extraordinaria capacidad militar. Con otro ejército improvisado, en el
que sólo figuraban doscientos veteranos españoles, salió de Nueva
Orleáns para ayudar á los americanos, distrayendo y atacando las fuerzas
británicas. Tomó por sorpresa varios fuertes de La Florida, y luego de
transportar su artillería en lanchas por el Misisipí, sitió á Baton
Rouge, obligando á su guarnición á rendirse. En poco tiempo dominó el
territorio de los indios Chactas, cuyos caciques acataron al joven
vencedor, uniéndose á él para combatir á los ingleses.
Al año siguiente, 1780, llevó la guerra á La Florida occidental,
partiendo de La Habana, que le servía de base de operaciones, con un
ejército de soldados venidos de España. Después de grandes dificultades
en su desembarco, se apoderó de la ciudad de Mobila y tomó luego á
Panzacola, que era la capital de La Florida para los ingleses.
En esta victoria Gálvez fué herido en el vientre y en el pecho, pero su
juventud y su vigor salvaron su existencia. El gobierno de Madrid lo
hizo general de división, dándole además el título de conde por sus
victorias, y se escribieron varios poemas en honor del caudillo. Pero
hoy no hay quien se acuerde de este general de veintitrés años que
expulsó á los ingleses de La Florida durante la guerra de la
independencia de los Estados Unidos y ayudó con sus campañas al triunfo
de los americanos. En toda la inmensa República de la Unión, donde son
tantos los monumentos á la gloria de personajes muchas veces olvidados,
no existe una estatua ó un simple busto que recuerde al conde de Gálvez,
vencedor de Mobila y Panzacola.
Su padre don Matías llegaba á ser virrey de Méjico, viéndose amado por
la sencillez de su vida y la moralidad de su administración. Pero una
influencia fatal parecía pesar sobre los Gálvez de América, sostenidos
desde Madrid por el abogado, ministro de Indias. Don Matías murió en
Méjico antes de cumplirse el primer año de su virreynato, y fué nombrado
para sucederle su hijo el general. El pueblo mejicano recibió con
entusiasmo á este caudillo que era el más joven de sus virreyes y tenía
el prestigio militar de sus victorias. Además vivía sencillamente, como
un soldado, mostrándose en público sin acompañamiento, conversando en
las fiestas populares con la gente más humilde. Pero también murió al
año de ser virrey, lo mismo que su padre, de una rápida y misteriosa
enfermedad que le consumió en pocos días. Y como esto resultaba
inexplicable en un hombre joven y vigoroso, la gente dió en decir que
había muerto envenenado...
--Pero volvamos al abogado Gálvez, el jefe de esta familia de
«americanistas». Antes de llegar á ministro de las Colonias, don José de
Gálvez había sido enviado á Méjico (la llamada Nueva España) con el
título de Visitador, para que examinase de cerca el modo de poblar y
civilizar el Norte de los dominios españoles, cortando el avance ruso.
El Visitador se estableció en el puerto de San Blas, frente á la Baja
California, preparando personalmente la segunda exploración de la Alta
California y su colonización definitiva. Para que esta colonización
tuviese una base firme se necesitaba un puerto, y otra vez se volvió á
hablar de Monterrey, bahía olvidada durante siglo y medio, desde que el
viejo capitán Vizcaíno la descubrió. Quedaba en Méjico un recuerdo
legendario de Monterrey. Vizcaíno y sus hombres, impresionados por la
abundancia y variedad de animales salvajes que podían cazarse en los
bosques cercanos, habían intentado regresar á este fondeadero para
establecer en él una colonia. Pero el navegante murió antes de que
llegase de España la autorización real, retardándose con esto ciento
sesenta años la civilización del país.
Había que buscar por tierra el puerto de Monterrey. Dos paquebotes
construídos por Gálvez en la costa de Sonora, navegando hacia el Norte,
vendrían á juntarse en dicho fondeadero con la expedición terrestre.
