La voz de Rina le hizo salir de sus meditaciones, y al levantar la

cabeza creyó que una nube estaba pasando ante el sol. La luz vespertina,

dorada y cálida cuando ella había entornado los ojos sumiéndose en su

vida interior, era ahora grisácea y casi crepuscular. En el cielo, de un

azul cristalino, iba desliéndose el oro de la tarde, cada vez más

pálido. Una faja de púrpura á ras del horizonte delataba el rastro

sangriento de la huída del sol.

Rina, después de gritar inútilmente á través del jardín, acabó por

descubrirla medio caída en el banco.

--Florestán desea hablarte.

El primer movimiento de Concha fué ponerse de pie é ir hacia la quinta.

Luego volvió á quedar inmóvil.

Entrar en aquel edificio, subir la escalera, verle otra vez... ¡ah, no!

Adivinaba que iba á ser cobarde. Estaba segura de que al volver al

dormitorio del convaleciente perdería la fuerza de aquella voluntad

extraordinaria que le facilitaba la ejecución de las más duras

resoluciones.

Obedecer á su llamamiento, hablarle otra vez, aunque fuese la última,

equivalía á una mala acción. Era buscar una excusa para su debilidad, ir

al encuentro de un pretexto que explicase luego su conducta, como hacen

los débiles ó los malvados cuando pretenden justificar sus actos.

Habló á Rina con una voz monótona, imperiosa, seca, que ésta había oído

en determinados momentos de su vida común. Conocía bien esta voz, y su

experiencia le aconsejaba no hacer ninguna objeción á Concha Ceballos

cuando se servía de ella para dar órdenes.

Pidió á su compañera que le trajese allí mismo un gabán, su sombrero,

sus guantes.

--Tengo frío--murmuró; y su voz fué blanda y triste, pero un instante

nada más.

Luego siguió mandando con el mismo tono autoritario. Rina tomaría arriba

lo más preciso, lo puramente personal que ella no podía abandonar. Lo

restante debía dejarlo á la mujer del hortelano. ¡Un recuerdo más!

--Nos marchamos inmediatamente al hotel. Tú vas á encargarte de hacer

las maletas, recogiendo todo lo que tenemos allá. Luego vendrás á unirte

conmigo en San Sebastián. No; mejor será en Biarritz: ¡fuera de España!

¡lo más lejos posible!... En el hotel te daré una carta para el señor

Mascaró. Se la llevas esta misma noche. Que venga á encargarse de...

esto con los suyos. A ellos les corresponde.

Rina, silenciosa, con un rostro que disimulaba mal su inquietud, se

dirigió á la casa para cumplir estos mandatos. Adivinaba la cólera de su

compañera. En tales momentos era cuando decía con varonil orgullo:

--¡Yo no sé cómo se llora!... ¡Yo no he llorado nunca!

La señora Douglas la hizo retroceder para darle una nueva orden. Debía

ir inmediatamente á la antigua cuadra de la quinta, donde estaba su

automóvil desde algunos días antes. El chófer americano entretenía sus

horas de espera hablando con los jardineros y los vecinos en un español

recién aprendido, ó leyendo algunos magazines ingleses, de páginas

mugrientas por el continuo manoseo, que guardaba bajo un asiento del

vehículo.

--¡Bendito automóvil!--siguió diciendo la dama--. Él nos da la verdadera

libertad. Gracias á su invención podemos escapar á todas horas de los

lugares que odiamos.

Le parecía en este instante el más extraordinario y benéfico de todos

los descubrimientos que han hecho dulce y fácil la vida humana. Había

librado á las gentes de la tiranía del espacio y de las monotonías del

tiempo. El que puede disponer á todas horas de un automóvil acaba por

ver y apreciar la vida de distinto modo que los que van siempre á pie.

Esta facilidad de traslación da á los pensamientos más vulgares mayor

amplitud y soltura. Hasta los entendimientos limitados ven abrirse

nuevos horizontes...

Luego olvidó estas divagaciones para dar á Rina su última orden.

--Dile al chófer que antes de media noche vamos á salir de viaje... pero

viaje largo. Que no se olvide de preparar el faro grande. Quiero que

cuando mañana salga el sol me vea lejos, ¡muy lejos! de Madrid.

