Mas la juiciosa señora Douglas, la de siempre, se revolvía contra estos

consejos, considerándolos absurdos. Florestán la seguiría en su segunda

fuga, como ahora venía á buscarla después de la primera. El que ama no

se satisface con una aventura única; al contrario, este corto episodio

excita sus deseos. La seguiría por todo el mundo, con la autoridad de

los derechos irrecusables adquiridos sobre ella; y ella, después de su

caída voluntaria, no podría defenderse... Paladear un placer que dura un

momento... ¿y luego? ¿Tendría la dureza precisa para abandonarlo, tras

la mutua posesión, como le aconsejaba aquella personalidad demoniaca

surgida inopinadamente de ella misma?... No; después de una breve

entrega, terminada por una fuga, la situación de los dos aún resultaría

peor.

De pronto, como el esfuerzo decisivo que inclina con su presencia el

resultado de un combate, asomó en su recuerdo una carita de joven

llorosa: la novia de Florestán. Aquella muchacha estaba lejos; no podía

defenderse... Además, ella le había hecho una promesa. ¡Qué infamia

abusar de su ausencia!...

«Es preciso romper para siempre. No verle otra vez; impedir que vuelva.»

Pero al adoptar la amazona esta resolución sintió ablandarse su fiereza

y se dijo interiormente, como si lanzase un lamento:

«Ahora que ya me había acostumbrado á vivir sin su recuerdo... ¡verle

otra vez! ¡resucitar lo que tanto me costó de dar muerte!... Pero es

preciso... ¡es preciso!»

Bajó en la mañana siguiente al paseo de los Ingleses, poco después de

las once, cuando era más numerosa la concurrencia de los que toman el

sol junto al mar, esperando que el cañonazo de mediodía disuelva á los

grupos y los envíe en todas direcciones, hacia sus hoteles y casas, en

busca del almuerzo.

Iba escoltada por Rina, que mantenía pegado á sus faldas el perrillo

japonés, llevando corta la trenza de cuero sujeta á su collar. En vez de

ir paseo abajo, hacia su principio, donde se aglomeran los invernantes,

ocupando bancos y sillas frente á restoranes y cafés para oir sus

orquestas, siguieron en dirección contraria, aproximándose al barrio

llamado de la California. Según iban avanzando, los presentes eran más

escasos y el malecón tomaba un aspecto de ribera marítima. Había en esta

playa falta de arena varias barcas de pesca puestas en seco sobre los

guijarros redondos, iguales á galletas azuladas ó grises. La luz del

sol, blanca en fuerza de ser intensa, se reflejaba sobre el índigo del

mar como una lluvia de plata voladora.

La señora Douglas estiró su labio superior con el gesto hostil y sombrío

que apoyaba sus resoluciones decisivas. Había que terminar, y era

preciso que fuese cuanto antes...

En la playa, un grupo de curiosos admiraba tendidos á sus pies dos

pescados enormes é inánimes. Tenían dientes de sierra, lomo obscuro

espolvoreado de blanco y ojos muertos, que aún parecían guardar en su

fijeza una expresión de ferocidad. Un marinero canoso, barbudo y

melenudo, de mirada dulce, que tenía gran semejanza--como muchos

nicenses viejos del puerto--con su compatriota el caudillo Garibaldi,

explicaba á los curiosos la captura de estos dos tiburones del

Mediterráneo, que habían destrozado gran parte de sus redes. Formaban

pareja: macho y hembra. El pescador no sabía distinguir el sexo de cada

uno, pero estaba seguro de que eran así.

--Y entonces, el macho, que aún podía escapar--dijo con su musical

acento italiano--, viendo prisionera á su hembra, prefirió lanzarse en

las redes para librarla ó morir con ella... Yo le he visto con mis ojos,

señores míos.

Al oir Concha Ceballos tal relato desde lo alto del paseo, sintió cierta

emoción, no obstante estar segura de su falsedad. Aquel navegante

romántico daba á las bestias egoístas y feroces del abismo las mismas

pasiones que alegran y entristecen á los humanos. Hacía descender el

amor á las profundas obscuridades marítimas, donde el sol toma al

perderse en las aguas un color de sangre, y no hay otra vida que devorar

ó ser devorado. ¡Ah poeta «camisa roja»! ¡Rapsoda mediterráneo!...

