visir: «Visir, has dejado entrar en ti la envidia contra el médico, y
quieres que yo lo mate para que luego me arrepienta, como se arrepintió
el rey Sindabad después de haber matado al halcón.» El visir preguntó:
«¿Y cómo ocurrió eso?»
Entonces el rey Yunán contó:
El halcón del rey Sindabad
[imagen]
«Dicen que entre los reyes de Fars hubo uno muy aficionado á
diversiones, á paseos por los jardines y á toda especie de cacerías.
Tenía un halcón adiestrado por él mismo, y no lo dejaba de día ni de
noche, pues hasta por la noche lo tenía sujeto al puño. Cuando iba de
caza lo llevaba consigo, y le había colgado del cuello un vasito de oro,
en el cual le daba de beber. Un día estaba el rey sentado en su palacio,
y vió de pronto venir al wekil[27] que estaba encargado de las aves de
caza, y le dijo: «¡Oh rey de los siglos! Llegó la época de ir de caza.»
Entonces el rey hizo sus preparativos y se puso el halcón en el puño.
Salieron después y llegaron á un valle, donde armaron las redes de caza.
Y de pronto cayó una gacela en las redes. Entonces dijo el rey: «Mataré
á aquel por cuyo lado pase la gacela.» Empezaron á estrechar la red en
torno de la gacela, que se aproximó al rey y se enderezó sobre las patas
como si quisiera besar la tierra delante del rey. Entonces el rey
comenzó á dar palmadas para hacer huir á la gacela, pero ésta brincó y
pasó por encima de su cabeza y se internó tierra adentro. El rey se
volvió entonces hacia los guardas, y vió que guiñaban los ojos
maliciosamente. Al presenciar tal cosa, le dijo al visir: «¿Por qué se
hacen esas señas mis soldados?» Y el visir contestó: «Dicen que has
jurado matar á aquel por cuya proximidad pasase la gacela.» Y el rey
exclamó: «¡Por mi vida! ¡Hay que perseguir y alcanzar á esa gacela!» Y
se puso á galopar, siguiendo el rastro, y pudo alcanzarla. El halcón le
dió con el pico en los ojos de tal manera, que la cegó y la hizo sentir
vértigos. Entonces el rey empuñó su maza, golpeando con ella á la gacela
hasta hacerla caer desplomada. En seguida descabalgó, degollándola y
desollándola, y colgó del arzón de la silla los despojos. Hacía bastante
calor, y aquel lugar era desierto, árido y carecía de agua. El rey tenía
sed y también el caballo. Y el rey se volvió y vió un árbol del cual
brotaba agua como manteca. El rey llevaba la mano cubierta con un
guante de piel; cogió el vasito del cuello del halcón, lo llenó de
aquella agua, y lo colocó delante del ave, pero ésta dió con la pata al
vaso y lo volcó. El rey cogió el vaso por segunda vez, lo llenó, y como
seguía creyendo que el halcón tenía sed, se lo puso delante, pero el
halcón le dió con la pata por segunda vez y lo volcó. Y el rey se
encolerizó contra el halcón, y cogió por tercera vez el vaso, pero se lo
presentó al caballo, y el halcón derribó el vaso con el ala. Entonces
dijo el rey: «¡Alah te sepulte, oh la más nefasta de las aves de mal
agüero! No me has dejado beber, ni has bebido tú, ni has dejado que beba
el caballo.» Y dió con su espada al halcón y le cortó las alas. Entonces
el halcón, irguiendo la cabeza, le dijo por señas: «Mira lo que hay en
el árbol.» Y el rey levantó los ojos y vió en el árbol una serpiente, y
el líquido que corría era su veneno. Entonces el rey se arrepintió de
haberle cortado las alas al halcón. Después se levantó, montó á caballo,
se fué, llevándose la gacela, y llegó á su palacio. Le dió la gacela al
cocinero, y le dijo: «Tómala y guísala.» Luego se sentó en su trono, sin
soltar al halcón. Pero el halcón, tras una especie de estertor, murió.
El rey, al ver esto, prorrumpió en gritos de dolor y amargura por haber
matado al halcón que le había salvado de la muerte.
¡Tal es la historia del rey Sindabad!»
