riqueza de su época, consistente en miles de cabezas de ganado y docenas
de leguas de tierra. Pero antes de morir vió quebrantada profundamente
la fortuna de la familia. Su hijo quedó casi arruinado por los malos
negocios, pero igual á los jugadores caídos en la miseria, que
únicamente quieren hablar del juego que les empobreció y le confían su
porvenir, don Gonzalo sólo se ocupaba de minas, y estaba dispuesto á
aceptar todos los negocios de esta clase que le ofreciesen. Su hijo
visitaba con más frecuencia que él la única propiedad de campo que aún
figuraba á su nombre con el gravamen de varias hipotecas. Toda la
atención de él era para los filones metálicos, que pueden enriquecer á
un hombre con inaudita largueza en el transcurso de unos días; algo
maravilloso que sólo se ve en el juego.
Y como la época brillante de California ya había pasado y aún no estaban
descubiertos los veneros de oro de Alaska, el señor Ceballos tenía
vueltos sus ojos hacia la frontera de Méjico. Los últimos fragmentos de
su fortuna los arriesgó en el descubrimiento y explotación de minas
situadas en territorios indudablemente mejicanos, con arreglo á las
indicaciones de los mapas, pero en los cuales no era posible una labor
tranquila y continua, unas veces por las revueltas de los indios bravos,
refractarios á toda innovación que viniese á turbar su vida primitiva,
otras por las revoluciones de los blancos y de los seudoblancos, más
temibles y frecuentes.
En este último período de la vida de su padre fué cuando conoció ella en
Monterrey al ingeniero Balboa. Tenía catorce años, y este hombre venido
para hablar con don Gonzalo de ciertas minas recién descubiertas al otro
lado de la frontera no contaba indudablemente más allá de veinticinco.
Una diferencia de diez ó doce años supone la juventud ó la vejez en la
última parte de nuestra existencia, pero al principio del camino no es
obstáculo insuperable, y muchas veces hasta representa para la mujer un
atractivo misterioso, cuando la tal diferencia pesa del lado del varón.
Al contemplar ahora al ingeniero en su casa de Madrid, con cierta
lástima por su avejentamiento melancólico, se dijo interiormente: «¡Y
pensar que este hombre fué mi primer amor!»
Balboa era incapaz de sospecharlo, y en el caso de poder adivinar lo que
pensaba su visitante, habría creído que esta señora se burlaba de él.
La hija de Ceballos no dejó nunca traducir sus sentimientos en aquella
época lejana, pero se acordaba aún del interés que le había inspirado
durante varios meses el extranjero de barba rubia y ojos azules, dulce
de palabra y algo tímido, que por ser español lograba hacer revivir todo
lo que ella había oído de sus ascendientes.
En casa de los Ceballos se hablaba con veneración de los tenientes y
capitanes, así como de los leguleyos y empleados de la Real Hacienda,
venidos de España para perderse en la silenciosa California. Se les
describía como si hubiesen sido omnipotentes personajes, íntimos amigos
de los monarcas. Todos los cuentos maravillosos de brujas, duendes y
magos que le habían contado siendo niña las criadas mestizas de la casa
ocurrían siempre en viejas ciudades de España. Además, ella había leído
muchos libros españoles antes de aprender el inglés en la escuela
pública, y estos volúmenes vetustos adquiridos por su abuelo eran
novelas románticas ó colecciones de versos que hacían referencia siempre
á la tierra originaria de sus ascendientes.
Ricardo Balboa, el primer español conocido por ella, personificó en
forma tangible todos los héroes admirados en los libros. Su pasado le
daba también un interés novelesco.
Venía á ella como un herido sentimental necesitado de curación y
consuelo, arrastrando su historia melancólica. Iba de luto y parecía
triste. Su mujer había muerto en Méjico y él tenía allá un hijo único,
recuerdo de tan breve unión. Concha sintió agrandarse su amor silencioso
de adolescente con abnegaciones de madre. Se admiraba á sí misma al
pensar cómo podría ella rehacer y embellecer la vida de este hombre.
Pero Balboa se fué de Monterrey sin haber adivinado nada, y la hija de
Ceballos fué la única que conoció esta novela de amor vivida
unilateralmente durante unas semanas, sin palabras ni hechos.
