infancia viendo junto al océano Pacífico los naranjales de la California
meridional y sus otras arboledas de frutos variados. Eran planicies
semejantes á las vegas de Valencia y de Murcia, pero todo en mayor
escala, más enorme y vasto, mejor cuidado, alcanzando los árboles
proporciones extraordinarias, revelando sus frutos el milagro de la
voluntad del cultivador aplicada al estudio y selección de los dones del
suelo. En torno á las estaciones de ferrocarril surgía de muelles y
almacenes un perfume intenso de frutas maduras y tablas recién cortadas
para fabricar cajas.
Los árboles se perdían á lo lejos en filas regulares, con sus troncos
pintados de blanco para defensa de los parásitos, lo que les daba el
aspecto de fustes de una columnata interminable. Todas las casas se
mostraban embellecidas exteriormente por plantas trepadoras cubiertas de
flores. Los caminos estaban orlados con eucaliptos de crecimiento tan
enorme, que parecían contar siglos de existencia.
Casi todos los frutos del planeta se desarrollaban prodigiosamente sobre
este suelo feliz. Mascaró recordaba entusiasmado la naranja
californiana, luminosa como un pequeño farol japonés, guardando bajo su
cápsula color de oro rojo un jugo denso, ávido de expansionarse, sin el
menor vestigio de pepitas, por haberlas suprimido el cultivador con una
incesante selección.
La gran curiosidad de este jardín infinito á la vista eran las antiguas
Misiones de los frailes españoles. Todo californiano veía en ellas la
gloria histórica de su país. Los más de los conventos estaban en ruinas,
manteniéndose con milagroso equilibrio las arcadas de sus claustros,
hechos de adobes, y parte de sus bóvedas. Algunos de estos monumentos
humildes eran reconstruídos por el entusiasmo patriótico, invirtiéndose
en ellos cantidades enormes que hubiesen asombrado á los compañeros de
Junípero Serra. Para darles estabilidad eran introducidos armazones de
acero en el interior de sus muros de tierra seca. Se empleaban los
procedimientos más recientes y americanos de la edificación para
perpetuar estas construcciones hechas por el indio y el fraile con
simples rectángulos de barro cocidos al sol.
En los conventos que aún se mantenían de pie se agolpaban los viajeros
de las ciudades para contemplar con histórica emoción las pobres
custodias, las imágenes pintarrajeadas, todos los objetos humildes de
culto que había logrado improvisar la miseria de unas Misiones perdidas
en lo que era entonces para España el rincón más obscuro y lejano de sus
colonias.
Recordaban estas iglesias á Mascaró, á pesar de la mediocridad y
primitivez de sus adornos, muchos de los templos coloniales que había
visto en sus viajes por la América del Sur. Fuesen pobres ó suntuosos,
en todos ellos la principal riqueza estaba en el techo. Los frailes
habían podido mostrarse pródigos al labrar el artesonado por vivir en
países abundantes en madera. Sobre los muros de adobe cubiertos de cal
se apoyaba la techumbre de atrevida curva, sustentada por maderos
flexibles, que, en fuerza de inmersiones y continua presión, habían
acabado por arquearse como las duelas de un tonel gigantesco. Otras
veces estos techos tenían la forma de una artesa puesta al revés, de una
barca con las puntas cortadas vuelta hacia abajo. Y las vigas, tendidas
de muro á muro, parecían los bancos de esta embarcación invertida.
Las campanas de los conventos muertos eran guardadas como símbolos de la
vieja California. Muchos hoteles enormes que la iniciativa americana iba
construyendo en este país invernal buscaban su emplazamiento cerca de
las ruinas de alguna Misión. Y si las ruinas no existían, el arquitecto
procuraba inventarlas. Lo importante era que al entrar en el hotel
pudiese admirar el cliente, entre los esplendores de un jardín moderno,
una campana verdosa y rajada: la de los antiguos franciscanos españoles.
La campana misionera era el remate del escudo de armas de California,
figurando en todos los anuncios y marcas comerciales del país.
Junto al pequeño convento de Nuestra Señora la Reina de los Angeles se
había ido formando la moderna ciudad de Los Angeles, la más elegante y
atractiva de todas las urbes de los Estados Unidos.
