ver á su dios, y con la precipitada inquietud del que teme una burla del
destino, subió al dormitorio. ¡Quién sabe lo que puede ocurrirle á un
enfermo mientras se vive lejos de él!...
Al llegar á la puerta de dicha habitación sonrió tranquilizada, viendo
el aspecto alegre del joven. Él también había estado pensando durante su
ausencia en el porvenir de los dos.
Cuando Florestán pudo, una mañana, abandonar el lecho y sentarse por
algunas horas en un sillón, creyó la señora Douglas que iba á terminar
su ocultamiento en aquella quinta, empezando inmediatamente el viaje de
amor por el mundo entero. Al arreglar una almohada en el respaldo del
asiento para mayor comodidad del joven, éste le tomó ambas manos.
No osaba manifestar sus deseos valiéndose de palabras, pero después del
duelo y de su herida sentíase con mayores audacias para la acción. Esta
torpeza verbal le hacía abominar de su timidez, y al mismo tiempo
gustaba de prolongar dicho silencio contemplando su propia imagen en el
espejo convexo y obscuro de las pupilas de ella, mientras oprimía
dulcemente sus manos. Así permanecieron largo rato... Y al fin murmuró,
como si formulase una oración repleta de súplicas:
--¡Si usted quisiera!... Lo mismo que cuando yo estaba enfermo... Aunque
sea en la frente.
Ella le comprendió, y considerando impropias en tal momento preguntas y
explicaciones, fué avanzando con lentitud su boca hasta posarla en la
frente del joven. Luego, obedeciendo á un tirón instintivo de éste ó
dejándose llevar por la inconsciencia del propio deseo, la boca fué
bajando para unirse con la de Florestán, que subía ávida á su encuentro.
Tenía esta boca varonil un perfume químico de medicamentos recién
absorbidos, pero Concha dejó inmóviles sus labios sobre ella, como si al
aspirar con deleite el olor de drogas gozase la voluptuosidad del
sacrificio... Su prudencia la sacó con violento tirón de esta embriaguez
naciente.
--Ahora no... Piense en su estado. No seamos locos.
Guardaban los dos al separarse un sentimiento de mutua gratitud, y
cuando otras personas entraron en la habitación, este agradecimiento
siguió manifestándose con largas miradas y palabras insignificantes en
apariencia, que expresaban para ambos el mejor recuerdo de su vida.
Después de pasadas las horas meridianas el enfermo volvió á acostarse
por consejo del médico, que había venido á hacerle su visita diaria. No
debía cometer imprudencias. En los días sucesivos podría estar levantado
más tiempo. Antes de una semana bajaría al jardín, y tal vez
transcurridos quince días abandonaría para siempre aquella casa.
Cuando se fué el médico y Florestán quedó confiado á la enfermera, pudo
la señora Douglas sentarse á la mesa con Rina, en el comedor de la
quinta.
Las dos ocupaban un extremo de esta mesa, en la que comían en otros
tiempos más de veinte convidados. Nunca había visto Rina á su amiga de
tan buen humor como en el momento presente. Reía todas las palabras de
ella y de la jardinera, ocupada en servir la mesa. Admiraba con un
fervor entre bondadoso y burlesco los cuadros representando frutas y
otros comestibles que adornaban aquella habitación: lienzos ya
resquebrajados, sobre los cuales un pintor de «bodegones» había ido
fijando ingenuamente sus fantasías gastronómicas.
Hasta se sirvió la viuda un vaso de cierto vinillo claro de la Mancha
que la hortelana ponía sobre la mesa por ornamento tradicional, pues en
ninguno de los días anteriores había llegado á ser destapada la botella.
Canturreaba entre plato y plato, mirando maliciosamente á Rina.
--Pronto nos iremos de aquí. Nuestra vida va á transformarse. Ya estoy
cansada de que vaguemos de un lado á otro de la tierra como dos gitanas,
teniendo que defendernos de los que nos toman por lo que no somos. Creo
que me voy á casar... No parpadees; no pongas esa cara de hipócrita.
Demasiado sabes con quién... Y tú te casarás lo mismo que yo. No sé cuál
será el dichoso mortal á quien le toque esa suerte; pero te casarás, te
lo prometo. Si es preciso te compraré un marido; y si no te parece bien
el primero, te compraré un segundo...