X

La mentira

Languidecía la tarde al salir ella del Casino. Su automóvil marchó á

gran velocidad por el tortuoso camino de la costa. La luz solar, antes

de extinguirse, tomaba los colores del limón y la rosa, reflejándose

sobre las cumbres amarillas ó bermejas de los Alpes.

La señora Douglas deseaba no llegar con retraso á su hotel de Niza.

Distraída por el juego en los salones privados del Casino de

Monte-Carlo, había olvidado que aquella noche era de gran comida en el

Hotel Negresco, donde ella estaba instalada, con exhibición á los

postres de bailarinas célebres. Como había dejado á Rina en Niza ocupada

en cumplir ciertos encargos suyos, iba sola en su carruaje. Entornando

los ojos para no ver al conductor, se hacía la ilusión de que aquél

marchaba solo, como un animal inteligente y amaestrado que obedecía su

voluntad sin que ella necesitase valerse de palabras.

Todos los días veía á la ida y á la vuelta este paisaje maravilloso de

la Costa Azul, acostumbrándose á él como si fuese un espectáculo

ordinario; pero ahora creía encontrar en su contemplación una

inexplicable novedad, un atractivo misterioso. Era sin duda el hálito de

la primavera anunciando desde lejos su llegada; los juveniles efluvios

de esa pubertad del año que parece cambiar el aspecto de las cosas y el

carácter de las personas.

Iba á empezar el mes de Marzo y habían terminado las fiestas del famoso

Carnaval de Niza. La mayor parte de Europa vivía aún en el invierno,

mientras aquí jardines, montañas, cielo y mar habían repelido la

tristeza de los días fríos, saludando con su envoltura luminosa y sus

perfumes la presencia de una juventud más.

El Mediterráneo de color turquesa, aclarado por la luz del ocaso, tenía

la diafanidad engañadora de un mar irreal. En sus orillas se reproducían

invertidos los pueblos de color de rosa, las «villas» de blancas

columnatas, los grupos de árboles, lo mismo que en las riberas de un

lago. Las montañas, al repetirse con la cumbre abajo en este mar de

reflejos, lo festoneaban de triángulos de sombra azul. Las barcas

parecían flotar en plena atmósfera, y cada una de ellas llevaba otra

debajo, con la vela triangular apuntando al abismo, pegados sus dos

cascos, fondo con fondo, como gemelos nacidos de la luminosidad

fantasmagórica de la tarde.

«Muy hermoso, demasiado hermoso», pensaba ella.

Y como deseamos con preferencia lo que está lejos de nosotros, evocó el

recuerdo de las olas bravas del Atlántico y las ondulaciones

tempestuosas del Pacífico. Un capricho imaginativo le hizo ver de pronto

una pianola y una orquesta ruidosa, pretendiendo acoplar la diversidad

de los mares á estos dos términos de comparación. Luego se arrepintió de

su injusticia con el dulce Mediterráneo. La hermosura ordenada y

tranquila es un gran don de nuestra existencia, pero sólo la sabemos

apreciar al encontrarla de nuevo, después de largo eclipse.

Empezaba á anochecer cuando el automóvil de la señora Douglas entró en

Niza por el lado del puerto, siguiendo la sección más desierta del paseo

de los Ingleses. Vió á continuación extenderse frente al mar una larga

fila de hoteles lujosos y alzarse en último término la cúpula roja del

Negresco. Los grupos de transeuntes eran cada vez más compactos,

mejorando su aspecto y su vestimenta según avanzaba el automóvil. La

viuda miró distraídamente á los paseantes que se cruzaban con su

vehículo de vuelta hacia el interior de la ciudad, como si huyesen del

crepúsculo. Éste empezaba á extender sobre la bahía de los Ángeles sus

gasas color violeta, en cuyos pliegues brillaban perdidas las primeras

estrellas.

De pronto se agitó en su asiento, movida por la sorpresa. Había creído

reconocer á alguien cuya presencia no podía esperar en aquel sitio. Pero

no obstante la rapidez con que se incorporó, como su automóvil marchaba

aprisa, no pudo ver lo que deseaba. Además, aquel transeunte que había

originado su movimiento iba con los ojos puestos en otra dirección y no

se fijó en ella, continuando su camino entre los grupos, que le

ocultaron inmediatamente.