--Es la Niza de allá--continuó don Antonio--; pero una Niza que tiene en
invierno cerca de un millón de habitantes, cuatro ó cinco veces más
grande que la de Europa, con todos los adelantos y comodidades de la
vida americana y cerca del lugar donde la costa del Pacífico resulta más
interesante por sus islas montañosas y su vegetación submarina. La
ilusión de todo americano es ir en invierno á Los Angeles, y si es muy
rico instalarse en Pasadena, lugar inmediato de hoteles caros y
lujosos... En Mónaco, en Cannes y otros puertos de la Costa Azul se ven
anclados los yates de los millonarios que han venido á pasar el
invierno. Al llegar á Los Angeles encontré en la estación muchos vagones
azules que permanecían apartados fuera de las vías en movimiento. Eran
los yates terrestres de los millonarios de allá. Cada uno tiene su vagón
especial arreglado á su gusto, y mientras pasa los meses de invierno en
Los Angeles, el costoso vehículo espera en la estación, con su cocinero
y sus ayudas de cámara inactivos, lo mismo que la marinería de un yate
anclado. Cuando uno de estos personajes se cansa de comer en su hotel de
Pasadena, entre jardines floridos, da á sus amistades un banquete «á
bordo» de su vagón especial. Luego, al terminar el invierno, se vuelve á
Nueva York en este coche-casa, ó á cualquiera otra de las ciudades de la
costa del Atlántico. Seis días y seis noches de tren. Hay que retrasar ó
adelantar el reloj varias veces, lo mismo que cuando atraviesa uno el
mar para ir á América ó vuelve de allá. ¡Aquella nación es todo un
mundo!...
Mascaró recordaba los túneles de Los Angeles. Al ensancharse la ciudad
había tropezado con el obstáculo de varias colinas, que obligaron á su
caserío á remontarse por las pendientes. Pero las grandes calles habían
acabado por vencer las gibas del suelo perforándolas con túneles.
Estas avenidas subterráneas tenían sus paredes y sus bóvedas revestidas
con ladrillos blancos de porcelana biselada. Noche y día brillaban en su
seno focos de electricidad ocultos en el muro, y estos chorros
luminosos de origen invisible se extendían por la curva del techo,
descomponiéndose en las facetas de la porcelana con el irisamiento del
nácar. Los focos de los autos, deslizándose como las cuentas de un
rosario de fuego, cortaban con sus chorros móviles de luz roja este
brillo lácteo, semejante al reflejo de la luna sobre un mar dormido.
--Cree uno que marcha por el interior de una ostra perlífera; parece que
el automóvil se haya extraviado en las nacaradas revueltas de una
caracola marina gigantesca.
Luego hablaba de la abundancia de los automóviles californianos como
signo de la riqueza del país. Había un vehículo de esta clase por cada
cuatro habitantes.
--De modo--continuó diciendo--que una mañana puede montar en auto la
población entera de California, niños y viejos, y marcharse á toda
velocidad, dejándola desierta... Pero no hay miedo de que lo haga. Es un
suelo el suyo como no hay otro en el mundo.
Tan grande era la fama de este país, que su nombre, invención de un
obscuro novelista de Castilla, había acabado por ser sinónimo de tierra
hermosa. En Niza y Cannes, los barrios mejores por la fertilidad de sus
jardines eran llamados La California. El título de la ínsula de la reina
Calafia evocaba en todo el mundo una visión paradisíaca.
El oro que la había hecho célebre sólo representó una opulencia
transitoria. Su riqueza permanente estaba en los campos cultivados. En
su parte septentrional, antes de llegar á San Francisco, había selvas
convertidas por la previsión del gobierno en parques nacionales, con
árboles prodigiosos, las famosas «sequoias», bajo cuyas raíces formando
arcos podían pasar á la vez varios hombres á caballo.
