Había encontrado á Florestán en la «Quinta de los Desafíos» tendido en

una cama antigua y cuidado por dos hombres: uno de los médicos que

presenciaron el encuentro y su segundo padrino. La mujer del jardinero

obedecía las órdenes del doctor con una torpeza rústica y al mismo

tiempo con cierta petulancia, para dar á entender que estaba

acostumbrada á lances de esta especie.

El médico, al ver entrar á don Antonio, lo llevó aparte.

--Háblele poco. Cada vez tiene más fiebre. Al cerrar la noche es casi

seguro que delirará. La herida no es lo que más me preocupa; temo que

sobrevenga una inflamación interior. Pero si pasan dos días sin esta

complicación, tenemos salvado á nuestro hombre.

Al reconocer el herido á don Antonio le saludó con una sonrisa pálida,

intentando estrechar su mano. Como el catedrático adivinó en sus ojos

que deseaba hablarle, se inclinó sobre él, poniendo el oído cerca de su

boca, lo mismo que si fuese á recibir su confesión.

--Que no sepa nada papá.

Don Antonio levantó la voz, como si con esto pudiese animarlo.

--No sabrá nada; le contaré un cuento cualquiera para justificar tu

ausencia. Además, tu herida no es de importancia... Mañana ó pasado,

indudablemente, podrás volver á tu casa.

Florestán hizo un gesto de indiferencia, considerando inútil desmentir

esta caritativa falsedad. Necesitaba continuar hablando en voz queda á

su visitante.

--Vea también de impedir que... esa señora se entere de lo ocurrido.

Podría disgustarse, y yo no quiero que ella sufra contrariedades por mí.

Frunció el ceño don Antonio, mientras movía la cabeza afirmativamente.

--Así lo haré... ¿No quieres nada más?

Y como si Florestán se acordara al fin de algo cuyo olvido le inspiraba

remordimiento, añadió:

--Procure también que no se enteren en la casa de usted.

Mascaró hizo un gesto para indicar al joven que no necesitaba decir más.

Pero al mismo tiempo protestó en su interior por este recuerdo tardío:

«Casi me ha dejado partir sin acordarse de su novia. ¡Pobre hija mía!»

Mientras regresaba á la ciudad, violentamente agitado por los saltos del

automóvil sobre los baches de un camino hondo, decidió faltar en parte á

las promesas hechas al herido.

Engañaría con una historia de su cosecha á su amigo Balboa. Esto le era

fácil, y además resultaba necesario. El pobre podía morir de una

emoción violenta: su corazón era incapaz de resistir sin peligro los

temblores de la sorpresa. Pero ¿por qué callar á aquella señora lo

ocurrido?... Por su culpa--aunque esta culpa no fuese directa--dos

hombres habían querido matarse y uno estaba en peligro de muerte. ¿Y

ella debía ignorarlo?...

Le pareció este silencio una prudencia absurda, contraria á las reglas

de construcción de aquellos edificios imaginativos con que ornaba el

páramo honesto y vulgar de su vida interna. Lo natural era que la reina

Calafia se enterase de que dos paladines se habían dado de estocadas por

ella. El corazón de aquella amazona era más sólido que el del padre de

Florestán, y no había miedo de que se alterase mortalmente al recibir

tal noticia.

Existía en él igualmente un deseo malsano de ver cómo acogía aquella

señora el relato del suceso, cómo era su emoción y cuáles sus palabras

de remordimiento. Ya que había sido la causante del trastorno, á lo

menos que llevase una parte de inquietud y dolorosa zozobra por el

estado del joven. De todos modos, acabaría enterándose del duelo por

alguna fanfarronada del vencedor.

«Ese Botero de los demonios--siguió pensando--no dejará de jactarse de

su buena suerte, y ¡á saber de qué modo contará las cosas!... Mejor es

que yo mismo le relate lo ocurrido.»

Al enterarse en el Palace Hotel de que la señora Douglas estaba en sus

habitaciones, pidió que la avisasen por teléfono su deseo de verla. La

viuda recibía á las personas amigas en un salón del segundo piso, con

el que comunicaban sus otros cuartos.

