cuatro peces y estaban negros como el carbón. Y comenzó á decir:
«¡Pobres pescados! ¡pobres pescados!» Y mientras seguía lamentándose, he
aquí que se presentó el visir, asomándose por detrás de su cabeza, y le
dijo: «Llévale los peces al sultán.» Y la esclava se echó á llorar, y
le contó al visir la historia de lo que había ocurrido, y el visir se
quedó muy maravillado, y dijo: «Eso es verdaderamente una historia muy
rara.» Y mandó buscar al pescador, y en cuanto se presentó el pescador,
le dijo: «Es absolutamente indispensable que vuelvas con cuatro peces
como los que trajiste la primera vez.» Y el pescador se dirigió hacia el
lago, echó su red y la sacó conteniendo cuatro peces, que cogió y llevó
al visir. Y el visir fué á entregárselos á la negra, y le dijo:
«¡Levántate! ¡Vas á freirlos en mi presencia, para que yo vea qué asunto
es este!» Y la negra se levantó, preparó los peces, y los puso al fuego
en la sartén. Y apenas habían pasado unos minutos, he aquí que se hendió
la pared, y apareció la joven, vestida siempre con las mismas vestiduras
y llevando siempre la varita en la mano. Metió la varita en la sartén, y
dijo: «¡Oh peces! ¡oh peces! ¿seguís cumpliendo vuestra antigua
promesa?» Y los peces levantaron la cabeza y cantaron á coro esta
estancia:
_¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú
cumples tu juramento, nosotros cumpliremos el nuestro! ¡Pero si
reniegas de tus compromisos, gritaremos de tal modo que nos
resarciremos!_
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 7.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando los peces empezaron á
hablar, la joven volcó la sartén con la varita, y salió por donde había
entrado, cerrándose la pared de nuevo. Entonces el visir se levantó y
dijo: «Esta es una cosa que verdaderamente no podría ocultar al rey.»
Después marchó en busca del rey y le refirió lo que había pasado en su
presencia. Y el rey dijo: «Tengo que ver eso con mis propios ojos.» Y
mandó llamar al pescador y le ordenó que volviera con cuatro peces
iguales á los primeros, para lo cual le dió tres días de plazo. Pero el
pescador marchó en seguida al lago, y trajo inmediatamente los cuatro
peces. Entonces el rey dispuso que le dieran cuatrocientos dinares, y
volviéndose hacia el visir, le dijo: «Prepara tú mismo delante de mí
esos pescados.» Y el visir contestó: «Escucho y obedezco.» Y entonces
mandó llevar la sartén delante del rey, y se puso á freir los peces,
después de haberlos limpiado bien, y en cuanto estuvieron fritos por un
lado, los volvió del otro. Y de pronto se abrió la pared de la cocina y
salió un negro semejante á un búfalo entre los búfalos, ó á un gigante
de la tribu de Had, y llevaba en la mano una rama verde, y dijo con voz
clara y terrible: «¡Oh peces! ¡oh peces! ¿Seguís sosteniendo vuestra
antigua promesa?» Y los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la
sartén, y dijeron: «Cierto que sí, cierto que sí.» Y declamaron á coro
estos versos:
_¡Si tú vuelves hacia atrás, nosotros volveremos! ¡Si tú cumples tu
promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si te resistes,
gritaremos tanto que acabarás por ceder!_
Después el negro se acercó á la sartén, la volcó con la rama, y los
peces se abrasaron, convirtiéndose en carbón. El negro se fué entonces
por el mismo sitio por donde había entrado. Y cuando hubo desaparecido
de la vista de todos, dijo el rey: «Es éste un asunto sobre el cual,
verdaderamente, no podríamos guardar silencio. Además, no hay duda que
estos peces deben tener una historia muy extraña.» Y entonces mandó
llamar al pescador, y cuando se presentó el pescador, le dijo: «¿De
dónde proceden estos peces?» El pescador contestó: «De un estanque
situado entre cuatro colinas, detrás de la montaña que domina tu
ciudad.» Y el rey, volviéndose hacia el pescador, le dijo: «¿Cuántos
días se tarda en llegar á ese sitio?» Y dijo el pescador: «¡Oh sultán,
señor nuestro! Basta con media hora.» El sultán quedó sorprendidísimo, y
mandó á sus soldados que marchasen inmediatamente con el pescador. Y el
pescador iba muy contrariado, maldiciendo en secreto al efrit. Y el rey