El subsuelo, rico en vetas auríferas, guardaba filones de los más
diversos metales, y á esta riqueza sólida había venido á unirse en los
últimos años el oro líquido, obscuro y maloliente necesario á la
industria moderna. Por las entrañas de esta tierra, madre del naranjo y
otras frutas de crecimiento maravilloso, circulaba el petróleo. Sobre
las arboledas cultivadas asomaban su vértice los andamiajes de madera
que marcan la existencia del pozo petrolífero. Dentro de la misma ciudad
de Los Angeles había visto Mascaró terrenos rodeados de cercas, como si
fuesen solares en construcción, mostrándose por encima de dichas
barreras idénticos maderos en forma de pirámide. Eran fuentes de
petróleo surgidas en el interior de la ciudad, pero cuya explotación
había sido suspendida, por resultar incompatible con el funcionamiento y
la hermosura de la vida urbana.
--Y la última riqueza de California es el cinematógrafo--siguió diciendo
Mascaró--; una de las más importantes de los Estados Unidos, uno de sus
primeros artículos de exportación.
No era en realidad la ciudad de Los Angeles el lugar santo donde se
creaba la vida sin voz; se llamaba Hollywood, nombre de un pueblo
inmediato.
Había nacido en los últimos años, desarrollándose con la rapidez
biológica de un órgano reclamado imperiosamente por la función.
--En toda la tierra es conocido Hollywood; pocos son los que no han
visto alguna vez sus calles--dijo el profesor á Florestán--. Esas
avenidas orladas de pequeñas palmeras, con jardines sin valla, formando
pendientes de musgo y de flores, por donde se persiguen los héroes de
las historias cómicas y pasan automóviles que aplastan á las gentes ó
marchan en vertiginoso zigzag, como si estuviesen ebrios, eso es
Hollywood.
Su primera visita á dicha población había sido á mediodía, cuando los
actores interrumpen su trabajo para tomar el _lunch_. Tenía unos quince
mil habitantes, casi todos artistas. Los llamados «estudios», donde se
producen las obras cinematográficas, eran la verdadera industria de esta
villa. Como viven en ella miles de mujeres solas y ganando mucho dinero,
habían surgido otras industrias menores: sombrererías, modistas y demás
establecimientos de lujo. Los más de los habitantes tenían automóvil,
guiándolo ellos mismos. Hasta los carpinteros y los maquinistas
constructores de las decoraciones para las obras llegaban al trabajo
guiando su vehículo mecánico. En las extensas avenidas, abiertas sin
miedo á despilfarros de espacio, se adivinaba la existencia de los
«estudios» al ver un centenar de automóviles en doble ó triple fila,
todos con el dueño ausente.
Mascaró, al entrar en Hollywood, fué pasando entre numerosos grupos de
odaliscas, unas envueltas púdicamente en sus velos, otras dejándolos
flotar sobre sus espaldas, mientras corrían veloces, con una alegría de
colegialas en libertad. En uno de los «estudios» se estaba filmando
aquel día un cuento oriental. Las figurantas con familia acudían á sus
casas para tomar el _lunch_ y regresar cuanto antes al fabuloso Bagdad
del califa Harum Al-Rachid.
Enumeraba el catedrático las maravillas de este pueblo, que por sus
incesantes transformaciones era llamado la Ciudad-Camaleón.
Cada «estudio» ocupaba vastos terrenos guardados por vallas, y en esta
planicie cerrada, arquitectos y hábiles manipuladores del cemento armado
construían y destruían en el curso del año toda clase de poblaciones. Un
día, sobre las cercas se iban elevando, en hábil y engañosa perspectiva,
la torre Eiffel, el puente Alejandro, la bóveda de los Inválidos, todo
lo más conocido del panorama de París. Y las empresas cinematográficas
aprovechaban tal reconstitución, que había costado meses y meses de
trabajo, para filmar de una vez y en unos cuantos días todas las
historias que tenían por escenario la capital francesa.
Otras veces se podía ver en Hollywood el puente de los Suspiros, el
Rialto y la plaza de San Marcos de Venecia; ó un zoco árabe, de
tiendecitas lóbregas, al que afluían varias calles abovedadas como
túneles, agitándose en su ámbito abigarrada muchedumbre de mercaderes,
camelleros, hembras veladas y santones.
--Y todo construído de verdad, todo sólido y duradero, como si no
hubiera de ser echado abajo apenas el operador da la última vuelta de
manivela á su aparato. ¡Los chascos que se llevaba uno en la
Ciudad-Camaleón!...
