padre, reconociendo con cierto orgullo esta falta de hermosura como un
testimonio de fidelidad conyugal, empezó á creer que Consuelito sería lo
mismo que ella en los tiempos que conoció á su esposo, cuando su belleza
no había sufrido aún las maduras exageraciones de un estío violento.
Tenía la misma brevedad, aristocrática y española, de pies y manos. La
madre lamentaba que los corsés actuales, ó la ausencia de corsé, que
también era de moda, no permitiesen á su hija lucir el estrecho talle
heredado de ella, que había sido la gloria de su juventud.
Al inquietarse Mascaró por la melancolía de Consuelito y su repentina
indiferencia ante los problemas históricos, doña Amparo sonrió con
orgullo. Ella estaba mejor enterada de ciertas cosas que su marido el
sabio.
--Yo sé lo que tiene... Lo sé tal vez mejor que ella misma.
Como ya no hablaba de sus estudios y parecía haberlos abandonado,
cesaron sus querellas con Florestán. La joven acogía ahora en silencio
sus petulancias de estudiante, y si hablaba, era para admirar todo lo
que él dijese. Vencido el hijo de Balboa por esta mansedumbre
melancólica, empezó también á mostrarse menos locuaz. Se miraban
silenciosos al sentarse juntos, cuando los Mascaró iban de visita por la
noche á la casa del ingeniero.
Florestán inventó pretextos para frecuentar más que antes la vivienda
del catedrático. Doña Amparo, con maternal complacencia, delegaba
algunas veces sus funciones en el joven, rogándole que acompañase á
Consuelito cuando ella no podía salir á la calle.
--Tú eres como de la familia. Os queréis desde pequeños, y nadie puede
hablar si os encuentra juntos.
Al verse á solas con su hija, la esposa de Mascaró iba diciendo con la
gravedad del que cree repetir las mayores enseñanzas de la experiencia:
--Es ahora cuando sigues tu verdadera vocación. Para una mujer, lo más
importante consiste en encontrar al hombre que merezca ser su compañero
por todo el resto de su vida. Nuestra única carrera es casarse. Lo
demás son «modernismos» y cosas raras, buenas para las extranjeras.
Sintiéronse empujados los dos jóvenes por la complicidad tácita y
sonriente de sus familias. El ingeniero Balboa los miraba durante las
veladas con sus ojos dulces de enfermo, y esta contemplación parecía
disipar su tristeza. Mascaró, que era franco en sus afectos y no
gustaba, como su esposa, de precauciones y pequeñas astucias, dejó
escapar un día su pensamiento en forma de palabras.
--Vosotros acabaréis por casaros--dijo á los dos jóvenes--.
Indudablemente ya sois novios.
Y como ambos se ruborizasen, añadió bondadosamente:
--Por mí no tengáis miedo. Me parece muy bien. La juventud está para eso
en el mundo.
Fué don Antonio el que dió forma concreta y clara á sus sentimientos.
Hasta entonces se habían buscado sin darse cuenta del verdadero carácter
de esta fuerza atractiva. El catedrático se encargó de dar forma á una
declaración que cada uno adivinaba en el otro, sin creer necesario
hacerla de viva voz, por haberla aceptado en silencio de antemano.
Después de esto se consideraron en noviazgo formal, sintiéndose
aprobados y protegidos por las sonrisas y las palabras de sus mayores.
Doña Amparo, con su pragmatismo doméstico, hizo largos cálculos sobre la
vida del futuro matrimonio. Florestán aún podía ser rico si su padre no
se mezclaba en más negocios de los que habían devorado gran parte de su
fortuna. Las minas que guardaba en Méjico podían dar buenos
rendimientos sólo con que una calma de varios años cortase las
revoluciones frecuentes de aquel país. Además, el joven iba á tener una
profesión lucrativa, pues ella consideraba todas las carreras de mayor
rendimiento que la de su esposo.
La única contrariedad capaz de turbar esta aprobación amplia y bondadosa
dada por doña Amparo al futuro matrimonio, era que Florestán tendría que
marcharse tal vez á América por sus negocios, llevándose á su mujer.