En un restorán barato, al otro lado del paseo, banqueteaba el cortejo de

una boda nicense, gente popular que aclamaba á los novios, expresando

sus alegrías de un modo ruidoso.

Unos cuantos músicos disfrazados de pescadores napolitanos acompañaban

con guitarras y mandolinas las canciones de un tenor. Tenía la voz

engolada y dulzona del cantante popular; voz que hace sonreir de lástima

bajo un techo y humedece los ojos al ser oída de noche en un canal

veneciano, ó bajo la lluvia áurea del sol entre los promontorios rojos

del golfo de Nápoles.

_Vieni al mare_

_Vieni al maaare..._

Así gemía el tenor invisible, acompañado por un dulce temblor de

cuerdas, y la señora Douglas se sintió ablandada, como si la invitación

del cantante fuese para ella.

El mar era la libertad, el olvido, una nueva existencia filtrada por la

pureza de los inmensos horizontes; de las azules soledades; de las

auroras sobre el océano desierto, que nadie puede ver y si extienden los

nácares de su cándida diafanidad es para admirarse á sí mismas; de los

regios ocasos de púrpura y oro, que afirman la promesa de un nuevo día y

tienen como la llanura oceánica la majestad melancólica de lo eterno.

«Ven al mar...» Ella aceptaba esta invitación al viaje y al olvido... Y

contempló imaginariamente, como lugares de refugio y paz, todos los

puertos visitados en su vida anterior, con bosques de mástiles, cuerdas

y velas puestas á secar, con muelles de piedra verdosa y viejas anillas

de hierro oxidado, de los que se despega lentamente la pared de acero

del trasatlántico, abriendo una distancia de medio metro, que va á

crecer y á prolongarse en el infinito durante miles de leguas. Unos

puertos olían, bajo el sol incendiario, á bananas recalentadas, á frutos

picantes, á especiería y maderas preciosas; otros eran de cielo gris con

un perfume de té, de ginebra, de tabaco con opio; y en los muelles de

todos ellos multitudes abigarradas, confusión de idiomas, cruzamientos

grotescos de civilización y barbarie, colosales máquinas de acero y

carretas de búfalos con discos de madera por ruedas, gentes cobrizas,

negras, pálidas, rojas.

¡Viajar!... ¡Olvidar!... Concha Ceballos se acordó repentinamente de

cierto profesor viejo de Los Angeles que citaba en latín unos versos de

Horacio, excusando con ellos la falta de curiosidad que le había

retenido en el mismo rincón del mundo, sin conocer otras tierras.

«La negra preocupación monta detrás del jinete. No nos abandona por más

que cambiemos de sitio.»

Así es. Cuando saltamos al buque, otro más ágil ha pasado antes que

nosotros: el eterno compañero de viaje, duende testarudo que no admite

engaños y nos sigue por más que intentemos desorientarle y librarnos de

su presencia con astutas jugarretas.

Mas aunque nos siga, como la sombra sigue al cuerpo, el tiempo y el

espacio acaban por influir en él. No nos libran de su compañía, pero

consiguen modificarla. La señora Douglas seguía creyendo en el poder del

mar, y comparaba la «negra preocupación» que nos acompaña á todas partes

con esos vinos del viejo mundo que, al cruzar el Océano, cambian de

cuerpo y de perfume, suavizándose.

De pronto sintió extrañeza al verse en aquel paseo sin otra compañía que

la de su amiga. Sólo habían transcurrido unos segundos, mas á ella le

parecieron largos y repletos de melancólicas reflexiones, como si fuesen

horas tristes. Miró á un lado y á otro sin encontrar al que esperaba.

Debía estar oculto, observándola de lejos. Adivinó en el espacio la

presencia real del mismo ser que llenaba su recuerdo. ¿Es que no

vendría, por una malicia inconsciente, dejando que su voluntad se

ablandase en dolorosa espera?...

Sintió á su espalda una voz que la hizo estremecerse, á pesar de que

esperaba oirla desde que salió del hotel.

--Señora Douglas... Doña Concha...

Con este saludo ceremonioso anunció su presencia. Y ella le vió surgir

ante sus ojos más grande, más fuerte, que al conocerlo en el salón de

trabajo de su padre.

Era el héroe Esplandián, el caballero San Jorge, rubio, de membruda

esbeltez, sereno y fuerte; pero ahora tenía una luz melancólica en su

mirada, un velo de tristeza ante su rostro, una expresión de desaliento

en toda su persona. Era el paladín todavía fatigado y convaleciente

después de su pelea con el dragón.

