Entonces, ella, con el mismo gesto resuelto de la señorita pobre de

Monterrey, cuando pensaba en su porvenir, al lado de un padre arruinado,

dió consejos al estudiante:

--Hay que ser enérgico; hay que trabajar y enriquecerse. Sólo es libre

el que tiene dinero.

Una noche Rina dejó de asistir á la comida del Ritz. Se había quedado

encerrada en su cuarto del Palace Hotel, pretextando una fuerte jaqueca.

Concha y Florestán rieron, suponiendo algún desarreglo facial que la

obligaba á mantenerse oculta por unas horas.

En el comedor del Ritz encontró la californiana á una familia de

compatriotas suyos que estaban de paso en Madrid para visitar Sevilla y

Granada. Florestán fué presentado á esta familia, y todas las mujeres de

ella, viendo en el joven un bailarín disponible, se lo pasaron de una á

otra durante la noche.

La reina Calafia casi siempre olvidaba el baile, prefiriendo hablar con

Florestán; pero esta noche se mostró irritada por la facilidad con que

sus amigas disponían de un hombre presentado por ella. Y para evitar tal

abuso, quiso aprovechar todas las danzas. Ella misma invitaba á

Florestán con el gesto ó con un movimiento de sus ojos.

Bailaron hasta las tres de la madrugada y bebieron mucho. El jefe de la

familia, para celebrar el encuentro con mistress Douglas, belleza famosa

de su país, dejó que el encargado del comedor renovase las botellas de

champaña con la pasmosa celeridad de las suertes de prestidigitación,

descorchando una cuando la otra aún no estaba mediada. Siempre aparecían

llenas las copas, á pesar de que la agitación del baile y el calor del

salón obligaban á las parejas á buscarlas ávidamente en cada descanso.

Salieron juntos del hotel «la Embajadora» y Florestán. Ella quiso ir á

pie. No había mas que atravesar el Paseo del Prado. El Palace Hotel

alzaba su masa sobre el otro borde de la obscura arboleda.

La dama sentía calor. Llevaba abierto su abrigo sobre el escote. Se

apoyó, al andar con cierta pesadez, en el robusto brazo del joven.

Confesaba riendo haber bebido y bailado exageradamente. ¿Qué dirían de

ella si la viesen con este aspecto allá en su país?... ¡Una dama que era

protectora de tantas sociedades respetables para combatir el alcohol,

los excesos de la danza y otros abusos y pecados!... ¡Ah, Europa vieja y

tentadora!... Pero al mismo tiempo, encontraba en esta situación algo

anormal un nuevo sabor á la existencia y descubría en la vida ignoradas

atracciones, llegando á preguntarse si no habría estado equivocada hasta

entonces...

Dejaron á sus espaldas los automóviles y los grupos de chófers

estacionados frente al hotel, viéndose de pronto como caídos en la

absoluta soledad del paseo.

El nocturno silencio era cortado por el canto monótono de los chorros de

la fuente de Neptuno. Como ya eran llegadas las horas vecinas al

amanecer, estaba apagado en gran parte el alumbrado público. Sólo

algunos faroles, macilentos y largamente espaciados, marcaban sus

pinceladas rojas bajo la bóveda de ébano de los árboles.

Parecía este paseo urbano, en su profunda lobreguez, un bosque desierto

á enorme distancia de toda aglomeración humana. Las masas de edificación

á ambos lados de la obscura avenida-jardín eran á modo de colinas

cortadas, de acantilados verticales. Sobre sus aristas se tendía una

amplia faja de cielo, con temblores de estrellas, perdiéndose

longitudinalmente en el infinito.

Se detuvo la reina Calafia en mitad del corto trayecto entre hotel y

hotel, cerca del carro de mármol de Neptuno. La hizo estremecerse la

fresca caricia del vapor acuático exhalado por el susurrante tazón.

Esta lóbrega y misteriosa quietud le sugirió la posibilidad de que

apareciesen varios ladrones, atraídos por el brillo de sus alhajas. La

idea le hizo temblar levemente sobre el musculoso brazo en que se

apoyaba. ¡Qué interesante un ladrón!...

