Doña Amparo, que durante su infancia la había juzgado muy parecida al

padre, reconociendo con cierto orgullo esta falta de hermosura como un

testimonio de fidelidad conyugal, empezó á creer que Consuelito sería lo

mismo que ella en los tiempos que conoció á su esposo, cuando su belleza

no había sufrido aún las maduras exageraciones de un estío violento.

Tenía la misma brevedad, aristocrática y española, de pies y manos. La

madre lamentaba que los corsés actuales, ó la ausencia de corsé, que

también era de moda, no permitiesen á su hija lucir el estrecho talle

heredado de ella, que había sido la gloria de su juventud.

Al inquietarse Mascaró por la melancolía de Consuelito y su repentina

indiferencia ante los problemas históricos, doña Amparo sonrió con

orgullo. Ella estaba mejor enterada de ciertas cosas que su marido el

sabio.

--Yo sé lo que tiene... Lo sé tal vez mejor que ella misma.

Como ya no hablaba de sus estudios y parecía haberlos abandonado,

cesaron sus querellas con Florestán. La joven acogía ahora en silencio

sus petulancias de estudiante, y si hablaba, era para admirar todo lo

que él dijese. Vencido el hijo de Balboa por esta mansedumbre

melancólica, empezó también á mostrarse menos locuaz. Se miraban

silenciosos al sentarse juntos, cuando los Mascaró iban de visita por la

noche á la casa del ingeniero.

Florestán inventó pretextos para frecuentar más que antes la vivienda

del catedrático. Doña Amparo, con maternal complacencia, delegaba

algunas veces sus funciones en el joven, rogándole que acompañase á

Consuelito cuando ella no podía salir á la calle.

--Tú eres como de la familia. Os queréis desde pequeños, y nadie puede

hablar si os encuentra juntos.

Al verse á solas con su hija, la esposa de Mascaró iba diciendo con la

gravedad del que cree repetir las mayores enseñanzas de la experiencia:

--Es ahora cuando sigues tu verdadera vocación. Para una mujer, lo más

importante consiste en encontrar al hombre que merezca ser su compañero

por todo el resto de su vida. Nuestra única carrera es casarse. Lo

demás son «modernismos» y cosas raras, buenas para las extranjeras.

Sintiéronse empujados los dos jóvenes por la complicidad tácita y

sonriente de sus familias. El ingeniero Balboa los miraba durante las

veladas con sus ojos dulces de enfermo, y esta contemplación parecía

disipar su tristeza. Mascaró, que era franco en sus afectos y no

gustaba, como su esposa, de precauciones y pequeñas astucias, dejó

escapar un día su pensamiento en forma de palabras.

--Vosotros acabaréis por casaros--dijo á los dos jóvenes--.

Indudablemente ya sois novios.

Y como ambos se ruborizasen, añadió bondadosamente:

--Por mí no tengáis miedo. Me parece muy bien. La juventud está para eso

en el mundo.

Fué don Antonio el que dió forma concreta y clara á sus sentimientos.

Hasta entonces se habían buscado sin darse cuenta del verdadero carácter

de esta fuerza atractiva. El catedrático se encargó de dar forma á una

declaración que cada uno adivinaba en el otro, sin creer necesario

hacerla de viva voz, por haberla aceptado en silencio de antemano.

Después de esto se consideraron en noviazgo formal, sintiéndose

aprobados y protegidos por las sonrisas y las palabras de sus mayores.

Doña Amparo, con su pragmatismo doméstico, hizo largos cálculos sobre la

vida del futuro matrimonio. Florestán aún podía ser rico si su padre no

se mezclaba en más negocios de los que habían devorado gran parte de su

fortuna. Las minas que guardaba en Méjico podían dar buenos

rendimientos sólo con que una calma de varios años cortase las

revoluciones frecuentes de aquel país. Además, el joven iba á tener una

profesión lucrativa, pues ella consideraba todas las carreras de mayor

rendimiento que la de su esposo.

La única contrariedad capaz de turbar esta aprobación amplia y bondadosa

dada por doña Amparo al futuro matrimonio, era que Florestán tendría que

marcharse tal vez á América por sus negocios, llevándose á su mujer.

