Se había casado Balboa con una joven de Méjico, hija de un e

LA REINA CALAFIA

OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR

TERRES MAUDITES.--Traducción de G. Hérelle. París.

FLEUR DE MAYO.--Traducción de G. Hérelle. París.

BOUE ET ROSEAUX.--Traducción de Maurice Bixio. París.

DANS L’OMBRE DE LA CATHÉDRALE. Traducción de G. Hérelle. París.

TERRAS MALDITAS.--Traducción de Napoleão Toscano. Lisboa.

A CATHEDRAL.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa.

Lisboa.

FLOR DE MAYO.--Traducción de Josy Priems. Zurich.

DIE KATHEDRALE.--Traducción de Josy Priems. Zurich.

ERDFLUCH.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.

SCHILFUND SCHLAMM.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.

DER EINDRINGLING.--Traducción de J. Broutá. Berlín.

DE VLOEK.--Traducción del doctor A. A. Fokker. Haarlem.

WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN.--Traducción del doctor A. A. Fokker.

Amsterdam.

CHALUPA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.

MARNÁ CHLOUBA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.

AH, IL PANE!...--Traducción de F. Gelormini. Palermo.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

VINNYI SKLAD.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

BODEGA.--Traducción de K. G. Petersburgo.

GELEZNODOROGNOY ZAIAZ.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

NALOGUIZA OBNAGNENAIA.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

PROKLIATAC POLE.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

SOBOR.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

DUOYÑOY VISTREL.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

LA HORDE.--Traducción de G. Hérelle. París.

ARENES SANGLANTES.--Traducción de G. Hérelle. París.

A CORTEZAN DE SAGUNTO.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes

Rosa. Lisboa.

O INTRUSO.--Traducción de Riveiro de Carvalho. Lisboa.

MISERAVEIS.--Traducción de Vasco Valdéz. Lisboa.

L’INTRUS.--Traducción de Renée Lafont. París.

A ADEGA.--Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa--Rio Janeiro.

LES MORTS COMMANDENT.--Traducción de Berta Delaunay. París.

SUR LES ORANGERS.--Traducción de G. Menetrier. París.

THE BLOOD OF THE ARENA.--Traducción de Frances Douglas. Chicago.

SONNICA.--Traducción de F. Douglas. Nueva York.

THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Traducción de W. A. Gillespie.

Londres.

BLOOD AND SAND.--Traducción de W. A. Gillespie. Londres.

OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16

volúmenes, con un retrato del autor.--Traducción de Taitiana

Herzenstein y otros. Moscou.

SANGUE E ARENA.--Traducción de Ida Mango. Nápoles.

ORIENTE.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.

BLOED EN ZAND.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

DIE HETARE VON SAGUNT.--Traducción de W. Leydhecker. Berlín.

LES QUATRE CAVALIERS DE L’APOCALYPSE.--Traducción de G. Hérelle.

París.

THE MATADOR.--Edición inglesa Nelson. Londres.

WIJN EN LIEFDE.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

I QUATTRO CAVALIERI DELL’ APOCALISSE.--Traducción de Ida Mango.

Milán.

THE FOUR HORSEMEN OF THE APOCALYPSE.--Traducción de Charlotte

Brewster Jordan (240 ediciones). Nueva York.

THE CABIN.--Traducción del doctor Francis Haffkine-Snow. Nueva

York.

LUNA BENAMOR.--Traducción del Dr. Isaac Goldberg. Boston.

THE DEAD COMMAND.--Traducción de F. Douglas. Nueva York.

BLOOD AND SAND.--Introduction by Dr. Isaac Goldberg. Nueva York.

THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Introduction by William Dean Howells.

Nueva York.

OUR SEA (_Mare nostrum_).--Traducción de C. Brewster Jordan. Nueva

York.

THE FRUIT OF THE VINE. Traducción del Dr. Isaac Goldberg. Nueva

York.

WOMAN TRIUMPHANT.--Traducción de Hayward Keniston. Nueva York.

THE DEAD COMMAND.--Traducción del Dr. Isaac Goldberg. Nueva York.

DE VIER RUITERS UIT DE APOCALYPSIS.--Traducción de Van Raalte.

Gravenhage (Holanda).

THE ENEMIES OF WOMEN.--Traducción de Arthur Livingston. Nueva York.

MEXICO IN REVOLUTION.--Traducción de J. Padin y Arthur Livingston.

Nueva York.

MARE NOSTRUM.--Traducción de Gilberto Beccari. Florencia.

FRA GLI ARANCI.--Traducción Vitagliano. Milán.

DE DOWLER BEVELER.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.

LA TRAGÉDIE SUR LE LAC.--Traducción de Renée Lafont. París.

THE MAYFLOWER.--Traducción de A. Livingston. Nueva York.

LES ENNEMIES DE LA FEMME.--Traducción de A. de Bengoechea. París.

THE TORRENT (_Entre naranjos_).--Traducción de I. Golberg y Artur

Livingston. Nueva York.

FIOR DI MAGGIO.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.

PALUDE TRAGICA.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.

CONTES ESPAGNOLS D’AMOUR ET DE MORT.--Traducción de F. Menetrier.

París.

VASS OCH DY.--Traducción de E. Staaff. Stockholm.

DEN UBUDNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

FYREFAEGTEREN.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

DEN GAMLE ROENNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.

LUNA BENAMOR.--Traducción de Renée Lafont. París.

OS INIMIGOS DA MULHER.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.

DIE APOKALYPTISCHEN REITER.--Traducción de E. Koert. Berlín.

VÉRZÖ ARÉNA.--Traducción de Toth Andras. Budapest.

MÁJUS VIRÁGA.--Traducción de Berki Miklos y Gyori Karoly. Budapest.

KREV A PÍSEK.--Traducción de Maria Votrubová-Haunerova. Praga.

BLOD OG SAND.--Traducción de Sophus Brekke. Prólogo de J. Bojer.

Cristianía.

PROBUZENI BUDHOVO.--Traducción de Ch. Veith. Praga.

APOKALYPSENS FYRA RYTTARE.--Traducción de Alberto Bonnier.

Stockholm.

CAPÍTULOS ESCOGIDOS DE V. BLASCO IBÁÑEZ.--Coleccionados por E. Alec

Woolf. Editor G. Harrap. Londres.