La viuda sintió un pinchazo material en sus entrañas, algo que le hizo

sospechar si habría quedado olvidado entre sus ropas interiores algún

alfiler que la hería traidoramente. Tuvo que realizar un esfuerzo de

voluntad para no llevarse la diestra al vientre dolorido.

El perro japonés, escandalizado por la confianza con que aquel hombre se

aproximaba á su dueña ó advertido por obscuro instinto de la presencia

de un rival, empezó á ladrar, furioso y grotesco, intentando morder sus

pantalones.

--¡Llévate á esa bestia odiosa!--ordenó con voz colérica la señora.

En aquel momento lo encontraba feo, no pudiendo explicarse los elogios

que le había dedicado tantas veces.

Rina conocía bien sus obligacions de confidenta, lo que debe hacer una

perfecta compañera cuando nota que el amor aún existe en el mundo y se

aproxima benevolente para alguien. Tomó al perrillo en brazos y se

alejó, hablándole en voz alta mientras le mostraba el mar y las velas

triangulares que se deslizaban por la línea del horizonte. Dejó á sus

espaldas un espacio de más de veinte metros, para que los dos

conversasen con toda libertad sin preocuparse de ella.

Florestán, como si temiera un retroceso de Rina y desease aprovechar

cuanto antes la ocasión de hallarse á solas con la señora Douglas,

empezó á hablar precipitadamente. Mostraba el ansia del que quiere decir

de un tirón todo lo que lleva en su pensamiento, después de haberlo

preparado en largas horas de labor reflexiva. Era la verbosidad del

tímido, que habla aprisa queriendo evitar con esto las objeciones del

que le escucha y que no corten el desarrollo de su discurso. Parecía

subirse sobre sus propias palabras para saltar con nuevo ímpetu,

diciendo todo lo que necesitaba decir.

Primeramente justificó su presencia en Niza con una mezcla de pretextos,

verdaderos y falsos. Había ido á París para el arreglo de ciertos

asuntos que dejó inconclusos su padre: antiguas empresas industriales,

invenciones susceptibles de explotación... Encontró allá á Haroldo

Arbuckle, que acababa de llegar de Egipto, y éste le había hecho saber

dónde vivía la señora Douglas en aquel momento.

Tal vez vió la expresión irónica é incrédula con que los ojos de aquella

mujer acogían sus excusas; tal vez sintió un espontáneo deseo de volver

al camino de la verdad, por juzgarlo más corto y amplio.

--¿Para qué mentir?--dijo enérgicamente--. Fuí á París sólo para

buscarla, y hube de hacer muchas averiguaciones, hasta que por suerte

encontré á ese amigo, que me dijo dónde estaba usted. Necesitaba verla.

Allá en Madrid he pasado días muy tristes, sin poder explicarme mi

desgracia, sin poder ir en busca suya, porque me era imposible abandonar

á mi padre. Le he escrito muchas cartas, ¡muchas!... Las he enviado á

todos los lugares mencionados por usted en aquellas conversaciones que

tuvimos en España, y de las que me acuerdo casi palabra por palabra.

Hasta le escribí al rancho de «Laguna Brava», allá en California, la

propiedad de que me habló muchas veces. Si no ha recibido aún esas

cartas, algún día llegarán á sus manos. Las enviaba al otro hemisferio

de la tierra con la dolorosa certeza de que usted vivía más cerca de mí.

Pero ¿dónde?... ¿cómo averiguarlo?...

Calló, entristecido por el recuerdo de aquella época de forzada

inmovilidad en la casa paterna, lanzando sus desesperados llamamientos

sobre la curva de medio globo terráqueo.

--Al morir mi padre--siguió diciendo--, mi tristeza fué grande. Nada

tiene de extraordinario que un hijo llore á su padre... Pero al mismo

tiempo pensaba: «Ya eres libre; ya tienes dinero para lanzarte por el

mundo. Puedes ir á buscarla, y sabrás al fin por qué te dejó de un modo

tan inexplicable, cortando con su fuga la mejor época de tu vida...»

Y como si diciendo esto hubiese llegado al punto más importante para él,

cambió de voz, preguntando con un tono de lamentoso reproche:

--¿Por qué me abandonó usted apenas estuve fuera de peligro?... ¿Qué le

hice para ofenderla de tal modo?