¡Separarse de su hija única!... Luego se consolaba pensando que esta

ausencia no sería para siempre y otras jóvenes se habían casado en

iguales condiciones, volviendo años después, considerablemente

enriquecidas, al lado de sus madres. Además, con el optimismo del

enfermo que ve en lontananza una operación necesaria y procura no pensar

en ella, teniéndola por algo incierto que puede ir demorando, la señora

de Mascaró dudaba de este viaje.

--Tal vez no necesite ir allá. ¿Quién sabe las cosas que pueden ocurrir

antes?... Lo que importa es que se casen.

Y el noviazgo de los jóvenes fué tranquilo, plácido, sin sobresaltos

pasionales, exento de celos.

Consuelito era la que sentía á veces cierta inquietud al oir cómo

algunas amigas suyas alababan la hermosura de Florestán. Se consideraba

inferior á su novio físicamente, y temía por lo mismo que se lo

quitasen. Él seguía sus estudios, prestaba una atención de devoto á los

inventos algo quimeráticos de su padre, y las horas libres de ocupación

las dedicaba á los deportes, gozando una enérgica voluptuosidad con el

cultivo atlético de sus músculos. Su amor por Consuelito era una pasión

tranquila, mesurada, regular, semejante á la del marido que está seguro

de su mujer.

Se casarían cuando él terminase su carrera. Todo estaba previsto. Nunca

se le ocurrió que su novia pudiera sentir predilección por otro hombre.

Tampoco conoció los caprichos de la concupiscencia, ni arrebatados

deseos de infidelidad. Sobre su vida secreta de muchacho sanote y de

lentas pasiones sólo pesaba el pueril remordimiento de unos cuantos

actos de curiosidad para conocer directamente el misterio del encuentro

sexual, volviendo de ellos con tal indiferencia, que sólo muy de tarde

en tarde sentía el deseo de buscar la repetición.

Contaba veinte años é iba á terminar en el curso siguiente su carrera,

cuando vió una mañana en la sala de trabajo de su padre aquellas dos

señoras extranjeras, una de las cuales era apodada por Mascaró la «reina

Calafia». Al otro día de esta visita fué por la mañana al Palace Hotel,

para entregar á la señora Douglas el legajo de documentos referente á

las minas de Méjico.

Era poco más de mediodía, y tuvo que esperar en el _hall_. Cerca de la

una llegaron la señora Douglas y Rina. Acababan de bajar de su automóvil

ante la puerta del hotel, teniendo que abrirse paso entre los curiosos,

atraídos por la novedad de ver á una dama guiando su carruaje mecánico.

La presencia de Florestán pareció alegrar á las dos. La viuda, después

de haber confiado á su acompañante los papeles del joven, se despojó de

su gabán de automovilista, encargando á Rina que subiese ambas cosas á

sus habitaciones. No quiso separarse por unos minutos de aquel mocetón

que parecía inquieto ante ella y bajaba los ojos, balbuceando, sin

atreverse á mirarla otra vez. Temió que aprovechase su ausencia para

huir, después de haber cumplido el encargo de su padre.

--Usted se queda á almorzar con nosotras... No diga que no. Le debo este

obsequio. No es mas que una compensación insignificante por lo que se ha

molestado trayéndonos esos papeles.

Intentó resistirse Florestán con balbuceos y fugitivas sonrisas; pero al

fin, no queriendo parecer tímido, aceptó resueltamente. Avisaría por

teléfono, para que en su casa no extrañasen esta ausencia.

Durante el almuerzo, la «reina Calafia» fué dándole explicaciones sobre

su instalación en Madrid y su modo de vivir. Algunos de sus compatriotas

estaban alojados al otro lado del Paseo del Prado, en el Hotel Ritz.

Ella iba todas las noches á comer en el Ritz, pues de este modo podía

encontrar á muchos amigos suyos, de paso en Madrid, que había conocido

en diversos hoteles de Europa. Pero las habitaciones del Palace Hotel

eran de mayor amplitud y comodidad. Además, desde las ventanas de este

hotel moderno y enorme se disfrutaba la vista más interesante de Madrid.

--Del Ritz sólo se ven las masas de edificios de la ciudad en la otra

orilla del Prado. Desde aquí veo la arboleda de los jardines del Retiro:

ese pequeño museo que llaman ustedes «el Casón»; á mis pies la fuente de

Neptuno, con sus caballos marinos de mármol hundidos en el agua, y lo

que más me interesa: encuentro á todas horas, al abrir mis ventanas, el

Museo del Prado...

