veces este país solar, cubriendo con sus velos el marítimo paisaje. Pero
un capricho del viento rasgaba el brumoso telón, dejando visibles otra
vez la verde planicie de la bahía agujereada por sus islas, el azul del
cielo, y entre ambos colores la línea gris y rojiza de la orilla
opuesta, con la blanca torre de la Universidad de Berkeley, igual á un
faro lejano.
Como la ciudad, en su desdoblamiento incesante, había escalado las
montañas inmediatas, muchas calles eran de una pendiente violenta, que
obligaba á cortar sus aceras en escalones, circulando por estas cuestas
tranvías y automóviles con la horizontalidad trastornada, lo mismo que
los vehículos funiculares. Apenas cerraba la noche, el vacío lóbrego del
cielo era poblado por los anuncios luminosos, con una muchedumbre
quimerática y parpadeante: duendes de grotescos saludos, caricaturas
gesticuladoras, vehículos rojos que rodaban sin cambiar de sitio,
dragones verdes, aves de paradisíaco plumaje. Hasta los templos ayudaban
al esplendor de este segundo día artificial que reinaba sobre las
techumbres, colgando del muro enlutado de la noche cruces gigantescas
formadas con gruesos diamantes eléctricos.
--Cuando yo estuve en «Frisco», como llaman los californianos por
abreviación á su ciudad--siguió diciendo don Antonio--, me acordé muchas
veces del coronel de los coraceros del rey, don Gaspar de Portolá,
muerto en Aranjuez en 1806. Me lo imaginaba resucitando en 1906, cien
años después, para contemplar cómo es ahora la bahía que él descubrió ó
para ver San Francisco en plena noche. Creo que, de ser posible esta
resurrección, habría vuelto á morirse inmediatamente, de sorpresa y de
asombro.
El recuerdo de la época española de California hizo emprender á Mascaró
un nuevo relato.
--Hay una California romántica... Tú has estado allá, y debes haber oído
contar la historia de Concha Argüello.
Balboa, después de quedar con los ojos en alto y la frente contraída
como si esforzase su memoria, hizo un gesto afirmativo. Recordaba
vagamente estos amores novelescos, que le había contado muchos años
antes una señora vieja de Monterrey. Pero como Florestán y Consuelito,
algo aburridos por la historia del lejano país, parecieron animarse con
el anuncio de esta novela de amor, Mascaró siguió hablando.
Él había visitado «el Presidio», la parte militar de San Francisco,
donde están acuarteladas las fuerzas de su guarnición, por ser
tradicional este emplazamiento desde la época española. Había visto cómo
en el lugar que ocupó el antiguo fuerte se conservaba la casa del
gobernador español, edificio de un solo piso, con paredes de adobes y
techo de tejas curvas, formando gran alero para defender de la lluvia y
el sol las puertas y las rejas. Era una casa igual á todas las antiguas
de Méjico y otros países hispano-americanos. La comandancia
norteamericana la había reparado para que no se derrumbase, pero
respetando sus líneas originales. Una placa de bronce junto á la puerta
recordaba que allí habían vivido los jefes españoles del antiguo
Presidio de San Francisco.
En 1806, cuando moría Portolá en España, era gobernador de este fuerte
el capitán don José Darío Argüello, y un hijo suyo, igualmente oficial,
le ayudaba á vigilar el Presidio de Monterrey, reemplazándose los dos en
el cuidado de ambas plazas. El capitán tenía una hija de quince años,
María de la Concepción Argüello, nacida en el Presidio de San Francisco
y bautizada en la cercana Misión de Dolores.
--Yo me la imagino vestida con arreglo á las modas españolas de aquella
época: falda hueca y corta, breve pie con zapatito de seda y cintas
cruzadas sobre la media blanca, la carita de un moreno pálido, dos rizos
en espiral como virutas entre las orejas pequeñas y los ojos
aterciopelados, profundamente negros, y sobre el torreón de su cabellera
abundante una gran peineta de concha. En días de fiesta, cuando bajaba á
la iglesia de los Dolores, donde la habían bautizado, colocaría sobre la
peineta el calado pabellón de una mantilla negra. Al estar sola en su
casa, sus brazos redondos, con graciosos hoyuelos en los codos, se
estiraban, desperezándose elegantemente, fuera de las abombadas mangas
de farol, y sus manos, libres de guantes ó mitones, hacían repiquetear
unas castañuelas, acompañando el rítmico movimiento de sus pies.