* * * * *
Cuando el visir hubo oído el relato del rey Yunán, le dijo: «¡Oh gran
rey lleno de dignidad! ¿qué daño he hecho yo cuyos funestos efectos
hayas tú podido ver? Obro así por compasión hacia tu persona. Y ya verás
como digo la verdad. Si me haces caso podrás salvarte, y si no,
perecerás como pereció un visir astuto que engañó al hijo de un rey
entre los reyes.
Historia del príncipe y la vampiro
El rey de que se trata tenía un hijo aficionadísimo á la caza con
galgos, y tenía también un visir. El rey mandó al visir que acompañara á
su hijo allá donde fuese. Un día entre los días, el hijo salió á cazar
con galgos, y con él salió el visir. Y ambos vieron un animal
monstruoso. Y el visir dijo al hijo del rey: «¡Anda contra esa fiera!
¡Persíguela!» Y el príncipe se puso á perseguir á la fiera, hasta que
todos le perdieron de vista. Y de pronto la fiera desapareció en el
desierto. Y el príncipe permanecía perplejo, sin saber hacia dónde ir,
cuando vió en lo más alto del camino una joven esclava que estaba
llorando. El príncipe le preguntó: «¿Quién eres? Y ella respondió: «Soy
la hija de un rey de reyes de la India. Iba con la caravana por el
desierto, sentí ganas de dormir, y me caí de la cabalgadura sin darme
cuenta. Entonces me encontré sola y abandonada.» A estas palabras,
sintió lástima el príncipe y emprendió la marcha con la joven,
llevándola á la grupa de su mismo caballo. Al pasar frente á un
bosquecillo, la esclava le dijo: «¡Oh señor, desearía evacuar una
necesidad!» Entonces el príncipe la desmontó junto al bosquecillo, y
viendo que tardaba mucho, marchó detrás de ella sin que la esclava
pudiera enterarse. La esclava era una vampiro, y estaba diciendo á sus
hijos: «¡Hijos míos, os traigo un joven muy robusto!» Y ellos dijeron:
«¡Tráenoslo, madre, para que lo devoremos!» Cuando lo oyó el príncipe,
ya no pudo dudar de su próxima muerte, y las carnes le temblaban de
terror mientras volvía al camino. Cuando salió la vampiro de su cubil,
al ver al príncipe temblar como un cobarde, le preguntó: «¿Por qué
tienes miedo?» Y él dijo: «Hay un enemigo que me inspira temor.» Y
prosiguió la vampiro: «Me has dicho que eres un príncipe...» Y respondió
él: «Así es la verdad.» Y ella le dijo: «Entonces, ¿por qué no das algún
dinero á tu enemigo para satisfacerle?» El príncipe replicó: «No se
satisface con dinero. Sólo se contenta con el alma. Por eso tengo miedo,
como víctima de una injusticia.» Y la vampiro le dijo: «Si te persiguen,
como afirmas, pide contra tu enemigo la ayuda de Alah, y Él te librará
de sus maleficios y de los maleficios de aquellos de quienes tienes
miedo.» Entonces el príncipe levantó la cabeza al cielo y dijo: «¡Oh tú,
que atiendes al oprimido que te implora, hazme triunfar de mi enemigo, y
aléjale de mí, pues tienes poder para cuanto deseas!» Cuando la vampiro
oyó estas palabras, desapareció. Y el príncipe pudo regresar al lado de
su padre, y le dió cuenta del mal consejo del visir. Y el rey mandó
matar al visir.»
* * * * *
En seguida el visir del rey Yunán prosiguió de este modo:
«¡Y tú, oh rey, si te fías de ese médico, cuenta que te matará con la
peor de las muertes! Aunque le hayas colmado de favores y le hayas hecho
tu amigo, está preparando tu muerte. ¿Sabes por qué te curó de tu
enfermedad por el exterior de tu cuerpo, mediante una cosa que tuviste
en la mano? ¿No crees que es sencillamente para causar tu pérdida con
una segunda cosa que te mandará también coger?» Entonces el rey Yunán
dijo: «Dices la verdad. Hágase según tu opinión, ¡oh visir bien
aconsejado! Porque es muy probable que ese médico haya venido
ocultamente como un espía para ser mi perdición. Si me ha curado con una
cosa que he tenido en la mano, muy bien podría perderme con otra que,
por ejemplo, me diera á oler.» Y luego el rey Yunán dijo á su visir:
«¡Oh visir! ¿qué debemos hacer con él?» Y el visir respondió: «Hay que
mandar inmediatamente que le traigan, y cuando se presente aquí
degollarlo, y así te librarás de sus maleficios, y quedarás desahogado y
tranquilo. Hazle traición antes que él te la haga á ti!» Y el rey Yunán
dijo: «Verdad dices, ¡oh visir!» Después el rey mandó llamar al médico,
que se presentó alegre, ignorando lo que había resuelto el Clemente. El
poeta lo dice en sus versos:
_¡Oh tú que temes los embates del Destino, tranquilízate! ¿No sabes
que todo está en las manos de Aquel que ha formado la tierra?_
_¡Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y
lo que no está escrito no hay por qué temerlo!_
_¡Y tú, Señor! ¿Podré dejar pasar un día sin cantar tus alabanzas?