Este salón tenía un amplio mirador sobre el paseo del Prado, y lo

conocía el catedrático. Estaba amueblado con una sillería dorada y roja,

sus paredes eran de un blanco mate, y como adorno individual, que

alegraba su vulgar decorado de pieza alquiler, tenía varios cuadros de

costumbres españolas, abanicos antiguos, mantones de Manila, retablos

viejos, arquillas repujadas, todo lo que había ido adquiriendo la viuda

en sus visitas á los anticuarios de Madrid y las provincias cercanas.

Cuando la señora Douglas supo que el catedrático deseaba verla, dió

orden con apresuramiento para que le dejasen subir. Esta visita le

pareció en relación con una vaga inquietud que sentía desde algunas

horas antes.

Aquella tarde debía venir á buscarla Florestán; estaba convenido entre

los dos; y la viuda, después de esperarle inútilmente, había salido al

atardecer para dar una vuelta en automóvil por el Retiro y la

Castellana, sin más acompañamiento que el de Rina, aburriéndose durante

la lenta marcha de unos vehículos tras otros, como arcaduces de noria, á

lo largo de los dos paseos. La inexplicable ausencia del joven le había

hecho recordar la comida de la noche anterior en el Ritz con Florestán,

Casa Botero y una familia de compatriotas que estaban de paso en Madrid

para visitar los jardines de Sevilla en primavera.

Los dos hombres hablaron poco, mirándose con cierta insistencia. Así lo

evocaba en su memoria, mas no estaba segura de ello. Había tenido que

atender á los otros invitados, y no pudo fijarse en sus palabras ni

darse cuenta de su estado de ánimo. Hasta le pareció recordar que Casa

Botero había dicho algo con aquella sonrisa perversa que servía de

acompañamiento á sus palabras fríamente agresivas. Pero inmediatamente

desechó tal recuerdo, como si fuese una invención engañosa de su

inquietud.

Al ver entrar á Mascaró, su gesto grave y el tono de su saludo hicieron

renacer de golpe todas las inquietudes que la habían atormentado durante

la tarde. Mas ahora estas inquietudes se trocaron de pronto en

certidumbres, pues su femenil agudeza adivinó lo que pensaba el

catedrático.

Le faltó poco para anticiparse á los balbuceos con que preparaba éste su

noticia, diciéndole: «No siga: conozco todo lo que va á decirme.» Por

eso no mostró ninguna emoción cuando el visitante, prescindiendo de

inútiles preámbulos, anunció simplemente:

--Florestán está herido.

Lo sabía desde algunos segundos antes, y la emoción de la sorpresa ya

estaba agotada para ella. También sabía, por presentimiento, quién había

herido á Florestán. Sólo podía ser «el otro». Y escuchó con la frente

inclinada y la mirada puesta en las puntas de sus pies todo lo que le

fué contando el catedrático.

Éste se sintió algo desconcertado al ver que, después de terminada su

relación, la señora permanecía silenciosa y mirando al suelo. Ni gritos,

ni ademanes de sorpresa, ni un ligero humedecimiento de sus pupilas.

Parecía no haberle entendido.

Ella, adivinando esta extrañeza, levantó los ojos y murmuró

quejumbrosamente, cual si profiriese una excusa:

--Yo no soy una mujer. Ignoro cómo se llora... ¡Yo no he llorado nunca!

Volvió á mirar el suelo y hubo un largo silencio. De pronto lo cortó

poniéndose de pie bruscamente y mirando á una de las varias puertas que

daban al salón. Mascaró recordaba esta puerta como perteneciente al

cuarto de su compañera.

--¡Y yo que he enviado á Rina hace poco en el automóvil á hacer unas

compras!...

Sin explicar la aparente incoherencia entre tales palabras y el relato

de su visitante, hizo á éste un gesto para que esperase y abrió otra

puerta, que era la de su dormitorio.

Poco después volvió á aparecer tocada con un sombrero obscuro y

poniéndose los guantes precipitadamente.

--Vámonos--dijo con voz de mando--. Pida abajo un automóvil de los del

hotel.

Intentó protestar el catedrático. Bien adivinaba su deseo; pero ¿cómo

pretendía darle órdenes sin contar antes con su conformidad?...

La señora volvió á repetir mudamente el mismo mandato con un simple

gesto de persona acostumbrada á la obediencia de todo lo que la rodea,

y salió del salón sin fijarse en si don Antonio la seguía.