Esta expedición iba dirigida por el capitán de caballería don Gaspar de
Portolá, gobernador militar de la Baja California. Era un valeroso
oficial catalán, que se había batido en las guerras de Italia contra los
austriacos, pasando después á Méjico. Como jefe religioso iba el padre
Junípero Serra, fraile mallorquín, superior de las Misiones
franciscanas en la Baja California. Esta expedición hizo su entrada en
San Diego (primer pueblo de la Alta California) á mediados de 1769.
--Cuando los españoles avanzaban por la costa del Pacífico para crear la
más famosa de las dos Californias--dijo Mascaró--, empezaba á ser un
poco conocido Wáshington en la costa del Atlántico y faltaban pocos años
para que empezase la guerra de la Independencia americana.
El padre Serra, que había emprendido esta aventura evangélica á pesar de
su ancianidad, quedó enfermo en San Diego de Alcalá, cerca de la actual
frontera de Méjico, y el capitán de dragones, jefe militar y civil de la
expedición, siguió adelante con su tropa, su caballada, sus repuestos de
víveres llevados por recuas de mulas y una tropa de indígenas de la Baja
California proveídos de instrumentos de zapa para abrir camino en las
tierras vírgenes.
Parte de los soldados eran españoles de la Península, pertenecientes al
batallón de Voluntarios de Cataluña, y el resto jinetes del llamado
«Presidio de las Californias», que llevaban por arma defensiva la
«cuera», casaca de varios pellejos de venado superpuestos, casi
impenetrable á las flechas de los indios, y la «adarga», fabricada con
dos pieles crudas de toro, escudo que manejaba el jinete con su brazo
izquierdo para defenderse él y su caballo de los golpes. Llevaban
también, cayendo á ambos lados de la silla, sobre sus muslos, dos cueros
rígidos, llamados «defensas», que les cubrían las piernas para no
lastimárselas cuando hacían correr sus caballos entre los matorrales.
Esgrimían diestramente sus armas, consistentes en lanza y espada de gran
anchura, llevando además una escopeta corta en el arzón. Eran hombres de
mucho aguante y sufrimiento en la fatiga, obedientes, resueltos, ágiles,
y su jefe Portolá los tenía «por los mayores jinetes del mundo y los
soldados que mejor ganaban el pan del augusto monarca al que servían».
Tuvieron que luchar con la tierra y las enfermedades más que contra los
hombres. Los indígenas intentaron cerrarles el paso, pero no osaban
combatirles resueltamente. Los padecimientos fueron grandes para abrirse
camino en esta tierra que por primera vez recibía la huella de los
hombres blancos. Además sufrieron mortales enfermedades á causa de la
mala alimentación, y las tripulaciones del par de paquebotes que seguían
la costa se vieron diezmadas por el escorbuto.
Portolá, con su tropa dividida en dos secciones, marchó y marchó durante
varios meses, pues sus jornadas sólo podían ser breves en un suelo tan
abrupto.
Al fin, el 2 de Noviembre, al detenerse los exploradores en un altozano,
vieron una especie de mar interior del que emergían varias islas y que
venía á perderse tierra adentro, formando marismas. La bahía de San
Francisco acababa de ser descubierta. Lo que los navegantes no pudieron
ver nunca por mar, lo había hallado casualmente un capitán de dragones.
La expedición tuvo que retroceder á su punto de partida, ó sea á San
Diego, sin haber encontrado el puerto de Monterrey, ni á la ida ni á la
vuelta. Al avanzar hacia el Norte, lo dejó á su izquierda, sin darse
cuenta de ello. De regreso, no creyó necesario Portolá entretenerse
buscando el fondeadero descubierto por Vizcaíno siglo y medio antes. Él
había hallado algo mejor.
--Me imagino lo que debió decir el capitán de Gerona al juntarse con el
padre Serra en San Diego: «No he encontrado Monterrey, pero en cambio
traigo un puerto como no hay otro en el mundo.» Y como Gálvez había
autorizado al padre Serra para dar el nombre de San Francisco de Asís,
patrón de su Orden, al lugar que considerase más importante entre todos
los descubiertos por la expedición, decidió el fraile que la hermosa
bahía se llamase para siempre San Francisco.