y todos partieron y subieron á una montaña, y bajaron hasta una vasta
llanura que en su vida habían visto anteriormente. Y el sultán y los
soldados se asombraron de esta extensión desierta, situada entre cuatro
montañas, y de aquel estanque en que jugaban peces de cuatro colores:
rojos, blancos, azules y amarillos. Y el rey se detuvo y preguntó á los
soldados y á cuantos estaban presentes: «¿Hay alguno de vosotros que
haya visto anteriormente ese lago en este lugar?» Y todos respondieron:
«¡Oh, no!» Y el rey dijo: «¡Por Alah! No volveré jamás á mi capital ni
me sentaré en el trono de mi reino sin averiguar la verdad sobre este
lago y los peces que encierra.» Y mandó á los soldados que cercaran las
montañas, y los soldados así lo hicieron. Entonces el rey llamó á su
visir. Porque este visir era hombre sabio, elocuente, versado en todas
las ciencias. Cuando se presentó entre las manos del rey, éste le dijo:
«Tengo intención de hacer una cosa, y voy á enterarte de ella. Deseo
aislarme completamente esta noche y marchar yo solo á descubrir el
misterio de este lago y sus peces. Por consiguiente, te quedarás á la
puerta de mi tienda, y dirás á los emires, visires y chambelanes: «El
sultán está indispuesto y me ha mandado que no deje pasar á nadie.» Y á
ninguno revelarás mi intención.» De este modo el visir no podía
desobedecer. Entonces el rey se disfrazó, y ciñéndose su espada, se
escabulló de entre su gente sin que nadie lo viese. Y estuvo andando
toda la noche sin detenerse hasta la mañana, en que el calor, demasiado
excesivo, le obligó á descansar. Después anduvo durante todo el resto
del día y durante la segunda noche hasta la mañana siguiente. Y he aquí
que vió á lo lejos una cosa negra, y se alegró de ello y dijo: «Es
probable que encuentre allí á alguien que me contará la historia del
lago y sus peces.» Y al acercarse á esta cosa negra vió que aquello era
un palacio enteramente construído con piedras negras, reforzado con
grandes chapas de hierro, y que una de las hojas de la puerta estaba
abierta y la otra cerrada. Entonces se alegró mucho, y parándose ante la
puerta, llamó suavemente; pero como no le contestasen, llamó por segunda
y por tercera vez. Después, y como seguían sin contestar, llamó una
cuarta vez, pero con gran violencia, y nadie contestó tampoco. Entonces
se dijo: «No hay duda, este palacio está desierto.» Y en seguida,
tomando ánimos, penetró por la puerta del palacio y llegó á un pasillo,
y allí dijo en alta voz: «¡Ah del palacio! Soy un extranjero, un
caminante, que pide provisiones para continuar su viaje.» Después
reiteró su demanda por segunda y tercera vez, y como no le contestasen,
afirmó su corazón y fortificó su alma, y siguió por aquel corredor hasta
el centro del palacio. Y no encontró á nadie. Pero vió que todo el
palacio estaba suntuosamente revestido de tapices y que en el centro de
un patio interior había un estanque coronado por cuatro leones de oro
rojo, de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que semejaba de perlas y
pedrería. En torno veíanse numerosos pájaros, pero no podían volar fuera
del palacio por impedírselo una gran red tendida por encima de todo. Y
el rey se maravilló al ver aquellas cosas, aunque afligiéndose por no
encontrar á alguien que le pudiese revelar el enigma del lago, de los
peces, de las montañas y del palacio. Después se sentó entre dos
puertas, y meditó profundamente. Pero de pronto oyó una queja muy débil
que parecía brotar de un corazón dolorido, y oyó una voz dulce que
cantaba quedamente estos versos:
_¡Mis sufrimientos ¡ay! no he podido ocultarlos, y mi mal de amores
fué revelado!... ¡Y ahora el sueño se aparta de mis ojos para
convertirse en insomnio constante!_
_¡Oh amor! ¡Viniste al oir mi voz, pero cuánta tortura dejaste en
mis pensamientos!_
_¡Ten piedad de mí! ¡Déjame gustar del reposo! ¡Y sobre todo, no
vayas á visitar á Aquélla que es toda mi alma, para hacerla
padecer! ¡Porque Ella es mi consuelo en las penas y peligros!_
Cuando el rey oyó estas quejas amargas, se levantó y se dirigió hacia el
lugar de donde procedían. Llegó hasta una puerta cubierta por un tapiz.