Recordaba haber paseado por calles idénticas á las que habitan los
obreros en los suburbios de las grandes ciudades industriales. Eran
casas de ladrillo ahumado, fachadas monótonas, con vidrios polvorientos
en sus ventanas. Las comadres de brazos arremangados hablaban apoyadas
en los quiciales de las puertas ó remendaban sus ropas sentadas en el
umbral. Un tranvía viejo pasaba por el centro de la calle, haciendo
apartarse á los grupos de chicuelos astrosos, hijos de emigrantes
italianos ó irlandeses.
El catedrático había creído que este barrio de trabajadores sobre
terrenos dedicados á la cinematografía era una prolongación olvidada de
la vida industrial de algún grupo de fábricas próximas. Pero de pronto,
cuando sus acompañantes abrieron la puerta de una de las casas y le
invitaron á pasar adelante, no pudo contener una exclamación de asombro.
La casa no continuaba. La calle estaba hecha simplemente de fachadas, y
lo mismo ella que las gentes que se agrupaban junto á las puertas, las
tiendecitas sucias de los pisos bajos, el tranvía viejo, los carretones
circulantes cargados de cajas y toneles, todo era fingido, todo
preparado para representar cinematográficamente una novela de la vida
obrera en los Estados Unidos.
Todos los pueblos de la tierra, atraídos por el nuevo arte, enviaban sus
gentes y sus idiomas á la Ciudad-Camaleón.
Mascaró había visto en las diversas secciones de un mismo «estudio», que
filmaba varias historias á la vez, bailarinas de Málaga y bailarinas de
Bombay, jinetes mejicanos ó de Australia, gauchos de las Pampas y
esquimales venidos de Alaska. En las inmediaciones de Hollywood volaba á
veces un aeroplano, cuyo tripulante hacía dar al aparato las vueltas más
audaces, arrojándose luego en el vacío, para agarrarse á un árbol ó un
tejado.
Resultaba visible la riqueza de la Ciudad-Camaleón en los edificios y
las personas. Las casas de los artistas, rodeadas de floridos jardines,
eran de madera en su mayor parte, elegantes _bengalows_, adornados
interiormente con ricas alfombras y muebles ostentosos. Se adivinaba la
aburrida suntuosidad de las gentes que ganan mucho dinero y se ven
obligadas por su trabajo á permanecer siempre en el mismo sitio. Era una
opulencia igual á la de los mineros aglomerados en un rincón solitario
de la tierra, que no saben qué inventar para aligerarse del oro que
llevan ceñido al talle.
Casi todas las mujeres iban elegantemente vestidas, con una elegancia
pesada y costosa. Algunas, en las primeras horas matinales, llevaban
trajes de rica seda bordados de oro.
La dulzura del cielo, la persistencia del sol de California, que rara
vez deja de mostrarse, habían impulsado las grandes industrias
cinematográficas á establecer sus «estudios» en este pueblo junto á Los
Angeles. Hasta el pasado salvaje del país ayudaba al mayor esplendor del
arte mudo. Cerca de Hollywood existía una de las llamadas «reducciones»
de indios, porción de terreno que el gobierno deja á las antiguas tribus
para que sigan vivaqueando como antes de la conquista realizada por los
blancos.
--Estos pieles rojas--continuó don Antonio--han acabado por sentir, como
cualquiera señorita, la tentación demoniaca del cinematógrafo, y buscan
el figurar en los _films_ cuando alguna historia exige la presencia de
indios. En la Ciudad-Camaleón, los reclutadores de figurantes son
personajes que merecen tanto interés como los que construyen poblaciones
de quita y pon. Basta decirles: «Necesito quinientas personas de esta ó
de la otra clase», y al día siguiente, á las siete de la mañana, se
presenta en el «estudio» la muchedumbre amaestrada que ha pedido usted.
