--Los socios fueron tres--continuaba Rina--; ese mal hombre que lo

dirigía todo, un señor que vive allá en Méjico, donde están las minas, y

papá. Al morir papá, los dos hombres se entendieron, y como forman

mayoría jamás me consultan, y hace años que no me envían un centavo.

Como me ven sola en el mundo, ¡pobre huérfana! me roban como quieren.

«La Embajadora» ya no dictó cartas á su amiga, considerando más rápido y

contundente escribir ella misma á Balboa. Sentía una predilección

especial por este asunto que no era suyo. Se imaginó obrar así por el

goce altruísta que proporciona el amparo del débil; pero tal vez fué un

deseo inconsciente de agredir á aquel hombre que había atravesado su

adolescencia, despertándola á la vida sentimental, para seguir después

su camino, ignorante de lo que dejaba á sus espaldas. La antigua

simpatía era ahora agresividad, por una transformación obscura é

incomprensible que había estado elaborándose durante muchos años.

Las respuestas frías y corteses que el ingeniero envió desde Madrid la

irritaron aún más contra él. Creyó leer entre líneas su verdadero

pensamiento: «¿Por qué se mezcla usted, señora, en asuntos que ni son

suyos ni puede entender?... Estos negocios son para hombres.»

El tal Balboa le pareció un verdadero europeo; mejor dicho, un «latino»,

de los que no conceden otra superioridad á las mujeres que las de la

elegancia y la seducción amorosa, negándoles toda ingerencia en los

asuntos de la vida civil.

--Yo arreglaré tu negocio--dijo à Rina con amenazadora energía--. Ese

hombre no me conoce. Cree sin duda que aún soy la niña que vió en

Monterrey. Iremos á Madrid si es necesario.

Ella quería que fuese necesario. Empezaba á encontrar algo molesta su

vida en París. En aquellos días dos hombres la acosaban con sus

pretensiones matrimoniales: uno tímido, buenazo y tenaz, que la seguía

desde América, colocándose silenciosamente ante su paso; otro

excesivamente atrevido, que pretendía acompañarla á todas partes y

esperaba una ocasión propicia para comprometerla ó para vencer su

voluntad. Necesitaba alejarse por algún tiempo de estos dos pegajosos

adversarios de su viudez; despistarlos para que la dejasen gozar

tranquila su independencia.

Después de haber escrito al «mal hombre» varias cartas de estilo cada

vez más ácido, mostrando una incomprensión hostil para las explicaciones

y justificaciones enviadas por Balboa, una mañana, al levantarse,

anunció á su compañera que saldrían al día siguiente para España.

--He soñado que estábamos en Madrid. Me gustaría admirar una vez más los

Velázquez; ver mujeres con mantilla y peineta, hombres con capa,

bailadoras. ¿Por qué no ir?... Vamos á darle una sorpresa á tu «mal

hombre». Yo me entenderé con él, y te aseguro que pronto tendrás dinero.

Dió unas semanas de asueto á su doncella francesa para que visitase á su

familia, y allí estaban las dos, en el salón de Ricardo Balboa,

convertido en gabinete de trabajo, sentadas en hondos sillones, frente á

la mesa ocupada por el ingeniero.

Éste, después de los saludos y una breve alusión á Monterrey, así como á

los lejanos tiempos en que se habían conocido, abordó con fría

agresividad el asunto que motivaba aquella visita.

Fué dejándose dominar Balboa por la indignación de los tímidos que

tiemblan antes del suceso esperado con inquietud, y cuando llega lo

miran de frente, sin miedo alguno, por haber perdido ya para ellos el

misterio de lo incierto.

Tenía al fin ante sus ojos aquella señora que le escribía desde lejos,

duramente, tratándolo casi como á un ladrón. La iba á decir muchas

verdades... Y fué exponiendo, con la tolerancia un tanto desdeñosa del

que da explicaciones á gentes testarudas y de limitada mentalidad, la

historia de las famosas minas, objeto de la cuestión.