¿Para quién reservaría, si no, el don maravilloso de mi estilo
rimado y mi lengua de poeta?_
_¡Cada nuevo don que recibo de tus manos ¡oh Señor! es más hermoso
que el precedente, y se anticipa á mis deseos!_
_Por eso, ¿cómo no cantar tu gloria, toda tu gloria, y alabarte en
mi alma y en público?_
_¡Pero he de confesar que nunca tendrán mis labios elocuencia
bastante ni mi pecho fuerza suficiente para cantar y para llevar
los beneficios de que me has colmado!_
_¡Oh tú que dudas, confía tus asuntos á las manos de Alah, el único
Sabio! ¡Y así que lo hagas, tu corazón nada tendrá que temer por
parte de los hombres!_
_¡Sabe también que nada se hace por tu voluntad, sino por la
voluntad del Sabio de los Sabios!_
_¡No desesperes, pues, nunca, y olvida todas las tristezas y todas
las zozobras! ¿No sabes que las zozobras destruyen el corazón más
firme y más fuerte?_
_¡Abandónaselo todo! ¡Nuestros proyectos no son mas que proyectos
de esclavos impotentes ante el único Ordenador! ¡Déjate llevar!
¡Así disfrutarás de una paz duradera!_
Cuando se presentó el médico Ruyán, el rey le dijo: «¿Sabes por qué te
he hecho venir á mi presencia?» Y el médico contestó: «Nadie sabe lo
desconocido, más que Alah el Altísimo.» Y el rey le dijo: «Te he mandado
llamar para matarte y arrancarte el alma.» Y el médico Ruyán, al oir
estas palabras, se sintió asombrado, con el más prodigioso asombro, y
dijo: «¡Oh rey! ¿por qué me has de matar? ¿qué falta he cometido?» Y el
rey contestó: «Dicen que eres un espía y que viniste para matarme. Por
eso te voy á matar, antes de que me mates.» Después el rey llamó al
portaalfanje y le dijo: «¡Corta la cabeza á ese traidor y líbranos de
sus maleficios!» Y el médico le dijo: «Consérvame la vida, y Alah te la
conservará. No me mates, si no, Alah te matará también.»
* * * * *
Después reiteró la súplica, como yo lo hice dirigiéndome á ti, ¡oh
efrit! sin que me hicieras caso, pues, por el contrario, persististe en
desear mi muerte.
* * * * *
Y en seguida el rey Yunán dijo al médico: «No podré vivir confiado ni
estar tranquilo como no te mate. Porque si me has curado con una cosa
que tuve en la mano, creo que me matarás con otra cosa que me des á oler
ó de cualquier otro modo.» Y dijo el médico: «¡Oh rey! ¿ésta es tu
recompensa? ¿así devuelves mal por bien?» Pero el rey insistió: «No hay
más remedio que darte la muerte sin demora.» Y cuando el médico se
convenció de que el rey quería matarle sin remedio, lloró y se afligió
al recordar los favores que había hecho á quienes no los merecían. Ya lo
dice el poeta:
_¡La joven y loca Maimuna es verdaderamente bien pobre de espíritu!