Se acordó de sus habilidades de luchadora, de sus secretos para tumbar

instantáneamente á un adversario. Se imaginó también, con cierta

vanidad, el esfuerzo agresivo que podía hacer para defenderla aquel

muchacho atlético y propenso á avergonzarse que iba á su lado. Luego se

arrepintió de sus malos deseos.

«¡Has bebido, Conchita!--se dijo, empleando el mismo diminutivo que le

daba su padre cuando era niña, y ella recordaba siempre al hacerse

recriminaciones--. ¡Has bebido demasiado, hija mía!»

Al contemplar la inerte ciudad, le pareció que la noche iba á durar

siempre, que no despertaría más aquella aglomeración humana dormida bajo

los techos... Y si llegaba á despertar, su vida sería obscura, perezosa,

aislada del resto del mundo, casi igual á su sueño.

Sintió una repentina lástima por aquel mocetón simple y hermoso que le

servía de apoyo. Inclinó la cabeza hacia él, buscando sus pupilas.

Este gesto afectivo tuvo al mismo tiempo una avidez hostil. Su boca, en

aquel momento, lo mismo podía morder que besar.

«¡Has bebido, Conchita!--seguía diciéndose mentalmente--. ¡Has bebido

demasiado!»

Su voz exterior preguntó al mismo tiempo con violencia, como si

formulase una recriminación:

--¿Y un hombre como usted va á quedarse aquí para siempre? ¿Y se casará,

y tendrá hijos, y no conocerá otro horizonte que el de su casa, ni

acariciará mayor ideal en su existencia que el de mantener á su

familia?...

Florestán quedó sorprendido por el tono violento de estas preguntas y no

supo qué contestar. También él estaba perturbado por lo que había bebido

y por el contacto de aquel cuerpo que se apoyaba en el suyo con familiar

abandono.

La dama reanudó su marcha, tirando de él, y dijo con brusquedad, como si

le diese una orden:

--¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.

VI

Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de

la famosa Ciudad-Camaleón

Al atravesar la viuda, una semana después, el _hall_ de su hotel á la

hora del almuerzo, tuvo un encuentro inesperado.

Un hombre hundido en un sillón, con el rostro envuelto en la nube

olorosa de su habano, dejó éste, al verla, sobre una mesilla inmediata y

se puso de pie, sonriendo.

--¡Oh, mistress Douglas! ¡Qué agradable sorpresa!... No sabía que estaba

usted en Madrid.

La dama sonrió igualmente, pero con malicia.

--Tampoco yo le creía aquí, Arbuckle. Siempre se arreglan las cosas de

modo que nos encontramos.

Y el llamado Arbuckle, que era casi un gigante por su estatura y su

volumen, bajó los ojos como si no pudiera resistir la mirada burlona de

la señora. Mostraba la confusión de un niño grande que ha dicho una

mentira y se ve descubierto.

Este hombre, que parecía estar más allá de los treinta años, sin llegar

á los treinta y cinco, era de fuerte osamenta y exuberantes músculos.

Tenía la cabeza y el cuello de un gladiador antiguo, la hermosura

vigorosa y reposada del toro. En su rostro completamente rasurado cada

sonrisa iba acompañada del brillo marfileño de sus dientes y el

relampagueo del oro con que estaban chapados algunos de ellos. A pesar

de su atletismo, sus ojos y su boca tenían algo de pueril, y toda su

persona parecía esparcir un halo de credulidad y confianza.

Era indudablemente de limitado radio mental, con muy contadas ideas,

pero éstas nacían robustas y bien definidas, quedando clavadas para

siempre en su voluntad. Tenía la mandíbula fuerte y el entrecejo partido

en ciertos momentos por una arruga profunda, que modificaba su rostro

plácido. Esto era muy de tarde en tarde, cuando las contrariedades, en

fuerza de repetirse, despertaban en él una cólera terca, dura y fría

como el hielo, alterando la unidad de su carácter, predispuesto al

optimismo.

