regresó con el pescuezo desollado, rendido de fatiga. El buey, al verle
en tal estado, le dió las gracias de nuevo y lo colmó de alabanzas. El
asno le dijo: «Bien tranquilo estaba yo antes. Ya ves cómo me ha
perjudicado el hacer beneficio á los demás.» Y en seguida añadió: «Voy á
darte un buen consejo de todos modos. He oído decir al amo que te
entregarán al matarife si no te levantas, y harán un tapete para la mesa
con tu piel. Te lo digo para que te salves, pues sentiría que te
ocurriese algo.»
El buey, cuando oyó estas palabras del asno, le dió las gracias
nuevamente, y le dijo: «Mañana reanudaré mi trabajo.» Y se puso á comer,
se tragó todo el forraje y hasta lamió el recipiente con su lengua.
Pero el amo les había oído hablar.
En cuanto amaneció, fué con su esposa hacia el establo de los bueyes y
las vacas, y se sentaron á la puerta. Vino el mayoral y sacó al buey,
que en cuanto vió á su amo empezó á menear la cola, á ventosear
ruidosamente y á galopar en todas direcciones como si estuviese loco.
Entonces le entró tal risa al comerciante, que se cayó de espaldas. Su
mujer le preguntó: «¿De qué te ríes?» Y él dijo: «De una cosa que he
visto y oído; pero no la puedo descubrir porque me va en ello la vida.»
La mujer insistió: «Pues has de contármela, aunque te cueste morir.» Y
él dijo: «Me callo, porque temo á la muerte.» Ella repuso: «Entonces es
que te ríes de mí.» Y desde aquel día no dejó de hostigarle tenazmente,
hasta que le puso en una gran perplejidad. Entonces el comerciante mandó
llamar á sus hijos, así como al kadí[13] y á unos testigos. Quiso hacer
testamento antes de revelar el secreto á su mujer, pues amaba á su
esposa entrañablemente porque era la hija de su tío paterno[14], madre
de sus hijos, y había vivido con ella ciento veinte años de su edad.
Hizo llamar también á todos los parientes de su esposa y á los
habitantes del barrio y refirió á todos lo ocurrido, diciendo que
moriría en cuanto revelase el secreto. Entonces toda la gente dijo á la
mujer: «¡Por Alah sobre ti! No te ocupes más del asunto, pues va á
perecer tu marido, el padre de tus hijos.» Pero ella replicó: «Aunque le
cueste la vida, no le dejaré en paz hasta que me haya dicho su secreto.»
Entonces ya no le rogaron más. El comerciante se apartó de ellos y se
dirigió al estanque de la huerta para hacer sus abluciones y volver
inmediatamente á revelar su secreto y morir.
Pero había allí un gallo lleno de vigor, capaz de dejar satisfechas á
cincuenta gallinas, y junto á él hallábase un perro. Y el comerciante
oyó que el perro increpaba al gallo de este modo: «¿No te avergüenza el
estar tan alegre cuando va á morir nuestro amo?» Y el gallo preguntó:
«¿Por qué causa va á morir?»
Entonces el perro contó toda la historia, y el gallo repuso: «¡Por Alah!
Poco talento tiene nuestro amo. Cincuenta esposas tengo yo, y á todas sé
manejármelas perfectamente, regañando á unas y contentando á otras. ¡En
cambio, él sólo tiene una y no sabe entenderse con ella! El medio es
bien sencillo: bastaría con cortar unas cuantas varas de morera, entrar
en el camarín de su esposa y darle hasta que sucumbiera ó se
arrepintiese. No volvería á importunarle con preguntas.» Así dijo el
gallo, y cuando el comerciante oyó sus palabras se iluminó su razón, y
resolvió dar una paliza á su mujer.»
El visir interrumpió aquí su relato para decir á su hija
Schahrazada: «Acaso el rey haga contigo lo que el comerciante con
su mujer.» Y Schahrazada preguntó: «¿Pero qué hizo?» Entonces el
visir prosiguió de este modo:
Entró el comerciante llevando ocultas las varas de morera que acababa de
cortar, y llamó aparte á su esposa: «Ven á nuestro gabinete para que te
diga mi secreto.» La mujer le siguió; el comerciante se encerró con ella
y empezó á sacudirla varazos, hasta que ella acabó por decir: «¡Me
arrepiento, me arrepiento!» Y besaba las manos y los pies de su marido.
