El otro contestaba:--¿Quién? ¡Qué

_Kempis_ ni qué ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caserón. Voy a

blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la

piedra de la fachada. Verán ustedes qué hermosa queda la piedra

amarillenta después que la piquemos. No quiero obscuridad, no quiero

negruras, no quiero tristezas.

Mesía había convencido a la Regenta de que don Víctor, en rigor, venía a

ser una cosa así... como un padre. Siempre había pensado ella algo por

el estilo.

Sin embargo, se le debía el honor; y a pesar de tanta intimidad, de

aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don Álvaro no

había puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soñaba de

fijo.

Mesía no se daba prisa. «Aquella casada no era como otras; había que

conquistarla como a una virgen; en rigor él era su primer amor y los

ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran robado mil ilusiones.

Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico,

de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y

ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era

deshonesto y grosero».

«Así como así el verano siempre le tenía un poco lánguido y desmadejado.

Calculaba él, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo

de materialista práctico, calculaba que allá para el invierno él se

sentiría fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como

una malva. Además, una barbaridad podía, si no echarlo todo a perder,

retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que el que

llevaban. Ello diría, ello diría y no había de tardar».

Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como él

decía, _était déjà sur le retour_, se sentía transformado por la

juventud y la pasión vehemente y soñadora de Anita. No recordaba don

Álvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores

platónicos, según él llamaba a todos los no consumados, como estaba

gozando entonces.

La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sentía el mareo de la caída en

las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de pensamientos

alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un

remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica naturalista que

ella, sin darse cuenta de ello, había creado a última hora para

satisfacer su afán invencible de llevar siempre a la abstracción, a las

generalidades, los sucesos de su vida.

Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para

ellas. Toda la vida era diversión, excursiones, comidas alegres,

teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se

había establecido una especie de convivencia de que participaban

Obdulia, Visita, Álvaro, Joaquín y algunos otros amigos íntimos.

Se iba al Vivero muy a menudo; se corría por el bosque, por la galería

que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del río. Todos

parecían cómplices. Obdulia y Visita adoraban a la Regenta, eran

esclavas de sus caprichos, se la comían a besos; juraban que eran

felices viéndola tan tratable, tan _humanizada_. Y jamás una alusión

picaresca, ni una pregunta indiscreta, ni una sorpresa importuna. Nadie

hablaba allí del peligro que sólo ignoraba Quintanar. Muchas veces,

cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se

quedaba allí toda la comitiva a pasar la noche. Ana se encontraba, sin

buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro,

apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada

semana.

Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, se

emprendió la última excursión, por aquel año, al Vivero.

La alegría era extremada, nerviosa. _Aquellos chicos_, como seguía

llamándolos Ripamilán, también expedicionario a pesar de los años,

aquellos chicos que tenían en la quinta de Vegallana los mejores

recuerdos de sus juegos alegres, se despedían con pesar de aquel rincón

de sus primaveras y sus otoños. Querían saborear hasta la última gota

de alegría loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas y

picantes del bosque. Jamás Visita _hizo la niña_ de mejor buena fe,

jamás Obdulia consintió a Joaquín _más tonterías_, según su vocabulario

lleno de eufemismos; Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho días

antes; hasta los viejos cantaron, bailaron un minué y corrieron por el

bosque; don Víctor hizo diabluras y se cayó al río, pretendiendo

saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho.

Ana y Álvaro, al darse la mano por la mañana, al subir al coche, se

encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La noche

anterior Álvaro había dicho que él se quería morir. No pedía nada, pero

se quería morir. Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo más

que esto, y bajo, al oído de Álvaro: «Hoy es el último día».

Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó la idea de

que la tarde sería muy corta. Joaquín y Obdulia sabían que todo el mundo

era patria: «¡pero como allí!» Edelmira y Paco suspiraban también por

sus escondites de la quinta, que iban a dejar muy pronto.... Antes del

último arranque de locura, de las últimas carreras por el bosque y de la

última alegría hubo un cuarto de hora de melancolía... de cansancio

mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la última. Visita se

sentó al piano y tocó la polka de _Salacia_, un baile fantástico de gran

espectáculo que se representaba aquellas noches en Vetusta. _Salacia_,

la hija del mar, sacaba a sus hermanas del océano y no se sabe por qué a

las bacantes a bailar en la playa una danza infernal; Ana recordó la

impresión que aquella polka había causado en sus sentidos.... «¡Las

bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco».--Ana sabía

mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había dejado de ver el

pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas

y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada región de

Oriente donde su fantasía, a medias ilustrada, veía bosques misteriosos,

carreras frenéticas de las bacantes enloquecidas por la música

estridente y por las libaciones de perpetua orgía, al aire libre. ¡La

bacante! la fanática de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida

lozana y salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo;

aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos,

cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de

precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita

recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de _Salacia_,

que tenía de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su

cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y de su

pasión irritada.

De pronto se le antojó mirar una _Ilustración_ que estaba sobre un

centro de sala. «La última flor» decía la leyenda de un grabado en que

clavó Ana los ojos. En un jardín, en Otoño, una mujer, hermosa, de unos

treinta años, aspiraba con frenesí y oprimía contra su rostro una

flor... la última....

--¡Ea, ea, al monte!--gritó en aquel momento Obdulia desde la

huerta--¡al monte, al monte! a despedirse de los árboles....

Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás de su

polka... y en seguida cerró el piano con ímpetu:

--¡Al monte! ¡al monte!--gritaron de arriba y de abajo.

Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos,

zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoñada.

Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida del

buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la puerta....

Y se improvisó una cena para todos aquellos señores. Muchos a las doce,

después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían apetito; se había

comido temprano; otros no hicieron más que probar golosinas y beber.

Como la noche se había quedado tan serena y templada que parecía de las

primeras de Septiembre, se cenó en la estufa nueva que se inauguró en

este día; era grande, alta, confortable, construida por modelo de París.

Don Álvaro, inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño,

a la de la princesa Matilde. ¡Cómo envidió Obdulia aquel dato! Y sintió

orgullo. ¡Un hombre que había sido su amante podía hablar de la _serre_

de la princesa Matilde!

Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había bailado después de

volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de refresco, se apagaban

solas las velas de esperma, en los candelabros, corriéndose por culpa

del viento que dejaba pasar un balcón abierto. Los criados no habían

apagado más que la araña de cristal. Las sillas estaban en desorden;

sobre la alfombra yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro del

Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de

brocado viejo. Parecía el salón fatigado. Las figuras de los cromos

finos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsa

gracia violentas y amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; los

muebles sin orden, en posturas inusitadas, parecían amotinados,

amenazando contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos años

hacía. El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más

experiencia que todo, callaba, conservando su puesto.

Una ráfaga de viento apagó la última luz que alumbraba el cuadro

solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se abrió la puerta del

salón y pasaron dos bultos. Las pisadas las apagó en seguida la

alfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la luna

nueva y de un farol de enfrente, adulación del municipio nuevo a la casa

del Marqués. Al abrirse la puerta se oyó a lo lejos el ruido de la

servidumbre en la cocina; carcajadas y el _run, run_ de una guitarra

tañida con timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclaba

con otro más apagado, el que venía de la huerta, atravesaba los

cristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un barrio

populoso lejano.

Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias

perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras de su

juventud, allá en la Almunia de don Godino.

Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a don

Víctor, oía la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy,

ahora, aquí, aquí mismo!».

Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella

discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a

propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato,

para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:

--¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la hice mía? ¡pues, no

señor! pásmese usted.... Lo de siempre, me faltó la constancia, la

decisión, el entusiasmo... y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué

es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico me falta el

valor... y estoy por decir que el deseo....

Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía se le antojó

atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor... y

con suprema resolución, casi con ira pensó:

--Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que él lo quiere,

que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, aquí mismo....

Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor de

confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de

las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba allí

Anita.

Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si

salía o no, y entró de nuevo en el caserón. En la cocina seguía la

algazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No había nadie.

«No podía ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entre

las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas

ningún bulto de mujer. «No podía ser». Con aquella fe en sus

corazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en lo obscuro...

llegó al balcón entornado; lo abrió...

--¡Ana!--¡Jesús!

--XXIX--

«El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. Me lo han

mandado de León lleno de nueces. Será cosa exquisita. Además, tengo vino

de mi tierra, un Valdiñón que se masca...».

Mesía no faltó a su promesa, y el día de Navidad comió en el caserón de

los Ozores. El salón estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros; la

gran chimenea churrigueresca se había conservado con sus ondulantes

sirenas de abultado seno de yeso. Don Víctor se contentó con pintar de

un blanco gris _discreto_, como él decía, todas aquellas cornisas,

volutas, acantos, escocias y hojarasca.

A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía con la

mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía a la

mesa. Después del café pudo notar don Álvaro que su amigo estaba

impaciente. Desde aquel verano, desde que habían vivido juntos en la

fonda de La Costa, don Víctor se había acostumbrado a la comensalía de

don Álvaro; le encontraba a la mesa más decidor y simpático que en

ninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces,

después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una

vuelta por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora

larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se movía. Ana y Álvaro

se miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella.

La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del suelo,

y don Víctor hizo a Mesía una seña que quería decir claramente:

--Me estorba esa; si se fuera... hablaríamos.

Mesía encogió los hombros.

Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verlo

Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que los ojos.

Ana salió en seguida.--¡Gracias a Dios!--dijo su marido, respirando con

fuerza--. Creí que no se marchaba hoy esa muchacha.

Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él.

--Ahora podremos hablar.--Usted dirá--respondió tranquilamente Álvaro,

chupando su habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbre

de _enturbiar el aire_ cuando le convenía.

«¿Qué tripa se le habrá roto a este?», pensó con un vago recelo, que no

se explicaba siquiera.

Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el tono de las grandes

revelaciones.

--Actualmente--dijo--todo me sonríe. Soy feliz en mi hogar, no entro ni

salgo en la vida pública; ya no temo la invasión absorbente de la

iglesia, cuya influencia deletérea... pero esa Petra me parece que me

quiere dar un disgusto.

Movimiento de sobresalto en Mesía.

--Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas?

--He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos...

explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa

grandísima tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella está

picada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi

lecho, de mi tálamo... como si dijéramos, a la satisfacción de efímeros

placeres.... ¿Me entiende usted? Finge que se alborota por defender su

honor que, en resumidas cuentas, aquí nadie se atreve a amenazar

seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi frialdad....

--¿Pero qué hace? vamos a ver....

--Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo un disgusto a mi

Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, pero antes

tenía sus caprichos, ya recuerda usted....

--Sí, sí... al grano.--Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en

todo. Por aquí, digo, y por aquí se va. Hasta le ha pasado aquella

exaltación un poco selvática, aquel amor excesivo a los placeres

bucólicos, aquella exclusiva preocupación de la salud al aire libre, del

ejercicio, de la higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y

Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando

se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por

pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor!

--Pero... no me dice usted...--Allá voy; Ana vive ahora en un

equilibrio que es garantía de la salud por la que tanto tiempo hemos

suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da aquellos

sustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la casa de

sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero

perderla a ningún precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que quiere

comprometernos.

--Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra?

--Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos

prevaliéndose de mi situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿No

comprende usted que para Ana tendría que ser un golpe terrible cualquier

revelación de esa... ramerilla hipócrita?

--¿Pero qué sucede, señor? ¡hable usted claro y pronto!--gritó Mesía

impaciente, más interesado en el asunto de lo que su amigo podía

suponer.