Continuó su existencia, y el paso de cada año fué cambiando el curso de
sus pensamientos, las predilecciones de su sensibilidad. Cuando Balboa
escribía á su padre por negocios de minas, ella oía sin emoción su
nombre ó sonreía compadeciéndose á sí misma. «¡Un capricho absurdo de
los pocos años!» Otras cosas y personas le interesaban ahora.
Huérfana de madre y teniendo que mantener el decoro de su casa, el único
hombre que debía preocuparle era don Gonzalo. Parecía el último
superviviente de una época extinguida, con todas las amarguras y las
quejas del vencido. Los _gringos_ se habían adueñado del país. Los
californianos á la antigua iban desapareciendo, y resultaban ya tan
escasos, que pronto podrían contarse con los dedos en cada población.
Los hijos se modificaban, educándose en tales ideas que no parecían
haber sido engendrados por sus padres.
Ceballos miraba al cielo con asombro y escándalo al encontrar jóvenes
del país que se llamaban Villa, Pérez ó Sepúlveda y le contestaban en
inglés cuando él les hablaba en español.
Además el oro de California ya no era abundante, y esta riqueza, que
tenía algo de poética por su brillantez y su tradición, había sido
reemplazada por un producto sucio, hediondo, infernal. La gente hablaba
menos de las minas auríferas. Todos buscaban descubrir un pozo de
petróleo... Y al mismo tiempo que la vida se modificaba en torno á él,
iban desapareciendo las últimas migajas de su fortuna.
Conchita no mostraba las tristezas y desalientos de su padre al pensar
en su porvenir. Tenía la seguridad y el aplomo de la soltera en ciertos
países del otro lado del Océano, donde la mujer se ve altamente
apreciada, por ser menos numerosa que el hombre, y no tiene mas que
escoger entre varios pretendientes. Podría casarse cuando quisiera.
_Miss_ Conchita Ceballos gozaba de cierta celebridad en todos los
territorios de las antiguas Misiones.
Los periódicos de San Francisco habían publicado versos llamándola
«estrella de Monterrey». Entre tantas mujeres rubias y de pupilas
claras, originarias de los países nórdicos de Europa que poblaban ahora
California, esta belleza morena, con ojos negros y dorados, grande,
vigorosa, de aire resuelto, como una reina de tribu, representaba cierta
novedad, que al mismo tiempo nada tenía de nueva, pues parecía
responder á las tradiciones del país. Muchos la admiraban como una
concreción de la raza india y la raza española confundidas durante el
período colonial. Además era una Ceballos, pertenecía á la más noble
familia del país, y su origen, tanto como su belleza, hacía que los
mineros y los negociantes súbitamente enriquecidos acariciasen
mentalmente el honor de casarse con ella.
Rechazó numerosas proposiciones de matrimonio y fué dejando pasar el
tiempo sin decidirse por ningún hombre. Muchos juzgaban imprudente esta
lentitud; temían que al ir entrando en años quedase soltera para
siempre. Otros la juzgaban refractaria al matrimonio por su deseo de no
separarse de don Gonzalo.
En realidad, no pensaba en el amor. Tenía en su familia una heroína de
novela, la famosa Concha Argüello, parienta por su madre, que pasó
treinta y seis años esperando la vuelta de su prometido y murió casi
santa. Pero esta mujer extraordinaria, cuya historia le habían contado
muchas veces siendo niña, había nacido para sufrir por los demás y
necesitaba apoyarse en un hombre. Ella era más fuerte; podía vivir sola,
se bastaba á sí misma. No temía la tristeza del aislamiento, pues trae
consigo el regalo de una absoluta libertad.
Para mantenerse independiente sin la protección de los hombres imitaba
los ejercicios y diversiones de éstos. Desde su niñez era gran jinete.
En la adolescencia le había gustado ejercitarse en el boxeo y aprender
los secretos de la lucha japonesa.
Era un medio seguro de verse respetada en todas partes y evitar
demasías.
--Yo no he llorado nunca--decía con orgullo la señorita Ceballos.
