¡Te busco! ¡Tengo tus promesas! Pero tú ¿dónde

estás?_

_¡Oh hermanos! ¡os lego la obligación de vengarme del infiel! ¡Que

sufra padecimientos como los míos! ¡Que apenas vaya á cerrar los

ojos para el sueño, se los abra en seguida el insomnio largamente!_

_¡Por tu amor he sufrido las peores humillaciones! ¡Deseo, pues,

que otro en mi lugar goce las mayores satisfacciones á costa tuya!_

_¡Hasta hoy me ha tocado padecer por su amor! ¡Pero á él, que de mí

se burla, le tocará sufrir mañana!_

Al oir esto, cayó desmayada otra vez la más joven de las hermanas, y su

cuerpo apareció señalado por el látigo.

Entonces dijeron los tres saalik: «Más nos habría valido no entrar en

esta casa, aunque hubiéramos pasado la noche sobre un montón de

escombros, porque este espectáculo nos apena de tal modo, que acabará

por destruirnos la espina dorsal.» Entonces el califa, volviéndose hacia

ellos, les dijo: «¿Y por qué es eso?» Y contestaron: «Porque nos ha

emocionado mucho lo que acaba de ocurrir.» Y el califa les preguntó:

«¿De modo, que no sois de la casa?» Y contestaron: «Nada de eso. El que

parece serlo es ese que está á tu lado.» Entonces exclamó el mandadero:

«¡Por Alah! Esta noche he entrado en esta casa por primera vez, y mejor

habría sido dormir sobre un montón de piedras.»

Entonces dijeron: «Somos siete hombres, y ellas sólo son tres mujeres.

Preguntemos la explicación de lo ocurrido, y si no quieren contestarnos

de grado, que lo hagan á la fuerza.» Y todos se concertaron para obrar

de ese modo, menos el visir, que les dijo: «¿Creéis que vuestro

propósito es justo y honrado? Pensad que somos sus huéspedes, nos han

impuesto condiciones y debemos cumplirlas. Además, he aquí que se acaba

la noche, y pronto irá cada uno á buscar su suerte por el camino de

Alah.» Después guiñó el ojo al califa, y llevándole aparte, le dijo:

«Sólo nos queda que permanecer aquí una hora. Te prometo que mañana

pondré entre tus manos á estas jóvenes, y entonces les podrás preguntar

su historia.» Pero el califa rehusó y dijo: «No tengo paciencia para

aguardar á mañana.» Y siguieron hablando todos, hasta que acabaron por

preguntarse: «¿Cuál de nosotros les dirigirá la pregunta?» Y algunos

opinaron que eso le correspondía al mandadero.

A todo esto, las jóvenes les preguntaron: «¿De qué habláis, buena

gente?» Entonces el mandadero se levantó, se puso delante de la mayor de

las tres hermanas, y le dijo: «¡Oh soberana mía! En nombre de Alah te

pido y te conjuro, de parte de todos los convidados, que nos cuentes la

historia de esas dos perras negras, y por qué las has castigado tanto,

para llorar después y besarlas, Y dinos también, para que nos enteremos,

la causa de esas huellas de latigazos que se ven en el cuerpo de tu

hermana. Tal es nuestra petición. Y ahora, ¡que la paz sea contigo!»

Entonces la joven les preguntó á todos: «¿Es cierto lo que dice este

mandadero en vuestro nombre?» Y todos, excepto el visir, contestaron:

«Cierto es.» Y el visir no dijo ni una palabra.

Entonces la joven, al oir su respuesta, les dijo: «¡Por Alah, huéspedes

míos! Acabáis de ofendernos de la peor manera. Ya se os advirtió

oportunamente que si alguien hablaba de lo que no le importase, oiría lo

que no le había de gustar. ¿No os ha bastado entrar en esta casa y

comeros nuestras provisiones? Pero no tenéis vosotros la culpa, sino

nuestra hermana, por haberos traído.»

Y dicho esto, se remangó el brazo, dió tres veces con el pie en el

suelo, y gritó: «¡Hola! ¡Venid en seguida!» E inmediatamente se abrió

uno de los roperos cubiertos por cortinajes, y aparecieron siete negros,

altos y robustos, que blandían agudos alfanjes. Y la dueña les dijo:

«Atad los brazos á esa gente de lengua larga, y amarradlos unos á

otros.» Y ejecutada la orden, dijeron los negros: «¡Oh señora nuestra!

¡Oh flor oculta á las miradas de los hombres! ¿nos permites que les

cortemos la cabeza?» Y ella contestó: «Aguardad una hora, porque antes

de degollarlos los he de interrogar para saber quiénes son.»