--Más bajo, Álvaro, más bajo. ¿Qué sucede? Mucho. Petra sabe que yo

quiero evitar a toda costa un disgusto a mi mujer, porque temo que

cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar y volviéramos a las

andadas. Un desengaño, mi escasa fidelidad descubierta, de fijo la

volvería a sus antiguas cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscaría

consuelo en la religión y ahí teníamos al señor Magistral otra vez....

¡Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a toda costa que Ana

sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y sensual fuí capaz de

solicitar los favores de esa _scortum_, como las llama don Saturnino.

--Pero ¿por qué ha de saber Ana eso? Si, después de todo, no hay nada

que saber....

--Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la pobrecita. La conozco

yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensará lo

demás, lo que no hay.--¿Pero Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo?

¿Ha amenazado con decir?...

--Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite

riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo....

--Absurdo...--Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva,

más soberbia, más insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues

no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana!

Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó:

--¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos!

--Eso digo yo.... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste

hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el lenguaje de la

conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solución;

¿qué hago? ¿sufrir en silencio? Absurdo. Además, puede acabársele la

paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que

le queda de cuando fue casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si

sospecha... si... ¡triste de mí!

--Calma, hombre, calma.--¿Qué hacemos, Álvaro, qué hacemos?

--Es muy sencillo.--¡Sencillo!--Sí, hay que echar a Petra de esta

casa.

Don Víctor saltó en su silla.

--Eso es cortar el nudo...--Pues no hay más solución. Echarla.

Don Víctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero don

Álvaro prometió allanarlo todo. «Él sabía cómo se trataba a esta gente.

Daba la casualidad feliz de que en la fonda en que él vivía como niño

mimado hacía tantos años, se necesitaba una muchacha para servir a los

huéspedes. Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagaría la

proposición; se la haría el mismo don Álvaro, y si por caso extraño

resistía, él sabría amenazarla de suerte que...» etc., etc. En fin, don

Víctor lo dejó en manos de su amigo y se fue al Casino, algo más

tranquilo.

--¿Usted se queda a preparar el terreno, eh?

--Sí, hombre, a arreglarlo todo.

En cuanto don Víctor cerró de un golpe la puerta de la escalera, Ana

entró asustada en el comedor. Iba a hablar, pero llegó Petra a recoger

el servicio del café y calló fingiendo leer _El Lábaro_. Salió la

doncella y Ana dijo:

--¿Qué hay, Álvaro?...

--Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche.

--No te entiendo...--Petra marcha de esta casa. Adiós espías.

--¡Petra! ¿qué marcha Petra?

--Sí, él me ha encargado de despedirla; dice que es insolente, que te

trata mal....

--¡Dios mío! ¿ha notado él?...

--Sí, boba, pero no te asustes... él lo toma... por donde no quema....

Mesía explicó a la Regenta el caso. La había enterado de todo y de mucho

más. Las tentativas del mísero don Víctor eran para la Regenta, gracias

a las calumnias de Álvaro, delitos consumados. Pero ella no atribuía a

esto la insolencia de la criada; temía que hubiese descubierto sus

amores con Mesía y que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus

miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don

Víctor su secreto.

--Ya ves como no era lo que tú temías, aprensiva.... Es muy posible,

probable que la pobre chica no sospeche nada, que su atrevimiento no sea

más que una amenaza al amo....

Ana se ruborizó. Todo aquello le repugnaba. «¡Aquel marido a quien ella

había sacrificado lo mejor de la vida, no sólo era un maníaco, un hombre

frío para ella, insustancial, sino que perseguía a las criadas de noche

por los pasillos, las sorprendía en su cuarto, les veía las ligas!...

¡Qué asco! No eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y una

especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante

hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud».

«Álvaro--seguía pensando Ana--había hecho mal en revelarle aquellas

miserias, en hacer traición a Quintanar, por indigno que este fuera, y

sobre todo en avergonzarla a ella con las aventuras ridículas y

repugnantes del viejo». Pero como tenía empeño en limpiar de toda culpa

a su Mesía, a su señor, al hombre a quien se había entregado en cuerpo y

en alma _por toda la vida_, según ella, pronto le disculpaba,

reflexionando que «el pobre Álvaro hacía aquello por amor, por arrojar

del pensamiento de su Ana todo escrúpulo, todo miramiento que pudiera

atarla al viejo que había hecho de lo mejor de su vida un desierto de

tristeza».