La hija del gobernador del Presidio de San Francisco amaba el baile;
pero su recato de doncella católica y bien criada le hacía buscar la
soledad para entregarse á este placer. Bailaba para ella misma, haciendo
sonar junto á sus oídos las castañuelas, horas y más horas, como si
éstas hablasen, contántole secretos de un mundo lejano. Muchos afirmaban
que en la exuberancia de su alegría infantil prefería bailar ante las
imágenes santas mejor que rezarles oraciones, por creer que de este modo
expresaba más sinceramente su veneración.
Un día, estando el gobernador Argüello en Monterrey, llegó á la bahía de
San Francisco una fragata rusa, que tenía por nombre _Juno_. Este buque
lo mandaba un aristócrata de San Petersburgo, un chambelán del zar
Alejandro I, llamado Nicolás Rezanov. Viajaba á lo largo de la costa de
California con pretexto de exploraciones científicas, y por esto iba á
bordo un sabio alemán llamado Lansdorff, que dejó escrito un libro sobre
dicha expedición.
La llegada de un buque ruso á la bahía solitaria de San Francisco,
visitada únicamente por los paquebotes de la marina de guerra española y
algunos barcos de cabotaje procedentes de Méjico, era un suceso
extraordinario, y el gobernador Argüello, al recibir la noticia, se
apresuró á volver al fuerte de dicha bahía, llamado de San Joaquín.
Inmediatamente se dió cuenta de que el gran señor ruso estaba preocupado
por cosas muy ajenas á una exploración política.
--Veo desde aquí á Rezanov--dijo el catedrático--. Era indudablemente el
tipo del galán romántico que existió á principios del siglo XIX, con
aire melancólico y algo «fatal», un personaje como los de Lord Byron,
Madame Stael y otros autores de la época, héroes sentimentales y
trágicos, de piernas musculosas apretadas por el pantalón de punto,
levitón con esclavina, cara pálida y el cabello alborotado, como si lo
agitase un huracán invisible. Desde la primera vez que bajó á tierra
sintió en su corazón el repiqueteo de aquellas castañuelas que
acompañaban á todas partes á la hija del gobernador.
Durante diez días, el fuerte de San Joaquín, lugar aburrido y monótono,
presenció continuas fiestas. Sonaron guitarras y cantos junto á los
cañones de bronce asomados á las troneras de piedra, para reflejar sus
negras gargantas en las aguas de la bahía. Las niñas de la colonia
intercalaban el «barrego», danza del país, con el fandango y el bolero
venidos de España. Los marinos rusos enseñaban á las californianas el
vals, baile de Europa que sólo tenía unos cuantos años de existencia y
representaba entonces una gran novedad.
El chambelán Rezanov aprovechaba todas las ocasiones para hablar á solas
con la bulliciosa Conchita, acariciándola con los ojos mientras la
muchacha continuaba su charla de pájaro inquieto. Una mañana pidió al
comandante del fuerte una entrevista secreta, y cuando el viejo soldado
esperaba oir alguna proposición política para su gobierno, el prócer le
manifestó simplemente su deseo de casarse con su hija y la conformidad
de ésta. Pero por ser él dignatario de una corte, necesitaba la licencia
de su emperador é iba á partir cuanto antes para obtenerla.
Sólo pidió que le concediesen dos años para cumplir su palabra. Volvería
en dicho plazo á California, dando la vuelta al mundo.
