Triste la reina Calafia por este error de sus bestias, que no sabían

distinguir á los aliados de los enemigos, atacando á todos los hombres

en general, aconsejó á los soldanes la retirada de sus gentes, mandando

luego á las californianas que realizasen ellas solas el asalto, pues los

grifos las respetarían. Se apearon entonces las amazonas de sus fieras

animalías para avanzar contra los muros. Llegaban sobre sus pechos unas

medias calaveras de pescado que las cubrían una parte del cuerpo, y

eran tan duras que ningún arma las podía pasar. Las piernas, el tronco y

los brazos los tenían forrados de oro.

Con mucha ligereza subieron las amazonas por sus escalas, y en lo alto

de la muralla empezaron á pelear reciamente con los de las bóvedas. Pero

éstos, aprovechando la estrechez de su refugio, se defendían con

braveza, y los que andaban abajo por la ciudad tiraban á las mujeres con

saetas y dardos, y como las tomaban por los lados y las armaduras de oro

eran flacas, herían á muchas de ellas. Mientras tanto, los grifos

revolaban inactivos sobre las californianas, con la atracción de su

presencia, pero sin ver cerca hombres á quienes hacer presa.

Calafia creyó oportuno que los turcos acudiesen en apoyo de sus

guerreras, y dijo á los dos soldanes: «Haced subir vuestras compañías

sin miedo alguno, que mis mujeres serán defensa contra las aves mías,

pues no las osan nunca acometer.»

Pero cuando los grifos vieron las huestes de hombres que escalaban la

muralla para unirse á las californianas, se trabaron con ellos tan

rabiosamente como si en todo el día no hubiesen comido. En vano las

belicosas hembras les amenazaban con sus alfanjes de oro. A pesar de sus

amenazas y sus gritos sacaban de entre ellas á los hombres, y

subiéndolos á enorme altura los dejaban caer para que muriesen.

Fué tan grande el espanto de los paganos, que bajaron de la muralla más

apresuradamente que habían subido, refugiándose en sus reales. Calafia,

que vió cómo este desastre ya no era de posible remedio, hizo acudir á

los que tenían el cargo y la guardia de los grifos, para que los

llamasen y encerrasen en su fusta. Subidos los guardianes sobre la jaula

de la nave, los llamaron á grandes voces en su lenguaje, y lo mismo que

humanas personas fueron acudiendo los grifos para meterse humildemente

bajo los barrotes.

El novelista Montalvo, conocedor fidedigno de todos los sucesos de este

asedio, por las revelaciones que le hizo la gran sabidora Urganda la

Desconocida y también el eminente Maestro Elisabat, seguía describiendo

en su libro los combates ocurridos diariamente ante los muros de

Constantinopla, después del fracaso de los grifos. El emperador, con sus

«diez mil de á caballo», acudía á los lugares donde atacaban más

reciamente los sitiadores, y de éstos los más temibles eran Calafia y

sus mujeres.

Avanzaba la reina, incansable y de enormes fuerzas, blandiendo una lanza

muy dura pero que acababa por romper, tantos eran los enemigos que iba

matando. Entonces echaba mano á su alfanje, que era á modo de un

cuchillo, con el hierro de más de un palmo de ancho, y degollaba

caballeros á centenares ó los dejaba mal heridos, metiéndose tan

denodadamente entre las masas de adversarios, que nadie podía creer que

fuese una hembra. Todos los paladines enemigos la buscaban, considerando

su vencimiento como la mayor gloria que podían obtener.

A veces eran tantos los que la atacaban y tales los golpes recibidos por

ella, que se veía en mortales aprietos; pero una hermana suya, llamada

Liota, acudía en su auxilio como una leona rabiosa, sacándola de entre

los caballeros que la abrumaban con sus cuchilladas.

Cansados los monarcas paganos de este asedio inútil, acudieron á un

procedimiento usual en las guerras de la Edad Media y frecuentemente

mencionado en las novelas caballerescas. Como el soldán de Liquia y la

reina Calafia tuvieran noticias de que estaban en la ciudad Amadís de

Gaula y su hijo Esplandián, decidieron enviarles un cartel de desafío

para batirse con ambos en singular batalla, quedando los vencidos en

sujeción y obediencia á los vencedores.

