--Yo no tengo la culpa. Ese niño inexperto ha querido medirse conmigo...

¡conmigo! y le he dado una lección abriéndole un ojal en el pecho que

tal vez...

No pudo seguir. Aquella mujer, que al principio parecía haber crecido

con el estiramiento de la sorpresa, se contrajo de pronto y dejó escapar

uno de sus brazos, pegados hasta entonces á su cuerpo. La mano se separó

del muslo, chocando con una violencia instantánea y ruidosa en la cara

del marqués.

Vaciló éste bajo el ímpetu del golpe. Además, la sorpresa entró por

mucho en su aturdimiento. Era una bofetada hombruna, un manotazo

atlético... ¿Una mujer podía pegar así?

Su desorientación y el dolor físico le hicieron olvidar el sexo del

adversario que acababa de surgir enfrente de él. Además tuvo miedo de

que el golpe se repitiese. El instinto de conservación le hizo

defenderse y levantó una mano.

La viuda Douglas cortó entonces su mutismo con una risa estridente,

igual al frotamiento de dos pedernales. Veía cumplidos sus deseos: aquel

hombre la trataba como un igual... Ahora su mano diestra se cerró, dura

como una maza. La izquierda vino á situarse ante su rostro, con el codo

en ángulo, como si colocase todo su cuerpo bajo la protección de un

escudo invisible.

Avanzó, partiendo el aire por dos veces con su brazo derecho. El puño

cayó como una clava sobre el rostro de aquel hombre, magullando su

nariz, enrojeciendo instantáneamente su boca. Una de las sortijas de la

luchadora había cortado con su piedra los labios del enemigo. La

mandíbula de éste pareció crujir bajo un tercer golpe y todo él se vino

abajo, intentando al derrumbarse tocar á su ágil adversaria con una

agitación inútil de brazos y piernas.

Quedó de espaldas en el suelo, quiso levantarse y no pudo. La reina

Calafia, con el cuerpo arqueado, los brazos en alto y los puños

vigorosamente apretados, fijaba en él unos ojos de fría crueldad,

dispuesta á repetir sus golpes tan pronto como le viese de pie otra

vez... Pero acabó por desplomar su cabeza en la mullida tira de alfombra

que cortaba el centro del pavimento, y lanzando una especie de ronquido,

quedó inmóvil.

Entonces, la amazona, con el implacable orgullo de la venganza, sin

darse cuenta tal vez de lo que hacía, fijó su pensamiento en otro

hombre, levantó un pie y puso su tacón alto y agudo sobre la boca del

caído.

IX

Cómo la reina Calafia alabó la invención del automóvil

Una semana había transcurrido solamente desde su instalación en la

quinta de Alaminos, y ella se imaginó más de una vez, al rememorar el

pasado, que llevaba varios meses viviendo en dicho lugar. En ciertos

momentos hasta creía haber estado allí siempre, olvidando el suceso

inicial que la impulsó á realizar tal cambio.

Otras veces recordaba la inquietud de las dos primeras noches pasadas en

esta quinta, sus largas horas de angustia, durante las cuales miraba con

avidez los cristales de los balcones, deseando que blanqueasen bajo la

claridad lívida del alba, como si la luz de un nuevo día pudiese traer

para ella la certeza de la salvación de Florestán. Manteníase insensible

en estas noches al sueño y al cansancio, leyendo en un sillón, sin saber

ciertamente lo que leía, interrumpiendo su lectura para pasar una mano

por la frente del herido, contestando con palabras de maternal arrullo á

las incoherencias que la fiebre hacía surgir de su boca.

Abría el joven sus ojos con momentánea lucidez en las altas horas

nocturnas, mirando extrañado á la persona que se inclinaba sobre su

lecho.

--Soy yo--decía en voz queda la señora Douglas--. ¡Soy yo!

Mas el enfermo volvía á juntar los párpados, avisado tal vez por un

obscuro instinto de que aquella mujer era una figura de visión, una

imagen de pesadilla, y lo mismo podría continuar viéndola con los ojos

cerrados.