Reconocía que esta última vista siempre era igual y no resultaba

extraordinaria: paredes de ladrillo color de rosa y columnas blancas.

Pero el tal edificio tenía para ella el interés del muro detrás del cual

sabemos que está ocurriendo algo importante. Sentía la satisfacción del

que tiene por vecinos á personajes ilustres, aunque los vea de tarde en

tarde. Se encontraba mejor en este hotel, porque al levantarse todas las

mañanas, lo primero que veía era el palacio rosado y blanco donde

esperaban su visita antiguos y venerados amigos: Velázquez, Goya,

Ticiano, Rubens.

--Vale la pena de instalarse aquí, cerca de unas gentes tan distinguidas

y agradables.

Florestán fué perdiendo su timidez en el resto del almuerzo. Aquella

señora, de la que había oído hablar á su padre con inquietud, lo mismo

que si representase la llegada de un peligro, le parecía ahora

bonachona, familiar, comunicativa, y acabó por conversar con ella sin

temor alguno, como si la conociese largo tiempo.

Rina, á pesar de su posición secundaria, le inspiraba menos confianza.

Huía sus ojos de los ojos de ella, que le contemplaban con canina

devoción. Más que la mudez admirativa de la solterona, le gustaba la

afabilidad de la viuda Douglas, una afabilidad de soberana que desea

achicarse para evitar inquietudes al que la escucha, inspirándole

confianza.

La hermosa californiana pareció interesarse por la vida del joven.

Indudablemente tendría novia. Los españoles son de una gran precocidad

sentimental. Ella recordaba todas las novelas y romanzas que tienen por

base amoríos en España, con gran prodigalidad de claveles, rejas y

guitarras. Y Florestán, ruborizándose como si confesase una falta,

declaró que tenía novia, pero se abstuvo de dar nuevos detalles.

No preguntaron las dos señoras si era joven y bonita, por parecerles

esto axiomático tratándose de un buen mozo, y dieron inmediatamente de

lado á la tal novia para seguir ocupándose del joven. Concha Ceballos se

fué enterando con creciente interés de su vida y sus aspiraciones. Éstas

no parecían ir más allá de sus estudios y sus hazañas en los deportes

atléticos.

Poco á poco Florestán pasó á hablar de su pasado. No había conocido á su

madre. Sólo guardaba de ella un retrato, tan pequeño y borroso, que no

le permitía formarse una imagen exacta de cómo fué.

La viuda Douglas le miró con nuevo interés al escuchar los recuerdos de

su infancia, falta de cariño maternal, pasada entre parientes lejanos,

con un padre que le amaba mucho, pero siempre estaba ausente,

persiguiendo la realización de sus quimeras de inventor. Todo su cariño

lo había concentrado en este padre, admirándolo por su talento y

compadeciéndole por su falta de éxito en la vida.

--¡Está tan enfermo!... Han dicho los médicos que debemos evitarle toda

emoción extraordinaria. Puede vivir muchos años y puede morir

fulminantemente en un minuto. Su vida es incierta, como la de todos los

enfermos del corazón. Es injusto afligir con preocupaciones é

inquietudes á un hombre tan bueno...

El rostro de la reina Calafia reflejó una expresión pasajera de

remordimiento. Se acordaba de su agresividad con Balboa, y procuró

cambiar el curso de la conversación.

Rina parecía haber olvidado completamente sus cóleras y protestas contra

el «mal hombre» de Madrid. Miraba fijamente á Florestán, admirando su

juventud; escuchaba su voz como una música marcial, sin saber con

certeza lo que decía. Todo el sentimentalismo inútil depositado en ella

por largos años de amor insatisfecho se agitaba y hervía en presencia de

este joven atleta. Lo admiraba generosamente, sabiendo que su admiración

nunca sería comprendida ni agradecida. Los hombres sólo tenían ojos para

la viuda porque era millonaria y elegante. Pero gozaba el deleite puro y

desinteresado del pobre que celebra las cosas de los otros sabiendo que

no las poseerá nunca. Con su imaginación más que con sus sentidos,

percibía en el joven un perfume de savia primaveral.

Cuando terminó el almuerzo y Florestán se hubo marchado, ella resumió su

admiración en una frase:

--¿Te has fijado, Conchita? Huele á hierba de montaña... huele á agua

corriente.