«Tampoco le agradaba a Anita ver a su Álvaro metido en aquellos cuidados

domésticos de despedir criadas; y menos encontrarle tan experto en el

asunto; todo aquello, de puro prosaico y bajo, era repugnante, pero ¿qué

remedio? Álvaro lo hacía por ella, por gozar tranquilamente de aquella

felicidad que tantos años de martirio le había costado...».

Estos y todos los demás lunares que en Mesía le obligaba a descubrir de

poco acá el endiablado espíritu de análisis, camino de la locura según

ella, procuraba Ana convertirlos en otras tantas estrellas luminosas de

pura hermosura. Si alguna vez le sobrecogía la ida de perder a don

Álvaro, temblaba horrorizada, como en otro tiempo cuando temía perder a

Jesús.

Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a murmurar

con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la

rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la

constancia...

«Para siempre, Álvaro, para siempre, júramelo; si no es para siempre,

esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...».

Mesía había jurado, y seguía jurando todos los días, una eternidad de

amores.

La idea de la soledad _después de aquello_, le parecía a la Regenta más

horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno.

Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más que en

el amor mismo...; pero sin él... volverían los fantasmas negros que ella

a veces sentía rebullir allá en el fondo de su cabeza, como si asomaran

en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de una noche eterna,

vacía, espantosa. Ana sentía que acabarse el amor, aquella pasión

absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida,

sería para ella comenzar la locura.

«Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería loca de fijo; tengo miedo a mi

cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso

más que en quererte».

Esto solía decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresía,

sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesía,

pero que al desaparecer no dejó en su lugar fingimiento. Ana se

entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento,

y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí,

hambre atrasada.

Él estuvo el primer mes asustado. Si los primeros días renegaba del

miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (_absurdos en una mujer

casada de treinta años_, según la filosofía del Presidente del Casino),

pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a inquietarle

«otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería

satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos

disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le

adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por _el físico_. Muchas

veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la

boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: «No hables». Mesía no

echaba esto a mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar,

dejarse adorar por buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne

ahíta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma

ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su

vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura

facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero

capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía

estaba intranquilo.

--Está usted desmejorado--le decía Somoza.

--Cuidado--repetía Visitación.

Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había

recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia

que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a

la fortaleza de la Regenta.

«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo que hacía _crac_ de

cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no

era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen

soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla.

Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en

presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él

faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con

escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por

excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes

bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a

última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos

después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no

eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaños.

Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal,

parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa

que describe Quevedo en el _Gran Tacaño_. Él también había sido más de

una vez, después de pródigo, el Gran Tacaño del amor.... Pero las trazas

antiguas serían imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas....

«No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía derecho a

una juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones

de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo semejante

inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos amores

que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se confesaba

todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no fuese don Álvaro

Mesía. Después del Presidente del Casino ningún ser de la tierra le

parecía más digno de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de

amor, como él había esperado siempre aun en los días de mayor

apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí mismo, que había habido un

tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a la Regenta. ¡La tenía

ahora tan vencida!

Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para

trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero. Ana se

opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no, Álvaro, por Dios no, eso