Durante las horas meridianas, que eran las mejores para el herido, Rina

y una enfermera venida de un sanatorio de Madrid se encargaban de su

cuidado, y ella, vencida por el cansancio, intentaba dormir. Pero de

pronto sentía la zozobra del que ve cortado su reposo por la sospecha de

que sus asuntos están abandonados, é inmediatamente se levantaba para

sustituir á sus dos reemplazantes, creyendo encontrar, al volver de

tales ausencias, descuido y torpeza en torno al lecho del enfermo.

En muchos años no había experimentado un contento de vivir igual al que

sintió cuando dijo el médico que ya había pasado el peligro y no era

probable aquella inflamación interna que tanto le inquietaba. La

robustez y la juventud del paciente acelerarían su restablecimiento.

Vió á Florestán más pálido y decaído que antes, sin la engañosa

animación de la fiebre, pero esta debilidad le permitía apreciar mejor

lo que le rodeaba. Sus ojos indecisos y velados, ojos de persona que

despierta, se fijaron otra vez en la mujer que se movía junto á su

lecho. Primeramente contemplaron aquellas manos bien cuidadas y fuertes,

de acariciante suavidad, que arreglaban y alisaban el embozo. Creyó

reconocerlas el herido por el óvalo elegante y sonrosado de las uñas, en

forma de almendra, por las sortijas, basamento brillante de sus dedos.

Luego su mirada siguió el curso de los brazos y la redondez del pecho,

para fijarse últimamente en las dos pupilas negras, con reflejos de oro,

lacrimosas de emoción, que parecían salir al encuentro de sus ojos.

Ahora no podía dudar de que era un personaje real. Y ella, adivinando su

pensamiento, dijo con voz suave y lejana, como un murmullo acuático:

--Soy yo. ¡Sí, soy yo!

Después de dos noches pasadas junto al lecho de un herido en delirio, no

queriendo fijarse mas que en el presente para atender mejor las

obligaciones que se había impuesto, negándose á pensar en el porvenir

por miedo á ver ante sus pupilas la lenta palpitación de las alas de

plomo de la muerte, iban á empezar para ella los goces de una

convalecencia ansiada.

No hay voluptuosidad física comparable á la del enfermo que vuelve á la

vida y aprecia con cálculos enteramente nuevos el valor de la salud.

Sólo pueden sentir esta misma alegría los que le defendieron con sus

cuidados, los que lo disputaron á la muerte, y al acompañarle en sus

primeros pasos á través de una segunda vida, saborean el orgullo del

artista ante la obra propia gloriosamente realizada.

La señora Douglas se sintió vivir en aquel caserón viejo, donde faltaban

muchas de las comodidades elementales de la existencia moderna, con

mayor placer que en los «Palaces» más famosos de Europa, que la tenían

por cliente todos los años.

Nadie podía venir á turbar su gozoso aislamiento con inesperadas

intrusiones.

El médico, viendo pasado el peligro, había tenido que atender á sus

deberes en la ciudad y sólo hacía una visita diaria á la quinta.

Mascaró no había vuelto. Se limitaba á buscar á este médico en Madrid

para pedirle noticias del herido. No quería aprobar con su presencia la

instalación de la señora Douglas en aquella casa, al lado de Florestán.

El amigo de éste que había sido su padrino, sirviéndole además de

emisario, se presentaba una vez al día para ofrecerse á cumplir en la

ciudad todos los encargos que se le hiciesen.

Cuando el simpático Alaminos supo que en su quinta había un herido,

consideró necesario visitarle. Era «un deber entre caballeros y hombres

de armas», como él decía. Pero al encontrar instalada en su casa á

aquella dama fué discreto, limitándose á saludarla desde lejos, y

desapareció sin dar á entender quién era.

Luego los jardineros repitieron las palabras de su amo, haciendo saber á

la señora Douglas que «podía disponer de la quinta entera como si fuese

suya». El señor les había dado orden de obedecerla en todo. Después de

este acto caballeresco, Alaminos, siempre simpático y amigo de sus

amigos, fué contando en secreto á todos los que hablaban con

él--exigiéndoles antes palabra de honor de que guardarían silencio--,

cómo «aquella señora extranjera que guiaba su automóvil, aquella

norteamericana buena moza, pero ya un poquito jamona, que lucía por las

noches en las comidas del Ritz unos brillantes que quitaban la vista»,

se había instalado en su casa para cuidar á un herido.