Este cartel de reto lo llevó á la ciudad una californiana, obscura y

hermosa, con ricos atavíos y montada en una bestia fiera. Aceptaron los

dos paladines el reto, y al volver la doncella al campamento de las

amazonas se hizo lenguas de la belleza del Caballero Serpentino, al que

había visto de pie junto al trono de su noble padre Amadís.

--Dígote ¡oh reina!--afirmó la doncella--que nunca los pasados ni los

presentes, ni aun creo los por venir, vieron un mancebo tan hermoso y

apuesto. Si fuese de nuestra ley, habría motivo para creer que nuestros

dioses lo hicieron con sus manos.

Quedó tan impresionada la reina Calafia por estos informes, que decidió

ir en persona á la ciudad para conocer de cerca á los dos paladines con

los que iban á reñir ella y el soldán Radiaro pocos días después. Pasó

toda la noche metida en su nave, pensando si iría con armas ó sin armas

á esta visita, y al fin determinó que en hábito de mujer, por ser más

honesto.

Y cuando el alba vino se levantó y le dieron unos paños para vestirse,

todos de oro, con muchas piedras preciosas. Su cabeza la tocó con un

gran volumen de muchas vueltas, á manera de turbante, todo él igualmente

de oro, sembrado de piedras de gran valor. Trajéronle luego una animalía

en que cabalgase, la más extraña que nunca se conoció.

El catedrático esforzaba su memoria para hacerla ver á sus oyentes con

arreglo á la descripción del novelista castellano.

Tenía las orejas tamañas como dos adargas, la frente ancha y un ojo

solamente, pero que brillaba como un espejo. Las ventanas de sus narices

eran muy grandes y el rostro corto y tan romo que no le quedaba ningún

hocico. Salían de su boca dos colmillos hacia arriba, cada uno de más de

dos palmos. Su color era amarilla y tenía sembrados por su cuerpo muchos

redondeles morados, á la manera de las onzas. Era de mayor tamaño que un

dromedario, sus patas estaban hendidas como las de un buey, corría tan

fieramente como el viento, andaba con ligereza por los riscos, y se

tenía sobre ellos como las cabras montesas. Su comer consistía en

dátiles, higos y pasas, siendo muy hermosa de ancas así como de costados

y pecho.

Sobre esta animalía se puso la hermosa reina y dos mil mujeres de las

suyas le dieron escolta, vestidas de ricos paños y cabalgando en bestias

no menos extrañas. En derredor de Calafia marchaban á pie veinte

doncellas, asimismo vestidas con riqueza, sosteniéndole las haldas, que

arrastraban por el suelo más de cuatro brazas.

Con este atavío llegó adonde la esperaban los monarcas defensores de la

ciudad, y al ver á Esplandián junto á los tronos de su padre el rey

Amadís y su abuelo el rey Lisuarte, se dijo:

«¡Mis dioses! ¿qué es esto? Ahora digo que he visto lo que nunca se verá

semejante.»

Y al mirar el Caballero Serpentino con sus graciosos ojos el hermoso

rostro de la reina, ella sintió que estos rayos salidos de la

resplandeciente belleza del mancebo la atravesaban el corazón.

Nunca había sido vencida por la fuerza de las armas, pero en presencia

del hermoso paladín se sintió tan ablandada y quebrantada como si

anduviese entre mazos de hierro. Ella no podía batirse con él. Le

faltarían fuerzas para levantar la espada sobre su bello rostro. Se

declaraba vencida de antemano. Sería el valiente Radiaro, soldán de

Liquia, el que pelease con el Caballero de la Gran Serpiente. La reina

de California se reservaba medir sus armas con el noble Amadís.

El famoso encuentro de los cuatro héroes se realizó al día siguiente.

Amadís y Calafia se arrojaron con tal ímpetu el uno contra el otro, que

inmediatamente quebraron sus lanzas. Entonces, el héroe, con un pedazo

del arma rota, se limitó á defenderse, golpeando la cabeza de la

amazona.

--¿En tan poco tienes mi esfuerzo que pretendes vencerme á

palos?--protestó Calafia.