La entrada de la jardinera trayendo un gran plato contuvo á la dama,
que, enardecida por sus propias palabras, sentía un deseo pueril de
lanzar expresiones atrevidas.
De pronto forcejeó en un dedo de su mano izquierda, mostrando luego
entre las yemas de tres dedos de su derecha una sortija con un grueso
diamante.
--Tome usted; para que se acuerde de mí y de este día.
Y alargó el brazo, dejando caer dicha joya en una mano de la pobre
mujer, que acababa de colocar su plato sobre la mesa.
--¡Jesús me valga!... Pero ¿qué voy á hacer yo con eso, señorita?...
Semos unos pobres, y las cosas tan ricas no son pa nosotros.
Insistió la viuda, con la gozosa violencia del que desea hacer partícipe
á todos de su dicha.
--Guárdela ó véndala... lo que más le convenga. Así se acordará siempre
de mí y del señorito Florestán.
Acabó la jardinera por introducir la sortija hasta la mitad de uno de
sus dedos--no podía entrar más allá--, y contemplando las luces
multicolores que lanzaba el diamante al mover ella su mano, prorrumpió
en una carcajada igual á la de los seres primitivos ante las cuentas de
vidrio y otros objetos brillantes y de escaso valor ofrecidos por los
exploradores al desembarcar. Luego, como espoleada por su emoción, salió
corriendo, y sus risas se perdieron escalera abajo. Necesitaba enseñar á
todos este regalo inaudito.
Pasó la viuda las primeras horas de la tarde en agradable reposo. Era
aquella comida la primera que había hecho tranquilamente desde que
estaba allí. Además, iba paladeando en su pensamiento la certeza de su
dicha futura. Veía el porvenir como una felicidad rectilínea que
avanzaba hasta perderse en el infinito, sin altibajos, sin tener que
abrir túneles ni echar puentes á través de los obstáculos del destino.
Florestán dormía, algo fatigado por el esfuerzo hecho horas antes al
levantarse por primera vez, y las dos amigas conversaban en una
habitación inmediata. Rina, que casi todos los días se trasladaba á
Madrid para hacer compras y buscar en el hotel lo que iban necesitando
de su equipaje, habló de cuanto había visto en estas rápidas visitas.
Pareció interesarse la amazona por noticias que el día anterior hubiese
acogido con indiferencia. Al sentirse feliz empezaba á mostrar
curiosidad por el mundo que había dejado á sus espaldas. Pensó en Casa
Botero sin animadversión. Hasta sonrió un poco recordando cómo había
terminado su última entrevista. ¿Qué sería de él?... Lo había dejado
tendido ante su puerta, y cuando Rina vino á buscarla, media hora
después, ya no vió á nadie en el pasillo.
--¿En ninguno de tus viajes has encontrado á tu amigo el italiano?...
Contestó Rina negativamente. Tal vez se habría ido de Madrid, al no
poder averiguar el paradero de Concha. En el Palace Hotel todos creían
que la señora Douglas estaba viviendo por unos días en Toledo.
Sintió la californiana una fuerte tentación de relatar á su compañera lo
ocurrido junto á la puerta de sus habitaciones. Le impulsaba á esta
confidencia su orgullo de amorosa. Era oportuno que Rina se enterase de
cómo había tratado ella al hombre que hirió á Florestán. Se explicaba su
desaparición. Indudablemente, al volver en sí y levantarse del suelo, no
le habían quedado ganas de buscar otra vez á Concha Ceballos, la viuda
millonaria. Y pensando esto, miró instintivamente por la abertura de una
de sus mangas el vendaje que oprimía la muñeca de su brazo derecho.
Cuando empezó á hablar, no pudiendo reprimir la sonrisa maligna que
despertaba en ella el recuerdo de tal episodio, se presentó la hortelana
para anunciar en voz baja y con misterio:
--Abajo hay una señorita que quiere decirle una palabra.
Acogió la viuda esta noticia con extrañeza. Debía ser un error. ¿Qué
señorita conocía ella que pudiera venir á buscarla en la quinta de
Alaminos? ¿Cómo sabían que vivía aquí?... Pero la mujer siguió dando
explicaciones.