Mascaró siguió contando el resto de la vida de don Gaspar de Portolá. Su
misión había terminado, y como eran otros los que debían colonizar las
tierras exploradas por él, volvió á su comandancia de la Baja
California. El gobierno lo hizo teniente coronel por esta expedición y
gobernador de Guadalajara, en Méjico. Luego regresó á España, llegando á
coronel de un regimiento de coraceros que guarnecía Aranjuez, donde
estaba la corte. Y allí murió en 1806, dos años antes de la invasión de
España por Napoleón.
--Tal vez se acordó muy de tarde en tarde de aquella bahía enorme
contemplada desde una altura y á la que volvió la espalda para no verla
más. ¿Cómo podía adivinar que iba á fundarse allí la ciudad más grande
del Pacífico, una de las más famosas de la tierra, cincuenta años
después de su muerte, y que esto inmortalizaría su nombre?
El coronel Portolá se fué del mundo sin sospechar que sería célebre, más
célebre que muchos conquistadores de la época heroica que realizaron
hazañas inauditas, pero tuvieron la mala suerte de descubrir tierras de
América que hoy arrastran una vida decadente ó están completamente
olvidadas. Los nombres de estos héroes son cada vez más obscuros, según
se va hundiendo el país que descubrieron y colonizaron. En cambio, el
nombre de Portolá, descubridor de San Francisco, va unido al de una
metrópoli cuyo crecimiento parece ilimitado.
--Algún día--dijo Mascaró--, el núcleo vital de la civilización humana,
que fué pasando de Asia á Europa, y ahora empieza á trasladarse de
Europa á América, saltará á las grandes islas del Pacífico y al Extremo
Oriente, siguiendo su movimiento orbital. Y entonces San Francisco será
el heredero de París, de Londres, de Nueva York.
Describió el catedrático la organización del nuevo territorio. Se
fundaban en él cuatro presidios: Monterrey, San Francisco, San Diego y
Santa Bárbara.
Al notar la extrañeza de alguno de sus oyentes, se apresuró á añadir:
--Presidio, en español, significa «lugar fortificado», lugar con
guarnición. Así se entendió siempre, hasta hace un siglo. Pero al ser
enviados delincuentes á nuestros presidios de África, ó sea á las plazas
fortificadas que tenemos allá, la gente empezó á usar «presidio» como
sinónimo de cárcel ó penal.
Se fundaban tres pueblos, uno de ellos «Nuestra Señora la Reina de los
Angeles», aglomeración de chozas en torno á una humilde iglesia
franciscana, que servía de núcleo á la moderna y hermosa ciudad de Los
Angeles. Luego, los frailes, bajo la dirección ferviente de Junípero
Serra, creaban veintiuna Misiones, á una jornada de distancia entre
ellas, cordón de pequeños conventos con aldeas de indios adjuntas, que
se extendía desde San Diego de Alcalá, junto á la actual frontera de
Méjico, hasta más arriba de San Francisco.
El catedrático había contemplado la estatua colosal de este civilizador
evangélico en el parque de la Puerta de Oro, el paseo más hermoso de la
gran ciudad californiana. Las Misiones fundadas por el padre Serra
habían educado á los indios con más desinterés que las antiguas Misiones
jesuíticas del Paraguay, limitándose á su obra instructiva, sin soñar
con la constitución de un Estado teocrático.
Muchos de estos frailes eran nacidos en las orillas del Mediterráneo,
como el mallorquín que los dirigía, y pretendieron repetir sobre la
fértil tierra californiana los jardines del Levante español. El naranjo
creció por primera vez en esta parte de América, como en los huertos de
Mallorca y de Valencia.
--Los primitivos maestros de los cultivadores californianos, célebres
ahora en el mundo entero--siguió diciendo Mascaró--, fueron los frailes
venidos de España. Esta colonización es la única de toda América que no
se vió precedida por guerras y derramamientos de sangre. Los misioneros
tuvieron que luchar mucho con el espíritu receloso, burlón y astuto de
los indios de California; pero lentamente, gracias á sus lecciones de
agricultura y de medicina y á otras ventajas de la cultura aportada por
ellos, acabaron los discípulos del padre Serra por atraerse á las tribus
errantes, instalándolas en torno á sus fundaciones.
