«¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa.

Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis

negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la

encontré acostada sobre los tapices de la cama con un esclavo negro.

Estaban conversando, y se besaban, haciéndose zalamerías, riendo y

excitándose con juegos. Al verme ella, se levantó súbitamente y se

abalanzó á mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas

palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: «¡Sal de tu propia forma

y reviste la de un perro!» Inmediatamente me convertí en perro, y mi

esposa me echó de casa. Anduve vagando, hasta llegar á una carnicería,

donde me puse á roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó

con él.

Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y

recriminó á su padre: «¿Te parece bien lo que has hecho? Traes á un

hombre y lo entras en mi habitación.» Y repuso el padre: «¿Pero dónde

está ese hombre?» Ella contestó: «Ese perro es un hombre. Lo ha

encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo.» Y su padre le

dijo: «¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía.» Ella cogió

una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas

gotas y dijo: «¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!» Entonces volví

á mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: «Quisiera que

encantases á mi mujer, como ella me encantó.» Me dió entonces un frasco

con agua, y me dijo: «Si encuentras dormida á tu mujer rocíala con esta

agua y se convertirá en lo que quieras.» Efectivamente, la encontré

dormida, le eché el agua, y dije: «¡Sal de esa forma y toma la de una

mula!» Y al instante se transformó en una mula, y es la misma que aquí

ves, sultán de reyes de los efrits.»

* * * * *

El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: «¿Es verdad todo

eso?» Y la mula movió la cabeza como afirmando: «Sí, sí; todo es

verdad.»

Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y

placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.

En aquel momento Schahrazada vió aparecer la mañana, y

discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso.

Entonces su hermana Doniazada dijo: «¡Ah, hermana mía! ¡Cuán

dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus

palabras!» Y Schahrazada contestó: «Nada es eso comparado con lo

que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere

conservarme.» Y el rey se dijo: «¡Por Alah! No la mataré hasta que

le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.»

Después el rey y Schahrazada pasaron enlazados la noche hasta por

la mañana. Entonces el rey marchó á la sala de justicia. Entraron

el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente. Y el rey

juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dió órdenes hasta

el fin del día. Luego se levantó el diván y el rey volvió á

palacio.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 3.ª NOCHE_

Doniazada dijo: «Hermana mía, te suplico que termines tu relato.» Y

Schahrazada contestó: «Con toda la generosidad y simpatía de mi

corazón.» Y prosiguió después:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el tercer jeque contó

al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló

mucho, y emocionado y placentero, dijo: «Concedo el resto de la sangre

por que había de redimirse el crimen, y dejo en libertad al mercader.»

Entonces el mercader, contentísimo, salió al encuentro de los jeques y

les dió miles de gracias. Ellos, á su vez, le felicitaron por el

indulto.

Y cada cual regresó á su país.

«Pero--añadió Schahrazada--es más asombrosa la historia del

pescador.»

Y el rey dijo á Schahrazada: «¿Qué historia del pescador es ésa?»

Y Schahrazada dijo:

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HISTORIA DEL PESCADOR Y EL EFRIT

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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que había un pescador, hombre de

edad avanzada, casado, con tres hijos y muy pobre.

Tenía por costumbre echar las redes sólo cuatro veces al día y nada más.

Un día entre los días, á las doce de la mañana, fué á orillas del mar,

dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo esperando hasta que

llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba

mucho y no podía con ella. Llevó el cabo á tierra y lo ató á un poste.

Después se desnudó y entró en el mar, maniobrando en torno de la red, y

no paró hasta que la hubo sacado. Vistióse entonces muy alegre, y

acercándose á la red, encontró un borrico muerto. Al verlo, exclamó

desconsolado: «¡Todo el poder y la fuerza están en Alah, el Altísimo y

el Omnipotente!» Luego dijo: «En verdad que este donativo de Alah es

asombroso.» Y recitó los siguientes versos:

_¡Oh buzo que giras ciegamente en las tinieblas de la noche y de la

perdición! ¡Abandona esos penosos trabajos; la fortuna no gusta del

movimiento!_

Sacó la red, exprimiéndola el agua, y cuando hubo acabado de exprimirla,

la tendió nuevamente. Después, internándose en el agua, exclamó: «¡En el

nombre de Alah!» Y arrojó la red de nuevo, aguardando que llegara al

fondo. Quiso entonces sacarla, pero notó que pesaba más que antes y que

estaba más adherida, por lo cual la creyó repleta de una buena pesca; y

arrojándose otra vez al agua, la sacó al fin con gran trabajo,

llevándola á la orilla, y encontró una enorme tinaja llena de arena y

barro. Al verla, se lamentó mucho y recitó estos versos:

_¡Cesad, vicisitudes de la suerte, y apiadaos de los hombres!_

_¡Qué tristeza! ¡Sobre la tierra ninguna recompensa es igual al

mérito, ni digna del esfuerzo realizado por alcanzarla!_

_¡Salgo de casa á veces para buscar candorosamente la fortuna, y me

enteran de que la fortuna hace mucho tiempo que murió!_

_¿Es así, ¡oh fortuna! como dejas á los sabios en la sombra, para

que los necios gobiernen el mundo?_

Y luego, arrojando la tinaja lejos de él, pidió perdón á Alah por su

momento de rebeldía y lanzó la red por tercera vez, y al sacarla la

encontró llena de trozos de cacharros y vidrios. Al ver esto, recitó

todavía unos versos de un poeta:

_¡Oh poeta! ¡Nunca soplará hacia ti el viento de la fortuna!

¿Ignoras, hombre ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas

armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamás?_

Y alzando la frente al cielo, exclamó: «¡Alah! ¡Tú sabes que yo no echo

la red más que cuatro veces por día, y ya van tres!» Después invocó

nuevamente el nombre de Alah y lanzó la red, aguardando que tocase al

fondo. Esta vez, á pesar de todos sus esfuerzos, tampoco conseguía

sacarla, pues á cada tirón se enganchaba más en las rocas del fondo.

Entonces dijo: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah!» Se desnudó,

metiéndose en el agua y maniobrando en torno de la red, hasta que la

desprendió y la llevó á tierra. Al abrirla encontró un enorme jarrón de

cobre dorado, lleno é intacto. La boca estaba cerrada con un plomo que

ostentaba el sello de nuestro señor Soleimán[22], hijo de Daud. El

pescador se puso muy alegre al verlo, y se dijo: «He aquí un objeto que

venderé en el zoco[23] de los caldereros, porque bien vale sus diez

dinares de oro.» Intentó mover el jarrón, pero hallándolo muy pesado, se

dijo para sí: «Tengo que abrirlo sin remedio; meteré en el saco lo que

contenga y luego lo venderé en el zoco de los caldereros.» Sacó el

cuchillo y empezó á maniobrar, hasta que levantó el plomo. Entonces

sacudió el jarrón, queriendo inclinarlo para verter el contenido en el

suelo. Pero nada salió del vaso, aparte de una humareda que subió hasta

lo azul del cielo y se extendió por la superficie de la tierra. Y el

pescador no volvía de su asombro. Una vez que hubo salido todo el humo,

comenzó á condensarse en torbellinos, y al fin se convirtió en un efrit

cuya frente llegaba á las nubes, mientras sus pies se hundían en el

polvo. La cabeza del efrit era como una cúpula; sus manos semejaban

rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca, una caverna; sus

dientes, piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas, y su

cabellera aparecía revuelta y empolvada. Al ver á este efrit, el

pescador quedó mudo de espanto, temblándole las carnes, encajados los

dientes, la boca seca, y los ojos se le cegaron á la luz.

Cuando vió al pescador, el efrit dijo: «¡No hay más Dios que Alah, y

Soleimán es el profeta de Alah!» Y dirigiéndose hacia el pescador,

prosiguió de este modo: «¡Oh tú, gran Soleimán, profeta de Alah, no me

mates; te obedeceré siempre, y nunca me rebelaré contra tus mandatos!»

Entonces exclamó el pescador: «¡Oh gigante audaz y rebelde, tú te

atreves á decir que Soleimán es el profeta de Alah! Soleimán murió hace

mil ochocientos años, y nosotros estamos al fin de los tiempos. Pero

¿qué historia vienes á contarme? ¿Cuál es el motivo de que estuvieras en

este jarrón?»

Entonces el efrit dijo: «No hay más Dios que Alah. Pero permite, ¡oh

pescador! que te anuncie una buena noticia.» Y el pescador repuso: «¿Qué

noticia es esa?» Y contestó el efrit: «Tu muerte. Vas á morir ahora

mismo, y de la manera más terrible.» Y replicó el pescador: «¡Oh jefe de

los efrits! ¡mereces por esa noticia que el cielo te retire su ayuda!

