subterráneo, y dijo: «¡Oh dueño mío! levántate, que te vea yo.» Y el rey
contestó muy débilmente: «Aún no has hecho nada. Queda otra cosa para
que recobre la tranquilidad. No has suprimido la causa principal de mis
males.» Y ella dijo: «¡Oh amado mío! ¿cuál es esa causa principal?» Y el
rey contestó: «Esos peces del lago, los habitantes de la antigua ciudad
y de las cuatro islas, no dejan de sacar la cabeza del agua, á
medianoche, para lanzar imprecaciones contra ti y contra mí. Y ése es el
motivo de que no recobre yo las fuerzas. Libértalos, pues. Entonces
podrás venir á darme la mano y ayudarme á levantar, porque seguramente
habré vuelto á la salud.»
Cuando la bruja oyó estas palabras, que creía del negro, exclamó muy
alegre: «¡Oh dueño mío! pongo tu voluntad sobre mi cabeza y sobre mis
ojos.» E invocando el nombre de Bismillah, se levantó muy dichosa, echó
á correr, llegó al lago, cogió un poco de agua, y...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 9.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la bruja cogió un
poco de agua y pronunció unas palabras misteriosas, los peces empezaron
á agitarse, irguiendo la cabeza, y acabaron por convertirse en hijos de
Adán, y en la hora y en el instante se desató la magia que sujetaba á
los habitantes de la ciudad. Y la ciudad se convirtió en una población
floreciente, con magníficos zocos bien construidos, y cada habitante se
puso á ejercer su oficio. Y las montañas volvieron á ser islas como en
otro tiempo. Y hete aquí todo lo que hubo respecto á esto. Por lo que se
refiere á la bruja, ésta volvió junto al rey, y como le seguía tomando
por el negro, le dijo: «¡Oh querido mío! Dame tu mano generosa para
besarla.» Y el rey le respondió en voz baja: «Acércate más á mí.» Y ella
se aproximó. Y el rey cogió de pronto su buena espada, y le atravesó el
pecho con tal fuerza, que la punta le salió por la espalda. Después,
dando un tajo, la partió en dos mitades.
Hecho esto, salió en busca del joven encantado, que le esperaba de pie.
Entonces le felicitó por su desencantamiento, y el joven le besó la
mano y le dió efusivamente las gracias. Y le dijo el rey: «¿Quieres
marchar á tu ciudad, ó acompañarme á la mía?» Y el joven contestó: «¡Oh
rey de los tiempos! ¿sabes cuánta distancia hay de aquí á tu ciudad?» Y
dijo el rey: «Dos días y medio.» Entonces le dijo el joven: «¡Oh rey! si
estás durmiendo, despierta. Para ir á tu capital emplearás, con la
voluntad de Alah, todo un año. Si llegaste aquí en dos días y medio, fué
porque esta población estaba encantada. Y cuenta, ¡oh rey! que no he de
apartarme de ti ni siquiera el instante que dura un parpadeo.» El rey se
alegró al oirlo, y dijo: «¡Bendigamos á Alah, que ha dispuesto te
encontrase en mi camino! Desde hoy serás mi hijo, ya que Alah no me los
ha querido dar hasta ahora.» Y se echaron uno en brazos del otro, y se
alegraron hasta el límite de la alegría.
Dirigiéronse entonces al palacio del rey que había estado encantado. Y
el joven anunció á los notables de su reino que iba á partir para la
santa peregrinación á la Meca. Y hechos los preparativos necesarios,
partieron él y el rey, cuyo corazón anhelaba el regreso á su país, del
que estaba ausente hacía un año. Marcharon, pues, llevando cincuenta
mamalik[32] cargados de regalos. Y no dejaron de viajar día y noche
durante un año entero, hasta que avistaron la ciudad. El visir salió con
los soldados al encuentro del rey, muy satisfecho de su regreso, pues
había llegado á temer no verle más. Y los soldados se acercaron, y
besaron la tierra entre sus manos, y le desearon la bienvenida. Y entró
en el palacio y se sentó en su trono. Después llamó al visir y le puso
al corriente de cuanto le había ocurrido. Cuando el visir supo la
historia del joven, le dió la enhorabuena por su desencantamiento y su
salvación.