--Reina--contestó el paladín--, yo vivo para servir y ayudar á las

mujeres, y si pusiera mis armas en ti, que eres mujer, merecería que se

olvidasen todas mis hazañas pasadas.

Tal consideración sólo sirvió para irritar más á la amazona, que deseaba

ser tratada como un hombre, y empuñando su ancho alfanje con ambas manos

menudeó los golpes mortales contra Amadís. Pero éste con su palo la hizo

caer al suelo finalmente, obligándola á declararse vencida. Al mismo

tiempo Esplandián había rendido al valeroso monarca pagano, haciéndolo

su prisionero.

Después de esta doble derrota quedó terminada la guerra y levantado el

sitio de la ciudad. Calafia se mostraba contenta de su vencimiento

porque esto le permitía vivir cerca del Caballero Serpentino, viéndolo á

todas horas. Como decía Montalvo, estaba presa de dos maneras, de cuerpo

y de corazón, pues la tenía cautiva la gran hermosura del joven

Esplandián.

Siendo ella tan gran señora de tierras y gentes, con una abundancia de

oro y piedras preciosas en su ínsula como no podía encontrarse en el

resto del mundo, no era extraordinario que pensase en hacer su esposo al

hijo de Amadís. Hasta quería convertirse al cristianismo, para mayor

facilidad de esta unión. Pero Esplandián vivía enamorado desde muchos

años antes de la gentil Leonorina, hija del emperador de Constantinopla;

y éste y su esposa, después del triunfo sobre los paganos, renunciaron

á su trono, retirándose á un monasterio.

El Caballero de la Gran Serpiente y Leonorina se casaron, pasando á ser

emperadores, y la reina Calafia, terror de los hombres en las batallas,

lloró de pena como una pobre mujer.

No quiso regresar á sus estados de California, y para vivir cerca del

emperador Esplandián prefirió casarse con un primo de éste, obscuro

caballero comparado con el hermoso héroe.

--Esta novela--continuó el catedrático--, aunque se publicó por primera

vez en 1510, la escribía el regidor de Medina del Campo allá por 1492,

cuando los Reyes Católicos tomaron á Granada, y Colón, ayudado por los

Pinzones, empezaba á preparar su primer viaje á las Indias. Resulta de

esto que la California fué inventada sobre el papel por un novelista de

Castilla un poco antes de que las naves españolas descubriesen las

primeras islas de la actual América.

Durante siglo y medio, los llamados «libros de caballerías» fueron la

lectura favorita de los pueblos cristianos. En España, los hombres de

armas y los hombres de letras buscaban por igual dichas novelas. Con sus

aventuras inverosímiles entretenían y halagaban el entusiasmo de un

pueblo de soldados y navegantes, que veía abrirse á sus heroicas

iniciativas un mundo recién descubierto y se mostraba ávido de repetir

en la realidad todo lo que parecía irrealizable.

--El libro de Cervantes--continuó el catedrático--, que fué un golpe

mortal para la novela caballeresca, no se publicó hasta cien años

después de haber aparecido _Las sergas de Esplandián_. Los

conquistadores españoles fueron grandes aficionados á las novelas

caballerescas. Tan frecuente era su lectura en las llamadas Indias

Occidentales, que el emperador Carlos V prohibió por real cédula la

importación de tales libros en sus Estados del otro lado del Océano,

declarándolos obras perniciosas.

Los españoles recién instalados en el Nuevo Mundo pretendían repetir en

estas tierras de misterio las mismas hazañas de los protagonistas de las

novelas caballerescas. Esperaban encontrar todos los días ciudades

encantadas, tesoros enormes. El último reyezuelo indio les parecía un

gran emperador.

Cuando Hernán Cortés conquistó la meseta central de Méjico y pudo llegar

á las riberas del Pacífico, se sintió atraído por el secreto de este mar

descubierto años antes por Núñez de Balboa en la costa de Panamá.

Muchas de las riquezas adquiridas en su conquista las fué perdiendo en

navegaciones por el Pacífico. Improvisó arsenales en la costa del

misterioso océano, llamado entonces «mar del Sur». Hizo venir de España

materiales de construcción naval, que, desembarcados en Veracruz,

salvaron enormes montañas y planicies hasta llegar á la otra ribera de

Méjico. Con ellos y la madera del país hizo las primeras naves

importantes que se crearon en América, dedicándolas á la exploración de

las costas desconocidas.