Era esto como un honor para su quinta, y no podía callarlo. Resultaba

más fuerte que su discreción. En su propiedad habían sido curados muchos

heridos; por dos veces habían sacado cadáveres del jardín en un

carruaje, como si estuvieran desmayados, para que muriesen luego por

segunda vez en sus viviendas propias; pero nunca se había quedado un

herido á vivir en ella, cual si fuese un hotel ó un sanatorio, ni una

gran señora le había asistido día y noche.

Para el simpático Alaminos hubiese sido otro motivo de orgullo conocer

el estado de ánimo de aquella extranjera. Encontraba diariamente nuevos

encantos á este caserón, que era viejo sin ser antiguo, monótono,

triste, sin más particularidad extraordinaria que las frías y exageradas

dimensiones de sus piezas.

Le parecía á la señora Douglas muy interesante aquella en que la habían

instalado: un salón que era á la vez dormitorio, con muebles de caoba

del estilo predilecto de los burgueses de París en tiempos del rey Luis

Felipe y cama de igual madera, á la que afortunadamente le habían

quitado los cortinajes de reps, polvorientos y abundosos en polillas.

Este salón, como todas las habitaciones largamente deshabitadas y de

tardío aireamiento, tenía un perfume de humedad, de atmósfera cerrada,

un olor «de años». Las butacas vacilaban sobre sus patas inseguras.

Durante la noche crujían las maderas y resonaba, agrandado por el

silencio, el trabajo roedor de las carcomas abriendo túneles en las

fibras leñosas. Los espejos lanzaban gemidos por su cara interna, como

si fueran á abrirse círculos en el agua vertical de su luna, resurgiendo

de este lago rectangular, duro y muerto, todas las imágenes reflejadas

durante un siglo.

En las paredes había retratos pálidos que databan del principio de la

fotografía, y cuya tinta, negra en otro tiempo, tenía ahora un color

rojizo de chocolate desleído. Eran damas de amplia falda á festones,

ahuecada por el miriñaque, igual al casquete de un globo inflado, con

una rosa en la diestra y una pequeña capota de bridas sujetas bajo la

barbilla; caballeros de corto levitín, pantalón amplio en las perneras y

muy ceñido al pie, de tela á grandes cuadros, el rostro con bigote y

patillas, y al lado de ellos, sobre una columna, un sombrero de copa

enorme. Debían ser los padres, los abuelos y otros parientes del dueño

de la finca. Habían muerto sin duda muchos años antes, pero la señora

Douglas consideraba muy atractiva la sociedad muda de tales fantasmas.

Todos estos caballeros debían haber amado á las señoras con miriñaque. Y

ellas, aspirando eternamente el perfume de la rosa que guardaban en una

mano, les sonreían como mujeres satisfechas de la vida; porque en la

vida encuentran todos una pequeña cosa frágil, que se renueva

incesantemente, y se llama amor. ¡Qué gentes tan simpáticas!...

Además, aquel jardín abandonado, que era á la vez huerta y terreno

baldío, le parecía todas las mañanas más hermoso. Al bajar á él salían á

su encuentro nuevos motivos de admiración. En invierno, esta tierra

dura, áspera y blancuzca sería repelente bajo el pie. Ahora, la

primavera, que da para todos, caldeaba sus anémicas entrañas, haciendo

surgir flores comunes y vistosas de los bancales arañados por el

jardinero, cubriendo además con una vegetación gratuita y espontánea el

suelo abandonado.

Iba ella por los senderos, ó bajo los vetustos árboles de las alamedas,

con la misma alegría de su juventud en Monterrey, cuando despertaba en

el «rancho», varias veces hipotecado, último vestigio de la riqueza de

los Ceballos. Con la habilidad de una mujer que ha nacido en el campo,

combinaba las hierbas y las flores del jardín de Alaminos hasta formar

un gran ramo, y subía con él á la habitación del convaleciente para

ofrecérselo como un saludo matinal. Lo aspiraba el joven con delicia,

mirando al mismo tiempo á su portadora. Abarcaban sus manos el haz

florido, pero al hacer esto iban en busca de las manos que lo sostenían,

prolongando el contacto en un largo silencio.