¡Pueda él alejarte de nosotros! Pero ¿por qué deseas mi muerte? ¿qué

hice para merecerla? Te he sacado de esa vasija, te he salvado de una

larga permanencia en el mar, y te he traído á la tierra.» Entonces el

efrit dijo: «Piensa y elige la especie de muerte que prefieras; morirás

del modo que gustes.» Y el pescador dijo: «¿Cuál es mi crimen para

merecer tal castigo?» Y respondió el efrit: «Oye mi historia, pescador.»

Y el pescador dijo: «Habla y abrevia tu relato, porque de impaciente que

se halla mi alma, se me está saliendo por el pie.» Y dijo el efrit:

«Sabe que yo soy un efrit rebelde. Me rebelé contra Soleimán, hijo de

Daud. Mi nombre es Sakhr El-Genni. Y Soleimán envió hacia mí á su visir

Assef, hijo de Barkhia, que me cogió á pesar de mi resistencia y me

llevó á manos de Soleimán. Y mi nariz en aquel momento se puso bien

humilde. Al verme Soleimán hizo su conjuro á Alah y me mandó que

abrazase su religión y me sometiese á su obediencia. Pero yo me negué.

Entonces mandó traer ese jarrón, me aprisionó en él y lo selló con

plomo, imprimiendo el nombre del Altísimo. Después ordenó á los efrits

fieles que me llevaran en hombros y me arrojasen en medio del mar.

Permanecí cien años en el fondo del agua, y decía de todo corazón:

«Enriqueceré eternamente al que logre libertarme.» Pero pasaron los cien

años y nadie me libertó. Durante los otros cien años me decía:

«Descubriré y daré los tesoros de la tierra á quien me liberte.» Pero

nadie me libró. Y pasaron cuatrocientos años, y me dije: «Concederé tres

cosas á quien me liberte.» Y nadie me libró tampoco. Entonces,

terriblemente encolerizado, dije con toda el alma: «Ahora mataré á quien

me libre, pero le dejaré antes elegir, concediéndole la clase de muerte

que prefiera.» Entonces tú, ¡oh pescador! viniste á librarme, y por eso

te permito que escojas la clase de muerte.»

El pescador, al oir estas palabras del efrit, dijo: «¡Por Alah que la

oportunidad es prodigiosa! ¡Y había de ser yo quien te libertase!

¡Indúltame, efrit, que Alah te recompensará! En cambio, si me matas,

buscará quien te haga perecer.» Entonces el efrit le dijo: «¡Pero si yo

quiero matarte precisamente porque me has libertado!» Y el pescador le

contestó: «¡Oh jeque de los efrits, así es como devuelves el mal por el

bien! ¡A fe que no miente el proverbio!» Y recitó estos versos:

_¿Quieres probar la amargura de las cosas? ¡Sé bueno y servicial!_

_¡Los malvados desconocen la gratitud!_

_¡Pruébalo, si quieres, y tu suerte será la de la pobre Magir,

madre de Amer!_

Pero el efrit le dijo: «Ya hemos hablado bastante. Sabe que sin remedio

te he de matar.» Entonces pensó el pescador: «Yo no soy más que un

hombre y él un efrit, pero Alah me ha dado una razón bien despierta.

Acudiré á una astucia para perderlo. Veré hasta dónde llega su malicia.»

Y entonces dijo al efrit: «¿Has decidido realmente mi muerte?» Y el

efrit contestó: «No lo dudes.» Entonces dijo: «Por el nombre del

Altísimo, que está grabado en el sello de Soleimán, te conjuro á que

respondas con verdad á mi pregunta.» Cuando el efrit oyó el nombre del

Altísimo, respondió muy conmovido: «Pregunta, que yo contestaré la

verdad.» Entonces dijo el pescador: «¿Cómo has podido entrar por entero

en este jarrón donde apenas cabe tu pie ó tu mano?» El efrit dijo:

«¿Dudas acaso de ello?» El pescador respondió: «Efectivamente, no lo

creeré jamás mientras no vea con mis propios ojos que te metes en él.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 4.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al

efrit que no le creería como no lo viese con sus propios ojos, el efrit

comenzó á agitarse, convirtiéndose nuevamente en humareda que subía

hasta el firmamento. Después se condensó, y empezó á entrar en el jarrón

poco á poco, hasta el fin. Entonces el pescador cogió rápidamente la

tapadera de plomo con el sello de Soleimán, y obstruyó la boca del

jarrón. Después, llamando al efrit, le dijo: «Elige y piensa la clase de

muerte que más te convenga; si no, te echaré al mar, y me haré una casa

junto á la orilla, é impediré á todo el mundo que pesque, diciendo:

«Allí hay un efrit, y si lo libran quiere matar á los que le liberten.»