A partir de este almuerzo, el hijo de Ricardo Balboa creyó notar la

influencia de una energía centrífuga que tiraba de él, sacándolo de la

órbita de su vida ordinaria. Rara era la tarde que aquellas señoras no

le hacían abandonar sus estudios ó el paseo habitual con algunos

camaradas de la Escuela de Ingenieros. Le llamaban al hotel,

recibiéndolo en el salón particular que tenía alquilado la señora

Douglas. El deseo de ellas era ir examinando, ayudadas por el joven,

aquel paquete de documentos referentes á la mina. Pero el legajo seguía

sin abrir sobre una mesa del salón. Apenas llegaba Florestán, las dos

sentían una ansia violenta de aire libre, de perspectivas campestres, de

arrebatadas velocidades. El automóvil estaba abajo, guardado por el

mecánico de la señora Douglas. Florestán debía ser el guía de ellas,

enseñándoles los alrededores de Madrid.

Ocupaban Rina y el chófer americano los asientos de atrás, destinados á

los señores. La viuda agarraba el volante, y algunas veces, en pleno

camino, cambiaba de sitio con el joven, cediéndole su asiento de

conductora para enseñarle prácticamente el manejo y particularidades de

este vehículo fabricado en los Estados Unidos.

Subieron las tortuosas carreteras que escalan en zigzag las vertientes

del Guadarrama; atravesaron los puertos que durante el invierno quedan

ocultos bajo los aludes de nieve; se detuvieron en bosques de vegetación

alpestre para contemplar á sus pies ciertos valles con pueblos de

techumbres obscuras que recuerdan en el corazón de Castilla los paisajes

de Suiza; aspiraron al llegar á las cumbres el perfume de la madera

resinosa recién partida en los aserraderos. A orillas de los ríos de

nieve líquida que cortan las mesetas cubiertas de un moho vegetal,

amarillento y fino como el terciopelo, encontraron muchas veces toros

bravos de las ganaderías castellanas. Se erguían belicosos al oir el

resuello del automóvil y bajaban el testuz con ganas de acometer al

animalote metálico que ondeaba en el viento un rabo de humo y otro mucho

más largo de polvo.

Algunas noches, á primera hora, se presentaba Florestán en casa de

Mascaró, vestido de smoking, traje extraordinario para la familia del

catedrático. Venía á excusarse: no le verían hasta el día siguiente.

Estaba invitado á comer en el Ritz por aquellas dos señoras, que

deseaban agradecerle con tales convites sus servicios de acompañante.

Consuelito mostraba en el primer momento cierta contrariedad. Iba á

pasar la velada sin su novio. La casa de don Ricardo Balboa ó la suya le

parecían vacías estando aquél ausente. Luego aceptaba su pena con cierto

orgullo. Encontraba lógico que aquellas dos extranjeras obsequiasen á

Florestán, reconociendo en su persona los mismos méritos admirados por

ella.

Doña Amparo sentía su vanidad ligeramente halagada al ver á su futuro

yerno vestido con tanta «distinción» é imaginárselo en trato frecuente

con las personas importantes que comían en el Ritz. Luego, una inquietud

obscura y mal definida le hacía expresarse con tono agresivo:

--Pero esas señoras ¿cuándo se van?... Yo creía que, después de

entenderse con Balboa en lo de la mina, ya no les quedaba nada que hacer

aquí.

Un día Florestán tiró del catedrático para que le arrastrase igualmente

aquella atracción centrífuga que le mantenía á él girando en torno á las

dos americanas.

--Don Antonio, esas señoras desean conocerle. Quieren ver Toledo, pero

bien visto, con una persona que sepa todo lo antiguo, y yo les he dicho

que nadie para eso como usted. Además, la señora Douglas ansía mucho

verle desde que supo que ha estado usted en California dando

conferencias en aquella Universidad.

Y Mascaró se dejó llevar por el joven. Las amigas de Ricardo Balboa bien

podían serlo suyas igualmente.

Tuvo el catedrático la certeza de que se acordaría siempre de este viaje

á Toledo. En el camino se libraron por milagro de un accidente mortal.