Ella, deseosa también de prolongar este contacto, tenía que hacer

esfuerzos para no gemir de dolor. Disimulado por la manga de su brazo

derecho, un fuerte vendaje oprimía su muñeca. Todo movimiento rápido,

todo roce violento, la hacían recordar inmediatamente ciertos puñetazos

que habían quebrantado su antebrazo y sus dedos. Pero sobreponiéndose á

esta tortura pasajera, procuraba olvidarla, mostrándose alegre por el

restablecimiento del herido. Sentía además la voluptuosidad del

sacrificio al pensar que este dolor lo sufría por Florestán.

Al recobrar el joven la completa percepción de cuanto le rodeaba, había

entretenido el tedio de sus largas permanencias en el lecho esforzándose

por evocar y coordinar muchas imágenes entrevistas en su delirio,

apartando los disparates de la pesadilla de lo que bien pudieran ser

cosas reales, turbiamente contempladas á través de la fiebre.

No había sentido una sorpresa extraordinaria al darse cuenta de que la

señora Douglas existía junto á su lecho bajo las formas tangibles de un

ser real. Estaba seguro de haberla visto antes, en algunos claros de su

delirio, cuidándole con maternales caricias. Una sensación resbaladiza

de agua fresca y murmurante pasaba por su cuerpo ardoroso de afiebrado

al sentir el contacto de sus manos suaves y escuchar lejana, muy lejana,

la música de su voz. Había visto su rostro y sentido sus manos. Esto le

parecía indiscutible; pero vacilaba al evocar otros recuerdos más

indecisos de su delirio.

Creía haber sido besado en la frente repetidas veces durante este

delirio: besos de unos labios arqueados hacia abajo por el desaliento y

el dolor; besos de una boca llorosa que no se parecía en nada á la boca

de las horas felices. Ésta, al reir, elevaba siempre sus comisuras como

si fuesen alas rosadas, formando un arco de puntas salientes y

temblonas... Mas como no tenía certeza de la realidad de tales caricias,

sus ojos preguntaban á su cuidadora con muda interrogación el secreto de

este recuerdo confuso, y ella, como si adivinase su pregunta, volvía el

rostro, procurando no verlos.

En ciertos momentos sentía la señora Douglas un deseo de estar sola para

paladear mejor aquella especie de embriaguez interna que la animaba,

infundiéndola nuevas energías, haciéndola ver con distintas formas y

colores los seres y las cosas. Y dejando confiado el convaleciente á

Rina ó á la otra mujer, bajaba al mediocre jardín, que era ahora para

ella como un lugar de seductores encantamientos. Su vegetación

descuidada, sus islotes de álamos, en los que se refugiaban los pájaros

huyendo de los yermos próximos, ofrecían un ambiente favorable á sus

ideas y deseos.

Había descubierto un nuevo sabor á la existencia. Hasta pocas semanas

antes la vida le parecía sin objeto, con una finalidad material,

estrecha y monótona, que no valía la pena de ser tenida en gran

consideración. Le avergonzaba hacer memoria de cómo había vivido hasta

entonces. Viajar, comer, ponerse vestidos nuevos; sentir halagado su

orgullo por la envidia ó la admiración de otras mujeres; asistir á

fiestas que las más de las veces eran aburridas y no interesaban su

curiosidad, como al principio de su instalación en Europa; gozar las

voluptuosidades materiales de la riqueza, la certidumbre de poder

cumplir sus deseos, la vanidad de la potencia, la tranquilidad de un

porvenir á cubierto de las humillaciones de la pobreza, de las

inquietudes del futuro, de los caprichos de la desgracia: esto era todo.

¿Y ella había podido vivir así, contenta?...

Ahora tenía algo que no le habían proporcionado nunca el lujo y la

riqueza.

«Sé para lo que vivo--pensaba--. Conozco por primera vez qué es lo que

quiero.»

Siempre le había parecido el amor algo vulgar y engañoso, útil solamente

para entretener á los pobres y á los débiles, consolándolos de su

posición inferior, haciéndoles llevadera su desgracia. También servía de

pretexto á otros para disfrazar sus corrupciones con una falsa poesía.