Levantó el tapiz, y en un gran salón vió un joven que estaba reclinado
en un gran lecho. Este joven era muy hermoso; su frente parecía una
flor, sus mejillas igual que la rosa, y en medio de una de ellas tenía
un lunar como una gota de ámbar negro. Ya lo dijo el poeta:
_¡El joven es esbelto y gentil! ¡Sus cabellos de tinieblas son tan
negros que forman la noche! ¡Su frente es tan blanca que ilumina la
noche! ¡Nunca los ojos de los hombres presenciaron una fiesta como el
espectáculo de sus gracias!_
_¡Le conocerás entre todos los jóvenes por el lunar que tiene en la rosa
de su mejilla, precisamente debajo de uno de sus ojos!_
Al verle, el rey, muy complacido, le dijo: «¡La paz sea contigo!» Y el
joven siguió echado en la cama, vistiendo un traje de seda bordado de
oro. Con un acento de tristeza que parecía extenderse por toda su
persona, devolvió el saludo al rey y dijo: «¡Oh señor! Perdona que no me
pueda levantar!» Pero el rey contestó: «¡Oh joven! Entérame de la
historia de ese lago y de sus peces de colores, así como del misterio de
este palacio y de la causa de tu soledad y de tus lágrimas.» Al oirlo,
el joven derramó nuevas lágrimas, que corrían á lo largo de sus
mejillas, y el rey se asombró y le dijo: «¡Oh joven! ¿qué es lo que te
hace llorar?» Y el joven respondió: «¿Cómo no he de llorar, si me veo en
este estado?» Y el joven, alargando las manos hacia el borde de su
túnica, la levantó. Y entonces el rey vió que toda la mitad inferior
del joven era de mármol, y la otra mitad, desde el ombligo hasta el
cabello de la cabeza, era de un hombre. Y el joven dijo al rey: «Sabe
¡oh señor! que la historia de los peces es una cosa tan extraordinaria,
que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, á fin
de que todo el mundo la viera, sería una gran lección para el observador
cuidadoso.»
Y el joven contó la historia que sigue:
Historia del joven encantado y de los peces
[imagen]
«Sabe, ¡oh señor! que mi padre era rey de esta ciudad. Se llamaba
Mahmud, y era rey de las Islas Negras y de estas cuatro montañas. Mi
padre reinó sesenta años, y después se extinguió en la misericordia del
Retribuidor. Después de su muerte, fuí yo sultán y me casé con la hija
de mi tío. Me quería con amor tan poderoso, que si por casualidad tenía
que separarme de ella, no comía ni bebía hasta mi regreso. Y así siguió
bajo mi protección durante cinco años, hasta que fué un día al hammam,
después de haber mandado al cocinero que preparase los manjares para
nuestra cena. Entré en el palacio, y reclinándome en el lugar de
costumbre, mandé á dos esclavas que me hicieran aire con los abanicos.