Si la fábula exige la presencia de una tribu india, el agente echa mano
al teléfono y llama al cacique del campamento próximo, pues en las
tolderías de los Estados Unidos hay teléfonos, máquinas de coser,
máquinas de contar el dinero y plumas estilográficas, lo que no impide
que las gentes lleven aún plumas en la cabeza, mantas rayadas y
pantalones de cuero acampanados, con cabelleras colgantes. «Para
mañana--dice el reclutador--quiero cien guerreros con sus familias y sus
tiendas.» Y al día siguiente, á primera hora, acampan en los terrenos
del «estudio» los pieles rojas con traje de guerra, armados de lanza y
flechas, y fuman acurrucados en el suelo sus largas pipas de piedra,
mientras las mujeres, chatas y de ojos oblicuos, plantan las tiendas
cónicas de cuero pintarrajeado, y los chiquillos cobrizos juguetean con
los perros de la tribu.
Se entusiasmaba el catedrático al hablar de las ventajas de la
cooperación y del capital abundante. En unas cuantas horas podía uno
improvisarse cinematografista en la Ciudad-Camaleón, alquilando un
«estudio» donde todo estaba preparado: el personal, las fuerzas
eléctricas, los reflectores, enormes como los de un navío de guerra. En
Europa había que hacer las cosas partiendo de lo más elemental, como el
que se ve obligado para construir un mueble á empezar por la siembra de
la semilla del árbol, esperando á que éste crezca y pueda proporcionar
finalmente tablas para la deseada fabricación.
Cada artista trabajaba según la calidad de su rostro.
--El figurante novel, al ofrecer sus servicios, queda clasificado por
los conocedores. «Cabeza de juez», apunta en su libro de notas el
agente. Y cuando un «estudio» necesita un juez, lo llaman... En Europa
no trabajaría una semana en todo el año. En Hollywood, donde se crean á
la vez quince ó veinte historias cinematográficas, no hay día en que el
«juez» deje de trabajar.
Y así continuaba enumerando las particularidades de la Ciudad-Camaleón;
pueblo que no tenía más allá de una docena de años de verdadera
existencia y llenaba el mundo con sus obras, dando alimento imaginativo
á todas las razas de la tierra, venciendo los obstáculos que oponen los
idiomas y los colores diversos de las gentes, haciendo penetrar muchas
veces la poesía ó los adelantos del pensamiento en lugares inaccesibles
por la tradición ó la barbarie, donde jamás consigue entrar el libro.
Para Arbuckle, representaba un placer reposado y dulce escuchar al
catedrático envolviéndose en las nubes de su habano, hundido en las
blanduras de un sillón de la rotonda, atisbando al mismo tiempo,
disimuladamente, todas las personas que veía entrar en el hotel y
dirigirse á los ascensores. Como Mascaró sabía evocar con una realidad
casi tangible el recuerdo de la amada California, esto le hacía
imaginarse que la señora Douglas estaba allí, entre ellos, aunque
transcurriesen las horas sin que se mostrase.
En espera de tiempos mejores, Haroldo encontraba aceptable su actual
situación. Algunas tardes la viuda se quedaba en el _hall_, después del
almuerzo, hablando con sus amigos, pues aquel sabio, que decía cosas tan
hermosas y agradables, parecía atraerla con el encanto de su palabra. El
californiano se explicaba esta fuerza atractiva. Florestán le era
simpático por su juventud, pero apenas si fijaba en él su atención.
Después de la viuda sólo tenía ojos para el gran Mascaró.
Esta espera plácida de hombre que cuenta con el tiempo para la
realización de sus deseos, y considera inútiles audacias y prisas, se
vió turbada de pronto por un suceso inesperado. Una tarde, cuando
Arbuckle aguardaba la llegada de su amigo el catedrático, vió avanzar
bajo la cúpula del _hall_ á otra persona conocida, pero que él se
imaginaba muy lejos de Madrid: el marqués de Casa Botero.
Lo había encontrado en París, durante varios meses, casi todos los días,
por ser un amigo de la señora Douglas, tan persistente y tenaz como él.
La mayor preocupación del californiano al salir para Madrid había sido
que el otro no averiguase el paradero de la viuda.
