empezaban á disgregarse sus dudas, y queriendo abatirlas completamente,
fué añadiendo:
--A una mujer hay que creerla cuando se resuelve á decir cosas de tanta
importancia. Es muy doloroso comunicar las verdades ocultas que
entenebrecen nuestro pasado... Recuerde cómo en Madrid preferí huir,
antes que hacerle saber una verdad tan cruel. Por mi gusto, nunca me
hubiese acordado de ella. Pero ahora es preciso que usted la conozca. No
quiero que interprete mal aquellas caricias mías cuando le vi en peligro
de muerte. Es necesario que sepa lo que debemos ser el uno para el otro,
y luego nos separemos guardando los dos un secreto que hasta hace un
momento sólo era mío.
Sonó á lo lejos, sobre la colina del antiguo castillo de Niza, el
cañonazo anunciador de mediodía. Los dos estaban tan preocupados, que no
oyeron la detonación. Él surgió de su ensimismamiento con la repentina
energía del que se da cuenta de un peligro inmediato.
--¡Pero yo no quiero que nos separemos!... Yo necesito vivir junto á
usted; necesito seguirla á todas partes... como lo que yo quería ser ó
como lo que usted afirma ahora que soy.
Dijo esto con tal fuerza, que el rostro de Concha perdió aquella máscara
helada y dura á través de la cual iban pasando sus palabras.
--Y á pesar de lo que acabo de decirle, ¿quiere usted vivir siempre á mi
lado?...
--Siempre... Tal vez no la deseo ya como antes: sería monstruoso. Pero
necesito verla á todas horas, hablarla, seguirla á todas partes. No me
atrevo á decir que la quiero como á una... como á eso que dice usted
que es mía; pero la quiero siempre; ¡siempre! y necesito no dejar de
verla.
Hizo ella un esfuerzo para que su rostro no reflejase la conmoción
interior causada por este «¡siempre!» dicho con fosca energía. La
felicidad y el amor se colocaban por última vez á su alcance. No tenía
mas que decir una palabra, lanzar una carcajada, fingiendo que todo
había sido una broma, una estratagema, para poner á prueba su amor...
Pero en seguida vió en su imaginación un banco de jardín, y ella en el
banco, teniendo sobre su pecho una cabecita de joven que gemía
ingenuamente para que le devolviese su novio... «¡Acuérdate que
prometiste...!», gritó una voz imperiosa dentro de ella, voz que se
extinguió al momento convencida de que no necesitaba decir más.
--Vuelva á su país, Florestán; viva en su tierra con los que le aman
verdaderamente y están preparados para llevar una existencia tranquila,
igual á la de usted. No se ocupe más de mí. Yo soy una aventurera, una
caprichosa, que le sacará siempre de la órbita regular de su existencia
para causarle daños. Funde usted una familia más completa y numerosa que
la que formó su padre... Conozco á la niña que debe ser su esposa. Es la
compañera que le conviene. Le admira, le adora; usted encontrará en ella
respeto y supeditación, al mismo tiempo que amor.
Florestán, oyendo esto, sintió la necesidad de protestar, y esta
protesta le hizo volver á sus antiguas dudas.
--¡Pero todo esto es absurdo!--murmuró--. Parece una pesadilla... ¡No
puede ser! Hay algo que me avisa que no puede ser.
--Es la sorpresa, que aún le tiene desorientado y no le permite
contemplar la verdad... Usted se acostumbrará á la verdad. Aún dura en
su memoria la monstruosa imagen de mi persona, que le inspiró un amor
material. Poco á poco conseguirá verme como lo que debo ser para usted.
El joven tomó una actitud resuelta.
--Si es usted mi madre, no me abandone. He pasado toda mi vida sin otra
madre que una pálida imagen sobre un pedazo de cartón, y ahora que se me
revela de pronto con una presencia real, ¿quiere usted abandonarme?...
Sería injusto.
Ella le miró con ojos de lástima.
--Tuvo usted más suerte con su padre que con su madre. Mejor hubiera
sido no decirle nunca la verdad; más preferible haberle conservado la
otra madre á la que no vió jamás... Usted no me conoce. Soy una de esas
aventureras que no han llegado nunca á tener casa fija ni familia,
porque sólo habitaron durante su vida la pasión. Soy una egoísta,
incapaz de sacrificarme por nadie. Además, ¿qué sabe usted de mi pasado?