De pronto circuló la noticia de su casamiento con un personaje político
del país, el honorable señor Douglas, hombre tranquilo, sano, vigoroso,
pero con veinticinco años más que ella: edad sobrada para haber podido
ser su padre.
Nadie habló de amor al ocuparse de este matrimonio. El respetable
personaje de cabeza gris y sonrisa dulce y tolerante no podía evocar la
imagen de un amoroso como los que se ven en libros y teatros. El cariño
reposado y protector con que trataba á la joven tenía mucho de paternal.
Ella no sabía mentir. «¿Acaso es preciso el amor ardoroso y romántico
para el matrimonio?» Apreciaba y respetaba á su marido; procuraría
hacerle grata la existencia común; no era necesario más para vivir
dichosos.
Conchita se trasladó á Wáshington para no separarse de su marido, que
era diputado y asistía puntualmente á las sesiones de la Cámara de
Representantes. La señorita de Monterrey, que había pasado su niñez
galopando como un _cow-boy_, se adaptó con fácil mimetismo á las
costumbres de la capital federal y al trato con las esposas de los
personajes del gobierno. El representante Douglas vió aumentarse
considerablemente su prestigio gracias á la discreción de su esposa.
La amistad de un nuevo presidente de la República le hizo pasar á la
diplomacia. Douglas, educado en California, hablaba el español, y su
gobierno consideró conveniente enviarle como ministro á una República de
la América del Sur. Además, sus amigos políticos creyeron que la señora
Douglas, por su apellido de familia y sus orígenes, podía ayudar
útilmente á su esposo en esta misión.
Tres años vivieron en la lejana República, y la «ministra» de los
Estados Unidos, admirada por su belleza y su elegancia, lo fué todavía
más por su carácter afable, refractario al mismo tiempo á las excesivas
familiaridades.
La juventud del país, exuberante, apasionada y predispuesta á los
desvaríos imaginativos, se sintió atraída por esta mujer hermosa unida á
un hombre que empezaba á ser viejo. Pero los más audaces se convencieron
pronto de su error, y después de tantos elogios empezaron á hablar mal
de ella. Era «una puritana», incapaz de tolerar el menor _flirt_, una
burguesa que ponía el gesto duro apenas las galanterías de salón tomaban
cierta intimidad.
Descubrieron además que su hermosura era igual á la de las beldades
hijas del país. ¡Ser morena y tener negros los ojos y el pelo!... Para
eso no valía la pena venir de los Estados Unidos. ¡Si á lo menos hubiese
sido rubia, aunque tuviera la nariz roja, como otras diplomáticas del
Norte de Europa!...
Estando en Nueva York durante una licencia, el ministro plenipotenciario
Douglas murió repentinamente, á consecuencia de una enfermedad
contraída en sus tiempos de ruda propaganda electoral.
La viuda se vió enormemente rica; mucho más rica que había creído ella
en vida de su esposo. Esta fortuna estaba representada por los valores
más diversos y heterogéneos: acciones de ferrocarriles y de minas, de
fundiciones de acero y de pozos de petróleo. Hasta heredó la mayor parte
de la propiedad de un gran diario.
Como su padre había muerto poco después de su matrimonio, tuvo ella que
correr con la administración y solidificación de su fortuna. Pero «la
Embajadora» era de gran agilidad intelectual para adaptarse á las
exigencias del medio en que la colocaba su destino. Vendió unos valores,
cambió otros, arrendó á una empresa de anuncios su propiedad
periodística, confió el cobro de sus rentas á personas seguras...
Este título de «Embajadora» se lo daban antonomásticamente allá en su
tierra. La gente une por instinto en todas partes la noción de
diplomacia con la de embajada. Todo enviado diplomático es para el vulgo
un embajador. Los partidarios políticos del difunto se habían
acostumbrado á llamarlo «el embajador Douglas», considerando este título
como una gloria del país, y la viuda, por herencia, siguió disfrutando
en las conversaciones el título de «Embajadora».