Entonces exclamó el mandadero: «¡Por Alah, oh señora mía! no me mates

por el crimen de estos hombres. Todos han faltado y todos han cometido

un acto criminal, pero yo no. ¡Por Alah! ¡Qué noche tan dichosa y tan

agradable habríamos pasado si no hubiésemos visto á estos malditos

saalik! Porque estos saalik de mal agüero son capaces de destruir la más

floreciente de las ciudades sólo con entrar en ella.»

Y en seguida recitó esta estrofa:

_¡Qué hermoso es el perdón del fuerte! ¡Y sobre todo, qué hermoso

cuando se otorga al indefenso!_

_¡Yo te conjuro por la inviolable amistad que existe entre los dos:

no mates al inocente por causa del culpable!_

Cuando el mandadero acabó de recitar, la joven se echó á reir.

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[imagen]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 11.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la joven se echó á

reir, después de haberse indignado, se acercó á los concurrentes, y

dijo: «Contadme cuanto tengáis que contar, pues sólo os queda una hora

de vida. Y si tengo tanta paciencia, es porque sois gente humilde, que

si fueseis de los notables, ó de los grandes de vuestra tribu, ó si

fueseis de los que gobiernan, ya os habría castigado.»

Entonces el califa dijo al visir: «¡Desdichados de nosotros, oh Giafar!

Revélale quiénes somos, si no, va á matarnos.» Y el visir contestó:

«Bien merecido nos está.» Pero el califa dijo: «No es ocasión oportuna

para bromas; el caso es muy serio, y cada cosa en su tiempo.»

Entonces la joven se acercó á los saalik, y les dijo: «¿Sois hermanos?»

Y contestaron ellos: «¡No, por Alah! Somos los más pobres de los pobres,

y vivimos de nuestro oficio, haciendo escarificaciones y poniendo

ventosas.» Entonces fué preguntando á cada uno: «¿Naciste tuerto, tal

como ahora estás?» Y el primero de ellos contestó: «¡No, por Alah! Pero

la historia de mi desgracia es tan asombrosa, que si se escribiera con

una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien

la leyera con respeto.» Y los otros dos contestaron lo mismo, y luego

dijeron los tres: «Cada uno de nosotros es de un país distinto, pero

nuestras historias no pueden ser más maravillosas, ni nuestras aventuras

más prodigiosamente extrañas.» Entonces dijo la joven: «Que cada cual

cuente su historia, y después se lleve la mano á la frente para darnos

las gracias y se vaya en busca de su destino.»

El mandadero fué el primero que se adelantó, y dijo: «¡Oh señora mía! Yo

soy sencillamente un mandadero, y nada más. Vuestra hermana me hizo

cargar con muchas cosas y venir aquí. Me ha ocurrido con vosotras lo que

sabéis muy bien, y no he de repetirlo ahora, por razones que se os

alcanzan. Y tal es toda mi historia. Y nada podré añadir á ella, sino

que os deseo la paz.»

Entonces la joven le dijo: «¡Vaya! llévate la mano á la cabeza, para ver

si está todavía en su sitio, arréglate el pelo y márchate.» Pero replicó

el mozo: «¡Oh! ¡No, por Alah! No me he de ir hasta que oiga el relato de

mis compañeros.»

* * * * *

Entonces el primer saaluk entre los saalik avanzó para contar su

historia, y dijo:

Historia del primer saaluk

[imagen]

«Voy á contarte, ¡oh mi señora! el motivo de que me afeitara las barbas

y de haber perdido un ojo.

Sabe, pues, que mi padre era rey, tenía un hermano, y ese hermano era

rey en otra ciudad. Y ocurrió la coincidencia de que el mismo día que mi

madre me parió nació también mi primo.