¡Pero su padre, en cambio, es un hombre de gran corazón y
considerado entre los mejores!_
_¡Miradle, pues! ¡Nunca anda sin su farol en la mano, y así evita
el lodo de los caminos, el polvo de las carreteras y los resbalones
peligrosos!..._
En seguida se adelantó el portaalfanje, vendó los ojos al médico, y
sacando la espada, dijo al rey: «Con tu venia.» Pero el médico seguía
llorando y suplicando al rey: «Consérvame la vida, y Alah te la
conservará. No me mates, ó Alah te matará á ti.» Y recitó estos versos
de un poeta:
_¡Mis consejos no tuvieron ningún éxito, mientras que los consejos
de los ignorantes conseguían su propósito! ¡No recogí más que
desprecios!_
_¡Por esto, si logro vivir, me guardaré mucho de aconsejar! ¡Y si
muero, mi ejemplo servirá á los demás para que enmudezca su
lengua!_
Y dijo después al rey: «¿Esta es tu recompensa? He aquí que me tratas
como hizo un cocodrilo.» Entonces preguntó el rey: «¿Qué historia es esa
de un cocodrilo?» Y el médico dijo: «¡Oh señor! No es posible contarla
en este estado. ¡Por Alah sobre ti! Consérvame la vida, y Alah te la
conservará.» Y después comenzó á derramar copiosas lágrimas. Entonces
algunos de los favoritos del rey se levantaron y dijeron: «¡Oh rey!
Concédenos la sangre de este médico, pues nunca le hemos visto obrar en
contra tuya; al contrario, le vimos librarte de aquella enfermedad que
había resistido á los médicos y á los sabios.» El rey les contestó:
«Ignoráis la causa de que mate á este médico; si lo dejo con vida, mi
perdición es segura, porque si me curó de la enfermedad con una cosa que
tuve en la mano, muy bien podría matarme dándome á oler cualquier otra.
Tengo mucho miedo de que me asesine para cobrar el precio de mi muerte,
pues debe ser un espía que ha venido á matarme. Su muerte es necesaria;
sólo así podré perder mis temores.» Entonces el médico imploró otra vez:
«Consérvame la vida, para que Alah te la conserve; y no me mates, para
que no te mate Alah.»
Pero ¡oh efrit! cuando el médico se convenció de que el rey le quería
matar sin remedio, dijo: «¡Oh rey! Si mi muerte es realmente necesaria,
déjame ir á mi casa para despachar mis asuntos, encargar á mis parientes
y vecinos que cuiden de enterrarme, y sobre todo para regalar mis libros
de medicina. A fe que tengo un libro que es verdaderamente el extracto
de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un
obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario.» Entonces
el rey preguntó al médico: «¿Qué libro es ése?» Y contestó el médico:
«Contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el
siguiente: Cuando me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas
y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda,
y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará á todas las
preguntas que le dirijas.» Al oir estas palabras, el rey se asombró
hasta el límite del asombro, y estremeciéndose de alegría y de emoción,
dijo: «¡Oh médico! ¿Hasta cortándote la cabeza hablarás?» Y el médico
respondió: «Sí, en verdad, ¡oh rey! Es, efectivamente, una cosa
prodigiosa.» Entonces el rey le permitió que saliera, aunque escoltado
por guardianes, y el médico llegó á su casa, y despachó sus asuntos
aquel día, y al siguiente día también. Y el rey subió al diván, y
acudieron los emires, los visires, los chambelanes, los nawabs[28] y
todos los jefes del reino, y el diván parecía un jardín lleno de flores.
Entonces entró el médico en el diván y se colocó de pie ante el rey, con
un libro muy viejo y una cajita de colirio llena de unos polvos. Después
se sentó y dijo: «Que me traigan una bandeja.» Le llevaron una bandeja,
y vertió los polvos, y los extendió por la superficie. Y dijo entonces:
«¡Oh rey! coge ese libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza.
Cuando la hayas cortado colócala en la bandeja y manda que la aprieten
bien contra los polvos para restañar la sangre. Después abrirás el
libro.» Pero el rey, lleno de impaciencia, no le escuchaba ya; cogió el
libro y lo abrió, encontrando las hojas pegadas unas á otras. Entonces,
metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la
primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja,
y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De este modo abrió el
rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase
de escritura. Y el rey dijo: «¡Oh médico, no hay nada escrito!» Y el
médico respondió: «Sigue volviendo más hojas del mismo modo.» Y el rey
siguió volviendo más hojas.