En sus largas reflexiones, Florestán había llegado á la conclusión de

que algo había hecho de malo y ofensivo para la señora Douglas: algo que

su inexperiencia no podía atinar, pero que impulsó á la otra á

marcharse. Y sus ojos humildes imploraron perdón por esta falta suya que

él no llegaba á descubrir, aunque indudablemente había existido.

Concha Ceballos le miró un momento, conmovida por tal candidez.

¡Ofenderla á ella!... Pero en seguida se arrepintió de su emoción. Una

blandura peligrosa empezaba á diluir la firmeza de su voluntad. No; ella

no debía prolongar ni repetir estas entrevistas. Era entregarse á

sabiendas al vencimiento. Debía levantar un obstáculo entre los dos;

algo inmenso que llegase hasta el cielo, siendo tan abrupto y cortado en

sus laderas que no permitiese sendero alguno; algo igual á las ásperas

cordilleras que durante siglos y siglos mantienen á los grupos humanos

instalados en sus dos vertientes opuestas, sin conocerse, sin poder

comunicarse, ignorándose, como si los del otro lado no hubiesen venido

al mundo.

Este obstáculo ella tenía el medio de crearlo. Lo había imaginado la

noche antes, en ese momento indefinible que sigue á las horas de larga

vigilia, cuando el monstruo del insomnio, cansado de roernos, abre sus

mandíbulas y nos deja caer, rotos é inánimes, con un pensamiento confuso

que no sabe si aún está en el mundo real ó ha entrado en los dominios

del sueño; pensamiento que funciona irregularmente, creando á la vez

ideas de extraordinaria originalidad ó incoherencias y disparates.

Tal vez este obstáculo no era una creación verdaderamente suya,

inspirada por el peligro; bien podría resultar que fuese un recuerdo

inconsciente de olvidadas lecturas, como tantos actos de nuestra vida

que consideramos originales. Ella se había resistido en el primer

momento á su adopción, juzgándolo extraordinario, paradojal en

demasía... mas ¿acaso en nuestra existencia todo es plano, mediocre,

monótono? Hasta las vidas groseramente vulgares tienen un año, un día ó

una hora en que toma su curso la viveza dramática, el sentimentalismo ó

el magnífico dolor de los personajes imaginarios del teatro y del libro.

Había que hacer surgir la montaña entre los dos. Y si esto no era

bastante, si él con su ardor juvenil intentaba cortar escalones en la

roca, abrir senderos para volver hacia ella, entonces que la encontrase

en brazos de otro hombre, protegida por un esposo capaz de defenderla

con su presencia de las cobardías de la tentación.

Lo primero era alejar á este hombre, hacer que siguiese la órbita

natural de su existencia; suprimir la fuerza desviadora que lo había

sacado del curso ordinario de su destino. Luego, ella se casaría; lo

había decidido la noche anterior. Era un modo de vivir á cubierto de las

sorpresas dramáticas que puede darnos la vida cuando hemos prescindido

de pagar á la juventud lo que le corresponde y queremos satisfacer

luego la deuda fuera de tiempo. Un marido la permitiría vivir igualmente

á cubierto de tantos Casa Botero que vagan por las grandes ciudades,

queriendo convertir el matrimonio en herramienta de trabajo. Pensaba

casarse con Arbuckle. Sería una asociación amistosa y tranquila para

pasar el resto de la existencia en honorable paz. Ella necesitaba un

hombre á quien mandar, y nadie mejor que este compatriota.

De pronto se sorprendió escuchando su voz, que preguntaba con un tono de

irónico reproche:

--¿Y usted no se ha casado todavía con la hija de aquel catedrático que

conocí en Madrid?...

Hizo Florestán ante esta pregunta inesperada un gesto que casi fué de

regocijo. Creyó haber encontrado el misterio de aquella fuga

inexplicable. La californiana había huído por celos de la otra. Y

convencido de esto, se expresó con la vehemencia del que dice la verdad.

La hija de Mascaró era la compañera de su infancia; se querían con la

ternura del cariño; ¿pero amor?... No; él se había imaginado amarla

antes de conocer á cierta persona...

--Luego me he convencido de que sólo puedo amarla á usted... Mi padre

murió creyendo que yo voy á casarme con esa muchacha. Los de su familia

creen igualmente, como algo indiscutible, que seré su marido apenas haya

terminado este viaje que ellos se imaginan motivado por negocios de mi

herencia... Usted sabe la verdad. Yo vengo para decirle que mi verdadera

vida sólo puede existir al lado de usted. La otra no es mas que una

amiga, una compañera, y si usted quiere...