--La conoce á usté y ha dicho su nombre. Es una señorita muy jovencita
que no parece extranjera. Pa mí que es de Madrid. Le he pedido que me
diga cómo se llama, y contestó nones. Dice que usté la ha visto otras
veces, y que necesita darla una razón... La pobre da lástima. ¡Si usté
hubiese oído cómo me pidió que la dejase entrar!... Debe verse en
alguna necesiá.
Había llegado con otra de sus mismos años, en un automóvil del alquiler
que permanecía fuera del jardín.
--Su compañera está en el auto, y la única que ha entrao es la que
quiere verla á usté.
Preocupada la señora Douglas por esta visita, fué á uno de los balcones,
pero no vió á nadie en la vieja alameda que conducía de la verja de
entrada hasta la casa. Debía estar en las cercanías del edificio y no
alcanzaba á verla desde allí.
Se decidió á bajar al jardín. Por una precaución irreflexiva, creyó
preferible esto á dejar subir á la visitante hasta las habitaciones del
primer piso, donde estaba Florestán.
Rina se ofreció para hablar á la desconocida. Tal vez había venido por
un error de dirección, y ella se encargaba de despedirla. Pero la viuda
insistió en bajar. Aquella joven había dado su nombre claramente y era á
ella á quien buscaba.
Avanzó por el jardín, mirando á un lado y á otro, sin ver á nadie. Luego
sonaron unos pasos leves y rápidos detrás de ella, y al volver sus ojos
vió cómo surgía entre dos grupos de bojes recortados en forma de muro
una jovencita vestida con modestia, que á ella le pareció de excesivo
rebuscamiento. Era la señorita que desea, á medias nada más, ser
confundida con una doncella de servicio que ostenta sus ropas de
domingo.
Inmediatamente la reconoció Concha, con una sorpresa que parecía ir más
allá de los límites de su imaginación. Todo hubiera podido suponerlo
menos esta visita. La hija de don Antonio Mascaró.
--¡Señora!... ¡señora!
Repetía balbuciente la misma palabra, como si no pudiese encontrar otra
para seguir expresando sus pensamientos. Estaba intensamente pálida, le
temblaban las manos, y de pronto se llevó éstas á sus ojos, rompiendo á
llorar.
La señora Douglas, atolondrada por la aparición de la joven y su llanto
inexplicable, le tomó las manos para atraerla á ella. Consuelito hizo un
movimiento de repulsión, pero luego se dejó vencer por las manos
acariciantes de la señora.
--No puedo hablar--dijo al fin con voz gimiente--. Al venir he pensado
muchas cosas... ¡muchas! para decírselas á usted, y al verla no sé qué
pasó por mí que lo he olvidado todo... ¡todo!
Mantuvo un momento sus ojos lacrimosos fijos en los de ella, con
expresión implorante, y añadió:
--¡Hacerme tanto daño, cuando la he querido siempre!... Ahora mismo me
ha bastado verla para reconocer otra vez que no puedo odiarla.
Al hablar iba recobrando su memoria. Acudían en tropel los pensamientos
que la habían empujado y acompañado hasta poco antes.
--No diga á nadie que he venido, señora. Mi madre nunca hubiese hecho
esto; pero yo soy otra cosa: pertenezco á otra generación; soy una
«modernista», como ella dice, y he creído mejor hablar con usted
francamente, en vez de aborrecerla y maldecirla desde lejos... Usted es
buena, y tengo la esperanza de que me escuchará...
Pero otra vez pareció caer la noche en su pensamiento, y volvió á
llorar, como arrepentida de la decisión que le había impelido hasta
allí.
Concha Ceballos la llevó cariñosamente á un banco próximo, y en él
tomaron asiento las dos. Estaba tan pálida como aquella visitante
inesperada. Había en sus ojos una expresión de zozobra y de miedo.
Incitaba á la joven á que hablase, y al mismo tiempo temía sus palabras.
Fué explicando Consuelito con alguna incoherencia y largas pausas cómo
había nacido en ella el deseo de realizar esta visita. Desde el primer
momento le parecieron inadmisibles las vagas noticias de su padre sobre
aquel viaje hecho por Florestán en compañía de la señora Douglas. Luego,
algunas amigas envidiosas, para gozarse en su dolor, le habían hecho
conocer la verdad á medida que iban adquiriendo nuevos datos por los
hombres de sus familias.