Las tales minas estaban enclavadas cerca de la frontera de los Estados

Unidos, en uno de los lugares menos civilizados de Méjico. Los indios

llamados yaquis, que viven una existencia independiente, interviniendo

en la vida mejicana sólo para batirse en sus revoluciones, habían

perturbado muchas veces los trabajos de esta explotación. Pero de todos

modos, las minas, aunque con frecuentes paralizaciones, habían sido

trabajadas al principio, dando algunas ganancias. Esto había sido

mientras estuvo sometida aquella tierra al gobierno dictatorial de

Porfirio Díaz.

--No había libertad pero había orden--siguió diciendo el ingeniero--, y

se podía trabajar en aquel país. Los extranjeros estaban defendidos por

un poder que tal vez era duro, pero representaba una garantía... Después

no ha habido libertad ni orden.

Y mirando fijamente á «la Embajadora», que le escuchaba con rostro

impasible, estirando el labio superior y pretendiendo turbarle con la

fijeza de sus ojos, continuó sus explicaciones.

Había empezado allá una revolución de numerosos y complicados episodios

que duraba más de diez años y cuyo término nadie alcanzaba á ver todavía

en el presento momento. Desde sus principios había sido una revolución

social. Muchos propietarios se veían despojados de sus tierras, sus

edificios y sus minas. Simples jornaleros del campo se convertían en

generales ó pasaban á ser altos personajes políticos.

--Un capataz de nuestra mina que conoció mucho el padre de esta señorita

es hoy general de división y acampa, con su enorme sombrero y su

carabina en la rodilla seguido de una horda de jinetes, sobre los

terrenos de nuestra propiedad. El socio que tenemos en la capital de

Méjico intentó al principio hacer valer nuestros derechos y quiso ir

allá. Luego desistió, é hizo bien, pues dicho viaje representa un

suicidio. El tal general explota actualmente nuestra mina á su modo;

esto es, vende la plata y se queda con el producto. La mina, según

parece, ya no es nuestra; es del país. El general la ha «nacionalizado»,

palabra aprendida por él en la fraseología revolucionaria. La usa

repetidas veces en una carta que se dignó enviarnos, con la delectación

que sienten los mestizos por toda locución nueva y rara. La tal

nacionalización consiste simplemente en haberse quedado con la mina que

nosotros trabajamos, invirtiendo en ella nuestros capitales. Además, nos

anuncia que exterminará á todo amigo de «la tiranía pasada» que pretenda

recuperar lo que es del pueblo. Todo esto se lo he dicho, señora, en mis

cartas, pero como usted no parece dispuesta á darme crédito, le puedo

enseñar numerosas pruebas.

Balboa calló para tocar un botón eléctrico inmediato á su mesa. Al

presentarse una criada, le preguntó si el señorito Florestán había

vuelto, por ser ya la hora en que regresaba todos los días de la Escuela

de Ingenieros.

A los pocos momentos, como si estuviese rondando por cerca del salón, se

mostró Florestán. Era un joven alto, de miembros fuertes y bien

armonizados, ojos azules, pelo rubio obscuro y rostro afeitado, que

parecía dar con su presencia una impresión contradictoria de fuerza y

timidez, de energía y puerilidad.

Las dos mujeres creyeron que esta juventud serena penetraba en el salón

con un acompañamiento de nueva luz. La señora Douglas quedó mirándole

fijamente, sin poder disimular su sorpresa. Pensaba en San Jorge... un

San Jorge de veinte años, sin casco, con la hermosa y rubia cabeza

descubierta, brillante el pecho por las escamas plateadas de su loriga,

las fuertes y blancas manos sobre la cruz de su mandoble y teniendo á

sus pies el destrozado dragón de la fealdad. Rina, más sentimental,

creyó ver al caballero Primavera, con armadura de flores, erguido junto

al cadáver del negro lobo del invierno. Su admiración por los hombres no

le permitió mantenerse silenciosa.

--¡Oh, Conchita!... ¡Qué prodigio!--murmuró con voz susurrante.

Florestán huyó su mirada de aquellos cuatro ojos fijos en él con

admirativa curiosidad. Luego enrojeció, con un avergonzamiento impropio

de su aspecto vigoroso.

Casi volvió el dorso á las dos mujeres, luego de saludarlas con muda

cortesía, mientras se inclinaba hacia su padre para oirle mejor.