--¡Quién no diría que es él!... ¡Qué parecido!...

Después de repetir esto mentalmente, Concha Ceballos hizo un gesto de

duda y se retrepó en su asiento, con la vista puesta en su hotel, al

extremo del paseo.

Varias veces había experimentado la misma sorpresa en diferentes

ciudades. Jugarretas de la imaginación; caprichos del recuerdo, que

parece vengarse con estos mirajes engañosos cuando le mantienen alejado

y menospreciado. Además, todos los hombres tienen en su primera juventud

un aspecto exterior que parece común, cierta uniformidad, semejante á la

de los que visten un mismo traje profesional, militares ó sacerdotes; y

aunque se diferencien por su estatura y su fisonomía, evocan la imagen

unos de otros.

Dicho encuentro sirvió para que recordase, con una visión casi

instantánea, los últimos meses de su vida, después que se hubo marchado

de Madrid.

Pronto haría un año, y al examinar este balance parcial de su existencia

no encontraba nada extraordinario. Su vida podía resumirla en tres

funciones: movimiento incesante, afán de distraerse, voluntad de

olvidar. Había viajado por ciertos países de Europa escapados á su

curiosidad en anteriores expediciones. Además, había venido dos veces á

la Costa Azul, atraída por el placer del juego. Necesitaba aturdirse,

olvidar; y de todos los vicios que divierten á los humanos, el más

«virtuoso», según ella, el que mejor conviene á una dama que vive sola y

desea mantener su prestigio social, era el juego.

Jugaba por distraerse, por emplear en algo su carácter luchador,

propenso á la acción. Y como no buscaba la ganancia y disponía de

ilimitados capitales, el azar, que vuelve su espalda á los necesitados,

la favorecía con irritante injusticia. Ganaba dinero, por lo mismo que

no le era necesario. Otras veces lo perdía; pero compensándose ganancias

y pérdidas, el resultado era que la millonaria Douglas, después de

semanas y semanas de un juego audaz, no había sufrido ninguna merma

considerable en su fortuna.

Iba vestida con gran elegancia, como siempre, pero sus preocupaciones y

apasionamientos de jugadora habían modificado algo su aspecto. Tenía en

el rostro una expresión dura y distraída, reflejo de las combinaciones

estratégicas que ideaba á todas horas para batirse con la Suerte.

Además, llevaba á Monte-Carlo, fuese cual fuese su vestido, un bolso de

mano grande, casi igual al que usaba en sus viajes, guardando en su

interior varios fajos de billetes de mil francos, que unas veces

regresaban á Niza multiplicados y otras tardes se quedaban allá, para

volver á reunirse con ella pocos días después. El precioso bolso no la

obligaba á grandes precauciones ni le hacía sufrir inquietudes. Esta

tarde regresaba algo repleto, y sin embargo lo había abandonado sobre

el asiento del automóvil, como si lo olvidase.

Para su vida sentimental, el suceso más importante en los últimos meses

había sido el regalo de cierto perrillo japonés que le había hecho en

París una amiga de Nueva York, después de terminar su viaje alrededor

del mundo. Este animal exótico era ahora el compañero predilecto de su

existencia. Rina compartía tal amor, mas no sin sentir celos al ver cómo

el recién llegado disminuía su personalidad cerca de la viuda. Ésta

pensaba ahora en su perrillo con la vista fija en la cúpula del Hotel

Negresco, cada vez más próxima, y creía escuchar ya los ladridos con que

acogería la presencia de su dueña. ¡Lástima tener que separarse de él

todas las tardes cuando iba al Casino de Monte-Carlo!...

También había encontrado á Arbuckle tres veces, «por casualidad»,

después que se alejó de ella en Madrid para ir á Sevilla. Como siempre,

le iba saliendo al paso en los hoteles, y cuando la viuda empezaba á

fatigarse de su presencia, tenía el acierto de inventar un nuevo viaje,

no volviendo hasta meses después. Ahora debía estar en Egipto. Los

diarios hablaban mucho de la tumba de un Faraón recién descubierta, y él

se había creído obligado á presenciar dichas excavaciones, como buen

americano que debe verlo todo y saberlo todo. Pero la viuda presentía de

un momento á otro la reaparición de su discreto solicitante.