Este marino amoroso, que tenía diez ó quince años más que Conchita y
estaba acostumbrado á largas navegaciones y lances de guerra,
consideraba empresa ordinaria atravesar medio planeta yendo en busca de
un monosílabo de su emperador y seguir luego su viaje cruzando la otra
mitad de la tierra, hasta volver allí mismo. De San Petersburgo iría á
Madrid como enviado extraordinario de su zar, para desvanecer todo error
de comprensión entre las dos naciones, con motivo de su visita á
California. Luego de vivir algunas semanas en la corte de Carlos IV,
dirigida entonces por el favorito Godoy, se embarcaría con rumbo á
Veracruz ú otro puerto de Méjico, encaminándose desde allí á San
Francisco para unirse á su prometida.
Quedó el capitán Argüello confundido y emocionado por su futuro
parentesco con este personaje que era amigo del zar y pronto sería amigo
de su rey. Vió tal vez á su hija viviendo en la corte de España como
embajadora de Rusia, paseando por los jardines de Aranjuez en días de
gran fiesta, cuando corrían sus fuentes á imitación de las de Versalles.
Y él se vió también gobernador general de toda la California, ó
funcionario aún más poderoso en la ciudad de Méjico.
Rezanov tenía prisa, y una tarde de Mayo la _Juno_ levó anclas, poniendo
la proa al Norte, hacia la América rusa, situada frente á Siberia. La
blanca fragata saludó al fuerte de San Joaquín con siete cañonazos, y
éste devolvió el saludo enviándole nueve.
Lloraba la gentil bailarina con el pañuelo ante sus ojos, agitándolo
luego húmedo de lágrimas. El gobernador y las personas importantes del
Presidio se inclinaban quitándose los sombreros para contestar á las
aclamaciones de la tripulación rusa, cada vez más lejanas.
--Y Rezanov no volvió nunca... Concha Argüello esperó más de treinta
años, sin recibir noticias suyas. Huyeron de ella la frescura y el
regocijo de la juventud. Luego perdió completamente su belleza. Fué una
mujer avejentada por el dolor, seca y dura por las privaciones de la
austeridad, pero nunca olvidó al hombre blanco, rubio y grande que había
pasado por su vida como un personaje novelesco. Sólo había llenado con
su presencia diez días de la historia de ella, pero estos días pesaban
más y emitían mayor luz que todo lo que llevaba vivido... Tardó treinta
y seis años en saber que su novio había muerto pocos meses después de
separarse de ella. Le creyó por tanto tiempo infiel y olvidadizo,
esperando vagamente su arrepentimiento y su vuelta... Y el otro no era
mas que un cadáver, luego un esqueleto, y finalmente un montón de
huesos, que poco á poco iba disgregándose en el seno de la tierra.
El romántico personaje había desembarcado en la costa de Siberia,
emprendiendo su viaje á través de la Rusia asiática. Una caída de
caballo le hizo morir repentinamente en Ojotsk, pequeña ciudad perdida
entre las nieves, que es ahora una estación del ferrocarril
Transiberiano.
Lansdorff, el sabio alemán que iba en la _Juno_, visitó al año siguiente
su tumba, y escribió un libro sobre la expedición, contando entre otras
cosas la novelesca historia de Rezanov y Concha Argüello, hija del
gobernador del Presidio de San Francisco.
Esta historia de amor fué muy leída, y el público de Europa conoció la
verdad muchísimos años antes que la principal interesada. Todos sabían
la muerte del chambelán Rezanov cuando iba camino de San Petersburgo
para pedir á su emperador licencia de casamiento; todos menos Conchita,
la californiana de las castañuelas, que seguía esperándole.
San Francisco era entonces el último rincón de la tierra. Sólo algún
buque explorador podía llegar á sus aguas desiertas. Ningún libro de
Europa osaba emprender tan inaudito viaje.
--¡Nunca volverá!--se dijo al fin Concha.
Sus padres habían muerto. Su hermano era gobernador de San Francisco,
pero nombrado por la nueva República de Méjico.
La alegre criolla ya no bailaba. Era una mujer que había perdido la
juventud, dedicando ahora sus días á la educación de los niños pobres y
al cuidado de los enfermos.