Pero apenas habían pasado algunos instantes, circuló el veneno por el
organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba
envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones, y exclamó:
«¡El veneno circula!» Y después el médico Ruyán comenzó á improvisar
versos, diciendo:
_¡Esos jueces! ¡Han juzgado, pero excediéndose en sus derechos y
contra toda justicia!_ _¡Y sin embargo, ¡oh Señor! la justicia
existe!_
_¡A su vez fueron juzgados! ¡Si hubieran sido íntegros y buenos, se
les habría perdonado!_ _¡Pero oprimieron, y la suerte les ha
oprimido y les ha abrumado con las peores tribulaciones!_
_¡Ahora son motivo de burla y de piedad para el transeúnte! ¡Esa es
la ley! ¡Esto á cambio de aquello! ¡Y el Destino se ha cumplido con
toda lógica!_
Cuando Ruyán el médico acababa su recitado, cayó muerto el rey.
* * * * *
Sabe ahora, ¡oh efrit! que si el rey Yunán hubiera conservado al médico
Ruyán, Alah á su vez le habría conservado. Pero al negarse, decidió su
propia muerte.
Y si tú, ¡oh efrit! hubieses querido conservarme, Alah te habría
conservado.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente. Y su hermana Doniazada le dijo:
«¡Qué deliciosas son tus palabras!» Y Schahrazada contestó: «Nada
es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo
todavía y el rey tiene á bien conservarme.» Y pasaron aquella noche
en la dicha completa y en la felicidad hasta por la mañana. Después
el rey se dirigió al diván. Y cuando terminó el diván, volvió á su
palacio y se reunió con los suyos.
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 6.ª NOCHE_
Schahrazada dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al
efrit: «Si me hubieras conservado, yo te habría conservado, pero no has
querido más que mi muerte, y te haré morir prisionero en este jarrón y
te arrojaré á ese mar», entonces el efrit clamó y dijo: «¡Por Alah sobre
ti! ¡oh pescador, no lo hagas! Y consérvame generosamente, sin
reconvenirme por mi acción, pues si yo fuí criminal, tú debes ser
benéfico, y los proverbios conocidos dicen: «¡Oh tú que haces bien á
quien mal hizo, perdona sin restricciones el crimen del malhechor!» Y
tú, ¡oh pescador! no hagas conmigo lo que hizo Umama con Ática.» El
pescador dijo: «¿Y qué caso fué ése?» Y respondió el efrit: «No es
ocasión para contarlo estando encarcelado. Cuando tú me dejes salir, yo
te contaré ese caso.» Pero el pescador dijo: «¡Oh, eso nunca! Es
absolutamente necesario que yo te eche al mar, sin que tengas medio de
salir. Cuando yo supliqué y te imploraba, tú deseabas mi muerte, sin que
hubiera cometido ninguna falta contra ti, ni bajeza alguna, sino
únicamente favorecerte, sacándote de ese calabozo. He comprendido, por
tu conducta conmigo, que eres de mala raza. Pero has de saber que voy á
echarte al mar, y enteraré de lo ocurrido á todos los que intenten
sacarte, y así te arrojarán de nuevo, y entonces permanecerás en ese mar
hasta el fin de los tiempos para disfrutar todos los suplicios.» El
efrit le contestó: «Suéltame, que ha llegado el momento de contarte la
historia. Además, te prometo no hacerte jamás ningún daño, y te seré muy
útil en un asunto que te enriquecerá para siempre.» Entonces el pescador
se fijó bien en esta promesa de que, si libertaba al efrit, no sólo no
le haría jamás ningún daño, sino que le favorecería en un buen negocio.
Y cuando se aseguró firmemente de su fe y de su promesa, y le tomó
juramento por el nombre de Alah Todopoderoso, el pescador abrió el
jarrón. Entonces el humo empezó á subir, hasta que salió completamente,
y se convirtió en un efrit, cuyo rostro era espantosamente horrible. El
efrit dió un puntapié al jarrón y lo tiró al mar. Cuando el pescador vió
que el jarrón iba camino al mar, dió por segura su propia perdición, y
orinándose encima, dijo: «Verdaderamente, no es esto una buena señal.»
Después intentó tranquilizarse y dijo: «¡Oh efrit! Alah Todopoderoso ha
dicho: «Hay que cumplir los juramentos, porque se os exigirá cuenta de
ellos.» Y tú prometiste y juraste que no me harías traición. Y si me la
hicieses, Alah te castigará, porque es celoso, es paciente y no olvida.