Los navegantes enviados por Cortés hacia el Norte creyeron descubrir una

gran isla. Era la península llamada ahora Baja California. El piloto

Fortún Jiménez, primer descubridor de la «isla», murió trágicamente,

como la mayor parte de su tripulación, asesinados todos por los indios.

Fueron precisos nuevos viajes por el mar cerrado que se llamó luego

«golfo de las Perlas», «seno Californio» y «mar de Cortés», para que los

navegantes se convenciesen de que éste no era un mar libre, y que la tal

«isla», bautizada al principio con el nombre de Santa Cruz, resultaba en

realidad una península. El mismo Hernán Cortés se embarcó con cien

soldados en la costa occidental de Méjico para explorar la «isla»

misteriosa, y él fué quien cambió su nombre.

La novela de Montalvo, publicada á continuación de _Amadís de Gaula_,

había obtenido enorme éxito. El volumen de _Las sergas de Esplandián_

andaba en manos de los descubridores españoles de mar y tierra. Hernán

Cortés, antiguo estudiante de la Universidad de Salamanca, era gran

aficionado á leer novelas, y si se terciaba la ocasión sabía escribir

versos. Vió un mar abundante en perlas, vió costas que eran pródigas en

oro, según revelaciones de los indígenas, é igualmente debió descubrir

desde su nave algunas indias de alta estatura, con arcos y lanzas, lo

mismo que las amazonas. No necesitó más para acordarse de la reina

Calafia, dando el nombre del rico país gobernado por la enamorada de

Esplandián á la «isla» de Santa Cruz, que había dejado de ser isla.

De este modo se llamó California la península mejicana que es ahora la

Baja California, pasando su nombre por extensión á la tierra inmediata,

ó Alta California, que pertenece á los Estados Unidos.

--Así fué--continuó el catedrático--como algún tiempo antes de ser

descubierta América inventó el nombre de California un novelista de la

meseta central de España, que fué soldado en muchas guerras, pero tal

vez murió sin haber visto nunca el mar.

IV

En el que se prosigue la historia de California y se cuenta la vida de

la Santa de las Castañuelas

Mascaró siguió hablando.

--Los españoles tardaron dos siglos en colonizar la Alta California,

después de haberla descubierto geográficamente. Buscaban oro y piedras

preciosas, ni más ni menos que todos los exploradores de entonces, fuese

cual fuese su nacionalidad. Navegando en barcos pequeños y conociendo

mal las costas y los vientos, lo que hacía interminables los viajes, es

absurdo exigirles que fuesen en busca de vulgares artículos de comercio.

Éstos empezaron á transportarse de un hemisferio á otro con los modernos

adelantos de la navegación, cuando los buques fueron enormes. Si los

descubridores arriesgaban su vida, era con la esperanza de enriquecerse

en poco tiempo, cargando sus pequeñas naves de objetos valiosos y

escasos en volumen, como son los metales.

Los navegantes franceses é ingleses de entonces, ya que no podían buscar

oro en unas tierras que pertenecían á los españoles por haberlas

descubierto, se dedicaron simplemente al saqueo de las nacientes

colonias de América que pillaban descuidadas, ó á robar los cargamentos

de las naves que volvían á Europa.

--Poseer oro fué el único deseo de las gentes de entonces (si es que no

lo es también de las gentes de ahora), y resulta absurdo querer juzgar

sus actos con arreglo á los sentimientos y conveniencias de nuestra

época. Si los españoles fueron odiados en aquellos tiempos, lo debieron

únicamente á ser los poseedores de las tierras auríferas, envidiadas por

los otros.

El catedrático habló de las expediciones salidas de Méjico por tierra en

busca de las fabulosas Siete Ciudades de Cibola y del reino mítico de

Quivira. El conquistador Coronado creía encontrar estas ciudades de oro

en donde están hoy los Estados de Nuevo Méjico y Arizona, apartándose de

California.