VISTAS SUDAMERICANAS.--Libro para los estudiantes de español, con

notas de Carolina Marcial Dorado. Ginn y C.ª, Editores. Nueva York.

LA BATALLA DEL MARNE.--Libro para los estudiantes de español, con

notas del profesor Federico de Onís. Heath y C.ª, Editores. Nueva

York.

EEN LIEFDE OP DE BALEAREN.--Traducción de P. M. Wink. Zalt-Bommel.

GENSKI RAY (_El paraíso de las mujeres_).--Traducción rusa de

Tatiana Herzenstein. La Editorial Rusa. Berlín.

A NOGYULOLOK.--Traducción de Toth Andras. Budapest.

LA FEMME NUE DE GOYA.--Traducción de A. de Bengoechea. París.

LA CITÉ DES FUTAILLES.--Traducción de Renée Lafont. París

THE TEMPTRESS.--Traducción de A. Livingston. Nueva York.

KATEDRÁLA.--Traducción de Karel Vit. Praga.

CTYRI PRÍSERNÍ JEZDCI Z APOKALYPSY.--Traducción checoeslovaca de

Karel Vit. Ilustraciones de K. Relink. Praga.

OBRAS DEL AUTOR

CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA[A] DE CADA UNA DE ELLAS,

HASTA JULIO DE 1923

CUENTOS VALENCIANOS 60.000 ejemplares.

LA CONDENADA (cuentos) 56.000 íd.

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes) 56.000 íd.

ARROZ Y TARTANA (novela) 60.000 íd.

FLOR DE MAYO (novela) 72.000 íd.

LA BARRACA (novela) 92.000 íd.

SÓNNICA LA CORTESANA (novela) 56.000 íd.

ENTRE NARANJOS (novela) 72.000 íd.

CAÑAS Y BARRO (novela) 56.000 íd.

LA CATEDRAL (novela) 64.000 íd.

EL INTRUSO (novela) 56.000 íd.

LA BODEGA (novela) 48.000 íd.

LA HORDA (novela) 44.000 íd.

LA MAJA DESNUDA (novela) 49.000 íd.

ORIENTE (viajes) 44.000 íd.

SANGRE Y ARENA (novela). 116.000 íd.

LOS MUERTOS MANDAN (novela) 48.000 íd.

LUNA BENAMOR (novelas) 40.000 íd.

LOS ARGONAUTAS (novela).--2 tomos 40.000 íd.

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS. 132.000 íd.

MARE NOSTRUM (novela) 80.000 íd.

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela) 80.000 íd.

EL MILITARISMO MEJICANO (artículos) 40.000 íd.

EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas) 32.000 íd.

EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela) 36.000 íd.

LA TIERRA DE TODOS (novela) 62.000 íd.

LA REINA CALAFIA (novela) 40.000 íd.

NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN

Á LOS PIES DE VENUS.

LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.

EL ORO Y LA MUERTE.

LA CASA DEL OCÉANO.

[A] En muchas repúblicas de la América de habla española se han

publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

LA REINA

CALAFIA

(NOVELA)

38.000 EJEMPLARES

PROMETEO

Germanías, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

1923

LA REINA CALAFIA

I

Lo que hizo una mañana el catedrático Mascaró al salir de la Universidad

Central

Cuatro veces por semana, después de explicar su lección de historia y

literatura de los países hispano-americanos, don Antonio Mascaró volvía

paseando á su casa, situada al otro extremo de Madrid.

En los primeros años de su existencia matrimonial, había vivido cerca de

la Universidad. Luego, al crecer su hija única, doña Amparo su esposa,

que se arrogaba un poder sin límites en todo lo referente á la

administración y decoro de la familia, había creído oportuno trasladarse

lejos de este barrio, frecuentado por los estudiantes. Él, además, había

hecho algunos viajes al extranjero, acostumbrándose á las comodidades de

otros países, y encontraba cada vez menos tolerable la vida en caserones

construídos con arreglo á las necesidades del siglo anterior.

Don Antonio, después de lo que había visto en el «otro mundo»--así

llamaba él á América--, aceptó con gusto la casa escogida por su esposa

en los límites del barrio de Salamanca, cerca de la plaza de Toros, con

teléfono en la portería, ascensor en la escalera (sólo para subir) y

cuarto de baño, que, aunque pequeño, tenía los aparatos en uso

corriente, no estando ocupada su bañera por cajas de sombreros, como

ocurría en otras viviendas. Un «hombre de progreso» y que no era rico,

debía contentarse con esto y no pedir más.

La casa quedaba muy lejos de la Universidad, pero esto le imponía la

obligación de dar ocho largos paseos cuando menos todas las semanas,

ejercicio oportuno y útil para un aficionado á la lectura que pasaba

gran parte del día con los codos en la mesa, la frente entre las manos y

los ojos algo miopes junto á las páginas de un volumen.

Terminada su clase, iba deteniéndose en varias tiendas y puestos de

libros viejos, cuyos dueños le saludaban con cierta devoción al darle

cuenta de las novedades adquiridas. Todos ellos conocían la especialidad

del catedrático: obras antiguas ó modernas sobre América. Pero á veces,

salvando las fronteras de la ciencia histórica, Mascaró extendía sus

compras á las novelas y los libros de versos.

Algunos no se extrañaban de estas adquisiciones. Repetidas veces, al

comprar al peso, por el precio del papel, rimeros de volúmenes

olvidados, habían visto dos novelas históricas y una colección de

poesías, obras escritas por don Antonio cuando era joven y explicaba

literatura general en una universidad de provincia.

Así, de librería en librería, iba aproximándose á la Puerta del Sol, y á

partir de esta plaza, olvidaba las ideas que le habían acompañado

durante su marcha por las estrechas é incómodas aceras del viejo Madrid.

En la amplia calle de Alcalá se creía otro hombre. Ya no era un

catedrático de vida monótona y limitadas aspiraciones. Reaparecía el

profesor Mascaró, delegado de España en congresos internacionales, y

también el conferencista que había visitado numerosas universidades de

las dos Américas.