¿Por qué no puede guardar otras historias iguales á las de su padre?...
Si permaneciese al lado de usted me vería obligada á envejecer, á vivir
como debe hacerlo una madre... Prefiero vagar por el mundo sola,
conservando mi juventud ó la falsa ilusión de que aún la poseo.
Quedó como anonadada por este amontonamiento de perversidades que iba
esparciendo sobre su pasado y su presente para ennegrecerlos. Luego
sintió la necesidad de animar á Florestán, que permanecía con la cabeza
baja y el sombrero en la mano, recibiendo sobre su nuca el cosquilleo
cáustico del sol.
--¿Quién puede saber el porvenir?... Alguna vez volveremos á vernos. Iré
á España cuando usted tenga hijos. Llegaré de pronto, como esas abuelas
locas que aún se creen jóvenes y se presentan en el hogar de sus nietos,
lo mismo que una golondrina aventurera que tiene hambre, que tiene frío,
y luego de calentarse y descansar levanta otra vez el vuelo... Pero no
confíe mucho en mí, no se enorgullezca de haber encontrado una madre.
¡Soy muy mala! Reconozco que no me sacrificaré nunca por nadie. Sólo
para abrirle los ojos y evitar un sentimiento desorientado he dicho la
verdad.
Florestán seguía mirando al suelo y moviendo los labios:
--¡Pero esto no puede ser!... ¡Esto resulta absurdo!...
Volvió á fijar la mirada en ella, mas ahora resueltamente, como si
acabase de adoptar una importante resolución.
--Hablaremos con más calma y más tiempo de nuestro porvenir. Ahora
confieso que no puedo conversar tranquilamente. ¡Esa noticia tan
inesperada!... ¡Qué confusión en mi cerebro!...
Asintió ella con voz lenta:
--Sí, será mejor separarnos.
Inmediatamente habló el joven de la necesidad de verse aquella misma
tarde. Ahora la entrevista no podía durar más. Rina parecía
impacientarse á causa de su largo aislamiento y hablaba á gritos al
perrillo para recordar su presencia. El gozque japonés, incitado por su
acompañante, lanzaba escandalosos ladridos.
Concha Ceballos hizo por instinto un ademán repelente al notar la
insistencia con que el joven pedía que se viesen aquella misma tarde.
¡Repetir un sacrificio tan doloroso! ¡Mentir y mentir otra vez, cuando
ella creía terminado para siempre su tormento!... Pero se dió cuenta de
la necesidad de añadir una falsedad más.
--Iré á Monte-Carlo esta tarde, como los otros días. Nos encontraremos
en el Casino. Podremos hablar á solas, sin miedo á que nos oiga mi
amiga.
La seguridad de verla horas después tranquilizó al joven. Podría
reflexionar sobre todo aquello tan inaudito que había escuchado;
dispondría de tiempo para aportar nuevas dudas á su conversación. ¡Quién
sabe!... Confiaba vagamente en esta segunda entrevista y otras que
vendrían después; pero en realidad ya no sabía lo que deseaba. Sentíase
atraído, lo mismo que antes, por aquella mujer, mas sin llegar á definir
con certeza la calidad de sus sentimientos. Indudablemente era amor;
pero ¿qué amor?...
--Separémonos aquí--dijo Concha--. Deseo que no me acompañe hasta el
hotel...
--¿Quiere que vaya yo en su automóvil esta tarde á Monte-Carlo?
--Será mejor que me espere usted allá.
Él dudaba, como si presintiese un peligro, y repitió sus preguntas. Ella
fué contestando con voz sombría, lo mismo que un eco.
--¿Me permitirá usted que tomemos el té juntos?...
--Tomaremos el té juntos.
--¿Nos veremos á las cinco?...
--Nos veremos á las cinco.
Dió su diestra al joven, y éste la llevó á sus labios. Al sentir sobre
su epidermis el contacto de aquella boca, retiró la mano con presteza,
como si hubiese recibido una impresión candente.