Un piloto valeroso, Juan Rodríguez Cabrillo, por orden del virrey de

Méjico, se lanzó á navegar siguiendo la costa del Pacífico hacia el

Norte. Él fué quien descubrió el litoral de la Alta California y el

primer hombre blanco que pisó su suelo. En esta penosa navegación ancló

muy cerca del _Golden Gate_, la llamada «Puerta de Oro», que da entrada

á la bahía de San Francisco. Pero no la descubrió ni tuvo el menor

indicio de tan seguro refugio.

Murió Cabrillo en plena exploración y fué enterrado por los suyos en la

costa de California. Su segundo, llamado Ferrelo, siguió navegando

hacia el Norte, pero la falta de víveres le hizo volver á Méjico en

1543. Se había explorado con esto toda la costa de la actual California,

pero sin encontrar la bahía de San Francisco.

--Treinta y seis años después--continuó Mascaró--, el famoso pirata

Drake, luego de haber penetrado en el Pacífico por el estrecho de

Magallanes para saquear varias de las colonias españolas nacientes, se

remontó hacia el Norte y fué el segundo en visitar la costa

californiana. Para la carena de su barco se detuvo en un fondeadero á

unas cuantas millas de la bahía de San Francisco; pero «tampoco la vió»,

emprendiendo luego el regreso á su patria, dando la vuelta al mundo. No

fué extraordinario que los españoles dejasen olvidada esta costa luego

de haberla descubierto. Su imperio colonial era tan extenso, que ahora

parece acción maravillosa cómo pudieron gobernarlo, aunque fuese

defectuosamente, y poblarlo de gente blanca desde tan lejos, teniendo

que luchar con los enormes obstáculos de la distancia y las deficiencias

de la navegación en aquellos tiempos.

Al fin el gobierno de España se vió obligado á acordarse de la olvidada

California y la buscó de nuevo, no con el fin de encontrar oro, sino

para establecer un punto de comunicación con los archipiélagos

asiáticos.

Magallanes había descubierto las islas Filipinas, y como el principal

motivo de los viajes de Colón fué establecer un comercio con las Indias

Orientales, productoras de la especiería, España convirtió al

archipiélago filipino en depósito de productos asiáticos, yendo á

buscarlos por Occidente en flotas que salían del puerto mejicano de

Acapulco con rumbo á Manila y hacían el mismo viaje de regreso.

En este viaje de vuelta, las expediciones navegaban siempre por el

hemisferio Norte y los vientos las traían frente á la costa de

California, siguiendo después su ruta hacia el Sur. Necesitaba la marina

española un puerto en dicha costa para su refugio y para hacer en él las

reparaciones inevitables después de la enorme travesía del Pacífico.

Pero los exploradores enviados por el virrey de Méjico buscaron este

puerto sin hallarlo.

--Fué una ironía del destino--continuó don Antonio--que todas las

exploraciones del litoral de California fuesen para encontrar un puerto

seguro, y existiendo la bahía de San Francisco, que es uno de los más

grandes del mundo, ningún navegante dió con él durante dos siglos,

siendo tantos y tantos los que pasaron y volvieron á pasar ante su

boca... Y cuando al fin fué encontrada la bahía de San Francisco, este

descubrimiento se hizo por tierra y lo realizó un capitán de caballería.

El piloto Vizcaíno, comisionado por el conde de Monterrey, iba en busca

del puerto de refugio en California, después de otros viajes de sus

colegas Gali y Cermeño. Él dió sus nombres españoles actuales de santos

y santas á muchos cabos, islas y ríos del litoral, y al fin creyó

encontrar el puerto deseado en un fondeadero abierto que llamó

Monterrey, en honor del gobernante que había organizado su expedición.

Navegando luego hacia el Norte, llegó á pocas millas de la bahía de San

Francisco, y «tampoco la descubrió»... Unas veces las neblinas, y otras

la maligna casualidad, hicieron que los buques no viesen nunca su

entrada, por quedar ésta debajo de la línea del horizonte. Cuando Drake

carenó su buque á treinta millas de la Puerta de Oro, le hubiera bastado

á uno de sus marineros subir á una cumbre cualquiera de la costa para

descubrir esta bahía enorme. Pero una influencia misteriosa parecía

burlarse de los hombres de mar, reservando el importante descubrimiento

á un soldado de tierra, que lo hizo sin desearlo.