En la puerta del Palace, el conductor del automóvil de alquiler acogió

la dirección dada brevemente por Mascaró, sin pedir explicaciones

aclaratorias. «¡A la quinta de Alaminos!» No necesitaba saber más...

¿Quién no la conocía en Madrid?

Empezó el viaje bajo la luz de un ocaso lívido. Pasaron por unas calles

de suburbio obrero, detrás de los talleres y depósitos de la estación

del ferrocarril del Mediodía; luego un camino polvoriento entre vallas

de fábricas y solares, y finalmente pedazos de campo, yermos la mayor

parte del año, pero que la primavera cubría de verde con su generosidad,

que alcanza á los más humildes rincones y arrugas de la tierra. También

pasaron ante un pequeño cementerio con cipreses, verja herrumbrosa y

muros viejos, que parecía abandonado. Todo lo que iba viendo la señora

Douglas bajo la luz grisácea de la tarde moribunda le sugería

presentimientos fúnebres.

Cuando se apearon dentro del jardín de la quinta, el catedrático, por

consideración á su acompañante, creyó necesario adoptar una precaución.

--Espere usted aquí. Yo pasaré antes, para saber si han venido curiosos.

Volveré á avisarle cuando pueda entrar.

Pero la viuda, angustiada por sus presagios, siguió adelante, como si no

le entendiese. Una autoridad irresistible, que hacía recordar á Mascaró

la de doña Amparo, le obligaba á marchar detrás de ella. Pero había una

diferencia entre las dos mujeres: su esposa era exclamativa y ruidosa en

sus cóleras y tristezas, mientras esta señora se sumía en un silencio

que él llamaba «enérgico», según iba aumentando la intensidad de su

emoción.

Hubo de pasar don Antonio delante de ella para servirle de guía al subir

la escalera de la casa, y en un rellano del primer piso se encontró con

el mismo médico que le había hablado dos horas antes.

--Está con fiebre; una fiebre altísima. Lo que yo esperaba. Es inútil

verlo: no le conocerá; no entenderá lo que le diga.

Pero el joven doctor, al ver cómo iba surgiendo por detrás de Mascaró la

arrogante figura de aquella señora que acababa de subir los últimos

peldaños, hizo una inclinación de cabeza acompañada de un gesto de

galante cortesía. «¡Un duelo, un herido y una dama que venía á

visitarlo, pálida, conmovida, haciendo al mismo tiempo un gran esfuerzo

interior para mantenerse serena!...» Era inútil oponerse á su paso.

Debía dejarla entrar, para que de este modo se cumpliese en la realidad

lo que tantas veces había admirado él en novelas y obras de teatro.

Guiada por una orientación que parecía sobrenatural, avanzó Concha la

primera en aquella casa donde no había estado nunca, marchando

rectamente hacia el dormitorio ocupado por el herido. Tal vez la dirigía

su olfato, siguiendo el rastro oloroso de los medicamentos antisépticos;

tal vez obedecía á un obscuro tirón de su vida subconsciente.

Al detenerse en la puerta del dormitorio unos segundos, Mascaró, que

estaba detrás de ella, creyó verla más grande que nunca. Con una mano

buscó instintivamente el marco de la puerta, como si necesitase apoyo.

El catedrático se escurrió entre ella y el quicial, y pudo ver su rostro

pálido, su nariz súbitamente adelgazada por la emoción, sus ojos que

parecían ahora redondos. Miraban éstos, empañados, mates, sin expresión

alguna, la cama blanca y antigua, la cabeza hundida en las almohadas y

el latido del embozo, reflejando el jadear de un pecho invisible.

--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Repitió muchas veces las mismas palabras, como si su emoción, rencorosa

y concentrada, fuese incapaz de hallar nuevas expresiones. Pensaba en

«el otro», indignándose al comparar sus habilidades de hombre de armas

con el valor confiado é inexperto del joven. Aquel duelo era para ella

un asesinato. Su odio á la injusticia y el abuso, que allá en su país la

habían hecho mostrarse de una virtud agresiva, volvió á conmoverla ahora

con deseos vengadores. ¡Ay! ¡No tener á su alcance al malvado en aquel

momento!...

Se acercó á la cama casi de puntillas, cual si temiese despertar al

herido; pero el médico hablaba en voz alta, seguro de que Florestán no

podía oirle.