Mientras tanto, el rey gratificó á muchas personas, y después dijo al
visir: «Que venga aquel pescador que en otro tiempo me trajo los peces.»
Y el visir mandó llamar al pescador que había sido causa del
desencantamiento de los habitantes de la ciudad. Y cuando se presentó le
ordenó el rey que se acercase, y le regaló trajes de honor,
preguntándole acerca de su manera de vivir y si tenía hijos. Y el
pescador dijo que tenía un hijo y dos hijas. Entonces el rey se casó con
una de sus hijas, y el joven se casó con la otra. Después el rey
conservó al pescador á su lado y le nombró tesorero general. En seguida
envió á su visir á la ciudad del joven, situada en las Islas Negras, y
le nombró sultán de aquellas islas, escoltándole los cincuenta mamalik
con numerosos trajes de honor para todos aquellos emires. El visir, al
despedirse, besó ambas manos del sultán y salió para su destino. Y el
rey y el joven siguieron juntos, muy felices con sus esposas, las dos
hijas del pescador, gozando una vida de venturosa tranquilidad y cordial
esparcimiento. En cuanto al pescador, nombrado tesorero general, se
enriqueció mucho y llegó á ser el hombre más rico de su tiempo. Y todos
los días veía á sus hijas, que eran esposas de reyes. ¡Y en tal estado,
después de numerosos años completos, fué á visitarles la Separadora de
los amigos, la Inevitable, la Silenciosa, la Inexorable! ¡Y ellos
murieron!
Pero no creáis que esta historia--prosiguió Schahrazada--sea más
maravillosa que la del mandadero.
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HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS
[imagen] Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero y
además mozo de cordel.
Un día entre los días, mientras estaba en el zoco, indolentemente
apoyado en su espuerta, se paró delante de él una mujer con un ancho
manto de tela de Mosul, en seda sembrada de lentejuelas de oro y forro
de brocado. Levantó un poco el velillo de la cara y aparecieron por
debajo dos ojos negros, con largas pestañas, y ¡qué párpados! Era
esbelta, sus manos y sus pies muy pequeños, y reunía, en fin, un
conjunto de perfectas cualidades. Y dijo con su voz llena de dulzura:
«¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme.» Y el mandadero,
sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y
siguió á la joven, hasta que se detuvo á la puerta de una casa. Llamó y
salió un nusraní[33], que por un dinar le dió una medida de aceitunas, y
ella las puso en la espuerta, diciendo al mozo: «Lleva eso y sígueme.» Y
el mandadero exclamó: «¡Por Alah! ¡Bendito día!» Y cogió otra vez la
espuerta y siguió á la joven. Y he aquí que se paró ésta en la frutería
y compró manzanas de Siria, membrillos osmaní, melocotones de Omán,
jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de
Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de alheña, anémonas rojas
de color de sangre, violetas, flores de granado y narcisos. Y lo metió
todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: «Llévalo.» Y él lo llevó y
la siguió, hasta que llegaron á la carnicería, donde dijo la joven:
«Corta diez artal de carne»[34]. Y el carnicero corto los diez artal, y
ella los envolvió en hojas de banano, los metió en la espuerta, y dijo:
«Llévalo, ¡oh mandadero!» Y él lo llevó así y la siguió, hasta encontrar
un vendedor de almendras, al cual compró la joven toda clase de
almendras, diciendo al mozo: «Llévalo y sígueme.» Y cargó otra vez con
la espuerta y la siguió, hasta llegar á la tienda de un confitero, y
allí compró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la
confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas
perfumadas con almizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados
_sabun_, pastelillos, tortas de limón, confituras sabrosas, dulces
llamados _muchabac_, bocadillos huecos llamados _lucmet-el-kadí_, otros
cuyo nombre es _assabihzeinab_, hechos con manteca, miel y leche.
Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la bandeja
encima de la espuerta. Entonces el mandadero dijo: «Si me hubieras
avisado, habría alquilado una mula para cargar tanta cosa.» Y la joven
sonrió al oirlo. Después se detuvo en casa de un destilador y compró
diez clases de aguas: de rosas, de azahar y otras muchas, y varias
bebidas embriagadoras, como asimismo un hisopo para aspersiones de agua
de rosas almizclada, granos de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris
y almizcle, y finalmente velas de cera de Alejandría. Todo lo metió en
la espuerta, y dijo al mozo: «Lleva la espuerta y sígueme.» Y el mozo la
siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven llegó á un
palacio, todo de mármol, con un gran patio que daba al jardín de la
parte de atrás. Todo era muy lujoso, y el pórtico tenía dos hojas de
ébano adornadas con chapas de oro rojo.
La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se abrieron. El mandadero
vió entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle,
elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus
pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza, y todas las
perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como
la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas,
sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como
anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna
llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto á su
vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una
carta preciada bajo el rollo que la envuelve.
Por eso, á su vista, notó el mozo que se le iba el juicio y que la
espuerta se le venía al suelo. Y dijo para sí: «¡Por Alah! ¡En mi vida
he tenido un día tan bendito como el de hoy!»
Entonces esta joven tan admirable dijo á su hermana la proveedora y al
mandadero: «¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan amplia
como agradable!»
Y entraron, y acabaron por llegar á una sala espaciosa que daba al
patio, adornada con brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles con
incrustaciones de oro, jarrones, asientos esculpidos, cortinas y unos
roperos cuidadosamente cerrados. En medio de la sala había un lecho de
mármol incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto con un
dosel de raso rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina
gasa, también roja, y en el lecho había una joven de maravillosa
hermosura, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra _aleph_,
y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una
estrella brillante, una noble hermosura de Arabia, como dijo el poeta:
_¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo compare por su esbeltez con
la delicadeza de una rama flexible, juzga con error á pesar de su
talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu cuerpo un hermano!_
_¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando desnuda!
¡Mientras que tú eres hermosa de todos modos, y las ropas que te
cubren son únicamente una delicia más!_
Entonces la joven se levantó, y llegando junto á sus hermanas, les dijo:
«¿Por qué permanecéis quietas? Quitad la carga de la cabeza de ese
hombre.» Entonces entre las tres le aliviaron del peso. Vaciaron la
espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos dinares al
mandadero, le dijeron: «¡Oh mandadero! vuelve la cara y vete
inmediatamente.» Pero el mozo miraba á las jóvenes, encantado de tanta
belleza y tanta perfección, y pensaba que en su vida había visto nada
semejante. Sin embargo, chocábale que no hubiese ningún hombre en la
casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas, frutas, flores
olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la
admiración, no tenía maldita la gana de marcharse.
Entonces la mayor de las jóvenes le dijo: «¿Por qué no te vas? ¿Es que
te parece poco el salario?» Y se volvió hacia su hermana, la que había
hecho las compras, y le dijo: «Dale otro dinar.» Pero el mandadero
replicó: «¡Por Alah, señoras mías! Mi salario suele ser la centésima
parte de un dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero
mi corazón está pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser
vuestra vida, ya que vivís en esta soledad y no hay hombre que os haga
compañía. ¿No sabéis que un minarete sólo vale algo con la condición de
ser uno de los cuatro de la mezquita? Pero ¡oh señoras mías! no sois más
que tres, y os falta el cuarto. Ya sabéis que la dicha de las mujeres
nunca es perfecta si no se unen con los hombres. Y, como dice el poeta,
un acorde no será jamás armonioso como no se reunan cuatro instrumentos:
el arpa, el laúd, la cítara y la flauta. Vosotras, ¡oh señoras mías!
sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta. ¡Yo seré la
flauta, y me conduciré como hombre prudente, lleno de sagacidad é
inteligencia, artista hábil que sabe guardar un secreto!»