Además había sufrido la desagradable impresión de encontrar en París á

Casa Botero. Este hombre la miró en el primer momento con una expresión

de odio impetuoso, capaz de rebasar los límites de las conveniencias

sociales. Luego, refrenando los impulsos de su rencor, inició una

sonrisa y un saludo, pretendiendo hablar con ella. Pero la viuda había

seguido adelante con hostil altivez. Una mujer que se decide á dar

puñetazos no va luego á ofrecer su mano, lo mismo que un boxeador cuando

termina su combate.

Este individuo debía hablar mal de ella en todas partes. Pensó después

que tal vez callaba, avergonzado por el recuerdo de aquella escena en un

hotel de Madrid. De un modo ó de otro, le era indiferente el tal Casa

Botero. Y fingió no reconocerle, tantas veces como volvió á encontrarlo

en teatros y fiestas sociales. Hasta lo había visto de lejos, días

antes, junto á una mesa de juego en el Casino de Monte-Carlo. Iba

acompañando á una señora de elegancia vistosa y edad madura, con el

rostro mineralizado en fuerza de coloretes y afeites. Alguna millonaria

á la que pretendía conferir el enigmático título de marquesa de Casa

Botero. La viuda pasó junto á él sin mirarle, pero satisfecha del

encuentro. Un motivo más de tranquilidad para su porvenir, que deseaba

dulcemente monótono, sin los altibajos y los conflictos que tanto gustan

á las naturalezas exaltadas.

¿Y el otro?... Ella no quería pensar en el otro, porque era el que le

interesaba más. Podía jurarse á sí misma que en todos los meses

transcurridos desde su fuga de Madrid no había pensado en él más allá

de una docena de veces. Una mujer de voluntad debe mandar

imperativamente á sus sentimientos y pasiones.

No se había acordado de él, pero tenía al mismo tiempo la certidumbre de

que á todas horas estaba presente en su memoria. Le sabía instalado en

una revuelta de sus recuerdos. Era como esos personajes de teatro que el

público no alcanza á distinguir entre los bastidores, pero adivina que

están allí por haber visto cómo se ocultaban, y presiente que

repentinamente pueden volver á presentarse.

De tarde en tarde, el recuerdo, insubordinándose contra la tiranía de su

voluntad, se daba el malsano placer de agitarla con estremecimientos de

sorpresa, haciéndola ver á Florestán en el Bosque de Bolonia ó en los

Campos Elíseos; otras veces en el Pincio de Roma, en la plaza de San

Marcos en Venecia ó patinando sobre las nieves de Saint-Moritz. Al

concentrar luego su atención, profundamente emocionada por estos

encuentros, se iba dando cuenta de que el desconocido sólo tenía de

semejanza con el otro sus pocos años y el atletismo de una juventud

amante de los deportes físicos.

Al tranquilizarse, formulaba siempre la misma protesta interior:

«Y aunque fuese Florestán, ¿qué podría ocurrirme?... La locura de Madrid

ya terminó. No hay que pensar en ella.»

Mas al mismo tiempo que sentía el goce de su tranquilidad, mostraba

cierta decepción, como si le hubiese gustado no equivocarse en algunas

ocasiones, como si le resultase inexplicable esta ausencia definitiva.

«¿Qué habrá sido del pobre muchacho?», se preguntaba algunas veces.

Después de su huída de Madrid sólo había tenido una noticia aislada é

indirecta de aquellos amigos de unas cuantas semanas, dejados á sus

espaldas para siempre; una noticia fúnebre, venida hasta ella por el

camino más largo.

Rina había recibido en París una carta de aquel señor que vivía en

Méjico y era su consocio en la explotación de la famosa mina. Éste le

hacía saber que don Ricardo Balboa había muerto en Madrid repentinamente

á consecuencia de una aneurisma, y para dar más autenticidad á la

noticia enviaba la esquela fúnebre suscrita por la familia. Sintió

Concha Ceballos la misma conmoción que si recibiese un golpazo en el

pecho al encontrar el nombre de Florestán Balboa al pie de este aviso

mortuorio.

«¿Puede importarme acaso lo que haga ese joven?--pensó para infundirse

tranquilidad--. Siento la muerte de su padre, pero esta muerte servirá

para separarnos más aún. De seguro que va á casarse en seguida con la

señorita Mascaró... Tal vez se ha casado ya á estas horas.»