--Trae el legajo de las minas de Sonora. Quiero leer á estas señoras

todas las cartas que hemos recibido de allá. Busca también el resumen de

los ingresos y los gastos desde el principio de su explotación.

Volvió Florestán á saludar á las dos damas con tímida cortesía y salió

de la pieza, ligero como un empleado que ha recibido una orden.

Quedaron ambas con la vista fija en la puerta por donde acababa de

desaparecer. Hubo un largo silencio. Cuando volvió á entrar el joven,

con unos cartones bajo el brazo llenos de papeles, las dos señoras

creyeron que de nuevo volvía á iluminarse la estancia, alejándose una

nube que había pasado ante el sol.

Ya no estiraba «la Embajadora» su labio superior, ni tenía puestos sus

ojos con fijeza agresiva en el ingeniero. Su dentadura esplendorosa

empezó á brillar entre los labios, separados por un principio de

sonrisa. La luz de un balcón inmediato tembló con reflejos de oro sobre

sus pupilas obscuras y aterciopeladas, que buscaban á cada momento al

joven, á pesar de su deseo de no mirarle.

Empezaba Ricardo Balboa á extraer de sus cartones aquel fajo de papeles,

cuando se vió detenido en su intento de lectura por la voz amable y la

sonrisa de Concha Ceballos.

Se acordaba de su padre en aquel momento, y tenía la certidumbre de

haberle oído elogiar muchas veces la probidad del ingeniero español. ¡Y

ella había ofendido con tanta ligereza á un hombre simpático y digno de

respeto!...

Miró de reojo á su acompañante. Esta Rina loca tenía la culpa de todo.

La había desorientado con sus cuentos, haciéndola ser injusta.

--Me parece muy largo de leer--dijo con dulzura, señalando el legajo--,

y será mejor que nos enteremos de ello más despacio. Su hijo tendrá la

bondad de traernos los papeles al hotel.

Y extremando el acento benevolente de su voz y la amabilidad de su

sonrisa, continuó:

--Hablemos de cosas más agradables. No somos enemigos ni vamos á

devorarnos. Viéndose acaban por entenderse las personas de buena

voluntad. Acordémonos un poco de cuando nos conocimos, allá en

California. ¡Qué de cosas han pasado desde entonces!...

III

Donde se dice quién fué la reina Calafia y cómo gobernó su ínsula

llamada California

A las nueve de la noche se presentaron en casa de Balboa don Antonio, su

esposa y su hija, y la conversación en la sala de trabajo giró

inmediatamente sobre la visita de mediodía.

Mostraba el ingeniero un orgullo de vencedor al recordar con qué

amabilidad se había despedido de él «la Embajadora», después de tantas

cartas amenazantes, y de su entrada silenciosa y hostil, como si se

preparase para un combate.

--A estas señoras de genio fuerte--dijo con petulancia--hay que

hablarlas con energía, para que se convenzan de que no inspiran miedo.

Además, bien mirado, es una mujer adorable.

Aprobó el catedrático con gestos y palabras lo dicho por su amigo.

--La creo noble y buena como la reina Calafia. Esta tarde, por

curiosidad, he vuelto á leer su historia.

Todos acogieron con extrañeza tal nombre. Doña Amparo, que admiraba y

menospreciaba al mismo tiempo á su esposo, creyendo en su ciencia y en

su falta de habilidad para enriquecer á la familia, fué la que mostró

menos interés por el origen de tal apodo. Algún cuento raro de los que

buscaba el catedrático en los libros antiguos.

Pero éste, después de enviar á su esposa una sonrisa irónica y

protectora, dejó de verla, para concentrar su atención en los otros

oyentes, que le merecían mayor interés. Y para relatar la historia de la

reina Calafia, empezó hablando de la noble villa de Medina del Campo,

que durante siglos había sido el principal centro de contratación de las

dos Castillas.