Y las jóvenes le dijeron: «¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos
vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído
lo que dicen los poetas: «Desconfía de toda confidencia, pues un secreto
revelado es secreto perdido.»
Pero el mandadero exclamó: «¡Juro por vuestra vida, ¡oh señoras mías!
que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he
estudiado crónicas. Sólo cuento cosas agradables, callándome
cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el
poeta:
_¡Sólo el hombre bien dotado sabe callar el secreto!_ _¡Sólo los
mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas!_
_¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde
la llave se ha perdido y la puerta está sellada!»_
Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó
y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero
para no ceder en seguida, le dijeron: «Sabe, ¡oh mandadero! que en este
palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú encima
con qué indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que
gastes mucho oro. ¿Acaso no es tu deseo permanecer con nosotras,
acompañarnos á beber, y singularmente hacernos velar toda la noche,
hasta que la aurora bañe nuestros rostros?» Y la mayor de las doncellas
añadió: «Amor sin dinero no puede servir de buen contrapeso en el
platillo de la balanza.» Y la que había abierto la puerta dijo: «Si no
tienes nada, vete sin nada.» Pero en aquel momento intervino la
proveedora, y dijo: «¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah! pues
este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier otro
hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuando le
toque pagar á él, yo lo abonaré en su lugar.»
Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo á la que le había
defendido: «¡Por Alah! A ti te debo la primer ganancia del día.» Y
dijeron las tres: «Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre
nuestra cabeza y nuestros ojos.» Y en seguida la proveedora se levantó y
se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clarificó el vino por
decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del
estanque, y llevó allí cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino
y todo el mundo se sentó, y el mandadero en medio de ellas, en el
vértigo, pues se figuraba estar soñando.
Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaron la
copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después la
proveedora la llenó de nuevo y la presentó á sus hermanas, y luego al
mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada:
_¡Bebe este vino! ¡Él es la causa de toda nuestra alegría! ¡Él da
al que lo bebe fuerzas y salud! ¡Él es el único remedio que cura
todos los males! _
_¡Nadie bebe el vino, origen de toda alegría, sin sentir las
emociones más gratas! ¡La embriaguez es lo único que puede
saturarnos de voluptuosidad! _
Después besó las manos á las tres doncellas, y vació la copa. En
seguida, aproximándose á la mayor, le dijo: «¡Oh señora mía! ¡Soy tu
esclavo, tu cosa y tu propiedad!» Y recitó estas estrofas en honor
suyo:
_¡A tu puerta espera de pie un esclavo de tus ojos, acaso el más
humilde de tus esclavos!_
_¡Pero conoce á su dueña! ¡El sabe cuánta es su generosidad y sus
beneficios! ¡Y sobre todo, sabe cómo se lo ha de agradecer! _
Entonces ella le dijo, ofreciéndole la copa: «Bebe, ¡oh amigo mío! y que
la bebida te aproveche y la digieras bien. Que ella te dé fuerzas para
el camino de la verdadera salud.»