Yendo hacia la parte moderna de la ciudad donde estaba su casa, se iba

transformando interiormente. Su vista parecía aumentarse al encontrar el

amplio desgarrón de la gran avenida terminada por el arco de la Puerta

de Alcalá y las arboledas del Retiro. Creía encontrar en sus pulmones

otro sabor al aire. Sus pies, al posarse sobre el asfalto de las aceras,

removían en su memoria, por influencia refleja, los recuerdos del

bulevar de los Italianos, de Piccadilly ó del Broadway. En esta última

parte de su paseo era cuando se sentía más ágil y alegre, cuando se le

ocurrían sus mejores ideas, como si el deambular fácil--sin los

empellones, tropezones y malos olores del viejo Madrid--ejerciese una

acción benéfica sobre su inteligencia.

Una mañana de primavera, volviendo de la Universidad, se detuvo indeciso

don Antonio en la Puerta del Sol. Le atraía la calle de Alcalá, con su

atmósfera de oro ligero y su agitación de las horas meridianas. Luego

pensó en subir á un tranvía, para llegar más pronto á los jardines del

Retiro y pasear por sus avenidas hasta la hora de comer. En su casa,

como en muchos hogares de Madrid, la hora de sentarse á la mesa era las

dos de la tarde. Tenía tiempo sobrado para vagar por este parque que él

amaba tanto como el Museo del Prado, las dos cosas mejores de la villa,

en su opinión. Pero al final se sintió atraído por un tercer deseo, como

le ocurría siempre en momentos de duda.

--Tal vez será mejor hacer una visita á Ricardo Balboa. Llevo dos días

sin verlo y temo encontrarle enfermo... Con estos que andan mal del

corazón nunca está uno seguro.

Y subió á un tranvía, el de su mismo barrio, pues el ingeniero Balboa

vivía cerca de su casa.

Quedó de pie en la plataforma trasera, para ver los automóviles y coches

de caballos que pasaban casi rozando los dos lados del vehículo público.

Al estar en la parte más ancha de la calle se dió cuenta de un

movimiento de curiosidad que hacía detenerse á muchos transeuntes.

En el interior del tranvía algunos se levantaron de sus asientos para

ver mejor, y en las plataformas sonó un cuchicheo de comentario. Todos

miraban un automóvil descubierto que pasó á gran velocidad, hacia el

interior de Madrid, ocupado por dos señoras. Mascaró hizo un gesto de

conmiseración, como si le inspirase lástima el asombro de la gente.

«Total--se dijo--, una mujer que guía ella misma su automóvil; alguna

extranjera. Y esto deja embobadas ó escandalizadas á tantas personas,

como si fuese algo inaudito. ¡Ah, país atrasado!...»

Desapareció el automóvil, pero don Antonio, que era un imaginativo,

siguió viéndolo cerebralmente y admirando á la mujer que lo conducía, á

pesar de que la rapidez de su tránsito no le había permitido conocer su

rostro.

El catedrático guardaba de sus tiempos juveniles una admiración

instintiva por las mujeres que él titulaba «extraordinarias». Sólo las

había visto en los grabados de los periódicos ó en novelas y comedias;

pero ¡ay! ¡ser amado por una hembra de esta especie superior!...

Su vida era doble; una se desarrollaba monótonamente en la realidad y

otra hervía con locos burbujeos, pero sin rebasar nunca los bordes de su

imaginación. En el mundo limitado por el tiempo y el espacio era un

esposo fiel, y mostraba un cariño tolerante y algo irónico á su doña

Amparo, que le había hecho padre de Consuelito. Además, veía á través de

esta hija única todas las ilusiones y deseos de su existencia práctica.

Pero á solas y en el misterio de su cráneo, era un voluptuoso

desenfrenado, un héroe insaciable del amor, que corría las más

estupendas aventuras, pasando sin escrúpulos de una á otra, ó

acometiendo muchas á la vez. Esto, en realidad, no le proporcionaba

otras fatigas que las cerebrales, y su imaginación, una vez metida á

fabricar pecaminosos fantaseos, no conocía el cansancio.

En su juventud le habían hecho soñar las grandes artistas de ópera. ¡Ser

el hombre preferido por una de aquellas tiples, hermosas y célebres,

cubiertas de joyas, buscadas por los monarcas y los grandes

millonarios!... Y la pobre doña Amparo nunca pudo adivinar que el marido

que estaba tranquilamente junto á ella, con los ojos entornados como si

pensase una lección ó una conferencia, corría el mundo en aquellos

momentos acompañando á una artista famosa.

Sus gustos habían cambiado después de los viajes que llevaba hechos á

través de la realidad. Ahora admiraba á la mujer deportiva, de carne

enjuta y musculosa, especie de muchacho hermoso con faldas, que parece

aportar al placer el malsano incentivo de la ambigüedad del sexo. Sólo

comprendía ya la belleza con faldellín blanco, un jersey de vivos

colores y una raqueta en la mano. También le gustaba con gorra de hombre

y las manos metidas en guantes avellanados y largos, estilo mosquetero,

agarrando con fuerza inteligente el volante de un automóvil.

Con una de estas mujeres el pacífico catedrático emprendía muchas veces

un viaje alrededor del mundo. Su yate afrontaba tempestades, asaltos de

piratas malayos y encallamientos en islas de coral. Otras hembras de

atractivos no menos varoniles le hacían ir de caza, con los brazos

remangados y el rifle al hombro, por las soledades ardientes de África,

en busca de panteras é hipopótamos. En repetidas ocasiones había atacado

también cuchillo en mano, por salvar á sus compañeras, á un oso blanco

tres veces más grande que él, sobre la infinita llanura del mar polar

congelado.

Mascaró procuraba no verse mientras iba imaginando estas aventuras.

Temía cortar de golpe las novelescas excursiones al darse cuenta de su

estatura menos que mediana, de su cara morena, en la que empezaban á

profundizarse las arrugas, de su pelo de meridional, antes intensamente

negro y ahora gris en los aladares de la cabeza, de su aire de señor

bonachón que parecía esparcir confianza y tranquilidad ante sus pasos.

Él prefería al otro Mascaró que se agitaba en su cerebro como un demonio

seductor, enloqueciendo á las mujeres sólo con mirarlas, haciéndolas

marchar detrás de sus talones como gozquecillos sumisos, dejando á una

para tomar á otra sin misericordia; mozo guapo capaz de meter miedo á la

misma Muerte, y que cuando tiraba de revólver hacía huir al rival

amoroso ó á las muchedumbres cobrizas, amarillentas ó negras que le

salían al paso, sin fijarse en que iba acompañando á una ó varias

señoras.