Estuvieron próximos á chocar contra un carro enorme, tirado por cuatro

mulas que marchaban á su gusto, con el carretero dormido. La serenidad y

la mano pronta de la señora Douglas lograron que su automóvil se

deslizase junto á este vehículo semejante á un promontorio, rozándolo

apenas. Todo el resto del camino representó para don Antonio una

continua inquietud. Él no estaba acostumbrado á estas velocidades

inoportunas en una carretera abundante en baches, donde los carromatos,

con sus conductores aletargados, se colocaban de pronto ante el

automóvil, obligando á cerrar sus frenos violentamente.

Pero dejando aparte estos pequeños sustos, Mascaró sentíase contento.

Por primera vez en toda su existencia se veía en trato real y tangible

con una de aquellas mujeres que él llamaba «extraordinarias» y sólo

había conocido en su imaginación.

Mientras vagaban por Toledo y daba él sus explicaciones en el claustro

de la catedral, en el Zocodover ó en las pendientes callejuelas que aún

conservan latente la vida de otros siglos, se fué entregando á una de

sus aventuras imaginativas. El perfume de aquella gran señora que iba á

su lado y los rápidos encontrones con su cuerpo ágil y lleno, cada vez

que tropezaba él en las desigualdades del pavimento, parecieron dar

nueva fuerza á sus desvaríos fantásticos. Se vió haciendo un viaje

alrededor del mundo en tierna asociación con aquella dama, igual á la

reina de las amazonas. Toledo era una ciudad de la India; su catedral,

una gran pagoda abandonada, y él iba dando explicaciones históricas á su

compañera, que le había seguido hasta Asia, enloquecida de amor. Pero de

pronto notaba que la mujer «extraordinaria», sin dejar de escucharle,

volvía sus ojos con preferencia á la servidumbre que llevaban los dos

en su viaje: el ayuda de cámara y la doncella.

¡Ay!... Este ayuda de cámara, al mirarlo Mascaró con atención, iba

tomando el rostro y la figura de Florestán, novio de su hija, y bastaba

el recuerdo de Consuelito para que se viniesen abajo todas sus

fantasmagorías. Además, la reina Calafia, tan enamorada y sumisa dentro

de su imaginación, sólo hacía caso en la realidad de sus explicaciones

eruditas, y apenas terminadas éstas, iba á unirse con Florestán,

apresurando el paso para hablarle más íntimamente.

Al quedarse atrás el catedrático, tenía que conversar con Rina, la cual,

á falta de mejor compañero, empezaba á hablarle con un tono infantil,

empleando otras coqueterías impropias de su edad y que además

consideraba inútiles. Le sabía casado. Era un poco feo, de mediocre

estatura, y la solterona, en sus ensueños, veía siempre mozos arrogantes

y muy altos... Pero al fin era un hombre, y ella juzgaba preferible

marchar con él á ir sola.

Después de esta excursión quedó don Antonio muy amigo de «la pareja

yanki», como él decía, y su mujer y su hija, por una consecuencia

lógica, no tardaron en relacionarse con ambas extranjeras.

La señora Douglas invitó á comer una noche á los dos Balboa, á Mascaró y

su familia. Doña Amparo anduvo ocupada todo el día para presentarse

«dignamente» en los salones del Ritz, así como su hija.

Por primera vez iba á comer en dicho hotel, y esto representaba una gran

emoción para su vanidad. Ella sabría insinuarlo al día siguiente en sus

conversaciones con las esposas de otros profesores. Además conocería de

cerca á la tal reina Calafia, de la que se hablaba tanto en su casa y en

la de Balboa.

Se mantuvo doña Amparo durante la comida muy seria y parca en palabras.

Necesitaba ocultar sus diversas y contradictorias emociones. Le

preocupaban la oportunidad y el éxito de los arreglos que había hecho en

su vestido, un poco anticuado, comparándolo con los vestidos de las

otras señoras que estaban en las mesas inmediatas. Le impresionaba,

además, verse en aquel comedor, el más nombrado de Madrid.

Lo único que le proporcionaba cierto aplomo era la presencia de su hija.

Iba vestida con sencillez, pero su frescura juvenil le daba un atractivo

distinto á la elegancia majestuosa de la millonaria. Doña Amparo pensó

en el perfume y los colores de una flor junto al brillo deslumbrante de

una alhaja magnífica.