¡Separarse de su hija única!... Luego se consolaba pensando que esta
ausencia no sería para siempre y otras jóvenes se habían casado en
iguales condiciones, volviendo años después, considerablemente
enriquecidas, al lado de sus madres. Además, con el optimismo del
enfermo que ve en lontananza una operación necesaria y procura no pensar
en ella, teniéndola por algo incierto que puede ir demorando, la señora
de Mascaró dudaba de este viaje.
--Tal vez no necesite ir allá. ¿Quién sabe las cosas que pueden ocurrir
antes?... Lo que importa es que se casen.
Y el noviazgo de los jóvenes fué tranquilo, plácido, sin sobresaltos
pasionales, exento de celos.
Consuelito era la que sentía á veces cierta inquietud al oir cómo
algunas amigas suyas alababan la hermosura de Florestán. Se consideraba
inferior á su novio físicamente, y temía por lo mismo que se lo
quitasen. Él seguía sus estudios, prestaba una atención de devoto á los
inventos algo quimeráticos de su padre, y las horas libres de ocupación
las dedicaba á los deportes, gozando una enérgica voluptuosidad con el
cultivo atlético de sus músculos. Su amor por Consuelito era una pasión
tranquila, mesurada, regular, semejante á la del marido que está seguro
de su mujer.
Se casarían cuando él terminase su carrera. Todo estaba previsto. Nunca
se le ocurrió que su novia pudiera sentir predilección por otro hombre.
Tampoco conoció los caprichos de la concupiscencia, ni arrebatados
deseos de infidelidad. Sobre su vida secreta de muchacho sanote y de
lentas pasiones sólo pesaba el pueril remordimiento de unos cuantos
actos de curiosidad para conocer directamente el misterio del encuentro
sexual, volviendo de ellos con tal indiferencia, que sólo muy de tarde
en tarde sentía el deseo de buscar la repetición.
Contaba veinte años é iba á terminar en el curso siguiente su carrera,
cuando vió una mañana en la sala de trabajo de su padre aquellas dos
señoras extranjeras, una de las cuales era apodada por Mascaró la «reina
Calafia». Al otro día de esta visita fué por la mañana al Palace Hotel,
para entregar á la señora Douglas el legajo de documentos referente á
las minas de Méjico.
Era poco más de mediodía, y tuvo que esperar en el _hall_. Cerca de la
una llegaron la señora Douglas y Rina. Acababan de bajar de su automóvil
ante la puerta del hotel, teniendo que abrirse paso entre los curiosos,
atraídos por la novedad de ver á una dama guiando su carruaje mecánico.
La presencia de Florestán pareció alegrar á las dos. La viuda, después
de haber confiado á su acompañante los papeles del joven, se despojó de
su gabán de automovilista, encargando á Rina que subiese ambas cosas á
sus habitaciones. No quiso separarse por unos minutos de aquel mocetón
que parecía inquieto ante ella y bajaba los ojos, balbuceando, sin
atreverse á mirarla otra vez. Temió que aprovechase su ausencia para
huir, después de haber cumplido el encargo de su padre.
--Usted se queda á almorzar con nosotras... No diga que no. Le debo este
obsequio. No es mas que una compensación insignificante por lo que se ha
molestado trayéndonos esos papeles.
Intentó resistirse Florestán con balbuceos y fugitivas sonrisas; pero al
fin, no queriendo parecer tímido, aceptó resueltamente. Avisaría por
teléfono, para que en su casa no extrañasen esta ausencia.
Durante el almuerzo, la «reina Calafia» fué dándole explicaciones sobre
su instalación en Madrid y su modo de vivir. Algunos de sus compatriotas
estaban alojados al otro lado del Paseo del Prado, en el Hotel Ritz.
Ella iba todas las noches á comer en el Ritz, pues de este modo podía
encontrar á muchos amigos suyos, de paso en Madrid, que había conocido
en diversos hoteles de Europa. Pero las habitaciones del Palace Hotel
eran de mayor amplitud y comodidad. Además, desde las ventanas de este
hotel moderno y enorme se disfrutaba la vista más interesante de Madrid.
--Del Ritz sólo se ven las masas de edificios de la ciudad en la otra
orilla del Prado. Desde aquí veo la arboleda de los jardines del Retiro:
ese pequeño museo que llaman ustedes «el Casón»; á mis pies la fuente de
Neptuno, con sus caballos marinos de mármol hundidos en el agua, y lo
que más me interesa: encuentro á todas horas, al abrir mis ventanas, el
Museo del Prado...