Trastornado por la repentina presencia de aquella mujer hermosa que olía

á gran señora y evocaba en él imágenes de pasadas lecturas, el médico

deseó inspirar interés, lanzándose para ello en largas explicaciones

sobre el estado del joven y su diagnóstico.

La viuda le escuchó como el eco de una cascada lejana. No supo en

realidad lo que dijo, porque le era imposible fijar su atención y no

podía entender igualmente muchas de las palabras profesionales con que

exornaba su relato. Sólo llegó á comprender que el médico no tenía

seguridad de salvar al herido, que éste se hallaba en el momento más

crítico y todo dependía de lo que ocurriese después de la fiebre. Podía

sobrevenir una inflamación interna. Hasta pasados dos días le era

imposible decir nada cierto. Y ella, que se había colocado junto á la

cama, apoyando sus rodillas en el mullido borde de los colchones, siguió

murmurando levemente, con los ojos fijos en el rostro afiebrado:

--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Así transcurrió mucho tiempo, y al fin, tanto el médico como Mascaró

tuvieron que dar por agotadas el uno sus explicaciones y el otro sus

preguntas sobre el estado del herido.

El silencio pareció despertar á la viuda, haciéndole ver el doloroso

vacío que la rodeaba. Miró en torno, examinando con ojos autoritarios

las paredes, los muebles y las personas á la luz crepuscular, cada vez

más pálida, que entraba por los balcones.

Don Antonio creyó de pronto que era una mujer doble. Tenía el despotismo

minucioso y rebuscador de una dueña de casa. Al mismo tiempo el brillo

de sus pupilas hizo pensar al catedrático en los capitanes de industria

que dirigen fábricas enormes como pueblos, organizan flotas que corren

todos los mares, ó despiertan á la vida los rincones más obscuros del

planeta. Formuló preguntas fríamente, arrugando el entrecejo y

presentándose de perfil para escuchar mejor, lo mismo que si hiciese

averiguaciones sobre un nuevo negocio en el que pensaba arriesgar gran

parte de su fortuna. Quiso saber cómo iba á organizarse el cuidado del

enfermo; con qué se podía contar en aquella casa medio abandonada, lejos

de la ciudad, y que sólo veía gentes en tardes de desafío. Faltaban allí

las manos suaves, la atención minuciosa, los dulces cuidados de una

mujer.

--Hasta ahora me ha ayudado la esposa del jardinero--dijo el médico.

Precisamente, esta rústica, interesada por la presencia de una dama

elegante, había abandonado la cocina, subiendo hasta el primer piso para

examinarla de más cerca. Se mantuvo en la entrada del dormitorio,

sonriendo, entre cohibida y familiar, á la visitante. Eran las dos

únicas mujeres en aquella casa donde habitualmente sólo entraban

hombres, y esto parecía animarla con la solidaridad del sexo.

La señora Douglas la miró, afable y protectora, juzgándola buena; pero

allí era necesario algo más que los cuidados de una campesina necesitada

de atender á su familia al mismo tiempo que al herido.

--Uno de los padrinos de Florestán--anunció don Antonio después de haber

escuchado al médico--ha ido á Madrid para traer una enfermera.

Aprobó la viuda con un movimiento de cabeza y después de breve reflexión

dijo, como si diese una orden:

--Será útil la enfermera: así podré librarme de ciertos menesteres

demasiado materiales, para estar más tiempo al lado del herido.

Al decir esto se quitó maquinalmente los guantes é hizo un ademán como

para levantar el borde de sus mangas, empezando en seguida su trabajo.

Luego anduvo por la habitación, enterándose de la calidad y naturaleza

de los diversos frascos, paquetes y vendajes que estaban en desorden

sobre el mármol de dos viejas consolas con espejos azulados y algo

borrosos.

El catedrático aprovechó un apartamiento del médico para acercarse á

ella, hablando en voz baja:

--¡Pero eso no puede ser! ¡Piense en lo que dirán si se queda usted

aquí!... No tema que esté mal cuidado. Ahora hay un poco de desorden,

pero todo se arreglará esta misma noche.

Ella no oía, y tal era la decisión enérgica reflejada en su rostro, que

don Antonio creyó estar viendo á la verdadera reina Calafia. De nuevo

había fijado sus ojos en aquel hombre amenazado de muerte, que se

mantenía insensible á cuanto le rodeaba, no dando otros signos de

existencia que su jadeo doloroso. «¡Pobre muchacho!... ¡Cómo dejarlo

abandonado!...» Le sería imposible vivir lejos, en interminable

inquietud por las suposiciones de olvidos, descuidos y peligros que

irían amontonándose en su pensamiento.