Y el mandadero cogió la copa, besó la mano á la joven, y una voz dulce y
modulada cantó quedamente estos versos:
_¡Yo ofrezco á mi amiga[35] un vino resplandeciente como sus
mejillas, mejillas tan luminosas, que sólo la claridad de una llama
podría compararse con su espléndida vida!_
_Ella se digna aceptarlo, pero me dice, muy risueña: «¿Cómo quieres
que beba mis propias mejillas?» Y yo le digo: «¡Bebe, oh llama de
mi corazón! ¡Este licor son mis lágrimas, su color rojo mi sangre,
y su mezcla en la copa es toda mi alma!»_
Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero, se la llevó á
los labios y después fué á sentarse junto á sus hermanas. Y todos
empezaron á cantar, á danzar y á jugar con las flores exquisitas. Y
mientras tanto, el mozo las abrazaba y las besaba. Y una le dirigía
chanzas, otra lo atraía hacia ella, y la otra le golpeaba con las
flores. Y siguieron bebiendo, hasta que el vino se les subió á la
cabeza. Cuando el vino reinó por completo, la joven que había abierto la
puerta se levantó, se quitó toda la ropa y se quedó desnuda. Y de un
salto echó su alma en el estanque[36], se puso á jugar con el agua, se
llenó de ella la boca y roció ruidosamente al mandadero. Esto no le
estorbaba para que el agua corriese por todos sus miembros y por entre
sus muslos juveniles. Después salió del estanque, se echó sobre el pecho
del mandadero, y tendiéndose luego boca arriba, dijo señalando á la cosa
situada entre sus muslos:
«¡Oh mi querido! ¿Sabes cómo se llama esto?» Y contestó el mozo:
«¡Ah!... ¡ah!... Ordinariamente, suele llamarse la casa de la
misericordia.» Pero ella exclamó: «¡Yu! ¡yu! ¿No te da vergüenza tu
ignorancia?» Y le cogió del pescuezo y empezó á darle golpes. Entonces
dijo él: «¡Basta! ¡basta! Se llama la vulva.» Y repitió ella: «Tampoco
es así.» Y el mandadero dijo: «Pues tu pedazo de atrás.» Y ella repitió:
«Otra cosa.» Y dijo él: «Es tu zángano.» Pero ella, al oirlo, golpeó al
joven con tal fuerza, que le arañó la piel. Y entonces él dijo: «Pues
dime cómo se llama.» Y ella contestó: «La albahaca de los puentes.» Y
exclamó el mozo: «¡Ya era hora! ¡Alabado sea Alah! y él te guarde, ¡oh
mi albahaca de los puentes!»
Después volvió á circular la copa y la subcopa. En seguida la segunda
joven se desnudó y se metió en el estanque, é hizo lo mismo que su
hermana. Salió después, se echó en el regazo del mozo, y señalando con
el dedo hacia sus muslos y á la cosa situada entre los muslos, preguntó:
«¿Cuál es el nombre de esto, luz de mis ojos?» Y él dijo: «Tu grieta.»
Pero ella exclamó: «¡Qué palabras tan abominables dice este hombre!» Y
le abofeteó con tal furia, que retembló toda la sala. Y después dijo él:
«Entonces será la albahaca de los puentes.» Pero ella replicó: «¡No es
eso, no es eso!» Y volvió á darle golpes. Entonces preguntó el mozo:
«¿Pues cuál es su nombre?» Y contestó ella: «El sésamo descortezado.» Y
él exclamó: «¡Para ti sean, ¡oh el más descortezado de entre los
sésamos! las mejores bendiciones!»
Después se levantó la tercera joven, se desnudó y se metió en el
estanque, donde hizo como sus hermanas, y luego se vistió, y fué á
tenderse entre las piernas del mandadero, y le dijo, señalando hacia sus
partes delicadas: «Adivina su nombre.» Entonces él le dijo: «Se llama
esto, se llama lo otro.» Y enumerando con los dedos, decía: «El
estornino mudo, el conejo sin orejas, el polluelo sin voz, el padre de
la blancura, la fuente de las gracias.» Y por fin, en vista de sus
protestas, acabó por preguntarle, para que no le pegara más: «¿Pues cuál
es su nombre?» Y ella contestó: «El khan[37] de Aby-Mansur.»
Entonces el mandadero se levantó, se despojó de sus vestidos y se metió
en el agua. ¡Y su espalda sobrenadaba majestuosa en la superficie! Se
lavó todo el cuerpo, como se habían lavado las doncellas, y después
salió del baño y fué á echarse en el regazo de la más joven, apoyó los
pies en el regazo de la otra hermana, y señalando á su virilidad,
preguntó á la mayor de todas: «¿Sabes ¡oh soberana mía! cuál es su
nombre?» Al oir estas palabras, las tres se echaron á reir tan á gusto,
que cayeron sobre sus posaderas, y exclamaron: «¡Tu zib!» Y él dijo: «No
es eso, no es eso.» Y les dió á cada una un mordisco. Entonces dijeron:
«¡Tu herramienta!» Y él contestó: «Tampoco es eso.» Y á cada una les dió
un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron: «Sí que es tu
herramienta, porque está ardiente; si que es tu zib, porque se mueve.» Y
el mozo seguía negando con un movimiento de cabeza, y luego las besaba,
las mordía, las pellizcaba y las abrazaba, y ellas reían á más no poder,
hasta que acabaron por decirle: «¿Cómo se llama, pues?» Entonces él
meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando
á su zib, dijo: «¡Oh señoras mías! vais á oir lo que acaba de decirme
este niño: «Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la
albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado
y se alberga en la posada de Aby-Mansur.»