Anualmente se celebraba en ella una feria, á la que acudían los

mercaderes de España y Portugal y los traficantes judíos de todas las

naciones del Occidente europeo. De este mercado famoso durante la Edad

Media sólo quedaba en Medina del Campo el melancólico recuerdo de sus

extinguidas riquezas y una vasta plaza que había sido durante siglos una

especie de Bolsa internacional. Otra curiosidad de la villa castellana

era el castillo de la Mota, ahora ruinoso, donde murió, según la

tradición, Isabel la Católica, la reina del descubrimiento de América, y

estuvo preso César Borgia, el hijo del pontífice que consagró dicho

descubrimiento.

En los años que Cristóbal Colón vagabundeaba por España, solicitando

apoyo para emprender sus viajes en busca de las Indias por el lado de

Occidente, vivía en Medina del Campo un soldado viejo al que sus

convecinos habían elegido regidor.

Este hombre, llamado Garci Ordóñez de Moltalvo, entretenía sus ocios de

veterano escribiendo novelas. Sus funciones pacíficas de magistrado

municipal no le proporcionaban otras batallas que las verbales

sostenidas con mercaderes venidos á la feria desde países lejanos y en

conflicto con el gobierno de la villa por el pago de derechos; pero al

quedar solo, se consolaba de la monotonía de su pacífico retiro

describiendo prodigiosos combates y aventuras nunca vistas.

Él modificó y agrandó el famoso _Amadís de Gaula_, dando á esta novela

caballeresca la forma definitiva con que fué admirada durante más de un

siglo por los lectores del mundo cristiano. Luego, queriendo prolongar

dicho libro, cuya paternidad sólo le correspondía á medias, produjo

otro, todo de su pluma: _Las sergas de Esplandián._

Don Antonio, al mirar á sus oyentes, creyó necesario añadir:

--Serga es una palabra antigua que significa hazaña, y Esplandián fué un

joven esforzado, célebre por su heroísmo y su hermosura, hijo de Amadís

de Gaula. Como todos los caballeros andantes, tenía un sobrenombre. Por

algo Don Quijote necesitó añadirse el apodo de «Caballero de la Triste

Figura». Moltalvo, al hablar de Esplandián, le llama unas veces el

«Caballero de la Gran Serpiente», y otras, para mayor brevedad, el

«Caballero Serpentino».

Mascaró creía ver al novelista de Medina del Campo paseándose por el

sobrio y duro paisaje castellano, meseta escasa en cursos de agua y

extremadamente fría ó ardorosa, según la estación. Con el poder

imaginativo de los inventores de historias, creaba Moltalvo en este

ambiente árido los panoramas más portentosos y los hechos más inauditos.

Había ocurrido en su juventud un suceso desconsolante para la

cristiandad, la toma de Constantinopla por los turcos, y con la

delectación del progenitor literario que goza reproduciendo los sucesos

no como fueron en la realidad, sino como debieron ser con arreglo á sus

gustos, dedicaba la última parte de _Las sergas de Esplandián_ á

describir el gran asedio que ponían todos los pueblos de Asia á la

antigua Bizancio, y cómo su emperador, ayudado por el Caballero de la

Gran Serpiente y su padre el noble Amadís, aplastaba la gran alianza de

los enemigos de Dios.

Radiaro, soldán de Liquia, escudo y amparo de la ley pagana, con el

apoyo de otros soberanos musulmanes, enemigos crueles de los cristianos,

emprendía el asedio de Constantinopla. Todos los monarcas de un Asia

misteriosa, imaginada por el regidor de Medina del Campo, acudían al

llamamiento del soldán. Pero en vano lanzaban sus hordas innumerables

contra los muros de la ciudad. Amadís de Gaula, que por sus heroicas

aventuras había llegado á ser rey de la Gran Bretaña, junto con el rey

Lisuarte, el rey Perión y otros monarcas no menos fabulosos y de nombres

sonoros, se encargaba de su defensa.

El soldán de Liquia y el soldán de Halapa dudaban ya del buen éxito de

su asedio, cuando les llegó un aliado con valiosos auxilios capaces de

cambiar el curso de la guerra.

Y el novelista describía minuciosamente cómo «á la diestra mano de las

Indias, muy llegada á la parte del Paraíso Terrenal», había una isla ó

ínsula llamada California, poblada únicamente por mujeres algo negras y

que no toleraban la existencia entre ellas de ningún varón, siendo su

estilo de vivir semejante al de las antiguas amazonas.