Miró después al catedrático con una expresión dolorosa de reproche:

--¿Cree usted que no sirvo para cuidar un herido porque soy rica y vivo

en el lujo?

Sus ojos parecieron compadecer la ignorancia de su oyente, pero éste

protestó. Le eran bien conocidos el aplomo y la independencia con que

las mujeres de su país avanzan en la vida, su deseo de bastarse á sí

mismas, adaptándose con maravillosa ductilidad á todos los cambios y

sacudimientos que traen consigo los altibajos de la existencia. Él sabía

que para las más de las multimillonarias norteamericanas no es asunto de

vida ó muerte ocuparse de la cocina, vestidas de ceremonia, con un

collar de perlas de un millón sobre el pecho, cuando á última hora el

cocinero se declara en huelga. Todas procuraban poseer la habilidad

manual, la conformidad ante el destino, la energía paciente, que durante

miles de años habían sido privilegio de los hombres, dándoles la

supremacía sobre el otro sexo.

Mascaró estaba seguro de que no iba á ser para la señora Douglas empresa

extraordinaria pasar en aquel caserón días y días cuidando á un enfermo.

Allá en Monterrey, durante su primera juventud, cuando aún no era rica,

habría conocido situaciones iguales ó peores.

--Pero no es eso lo que me preocupa. Piense, señora, lo que dirán si

usted se instala aquí...

Le fué imposible al catedrático continuar sus advertencias.

--Procure que su padre no sepa nada--interrumpió ella--. Dígale que me

lo he llevado de viaje varios días, que hemos ido... ¡adonde usted

quiera! Lo importante es que el pobre Balboa no sufra una emoción

violenta. De mí no se preocupe. He vivido bastante para saber hasta qué

punto debemos hacer caso de la opinión ajena.

Quedó silenciosa largo rato, mientras organizaba mentalmente, con todas

sus previsiones de mujer ordenada, el mejor servicio para cuidar al

herido.

--Como tal vez me quede aquí mucho tiempo--continuó--, es preferible que

vuelva yo misma al hotel y traiga lo más indispensable para mi vida.

Además, necesito ver á Rina, darle mis órdenes. ¡Quién sabe cuándo

volveré á salir de esta casa!... Usted, don Antonio, no sabría cumplir

mis encargos por más explicaciones que le diese. Las mujeres nos

entendemos mejor y más pronto.

Rogó al médico que no se apartase del herido hasta su vuelta. Sus ojos

acariciaron una vez más, desde lejos, el rostro de Florestán,

engañosamente enrojecido por la fiebre, y cuya boca se contraía con

murmullos de sílabas cortadas que sólo de tarde en tarde llegaban á

formar una palabra entera.

--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Y se arrancó á esta contemplación, saliendo del dormitorio después de

hacer un gesto á su acompañante para que la siguiese.

Mientras rodaba el automóvil hacia Madrid, habló al catedrático con el

tono de un superior que da órdenes. Le dejaría cerca de su hotel para

que fuese inmediatamente á casa de Ricardo Balboa, antes de que éste se

inquietase por la ausencia de su hijo.

--Dígale que la señora Douglas, que, como él sabe muy bien, es una

caprichosa, medio loca, ha sentido de pronto el deseo de ir á una ciudad

muy lejana... ¡muy lejana! y obligó á Florestán á que la acompañase, sin

darle tiempo para escribir una carta... Como usted estaba presente, fué

Florestán quien le encargó que avisase á su padre. Este viaje durará

unas semanas, y bien podría ser que durase un mes ó dos. ¡Es tan fácil

que la señora Douglas cambie de ideas, prolongando su excursión!... En

fin, usted es un sabio, y dirá lo más conveniente para que el pobre no

sospeche la verdad. ¿Estamos de acuerdo?...

Cerca de su hotel bajó la viuda del automóvil, mientras Mascaró seguía

hacia el barrio donde estaba su casa y la de Balboa.

Aquella dama no se había acordado un solo momento de su hija y su

esposa. ¡Como si Florestán no existiese para ellas!... Afortunadamente,

don Antonio disponía de tiempo para pensar de qué modo la historia

mentirosa dedicada al padre podría hacerla extensiva á su propia

familia.