Al verse en absoluta libertad y con la independencia que proporciona la
riqueza, sintió un repentino interés por el bienestar de los demás, por
la pureza de las costumbres públicas, así como por la defensa de los
inocentes y los oprimidos. Figuró en todas las asociaciones dedicadas á
la protección de animales ó personas; trabajó con vehemencia por anular
los desenfrenos de la carne, disfrazados con el falso nombre de «amor»,
así como los excesos alcohólicos. Los organizadores de toda obra
filantrópica ó moralizadora, al dirigirse á ella, estaban seguros de
recibir el apoyo de su carácter batallador y un cheque importante.
En San Francisco corrió peligros novelescos al perseguir, unida á otras
personas de igual virtud acometedora, los garitos y fumaderos de opio
del barrio chino--antes de que los borrase del subsuelo un terremoto
famoso--, así como las tabernas licenciosas y los cafés cantantes para
marineros del barrio llamado «la Costa de Berbería».
Falta de hijos y cortando con fría urbanidad las insinuaciones de los
que deseaban casarse con ella, dedicó al bien público sus entusiasmos
enérgicos y á la defensa de la virtud toda la acometividad de su
carácter reciamente varonil y justiciero.
--Es Don Quijote--decía un profesor viejo de Los Angeles--; no puede
desmentir su raza... Los abuelos venidos de España resucitan en ella.
Pero era mujer, y mostraba ciertos desfallecimientos de voluntad que le
hacían olvidar por algún tiempo sus obras filantrópicas.
De pronto pensaba en ella nada más, limitándose á dar dinero para la
defensa y regeneración de sus semejantes, pero no su persona. Sentía
reverdecer en su interior los mismos entusiasmos que tantas veces la
hicieron soñar despierta en su adolescencia ante un libro caído en su
regazo, y esta emoción retrospectiva la impulsaba á emprender largos
viajes por Europa.
Conoció los museos más célebres del mundo viejo, los hoteles de mayor
lujo, las ruinas más famosas y los modistos más caros, todo á un mismo
tiempo. Fué la dama de incesante curiosidad que lee á la vez los últimos
libros, los catálogos de las exposiciones y los periódicos de modas,
llamando la atención por sus vestidos incesantemente cambiados, por sus
alhajas y por la prontitud con que adopta la última idea, considerando
un triunfo poder lucirla veinticuatro horas antes que los otros.
En el curso de sus viajes se vió recibida en audiencia por tres Papas, y
fué conociendo á todos los hombres de su época que acababan de obtener
la celebridad por un día ó por varios años.
Pronto se fatigó de viajar, acompañada solamente de una doncella
francesa. Las noches pasadas en el hotel, sin una fiesta ó una
representación de teatro, le parecían interminables. Además, en ciertas
naciones de Europa, una mujer elegante y hermosa que va sola de un lado
á otro tiene que mantenerse en actitud defensiva, á causa de la audacia
de muchos hombres, que se desorientan y equivocan.
Al morir Douglas se dió por seguro, en breve plazo, un segundo
matrimonio de su viuda. Era joven, y fatalmente debía encontrar un
hombre que le hiciese conocer el amor, después de su tranquila amistad
con el primer esposo.
Estas suposiciones llegaban á irritar á la viuda cuando hablaba con sus
amigos. ¡El amor! ¿Por qué debía ella conocer el amor, sometiéndose á la
esclavitud de sus alegrías violentas y sus cóleras celosas?...
Renunciaba á él sin pena. Era para una minoría de neuróticos y
desequilibrados que necesitan vivir dramáticamente entre conflictos, por
exigencias de su sistema nervioso. Ella quería ser como la gran mayoría
de los humanos, que prefieren el cariño tranquilo y la amistad, á las
tormentas del amor pasional.
Además, había resuelto mantenerse fiel al recuerdo de Douglas. Era su
deber. Conocía algo más fuerte y noble que el amor: la gratitud.
Su marido le había dado la riqueza, y ella la tenía en mucho, porque
afirma la independencia individual.
El dinero es un instrumento libertador, y la viuda amaba sobre todo su
libertad. Le había tocado la suerte de encontrar un hombre bueno,
tolerante y discreto, que además había asegurado al desaparecer la
independencia y el decoro de su vida futura. Le bastaba con esto; no
debía repetir tan arriesgado juego; ya había conocido á los hombres.