Estaba arrepentida de veras. Salieron entonces, y la concurrencia se
alegró muchísimo, regocijándose también los parientes. Y todos vivieron
muy felices hasta la muerte.»
Dijo. Y cuando Schahrazada, hija del visir, hubo oído este relato,
insistió nuevamente en su ruego: «Padre, de todos modos, quiero que
hagas lo que te he pedido.» Entonces el visir, sin replicar nada,
mandó que preparasen el ajuar de su hija, y marchó á comunicar la
nueva al rey Schahriar.
Mientras tanto, Schahrazada decía á su hermana Doniazada: «Te
mandaré llamar cuando esté en el palacio, y así que llegues y veas
que el rey ha terminado su cosa conmigo, me dirás: «Hermana, cuenta
alguna historia maravillosa que nos haga pasar la noche.» Entonces
yo narraré cuentos que, si quiere Alah, serán la causa de la
emancipación de las hijas de los musulmanes.»
Fué á buscarla después el visir, y se dirigió con ella hacia la
morada del rey. El rey se alegró muchísimo al ver á Schahrazada, y
preguntó á su padre: «¿Es ésta lo que yo necesito?» Y el visir dijo
respetuosamente: «Sí, lo es.»
Pero cuando el rey quiso acercarse á la joven, ésta se echó á
llorar. Y el rey le dijo: «¿Qué te pasa?» Y ella contestó: «¡Oh rey
poderoso, tengo una hermanita, de la cual quisiera despedirme!» El
rey mandó buscar á la hermana, y apenas vino se abrazó á
Schahrazada, y acabó por acomodarse cerca del lecho.
Entonces el rey se levantó, y cogiendo á Schahrazada, le arrebató
la virginidad.
Después empezaron á conversar.
Doniazada dijo entonces á Schahrazada: «¡Hermana, por Alah sobre
ti! cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche.» Y
Schahrazada contestó: «De buena gana, y como un debido homenaje, si
es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas
maneras.» El rey, al oir estas palabras, como no tuviese ningún
sueño, se prestó de buen grado á escuchar la narración de
Schahrazada.
Y Schahrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la historia
que sigue:
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PRIMERA NOCHE
HISTORIA DEL MERCADER Y EL EFRIT
Schahrazada dijo:
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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que hubo un mercader entre los
mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en
todos los países.
Un día montó á caballo y salió para ciertas comarcas á las cuales le
llamaban sus negocios. Como el calor era sofocante, se sentó debajo de
un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, y
cuando los hubo comido tiró á lo lejos los huesos. Pero de pronto se le
apareció un efrit de enorme estatura, que, blandiendo una espada, llegó
hasta el mercader y le dijo: «Levántate para que yo te mate como has
matado á mi hijo.» El mercader repuso: «Pero ¿cómo he matado yo á tu
hijo?» Y contestó el efrit: «Al arrojar los huesos, dieron en el pecho
á mi hijo y lo mataron.» Entonces dijo el mercader: «Considera ¡oh gran
efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Tengo muchas
riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa depósitos que
me confiaron. Permíteme volver para repartir lo de cada uno, y te vendré
á buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que
volveré en seguida á tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras.
Alah es fiador de mis palabras.»
El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.
Y el mercader volvió á su tierra, arregló sus asuntos, y dió á cada cual
lo que le correspondía. Después contó á su mujer y á sus hijos lo que le
había ocurrido, y se echaron todos á llorar: los parientes, las mujeres,
los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo con su familia
hasta el fin del año. Al llegar este término se resolvió á partir, y
tomando su sudario bajo el sobaco, dijo adiós á sus parientes y vecinos,
y se fué muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes
gritos de dolor.
En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en
cuestión, y el día en que llegó era el primer día del año nuevo. Y
mientras estaba sentado, llorando su desgracia, he aquí que un jeque[15]
se dirigió hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al
mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: «¿Por qué razón estás
parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?
Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la
causa de haberse detenido en aquel sitio. Y el jeque dueño de la gacela
se asombró grandemente, y dijo: «¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe es una
gran fe, y tu historia es tan prodigiosa, que si se escribiera con una
aguja en el ángulo interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el
que sabe reflexionar respetuosamente.» Después, sentándose á su lado,
prosiguió: «¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo
que te ocurre con el efrit.» Y allí se quedó, efectivamente, conversando
con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa de una
aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí el dueño de
la gacela, cuando llegó un segundo jeque, que se dirigió á ellos con dos
lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la causa de
haberse parado en aquel lugar frecuentado por los efrits. Entonces ellos
le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y apenas se
había sentado, cuando un tercer jeque se dirigió hacia ellos, llevando
una mula color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué
estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia
desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad
repetirla.
A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de
aquella pradera. Descargó una tormenta, se disipó después el polvo y
apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole
chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al mercader:
«Ven para que yo te mate como mataste á aquel hijo mío, que era el
aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.» Entonces se echó á llorar
el mercader, y los tres jeques empezaron también á llorar, á gemir y á
suspirar.
Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar ánimos,
y besando la mano del efrit, le dijo: «¡Oh efrit, jefe de los efrits y
de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te
maravilla mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de
este mercader?» Y el efrit dijo: «Verdaderamente que sí, venerable
jeque. Si me cuentas la historia y yo la encuentro extraordinaria, te
concederé el tercio de esta sangre.»
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Cuento del primer jeque
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El primer jeque dijo:
«Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío[16], carne
de mi carne y sangre de mi sangre. Cuando esta mujer era todavía muy
joven, nos casamos, y vivimos juntos cerca de treinta años. Pero Alah no
me concedió tener de ella ningún hijo. Por eso tomé una concubina, que,
gracias á Alah, me dió un hijo varón, más hermoso que la luna cuando
sale. Tenía unos ojos magníficos, sus cejas se juntaban y sus miembros
eran perfectos. Creció poco á poco, hasta llegar á los quince años. En
aquella época tuve que marchar á una población lejana, donde reclamaba
mi presencia un gran negocio de comercio.
La hija de mi tío, ó sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia
en la brujería y el arte de los encantamientos. Con la ciencia de su
magia transformó á mi hijo en ternerillo, y á su madre, la esclava, en
una vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado.
Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi hijo y
por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: «Tu esclava ha muerto, y tu
hijo se escapó y no sabemos de él.» Entonces, durante un año estuve bajo
el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis ojos.
Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral
que me reservara una de las mejores vacas, y me trajo la más gorda de
todas, que era mi esclava encantada por esta gacela. Remangado mi brazo,
levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio,
cuchillo en mano, cuando de pronto la vaca prorrumpió en lamentos y
derramaba lágrimas abundantes. Entonces me detuve, y la entregué al
mayoral para que la sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni
carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de
haberla matado, pero ¿de qué servía ya el arrepentimiento? Se la di al
mayoral, y le dije: «Tráeme un becerro bien gordo.» Y me trajo á mi hijo
convertido en ternero.
Cuando el ternero me vió, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se
revolcó á mis pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces
tuve piedad de él, y le dije al mayoral: «Tráeme otra vaca, y deja con
vida este ternero.»
En este punto de su narración, vió Schahrazada que iba á amanecer,
y se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso.
Entonces su hermana Doniazada le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán
dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!»
Schahrazada contestó: «Pues nada son comparadas con lo que os
podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere
conservarme.» Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta
que haya oído la continuación de su historia.»
Después, el rey y Schahrazada pasaron toda la noche abrazados.
Luego marchó el rey á presidir su tribunal. Y vió llegar al visir,
que llevaba debajo del brazo un sudario para Schahrazada, á la cual
creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió
administrando justicia, designando á unos para los empleos,
destituyendo á otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fué
perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía.