El grave catedrático acababa por reir de sus desenfrenos imaginativos

cuando al fin, ahito de ellos, sentía agotada su invención. Pero esta

burla á su vida interna era bondadosa y tolerante. Parecía perdonarse á

sí mismo con su risa, é igualmente á la mayor parte de los humanos.

«Por suerte--pensaba--, nuestra frente es de hueso y no puede reflejar

las imágenes que se agitan detrás de ella. ¡Ay, si fuese como el vidrio

del acuario, que deja ver la vida inquieta y nerviosa de los animales

que colean y se persiguen al otro lado!...»

Estaba seguro Mascaró de que la vida social no podría durar veinticuatro

horas si todos viésemos lo que piensan los demás, si contemplásemos el

desarrollo cinematográfico de la imaginación, que trabaja por su cuenta,

negándose á obedecernos, y nos crea una segunda vida, sin hacer caso de

los escrúpulos de nuestra conciencia. Los hijos no respetarían á sus

padres si conociesen todo, absolutamente todo lo que piensan. Los

esposos fieles materialmente sentirían asombro al verse tan distanciados

y hostiles por los caprichos de la imaginación. Los nietos se asustarían

al leer á través de las arrugas frontales del abuelo los desenfrenos de

su fantasía. Por eso, cuando las personas de vida austera llegan á una

extrema vejez y pierden la disciplina impuesta por la razón, asombran

muchas veces por las expresiones desvergonzadas de su locura senil,

mostrando una segunda personalidad, ignorada de todos. El hombre de

gobierno, el que administra justicia, todos los varones de aspecto grave

y palabra severa que son pastores de sus semejantes, ¿en qué situación

se verían si su cráneo transparentase los pensamientos desordenados, los

deseos monstruosos que cruzan el cerebro como un relámpago, cuando la

imaginación vagabundea?...

«Muchos seres tranquilos y de existencia monótona--seguía diciéndose el

catedrático--tenemos un harén en nuestro pensamiento y nos refugiamos

en él para consolarnos de nuestra vida mediocre. Las mayores aventuras

amorosas, las voluptuosidades más inauditas, no han existido tal vez

nunca en la realidad. Las inventaron, para su recreo mental y solitario,

tranquilos padres de familia.»

Si don Antonio veía á su esposa en mitad de sus aventuras imaginativas,

este recuerdo parecía infundirlas un nuevo atractivo. Creía vengarse con

tantas infidelidades ilusorias del casero despotismo de doña Amparo.

Pero le bastaba recordar á su hija, para que en un momento se viniese

abajo todo el tinglado de sus perversidades fantásticas, sufriendo la

comezón de la vergüenza y el remordimiento al volver á la realidad.

La escapada imaginativa que había provocado el paso veloz de aquella

dama automovilista terminó como muchos otros de sus viajes fantásticos.

Vió subir al tranvía una joven que recordaba vagamente á Consuelito, é

inmediatamente se sintió empujado fuera de su harén, quedando confuso y

arrepentido ante su puerta cerrada.

Había que pensar en otra cosa. Él no podía tener inactivas sus fuerzas

mentales, necesitaba entretenerlas en jugueteos imaginativos cuando no

realizaba un trabajo serio. Y olvidando primeramente á las señoras que

guían automóviles, y luego á todas las mujeres en general, concentró su

pensamiento, con la intransigente austeridad del que acaba de

arrepentirse, en aquel amigo que iba á visitar.

No recordaba con certeza cuándo se conocieron. Era una amistad casi de

la niñez. Los dos habían estudiado juntos el bachillerato.

Mascaró vivía en Madrid á causa del empleo de su padre, pero era un

«mediterráneo» nacido en una pequeña ciudad de Levante. Sus primeras

impresiones del mundo exterior se las proporcionó la vista de un mar

color de turquesa en la mañana, intensamente azul á mediodía, y violeta

al atardecer, así como de una costa roja, sin otra vegetación que

matorrales leñosos y perfumados; sucesión de montañas ardientes, que

parecían beber la luz del sol, transpirándola luego por la porosidad de

sus peñas.

El padre de Balboa era un español que había hecho considerable fortuna

en Méjico. De su madre se acordaba como de una señora que hablaba con

dificultad el castellano y en los momentos de apuro verbal se volvía

hacia su esposo para pedirle ayuda en inglés.

Ricardo había nacido en Méjico y frecuentado la escuela de primeras

letras en una ciudad fronteriza de los Estados Unidos; pero era español.

Su padre, con el patriotismo exacerbado de los que vivieron lejos de su

país ansiando volver á él, no admitía ni remotamente la contingencia de

que un hijo suyo pudiera tener una nacionalidad distinta. Luego de

haberse enriquecido en la explotación de minas, confió éstas á un socio,

para retirarse á Madrid. Así Ricardo no sería _gringo_ como su madre, ni

tampoco mejicano por haber nacido allá. Quería educarle como español.

Mascaró, nacido en una familia pobre, tuvo entrada durante su primera

juventud en esta casa de americanos opulentos, donde se gastaba el

dinero sin tasa ni prudencia.

Balboa siguió la carrera de ingeniero. Su padre quería que dirigiese más

adelante la explotación de sus minas, y procuró evitarle de este modo la

tutela de los especialistas extranjeros, con los que había tenido muchas

veces que luchar él, hombre de ingenio natural, pero falto de estudios.

Mascaró, llevado de sus aficiones literarias y necesitando una carrera

para vivir, siguió la de Letras, con el propósito de dedicarse al

profesorado.

Se fué Ricardo á Méjico una vez terminados sus estudios, y su amigo dejó

de visitar la casa de los americanos. Siendo catedrático en una

universidad de provincia, supo que el padre de Balboa había muerto. La

viuda se marchó á América, no sintiéndose ya ligada á un país sin

interés para ella.

Transcurrieron varios años... más de doce. Mascaró había hecho ya la

mayor parte de su carrera, llegando finalmente á ser catedrático en

Madrid. Un colega suyo de California, con el que mantenía asidua

correspondencia, le procuró una serie de lecciones en la Universidad de

Berkeley sobre los dramaturgos españoles del siglo de oro, y al

desembarcar en Nueva York, camino de San Francisco, se encontró con

Balboa, que habitaba el mismo hotel.