Una se puso á mi cabeza y otra á mis pies. Pero pensando en la ausencia
de mi esposa, se apoderó de mí el insomnio, y no pude conciliar el
sueño, porque ¡si mis ojos se cerraban, mi alma permanecía en vela! Oí
entonces á la esclava que estaba detrás de mi cabeza hablar de este modo
á la que estaba á mis pies: «¡Oh Masauda! ¡Qué desventurada juventud la
de nuestro dueño! ¡Qué tristeza para él tener una esposa como nuestra
ama, tan pérfida y tan criminal!» Y la otra respondió: «¡Maldiga Alah á
las mujeres adúlteras! Porque esa infame nunca podrá tener un hombre
mejor que nuestro dueño, y sin embargo se pasa las noches en el lecho de
unos y otros.» Y la primera esclava dijo: «Nuestro dueño debe de ser muy
impasible cuando no hace caso de las acciones de esa mujer.» Y repuso la
otra: «Pero ¿qué dices? ¿Puede sospechar siquiera nuestro amo lo que
hace ella? ¿Crees que la dejaría en libertad de obrar así? Has de saber
que esa pérfida pone siempre algo en la copa en que bebe nuestro amo
todas las noches antes de acostarse. Le echa banj[30] y le hace dormir
con eso. En tal estado, no puede saber lo que ocurre, ni adónde va ella,
ni lo que hace. Entonces, después de darle á beber el banj, se viste y
se va, dejándole solo, y no vuelve hasta el amanecer. Cuando regresa, le
quema una cosa debajo de la nariz para que la huela, y así despierta
nuestro amo de su sueño.»
En el momento que oí, ¡oh señor! lo que decían las esclavas, se cambió
en tinieblas la luz de mis ojos. Y deseaba ardientemente que viniera la
noche para encontrarme de nuevo con la hija de mi tío. Por fin volvió
del hammam. Y entonces se puso la mesa, y estuvimos comiendo durante una
hora, dándonos mutuamente de beber, como de costumbre. Después pedí el
vino que solía beber todas las noches antes de acostarme, y ella me
acercó la copa. Pero yo me guardé muy bien de beber, y fingí que la
llevaba á los labios, como de costumbre, pero lo derramé rápidamente por
la abertura de mi túnica, y en la misma hora y en el mismo instante me
eché en la cama, haciéndome el dormido. Y ella dijo entonces: «¡Duerme!
¡Y así no te despiertes nunca más! ¡Por Alah, te detesto! Y detesto
hasta tu imagen, y mi alma está harta de tu trato.» Después se levantó,
se puso su mejor vestido, se perfumó, se ciñó una espada, y abriendo la
puerta del palacio se marchó. En seguida me levanté yo también, y la fuí
siguiendo hasta que hubo salido del palacio. Y atravesó todos los zocos,
y llegó por fin hasta las puertas de la ciudad, que estaban cerradas.