Esta Arcadia mística y agrícola duró menos de medio siglo y no tuvo
tiempo para desarrollar toda su obra civilizadora. Además, una serie de
epidemias afligieron á muchas de las Misiones, dispersando ó destruyendo
sus nacientes núcleos de población.
Cuando Méjico se declaró independiente, separándose de España, los
nuevos gobernantes legislaron desde la capital de un modo uniforme, lo
mismo para las ciudades próximas que para las Misiones remotas, sin
pensar que éstas vivían más lejos de su gobierno que Méjico vivía de
Europa. Los decretos de secularización dieron fin á los días pastorales
de las Misiones. Éstas fueron disueltas; los frailes se marcharon; los
indios se esparcieron, volviendo los más de ellos á la barbarie, y las
iglesias franciscanas fueron derrumbándose, hasta convertirse en tristes
y pintorescas ruinas.
Quedaron como únicos señores del país y representantes de la
civilización blanca los dueños de «haciendas» y «ranchos», los
caballeros de origen español, hijos ó nietos de empleados y militares, y
pasaron muchos años de paz y obscuridad sobre la tierra explorada por el
capitán Portolá.
La República de Méjico, viviendo entre incesantes revueltas, enviaba
gobernadores á California, pero las más de las veces, al llegar éstos á
su destino, después de un viaje de muchas semanas, ya no existía el
gobierno que los había nombrado. La autoridad de Méjico era puramente
nominal. Los vecinos acomodados de Monterrey y los «rancheros» de las
antiguas Misiones llevaban una existencia en realidad independiente,
gobernándose por sí mismos, con arreglo á las costumbres.
Al ocurrir en 1846 la guerra entre Méjico y los Estados Unidos, un
comodoro norteamericano echaba á tierra su gente en Monterrey, izando la
bandera de su República sin encontrar obstáculos. Los californianos que
habían vivido alejados de Méjico no se creyeron en la obligación de
oponer una desesperada resistencia.
Poco después ocurrió en esta tierra uno de los sucesos más ruidosos del
siglo XIX. Siempre habían circulado vagos rumores de que la California
era un país abundantísimo en oro. Estas noticias ya legendarias databan
de siglos. Los primeros conquistadores españoles las habían conocido,
guiándose por ellas en las soledades del llamado Nuevo Méjico y de
Arizona. Pero durante doscientos años, los que avanzaron á través de
las belicosas tribus de apaches y navajos, y los navegantes exploradores
de la costa californiana, jamás obtuvieron una pepita del precioso
metal. Dos años después de haberse apoderado de Alta California la
República de los Estados Unidos, ocurrió por obra de la casualidad, y
con la sorpresa ruidosa de un golpe teatral, el descubrimiento ansiado.
--Todo en California--continuó el catedrático--fué obra del azar. Los
pilotos españoles que exploraban la costa en demanda de un puerto
pasaron y repasaron, durante dos siglos, frente á uno de los más grandes
del mundo sin verlo nunca, y su descubrimiento fué obra de un soldado
terrestre que no lo buscaba. Hernán Cortés, y otros después de él,
perdieron su fortuna y algunos de ellos su vida buscando un oro del que
hablaban los indígenas en sus cuentos, y que nunca pudieron encontrar. Y
cuando al fin la casualidad descubrió la riqueza aurífera de dicho
suelo, éste ya no pertenecía á España.
Don Antonio hacía consideraciones sobre la fecha del descubrimiento del
oro en California. Si tal hallazgo lo hubiese realizado siglos antes
cualquiera de los exploradores marítimos, la codicia y el espíritu de
aventura habrían aglomerado la gente blanca en California,
constituyéndose una colonia fuerte y numerosa, como en Méjico, en Perú y
otros lugares de la antigua América española. En tal caso no habría
bastado el desembarco de un simple comodoro en el fondeadero de
Monterrey para adueñarse del país.
--Los Estados Unidos--añadió Mascaró--habrían tropezado con otra
República de Méjico establecida al Oeste, en lo que son hoy sus Estados
del Pacífico, como hoy tropieza con la que tiene al Sur.
Pero la ironía de la Historia guardó oculto el oro californiano en el
curso de doscientos años de tenaz rebusca, para no mostrarlo hasta
después de la fecha en que la marina de los Estados Unidos se apoderó de
Monterrey, ganosa de adquirir un puerto en el Pacífico.