Luego enumeró todas las variedades de muertes para facilitar la

elección. Al oirle, el efrit intentó salir, pero no pudo, y vió que

estaba encarcelado y tenía encima el sello de Soleimán, convenciéndose

entonces de que el pescador le había encerrado en un calabozo contra el

cual no pueden prevalecer ni los más débiles ni los más fuertes de los

efrits. Y comprendiendo que el pescador le llevaría hacia el mar,

suplicó: «¡No me lleves! ¡no me lleves!» Y el pescador dijo: «No hay

remedio.» Entonces, dulcificando su lenguaje, exclamó el efrit: «¡Ah

pescador! ¿Qué vas á hacer conmigo?» El otro dijo: «Echarte al mar, que

si has estado en él mil ochocientos años, no saldrás esta vez hasta el

día del Juicio. ¿No te rogué yo que me dejaras la vida para que Alah te

la conservase á ti y no me mataras para que Alah no te matase? Obrando

infamemente, rechazaste mi plegaria. Por eso Alah te ha puesto en mis

manos, y no me remuerde el haberte engañado.» Entonces dijo el efrit:

«Ábreme el jarrón y te colmaré de beneficios.» El pescador respondió:

«Mientes, ¡oh maldito! Entre tú y yo pasa exactamente lo que ocurrió

entre el visir del rey Yunán y el médico Ruyán.»

Y el efrit dijo: «¿Quiénes eran el visir del rey Yunán y el médico

Ruyán?... ¿Qué historia es esa?»

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Historia del visir del rey Yunán y del médico Ruyán

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El pescador dijo:

«Sabrás, ¡oh efrit! que, en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de

la edad, hubo en la ciudad de Fars, en el país de los ruman[24], un rey

llamado Yunán. Era rico y poderoso, señor de ejércitos, dueño de

fuerzas considerables y de aliados de todas las especies de hombres.

Pero su cuerpo padecía una lepra que desesperaba á los médicos y á los

sabios. Ni drogas, ni píldoras, ni pomadas le hacían efecto alguno, y

ningún sabio pudo encontrar un eficaz remedio para la espantosa

dolencia. Pero cierto día llegó á la capital del rey Yunán un médico

anciano, de renombre, llamado Ruyán. Había estudiado los libros griegos,

persas, romanos, árabes y sirios, así como la medicina y la astronomía,

cuyos principios y reglas no ignoraba, lo mismo que sus buenos y malos

efectos. Conocía las virtudes de las plantas grasas y secas, y también

sus buenos y malos efectos. Por último, había profundizado la filosofía

y todas las ciencias médicas y otras muchas además. Cuando este médico

llegó á la ciudad y permaneció en ella algunos días, supo la historia

del rey y de la lepra que le martirizaba por la voluntad de Alah,

enterándose del fracaso absoluto de todos los médicos y sabios. Al tener

de ello noticia, pasó muy preocupado la noche. Pero no bien despertó por

la mañana (al brillar la luz del día y saludar el sol al mundo,

magnífica decoración del Óptimo) se puso su mejor traje y fué á ver al

rey Yunán. Besó la tierra entre las manos del rey[25] é hizo votos por

la duración eterna de su poderío y de las gracias de Alah y de todas las

mejores cosas. Después le enteró de quién era, y le dijo: «He averiguado

la enfermedad que atormenta tu cuerpo y he sabido que un gran número de

médicos no ha podido encontrar el medio de curarla. Voy, ¡oh rey! á

aplicarte mi tratamiento, sin hacerte beber medicinas ni untarte con

pomadas.» Al oirlo, el rey Yunán se asombró mucho, y le dijo: «¡Por

Alah! que si me curas te enriqueceré hasta los hijos de tus hijos, te

concederé todos tus deseos y serás mi compañero y amigo.» En seguida le

dió un hermoso traje y otros presentes, y añadió: «¿Es cierto que me

curarás de esta enfermedad sin medicamentos ni pomadas?» Y respondió el

otro: «Sí, ciertamente. Te curaré sin fatiga ni pena para tu cuerpo.» El

rey le dijo, cada vez más asombrado: «¡Oh gran médico! ¿Qué día y qué

momento verán realizarse lo que acabas de prometer? Apresúrate á

hacerlo, hijo mío.» Y el médico contestó: «Escucho y obedezco.»