Reconocía que esta última vista siempre era igual y no resultaba
extraordinaria: paredes de ladrillo color de rosa y columnas blancas.
Pero el tal edificio tenía para ella el interés del muro detrás del cual
sabemos que está ocurriendo algo importante. Sentía la satisfacción del
que tiene por vecinos á personajes ilustres, aunque los vea de tarde en
tarde. Se encontraba mejor en este hotel, porque al levantarse todas las
mañanas, lo primero que veía era el palacio rosado y blanco donde
esperaban su visita antiguos y venerados amigos: Velázquez, Goya,
Ticiano, Rubens.
--Vale la pena de instalarse aquí, cerca de unas gentes tan distinguidas
y agradables.
Florestán fué perdiendo su timidez en el resto del almuerzo. Aquella
señora, de la que había oído hablar á su padre con inquietud, lo mismo
que si representase la llegada de un peligro, le parecía ahora
bonachona, familiar, comunicativa, y acabó por conversar con ella sin
temor alguno, como si la conociese largo tiempo.
Rina, á pesar de su posición secundaria, le inspiraba menos confianza.
Huía sus ojos de los ojos de ella, que le contemplaban con canina
devoción. Más que la mudez admirativa de la solterona, le gustaba la
afabilidad de la viuda Douglas, una afabilidad de soberana que desea
achicarse para evitar inquietudes al que la escucha, inspirándole
confianza.
La hermosa californiana pareció interesarse por la vida del joven.
Indudablemente tendría novia. Los españoles son de una gran precocidad
sentimental. Ella recordaba todas las novelas y romanzas que tienen por
base amoríos en España, con gran prodigalidad de claveles, rejas y
guitarras. Y Florestán, ruborizándose como si confesase una falta,
declaró que tenía novia, pero se abstuvo de dar nuevos detalles.
No preguntaron las dos señoras si era joven y bonita, por parecerles
esto axiomático tratándose de un buen mozo, y dieron inmediatamente de
lado á la tal novia para seguir ocupándose del joven. Concha Ceballos se
fué enterando con creciente interés de su vida y sus aspiraciones. Éstas
no parecían ir más allá de sus estudios y sus hazañas en los deportes
atléticos.
Poco á poco Florestán pasó á hablar de su pasado. No había conocido á su
madre. Sólo guardaba de ella un retrato, tan pequeño y borroso, que no
le permitía formarse una imagen exacta de cómo fué.
La viuda Douglas le miró con nuevo interés al escuchar los recuerdos de
su infancia, falta de cariño maternal, pasada entre parientes lejanos,
con un padre que le amaba mucho, pero siempre estaba ausente,
persiguiendo la realización de sus quimeras de inventor. Todo su cariño
lo había concentrado en este padre, admirándolo por su talento y
compadeciéndole por su falta de éxito en la vida.
--¡Está tan enfermo!... Han dicho los médicos que debemos evitarle toda
emoción extraordinaria. Puede vivir muchos años y puede morir
fulminantemente en un minuto. Su vida es incierta, como la de todos los
enfermos del corazón. Es injusto afligir con preocupaciones é
inquietudes á un hombre tan bueno...
El rostro de la reina Calafia reflejó una expresión pasajera de
remordimiento. Se acordaba de su agresividad con Balboa, y procuró
cambiar el curso de la conversación.
Rina parecía haber olvidado completamente sus cóleras y protestas contra
el «mal hombre» de Madrid. Miraba fijamente á Florestán, admirando su
juventud; escuchaba su voz como una música marcial, sin saber con
certeza lo que decía. Todo el sentimentalismo inútil depositado en ella
por largos años de amor insatisfecho se agitaba y hervía en presencia de
este joven atleta. Lo admiraba generosamente, sabiendo que su admiración
nunca sería comprendida ni agradecida. Los hombres sólo tenían ojos para
la viuda porque era millonaria y elegante. Pero gozaba el deleite puro y
desinteresado del pobre que celebra las cosas de los otros sabiendo que
no las poseerá nunca. Con su imaginación más que con sus sentidos,
percibía en el joven un perfume de savia primaveral.
Cuando terminó el almuerzo y Florestán se hubo marchado, ella resumió su
admiración en una frase:
--¿Te has fijado, Conchita? Huele á hierba de montaña... huele á agua
corriente.