Entonces habló á las puertas en un lenguaje que no entendí, y los
cerrojos cayeron y las puertas se abrieron, y ella salió. Y yo eché á
andar detrás de ella, sin que lo notase, hasta que llegó á unas colinas
formadas por los amontonamientos de escombros, y á una torre coronada
por una cúpula y construída de ladrillos. Ella entró por la puerta, y
yo me subí á lo alto de la cúpula, donde había una terraza, y desde allí
me puse á vigilarla. Y he aquí que ella entró en la habitación de un
negro muy negro. Este negro era horrible, tenía el labio superior como
la tapadera de una marmita, y el inferior como la marmita misma, ambos
tan colgantes, que podían escoger los guijarros entre la arena. Estaba
podrido de enfermedades y tendido sobre un montón de cañas de azúcar. Al
verle, la hija de mi tío besó la tierra entre sus manos, y él levantó la
cabeza hacia ella, y le dijo: «¡Desdichas sobre ti! ¿Cómo has tardado
tanto? He convidado á los negros, que se han bebido el vino y se han
entrelazado ya con sus queridas. Y yo no he querido beber por causa
tuya.» Ella contestó: «¡Oh dueño mío, querido de mi corazón! ¿no sabes
que estoy casada con el hijo de mi tío, que detesto hasta su imagen y
que me horroriza estar con él? Si no fuese por el temor de hacerte daño,
hace tiempo que habría derruído toda la ciudad, en la que sólo se oiría
la voz de la corneja y el mochuelo, y además habría transportado las
ruinas al otro lado del Cáucaso.» Y contestó el negro: «¡Mientes,
infame! Juro por el honor y por las cualidades viriles de los negros, y
por nuestra infinita superioridad sobre los blancos, que como vuelvas á
retrasarte otra vez, á partir de este día, repudiaré tu trato y no
pondré mi cuerpo encima del tuyo. ¡Oh pérfida traidora! De seguro que te
has retrasado para saciar en otra parte tus deseos de hembra. ¡Qué
basura! ¡Eres la más despreciable de las mujeres blancas!» Después la
cogió debajo de él. Y llegó entre ellos aquello que llegó.»
Así narraba el príncipe dirigiéndose al rey. Y prosiguió de este modo:
«Cuando oí toda aquella conversación y vi con mis propios ojos eso que
siguió entre ambos, el mundo se convirtió en tinieblas para mí y no supe
ni dónde estaba. En seguida la hija de mi tío rompió á llorar y á
lamentarse humildemente entre las manos del negro, y le decía: «¡Oh
amante mío, orgullo de mi corazón! ¡No tengo á nadie mas que á ti! ¡Si
me despidieses me moriría! ¡Oh amor mío! ¡Luz de mis ojos!» Y no cesó en
su llanto ni en sus súplicas hasta que la hubo perdonado. Entonces,
llena de alegría, se levantó, se quitó todos los vestidos, incluso el
calzón, y se quedó completamente desnuda. Y dijo después: «Amo mío,
¿tienes con qué alimentar á tu esclava?» Y contestó el negro: «Levanta
la tapadera de la cacerola, allí encontrarás un guisado de huesos de
ratones, que ha de satisfacerte. En ese jarro que ves ahí hay buza[31] y
la puedes beber.» Y ella comió y bebió, y fué á lavarse las manos.
Después se acostó sobre el montón de cañas, y completamente desnuda se
acurrucó contra el negro, cubriéndose con unos harapos infectos.
Al ver todas estas cosas que hacía la hija de mi tío, no pude contenerme
más, y bajando de la cúpula y precipitándome en la habitación, cogí la
espada que llevaba la hija de mi tío, resuelto á matar á ambos. Y
comencé por herir primeramente al negro, dándole un tajo en el cuello, y
creí que había perecido...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aproximarse la
mañana, y se calló discretamente. Y cuando lució la mañana,
Schahriar entró en la sala de justicia, y el diván estuvo lleno
hasta el fin del día. Después el rey volvió á palacio, y Doniazada
dijo á su hermana: «Te ruego que prosigas tu relato.» Y ella
respondió: «De todo corazón, y como homenaje debido.»