Entonces salió del palacio y alquiló una casa, donde instaló sus libros,

sus remedios y sus plantas aromáticas. Después hizo extractos de sus

medicamentos y de sus simples, y con estos extractos construyó un mazo

corto y encorvado, cuyo mango horadó, y también hizo una pelota, todo

esto lo mejor que pudo. Terminado completamente su trabajo, al segundo

día fué á palacio, entró en la cámara del rey y besó la tierra entre sus

manos. Después le prescribió que fuera á caballo al meidán[26] y jugara

con la bola y el mazo.

Acompañaron al rey sus emires, sus chambelanes, sus visires y los jefes

del reino. Apenas había llegado al meidán, se le acercó el médico y le

entregó el mazo, diciéndole: «Empúñalo de este modo y da con toda tu

fuerza en la pelota. Y haz de manera que llegues á sudar. De ese modo el

remedio penetrará en la palma de la mano y circulará por todo tu cuerpo.

Cuando transpires y el remedio haya tenido tiempo de obrar, regresa á tu

palacio, ve en seguida á bañarte al hammam, y quedarás curado. Ahora, la

paz sea contigo.»

El rey Yunán cogió el mazo que le alargaba el médico, empuñándolo con

fuerza. Intrépidos jinetes montaron á caballo y le echaron la pelota.

Entonces empezó á galopar detrás de ella para alcanzarla y golpearla,

siempre con el mazo bien cogido. Y no dejó de golpear hasta que

transpiró bien por la palma de la mano y por todo el cuerpo, dando lugar

á que la medicina obrase sobre el organismo. Cuando el médico Ruyán vió

que el remedio había circulado suficientemente, mandó al rey que

volviera á palacio para bañarse en el hammam. Y el rey marchó en seguida

y dispuso que le prepararan el hammam. Se lo prepararon con gran prisa,

y los esclavos apresuráronse también á disponerle la ropa. Entonces el

rey entró en el hammam y tomó el baño, se vistió de nuevo y salió del

hammam para montar á caballo, volver á palacio y echarse á dormir.

Y hasta aquí lo referente al rey Yunán. En cuanto al médico Ruyán, éste

regresó á su casa, se acostó, y al despertar por la mañana fué á

palacio, pidió permiso al rey para entrar, lo que éste le concedió,

entró, besó la tierra entre sus manos y empezó por declamar gravemente

algunas estrofas:

_¡Si la elocuencia te eligiese como padre, reflorecería! ¡Y no

sabría elegir ya á otro mas que á ti!_

_¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón

encendido!_

_¡Ojalá ese glorioso semblante siga con la luz de su frescura y

alcance á ver cómo las arrugas surcan la cara del tiempo!_

_¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la

nube bienhechora cubre la colina!_

_¡Tus altas hazañas te han hecho alcanzar las cimas de la gloria, y

eres el amado del Destino, que ya no puede negarte nada!_

Recitados los versos, el rey se puso de pie, y cordialmente tendió sus

brazos al médico. Luego le sentó á su lado, y le regaló magníficos

trajes de honor.

Porque, efectivamente, al salir del hammam, el rey se había mirado el

cuerpo, sin encontrar rastro de lepra, y vió su piel tan pura como la

plata virgen. Entonces se dilató con gran júbilo su pecho. Y al otro

día, al levantarse por la mañana, entró en el diván; se sentó en el

trono y comparecieron los chambelanes y grandes del reino, así como el

médico Ruyán. Por esto, al verle, el rey se levantó apresuradamente y

le hizo sentar á su lado. Sirvieron á ambos manjares y bebidas durante

todo el día. Y al anochecer, el rey entregó al médico dos mil dinares,

sin contar los trajes de honor y magníficos presentes, y le hizo montar

su propio corcel. Y entonces el médico se despidió y regresó á su casa.