Cuando hubo terminado el diván[17], el rey Schahriar volvió á su
palacio.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 2.ª NOCHE_
Doniazada dijo á su hermana Schahrazada: «¡Oh hermana mía! Te ruego
que acabes la historia del mercader y el efrit.» Y Schahrazada
respondió: «De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el
rey me lo permita.» Y el rey ordenó: «Puedes hablar.»
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas!
que cuando el mercader vió llorar al ternero, se enterneció su corazón,
y dijo al mayoral: «Deja ese ternero con el ganado.»
Y á todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia
asombrosa. Y el jeque dueño de la gacela prosiguió de este modo:
«¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de
mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: «Debemos
sacrificar ese ternero tan gordo.» Pero yo, por lástima, no podía
decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome
él.
Al segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me
dijo: «¡Oh amo mío! Voy á enterarte de algo que te alegrará. Esta buena
nueva bien merece una gratificación.» Y yo le contesté: «Cuenta con
ella.» Y me dijo: «¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió
la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste
el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo
vió, cubrióse con el velo la cara, echándose á llorar y después á reir.
Luego me dijo: «Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hombres
en mi aposento?» Yo repuse: «Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué
lloras y ríes así?» Y ella me dijo: «El ternero que traes contigo es
hijo de nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra
la que lo ha encantado, y á su madre con él. Me he reído al verle bajo
esa forma de becerro. Y si he llorado es á causa de la madre del
becerro, que fué sacrificada por el padre.» Estas palabras de mi hija me
sorprendieron mucho, y aguardaré con impaciencia que volviese la mañana
para venir á enterarte de todo.»
Cuando oí, ¡oh poderoso efrit!--prosiguió el jeque--lo que me decía el
mayoral, salí con él á toda prisa, y sin haber bebido vino creíame
embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al
recobrar á mi hijo. Cuando llegué á casa del mayoral, la joven me deseó
la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revolcándose
á mis pies. Pregunté entonces á la hija del mayoral: «¿Es cierto lo que
afirmas de este ternero?» Y ella dijo: «Cierto, sin duda alguna. Es tu
hijo, la llama de tu corazón.» Y le supliqué: «¡Oh gentil y caritativa
joven! si desencantas á mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo
al cuidado de tu padre.» Sonrió al oir estas palabras, y dijo: «Sólo
aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera, que me casaré con
tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar á quien yo
desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias
de tu mujer.»
Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral,
le dije: «Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me
administra. En cuanto á la hija de mi tío, te permito que dispongas de
su sangre.»
Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre,
llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció
con el líquido al ternero, y le dijo: «Si Alah te creó ternero, sigue
ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado, recobra tu
figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.»
E inmediatamente el ternero empezó á agitarse y volvió á adquirir la
forma humana. Entonces, arrojándome en sus brazos, le besé. Y luego le
dije: «¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo
contigo y con tu madre.» Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo
dije entonces: «¡Ah, hijo mío! Alah, dueño de los destinos, reservaba á
alguien para salvarte y salvar tus derechos.»
Después de esto, ¡oh buen efrit! casé á mi hijo con la hija del mayoral.
Y ella, merced á su ciencia de brujería, encantó á la hija de mi tío,
transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme
con estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellas supe lo
ocurrido á este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese
sobrevenir. Y esta es mi historia.»
* * * * *
Entonces exclamó el efrit: «Historia realmente muy asombrosa. Por eso te
concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.»
En este momento se acercó el segundo jeque, el de los lebreles negros, y
dijo:
Cuento del segundo jeque
[imagen]
«Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que estos dos perros son
mis hermanos mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre, nos
dejó en herencia tres mil dinares[18]. Yo, con mi parte, abrí una tienda
y me puse á vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también,
se dedicó á viajar con las caravanas, y estuvo ausente un año. Cuando
regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: «¡Oh
hermano mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?» Y echándose á
llorar, me contestó: «Hermano, Alah, que es grande y poderoso, lo
dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que
nada tengo ahora.» Le llevé conmigo á la tienda, lo acompañé luego al
hammam[19] y le regalé un magnífico traje de la mejor clase. Después nos
sentamos á comer, y le dije: «Hermano, voy á hacer la cuenta de lo que
produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las
ganancias.» Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual
de mil dinares. Entonces di gracias á Alah, que es poderoso y grande, y
dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos
días y días.