La vida de su compañero de adolescencia había sido más agitada que la

suya. Aún era rico, comparado con él, pero había experimentado grandes

pérdidas en su fortuna. Las minas de Méjico que enriquecieron á su padre

eran ahora menos productivas. Además, el ingeniero vivía bajo la

influencia del demonio absorbente de la invención, y todos sus

descubrimientos industriales, así como sus tentativas para generalizar

los inventos de los otros, se resolvían finalmente en la realidad con

enormes pérdidas.

Se había casado Balboa con una joven de Méjico, hija de un español

antiguo amigo de su padre. Este matrimonio sólo había durado el tiempo

necesario para producir un hijo, que recibió el nombre romántico de

Florestán. La esposa había muerto cuando este niño sólo tenía varios

meses, y el ingeniero lo dejó en Méjico al cuidado de unos parientes,

para poder vivir con más libertad en Nueva York, dedicándose á la

implantación de sus invenciones y sus negocios extraordinarios.

Después de este encuentro se reanudó la amistad entre los dos

condiscípulos, escribiéndose ambos con frecuencia.

Pasaron algunos años más, y Mascaró vió de pronto al ingeniero instalado

en Madrid, con el propósito de quedarse en España para siempre. Parecía

enfermo. Las emociones de su existencia habían lastimado su corazón, y

éste le hacía sufrir angustiosas crisis.

Con el quebrantamiento de su salud parecía haberse aumentado el amor á

la patria que le dió su padre. ¿A qué rodar por el mundo, persiguiendo

enormes negocios, cuando él era español y en su país todo estaba aún

por hacer? La verdadera América la tenía él en España... Y se lanzó á la

explotación de minas abandonadas, empleando nuevos procedimientos de

trabajo; á descubrir pozos de petróleo, pues le parecía deshonroso que

su patria no los tuviese; á instalar fábricas como las que había visto

en el Nuevo Mundo.

Mascaró no admiraba á su amigo como hombre de negocios. «Es un

soñador--decía--, que se entusiasma con los asuntos por su novedad más

que por lo que pueden dar; un poeta desorientado, que aplica su fantasía

á la industria.»

El catedrático no se equivocaba. Indudablemente, de permanecer Balboa

inactivo, imitando la existencia mediocre y recelosa de los que guardan

su dinero al margen de todo riesgo, habría continuado siendo rico como

su padre. Pero necesitaba trabajar, y la actividad representaba para él

fracasos y ruinas.

Sin darse cuenta de lo que significa el cambio de ambiente, aplicaba á

los negocios del mundo viejo los mismos procedimientos de la actividad

americana. Contaba siempre con la facilidad de encontrar capitales para

todas sus innovaciones. Él abría la marcha audazmente, empleando su

dinero en el nuevo negocio con la certeza de que otros capitalistas,

adivinando la ganancia enorme, se disputarían entre ellos el ser

consocios suyos; pero á los pocos pasos se veía solo y sin fuerzas para

seguir adelante.

Su hijo Florestán había crecido al mismo tiempo que Consuelito y tenía

ya veinte años. Estudiaba la carrera de ingeniero, y parecía sentir

iguales aficiones que su padre por la industria y la mecánica, pero de

un modo seguro y reposado, sin sus audacias optimistas, sin su prontitud

para tener por axiomático todo lo que acababa de imaginar.

Mascaró parecía interesarse mucho por la suerte de Florestán después de

haber escuchado algunas veces á su esposa, que veía en él un marido para

Consuelito.

--¡Lástima de muchacho! Si su padre se retirase de los negocios para

siempre y no trabajase más, aún podría disponer de una buena fortuna

juntando los restos de lo que dejó su abuelo.

Por suerte, el ingeniero había abandonado desde algunos meses antes la

«aclimatación de negocios americanos», como decía Mascaró.

--Es inútil querer transformar en unos cuantos años á los pueblos

viejos--murmuraba Balboa con desaliento--. Lo que es posible en el Nuevo

Mundo y hace ganar allá millones, resulta aquí empresa ruinosa.

Y abandonó todos los asuntos que habían absorbido gran parte de su

herencia: los pozos de petróleo, que nunca se decidían á dar petróleo;

las minas de carbón, que insensiblemente habían acabado por ser

propiedad de otros; las líneas de ferrocarril, que jamás pasaban de los

planos á la realidad.

Ahora vivía dedicado simplemente á las invenciones. En esto no podía

influir el ambiente. Un inventor llega á realizar los mismos

descubrimientos en Madrid que en Nueva York. Indudablemente sufría en

su patria grandes contrariedades y retrasos, por falta de colaboradores

mecánicos que diesen forma material á sus ideas; pero de todos modos,

con la ayuda de un par de obreros que, dentro de su existencia modesta,

resultaban tan quimeráticos como Balboa y por lo mismo le admiraban y

seguían á ciegas, iba realizando en el metal los embriones de sus

inventos.

Los dos ayudantes vivían, naturalmente, á costas del ingeniero, y además

todos los bocetos que construían incesantemente, y las más de las veces

acababan por ser arrumbados como hierro viejo, exigían cuantiosos

gastos.

«Pero aun así--pensaba Mascaró--, estos despilfarros de inventor

resultan más baratos que la explotación ó la fundación de las empresas

industriales de antes... Además, ¡quién sabe si un día acertará con una

de esas invenciones famosas!...»

El catedrático tenía fe en el talento de su amigo y al mismo tiempo le

compadecía; contradicción frecuente cuando se juzga á un hombre que

persigue un descubrimiento sin haberlo realizado. Ahora andaba Balboa á

vueltas con una invención simplemente «secundaria»--según él decía--,

pero capaz de revolucionar profundamente las costumbres privadas y hasta

la vida de la humanidad entera.

Había dejado á un lado las grandes máquinas, los motores de explosión de

poco peso y fuerza enorme, llamados á modificar las navegaciones aéreas

y submarinas. Como el artista caprichoso que produce jugueteando una

obra diminuta y graciosa mientras descansa entre dos concepciones

gigantescas, el ingeniero se ocupaba actualmente del cinematógrafo. En

las últimas semanas no hablaba de otra cosa.

Al apearse don Antonio del tranvía y entrar en la casa del inventor,

estaba seguro de que sólo podía hablarle éste de sus estudios

cinematográficos.