nunca». Y resistió muchos días a las súplicas del amante que se quejaba

de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre

se veían en casa de Vegallana; allí eran sus cariños furtivos,

precipitados; pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa

intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos

expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a

acudir a un rincón de amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro

confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro en un pueblo

_tan atrasado_ como Vetusta. Además, el lugar que él pudiera encontrar,

al cabo tenía que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la

imaginación influía tanto, el desprecio del albergue podía llevarla a la

repugnancia del adulterio.... No había más remedio que tomar por asilo el

caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más tranquilo, lo más

cómodo. Comprendía Álvaro los escrúpulos de Ana, pero se propuso

vencerlos y los venció. Sin embargo, si los obstáculos del orden

puramente moral, los _escrúpulos místicos_, como se decía Álvaro con

frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a

fuerza de pasión, los _inconvenientes materiales_, las precauciones del

miedo opusieron dificultades de más importancia. A don Álvaro se le

ocurría que sin tener de su parte a una criada, a la doncella mejor, era

todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se atrevió a proponer

a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando antipatía mal

oculta hacia Petra, y comprendió además que era muy nueva la Regenta en

esta clase de aventuras, para llegar al cinismo de ampararse de

domésticas, y menos sabiendo de ellas que eran solicitadas por su

marido.

Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama. ¿No

era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y otras de que

él tenía noticia ¿no probaban que era muy fácil interesar en su favor a

aquella muchacha? Sí. Y dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don

Víctor, detrás de la puerta, en los pasillos, donde podía, don Álvaro

comenzó el ataque de Petra que se rindió mucho más pronto de lo que él

esperaba. Pero había un inconveniente muy grave. A la chica se le

ocurrió ser, o fingirse, desinteresada, preferir los locos juegos del

amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretísimas medias

palabras y buenas obras, a cambio de un cariño que Mesía no estaba en

circunstancias de prodigar. «¡Pobre Ana, qué sabía ella de todas estas

complicaciones!». No sabía tampoco don Álvaro tanto como él creía.