Después pasaron los años, y después de los años y los días, mi primo y

yo crecimos. He de decirte que, con intervalos de algunos años, iba á

visitar á mi tío y á pasar con él algunos meses. La última vez que le

visité me dispensó mi primo una acogida de las más amplias y más

generosas, y mandó degollar varios carneros en mi honor y clarificar

numerosos vinos. Luego empezamos á beber, hasta que el vino pudo más que

nosotros. Entonces mi primo me dijo: «¡Oh primo mío! Ya sabes que te

quiero extremadamente, y te he de pedir una cosa importante. No quisiera

que me la negases ni que me impidieses hacer lo que he resuelto.» Y yo

le contesté: «Así sea, con toda la simpatía y generosidad de mi

corazón.» Y para fiar más en mí, me hizo prestar el más sagrado de los

juramentos, haciéndome jurar sobre el Libro Noble. Y en seguida se

levantó, se ausentó unos instantes, y después volvió con una mujer

ricamente vestida y perfumada, con un atavío tan fastuoso, que suponía

una gran riqueza. Y volviéndose hacia mí, con la mujer detrás de él, me

dijo: «Toma esta mujer y acompáñala al sitio que voy á indicarte.» Y me

señaló el sitio, explicándolo tan detalladamente que lo comprendí muy

bien. Luego añadió: «Allí encontrarás una tumba entre las otras tumbas,

y en ella me aguardarás.» Yo no me pude negar á ello, porque había

jurado con la mano derecha. Y cogí á la mujer, y marchamos al sitio que

me habían indicado, y nos sentamos allí para esperar á mi primo, que no

tardó en presentarse, llevando una vasija llena de agua, un saco con

yeso y una piqueta. Y lo dejó todo en el suelo, conservando en la mano

nada más que la piqueta, y marchó hacia la tumba, quitó una por una las

piedras y las puso aparte. Después cavó con la piqueta hasta descubrir

una gran losa. La levantó, y apareció una escalera abovedada. Se volvió

entonces hacia la mujer y le dijo: «Ahora puedes elegir.» Y la mujer

bajó en seguida la escalera y desapareció. Entonces él se volvió hacia

mí y me dijo: «¡Oh primo mío! te ruego que acabes de completar este

favor, y que, cuando haya bajado, eches la losa y la cubras con tierra,

como estaba. Y así completarás este favor que me has hecho. En cuanto al

yeso que hay en el saco y en cuanto al agua de la vasija, los mezclarás

bien, y después pondrás las piedras como antes, y con la mezcla llenarás

las junturas de modo que nadie pueda adivinar que es obra reciente.

Porque hace un año que estoy haciendo este trabajo, y sólo Alah lo

sabe.» Y luego añadió: «Y ahora ruega á Alah que no me abrume de

tristeza por estar lejos de ti, primo mío.» En seguida bajó la escalera,

y desapareció en la tumba. Cuando hubo desaparecido de mi vista, me

levanté, volví á poner la losa, é hice todo lo demás que me había

mandado, de modo que la tumba quedó como antes estaba.

Regresé al palacio, pero mi tío se había ido de caza, y entonces decidí

acostarme aquella noche. Después, cuando vino la mañana, comencé á

reflexionar sobre todas las cosas de la noche anterior, y singularmente

sobre lo que me había ocurrido con mi primo, y me arrepentí de cuanto

había hecho. ¡Pero con el arrepentimiento no remediaba nada! Entonces

volví hacia las tumbas y busqué, sin poder encontrarla, aquélla en que

se había encerrado mi primo. Y seguí buscando hasta cerca del anochecer,

sin hallar ningún rastro. Regresé entonces al palacio, y no podía beber,

ni comer, ni apartar el recuerdo de lo que me había ocurrido con mi

primo, sin poder descubrir qué era de él. Y me afligí con una aflicción

tan considerable, que toda la noche la pasé muy apenado hasta la mañana.

Marché en seguida otra vez al cementerio, y volví á buscar la tumba

entre todas las demás, pero sin ningún resultado. Y continué mis

pesquisas durante siete días más, sin encontrar el verdadero camino. Por

lo cual aumentaron de tal modo mis temores, que creí volverme loco.

Decidí viajar, en busca de remedio para mi aflicción, y regresé al país

de mi padre. Pero al llegar á las puertas de la ciudad salió un grupo de

hombres, se echaron sobre mí y me ataron los brazos. Entonces me quedé

completamente asombrado, puesto que yo era el hijo del sultán y aquéllos

los servidores de mi padre y también mis esclavos. Y me entró un miedo

muy grande, y pensaba: «¿Quién sabe lo que le habrá podido ocurrir á mi

padre?» Y pregunté á los que me habían atado los brazos, y no quisieron

contestarme. Pero poco después, uno de ellos, esclavo mío, me dijo: «La

suerte no se ha mostrado propicia con tu padre. Los soldados le han

hecho traición y el visir lo ha mandado matar. Nosotros estábamos

emboscados, aguardando que cayeses en nuestras manos.»

Luego me condujeron á viva fuerza. Yo no sabía lo que me pasaba, pues la

muerte de mi padre me había llenado de dolor. Y me entregaron entre las

manos del visir que había matado á mi padre. Pero entre este visir y yo

existía un odio muy antiguo. Y la causa de este odio consistía en que

yo, de joven, fuí muy aficionado al tiro de ballesta, y ocurrió la

desgracia de que un día entre los días me hallaba en la azotea del

palacio de mi padre, cuando un gran pájaro descendió sobre la azotea del

palacio del visir, el cual estaba en ella. Quise matar al pájaro con la

ballesta, pero la ballesta erró al pájaro, hirió en un ojo al visir y se

lo hundió, por voluntad y juicio escrito de Alah. Ya lo dijo el poeta:

El libro de las mil noches y una noche; t. 1 · 第 7 / 14 段