Mas los fuertes, los que forman la verdadera aristocracia humana,

estaban enterados de todos estos engaños y los evitaban, menospreciando

el llamado amor.

Ella deseaba ser fuerte, y sentía el orgullo de pertenecer á este grupo

selecto de gentes superiores. Lo distinguido en la existencia era

mostrarse inmune para el amor; calamidad igual á la guerra y á las

grandes epidemias; desgracia que se ceba en el pobre rebaño humano;

sentimiento útil únicamente para los seres faltos de personalidad, que

no pueden seguir el camino de la vida solos, por sus propios pies, y

necesitan apoyarse en otro ser ó en varios para llegar al término de su

jornada; delicia de la que todos hablan y que se pierde á los pocos

momentos de haberla conocido; dulzona emoción que pone melancólicas y

hace llorar á las mujeres con alma de modista...

Pero ahora, viviendo en una quinta medio abandonada, junto á un suburbio

de los más feos de Madrid, creía haber nacido á una vida nueva y

superior, encontrando egoístas y perversos los pensamientos que la

habían acompañado durante la mayor parte de su existencia,

avergonzándose de ellos como si fuesen amigos desenmascarados á última

hora como temibles criminales.

Juzgaba estúpido haber pretendido librarse del amor porque es una pasión

general, y todos en la tierra, poderosos y humildes, buscan conocerla,

aunque sea una sola vez en su historia. Las grandes pasiones que

ennoblecen nuestra vida son simples, elementales y comunes, saltando por

encima de clases y privilegios. Ciertamente, el amor resulta las más de

las veces vulgar y risible visto desde lejos, porque vulgares y risibles

son igualmente la mayor parte de los humanos; pero los seres escogidos

que forman la aristocracia de la vida, al penetrar en el amor, lo

ennoblecen y continúan siendo dentro de él una brillante excepción.

Además, ¿por qué debía creerse ella diferente á los otros mortales?...

De seguir manteniéndose en su antiguo y orgulloso aislamiento, habría

acabado por convertir este aislamiento en un privilegio triste, igual

al de los monstruos que se sienten orgullosos del terror y el vacío que

siembran alrededor de ellos. La pobre Rina, en su pobreza mental, había

visto más claramente la verdadera finalidad de la existencia, y por eso

buscaba con empeño aquel amor que se escabullía ante sus pasos.

Recordaba la antigua novela enviada por Mascaró, que ella había leído

pocos días antes. La reina Calafia, satisfecha de su fuerza y su

castidad guerrera, aborrecía á los hombres, riñendo con ellos en los

combates ó matándolos cuando penetraban en sus dominios. Pero un día, al

conocer la reposada hermosura del héroe primaveral, del Caballero de la

Gran Serpiente, pedía socorro á sus dioses, sintiendo cómo se deslizaban

sobre su alma las piezas rotas de la armadura de su austeridad.

La soberana de California se había mostrado dispuesta á olvidar su

patria y renegar sus creencias por no perder al hombre amado. Ella

estaba allí olvidada de su historia, de todas las preocupaciones y

respetos sociales, ocultándose como si cometiera una mala acción, para

cuidar á un herido... ¿Qué no haría ella por Florestán?

Cantaba la primavera en su alma; una primavera más hermosa que la que

hacía florecer la tierra ante sus pasos. Su amor iba á ser doble, un

amor más grande que el de las otras mujeres. La diferencia de edad, en

vez de inspirarle inquietud, la animaba y enorgullecía con repentino

optimismo. Podría ser para él, á un mismo tiempo, una amante y casi una

madre. Su amor se compondría á la vez de cariño y de protección. Pero

inmediatamente su coquetería de mujer la impulsaba á modificar este

privilegio un poco melancólico que le confería el paso del tiempo.