Concha Ceballos hizo un ademán para imponerle silencio. Estaba pálida;

su mirada era dura; tenía en su boca el estiramiento agresivo de las

horas difíciles.

--No siga hablando--ordenó enérgicamente--; eso que usted dice resulta

monstruoso. Yo deseaba callar, pero ya no es posible. No añada una

palabra: se avergonzaría usted luego.

Y hubo en su voz grave tal expresión de escándalo, de protesta, que el

joven quedó vacilante y desorientado, como si acabase de decir algo

inaudito, de cuya magnitud no se daba cuenta. Viendo la expresión

interrogante de sus ojos, la otra continuó:

--Tuve que abandonarle en Madrid porque era necesario. Me atraía usted

con la fuerza de un sentimiento que yo necesitaba mantener indefinido.

Pero llegó una hora en que me di cuenta de que interpretaba usted mal

ese sentimiento, y tuve miedo, el miedo que inspira lo monstruoso...

Acuérdese de lo que ocurrió entre nosotros el mismo día que le abandoné

al cerrar la noche. Confieso que yo le había besado antes, algunas

veces, durante su delirio. Aquel día volvimos á besarnos á sabiendas,

por mutuo consentimiento; mas al recibir su beso adiviné el terrible

error que existía entre los dos; vi un peligro en el que sólo puede

pensarse con temblores de vergüenza... Y usted, ¡pobrecito mío! no tenía

la culpa. ¿Cómo podía tenerla? Usted no sabía, y no era extraordinario

que se equivocase... Pero yo sabía, yo sé, y por eso huí entonces, por

eso he evitado después su presencia. Usted ha tomado por amor, tal como

lo entienden las gentes, por una atracción natural entre hombre y mujer,

lo que sólo es...

Quedó indecisa y en silencio, como si no se atreviese á completar su

revelación con nuevas palabras.

Durante unos momentos se interesó Florestán por este misterio que la

otra dudaba en revelar. Luego su curiosidad pareció extinguirse. Como

todos los que sienten la obsesión de una idea tenaz, volvió á la suya,

por creer que era lo más importante en aquella entrevista.

--He venido á buscarla después de reflexionar largamente sobre mi vida

futura. Lo que he dejado detrás de mí quedará suprimido, si usted

quiere. No volveré á España. Olvidaré las promesas que haya podido hacer

allá á causa de mi inexperiencia. Lléveme con usted para siempre...

Su voz se caldeaba con un ardor pasional. Había perdido su timidez de

los primeros momentos. Concha adivinó una explosión inmediata de ruegos

amorosos, de juramentos entusiásticos, de peticiones ansiosas, y con una

voluntaria frialdad le interrumpió, preguntando:

--¿Se acuerda usted de su madre?...

Quedó el joven desconcertado por la incoherencia de esta pregunta en

mitad de su declaración de amor. ¿Por qué se acordaba ella de su pobre

madre, figura remota é indecisa que apenas si emergía visible en su

pasado, como una silueta pálida?...

La señora Douglas continuó hablando, con los ojos bajos y una arruga

vertical entre las cejas. Parecía avergonzada de sus palabras, y las iba

murmurando con voz monótona, sin matices, lo mismo que si rezase una

oración.

Recordó lo que le había contado el joven muchas veces en sus

conversaciones de Madrid. No había visto nunca á su madre. Ni siquiera

tuvo, cual otros huérfanos, el amor de una criada vieja que se encarga

de cuidarlos en sus primeros años y les habla de la desaparecida,

creando en su memoria una segunda personalidad inmaterial de la madre,

como si la hubiesen visto realmente al principio de su existencia,

cuando aún no podían discernir la forma y el valor de lo que pasaba ante

sus ojos. Florestán, desorientado por lo que decía aquella mujer, iba

asintiendo, sin embargo, con movimientos de cabeza.

--Sí; sólo encontré en mi casa una fotografía antigua de mi madre, tan

borrosa, que me era preciso verla con la imaginación más que con los

ojos... Porque no conocí á mi madre, amé á mi padre mejor tal vez que la

mayoría de los hombres quieren al suyo... Pero ¿por qué me habla usted

de todo eso?...