Tenían valientes cuerpos, grandes fuerzas y firmes y ardorosos

corazones. La ínsula era la más abundante en riscos y bravas peñas que

en el mundo podía hallarse. Las armas de las californianas estaban

fabricadas de oro todas ellas, y también las guarniciones de las fieras

bestias en que cabalgaban después de haberlas amansado, pues en toda la

isla no había metal de otra clase. Moraban en cuevas bien labradas,

tenían muchos navíos, sobre los cuales partían á otras tierras á

realizar sus cabalgadas, y los hombres que hacían prisioneros los

llevaban con ellas á su isla para ciertos fines, matándolos después.

El catedrático, al llegar á este punto de su relato, miró con cierta

inquietud á Consuelito y luego á su esposa. No se atrevía á repetir en

presencia de su hija las mismas palabras del viejo novelista. Pero

aunque la joven parecía escucharle, miraba con insistencia á Florestán,

como si implorase de éste menos atención al relato de su padre y que

volviese los ojos hacia ella.

Suplió don Antonio con varios parpadeos la obscuridad de sus

explicaciones y continuó el relato.

--Cuando á consecuencia de estos raptos de hombres las valientes

californianas conocían la maternidad, si tenían hija la guardaban, y si

varón, inmediatamente era muerto. De este modo no aumentaba en su país

el número de los hombres, y éstos eran tan pocos mientras llegaba el

momento de su muerte, que las amazonas no podían temer la preponderancia

dominadora del sexo contrario. Por la gran aspereza de la isla,

abundaban en ella los grifos más que en ninguna otra parte del mundo.

También al llegar aquí tuvo Mascaró por oportuna una explicación

suplementaria. Doña Amparo le miraba con ojos interrogantes.

--¿Qué grifos son esos?...

De este animal inventado por la superstición habían hablado mucho los

poetas de la antigüedad y de la Edad Media, sin que nadie llegase á ver

uno solo. Tenía cuerpo de león, cabeza y alas de águila, orejas de

caballo; pero sobre el cuello, en vez de crines, ostentaba una cresta

hecha de aletas iguales á las de los peces. El lomo y las alas eran de

plumas duras como el hierro. Originario de la India, sentía un amor

singular por el oro y buscaba con predilección, para hacer sus nidos,

los lugares abundantes en depósitos auríferos. Por eso la antigüedad le

suponía destinado á la defensa de los templos, á causa de los tesoros

guardados en sus altares.

Muchos viajeros cristianos que visitaron el Oriente durante la Edad

Media, y estaban predispuestos á ver cosas maravillosas, pretendían

haber encontrado la llamada «Ave Grifo». Era, según su testimonio, más

grande que ocho leones juntos y podía elevar un buey ó un caballo por

los aires. Las uñas de sus enormes garras servían para fabricar cosas

preciosas, y con sus plumas se hacían arcos y flechas invencibles. La

hembra del grifo, en vez de poner huevos, depositaba á veces en sus

nidos grandes montones de plata. En el tesoro del emperador Carlos V

existía una copa famosa hecha con una uña de grifo; pero después se

descubrió que era simplemente un cuerno de rinoceronte.

Cuando los grifos tenían hijos, las californianas, cubiertas de cueros

gruesos para defenderse de las garras y picos de las hembras,

registraban sus nidos, llevándose las crías á sus cuevas. Luego cebaban

á los pequeños grifones con los hombres que habían hecho esclavos en sus

correrías, ó con los niños de las mujeres del país, educándolos con tal

arte, que acababan por conocerlas y no les hacían daño alguno. Pero

cualquier varón que entraba en la ínsula, al momento era muerto y comido

por los grifos; pues aunque estuviesen hartos, no por eso dejaban de

tomar entre sus garras á los hombres y llevarlos volando hasta las

nubes, para dejarlos caer y que se aplastasen en las peñas.

Esta ínsula, donde no había otro metal que el oro y cuyas costas eran

interminables criaderos de perlas, estaba gobernada por una reina,

llamada Calafia, muy grande de cuerpo, muy hermosa, menos obscura de

color que sus amazonas, de floreciente edad, valerosa en sus esfuerzos y

ardides y pronta á realizar sus altos pensamientos.