La señora Douglas le había conocido años antes, al quedar viuda y tener

que ocuparse de la administración de su fortuna. Este Haroldo Arbuckle

era también de California, y los hombres de negocios le consideraban

mozo de mérito por haber hecho en poco tiempo la primera parte de su

carrera, creyéndolo destinado á mayores triunfos si continuaba

trabajando. Como muchos californianos, unía la enérgica voluntad del

emigrante venido del Norte al espíritu andariego y predispuesto á las

aventuras de los hombres morenos, primeros colonizadores de dicho país.

Siguiendo la tradición de su tierra natal, comenzó por ser minero,

buscador de oro; mas había nacido demasiado tarde, cuando los veneros

auríferos de California ya no podían ofrecer sorpresas, y tuvo que

trabajar primeramente en el Transvaal y luego en las soledades glaciales

de Alaska. Aún no era verdaderamente rico. Él mismo confesaba no «valer»

más allá de un millón de dólares, pero contaba con una gran energía para

el trabajo y una mirada exacta para la apreciación de cosas y personas,

condiciones que podían hacer de él un multimillonario, un director de

negocios gigantescos, como los que viven en Nueva York.

Había conocido á «la Embajadora» Douglas en San Francisco, al comprarle

unas acciones de minas de oro en Alaska que ella no deseaba conservar.

Sus entrevistas para la terminación de dicho negocio influyeron en la

existencia de Arbuckle, cambiando momentáneamente su curso.

Este trabajador infatigable sintió repentinamente una necesidad

imperiosa de reposo. No tenía familia, estaba solo en el mundo, ¿para

qué esforzarse por adquirir más dinero? Era un engaño cruel desconocer

los verdaderos placeres de la vida, concentrando toda la existencia en

la conquista de una riqueza inútil... Y dejando en suspenso sus

especulaciones, se dedicó á viajar por Europa, organizando de tal modo

itinerarios y descansos, que siempre venía á instalarse en las mismas

ciudades donde residía la viuda Douglas.

A los pocos encuentros resultaron inútiles sus pretextos y excusas,

inventados con una malicia cándida. La viuda había adivinado sus

intenciones. Unas veces reía de ellas bondadosamente; otras, según su

humor, las desviaba con un cambio violento de conversación.

Aprovechando un diálogo de dos horas seguidas en el _hall_ de un hotel

de Venecia para combatir el aburrimiento de cierta noche de lluvia,

Arbuckle habló á la dama de su soledad. Necesitaba una compañera; debía

constituir una familia. Él era capaz de realizar grandes cosas, como

cualquier potentado de los que dirigen los negocios del mundo desde el

Wall Street de Nueva York; pero reclamaba para ello el apoyo de una

esposa que le inspirase nuevas ambiciones. Debía ser esta compañera una

mujer superior, é intentó describirla...

Mas «la Embajadora», adelantándose maliciosamente á tal descripción,

emprendió su pintura física y moral, atribuyéndola un sinnúmero de

condiciones que la hacían diferente en todo á ella. Y el californiano

movió la cabeza negativamente al verla tan desorientada, aunque sin

atreverse á protestar.

Algunas veces, cuando la viuda estaba de buen humor, volvía á

describirle su futura esposa, mas valiéndose de tales detalles, que

Arbuckle acababa por reconocer, aterrado, una semejanza absoluta con

Rina. La hermosa dama, gozándose en su confusión, se atrevía á

insinuarle que su felicidad sería casarse con esta solterona

sentimental.

--¡Oh, mistress Douglas!--exclamaba Haroldo, escandalizado--. Es otra

mujer la que yo deseo. ¡Si usted quisiera!...

Ella cortaba la balbuciente declaración con sus risas, fingiendo tomarla

á broma, y no era necesario más para que al otro se le enronqueciese la

voz, quedando en desesperado silencio.

Su voluntad sólo era ruda é invencible para inquirir el paradero de la

viuda y salirle al encuentro. Cuando ésta emprendía un viaje repentino

sin dar aviso á sus amigos, decía á Rina en las primeras horas:

--Esta vez no conseguirá descubrirnos mister Arbuckle.

Pero transcurridos algunos días, creía husmear en el aire su próxima

aparición.

--Verás como se presenta de pronto. Debe saber ya nuestro paradero. ¡Qué

hombre!