Al fin se decidió ella á hacer emerger el inmenso obstáculo, lo mismo

que los antiguos taumaturgos podían levantar masas inmensas con la sola

energía de sus palabras.

--Hablo de eso--dijo sombríamente--por dar contestación á lo que me

pregunta, por justificar una huída que le parece incomprensible. ¿No ha

pensado usted alguna vez en la posibilidad de que su nacimiento fuese

otro que el que le contó con tanta brevedad su padre?... ¿No cree que

puede haber existido más de un misterio amoroso en la historia juvenil

del ingeniero Balboa, hombre apuesto é interesante, que viajó mucho por

América y pudo conocer numerosas mujeres?...

Quedó mirándola Florestán, con los párpados dilatados por el asombro y

la duda. No alcanzaba á entender por entero lo que pretendía decirle

aquella señora. Y ésta, deseosa de dar ayuda á su comprensión, volvió á

hablar:

--Por eso me alejé de usted al ver que se equivocaba en la apreciación

de mi afecto. Yo soy la única mujer en el mundo que no puede amarle como

las otras mujeres... Suponer lo contrario sería horrible...

Florestán la interrumpió sonriendo con una expresión de duda, como si

fuese á enunciar algo disparatado, pero al mismo tiempo con cierta

inquietud en su voz:

--No pretenderá usted hacerme creer que es mi madre...

Ella levantó los ojos, le miró fijamente, y con voz lenta y fría, que

parecía dejar caer las palabras, repuso:

--¿Por qué no puedo serlo?...

Hubo un largo silencio. El joven quiso repetir su sonrisa, pero ésta se

extinguió en sus labios apenas nacida. El gesto grave y doloroso de

aquella mujer parecía aplastar su incredulidad. Se quitó el sombrero

maquinalmente, á pesar de que estaba bajo los rayos del sol, y se rascó

un lado de su cabeza, como si pretendiese restablecer con este

frotamiento el orden de las ideas, alborotadas y revueltas, en el

interior de su cráneo.

Los músicos de la boda coreaban una nueva romanza marineresca del tenor.

Los grupos de paseantes iban del asfalto del malecón hasta la acera del

restorán, agolpándose ante su verja. Ninguno de los dos oyó esta

serenata napolitana, en pleno día, que iba atrayendo á todos los que

transitaban por un extremo del paseo de los Ingleses.

--¡Veamos!... ¡Esto resulta absurdo!--dijo él con voz irritada--. Usted

es todavía joven. Usted no tiene años para ser... eso que pretende

ser...

Le miró ella con una conmiseración afectuosa y protectora.

--¿Cómo sabe usted mis años?... Las mujeres de ahora no tenemos edad.

Somos eternamente jóvenes, hasta que una mañana, al despertar, dejamos

de serlo para siempre. Yo soy más vieja, muchísimo más vieja que usted

cree.

Siguió martirizándose el joven una de sus sienes con nervioso

frotamiento, como si esto le sirviera para extraer nuevas dudas.

--Pero usted y mi padre no eran amigos. Hasta creo que se llevaban mal,

y usted le envió cartas que le causaron grandes disgustos.

--Consecuencias del pasado--dijo ella--. Esa misma falta de amistad

entre los dos prueba las buenas relaciones de otros tiempos. Tal vez no

pudo aceptar nunca que yo me casase con otro hombre, después de habernos

conocido allá en California. Bien pudo ser también que yo le odiase

porque no quiso casarse conmigo.

--Tengo en mi casa documentos que desmienten todo eso... Mi partida de

bautismo menciona el nombre de mi madre... Yo nací en Méjico. Es verdad

que mi nacimiento fué cerca de la frontera de los Estados Unidos... pero

en Méjico; y usted creo que no ha estado allí nunca.

Ella tuvo fuerzas para sonreir con una expresión maliciosa.

--En aquella tierra de revoluciones, y en una provincia lejana donde

cambian con frecuencia las autoridades, no es difícil inventar cuantos

documentos se necesitan... Su padre era un caballero, y procuró librar

mi pasado de sospechas.

--¡Júremelo!--dijo Florestán con voz ruda.

--¿Para qué?... La prueba mejor es que una mujer de vida honesta y

cierto rango social se decida á hacer una confesión tan dolorosa. ¡Qué

esfuerzo, qué sacrificio interior, para revelar secretos de tal

especie!...

La reina Calafia (novela) · 第 16 / 17 段