Habiendo oído decir que todos los reinos vecinos marchaban contra los

cristianos, y deseosa de ver el mundo y sus diversas generaciones, animó

á sus amazonas para marchar á esta guerra. Todas la oyeron con

entusiasmo, encontrando monótono y triste pasar sus días metidas en una

ínsula, sin fama y sin gloria, como los animales brutos.

Mandó la reina Calafia abastecer su gran flota de viandas y de armas,

todas de oro, y arreglar la mayor fusta de las suyas, cubriendo esta

nave con una especie de red de gruesos maderos, que servía de jaula á

quinientos grifos, criados y cebados desde pequeños con carne de hombre.

También hizo meter en las otras naves las bestias en que cabalgaban las

valerosas californianas, y que eran diversas animalías, como tigres,

leones, panteras, etc., todas amaestradas, lo mismo que si fuesen

caballos.

Don Antonio hizo una pausa para descansar; pero como estaba acostumbrado

á las explicaciones de cátedra, y además parecía deleitarse en su propia

facundia, no tardó á seguir su relato.

--Llegó al campo pagano la flota de la ínsula California cuando el gran

soldán de Liquia y el soldán de Halapa estaban más tristes, después de

un sangriento choque con los defensores de Constantinopla, que había

resultado infructuoso.

La reina Calafia pidió á sus aliados que la dejasen combatir sola con su

gente, mientras los turcos permanecerían ocultos en su campamento, y

los dos monarcas accedieron á su petición. A la mañana siguiente, la

reina bajó de su nave y acto seguido los escuadrones de amazonas se

extendieron por la playa.

Todas llevaban armaduras de oro sembradas de piedras preciosas, pues en

California eran éstas tan abundantes y comunes como en otros países los

guijarros del campo. Mandó la soberana abrir la puerta de la fusta donde

venían los grifos, y éstos salieron con mucha prisa, mostrando gran

gusto al poder volar libremente después del encierro del viaje.

Estos animales eran la artillería gruesa del ejército californiano. Como

no les habían dado de comer durante la travesía, se arrojaron rugiendo

de hambre sobre los hombres que ocupaban las murallas de la ciudad.

Muchas saetas les tiraron, grandes golpes les dieron con lanzas y

espadas, pero sus plumas eran tantas, tan juntas y recias, que no

pudieron llegar á tocarles la carne.

Los turcos, inactivos en su campamento por mandato de Calafia, al ver á

estas bestias ir y venir por lo alto llevando en las garras ó en el pico

á un cristiano, daban tales voces y alaridos de placer que horadaban con

ellos el cielo. Los defensores de la ciudad gemían de cólera sobre las

murallas al contemplar cómo los grifos se llevaban hasta las nubes,

devorándolos, al padre, al hijo ó al amigo. Cuando estos monstruos se

cansaban de sus presas, dejándolas caer en la tierra ó en el mar,

volvían sin ningún temor á las murallas para apoderarse de otros

cristianos, y fué tal el espanto de los defensores, que los más huyeron

al interior de la ciudad, quedando únicamente los que habían podido

refugiarse en las bóvedas de las torres.

Viendo esto la reina Calafia gritó á los dos soldanes que ya podían

avanzar sus gentes para la toma de Constantinopla, y los paganos,

aplicando muchas escalas al muro, subieron sobre él. Pero los grifos ya

habían soltado los cristianos que llevaban en las garras, y viendo á los

turcos, que eran hombres como los otros, cayeron sobre ellos y los

arrebataron igualmente hasta las nubes para dejarlos caer, haciendo en

ellos gran matanza.

La alegría de los sitiadores se trocó en desorden, y más que en luchar

con los sitiados, tuvieron que pensar en defenderse de las bestias

traídas por Calafia. Al enterarse de esto los cristianos salieron del

refugio de sus bóvedas é hicieron gran matanza en los infieles,

echándolos abajo de la muralla. Luego se refugiaron otra vez en sus

bóvedas viendo que volvían los grifos.

La reina Calafia (novela) · 第 3 / 17 段