La casa de Balboa era de igual arquitectura que la de Mascaró, sólo que

con más adornos y de mayores proporciones. El teléfono no estaba en la

portería, sino en el mismo despacho del ingeniero; pero el ascensor

marchaba con la misma lentitud y no admitía gente en su descenso.

Como Mascaró era considerado lo mismo que si fuese de la familia, una

criada le hizo entrar sin anuncio en un gran salón convertido por Balboa

en pieza de trabajo.

Tuvo que pasar el catedrático entre varios tableros montados sobre

caballetes que formaban largas mesas. Estas mesas tenían clavados en su

madera dibujos lineales y otros bocetos de soñador de la mecánica. Las

paredes, ornadas por el arquitecto constructor del salón con molduras

blancas, estaban cubiertas de marcos que guardaban bajo cristal paisajes

montuosos perforados por bocas de minas, cortes geológicos con varias

capas de colores superpuestas, máquinas de uso inexplicable...

Estos cuadros despertaban en Mascaró la misma sensación que los retratos

borrosos, coronas ajadas y otros recuerdos fúnebres que guardan

piadosamente ciertas viudas para no olvidar un momento las acciones del

muerto. Casi todos estos adornos de la pared recordaban un mal negocio

del inventor, una empresa inadaptada ó prematura que se había sorbido

parte de su herencia.

Balboa, que estaba inclinado sobre uno de los tableros de dibujo,

levantó la cabeza y tendió su diestra al recién llegado, sin querer

abandonar su labor.

Era un hombre de rostro melancólico, dolorido y dulce. Llevaba la barba

completa, como en su juventud, terminada en dos pequeñas puntas, y este

adorno facial, así como su cabellera sobradamente luenga y descuidada,

le daban el aspecto de un Cristo enfermizo y opaco, como si se le viese

á través del polvo y las peladuras de un cuadro viejo. En la cúspide de

su cabeza empezaba á ralear el pelo, y éste, que había sido rubio, así

como la barba, tomaba el tono mate de la plata desdorada.

Lo que atraía inmediatamente la atención sobre su rostro era la blancura

de la tez, una blancura mate, de papel poroso, que parecía absorber

ávidamente la luz, sin que ésta lograse hacer brillar la piel con la

alegre jugosidad de la salud. Mascaró se fijó al entrar en esta palidez,

reveladora de un corazón enfermo. Apreciaba el estado de su amigo por la

intensidad de su blancura malsana.

Al verle, después de una ausencia de dos días, le pareció su palidez más

intensa y se apresuró á pedirle noticias de su salud. El inventor hizo

un gesto despectivo.

--Me siento bien. Estos días los he pasado trabajando... Creo que ahora

he dado en el clavo. No es posible la duda.

Y con el entusiasmo del creador que ve completa y perfecta su obra,

empezó á hablar de aquel invento que al principio había considerado como

simple diversión y ahora le inspiraba un amor paterno.

Sin los inventos que él llamaba secundarios era imposible la difusión

universal de otros descubrimientos más importantes. ¿De qué hubiera

servido la invención de la imprenta no existiendo antes el invento más

modesto del papel? Las letras podían imprimirse sobre pergamino, como en

los libros manuscritos de los siglos anteriores, pero sólo á los ricos

les habría sido dado comprar volúmenes tan costosos. Gracias al papel,

descubrimiento secundario y democrático, la imprenta había podido

generalizarse, multiplicando hasta el infinito la difusión del

pensamiento humano.

Balboa había sentido la necesidad de su invención viendo el

funcionamiento del cinematógrafo, que vivía como hubiese vivido la

imprenta sin la existencia del papel. Las imágenes fotográficas quedaban

impresas en una cinta de gelatina, cara y difícil de producir. A causa

de esto, las bandas cinematográficas eran materia costosa monopolizada

por los explotadores de espectáculos. Había que ir á buscar este álbum

de imágenes vivas en los teatros y las salas especiales. No podía

llevarse á la casa, como un libro; no podía guardarse en una biblioteca,

para verlo en todo momento.

Un aparato de proyecciones cinematográficas no representa un gasto

extraordinario; además se compra una sola vez en la vida. Lo costoso era

la cinta, á causa de su materia. De una obra cinematográfica se hacían

doscientas ó trescientas copias, cuando más, para todos los pueblos de

la tierra. Los mismos ejemplares iban pasando de unas ciudades á otras,

sin más limitación que la del idioma en que están escritos los títulos.

Él iba á cambiar radicalmente todo esto con su invento. Había encontrado

el medio de sustituir la cinta de gelatina con una simple tira de papel.

El valor material de un rollo cinematográfico sería, gracias á su

descubrimiento, tan poco costoso como el papel de un ejemplar de diario.

--Imagínate, Antonio... ¡qué revolución! Las gentes podrán comprar en

las librerías una obra cinematográfica, llevándola á su casa para

proyectarla en el aparato de familia. Una novela puesta en imágenes no

costará más cara que cuesta hoy impresa en volumen. Todos podrán tener

en su domicilio una biblioteca de libros cinematográficos, al mismo

precio que ahora la forman de libros encuadernados. Piensa también lo

que será esto para la gloria y el provecho de los autores. ¿Qué puede

vender hoy un novelista?... ¿doscientos mil, trescientos mil ejemplares,

como éxito enormísimo? Con mi invento una novela llegará á diez

millones, á quince millones de volúmenes, ¡quién sabe si á más!... Los

libros serán para la tierra entera. No habrá que hacer otra traducción

que la de los rótulos, y muchas veces ni existirán estos rótulos, pues

los progresos de la acción muda podrán suplir á la letra impresa.

Gracias á mí, llegará á ser una realidad el diario cinematográfico. La

imagen correrá el mundo entero y dirigirá la vida humana, como hoy lo

hace la letra impresa; todo gracias al papel... Y yo que emprendí mi

trabajo sin ninguna idea de ganancia, seré rico, inmensamente rico. No

es fácil calcular lo que dará mi invento. Es para el mundo entero,

abarca absolutamente á todos los humanos. La imprenta necesita que los

hombres sepan leer. Mi invento es para todos los que tengan ojos, aunque

vivan todavía en la barbarie.