Aquella energía tranquila que acompañaba sus decisiones al ocuparse del

manejo de su fortuna acabó por restablecer la fría paz en sus

recuerdos. Una mujer que desea verse respetada debe imponer á su

memoria una disciplina igual á la de sus actos exteriores. Pero ¡ay! de

tarde en tarde su imaginación se permitía sorpresas engañosas, como la

que acababa de sufrir en el paseo de los Ingleses.

«Una simple semejanza y nada más. Lo pasado ya está pasado y no hay que

resucitarlo, ni siquiera en la imaginación.»

Como ella esperaba, le salió al encuentro en sus lujosas habitaciones

del Negresco aquel perrillo exótico, de pelos hirsutos color de miel y

hocico chato, negro y barnizado, como el de un ídolo. Era un manguito

viviente que servía de forro á una máquina incansable de ladridos.

Besó la señora este hocico grotesco, prorrumpiendo en elogios á la

hermosura del gozque. Él era el mejor amigo de su vida.

La doncella francesa que la había seguido desde Nueva York esperaba sus

órdenes para escoger entre varios vestidos de fiesta colocados sobre un

diván. Según manifestó, Rina estaba abajo, en la oficina del director,

sacando de la caja de valores el cofrecillo de joyas de la señora

Douglas. Este cofrecillo guardaba una fortuna, y era prudente, al vivir

en hoteles, que pasase la noche en la oficina de la dirección mejor que

en el dormitorio de ella.

Concha Ceballos llevaba habitualmente un collar de perlas famoso, pero

había querido sustituirlo, para la comida de gala de aquella noche, con

otro de brillantes que únicamente salía de su encierro en días

extraordinarios.

Entró Rina llevando con aire de cautela y expresión respetuosa el

cofrecillo bajo un brazo. Pero á pesar de la veneración con que manejaba

este pequeño tesoro, pareció olvidarlo al ver á la viuda, y lo dejó

sobre una mesa para hablar más desahogadamente.

--¡Si supieras á quién he encontrado hace una hora!... ¡Qué sorpresa! No

podrás acertarlo nunca.

Y sonrió como si se gozase de antemano en las angustias de la curiosidad

de la otra. Pero Concha permaneció impasible, habiendo adivinado desde

las primeras sílabas de su compañera cuál era la persona á que se

refería.

--Sé quién es--dijo fríamente--. Lo he visto desde el automóvil...

Florestán Balboa.

Rina, decepcionada por esta adivinación, continuó hablando, sin embargo,

con gran interés de dicho encuentro.

En los últimos meses su existencia había sido «vulgarísima»--como ella

decía--, sin sentir la proximidad del amor ni para su persona ni para

los demás; como si el tal amor hubiese huído para siempre de la tierra.

La presencia de Florestán Balboa representaba para Rina una atracción

semejante á la que siente el lector cuando descubre un nuevo volumen de

la novela inconclusa que tuvo que abandonar con pena meses antes. Aparte

de esto, era un hombre joven.

--Está más buen mozo que nunca. Parece más «hecho», más hombre, y con

una tristeza que le sienta muy bien. Va vestido de riguroso luto por la

pérdida de su padre. Hace como medio año que murió el pobre don

Ricardo... Hemos hablado un poco de la mina. Las cosas de Méjico van

mejor, y tal vez seré rica pronto; pero no quise insistir sobre nuestro

asunto porque adiviné que le preocupaban otras cosas. Viene de París.

Alguien le dijo allá dónde estábamos. Llegó esta mañana, y se ha alojado

en otro hotel. Estuvo aquí á la hora del té, con la esperanza de

encontrarte. ¡Como toda Niza se junta en el _hall_ para bailar!... Le he

contado que esta noche hay comida de gala; pero no puede venir. Su luto

es muy reciente... De seguro lo verás mañana. Le he dicho que todas las

tardes vas á Monte-Carlo y la mejor hora para encontrarte es á mediodía,

cuando bajas á dar una vuelta por el paseo de los Ingleses.

--¿Se ha casado?--preguntó con indiferencia la viuda mientras revolvía

las joyas de su cofrecillo, creando palpitaciones de luz, oleadas de

colores ardientes, con cada movimiento de su mano.