Ignoraba por ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien

a él sin pensar en el interés, sin más pago que el del amor con que el

gallo vetustense ya no podía ser manirroto: no era Petra enemiga del

vil metal, ni la ambición de mejorar de suerte y hasta de _esfera_, como

ella sabía decir, era floja pasión en su alma, concupiscente de arriba

abajo; pero en Mesía no buscaba ella esto; le quería por buen mozo, por

burlarse a su modo del ama, a quien aborrecía «por hipócrita, por

guapetona y por orgullosa»; le quería por vanidad, y en cuanto a

servirle en lo que él deseaba, también a ella le convenía por satisfacer

su pasión favorita, después de la lujuria acaso, por satisfacer sus

venganzas. Vengábase protegiendo ahora los amores de Mesía y Ana, «del

idiota de don Víctor» que se ponía a comprometer a las muchachas sin

saber de la misa la media; vengábase de la misma Regenta que caía, caía,

gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la

hipocritona en poder de su criada, la cual el día que le conviniese

podía descubrirlo todo. Tenía entre sus uñas a la señora ¿qué más quería

ella? Todas las noches pasaba unas cuantas horas, la honra y tal vez la

vida del amo, pendiente de un hilo que tenía ella, Petra, en la mano, y

si ella quería, si a ella se le antojaba, ¡zas! todo se aplastaba de

repente... ardía el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de

una gloria fuese para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de

Vetusta le pagaba el servicio con _amores de señorito_ que eran los que

ella había saboreado siempre con más delicia, por un instinto de señorío

que siempre la había dominado. Pero además gozaba de otra venganza más

suculenta que todas estas la endiablada moza. ¿Y el Magistral? El

Magistral la había querido engañar, la había hecho suya; ella se había

entregado creyendo pasar en seguida a la plaza que más envidiaba en

Vetusta, la de Teresina. Petra sabía lo bien que colocaba doña Paula a

todas las que eran por algún tiempo doncellas en su casa. Teresina, a

quien esperaba para muy pronto una colocación de _señorona_ allá en

cierta administración de bienes del amo, casada con un buen mozo,

Teresina la había enterado de lo que ella no había podido observar y

adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua; Petra

comprendía que la casa del Magistral era el camino más seguro para

llegar a casarse y ser _señora_ o poco menos.... La ocasión había

llegado; después de la romería de San Pedro creía ella que todo era

cuestión de semanas, de esperar una oportunidad; Teresina saldría pronto

bien colocada y entraría ella en su puesto.... Pero no fue así; el

Magistral no volvió a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no

fue para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... ¡qué

vergüenza! para comprarla como espía. Cierto es que el Provisor le

prometió para muy pronto la plaza de Teresina, con todas las ventajas

que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de todas suertes a ella

se la había engañado; o mejor, se había engañado ella; pero esto no

quería reconocerlo la orgullosa rubia. Era el caso que, en su opinión,

el Magistral era amante de doña Ana hacía mucho tiempo, y que la escena

del bosque del Vivero la interpretó la vanidad de la criada como una

victoria de su belleza que había hecho caer en pecado de inconstancia al

canónigo. Creyó Petra que don Fermín la quería a ella ahora después de

haber querido a su ama. Caprichos así había visto ella muchos. Cuando se

convenció de que don Fermín, por mucho que disimulase, estaba enamorado

como un loco de la Regenta, furioso de celos, y de que no había sido su

amante ni con cien leguas, y de que a ella, a Petra, sólo la había

querido por instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se

sublevaron dentro de ella saltando como sierpes; pero las acalló por de

pronto, disimuló, y por entonces sólo dio satisfacción a la avaricia.

Aceptó las proposiciones del canónigo. Ella entraría en casa de don

Fermín el día que fuese necesario salir del caserón de los Ozores, pero

entre tanto prestaría allí sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo

que podía pensar. El canónigo sabría todo lo que pasaba; si doña Ana

recibía visitas, quién entraba cuando no estaba don Víctor o se quedaba

después de salir el amo, etc., etcétera.

Petra prometió decir todo lo que hubiera. Fingió no recordar siquiera

ciertas promesas de otro orden que a don Fermín se le habían escapado en

el calor de la improvisación en aquella dichosa mañana del Vivero, de

que estaba avergonzado. Cuando vio don Fermín a Petra tan propicia para

servirle por dinero, sintió más y más haber comenzado por el camino

absurdo, vergonzoso de una seducción... ridícula. Aquella aventura que

le recordaba las de antaño, le sonrojaba ahora, porque contradecía en

cierto modo aquel andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasión

por la Regenta. «El amor purísimo que yo tengo, todo lo disculpa».

«¿Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque? Claro que

no», le decía la conciencia. Por eso le repugnaba Petra ahora. Pero no

había más remedio que valerse de ella.

Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola

tenía el cabo. Por ahora a quien servía con lealtad era a Mesía; este

pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y ella le ayudaba

cuanto podía, porque ayudarle era satisfacer los propios deseos: hundir

al ama, tenerla en un puño, y burlarse sangrientamente, del _idiota del

amo_ y del indino del canónigo. Para más adelante se reservaba la astuta

moza el derecho de vender a don Álvaro y ayudar a su señor, al que

pagaba, al que había de hacerla a ella señorona, a don Fermín. ¿Cuándo

había de ser esto? Ello diría. Si don Álvaro no se portaba bien, podía

ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella se cansaba, o si

Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la ocupase le convenía

correr a ella, también podía convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto

don Fermín no sabía por Petra nada más que noticias vagas, suficientes

para tenerle toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco

furioso que tenía además el tormento de disimular sus furores delante

del mundo, y de doña Paula singularmente.

De modo que si don Álvaro podía decir con razón: ¡Pobre Ana, que no sabe

nada de esto! también Petra podía exclamar: ¡Pobre don Álvaro, que no

sabe ni la cuarta parte de lo que tanto le importa!

El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en engañar a

la Regenta. Era, según él, muy justo respetar los escrúpulos de aquella

adúltera primeriza (otra frase grosera del seductor), que no podía

avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero también era equitativo

que él, sin decírselo a doña Ana, fingiendo desconfiar también de la

doncella, aprovechase los servicios de esta, preciosos en tales

circunstancias. La cuestión era entrar todas las noches en la habitación

de la Regenta por el balcón. Esto se decía pronto, pero hacerlo ofrecía

serias dificultades. ¿A dónde daba el balcón del tocador? Al parque.