A partir de este almuerzo, el hijo de Ricardo Balboa creyó notar la
influencia de una energía centrífuga que tiraba de él, sacándolo de la
órbita de su vida ordinaria. Rara era la tarde que aquellas señoras no
le hacían abandonar sus estudios ó el paseo habitual con algunos
camaradas de la Escuela de Ingenieros. Le llamaban al hotel,
recibiéndolo en el salón particular que tenía alquilado la señora
Douglas. El deseo de ellas era ir examinando, ayudadas por el joven,
aquel paquete de documentos referentes á la mina. Pero el legajo seguía
sin abrir sobre una mesa del salón. Apenas llegaba Florestán, las dos
sentían una ansia violenta de aire libre, de perspectivas campestres, de
arrebatadas velocidades. El automóvil estaba abajo, guardado por el
mecánico de la señora Douglas. Florestán debía ser el guía de ellas,
enseñándoles los alrededores de Madrid.
Ocupaban Rina y el chófer americano los asientos de atrás, destinados á
los señores. La viuda agarraba el volante, y algunas veces, en pleno
camino, cambiaba de sitio con el joven, cediéndole su asiento de
conductora para enseñarle prácticamente el manejo y particularidades de
este vehículo fabricado en los Estados Unidos.
Subieron las tortuosas carreteras que escalan en zigzag las vertientes
del Guadarrama; atravesaron los puertos que durante el invierno quedan
ocultos bajo los aludes de nieve; se detuvieron en bosques de vegetación
alpestre para contemplar á sus pies ciertos valles con pueblos de
techumbres obscuras que recuerdan en el corazón de Castilla los paisajes
de Suiza; aspiraron al llegar á las cumbres el perfume de la madera
resinosa recién partida en los aserraderos. A orillas de los ríos de
nieve líquida que cortan las mesetas cubiertas de un moho vegetal,
amarillento y fino como el terciopelo, encontraron muchas veces toros
bravos de las ganaderías castellanas. Se erguían belicosos al oir el
resuello del automóvil y bajaban el testuz con ganas de acometer al
animalote metálico que ondeaba en el viento un rabo de humo y otro mucho
más largo de polvo.
Algunas noches, á primera hora, se presentaba Florestán en casa de
Mascaró, vestido de smoking, traje extraordinario para la familia del
catedrático. Venía á excusarse: no le verían hasta el día siguiente.
Estaba invitado á comer en el Ritz por aquellas dos señoras, que
deseaban agradecerle con tales convites sus servicios de acompañante.
Consuelito mostraba en el primer momento cierta contrariedad. Iba á
pasar la velada sin su novio. La casa de don Ricardo Balboa ó la suya le
parecían vacías estando aquél ausente. Luego aceptaba su pena con cierto
orgullo. Encontraba lógico que aquellas dos extranjeras obsequiasen á
Florestán, reconociendo en su persona los mismos méritos admirados por
ella.
Doña Amparo sentía su vanidad ligeramente halagada al ver á su futuro
yerno vestido con tanta «distinción» é imaginárselo en trato frecuente
con las personas importantes que comían en el Ritz. Luego, una inquietud
obscura y mal definida le hacía expresarse con tono agresivo:
--Pero esas señoras ¿cuándo se van?... Yo creía que, después de
entenderse con Balboa en lo de la mina, ya no les quedaba nada que hacer
aquí.
Un día Florestán tiró del catedrático para que le arrastrase igualmente
aquella atracción centrífuga que le mantenía á él girando en torno á las
dos americanas.
--Don Antonio, esas señoras desean conocerle. Quieren ver Toledo, pero
bien visto, con una persona que sepa todo lo antiguo, y yo les he dicho
que nadie para eso como usted. Además, la señora Douglas ansía mucho
verle desde que supo que ha estado usted en California dando
conferencias en aquella Universidad.
Y Mascaró se dejó llevar por el joven. Las amigas de Ricardo Balboa bien
podían serlo suyas igualmente.
Tuvo el catedrático la certeza de que se acordaría siempre de este viaje
á Toledo. En el camino se libraron por milagro de un accidente mortal.