Se supo con certeza qué opinión definitiva debía tener de la reina

Calafia. Le inspiraba respeto esta señora, presintiendo en su existencia

los esplendores de un mundo que ella no conocería nunca. Admiró la

elegancia de su traje, su doble collar de perlas, el brillo de un

diamante azul, cuadrado y enorme, en uno de sus dedos. Era

indudablemente una mujer de otra especie que la suya, y por esto la

veneró y la aborreció: todo á la vez.

De Rina había prescindido desde el primer momento, adivinando la

humildad de su posición. Sintió extrañeza y molestia ante el misterio de

aquella cara con la piel exageradamente tersa y juvenil, mientras sus

ojos parecían viejos. La comparó con un chino vestido de mujer. Además,

«olía á pobre» y miraba á todos los hombres con una simpatía ansiosa;

hasta á su propio marido.

Toda la atención de doña Amparo era para la antigua «Embajadora». Al

mismo tiempo que la admiraba, sentía una necesidad de protestar

interiormente contra ella. Debía tener en su existencia los mismos

hábitos y libertades que la habían indignado en las otras mujeres

llamadas por ella «modernistas». Su hija, en cambio, no disimulaba la

atracción que le hacían sentir el lujo y las costumbres elegantes de

aquella extranjera.

Al final de la comida, Concha y Rina fumaron. En las otras mesas eran

muchas las señoras que fumaban; pero doña Amparo sólo quiso ver á la

reina Calafia y su acompañante.

Consuelito, que se mostraba extraordinariamente alegre, aceptó un

cigarrillo emboquillado con pétalo de rosa que le ofrecía su nueva

amiga, y lo encendió sin pedir permiso á su madre. Se sentía animada por

la risa aprobadora del catedrático, que estaba viviendo en aquel comedor

un episodio más de sus aventuras mentales. Y la austera señora guardó su

cólera para cuando volviese á casa quedando á solas con su marido.

Después de esta comida, se habló de la reina Calafia en el domicilio de

Mascaró como de una amiga antigua. Consuelito la nombraba con

frecuencia, encontrando á su gusto todo lo que había oído á la otra,

aceptando sus ideas, imitando un poco sus ademanes y hasta el modo de

llevar los vestidos.

Doña Amparo era la única que se resistía á la seductora influencia de la

extranjera.

--Yo no me quedo con su convite. Necesito devolvérselo--decía frunciendo

el ceño, como si hubiese recibido una ofensa--. Es preciso invitarla,

para que no nos crea unos pobres. Si ella tiene sus millones, yo tengo

mi dignidad.

--¡Bueno, mujer!--contestó don Antonio, bondadosamente--. La daremos un

almuerzo de platos españoles.

Comía Florestán varias noches por semana en el Ritz. Le era imposible

librarse de las invitaciones de aquella señora. Además, ella mostraba un

interés sincero por su porvenir, y esto hizo que toda la familia Mascaró

tolerase sin inquietud las ausencias del joven.

Debía pensar en su carrera. Consuelito se veía ya, gracias al apoyo de

la reina Calafia, viviendo con su marido en los Estados Unidos, tierra

de maravillas de la que hablaba su padre con entusiasmo. Doña Amparo

olvidó por un momento las contradictorias apreciaciones que le inspiraba

aquella señora, para pensar únicamente con arreglo á su buen sentido de

dueña de casa. Tal vez esta millonaria, viuda y sin hijos, proporcionase

al joven matrimonio los medios de enriquecerse.

En realidad, la californiana hablaba muchas veces con el joven de su

existencia futura, haciéndole preguntas sobre sus proyectos para después

de terminada su carrera.

Ella sólo comprendía al hombre con un ideal de positiva realización y

trabajando para conseguirlo. Le causaba asombro ir conociendo la

existencia de limitados horizontes que había llevado hasta entonces

Florestán. Después de nacer y vivir sus primeros años fuera de España,

había quedado para siempre en este país, sin pasar nunca sus fronteras.

--¿Y no ha estado usted ni siquiera en París?...

No, Florestán no había vuelto al extranjero. Aprendió el francés y el

inglés con su padre, complaciéndose en escuchar durante las veladas,

como si fuesen cuentos mágicos, las descripciones de los países donde

había vivido el inventor y que él visitaría más adelante.

--Pero no sé cuándo iré, señora. Pienso en mi padre, que puede morir

repentinamente, cuando menos lo temamos, y esto dificulta mis viajes.

La reina Calafia (novela) · 第 7 / 17 段