Y yo te digo lo que el médico Ruyán al rey Yunán: Consérvame, y Alah te
conservará.» Al oir estas palabras, el efrit rompió á reír, y echando á
andar delante de él, dijo: «¡Oh pescador, sígueme!» Y el pescador echó á
andar detrás de él, aunque sin mucha confianza en su salvación. Y así
salieron completamente de la ciudad, y se perdieron de vista, y subieron
á una montaña, y bajaron á una vasta llanura, en medio de la cual había
un lago. Entonces el efrit se detuvo, y mandó al pescador que echara la
red y pescase. Y el pescador miró á través del agua, y vió peces blancos
y peces rojos, azules y amarillos. Al verlos se maravilló el pescador;
después echó su red, y cuando la hubo sacado encontró en ella cuatro
peces, cada uno de color distinto. Y se alegró mucho, y el efrit le
dijo: «Ve con esos peces al palacio del sultán, ofréceselos y te dará
con qué enriquecerte. Y mientras tanto, ¡por Alah! discúlpame mis
rudezas, pues olvidé los buenos modales con mi larga estancia en el
fondo del mar, donde me he pasado mil ochocientos años sin ver el mundo
ni la superficie de la tierra. En cuanto á ti, vendrás todos los días á
pescar á este sitio, pero nada más que una vez. Y ahora, que Alah te
guarde con su protección.» Y el efrit golpeó con sus dos pies en tierra,
y la tierra se abrió y le tragó.
Entonces el pescador volvió á la ciudad, muy maravillado de lo que le
había ocurrido con el efrit. Después cogió los peces y los llevó á su
casa, y en seguida, cogiendo una olla de barro, la llenó de agua y
colocó en ella los peces, que comenzaron á nadar en el agua contenida en
la olla. Después se puso esta olla en la cabeza y se encaminó al
palacio del rey, según el efrit le había ordenado. Cuando el pescador se
presentó al rey y le ofreció los peces, el rey se asombró hasta el
límite del asombro al ver aquellos peces que le ofrecía el pescador,
porque nunca los había visto en su vida, ni de aquella especie ni de
aquella calidad, y dispuso: «Que entreguen esos peces á nuestra cocinera
negra.» Porque esta esclava se la había regalado, hacía tres días
solamente, el rey de los Rum, y aún no había tenido ocasión de lucirse
en su arte de la cocina. Así es que el visir le mandó que friera los
peces, y le dijo: «¡Oh buena negra! Me encarga el rey que te diga: «Si
te guardo como un tesoro, ¡oh gota de mis ojos! es porque te reservo
para el día del ataque[29]. De modo que demuéstranos hoy tu arte de
cocinera y lo bueno de tus platos.» Dicho esto, volvió el visir después
de hacer sus encargos, y el rey le ordenó que diera al pescador
cuatrocientos dinares. Habiéndoselos dado el visir, los guardó el
pescador en una halda de su túnica, y volvió á su casa, cerca de su
esposa, lleno de alegría y de expansión. Después compró á sus hijos todo
lo que podían necesitar. Y hasta aquí es lo que le ocurrió al pescador.
En cuanto á la negra, cogió los peces, los limpió y los puso en la
sartén. Después dejó que se frieran bien por un lado y los volvió en
seguida del otro. Pero entonces, súbitamente, se abrió la pared de la
cocina, y por allí se filtró en la cocina una joven de esbelto talle,
mejillas redondas y tersas, párpados pintados con khol negro, rostro
gentil y cuerpo graciosamente inclinado. Llevaba en la cabeza un velo de
seda azul, pendientes en las orejas, brazaletes en las muñecas, y en los
dedos sortijas con piedras preciosas. Tenía en la mano una varita de
bambú. Se acercó, y metiendo la varita en la sartén, dijo: «¡Oh peces!
¿seguís sosteniendo vuestra promesa?» Al ver aquello, la esclava se
desmayó, y la joven repitió su pregunta por segunda y tercera vez.
Entonces todos los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la
sartén, y dijeron: «¡Oh, sí!... ¡Oh, sí!...» Y entonaron á coro la
siguiente estrofa:
_¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú
cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si
quisieras escaparte, no hemos de cejar hasta que te declares
vencida!_
Al oir estas palabras, la joven derribó la sartén y salió por el mismo
sitio por donde había entrado, y el muro de la cocina se cerró de nuevo.