Tenía marcado para siempre un sitio en la sociedad: sería la viuda rica,
independiente y respetada por todos. Era locura cambiar esto por el tal
amor, que sólo resulta interesante en las novelas.
Pero como abominaba de viajar sola, pensó en Rina, la amiga pobre y
humilde que tienen todas las mujeres triunfantes y es al mismo tiempo su
compañera y su admiradora.
La había conocido en Monterrey, por vivir su familia en trato amistoso
con los Ceballos. El abuelo de Rina fué un chileno de Valparaíso
arrastrado á las costas de California por el gran éxodo de emigrantes
que atrajo el descubrimiento del oro.
Todavía era niña Conchita cuando ya Rina Sánchez lanzaba ojeadas
lánguidas á los jóvenes de Monterrey, creyéndose adorada y disputada por
todos ellos. Una diferencia de más de ocho años existía tal vez entre
las dos, pero Rina aún estaba soltera, ostentando, unas veces con
orgullo y otras con desaliento, su cualidad de señorita, mientras la
señora Douglas era una viuda, doblemente respetada por su estado y por
el nombre de su esposo.
Según iba entrando en años, se mostraba Rina más sentimental é ingenua,
como si retrogradase hacia la infancia, aplicando á todos los actos de
su existencia un criterio pueril y una timidez contradictoria, pues en
ciertas ocasiones, por sobra de inocencia, llegaba á aparecer insolente.
«La Embajadora» se acostumbró á la simplicidad de esta acompañante tan
pronto alegre como llorona. Necesitaba su presencia, abundante en risas
y gemidos, como la de un perrillo melancólico y ladrador.
Si alguna vez se enfadaba con ella, parecía encogerse de espíritu y
desaparecer, cual si la Naturaleza la hubiese dotado de una
retractilidad extraordinaria, no dejando presente más que su envoltura
material.
Los viajes por Europa de hotel en hotel, donde se bailaba tarde y noche
y eran frecuentes las presentaciones de hombres elegantes, atraídos por
la belleza y la fortuna de la viuda Douglas, excitaban la manía
sentimental de su compañera. Rina sólo pensaba en el amor; un amor
expresado con palabras rebuscadas y gestos de «alto idealismo», según
ella, igual á los muchos amores que había conocido en las novelas
imaginadas para señoritas de buena educación.
La vida le parecía sin sentido lejos de los hombres; y los hombres, por
una ironía de la suerte, jamás habían querido fijarse en su persona. «La
Embajadora», que mostraba una altanería hostil al hablar de ellos, se
divertía interiormente haciendo relatar á Rina sus entusiasmos amorosos,
así como sus esfuerzos, astucias y sacrificios para encontrar al futuro
compañero entre tantos varones fugitivos ó indiferentes.
Para justificar la humilde derrota de su celibato, hacía Rina
comparaciones mentales entre ella y su rica amiga. ¡Ay! ¡Si pudiese
vestir con la elegancia de la otra, seguramente que los hombres la
buscarían lo mismo!... Y más por necesidad de defenderse que por
coquetería natural, palmoteaba de gozo cuando Concha Ceballos le
regalaba algunos de sus vestidos todavía nuevos ó la hacía partícipe de
sus compras de modas recientes.
También era una diversión para la señora Douglas, sana, fuerte,
sólidamente bella, enterarse de los procedimientos extraordinarios de
Rina para combatir y borrar los estragos que realizaba la edad en su
cuerpo. La pobre parecía arrugarse y disminuir de volumen por el
tostamiento interior de su sentimentalismo. Gran parte del dinero
regalado por su amiga lo empleaba en productos de los llamados
Institutos de belleza. Así fué conociendo la viuda muchos inventos
extravagantes para el refrescamiento de la hermosura femenil.
Rina era cada vez más pequeña y al mismo tiempo más joven, con una
juventud extraña y desconcertante que parecía de otra humanidad
habitadora de un planeta remoto. Los que la habían visto un año antes en
alguno de los hoteles célebres de Europa, al encontrarla después
tardaban en reconocerla, y únicamente lograban restablecer su identidad
por ir al lado de su amiga, cuya belleza resultaba invariable. Un año
era rubia y al año siguiente de pelo negro ó castaño. Como la edad y la
vehemencia pasional habían arrugado prematuramente su faz, fué de las
primeras en valerse de la operación quirúrgica que levanta el rostro y
estira su epidermis, de la _face-lifting_ empleada por ciertos
especialistas de Londres, Nueva York y París para rejuvenecer á las
mujeres de teatro y las mujeres de salón.