En Madrid circulaban las nuevas con la misma rapidez fácil que en un
villorrio. Eran muchos los que sabían lo del duelo y la herida grave de
Florestán. Además, el simpático Alaminos había contado en secreto á más
de doscientas personas la instalación en su finca de aquella extranjera
rica y elegante, para curar al herido. Una escena de novela, como sólo
de tarde en tarde puede verse en la realidad.
Hacía varios días que la joven estaba enterada de todo esto. En vano,
hablando aparte con su padre, apeló á diversas insinuaciones para que
éste le dijese la verdad. Don Antonio mantuvo con firmeza lo del viaje,
intentando desbaratar las sospechas de Consuelito. La madre,
afortunadamente, estaba menos informada que la hija, limitándose á
murmurar contra las señoras «modernistas» que se llevan de viaje á mozos
solteros y con novia. Y la señorita Mascaró sólo podía dejar de fingir,
dando expansión unas veces á su cólera y otras á su desaliento, en
compañía de una amiga fiel que había sido su camarada de clase cuando
ella estudiaba el bachillerato. Esta amiga, que seguía sus cursos en la
Universidad y consideraba todas las cosas con una energía varonil, le
había sugerido la idea de ir á la quinta de Alaminos para hablar á la
señora Douglas.
--Esta tarde, como el que toma una resolución desesperada, nos hemos
metido las dos en un automóvil... ¡y aquí estoy! Confieso que la he
odiado mucho. Le he dicho cosas muy duras de noche, cuando, estando en
mi cama, hablaba con usted... Pero ahora que la veo ya no sé qué decir.
Quedaron las dos en silencio. Tampoco la viuda mostraba deseos de
hablar. La hija de Mascaró hizo un gesto como si hubiese encontrado al
fin la palabra deseada, y dijo humildemente:
--Señora, ¡déjemelo!
A partir de este momento, fué ella la que tuvo mayor serenidad,
animándose con el sonido de su palabra, cada vez más fácil, expresando
sus deseos con una facundia creciente, igual á la de su padre.
Comprendía y hasta disculpaba el afecto que aquella señora podía sentir
por Florestán. Como ella le amaba, le parecía por lo mismo ordinario que
todas las mujeres, absolutamente todas, mostrasen interés por él. Pero
Florestán no era un hombre para la señora Douglas.
Sus palabras revelaron sinceramente la admiración que había inspirado á
la joven esta gran señora, procedente de un mundo de privilegiados que
tal vez ella no conocería nunca. Todo lo que Consuelito podía imaginar
de esplendores y refinamientos de vida lo concretaba en su persona. Era
la única millonaria de existencia cosmopolita, la única mujer de
novela--como decía su padre--que ella había visto de cerca.
Otros hombres debían interesar á esta dama poderosa. El pobre Florestán
sólo tenía su juventud, y era ella, la camarada de su infancia, la
admiradora desde la época en que jugaban juntos en los paseos, la que
mejor podía acompañarlo en la existencia modesta y dulce para la que
habían nacido los dos.
--Yo no podré querer á ningún otro, estoy segura de ello. Mi vida es tan
pequeña, tan poca cosa, que únicamente tiene cabida para un solo hombre,
y si me quita usted á Florestán, esta humilde vida mía habrá
terminado... antes de empezar. Usted corre el mundo, señora; usted es
rica; los hombres la admiran, ¡y encontrará seguramente tantos otros!...
¡Para qué tomarle á una pobrecita como yo lo poco que posee!...
Luego, bajando la voz y los ojos, como si se avergonzase de sus
palabras, volvió á hablar con voz balbuceante. Titubeaba lo mismo que el
que teme dar pasos en falso y hace cálculos antes de avanzar un pie.
--Sé bien la diferencia que existe entre nosotras. Usted es hermosa y
elegante; yo soy una cosita de nada, á su lado. Un hombre no vacilaría
entre las dos, estoy segura de ello. También tengo la certeza de que
nunca llegaré á ser como usted... ¡Pero Florestán es tan joven!...
Además, el tiempo pasa aprisa, y nunca seremos mañana como somos hoy.