Y se rieron las tres tan descompasadamente al oirle, que de nuevo
doblaron sobre sus partes traseras. Después siguieron bebiendo en la
misma copa hasta que comenzó á anochecer. Las jóvenes dijeron entonces
al mandadero: «Ahora vuelve la cara y vete, y así veremos la anchura de
tus hombros.» Pero el mozo exclamó: «¡Por Alah, señoras mías! ¡Más fácil
sería á mi alma salir del cuerpo, que á mí dejar esta casa! ¡Juntemos
esta noche con el día, y mañana podrá cada uno ir en busca de su destino
por el camino de Alah!» Entonces intervino nuevamente la joven
proveedora: «Hermanas, por vuestra vida, invitémosle á pasar la noche
con nosotras y nos reiremos mucho con él, porque es una mala persona sin
pudor, y además muy gracioso.» Y dijeron entonces al mandadero: «Puedes
pasar aquí la noche, con la condición de estar bajo nuestro dominio y no
pedir ninguna explicación sobre lo que veas ni sobre cuanto ocurra.» Y
él respondió: «Así sea, ¡oh señoras mías!» Y ellas añadieron: «Levántate
y lee lo que está escrito encima de la puerta.» Y él se levantó, y
encima de la puerta vió las siguientes palabras, escritas con letras de
oro: _No hables nunca de lo que no te importe, si no, oirás cosas que no
te gusten_.
Y el mandadero dijo: «¡Oh señoras mías, os pongo por testigo de que no
he de hablar de lo que no me importe.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y
se calló discretamente.
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 10.ª NOCHE_
Doniazada dijo: «¡Oh hermana mía, acaba la relación!» Y Schahrazada
contestó: «Con mucho agrado, y como un deber de generosidad.» Y
prosiguió:
He llegado á saber, ¡oh rey poderoso! que cuando el mandadero hizo su
promesa á las jóvenes, se levantó la proveedora, colocó los manjares
delante de los comensales, y todos comieron muy regaladamente. Después
de esto encendieron las velas, quemaron maderas olorosas é incienso, y
volvieron á beber y comer todas las golosinas compradas en el zoco,
sobre todo el mandadero, que al mismo tiempo decía versos, cerrando los
ojos mientras recitaba y moviendo la cabeza. Y de pronto se oyeron
fuertes golpes en la puerta, lo que no les perturbó en sus placeres,
pero al fin la menor de las jóvenes se levantó, fué á la puerta, y luego
volvió y dijo: «Bien llena va á estar nuestra mesa esta noche, pues
acabo de encontrar junto á la puerta á tres ahjam[38] con las barbas
afeitadas y tuertos del ojo izquierdo. Es una coincidencia asombrosa.
He visto inmediatamente que eran extranjeros, y deben venir del país de
los Rum. Cada uno es diferente, pero los tres son tan ridículos de
fisonomía, que hacen reir. Si los hiciésemos entrar nos divertiríamos
con ellos.» Y sus hermanas aceptaron. «Diles que pueden entrar, pero
entérales de que no deben hablar de lo que no les importe, si no quieren
oir cosas desagradables.» Y la joven corrió á la puerta, muy alegre, y
volvió trayendo á los tres tuertos. Llevaban las mejillas afeitadas, con
unos bigotes retorcidos y tiesos, y todo indicaba que pertenecían á la
cofradía de mendicantes llamados saalik[39].