Se alejó Florestán, después de saludar por última vez á las dos damas.
--Hasta la tarde.
Concha fué siguiéndolo con sus ojos mientras se alejaba por la ancha
avenida junto al mar, cada vez más pequeño, ¡más pequeño!... «¡Adiós!...
¡adiós!»
--Esta misma tarde nos vamos á París--dijo de pronto á Rina con un tono
que no admitía réplica--; y antes de diez días habremos embarcado para
Nueva York.
Pensaba en el bueno de Arbuckle, en sus propiedades de California, en
aquel mundo nuevo que ofrecía para ella el atractivo de una renovada
juventud. El otro ya no volvería á buscarla con el mismo ardor tenaz que
después de su primera huída. Se llevaba atravesado el corazón. Sobre su
pecho temblaba la saeta de la Duda, cimbreando su remate de plumas
negras.
La montaña infranqueable se había levantado entre los dos. Dudaría
frecuentemente de la veracidad de estas revelaciones. Dudamos hasta de
las cosas más ciertas cuando se oponen á nuestros deseos; pero la
semilla había caído en el surco, y la mentira sólo necesita, las más de
las veces, tiempo y alejamiento para convertirse á ciertas horas en
verdad... Y si el destino colocaba de nuevo á este hombre ante sus
pasos, el encuentro ya no resultaría peligroso. Como un escudo para
defenderse de las locuras que embellecen y complican nuestra existencia,
ella llevaría á su lado un compañero tranquilo, «de todo reposo», como
el que había escoltado el principio de su vida independiente.
El tenor había vuelto á cantar su primera romanza, y ella contempló lo
mismo que antes, con misteriosa visión subconsciente, océanos y puertos,
auroras y puestas de sol.
_Vieni al mare_
_Vieni al maaare..._
Al mismo tiempo seguía con sus ojos á Florestán, ¡tan pequeño!... ¡tan
lejano!... Iba á perderse entre los grupos que marchaban hacia la
ciudad, entre aquellas gentes espoleadas por el apetito, atraídas por la
imagen de la mesa puesta que estaba esperándoles.
--¡Y no le veré más!
Estas cinco palabras adquirieron para ella una importancia repentina,
enorme. «¡Y no le veré más!...»
Sintió que sus duras y ágiles piernas de amazona se ablandaban, como si
fueran á desprenderse en pedazos. Avanzó vacilante hasta un banco
cercano y se dejó caer en su madera verde, con el desaliento del que
teme no levantarse nunca por saber que están rotos los resortes de su
voluntad.
¡Ay, la romanza dulzona de aquel cantor del mar! ¡Qué estilete en mitad
de su pecho!...
Varios transeuntes retardados, al pasar junto al banco, miraban con
extrañeza á esta señora elegante. Se llevaba un pañuelo á los ojos,
tosía, para disimular de tal modo los estertores de angustia que
agitaban su majestuoso cuello de Juno morena.
¡Pobre reina Calafia! Su voz sonó dolorosa, suplicante, lejanísima.
--Rina, ¡niña mía!... Ponte un poquito delante de mí. ¡Que no me
vean!... Necesito llorar.
FIN
Villa Fontana Rosa
Menton (Alpes Marítimos)
Febrero-Mayo 1923
INDICE
_Págs_
I.--Lo que hizo una mañana el catedrático Mascaró
al salir de la Universidad Central 7
II.--Aguas arriba en el pasado 30
III.--Donde se dice quién fué la reina Calafia y
cómo gobernó su ínsula llamada California 60
IV.--En el que se prosigue la historia de California
y se cuenta la vida de la Santa de las Castañuelas 80
V.--«¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande 114
VI.--Donde van presentándose los enamorados de
la reina y se habla un poco de la famosa Ciudad-Camaleón 142
VII.--De las discusiones que tuvo Mascaró con su
esposa y de un recado que le envió Florestán 179
VIII.--Lo que pasó en la «Quinta de los desafíos» y
en el Palace Hotel 206
IX.--Cómo la reina Calafia alabó la invención del
automóvil 227
X.--La mentira 262
End of Project Gutenberg's La reina Calafia, by Vicente Blasco Ibáñez