Fué en 1848 cuando Sutter, un oficial suizo que había servido á los
reyes de Francia, emigrando luego á California al ocurrir la caída de
los Borbones, descubrió cierta cantidad de oro al abrir un nuevo canal
para su pequeño molino cerca del río Sacramento. Nunca se conoció una
noticia de efecto tan instantáneo y enorme. En pocos días se despoblaron
las ciudades, las aldeas, los «ranchos» de California, y hasta se
desbandó en parte el pequeño ejército de ocupación enviado por los
Estados Unidos. Todos querían ser mineros, esparciéndose por montes y
valles en busca de oro. Antes de que terminase el año habían llegado
miles y miles de hombres procedentes del Estado de Oregón, del vecino
Méjico y del lejano Chile.
Al circular las cartas de los primeros mineros por los Estados de la
República Unida existentes al otro lado de los montes Alleghanys, ó sea
á orillas del Atlántico, la fiebre del oro se apoderó de los ciudadanos
yankis. Hasta entonces este metal había sido únicamente de España. Ahora
les llegaba su vez á los Estados Unidos de la América del Norte, y el
regalo del destino era enorme, como nunca se había visto en la Historia.
Todos los hombres enérgicos y atrevidos de la tierra se lanzaron hacia
este nuevo Eldorado, más positivo y seguro que el de las leyendas de la
conquista española. Hubo semana que desembarcaron diez mil inmigrantes
en las playas de California. La bahía descubierta por el capitán Portolá
vió llegar buques con toda clase de banderas que derramaban en sus
orillas aventureros de diversos colores, hablando todos los idiomas.
Las dificultades geográficas para llegar á este país, que parecían
insuperables hasta poco antes, fueron vencidas por el alud humano.
California pertenecía á los Estados Unidos, pero esta República tenía
concentrada su vida á orillas del Atlántico, y sus habitantes, para
llegar á la ribera del Pacífico, necesitaban atravesar toda la anchura
de la América del Norte, casi inexplorada, con tribus belicosas que
oponían una resistencia sangrienta al avance del hombre blanco.
--Hace setenta años nada más--dijo Mascaró--, donde hoy existen ciudades
que asombran por sus gigantescos edificios, el indio errante clavaba su
tienda de cuero y se erguía orgulloso mirando las cabelleras de enemigos
que adornaban su cintura.
Largos convoyes de carretas que hacían oficio de casas emprendieron la
marcha por el centro de la gran República, siguiendo las riberas de los
ríos: oasis lineales á través de la inmensidad árida ó silvestre. Los
avances de la gente atraída por California sirvieron para acelerar la
colonización y civilización del centro del país. Pero la mayoría de los
aventureros, como tenía prisa en conquistar la riqueza, tomaba el camino
más corto, que era geográficamente el más largo, embarcándose en
cualquier puerto del Atlántico para dar la vuelta á América por el cabo
de Hornos y remontar el Pacífico hasta California.
El comercio, seducido por las ganancias fabulosas del país del oro,
también adoptó esta ruta, tenida al poco tiempo por ordinaria, y que
representaba, sumando las dos navegaciones á lo largo de ambas costas de
América, un viaje casi igual á la circunnavegación del globo terráqueo.
Entonces empezó la famosa era de los _clippers_ americanos, el esfuerzo
más audaz realizado por los hombres desde el día que se lanzaron sobre
las olas montados en maderos y dando al viento un pedazo de tela. Como
todo armador ó capitán quería dar la vuelta á América llegando á
California en menos tiempo que sus rivales, se estableció entre ellos
una lucha de construcción naval, creándose el _clipper_, buque que
extremó temerariamente las dimensiones de su velamen y la estrechez de
su casco, con menosprecio de las leyes de estabilidad. Estos buques
realizaron rápidas travesías que poco antes hubiesen parecido
inverosímiles.