Y efectivamente, el buscador de oro, acostumbrado á orientarse en las

soledades africanas ó en las pistas abiertas sobre la nieve de las

llanuras árticas, parecía aplicar sus facultades de orientación á la

complicada red circulatoria de Europa, acabando por dar siempre con las

fugitivas.

La viuda, que le había olvidado desde que llegó á Madrid, mostró cierta

contrariedad al recordar las persecuciones respetuosas y tenaces de este

enamorado. En el primer momento hasta consideró irritante su presencia.

Luego, la imagen de otro de sus solicitantes le hizo más tolerable el

encuentro presente.

«A lo menos, éste me obedece--pensó--. No se atreve á hablar y sólo me

importuna siguiéndome á todas partes. ¡Si fuese el otro!...»

Y acabó por recibir con una sonrisa bonachona las confusas explicaciones

de su compatriota.

--¡Qué casualidad! No sabía que estuviese usted aquí. Voy á Sevilla; me

aburría mucho en París. Mi propósito era salir esta noche; pero ya que

la he encontrado, me quedaré unos días.

Ella le miró con ojos incrédulos. Sabía de antemano todo lo que podía

hacer Arbuckle. Permanecería en Madrid hasta que le diese á entender con

rudas insinuaciones, en un día de nervios trastornados, que estaba harta

de su presencia. También podía ocurrir que ella se marchase de pronto

con Rina sin avisárselo.

Agradeció interiormente la respetuosa discreción de este hombre fuerte y

tímido. Se había instalado aquella mañana en el Hotel Palace, creyendo

que mistress Douglas vivía en el Ritz. Al enterarse luego de su error,

se apresuró á cambiar de alojamiento, trasladándose al segundo hotel. Un

_gentleman_ debe desaparecer oportunamente cuando se cansan de verle. No

es discreto vivir bajo el mismo techo que la mujer deseada.

Después de tal encuentro creyó inútil la viuda demorar la presentación

de Arbuckle á las personas que la rodeaban. Este enamorado silencioso y

tenaz acababa por vencer todos los alejamientos, y era necesario

resignarse á introducirlo en el círculo de su vida normal. Ya que había

descubierto su paradero, debía agregarlo á su séquito.

En la misma noche, Arbuckle habló con Florestán en el comedor del Ritz,

y al día siguiente, por estar invitado Mascaró á almorzar con las dos

señoras, se conocieron igualmente el profesor y el californiano.

--¡Un mozo simpático!--dijo don Antonio al salir del hotel con el hijo

de Balboa--. Conozco el tipo; así son muchos de los que trabajan en

aquella tierra. Actividad ilimitada; dureza con ellos mismos y con los

demás en el momento del negocio; pero una vez terminado éste, muestran

una alegría simple, cultivan su cuerpo hasta la vejez con los mismos

juegos de cuando eran niños y consideran la vida con un optimismo

inalterable.

Se equivocaban las gentes en Europa al imaginarse el hombre de negocios

de América con arreglo á la existencia que llevan los manipuladores del

dinero en el mundo viejo. Los negocios están más esquilmados en las

naciones del continente antiguo, la riqueza es tradicional y

monopolizada, algo misterioso que sólo poseen unos cuantos centenares de

hombres, transmitiéndoselo de generación en generación. Es preciso que

ocurra una guerra continental, un cataclismo histórico, para que surjan

nuevos ricos. Las clases sociales viven cada una en su molde, y son muy

raros los saltos por encima de los límites divisorios.

En América todos los días surgen nuevos ricos, y el pobre cuenta á lo

menos con la ilusión. El capital no es allá algo misterioso é invisible

que sólo se deja conocer de unos cuantos. Abunda el dinero, corre como

el agua bajo el sol, á la vista de todos, en incesante circulación, con

un esparcimiento que Mascaró llamaba «democrático». Todo servicio

obtiene un pago; todo hombre «vale» algo. Nadie considera cerrado su

camino definitivamente, ni se cree nacido, con una fatalidad

irremediable, para ser pobre hasta la muerte. Viven en la dulce compañía

de la esperanza, que es la más consoladora de las ilusiones. Tienen

abierta una ventana en su existencia para que entre por ella la Suerte.