Torció el gesto Mascaró y quiso protestar de tales afirmaciones. El

libro guardaría siempre su influencia. Balboa, simple inventor que sólo

concedía importancia á lo que fuese interesante para él, pasaba por

encima del estilo literario, ignorando la fuerza sugestiva de la

palabra, el arte en la expresión de las ideas. Pero don Antonio se dejó

ganar al fin por el fervor de su amigo, pensando en las nuevas y enormes

ganancias que proporcionaría esta innovación á los que viven del trabajo

literario. No en balde había escrito versos y novelas en su juventud.

--Si verdaderamente has encontrado ese invento, vale más que todo lo que

llevas hecho.

Luego se encogió en su interior el Mascaró imaginativo y vehemente, para

dejar sitio al padre de familia de presupuesto ordenado.

--Y sobre todo vas á ganar mucho dinero, ¡muchísimo!... ¡Ya era hora!

Estas últimas palabras sacaron á don Ricardo de su abstracción

entusiástica. Sus ojos y su gesto fueron los de un sonámbulo que

despierta bajo una sensación de frialdad. Olvidó su invento para pensar

en un episodio molesto de su vida ordinaria.

--Esa señora va á venir--dijo--. Está en Madrid. Me ha hablado por

teléfono desde su hotel.

Fijó el catedrático unos ojos interrogantes en Balboa, sin adivinar á

quién se refería.

--Es la californiana Concha Ceballos, por otro nombre mistress Douglas,

de la que hablamos el último día que estuviste aquí.

Mascaró agitó ambas manos sobre su cabeza, riendo al mismo tiempo.

--¡Ah!... Es la que llaman «la Embajadora» allá en su país... ¡Pobre

Ricardo! ¡Qué visita tan molesta!

Luego cesó de reir, mirando á su amigo como si le compadeciese. Éste,

inquieto por la próxima visita, fijó sus ojos en el reloj que tenía

enfrente. Eran las doce, y aquella mujer de actividad dominadora y

carácter enérgico debía ser puntual. Iba á llegar de un momento á otro.

El catedrático, que había acogido la noticia de la visita con regocijo,

acabó por dar consejos prudentes á su amigo.

--Ten calma. Acuérdate que estás enfermo, y las discusiones y

acaloramientos perturban el corazón. Piensa que es una mujer...

Esto último era lo que más preocupaba al inventor.

--¿Cómo mostrar la verdad á una mujer, cuando no quiero verla? Además,

¡tan caprichosa, tan violenta!... Si leyeses la última carta que me

envió de París...

La inquietud parecía haber aguzado sus sentidos, y de pronto avanzó la

cabeza como para escuchar mejor. Sonaba el timbre de la puerta.

--Ya está ahí.

Su amigo se apresuró á marcharse.

--¡Serenidad, Ricardo! Acuérdate de tu corazón... Ya me contarás. Vendré

esta noche con mi gente.

En la antesala se cruzó con dos señoras que iban hacia el salón, guiadas

por una doméstica. Inmediatamente las reconoció por sus figuras más que

por sus rostros. Eran las dos extranjeras que había visto pasar en

automóvil por la calle de Alcalá.

La que iba delante no llamó su atención, á causa de la mediocridad de su

estatura, que aún parecía más exigua comparada con la de la dama que

venía después y era la misma que guiaba el automóvil.

Don Antonio tuvo que levantar un poco los ojos para ver su rostro. Era

alta, soberbiamente alta, con cierto aire de aplomo y seguridad que

acompaña casi siempre á las personas soberanas. Se sintió envuelto en

una ráfaga de perfumes sutiles, carnales y químicos. Pensó en refinados

cuidados higiénicos. Luego en jardines de leyenda, exhalando bajo el

resplandor lunar una respiración de oloroso misterio.

Sólo pudo ver rápidamente una dentadura espléndida, que juzgó casi

inverosímil por su perfección; una dentadura que parecía emitir luz

entre la cuádruple orla de las encías rojas, intensamente rojas, y los

labios de un rosa húmedo, algo gruesos. Luego vió el color dorado de su

rostro: color de naranja primeriza obscurecido por una capa de polvos

rojizos; y finalmente sus ojos, de pupilas negras, que al pasar junto á

un balcón tomaron la amarilla luminosidad de dos monedas de oro. Estos

ojos dejaron caer sobre él una mirada de majestuosa indiferencia, que

parecía alejar las personas y las cosas.

Quedó inmóvil el catedrático á sus espaldas, con gesto pensativo é

indeciso, hasta que la vió desaparecer bajo la caída de un cortinaje. Él

conocía aquella señora; estaba seguro de haberla visto en alguna parte.

De pronto levantó los hombros y empezó á sonreir, mientras se dirigía á

la puerta de la escalera. No se había equivocado. La conocía muchos

años; la había visto repetidas veces en letras de imprenta.

--Es ella... Es la reina Calafia.

II

Aguas arriba en el pasado

Al ver á Balboa sintió perderse una parte de la fuerza hostil que la

había empujado hasta allí. Se sentó en el sillón que le ofrecía el dueño

de la casa, mientras su modesta compañera ocupaba otro á su lado sin

esperar á que la invitasen.

Fué contestando maquinalmente á los saludos del ingeniero, y al mismo

tiempo sus ojos no podían apartarse de él, fijos por la atracción de la

sorpresa. «¡Qué viejo está!... No le hubiese conocido al encontrarlo en

la calle.»

Y mientras repetía esto en su cerebro, fué saltando mentalmente sobre un

período considerable de su propia existencia.

En el tiempo empleado por ella para balbucear unas cuantas palabras de

cortesía, su imaginación hizo revivir más de la mitad de su vida

anterior. Se vió tal como era, teniendo catorce años, allá en Monterrey,

la ciudad más española de California. Los Ceballos pertenecían á la

nobleza colonial. Eran descendientes de militares ó funcionarios

civiles que habían venido de España á Méjico en tiempo de la dominación

española, pasando después, por sus empleos, á establecerse en la

tranquila y remotísima California.

Estos hidalgos dedicados á la ganadería representaban la sociedad civil

en los pueblos que habían ido creándose junto á los conventos de los

franciscanos. Al separarse Méjico de España, las Misiones de California

se arruinaban instantáneamente. Desaparecían los frailes, ahuyentados

por las nuevas leyes mejicanas, y quedaban únicamente los hidalgos

propietarios del suelo. Su vida apartada les hacía dar mayor importancia

á su noble origen y á su raza blanca. En Los Ángeles, en San Diego y

otras Misiones antiguas, las familias de apellidos españoles se

mantenían en aristocrático aislamiento, cruzándose sólo entre ellas.