Como en la olvidada California no existían aún conventos de mujeres,
ella vivía en libertad; unas veces con la familia de su hermano, otras
en la casa de antiguos amigos de su padre; pero su existencia era
ascética, y había ingresado en la Tercera Orden de San Francisco para
vestir su hábito negro.
Las gentes la admiraban por sus privaciones voluntarias y la abnegación
con que atendía á los desgraciados. Tal vez la antigua muchacha del
fuerte de San Joaquín, al verse á solas, se entretenía en repiquetear
los olvidados crótalos, evocando de este modo la imagen de aquellos diez
días que habían sido su verdadera existencia, y por eso la gente la
llamaba «la Santa de las Castañuelas».
Treinta y seis años después que la _Juno_ levó anclas alojándose de San
Francisco, ó sea cuando Concha Argüello tenía ya cincuenta y uno de
edad, llegó á California un personaje inglés, Sir Jorge Simpson, que
hacía un viaje por tierra alrededor del mundo.
Esto ocurrió en 1842. Los habitantes de la antigua Misión de Santa
Bárbara le dieron un banquete, pues no era suceso ordinario el paso por
aquella tierra de un viajero de tal importancia. Y como no hubo en la
población quien dejase de asistir á dicha fiesta, Simpson se fijó en una
especie de monja que había acudido contra su voluntad, llevada por la
familia en cuya casa vivía.
Algunos vecinos le contaron su historia. Era la hija del antiguo
gobernador español de San Francisco, y había esperado durante toda su
existencia á un novio ruso que se fué y no volvió.
El inglés había leído el libro de Lansdorff al publicarse en 1814, y se
maravilló viendo en la realidad á la heroína de aquella antigua historia
de amor. Pero su asombro fué en aumento al darse cuenta de que esta
mujer, después de transcurridos treinta y seis años, todavía ignoraba la
muerte de su novio, creyéndole casado con otra ó simplemente olvidado de
ella.
Fué Sir Jorge quien le contó cómo Rezanov había fallecido á las pocas
semanas de su partida de San Francisco, quedando para siempre bajo un
bloque de piedra en un cementerio siberiano.
Diez años después, al establecerse en California el primer convento de
monjas dominicas, Concha tomó el hábito, cambiando su nombre por el de
María Dominga, y murió en 1857.
--Esta es la historia de la Santa de las Castañuelas, que pasó la mayor
parte de su existencia mirando el mar solitario de California, sintiendo
en su alma el vaivén de la confianza y el desaliento, igual al ir y
venir de las olas; llorando unas veces la infidelidad y el olvido del
ausente, creyendo en otros momentos que iba á llegar, cuando los
centinelas del fuerte anunciaban una vela en el horizonte... ¡Y el
hombre esperado durante tantos años había muerto!... ¡Y ella no lo supo
hasta los últimos tiempos de su vida; una vida compuesta de diez días de
amor y treinta y seis años de espera!
V
«¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.»
Cuando la esposa de Mascaró comparaba á Consuelito con muchas señoritas
de su misma edad que ella llamaba desdeñosamente «modernistas», los
méritos de su hija le inspiraban una satisfacción sólo comparable al
escándalo y el menosprecio que le infundían las otras.
--¡Qué niñas las de ahora!--decía--. Parecen huir de sus madres, como si
las odiasen. Muchas quieren ir solas por las calles, lo mismo que
gitanas. No saben mas que bailar y bailar, como si fuesen del teatro;
llevan el pelo cortado, igual que los antiguos pajes, y fuman en público
con los muchachos que las acompañan á los tés y los _dancing_. ¡Si esto
se hubiese visto cuando yo era soltera é iba á todas partes con mamá!...
¡Cómo gobernarán su hogar esas mujeres cuando se casen, si es que con
tal educación pueden pensar en casarse!...
El catedrático sonreía con una expresión tolerante.
--La juventud es la juventud, mujer. Déjalas que bailen ahora; ya se
encargará el tiempo de hacerles ver las cosas más seriamente.
Doña Amparo acogía con un silencio hostil estas afirmaciones de su
esposo, tocado igualmente, según ella, de aquel «modernismo» execrable.