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 8.ª NOCHE_
Schahrazada dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el joven encantado dijo al
rey:
«Al herir al negro para cortarle la cabeza, corté efectivamente su piel
y su carne, y creí que lo había matado, porque lanzó un estertor
horrible. Y á partir de este momento, nada sé sobre lo que ocurrió. Pero
al día siguiente vi que la hija de mi tío se había cortado el pelo y se
había vestido de luto. Después me dijo: «¡Oh hijo de mi tío! No censures
lo que hago, porque acabo de saber que se ha muerto mi madre, que á mi
padre lo han matado en la guerra santa, que uno de mis hermanos ha
fallecido de picadura de escorpión y que el otro ha quedado enterrado
bajo las ruinas de un edificio; de modo que tengo motivos para llorar y
afligirme.» Fingiendo que la creía, le dije: «Haz lo que creas más
conveniente, pues no he de prohibírtelo.» Y permaneció encerrada con su
luto, sus lágrimas y sus accesos de dolor durante todo un año, desde su
comienzo hasta el otro comienzo. Y transcurrido el año, me dijo: «Deseo
construir para mí una tumba en este palacio; allí podré aislarme con mi
soledad y mis lágrimas, y la llamaré la Casa de los Duelos.» Yo le dije:
«Haz lo que tengas por conveniente.» Y se mandó construir esta Casa de
los Duelos, coronada por una cúpula, y conteniendo un subterráneo como
una tumba. Después transportó allí al negro, que no había muerto, pues
sólo había quedado muy enfermo y muy débil, aunque en realidad ya no le
podía servir de nada á la hija de mi tío. Pero esto no le impedía estar
bebiendo á todas horas vino y buza. Y desde el día en que le herí no
podía hablar y seguía viviendo, pues no le había llegado todavía su
hora. Ella iba á verle todos los días, entrando en la cúpula, y sentía á
su lado accesos de llanto y de locura, y le daba bebidas y condimentos.
Así hizo, por la mañana y por la noche, durante todo otro año. Yo tuve
paciencia durante este tiempo; pero un día, entrando de improviso en su
habitación, la oí llorar y arañarse la cara, y decir amargamente estos
versos:
_¡Partiste, ¡oh muy amado mío! y he abandonado á los hombres y vivo
en la soledad, porque mi corazón no puede amar nada desde que
partiste, ¡oh muy amado mío!_
_¡Si vuelves á pasar cerca de tu muy amada, recoge por favor sus
despojos mortales, en recuerdo de su vida terrena, y dales el
reposo de la tumba donde tú quieras, pero cerca de ti, si vuelves á
pasar cerca de tu muy amada!_
_¡Que tu voz se acuerde de mi nombre de otro tiempo para hablarme
en la tumba! ¡Oh, pero en mi tumba sólo oirás el triste sonido de
mis huesos al chocar unos con otros!_
Cuando hubo terminado su lamentación, desenvainé la espada, y le dije:
«¡Oh traidora! sólo hablan así las infames que reniegan de sus amores y
pisotean el cariño.» Y levantando el brazo, me disponía á herirla,
cuando ella, descubriendo entonces que había sido yo quien hirió al
negro, se puso de pie, pronunció unas palabras misteriosas, y dijo: «Por
la virtud de mi magia, que Alah te convierta mitad piedra y mitad
hombre.» É inmediatamente, señor, quedé como me ves. Y ya no puedo
valerme ni hacer un movimiento, de suerte que no estoy ni muerto ni
vivo. Después de ponerme en tal estado, encantó las cuatro islas de mi
reino, convirtiéndolas en montañas, con ese lago en medio de ellas, y á
mis súbditos los transformó en peces. Pero hay más. Todos los días me
tortura azotándome con una correa, dándome cien latigazos, hasta que me
hace sangrar. Y después me pone sobre las carnes una camisa de crin,
cubriéndola con la ropa.»
El joven se echó entonces á llorar y recitó estos versos:
_¡Aguardando tu sentencia y tu justicia, ¡oh mi Señor! sufro
pacientemente, pues tal es tu voluntad!_
_¡Pero me ahogan mis desgracias! ¡Y sólo puedo recurrir á ti, ¡oh
Señor! ¡oh Alah, adorado por nuestro bendito Profeta!_
El rey dijo entonces al joven: «Has añadido una pena á mis penas; pero
dime: ¿dónde está esa mujer?» Y respondió el mancebo: «En la tumba,
donde está el negro, debajo de la cúpula. Todos los días viene á esta
habitación, me desnuda, y me da cien latigazos, y yo lloro y grito, sin
poder hacer un movimiento para defenderme. Después de martirizarme, se
va junto al negro, llevándole vinos y licores hervidos.» Entonces
exclamó el rey: «¡Oh excelente joven! ¡Por Alah! voy á hacerte un favor
tan memorable, que después de mi muerte pasará al dominio de la
Historia.» Y ya no añadió más, y siguió la conversación hasta que se
acercó la noche. Después se levantó el rey y aguardó que llegase la hora
nocturna de las brujas. Entonces se desnudó, volvió á ceñirse la
espada, y se fué hacia el sitio donde se encontraba el negro. Había allí
velas y farolillos colgados, y también perfumes, incienso y distintas
pomadas. Se fué derechamente al negro, le hirió, le atravesó, y le hizo
vomitar el alma. En seguida se lo echó á hombros, y lo arrojó al fondo
de un pozo que había en el jardín. Después volvió á la cúpula, se vistió
con las ropas del negro, y se paseó durante un instante á todo lo largo
del subterráneo, tremolando en su mano la espada completamente desnuda.