Durante ciento sesenta años, España, que tenía tan vastos y ricos

territorios que gobernar, no se preocupó de la abandonada y silenciosa

California. Las naos que volvían de Filipinas se limitaban á tocar en

las inmediaciones del cabo Mendocino, punta avanzada del litoral

californiano, continuando desde allí su viaje hacia Acapulco, último

término de su navegación.

Pero Inglaterra había fundado sus colonias en la costa americana del

Atlántico, Francia ocupaba el Misisipí, y por el lado del Pacífico iba

descendiendo desde el Norte la exploración rusa. Bering, pasando el

estrecho que lleva su nombre, se había establecido en Alaska, haciendo

nacer una América rusa. El Imperio de los zares deseaba su parte en el

Nuevo Mundo, y descontento de las tierras que poseía en él, dormidas la

mayor parte del año bajo las nieves, iba avanzando poco á poco, atraído

por los esplendores de la América tropical, proponiéndose no parar hasta

la frontera de Méjico.

España comprendió que para tener segura la Alta California, que sólo era

española geográficamente, debía ocuparla y colonizarla.

--Fué esto en tiempos de Carlos III--siguió diciendo Mascaró--, cuando

un grupo de españoles ilustrados hacía renacer las energías y la cultura

del país, modernizando sus leyes y costumbres. Entonces aparecieron los

Gálvez, grandes americanistas de peluca blanca. El principal de esta

familia, el que fundó su prosperidad y sirvió de apoyo á los otros, fué

don José de Gálvez, un abogado de Vélez Málaga, hijo de labradores. Se

iniciaba entonces el movimiento civil que acabó produciendo la

Revolución francesa. Los enciclopedistas influían desde París en el

pensamiento de todo el continente. Eran los letrados los que empezaban á

gobernar los pueblos, sustituyendo á los hombres de espada y á la

antigua nobleza. Ser abogado conducía fácilmente al Consejo de los

reyes. Don José de Gálvez hizo esta misma carrera, y de simple abogado

en Madrid, acabó por ser consejero del rey de España en los asuntos de

América y ministro de sus colonias.

A su hermano don Matías, hombre sencillo, desinteresado y probo, como

pocas veces se había visto en la administración colonial, lo hizo

gobernador de Guatemala, y al hijo de éste, llamado don Bernardo de

Gálvez, militar de pocos años, que había obtenido por su valor en las

guerras de Europa el grado de general de brigada, le procuró el gobierno

de la Luisiana, que España había recobrado poco antes por un acuerdo con

Francia.

--Este don Bernardo de Gálvez, caudillo que por su juventud y sus

victorias recuerda á los generales de la Revolución francesa, es un

héroe injustamente olvidado por los Estados Unidos, tal vez porque fué

español. No hay niño en las escuelas norteamericanas que ignore el

nombre de Lafayette; en cambio puedo hacer sin miedo la apuesta de que

entre los ciento veinte millones de seres que pueblan los Estados Unidos

no existen tal vez doscientos que se acuerden de quién fué don Bernardo

de Gálvez.

Y Mascaró contaba rápidamente las campañas y triunfos de este general de

veintitrés años.

España, aliada con Francia, protegía abiertamente á las colonias de

América sublevadas contra Inglaterra para obtener su independencia. El

puerto de La Habana servía de base y refugio á las escuadras francesa y

española que se batían con la marina británica y sorprendían sus

convoyes, ayudando de este modo por mar á los nuevos Estados de América.

Don Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana, residía en Nueva

Orleáns, y siguiendo las órdenes del gobierno de Madrid, entraba en

guerra con los ingleses que ocupaban La Florida.

Su padre don Matías de Gálvez, gobernador de Guatemala, los había batido

en Honduras con los escasos medios que tenía á su disposición,

improvisando un pequeño ejército de negros, indios y blancos

aventureros. Tal era su éxito, que á pesar de ser un funcionario civil,

el gobierno español acababa por darle el grado de general.

La reina Calafia (novela) · 第 4 / 17 段