En tales momentos era cuando Mascaró la veía de pronto como iluminada
por una nueva luz cruda y acusadora de sus defectos, desvaneciéndose las
envolturas engañosas con que parecían embellecerla los recuerdos del
pasado.
Hacía memoria don Antonio de sus ojos de abertura prolongada y
triangular, unos ojos en forma de almendra, así como de la llena
esbeltez de sus miembros, en la época juvenil. Ahora sus párpados se
habían achicado, dando á los bellos ojos de otros tiempos una redondez
bovina. Como ocurre con frecuencia á las beldades de tez morena, el
vello sutil de su labio superior se había robustecido, convirtiéndose en
ligero bigote, que ella procuraba disimular bajo una pródiga aplicación
de polvos de arroz, sacando con frecuencia la borla de su bolso de mano.
Hablaba con orgullo de la estrechez de su talle y se mantenía fiel á los
corsés de su juventud, llevando la cintura muy ceñida para que se
marcasen mejor las rotundidades del pecho y de los flancos; «un cuerpo
de guitarra», como decía el marido. Otro recuerdo de su juventud era la
afición á los peinados altos, abundantes en rizos superpuestos, y á los
sombreros pesados y pródigos en flores, que parecían un coronamiento
indispensable del soberbio edificio de sus cabellos, naturales y
artificiales.
En la mirada de Mascaró al contemplarla tal como era, pasados los
cuarenta años, había una mezcla contradictoria de tolerancia, tierno
compañerismo é ironía. Recordando su noviazgo con esta belleza de la
costa de Levante, murmuraba en su interior: «¡Y pensar que la dediqué
tantos versos y quise matar por celos á un teniente que pretendía
casarse con ella!»
Cuando doña Amparo no comparaba á su Consuelito con las otras jóvenes,
parecía sentir menos entusiasmo por sus cualidades. Lamentábase muchas
veces de su ingratitud, como lo hacen las madres que se suponen
pospuestas en el cariño de sus hijas.
--Quiere á su padre más que á mí. Los dos se entienden para dejarme á un
lado.
Indudablemente, Consuelito, como la mayoría de las muchachas de su edad,
empezaba á conocer confusamente el sentimentalismo del sexo admirando á
su padre, como si adivinase á través de su persona al hombre misterioso
que le reservaba el porvenir. Aparte de esto, la señorita Mascaró
mostraba por don Antonio la tierna conmiseración que inspiran las
víctimas de la injusticia, y siempre que surgía alguna desavenencia
entre sus progenitores, por instinto, y antes de conocer los detalles
del asunto, se mostraba partidaria de su padre.
Además, esta joven, que por haber crecido entre libros mostraba cierta
afición á las lecturas que ella llamaba «serias», seguía con interés los
estudios de don Antonio, siendo la única en la casa que alababa y
respetaba sus obscuros trabajos de profesor. Con la mimosis frecuente en
los niños, deseosos de imitar lo que hacen sus mayores, Consuelito quiso
dedicarse al estudio de la Historia y la Literatura. Soñó con las
glorias del doctorado, y olvidando su juventud y su sexo, se veía á sí
misma, imaginariamente, ocupando una cátedra y escuchada con respetuoso
silencio por centenares de hombres.
Al terminar sus estudios elementales empezó á cursar el bachillerato,
ayudada y protegida por su padre contra las protestas de doña Amparo.
Ésta no podía comprender que las mujeres se dedicasen á lo que parece
privilegio de los hombres. Para ella, el estudio, lo mismo que la
profesión de soldado, de navegante y otras no menos peligrosas, era
función varonil.
--Yo no digo que la mujer sea una ignorante. Resulta agradable leer de
vez en cuando un libro entretenido y bonito, y tampoco está de más saber
escribir una carta. Pero todo eso de grandes libracos y de ciencias es
para los hombres. La mujer ha nacido para cuidar la casa y los hijos. Si
hace bien eso, no necesita hacer más.
Luego miraba con cierta conmiseración á su esposo, añadiendo:
--Ya tenemos bastante con un sabio. ¡Para lo que sirve la tal sabiduría!