Transcurrida una hora, la desvergonzada bruja llegó á la habitación del
joven. Apenas hubo entrado, desnudó al hijo de su tío, cogió el látigo y
empezó á pegarle. Entonces él gritaba: «¡No me hagas sufrir más!
¡Bastante terrible es mi desgracia! ¡Ten piedad de mí!» Ella respondió:
«¿La tuviste de mí? ¿Respetaste á mi amante? Así, pues, ¡toma, toma!»
Después le puso la túnica de crin, colocándole la otra ropa por encima,
é inmediatamente marchó al aposento del negro, llevándole la copa de
vino y la taza de plantas hervidas. Y al entrar debajo de la cúpula, se
puso á llorar é imploró: «¡Oh dueño mío, háblame, hazme oir tu voz!» Y
recitó dolorosamente estos versos:
_¡Oh corazón mío! ¿ha de durar mucho esta separación tan
angustiosa? ¡El amor con que me traspasaste es un tormento que
supera mis fuerzas! ¿Hasta cuándo seguirás huyendo de mí? ¡Si sólo
querías mi dolor y mi amargura, ya serás feliz, pues bien se han
cumplido tus deseos!_
Después rompió en sollozos y volvió á implorar: «¡Oh dueño mío! Háblame,
que yo te oiga.» Entonces el supuesto negro torció la lengua y empezó á
imitar el habla de los negros: «¡No hay fuerza ni poder sin la ayuda de
Alah!» La bruja, al oir hablar al negro después de tanto tiempo, dió un
grito de júbilo y cayó desvanecida, pero pronto volvió en sí, y dijo:
«¿Es que mi dueño está curado?» Entonces el rey, fingiendo la voz y
haciéndola muy débil, dijo: «¡Oh miserable libertina! No mereces que te
hable.» Y ella dijo: «Pero ¿por qué?» Y él contestó: «Porque siempre
estás castigando á tu marido, y él da voces, y esto me quita el sueño
toda la noche hasta la mañana. De otro modo, ya habría yo recobrado las
fuerzas. Eso precisamente me impide contestarte.» Y ella dijo: «Pues ya
que tú me lo mandas, lo libraré del estado en que se encuentra.» Y él
contestó: «Sí, líbralo, y recobraremos la tranquilidad.» Y dijo la
bruja: «Escucho y obedezco.» Después salió de la cúpula, marchó al
palacio, cogió una taza de cobre llena de agua, pronunció unas palabras
mágicas, y el agua empezó á hervir como hierve en la marmita. Entonces
echó un poco de esta agua al joven, y dijo: «¡Por la fuerza de mi
conjuro, te mando que salgas de esa forma y recuperes la primitiva!» Y
el joven se sacudió todo él, se puso de pie, y exclamó muy dichoso al
verse libre: «¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el profeta de
Alah! ¡Sean con Él la bendición y la paz de Alah! Y ella dijo: «¡Vete, y
no vuelvas por aquí, porque te mataré!» Y se lo gritó en la cara.
Entonces el joven se fué de entre sus manos. Y he aquí todo lo referente
á él.