--También hemos hablado de eso. No se ha casado aún, mas he creído

adivinar que se casará con la hija del señor Mascaró, aquella niña á la

que vimos en Madrid con la antipática de su madre... No parece que tenga

muchas ganas de hacer ese matrimonio. ¡Pobre muchacho! La niña es

bonitilla y agradable, pero un buen mozo como él merece algo mejor. Ha

nacido para casarse con una mujer de otra clase.

Sonrió mirando á su amiga, mas esta sonrisa dejaba en la duda de si era

la viuda ó ella misma la que correspondía por sus méritos á Florestán.

La señora Douglas comió y bebió sin poder apreciar los méritos de este

banquete de gala tan anunciado por el hotel. Lo mismo hubiese admitido

otros platos y otras bebidas. Contempló con fingida atención el trabajo

de los bailarines profesionales y las hermosas figurantas que se

exhibían sobre el espacio encerado, entre un triple óvalo de mesas.

Permaneció insensible igualmente á las adulaciones que le dirigía por lo

bajo su acompañante.

--Las de la mesa próxima están asombradas de tu collar. Dicen que no han

visto nada igual.

¡Qué podían importarle á ella tales alabanzas! Habló con varias

compatriotas suyas que asistían á la comida, y no supo luego con certeza

sobre qué habían conversado. Mientras su vida exterior se desarrollaba

automáticamente, comiendo sin saber lo que comía y diciendo de un modo

maquinal palabras de las que no se daba cuenta, su voluntad iba

repitiendo interiormente, lo mismo que una máquina de vapor lanza

mugidos de igual tono, pero cada vez más fuertes, según aumenta la

potencia de su energía:

«Él está aquí... Hay que terminar de una vez... Debo impedir que

vuelva.»

Hasta le pareció que Florestán se hallaba en aquel comedor. Sentía su

presencia invisible, el roce misterioso de sus ojos fijos en ella. Tal

vez la miraba desde el atrio ó del otro lado de los ventanales, oculto

entre la gente curiosa que seguía de lejos el curso de la fiesta. Y sólo

la sospecha de esta presencia real la hizo estremecerse, como uno de

esos peligros que aterran y dan al mismo tiempo la voluptuosa angustia

de lo desconocido.

Podía soportar ella fríamente las persecuciones de Arbuckle. La seguía á

todas partes, pero se apresuraba á desaparecer, como un niño vergonzoso,

apenas notaba en la viuda Douglas señales de contrariedad. No corría

riesgo alguno en tal deporte. Hasta lo encontraba á veces divertido. Mas

el otro no era Arbuckle, y ella se tenía miedo á sí misma al verse tan

débil, tan desarmada, en presencia de aquel joven que por suerte no se

había percatado de su gran poder... Pero ¡ay! si menudeaban tales

encuentros, acabaría por ocurrir lo que ella no quería que fuese. Lo más

penoso ya lo había realizado en Madrid. ¿Para qué convertir en

sacrificio estéril la tortura moral que se impuso entonces, desandando

ahora el penoso camino que ya llevaba hecho?... Era preciso continuar

hacia adelante.

Pasó gran parte de la noche sin dormir, pensando en lo que ocurriría al

día siguiente cuando encontrase á Florestán.

«Hay que terminar--seguía aconsejando su voluntad--. Hay que verle por

última vez.»

Una Concha Ceballos completamente nueva, cuya existencia no había

sospechado nunca, despertó de pronto en su interior, hablando con cínica

energía. Se sintió avergonzada al escuchar los consejos de este otro

«yo», ignorado hasta entonces.

«¡La influencia de la Costa Azul!--se dijo la viuda para explicarse la

conducta de esta mitad insospechada de su alma--. ¡La vida de amor y de

costumbres libres que me rodea en este rincón dichoso del mundo!»

Mas la «otra», sin prestar atención á sus excusas, continuaba hablando

imperiosamente:

«Ahí le tienes. Ya que viene en tu busca, sin que lo hayas llamado,

aprovecha tu buena suerte. El destino lo quiere. Haz lo que otras; no

sufras más; da un hartazgo á tu pasión en secreto. Nadie sabrá nada...

Una aventura... unos días de placer... y luego lo dejas. ¡Tantas han

hecho lo mismo!»

La reina Calafia (novela) · 第 15 / 17 段