Estuvieron próximos á chocar contra un carro enorme, tirado por cuatro
mulas que marchaban á su gusto, con el carretero dormido. La serenidad y
la mano pronta de la señora Douglas lograron que su automóvil se
deslizase junto á este vehículo semejante á un promontorio, rozándolo
apenas. Todo el resto del camino representó para don Antonio una
continua inquietud. Él no estaba acostumbrado á estas velocidades
inoportunas en una carretera abundante en baches, donde los carromatos,
con sus conductores aletargados, se colocaban de pronto ante el
automóvil, obligando á cerrar sus frenos violentamente.
Pero dejando aparte estos pequeños sustos, Mascaró sentíase contento.
Por primera vez en toda su existencia se veía en trato real y tangible
con una de aquellas mujeres que él llamaba «extraordinarias» y sólo
había conocido en su imaginación.
Mientras vagaban por Toledo y daba él sus explicaciones en el claustro
de la catedral, en el Zocodover ó en las pendientes callejuelas que aún
conservan latente la vida de otros siglos, se fué entregando á una de
sus aventuras imaginativas. El perfume de aquella gran señora que iba á
su lado y los rápidos encontrones con su cuerpo ágil y lleno, cada vez
que tropezaba él en las desigualdades del pavimento, parecieron dar
nueva fuerza á sus desvaríos fantásticos. Se vió haciendo un viaje
alrededor del mundo en tierna asociación con aquella dama, igual á la
reina de las amazonas. Toledo era una ciudad de la India; su catedral,
una gran pagoda abandonada, y él iba dando explicaciones históricas á su
compañera, que le había seguido hasta Asia, enloquecida de amor. Pero de
pronto notaba que la mujer «extraordinaria», sin dejar de escucharle,
volvía sus ojos con preferencia á la servidumbre que llevaban los dos
en su viaje: el ayuda de cámara y la doncella.
¡Ay!... Este ayuda de cámara, al mirarlo Mascaró con atención, iba
tomando el rostro y la figura de Florestán, novio de su hija, y bastaba
el recuerdo de Consuelito para que se viniesen abajo todas sus
fantasmagorías. Además, la reina Calafia, tan enamorada y sumisa dentro
de su imaginación, sólo hacía caso en la realidad de sus explicaciones
eruditas, y apenas terminadas éstas, iba á unirse con Florestán,
apresurando el paso para hablarle más íntimamente.
Al quedarse atrás el catedrático, tenía que conversar con Rina, la cual,
á falta de mejor compañero, empezaba á hablarle con un tono infantil,
empleando otras coqueterías impropias de su edad y que además
consideraba inútiles. Le sabía casado. Era un poco feo, de mediocre
estatura, y la solterona, en sus ensueños, veía siempre mozos arrogantes
y muy altos... Pero al fin era un hombre, y ella juzgaba preferible
marchar con él á ir sola.
Después de esta excursión quedó don Antonio muy amigo de «la pareja
yanki», como él decía, y su mujer y su hija, por una consecuencia
lógica, no tardaron en relacionarse con ambas extranjeras.
La señora Douglas invitó á comer una noche á los dos Balboa, á Mascaró y
su familia. Doña Amparo anduvo ocupada todo el día para presentarse
«dignamente» en los salones del Ritz, así como su hija.
Por primera vez iba á comer en dicho hotel, y esto representaba una gran
emoción para su vanidad. Ella sabría insinuarlo al día siguiente en sus
conversaciones con las esposas de otros profesores. Además conocería de
cerca á la tal reina Calafia, de la que se hablaba tanto en su casa y en
la de Balboa.
Se mantuvo doña Amparo durante la comida muy seria y parca en palabras.
Necesitaba ocultar sus diversas y contradictorias emociones. Le
preocupaban la oportunidad y el éxito de los arreglos que había hecho en
su vestido, un poco anticuado, comparándolo con los vestidos de las
otras señoras que estaban en las mesas inmediatas. Le impresionaba,
además, verse en aquel comedor, el más nombrado de Madrid.
Lo único que le proporcionaba cierto aplomo era la presencia de su hija.
Iba vestida con sencillez, pero su frescura juvenil le daba un atractivo
distinto á la elegancia majestuosa de la millonaria. Doña Amparo pensó
en el perfume y los colores de una flor junto al brillo deslumbrante de
una alhaja magnífica.