Pero de nuevo mis hermanos desearon marcharse, y pretendían que yo les
acompañase. No acepté y les dije: «¿Qué habéis ganado con viajar, para
que así pueda yo tentarme de imitaros?» Entonces empezaron á dirigirme
reconvenciones, pero sin ningún fruto, pues no les hice caso, y seguimos
comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron á
proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y así pasaron seis años
más. Al fin acabaron por convencerme, y les dije: «Hermanos, contemos
el dinero que tenemos.» Contamos, y dimos con un total de seis mil
dinares. Entonces les dije: «Enterremos la mitad, para poderla utilizar
si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para
comerciar al por menor.» Y contestaron: «¡Alah favorezca la idea!» Cogí
el dinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y
los otros tres mil los repartí juiciosamente entre nosotros tres.
Después compramos varias mercaderías, fletamos un barco, llevamos á él
todos nuestros efectos, y partimos.
Duró un mes entero el viaje, y llegamos á una ciudad, donde vendimos las
mercaderías con una ganancia de diez dinares por dinar. Luego
abandonamos la plaza.
Al llegar á orillas del mar encontramos á una mujer pobremente vestida,
con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo:
«Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio, sabré
agradecer tus bondades.» Y le dije: «Te socorreré; mas no te creas
obligada á la gratitud.» Y ella me respondió: «Señor, entonces cásate
conmigo, llévame á tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo
soy de las que saben el valor de un beneficio. No te avergüences de mi
humilde condición.» Al oir estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues
nada hay que no se haga mediante la voluntad de Alah, que es grande y
poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas
alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitalaria acogida
llena de cordialidad. Después zarpamos.
Mi corazón llegó á amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día
ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía
gozarla, estos hermanos míos sintieron celos, además de envidiarme por
mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas
miradas sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme y
repartirse mi dinero, porque el Cheitán[20] sin duda les hizo ver su
mala acción con los más bellos colores.
Un día, cuando estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta
nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el
agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita[21]. Me tomó
sobre sus hombros y me depositó en una isla. Después desapareció durante
toda la noche, regresando al amanecer, y me dijo: «¿No reconoces á tu
esposa? Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has
de saber que soy una efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi
corazón, simplemente porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente en
Alah y en su Profeta, al cual Alah bendiga y preserve. Cuando me he
acercado á ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de
todos modos á casarte conmigo. Y yo, en justa gratitud, he impedido que
perezcas ahogado. En cuanto á tus hermanos, siento el mayor furor contra
ellos y es preciso que los mate.»
Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije:
«No puedo consentir la pérdida de mis hermanos.» Luego le conté todo lo
ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces:
«Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar
para que sucumban.» Yo repliqué: «¡Por Alah sobre ti! No hagas eso,
recuerda que el Maestro de los Proverbios dice: «¡Oh tú, compasivo del
delincuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo
crimen», y además, considera que son mis hermanos.» Pero ella insistió:
«Tengo que matarlos sin remedio.» Y en vano imploré su indulgencia.
Después se echó á volar llevándome en sus hombros, y me dejó en la
azotea de mi casa.
Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo.
Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias y los
saludos de costumbre, compré nuevos géneros.
Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones
encontré estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se
levantaron, rompieron á llorar y se agarraron á mis ropas. Entonces
acudió mi mujer, y me dijo: «Son tus hermanos.» Y yo le dije: «¿Quién
los ha puesto en esta forma?» Y ella contestó: «Yo misma. He rogado á mi
hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pusiera
en ese estado. Diez años permanecerán así.»
Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en busca de mi
cuñada, á la que deseo suplicar los desencante, porque van ya
transcurridos diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y
cuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que
sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento.»
* * * * *
El efrit dijo: «Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo
otro tercio de la sangre destinada á rescatar el crimen.»
* * * * *
Entonces se adelantó el tercer jeque, dueño de la mula, y dijo al efrit:
«Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me
recompensarás con el resto de la sangre.» El efrit contestó: «Que así
sea.»
Y el tercer jeque dijo:
Cuento del tercer jeque
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