El mozo de hotel cree en la posibilidad de ser pocos meses después tan

rico como los ricos á quienes sirve.

--Hay allá hombres malos, de carácter duro y cruel, como en todas

partes--terminó diciendo Mascaró--; pero la inmensa mayoría es

optimista, tiene confianza en la vida, cree que el bien es en ella más

poderoso que el mal, no conoce los pesimismos del europeo. Tal vez se

debe esto á que abunda el oro. El que tiene dinero ve la vida de otro

modo que el que no lo tiene. Ya sabes el refrán: «Donde no hay

harina...» Por eso se experimenta una sorpresa enorme al llegar á

aquella tierra y ver de cerca sus hombres de negocios. Como todo lo de

allá debe ser forzosamente cincuenta ó cien veces más grande que lo de

Europa, nos los imaginamos unos monstruos terribles, nunca vistos. El

negociante de Europa es sombrío, amargado, escéptico, capaz de quitarte

la piel con su mirada. «¡Cómo será el de allá!...», nos decimos. Y nos

encontramos con una especie de niños grandes, muy fuertes en las horas

de trabajo, y que cuando terminan éstas se van al club á jugar á la

pelota. Si caen, son capaces de todo para levantarse; si se ven en un

apuro, te echarán por la borda; pero cuando ganan dinero, lo primero que

piensan es que todos deben recibir su parte. Marchando bien sus asuntos,

ríen bondadosamente, se alegran con cualquier historia, miran la vida á

través de su optimismo y creen necesario tener un ideal generoso y

desinteresado, un ideal un poco «romántico», como compensación á la

vulgaridad de sus negocios.

Adivinando la simpatía del catedrático, lo buscaba Arbuckle durante las

horas numerosas y lentas en que se veía privado de hablar con la señora

Douglas.

Mascaró admiraba la pulcritud en el vestir de su nuevo amigo. Sus

camisas y corbatas parecían siempre recién estrenadas; sus trajes eran

eternamente flamantes, cual si acabasen de recibir el planchado del

sastre; una elegancia á la americana, como decía don Antonio, «teniendo

por base el traje de calle», con gran variedad de tintes y formas. En

una solapa ostentaba á guisa de condecoración un pequeño redondel azul

de esmalte con una cifra: la insignia de su club de San Francisco.

Otro motivo de admiración para Mascaró fué la prodigalidad y la potencia

de este hombre como fumador. Nunca pudo sorprenderle sin un cigarro en

la boca: un cigarro enorme, ventrudo en su parte media, con un perfume

mareador de hoja intensamente madura. Hablaba sin apartarlo de sus

labios, manteniéndolo sujeto en una de las comisuras de su boca. Lo

mordía, consumiendo con sus dientes una parte casi igual á la devorada

por el fuego. En momentos de silencio le hacía dar continuas vueltas con

una rotación imperceptible de sus labios.

Iba todas las tardes á sentarse en el _hall_ del Palace Hotel con la

esperanza de ver á «la Embajadora» Douglas, y si el catedrático se

asomaba á dicha rotonda, su primer saludo era presentarle un estuche de

piel con media docena de cigarros, largos, panzudos, esparciendo un

perfume que hacía pensar al imaginativo Mascaró en las vegas cubanas.

Su trato con este nuevo amigo hizo temer al catedrático por la salud de

su garganta. Él no podría consumir impunemente á todas horas aquellos

cigarros suculentos, de olorosa braveza, que no causaban daño alguno al

americano.

--¡Qué tío para fumar!--decía con veneración.

Algunas veces llegó á creer que llevaba un estuche repleto de cigarros

en cada uno de sus bolsillos. Allí donde metía la mano en su traje

sacaba habanos para él y para los demás.

Cuando Mascaró salía á dar un paseo en las primeras horas de la tarde,

sus pies experimentaban inmediatamente la atracción del Palace Hotel.

--Vamos á ver si el amigo Arbuckle está en el _hall_.

Y lo encontraba siempre, viéndose recibido por él como un emisario que

enviaba la Suerte para librarle del aburrimiento de una espera á solas.