Se supo con certeza qué opinión definitiva debía tener de la reina
Calafia. Le inspiraba respeto esta señora, presintiendo en su existencia
los esplendores de un mundo que ella no conocería nunca. Admiró la
elegancia de su traje, su doble collar de perlas, el brillo de un
diamante azul, cuadrado y enorme, en uno de sus dedos. Era
indudablemente una mujer de otra especie que la suya, y por esto la
veneró y la aborreció: todo á la vez.
De Rina había prescindido desde el primer momento, adivinando la
humildad de su posición. Sintió extrañeza y molestia ante el misterio de
aquella cara con la piel exageradamente tersa y juvenil, mientras sus
ojos parecían viejos. La comparó con un chino vestido de mujer. Además,
«olía á pobre» y miraba á todos los hombres con una simpatía ansiosa;
hasta á su propio marido.
Toda la atención de doña Amparo era para la antigua «Embajadora». Al
mismo tiempo que la admiraba, sentía una necesidad de protestar
interiormente contra ella. Debía tener en su existencia los mismos
hábitos y libertades que la habían indignado en las otras mujeres
llamadas por ella «modernistas». Su hija, en cambio, no disimulaba la
atracción que le hacían sentir el lujo y las costumbres elegantes de
aquella extranjera.
Al final de la comida, Concha y Rina fumaron. En las otras mesas eran
muchas las señoras que fumaban; pero doña Amparo sólo quiso ver á la
reina Calafia y su acompañante.
Consuelito, que se mostraba extraordinariamente alegre, aceptó un
cigarrillo emboquillado con pétalo de rosa que le ofrecía su nueva
amiga, y lo encendió sin pedir permiso á su madre. Se sentía animada por
la risa aprobadora del catedrático, que estaba viviendo en aquel comedor
un episodio más de sus aventuras mentales. Y la austera señora guardó su
cólera para cuando volviese á casa quedando á solas con su marido.
Después de esta comida, se habló de la reina Calafia en el domicilio de
Mascaró como de una amiga antigua. Consuelito la nombraba con
frecuencia, encontrando á su gusto todo lo que había oído á la otra,
aceptando sus ideas, imitando un poco sus ademanes y hasta el modo de
llevar los vestidos.
Doña Amparo era la única que se resistía á la seductora influencia de la
extranjera.
--Yo no me quedo con su convite. Necesito devolvérselo--decía frunciendo
el ceño, como si hubiese recibido una ofensa--. Es preciso invitarla,
para que no nos crea unos pobres. Si ella tiene sus millones, yo tengo
mi dignidad.
--¡Bueno, mujer!--contestó don Antonio, bondadosamente--. La daremos un
almuerzo de platos españoles.
Comía Florestán varias noches por semana en el Ritz. Le era imposible
librarse de las invitaciones de aquella señora. Además, ella mostraba un
interés sincero por su porvenir, y esto hizo que toda la familia Mascaró
tolerase sin inquietud las ausencias del joven.
Debía pensar en su carrera. Consuelito se veía ya, gracias al apoyo de
la reina Calafia, viviendo con su marido en los Estados Unidos, tierra
de maravillas de la que hablaba su padre con entusiasmo. Doña Amparo
olvidó por un momento las contradictorias apreciaciones que le inspiraba
aquella señora, para pensar únicamente con arreglo á su buen sentido de
dueña de casa. Tal vez esta millonaria, viuda y sin hijos, proporcionase
al joven matrimonio los medios de enriquecerse.
En realidad, la californiana hablaba muchas veces con el joven de su
existencia futura, haciéndole preguntas sobre sus proyectos para después
de terminada su carrera.
Ella sólo comprendía al hombre con un ideal de positiva realización y
trabajando para conseguirlo. Le causaba asombro ir conociendo la
existencia de limitados horizontes que había llevado hasta entonces
Florestán. Después de nacer y vivir sus primeros años fuera de España,
había quedado para siempre en este país, sin pasar nunca sus fronteras.
--¿Y no ha estado usted ni siquiera en París?...
No, Florestán no había vuelto al extranjero. Aprendió el francés y el
inglés con su padre, complaciéndose en escuchar durante las veladas,
como si fuesen cuentos mágicos, las descripciones de los países donde
había vivido el inventor y que él visitaría más adelante.
--Pero no sé cuándo iré, señora. Pienso en mi padre, que puede morir
repentinamente, cuando menos lo temamos, y esto dificulta mis viajes.