Este encuentro era lo peor que podía ocurrirle; pero á pesar de ello
apretó la mano del marqués con forzuda efusión, sonriendo al mismo
tiempo sin hipocresía. Estaba enterado desde su juventud de la cortés
lealtad con que debe tratarse á un adversario. Había estrechado la
diestra, siendo muchacho, de muchos camaradas con los que se batía luego
á puñetazos. Terminado el boxeo, era también de regla darse una mano,
mientras la otra estaba ocupada en rascarse los chichones y limpiar el
rostro de sangre. Hay que demoler al enemigo si se puede, pero sin
faltar nunca á la consideración que merece por ser hombre.
--¿Usted aquí? ¡Qué sorpresa!...
Y el otro contestó con una petulancia en la que se adivinaba su deseo de
aplastar al hombre de negocios:
--Sentí de pronto el deseo irresistible de contemplar una vez más los
Velázquez. Yo soy muy artista y tengo necesidades espirituales que
ignoran otros.
Aunque no existiese entre los dos la seductora personalidad de la viuda
Douglas, que los separaba y los hacía buscarse al mismo tiempo, no por
ello Arbuckle habría sentido simpatía alguna por este personaje. Se
levantaba entre ambos un antagonismo tradicional é irreductible. Era
como si perteneciesen á dos especies distintas de hombres que venían
chocando y devorándose desde el principio de la existencia humana.
El marqués de Casa Botero, de la misma edad que Arbuckle, parecía más
viejo que él por el rostro y más joven por la esbeltez de su figura. Era
extremadamente enjuto de carnes, con la delgadez del deportista que
vigila celosamente su peso y no permite sobre el andamiaje de su
osamenta otra carne que el músculo productor de fuerza, pero comprimido
y correoso, sin los abultamientos del atletismo profesional. Bajo la
piel de su rostro se marcaban las oquedades y aristas del hueso. Esta
epidermis estaba algo quebrada por la pátina de los ejercicios al aire
libre, por las inmovilidades en la playa bajo el sol después de la
natación, por los deportes de invierno en las estaciones elegantes de
Suiza. No eran arrugas de vejez; era el agrietamiento de la flacura
buscada con extremados ejercicios. Llevaba el rubio bigote corto, y su
cabellera peinada atrás con tal violencia, que parecía tirar de ella una
mano invisible. Tenía en sus movimientos la ligereza del jinete, y en
sus gestos y su mirada fría la insolente seguridad del hombre de armas
que cuenta con sus ventajas de esgrimidor.
Avezado Arbuckle en sus negocios internacionales á la lucha con la
mentira, le era fácil husmear la presencia ó la ausencia del dinero, y
basándose en tal adivinación consideraba pobre al marqués no creyendo
ninguna de las manifestaciones de opulencia que hacía frecuentemente con
gestos de multimillonario hastiado de su prosperidad.
Llevaba, sin embargo, una vida tan costosa como la de los ricos,
mostrándose en todos los lugares de Europa frecuentados por gentes
acaudaladas. La señora Douglas le había conocido, una primavera, en un
hotel de Florencia. Rina lo veneró desde el primer momento como si fuese
la personificación material de muchos personajes interesantes adorados
por ella en novelas que llamaba «aristocráticas». La viuda le miró con
cierta simpatía al oir que era un marqués español.
Esta nacionalidad de Casa Botero no resultaba clara. Unas veces se decía
español, afirmando que su título nobiliario había sido dado por los
reyes de España. Otras, para explicar sus defectos de pronunciación, se
declaraba nacido en Sicilia, pero sus abuelos habían ido á Madrid con
Carlos III, al renunciar éste la corona de Nápoles por la de España.
Dudaba Arbuckle de sus dos nacionalidades, creyéndole más bien nacido en
alguno de los puertos cosmopolitas del Mediterráneo oriental, donde los
judíos que fueron expulsados de la Península hablan aún el castellano
antiguo. ¿Quién podía saber con certeza lo que era este hombre y la
legitimidad de su título?... Su única ocupación visible era coleccionar
cuadros y antigüedades, ponderando las enormes sumas que le costaba
satisfacer sus refinados gustos de artista. Pero el californiano tenía
la sospecha de que se dedicaba al corretaje y venta de estos objetos,
muchas veces de dudosa autenticidad, abusando de las manías
seudo-artísticas de ciertas personas ricas é ignorantes á las que había
conocido en salones ú hoteles célebres, siendo esta industria
cuidadosamente disimulada su mejor renta.