Con lo que ganaba el profesor y lo que producían sus libros de texto no
hubiera sido posible satisfacer completamente los gastos de la vida
familiar, modesta, pero decorosa y sin apuros pecuniarios.
Afortunadamente, los padres de ella la habían dejado, allá en la ciudad
natal, unos terrenos como única herencia. Al principio no valían gran
cosa; luego las reformas urbanas aumentaron considerablemente su precio,
proporcionando á la familia una pequeña fortuna que había completado y
afirmado su bienestar.
Terminó Consuelito los estudios del bachillerato é iba á pasar á la
Universidad, cuando mostró una repentina indiferencia por sus futuras
glorias científicas. Doña Amparo, algo resignada ya á estas aficiones,
que establecían mayor intimidad entre el padre y la hija, alejándola á
ella como si fuese de una esencia inferior, se mostró agradablemente
sorprendida por el tal cambio, que al principio le pareció inexplicable.
Luego, gracias á su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas
que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fué adivinando los
sentimientos de la muchacha.
La familia Mascaró vivía unida á otra familia menos completa: la del
ingeniero Balboa. Éste, por hallarse falto de mujer, era como ciertos
seres complementarios que en la vida marítima se instalan sobre el
caparazón de un animal más grande y poderoso y se mueven sin ningún
esfuerzo, adheridos á su organismo, cual si formasen parte de él. Como
Florestán no tenía madre, había sido atendido en su adolescencia por
doña Amparo. El hijo de Balboa frecuentaba la casa de Mascaró con la
misma confianza que la suya. La esposa del catedrático, al visitar el
domicilio del ingeniero, hablaba familiarmente á sus dos criadas,
dándoles consejos é indicaciones, que ellas aceptaban como órdenes.
Florestán tenía dos años más que Consuelito, y esto parecía establecer
entre ellos una desigualdad enorme. Trataba á la niña como un superior,
esforzando sus explicaciones, cual si la otra no pudiese comprender nada
de lo que él decía. Este tono desdeñoso de su compañero de niñez había
influído decisivamente en los entusiasmos científicos de la hija de
Mascaró. Si quiso estudiar, fué para hacer ver á Florestán que el
estudio no es privilegio de los hombres. Y al poco tiempo se dió cuenta
de que el joven se mostraba menos desdeñoso con ella, disimulando cierta
irritación al ver cómo osaba intervenir en los diálogos de las personas
mayores, recibiendo alabanzas del ingeniero Balboa por sus razones
discretas y su erudición libresca.
Una rivalidad sorda y tenaz se fué creando entre los dos antiguos
camaradas de infancia. Se querían como antes. Florestán la hubiese
defendido lo mismo que cuando jugaban en los paseos públicos y
Consuelito imploraba su protección. Pero su afecto estaba ahora mezclado
con una agresividad celosa, y cada uno procuraba sobrepujar al otro,
gozándose en su humillación, sin dejar por ello de buscarse.
Por ser de genio más vivo y palabra más fácil, la hija de Mascaró hacía
patentes con mayor franqueza sus sentimientos. Hablaba de Florestán como
de un tirano al que era preciso derribar. Si el joven anunciaba con
orgullo su próximo ingreso en la Escuela de Ingenieros, ella le hacía
saber que al año siguiente entraría en la Universidad. Él iba á poseer
un título para agujerear la corteza terrestre en busca de metales;
figuraría como un ingeniero más entre muchísimos otros, mientras que
ella tal vez llegase á ser una profesora célebre, una mujer excepcional,
lo mismo que ciertas damas españolas de otros siglos, recordadas por su
padre al fomentar sus aficiones, que habían ocupado cátedras en las
universidades.
Influenciado Florestán por esta envidiosa emulación, no se dió cuenta de
las modificaciones que iba realizando la pubertad en su hostil amiga.
Dejó de ser una niña angulosa y algo amuchachada. Toda ella pareció
adquirir una suavidad de terciopelo, dulcificándose el brillo de sus
ojos, el timbre de su voz, la naciente redondez de sus miembros, el
contacto de su piel.