Ella era joven porque nunca había conocido el amor y llegaba á la

primera pasión de su vida con la simplicidad del catecúmeno que pisa

temblando el umbral del templo, repleto de misterio. Su alma era de

virgen. Otras, orgullosas de su carne intacta, tenían el espíritu

manoseado y aviejado por el trato astuto con el amor. Ella amaba por

primera vez. Su esposo había sido un amigo, de más años y mayor

conocimiento de la vida; un compañero de marcha que la guió y la

protegió. Guardaba de él un buen recuerdo; en su trato mutuo hubo

siempre estima y ternura, pero no amor.

Si alguna vez el amor cruzó su existencia--y este recuerdo la hacía

sonreír--, había sido en los albores de su pubertad, cuando el ingeniero

Balboa estuvo en California. El padre había pasado por la mañana de su

vida como un precursor silencioso. Aquel interés fugaz despertado en la

muchachita de Monterrey era la anunciación inconsciente de otro más

grande y duradero que había de inspirar una copia física de su propia

persona.

A Concha Ceballos no se le ocurrió poner en duda una sola vez que su

amor era aceptado por aquel hombre que estaba herido en su lecho, cerca

de un balcón que ella miraba instintivamente mientras continuaba sus

paseos.

Había adivinado este amor en los ojos de Florestán mucho antes de que

ella estuviese convencida de la existencia del suyo: cuando la

acompañaba el joven en las calles de Madrid ó iba á su lado en el

automóvil por las carreteras polvorientas, para visitar catedrales

vetustas y monasterios abandonados.

Inquieta por la importancia que iba adquiriendo en su vida y la

necesidad creciente de encontrarse con él, había intentado disminuir las

ocasiones de verlo. Luego se arrepintió de su resolución al darse cuenta

de la tristeza desorientada de Florestán, de su desaliento de niño

abandonado. No existía entre los dos una sola palabra de amor; pero el

joven, al ver que ella evitaba su presencia, había mostrado la misma

desesperación que si fuese víctima de una infidelidad. Además, su odio á

Casa Botero y aquel desafío inesperado valían por una declaración

amorosa.

Segura de la conformidad de Florestán, edificaba su vida futura con las

facilidades del que se mueve en un mundo imaginario y siente

enérgicamente sus deseos, menospreciando de antemano todo lo que puede

oponerse á su realización. Ella era libre y Florestán también. Recordaba

ahora cómo al darse cuenta por primera vez del afecto que le inspiraba

este hombre, se lo había hecho saber en la obscuridad nocturna de un

paseo, yendo de un hotel á otro. La alegría del champaña le había

impedido disimular, soltando su palabra de las ligaduras de la

prudencia.

«¿Qué hace usted aquí? El mundo es grande.»

Se marcharían los dos por ese mundo inmenso, convirtiendo la tierra

entera en jardín de su felicidad. Dejarían á Rina en cualquier parte,

como un equipaje molesto, para seguir con mayor desembarazo sus

peregrinaciones caprichosas. Florestán trabajaría ó no trabajaría, según

fuese su deseo. Si le atormentaba la necesidad de acción que sienten los

hombres fuertes, irían á California, para que la emplease en los

negocios de su mujer. Ella era rica para los dos... Y al ir armando de

este modo el edificio de su vida futura, el egoísmo del amor sólo le

dejaba ver en todo el universo á una pareja de seres: ella y Florestán.

Los demás eran fantasmas.

De pronto se acordó de cierto padre que estaba enfermo... ¡Pobre Balboa!

Ella cuidaría de su porvenir; y organizó mentalmente su existencia con

la misma prontitud que había resuelto el destino de Rina. Vió luego, más

lejos, muchísimo más lejos, á don Antonio Mascaró y á las mujeres de su

familia. Pero esta visión remota é incierta se esfumó inmediatamente

bajo un manotazo egoísta de su voluntad. Ella tenía derecho á ser feliz,

como cualquiera otra mujer. ¿Iba á sacrificarse siempre por los

otros?...

Toda su atención era para el personaje único á través del cual veía lo

existente. Había crecido tanto, ¡tanto! dentro de ella, que ocupaba todo

su horizonte mental. Las ciudades más enormes, las montañas más altas,

los océanos, le parecían sin realidad comparados con Florestán. Como lo

tenía junto á sus ojos, lo llenaba todo, eclipsando al universo entero,

humillado é invisible á sus espaldas.

La reina Calafia (novela) · 第 13 / 17 段