San Francisco era entonces una bahía hermosa, pero solitaria y sin

utilidad. Aún no se había descubierto el oro californiano. Unas cuantas

casas hechas de adobes junto á la iglesia de los Dolores y un fuerte en

la entrada de la bahía era todo. Monterrey, puerto frecuentado por los

navegantes españoles y residencia de las autoridades enviadas por el

virrey de Méjico, figuraba como la capital del país. Y en Monterrey

vivían los Ceballos desde la última década del siglo XVIII, ó sea desde

que llegó el fundador de la familia siguiendo las huellas del capitán

Portolá.

Cuando ella era niña había oído á su padre, don Gonzalo Ceballos, y á

los amigos de éste lamentarse de la invasión de los _gringos_ y la

rapidez con que perdía California su antiguo aspecto. Sin embargo,

Conchita aún había conocido un Monterrey tradicional é interesante,

perdido ahora para siempre.

Los restos de la población amada en su niñez desaparecían, abrumados y

borrados por las modernas construcciones. El Monterrey de ella era

todavía hispano-colonial, compuesto de edificios de adobe enjalbegados

de blanco, todos de un solo piso, y con un patio interior que recordaba

la casa árabe copiada por los conquistadores procedentes de Andalucía ó

Extremadura en todos los países de América. Las calles eran barrancos en

días de lluvia ó profundos caminos, de cuyo fondo se elevaban columnas

de polvo al soplar el viento. Apenas se conocía el carruaje. Todos iban

á caballo. Se aprendía á montarlo antes de saber andar. Atados á los

sombrajes de los edificios esperaban filas de caballos enjaezados con

ricas y vistosas sillas mejicanas. Los hombres se calzaban las espuelas

al salir de la cama y muchas veces dormían con ellas fijas en sus

talones. La vida un poco ruda, pero patriarcal, estaba regida por las

costumbres leales y hospitalarias de los pueblos que habitan el

desierto.

La música y la danza eran diversiones frecuentes y los únicos

esparcimientos intelectuales del país. Todas las noches había baile en

una casa «distinguida». Hasta los señores graves y maduros bailaban el

«vals chiqueado», danza llamada así porque los varones interrumpían su

baile para recitar á sus parejas una tirada de versos comparándolas con

una rosa, una perla ó algo semejante; después de lo cual, volvían á

pasar el brazo por su talle y continuaban dando vueltas.

Mientras las familias de apellido noble vivían entre ellas, negándose á

aceptar extranjeros en sus fiestas, con un mal humor de invadidos que se

dan cuenta de su vencimiento, la gente popular se divertía igualmente en

las calles, valiéndose de la música y la poesía. Sonaban guitarras ante

las panzudas rejas; surgían de la fresca obscuridad nocturna voces

apasionadas entonando cantos mejicanos ó de remoto origen español.

A la mañana siguiente, Conchita, sin sentir fatiga por estas largas

horas de baile montaba á caballo lo mismo que un «vaquero» y salía al

campo. Las mujeres de los suburbios se asomaban para saludarla á las

puertas de sus casitas, edificios bajos de adobe pintados de blanco, con

apretadas y purpúreas guirnaldas cubriendo sus muros. Desde lejos

parecían hechas con rosas gigantescas de avinada púrpura, pertenecientes

á la flora misteriosa de un mundo nunca visto. De cerca eran simples

ristras de pimientos picantes, la cosecha anual puesta á secar del

terrible «chile», que acaricia la boca como un cauterio.

Luego visitaba las tierras de su padre. Éstas eran cada vez más

reducidas, y sus rebaños iban disminuyendo de un modo alarmante. Los

Ceballos se consideraban cada año menos ricos, siguiendo en esto la

suerte de toda la antigua aristocracia californiana.

El abuelo de ella había conocido la gran revolución que cambió

instantáneamente la fisonomía del país. California, que había sido

española y luego mejicana, acabó por pertenecer á los Estados Unidos.

Esto no impresionó mucho á los hidalgos coloniales. Vivían tan lejos de

Méjico, que la influencia del gobierno mejicano después de la

independencia había sido algo teórico y sin realidad. Los californianos,

poco numerosos y esparcidos sobre un territorio enorme, vivían

autonómicamente, conservando el espíritu de la antigua colonización

española, y aunque sintiesen una predilección especial por el pueblo más

allegado á su origen, no creyeron, sin embargo, asunto de vida ó muerte

el nuevo cambio de bandera. Veintiocho años antes habían dejado de ser

españoles para llamarse mejicanos; ahora dejarían de ser mejicanos para

vivir dentro de la confederación de los Estados Unidos. Esto era todo.

Lo que resultó verdaderamente terrible fué que al mismo tiempo se

hicieron los primeros descubrimientos auríferos en el país. Corrió por

el mundo la noticia de que California era una tierra de oro, y las

gentes aventureras y violentas de todas las razas marcharon como á una

Cruzada de rapiña, para caer sobre este rincón de América. Los vicios y

malicias del planeta entero llegaron en compañía de los hombres ansiosos

de enriquecerse. El llamado «salón», taberna y posada al mismo tiempo,

abundante en juegos y mujeres, surgió con la prodigalidad de las

vegetaciones parásitas sobre esta tierra maravillosa, donde los

aventureros de manos rudas, enriquecidos de pronto, no sabían qué hacer

de su oro. Astutos tahures corrían el país para robar al minero con sus

trampas, despojando al mismo tiempo de sus bienes á muchos

californianos.

El hidalgo ganadero se hizo jugador, perdiendo en los golpes del azar

sus rebaños y sus tierras. Los que se mantenían libres de la tentación

de los naipes se entregaron á otro juego, siguiendo la influencia

ancestral de los conquistadores ibéricos, grandes buscadores de tierras

de oro. Se hicieron mineros, enajenando sus campos para aventurar su

producto en la explotación de filones que muchas veces sólo existían en

la fantasía del vendedor. Querían hacerse millonarios en unas semanas,

como los europeos llegados en masa al país.

La reina Calafia (novela) · 第 1 / 17 段