Cuando la señora Douglas entró en su salón, Rina se puso de pie, dejando

sobre una mesa, junto á la lámpara eléctrica, el libro con cuya lectura

había entretenido su espera impaciente.

--Debemos comer en seguida. Tal vez no te acuerdas de que esta noche

vamos al teatro.

--Come tú; yo no tengo apetito; y así que termines, sube. Voy esta noche

á otro lugar menos divertido; luego te lo diré. Debes prepararme una

maleta con las cosas más necesarias. Voy á vivir unos días fuera. Tú

vendrás á verme y volverás á Madrid para mis encargos ó á recoger mis

cartas... Ni una palabra á nadie. Come y vuelve pronto.

Al quedar sola, entró en su dormitorio y pasó á otras piezas contiguas,

abriendo armarios para reunir ropas interiores y objetos de tocador.

Mientras realizaba esta busca, su pensamiento, que estaba lejos, le hizo

repetir maquinalmente, con voz sombría, las mismas palabras que habían

concretado desde el primer instante su compasión y su cólera:

--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Era la hora más silenciosa del hotel. Se oía como un trueno lejano el

rodar incesante de los vehículos en las calles próximas, á través de

muros y ventanas cerradas. Los corredores anchurosos y de techo

relativamente bajo, iguales á los de un trasatlántico, permanecían

desiertos. Toda la vida del edificio estaba concentrada cerca del suelo,

en los comedores y el _bar_. Los domésticos de los pisos altos,

aprovechando la ausencia de los huéspedes que habían salido para comer,

pasaban igualmente á otras dependencias del hotel.

La señora Douglas abandonó su rebusca al oir cómo llamaban con los

nudillos en la puerta común de sus habitaciones que comunicaba con el

corredor. Era un llamamiento insistente, tenaz, y al mismo tiempo con

cierta discreción, como si el que llamase temiera ser oído de las

habitaciones inmediatas.

Creyendo que Rina le enviaba un recado con algún doméstico, fué hasta la

puerta y tiró del pestillo interior.

A pesar de que las emociones sufridas una hora antes la habían hecho

insensible á toda sorpresa, lanzó una ligera exclamación reconociendo al

hombre que ocupaba el rectángulo de la puerta. Era Casa Botero.

En vez de retroceder para que entrase ó de permanecer inmóvil cerrándole

el paso, avanzó de tal modo, que el otro tuvo que hacerse atrás,

quedando los dos en el pasillo. Fué un movimiento de repulsión

instintiva, como si la entrada de aquel hombre en sus habitaciones

representase un peligro de contagio.

Quedaron ambos bajo uno de los hemisferios de cristal mate que esparcían

su luz velada desde el techo. Sonrió el marqués con expresión amable que

á ella le parecía odiosa, explicando al mismo tiempo su audacia al venir

hasta esta puerta sin su permiso.

Repetidas veces había preguntado aquella tarde por la señora Douglas al

portero del hotel, recibiendo siempre la respuesta de que aún no estaba

de vuelta. Luego, cerca del anochecer, le dijeron que acababa de salir

con un señor. Ahora había visto abajo á Rina, y temiendo que la viuda

estuviese enfadada con él, hasta el punto de rehuir su presencia,

consideró oportuno subir para darle ciertas explicaciones.

La californiana le escuchaba inmóvil, cada vez más rígida, estirando los

brazos á lo largo de su cuerpo, los hombros caídos, el cuello avanzado,

la barbilla saliente y los ojos puestos en él con una fijeza agresiva.

Su silencio y esta mirada turbaron un poco á Casa Botero, pero

inmediatamente recobró su aplomo de buen mozo satisfecho de sí mismo:

--Adivino que ya sabe usted lo que pasó esta tarde. Como le dije en

muchas ocasiones, el hombre que se atreva á ser mi rival está

sentenciado á muerte. Yo la amo á usted como ninguno podrá amarla, y si

alguien se cruza en mi camino tiene contados sus días.

Concha Ceballos, siempre silenciosa, avanzó unos pasos más; y el otro,

instintivamente, fué retrocediendo por la mitad del pasillo, sin dejar

de hablar:

La reina Calafia (novela) · 第 12 / 17 段