El rey no dejaba de admirar el arte del médico ni de decir: «Me ha

curado por el exterior de mi cuerpo sin untarme con pomadas. ¡Oh Alah!

¡Qué ciencia tan sublime! Fuerza es colmar de beneficios á este hombre y

tenerle para siempre como compañero y amigo afectuoso.» Y el rey Yunán

se acostó, muy alegre de verse con el cuerpo sano y libre de su

enfermedad.

Cuando al otro día se levantó el rey y se sentó en el trono, los jefes

de la nación pusiéronse de pie, y los emires y visires se sentaron á su

derecha y á su izquierda. Entonces mandó llamar al médico Ruyán, que

acudió y besó la tierra entre sus manos. El rey se levantó en honor

suyo, le hizo sentar á su lado, comió en su compañía, le deseó larga

vida y le dió magníficas telas y otros presentes, sin dejar de conversar

con él hasta el anochecer, y mandó le entregaran á modo de remuneración

cinco trajes de honor y mil dinares. Y así regresó el médico á su casa,

haciendo votos por el rey.

Al levantarse por la mañana, salió el rey y entró en el diván, donde le

rodearon los emires, los visires y los chambelanes. Y entre los visires

había uno de cara siniestra, repulsiva, terrible, sórdidamente avaro,

envidioso y saturado de celos y de odio. Cuando este visir vió que el

rey colocaba á su lado al médico Ruyán y le otorgaba tantos beneficios,

le tuvo envidia y resolvió secretamente perderlo. El proverbio lo dice:

«El envidioso ataca á todo el mundo. En el corazón del envidioso está

emboscada la persecución, y la desarrolla si dispone de fuerza ó la

conserva latente la debilidad.» El visir se acercó al rey Yunán, besó la

tierra entre sus manos, y dijo: «¡Oh rey del siglo y del tiempo, que

envuelves á los hombres en tus beneficios! Tengo para ti un consejo de

gran importancia, que no podría ocultarte sin ser un mal hijo. Si me

mandas que te lo revele, te lo revelaré.» Turbado entonces el rey por

las palabras del visir, le dijo: «¿Qué consejo es el tuyo?» El otro

respondió: «¡Oh rey glorioso! los antiguos han dicho: «Quien no mire el

fin y las consecuencias, no tendrá á la Fortuna por amiga», y justamente

acabo de ver al rey obrar con poco juicio otorgando sus bondades á su

enemigo, al que desea el aniquilamiento de su reino, colmándole de

favores, abrumándole con generosidades. Y yo, por esta causa, siento

grandes temores por el rey.» Al oir esto, el rey se turbó

extremadamente, cambió de color, y dijo: «¿Quién es el que supones

enemigo mío y colmado por mí de favores?» Y el visir respondió: «¡Oh

rey! Si estás dormido, despierta, porque aludo al médico Ruyán.» El rey

dijo: «Ese es buen amigo mío, y para mí el más querido de los hombres,

pues me ha curado con una cosa que yo he tenido en la mano y me ha

librado de mi enfermedad, que había desesperado á los médicos.

Ciertamente que no hay otro como él en este siglo, en el mundo entero,

lo mismo en Occidente que en Oriente. ¿Cómo te atreves á hablarme así de

él? Desde ahora le voy á señalar un sueldo de mil dinares al mes. Y

aunque le diera la mitad de mi reino, poco sería para lo que merece.

Creo que me dices todo eso por envidia, como se cuenta en la historia,

que he sabido, del rey Sindabad.»

En este momento la aurora sorprendió á Schahrazada, que interrumpió

su narración.

Entonces Doniazada le dijo: «¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán

puras y cuán deliciosas son tus palabras!» Y Schahrazada dijo:

«¿Qué es eso comparado con lo que os contaré á la noche próxima, si

vivo todavía y el rey tiene á bien conservarme?» Entonces el rey

dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré sin haber oído antes la

continuación de su historia, que es verdaderamente maravillosa.»

Luego pasaron ambos la noche enlazados hasta por la mañana. Y el

rey fué al diván, y juzgó, otorgó empleos, destituyó y despachó los

asuntos pendientes hasta acabarse el día. Después se levantó el

diván y el rey entró en su palacio. Y cuando se aproximó la noche

hizo su cosa acostumbrada con Schahrazada, la hija del visir.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 5.ª NOCHE_

Ella dijo:

El libro de las mil noches y una noche; t. 1 · 第 3 / 14 段