Fué la señora Douglas la que se apresuró á hablar ahora, cortando el
nuevo curso de las palabras de su visitante. Acarició con cierta
melancolía sus manos, luego su rostro, y por unos momentos puso la
cabecita de la joven sobre uno de sus hombros.
--¡Pobrecita mía!... ¡pobrecita mía!
Conmovida por esta caricia, derramó Consuelo nuevas lágrimas.
--¡Pobrecita mía!--murmuró otra vez la viuda--. ¡No llore usted!
De pronto apartó de ella á la joven, mirándola con ojos menos
afectuosos. No había hostilidad para la otra en esta mirada. Sus pupilas
reflejaron únicamente la tristeza del que acaba de tropezar
inesperadamente con un obstáculo, obra de las potencias ciegas y fatales
que cambian bruscamente el curso de nuestra existencia.
--Váyase, niña--dijo con voz severa--. Ya me ha dicho usted todo lo que
necesitaba decirme... Ya sé todo lo que debo saber.
Obedeció Consuelito, poniéndose de pie. Luego quedó indecisa, mirándola
con ojos interrogantes.
--Váyase--repitió la señora--. Piense que el otro está arriba. Puede
asomarse y verla.
Esta posibilidad, en la que no podía creer la viuda, sirvió para que la
joven sintiese otra vez el miedo á que se enterasen los demás de su
visita. Pero todavía antes de marcharse repitió su mirada interrogante.
--Váyase. Pronto tendrá noticias mías. No sé... tal vez mañana. Pero
¡ay! déjame sola.
Y sin ocuparse de lo que pudiera hacer la hija de don Antonio, sin mirar
si permanecía en el jardín ó se marchaba, Concha Ceballos quedó en el
banco, con la cabeza baja apoyada en ambas manos.
Las horas, tornadizas y elásticas en sus dimensiones según el estado de
nuestro ánimo, pasaron para ella con una rapidez cinemática, como si se
atropellasen las unas á las otras en vertiginosa sucesión. De todo lo
que había hablado aquella joven sólo quedaba esto en su memoria:
«Usted es hermosa y elegante. Entre las dos un hombre no puede vacilar.
Pero el tiempo pasa y... ¡él es tan joven!»
La juventud la irritaba ahora, como esos privilegios injustos que dan
mayor brillantez á la existencia de unos para que resulte, por la rudeza
del contraste, más obscura y desesperada la situación de los demás.
¿Por qué no era el tiempo idéntico para todos, haciendo crecer á la vez
las diversas vidas y segándolas igualmente, como las mieses que surgen y
mueren en masa sobre los surcos?... ¿Por qué habían de vivir los humanos
la existencia desordenada y desigual de las selvas, donde unos árboles
elevan su fanfarrona verdura juvenil junto á los troncos roídos,
próximos á desplomarse, de los gigantes leñosos que conocieron siglos
enteros de primaveras?...
Con la incertidumbre del navegante que al echar la sonda teme encontrar
demasiado pronto el fondo, intentó profundizar en el tiempo que llevaba
vivido. ¿Cuántos años tenía ella y cuántos aquel hombre que estaba
arriba, herido, en una cama? Tal vez el tiempo interpuesto entre los dos
no pasaba de diez años; tal vez doce...
Era la diferencia, más ó menos, que la separaba á ella de aquel
ingeniero Balboa que había sido su primer amor en Monterrey. Se
encontraba actualmente como á mitad de camino, entre el padre y el hijo.
¿Qué son diez ó doce años de diferencia para dos seres que poseen la
fuerza y la salud de una vida bien cultivada?... Aquella joven había
dicho simplemente la verdad, sin halago alguno. Entre las dos mujeres un
hombre no podía vacilar.
Poseía la otra el encanto de una juventud aún primaveral. Pero ella
también podía considerarle joven. Su hermosura no tenía la acidez blanca
de la aurora; era esplendorosa como las horas meridianas, suave y
dorada como las de la media tarde. Además la seguían como obedientes
pajes para sostener la cola de su majestuosa belleza, el dinero, el
lujo, los refrescamientos juvenciales de la higiene, todo lo que la vida
moderna ha inventado para prolongar las gracias de la mujer.
«Sí; eso aún es hoy... ¿pero mañana?»