Entusiasmada por este milagro de la cirugía epidérmica que borraba de su
rostro las arrugas, repetíalo con frecuencia como algo ordinario,
mostrando un heroísmo sin límites, frío, tranquilo, sonriente, del que
sólo son capaces las mujeres cuando desean embellecerse.
Casi todos los años sentía la necesidad de que le cortasen la cara para
estirar su piel en uno ú otro sentido. Pasaba horas ante el espejo,
estudiándose el rostro con ojos de artista, para aconsejar luego al
cirujano en qué sentido debía dar los tajos maestros para su nueva obra.
Después de tantos rajamientos y manipulaciones faciales, parecía de una
raza distinta á la de los otros seres. Caso de tener semejanza con
alguno de los grupos humanos que pueblan nuestro planeta, se aproximaba
á las mujeres amarillas de Asia por la tirantez de su epidermis y el
estiramiento de sus párpados prolongados y casi juntos, como los de las
japonesas. Llevaba la frente cubierta de rizos y dos masas de bucles
sobre las sienes. De este modo quedaban ocultas las cicatrices de los
tajos que le habían dado para renovar la tersura de su rostro.
--Toma: para que te pagues otra vez el _face-lifting_--decía «la
Embajadora» al hacerle un nuevo regalo de dinero.
Y Rina, para manifestar su agradecimiento, derramaba lágrimas,
compadeciéndose á sí misma.
--Tú sabes, Conchita, que yo podía ser rica si ese mal hombre no se
quedase con lo mío. Deseo recobrar lo que me pertenece, para que no te
sacrifiques más por mí.
Este deseo de evitar á la viuda su costosa protección sólo ocupaba
verdaderamente un segundo término en el pensamiento de Rina. Sus
protestas contra el «mal hombre» y su ansia de verse rica eran
principalmente porque al entrar en años hacía responsable á la pobreza
de su forzoso celibato.
--Cuando yo vivía en Monterrey y era muchacha, todos los hombres andaban
locos por mí, estoy segura de ello. Era porque entonces vivía papá y
estaba metido en lo de las minas, que iba á hacerle rico... ¡Como ahora
todos me creen pobre como una rata, y nadie sabe que ese ingeniero
Balboa, ese mal hombre que vive en Madrid, se queda con lo que me toca
por herencia y no me envía un céntimo!...
«La Embajadora» escuchó al principio distraídamente las lamentaciones de
su acompañante. Pero en fuerza de oir hablar de aquel «mal hombre»,
acabó por interesarse en sus maldades.
Ella había intervenido, cuando vivía en su país, en la reparación de
muchas injusticias, y continuaba desde lejos ayudando con su fortuna á
la defensa de los débiles. ¿Por qué no extender su protección á esta
solterona, cuyas charlas y manías parecían refrescarla lo mismo que un
descanso á la sombra de un bosquecillo después de una jornada ardorosa?
Aceptando sin examen los informes de Rina y creyendo desde el primer
momento en la culpabilidad del ausente, empezó á intervenir en dicho
asunto, dictando cartas breves y duras para aquel «mal hombre» que vivía
en Madrid y usurpaba las riquezas de la otra. Como era de una precisión
matemática para el examen de sus propios negocios, pronto se enteró del
asunto que le fué relatando su compañera y hasta rectificó algunos de
sus errores.
El padre de Rina--un californiano que se llamaba Juan Sánchez por su
padre el chileno, y Brown por su madre--se había asociado con Ricardo
Balboa, durante el viaje de éste á Monterrey, para la explotación de
unas minas en Méjico. Don Gonzalo, el padre de Concha, pretendió entrar
en dicha empresa, pero tuvo que desistir finalmente por falta de
capital, como ya le había ocurrido en otros negocios propuestos por
Balboa.