No sentía interés por ver Madrid. Lo había conocido en viajes

anteriores, y él venía ahora para otra cosa. Su conveniencia era

permanecer en el _hall_ esperando que la viuda bajase de sus

habitaciones ó entrase de la calle, para hacerse el encontradizo

(¡siempre por casualidad!), entablando una conversación con ella, aunque

fuese rápida.

Algunas veces se contentaba con ver á Rina, pero ésta parecía

menospreciarle por su ceguera ó su ignorancia. ¡Un hombre que pasaba

junto á su felicidad sin fijarse en ella, empeñándose en perseguir cosas

imposibles!...

La presencia de Mascaró representaba para Arbuckle unas cuantas horas de

conversación, durante las cuales raro sería que su mala suerte le

privase de un tránsito fugaz de la viuda. Y para no quedarse solo,

vigilaba la combustión del cigarro enorme ofrecido á su nuevo amigo, y

apenas veía llegar el fuego más allá de su parte media sacaba el

estuche, brindándole con otro.

--No diga que no--rogaba, empleando un español de California, matizado

de palabras inglesas ó italianas en momentos de duda--; son muy

saludables y no hacen daño. Yo suelo fumar hasta veinte por día.

Otro motivo de satisfacción para Arbuckle era el entusiasmo con que el

catedrático iba recordando la visita que había hecho á su tierra natal.

La verbosidad exuberante de Mascaró hacía revivir ante sus ojos el

panorama de San Francisco, el idolatrado «Frisco» de su infancia, cuyo

desarrollo y belleza seguía admirando después de haber viajado por casi

toda la tierra.

Para el español, era la Universidad de Berkeley, al otro lado de la

hermosa bahía, uno de los mejores recuerdos de su existencia. Hablaba

del campanil de esta Universidad, igual á una torre de faro, que los

habitantes de San Francisco veían desde la orilla opuesta; de sus diez

mil estudiantes, de su teatro griego, donado por la munificencia de un

multimillonario, con arboledas en cuyo ramaje cantaban los pájaros como

el coro antiguo de las tragedias.

--Aquí en Europa saben muy pocos lo que es una universidad

americana--dijo una tarde á Florestán, que se había sentado con ellos en

el _hall_--. Los más se limitan á imaginarse un edificio monstruosamente

grande. «La mejor universidad de mi país--se dicen--tiene cincuenta ó

cien metros de fachada. Entonces una universidad de América debe tener

medio kilómetro cuando menos sobre la calle...» No señor; una

universidad es allá un parque, un enorme parque, con fuentes, canales y

algunas veces con lagos para regatas. Un palacio blanco es la

biblioteca; otro palacio pertenece á las Letras; otro á las Ciencias; y

además, los grupos de pabellones para los estudiantes, que forman un

pueblo libre, y el club para los profesores, todo separado, con árboles,

con pájaros, con una alegría que hace amable el estudio y placentero y

suave el trabajo. El mejor recuerdo que guardan allá muchos hombres es

el de los años pasados en la universidad-jardín.

Luego, el catedrático se expresaba con más energía, como si le irritase

la consideración de una injusticia.

--Allá no hay presupuesto de Instrucción pública ni ministro tampoco.

Las universidades son asociaciones libres, mantenidas por el dinero que

dan los particulares. Se juntan los ricos para fundar una universidad,

como aquí para fundar un casino en el que se juega... Todo

multimillonario procura que le perdonen sus riquezas destinando la mayor

parte á una universidad, á un museo, á una biblioteca. ¿Cuántos

millonarios hemos visto en Europa que dejen sus fortunas á los centros

de enseñanza? Algunos, si no tienen hijos, legan su dinero á un hospital

ó un asilo. Los más erigen un convento ó una iglesia... Nunca una

escuela ó una biblioteca. ¡Y todavía hay bodoques que se imaginan á los

Estados Unidos como un país simplemente de comerciantes, de gentes

materialistas, sin ninguna idealidad, sin amor á las letras y las

artes!...

Otro recuerdo predilecto era su viaje por el Sur de California, donde

habían existido las Misiones españolas, y su visita á la famosa ciudad

de Los Angeles.

La reina Calafia (novela) · 第 8 / 17 段