Persiguiendo á la voz burlona que repetía estas palabras en su interior,
Concha Ceballos fué asomándose valerosamente sobre la cumbre de ese
«mañana», y después de contemplar la lobreguez del barranco que se abría
al otro lado, se indignó contra ella misma por sus enternecimientos de
los días anteriores, por la ilusión que la había hecho cantar y reir
horas antes. ¿Dónde tenía su cabeza ella, que era considerada por muchos
como una mujer de pensamiento seguro y preciso, igual al de los hombres
que realizan las grandes empresas?...
Una diferencia de diez años de edad no era para aterrarla en el
presente. Además, la juventud de los hombres siente muchas veces una
curiosa atracción hacia la hermosura femenil próxima á su ocaso. Pero al
transcurrir diez años más, él continuaría siendo joven, mientras ella
intentaría en vano mantenerse inmóvil ante la horrible puerta de la
vejez, resistiéndose á pasar su umbral, volviendo el rostro al negro é
invitador vacío que dejaban visible sus hojas abiertas y que acabaría
por tirar de ella con la reptilina succión de una boca desdentada.
Los esfuerzos que habría de hacer para defenderse le inspiraban mayor
miedo que su propia decadencia. ¡Qué tormento ver á todas horas la
juventud desesperadamente inmutable de su esposo y contemplar en secreto
la muerte lenta y continua de su hermosura! ¡No poder vivir tranquila y
descuidada; tener que vigilarse en todo momento, saltar del lecho con la
presteza del que necesita ganar su pan, para realizar en el tocador,
durante horas y horas, un sinnúmero de operaciones químicas y pictóricas
antes de ver al compañero de su existencia!... Y tantos esfuerzos y
trabajos para un resultado incierto. Los aliños y afeites dejarían
escapar al fin el triste secreto de su disfraz. Sorprendería muchas
sonrisas irónicas en las gentes, que pueden respetar á una mujer cuando
envejece sola, pero ven en su miseria física un motivo de burla si
intenta prolongar la juventud para que no huya de ella el amor...
Se aterró al imaginarse esta existencia de mentiras y zozobras. Además
pensó en la otra, en la que había estado sentada á su lado en aquel
mismo banco, llorosa, suplicante, admirándola ingenuamente, pero
sintiendo al mismo tiempo el orgullo de sus pocos años, el privilegio
fugitivo de su virginidad.
Tenía razón. ¿Cómo ella, que había sido en la vida una afortunada,
poseyendo finalmente todo lo que la hace grata y envidiable, podía
arrebatar á esta pobrecita la única ilusión de su mediocre porvenir, la
sola alegría de su existencia?... ¿Con qué derecho iba á partir la
órbita de estos dos seres destinados á moverse en un espacio
limitado?... Esta pareja empezaba su marcha, viendo su sendero todavía
obscurecido por el misterio de las incertidumbres y las aventuras que
guarda el porvenir. Ella estaba ya en el término de una carrera
triunfal, y sólo le restaba gozar lo conquistado en la primera parte de
su historia.
Había dejado perder su turno para aproximarse al amor. No lo buscó ó le
volvió la espalda cuando era el momento de contestar á sus
invitaciones... ¿Por qué intentaba ahora dar un salto atrás, deseosa de
reparar su olvido, para ocupar el lugar de la otra, llegada al mundo
mucho después de ella y que exigía su porción correspondiente en la mesa
de la vida, su parte de ilusión y de amor reservada á toda juventud?...
Imaginó por un momento la posibilidad de que estando en Monterrey,
cuando tenía los años de la hija de Mascaró, hubiese amado á un
compañero de su niñez, tan pobre como ella, concretando su porvenir
entero en la esperanza de casarse con este hombre, tener hijos de él,
una casa modesta y cómoda... nada más para el resto de su existencia. Y
de pronto llegaba una gran señora que lo poseía todo, á quien la suerte
no había negado un solo medio de satisfacer sus deseos, y esta
privilegiada sentía el capricho de arrebatarle precisamente su mediocre
felicidad. ¡Qué infamia!...
Su carácter enérgico se sublevó agresivamente ante tal injusticia
hipotética. ¡Y ella, que pretendía ser equitativa en todos sus actos,
iba á hacer lo mismo!... No; había que suprimir esta posibilidad
deshonrosa, con la rapidez y la dureza de los seres prontos á la acción.