Sus capitanes tuvieron por aliados al vendaval y la tempestad. Las velas
se rasgaban ó eran arrebatadas por el viento, antes de pasar por la
vergüenza de amainarlas. Algunos, al acostarse, ponían candado á
ciertas partes del cordaje de su _clipper_, para que nadie pudiese
disminuir el velamen mientras ellos dormían. El diablo, excelente amigo,
cuidaría del rumbo durante su sueño; y si se iban al fondo, que fuese
con toda la lona desplegada, para llegar más pronto á las entrañas del
mar. Cada capitán quería ver San Francisco varios días antes que los
otros _clippers_ que seguían el mismo rumbo.
Valparaíso, puerto de descanso para los buques que habían doblado el
cabo de Hornos luchando con el terrible Oeste, vió la llegada de muchos
de estos _clippers_ con la arboladura hecha astillas, rasos como
pontones y sin otro gobierno que un velacho de ocasión. Los barcos
envejecidos, los aventureros de madera y cobre que habían navegado por
todos los Océanos, emprendían su última travesía con rumbo á California,
lo mismo que los aventureros de carne y hueso. Resultaba magnífico
negocio llevar hasta la tierra del oro estos cascarones destinados á
pudrirse en un puerto. Las mercancías de su cargamento eran vendidas
antes de salir de las calas. Sus tripulantes, reclutados para un solo
viaje sin obligación de retorno, se echaban á tierra inmediatamente para
dedicarse á la busca de oro. El veterano del mar era puesto en seco, y
se disputaban su compra los nuevos ricos del país para convertirlo en
hotel, en almacenes ó en oficinas. Había que hacer rápidamente las cosas
en este país maravilloso. Cada día de ocio representaba montones
perdidos del precioso metal. Nadie quería ser albañil ni ocuparse en
construcciones. Los millonarios vivían en chozas de adobes ó en simples
tiendas. Comprar un barco viejo era adquirir instantáneamente un palacio
maravilloso.
Los _clippers_ veloces y los pesados buques de carga completaban sus
tripulaciones en Valparaíso. El chileno, andariego y aficionado por
tradición á la minería, fué el americano del Sur que más pronto sintió
la atracción de California, embarcándose como marinero para hacer el
viaje gratuitamente. Una vez allá, se esparció por la tierra del oro,
con la ilusión de dar un golpe de piqueta de los que convierten, en el
espacio de un minuto, á un aventurero hambriento en multimillonario.
Mascaró describía la maravillosa transformación de San Francisco,
metrópoli californiana. Cuando el molinero del Sacramento encontró el
primer puñado de oro, la bahía descubierta por Portolá sólo tenía junto
á su boca la aldea de Sausalito, el ruinoso y abandonado fuerte de la
época española sobre la colina llamada del Presidio, y á un lado la
antigua Misión de Dolores, grupo de chozas en torno á una pequeña
iglesia. Esto era todo.
En pocos años surgió la ciudad de San Francisco. Primero fué de madera,
como todo pueblo improvisado; luego de albañilería, extendiendo sus
límites hasta absorber lo que antes eran aldeas alejadas unas de otras,
y actualmente figuraba como la primera ciudad del Pacífico.
Sus rascacielos, rivales de los de Nueva York, hundían su cúspide en las
nubes; su puerto alineaba muelles y almacenes en una extensión de
varios kilómetros. En la ribera opuesta de la bahía existían importantes
ciudades, como Oakland, Berkeley y otras. Eran á modo de prolongaciones
de la vida de San Francisco. Hacían recordar las raíces de ciertos
árboles gigantescos que perforan el lecho de los ríos y pasan á la
ribera opuesta para resurgir y crecer como árboles filiales, saludando
desde lejos con el movimiento de sus ramas al árbol progenitor.
La tierra y el fuego querían destruir esta obra prodigiosa y rápida de
los hombres. La ciudad se había incendiado repetidas veces. El suelo
temblaba periódicamente, con intervalos de pocos años. Los terremotos de
San Francisco eran famosos por su frecuencia; pero á continuación de
estos cataclismos, la ciudad resurgía sobre cimientos más sólidos, más
extensa, más alta, yendo desde la Puerta de Oro hasta el término de la
bahía, haciendo pasar sus tentáculos urbanos bajo el lecho del mar
interior, para asomar sus extremidades en la orilla de enfrente.