¿Cómo se podía entrar en el parque? Por la puerta. ¿Pero quién tenía la

llave de la puerta? Una, Frígilis; con esta no había que contar. ¿Y la

otra?

Don Víctor. Esta podía sustraérsele, pero Petra dijo que a tanto no se

comprometía, que aquello de andar llaves en el ajo era delicado y podía

comprometerla. Lo mejor era que el señorito saltase por la pared.

Justamente don Álvaro tenía las piernas muy largas. De esta manera la

comedia se representaba mejor; segura doña Ana de que don Álvaro saltaba

por el muro, no podía sospechar tan fácilmente que tenía cómplices

dentro de casa. Después llegar bajo el balcón, trepar por la reja del

piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa fácil para

tan buen mozo.

Todo esto lo hacía don Álvaro sin la ayuda directa, inmediata de Petra,

y doña Ana encontraba así muy verosímil todo lo que su amante decía de

su industria para entrar en el cuarto de ella. Para lo que servía Petra

era para vigilar, para evitar que don Álvaro pudiera ser sorprendido al

entrar o al salir, y para darse tales trazas que doña Ana creyese que

ella, la doncella, no había estado durante toda la noche en

circunstancias de poder notar la presencia del amante. Estaba además

allí para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las

horas. En el servicio de Petra había algo de la responsabilidad de un

jefe de estación de ferrocarril. Don Álvaro sabía, porque don Víctor se

lo había confesado, que el ex-regente y Frígilis, en cuanto llegaba el

tiempo, salían de caza mucho más temprano de lo que Ana creía. Petra era

la encargada de despertar al amo, porque Anselmo se dormía sin falta y

no cumplía su cometido: Frígilis llegaba al parque a la hora convenida,

ladraba... y bajaba don Víctor. Llegó a quejarse don Tomás de que sus

ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que se le

hacía esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y plantones, se

acordó que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a la misma hora sin

necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don Víctor compró un

reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este aviso

automático, como él decía, acudió en adelante a la hora señalada para la

cita. Casi todas las mañanas Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la

misma hora. El tren que los llevaba a las marismas y montes de Palomares

salía este año un poco más tarde y no necesitaban levantarse antes del

ser de día.

Todo esto necesitó saber don Álvaro para no exponerse a un choque en la

vía con Frígilis o con el mismísimo don Víctor. Este mismo, sin saber lo

que hacía, le enteró de sus horas de salida; y lo demás que necesitaba

saber de los pormenores se lo refirió Petra. Así pues no había miedo. Lo

de saltar la tapia ofreció algunas dificultades; pero una noche, por la

parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el Tenorio

preparó removiendo piedras y quitando cal, dos o tres estribos muy

disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo también con disimulo

fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y ayudar la

ascensión, y quedó así vencido el principal obstáculo. Por la parte de

dentro todo fue como coser y cantar. Un tonel viejo arrimado al descuido

a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes,

sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don Álvaro por la

parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las

circunstancias. Aquella escalera disimulada, la comparaba don Álvaro con

esas cajas de cerillas que ostentan la popular leyenda, ¿dónde está la

pastora? ¿dónde estaba la escala? Después de verla una vez no se veía

otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le aparecía ella.

No faltaba más que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el

balcón. Como a ella no se le podía hablar de las garantías de seguridad

que don Álvaro tenía dentro de casa, nada o poco se podía oponer a sus

argumentos relativos a las sospechas probables de la antipática Petra.

Pero al fin don Álvaro que había triunfado de lo más, triunfó de lo

menos: llegó a comprender Ana que era imposible, y tal vez ridículo,

negarse a recibir en su alcoba a un hombre a quien se había entregado

ella por completo. Mucho valía la castidad del lecho nupcial, o

ex-nupcial mejor dicho, pero ¿no valía más la castidad de la esposa

misma? Entre estos sofismas y la pasión y la constancia en el pedir

dieron la victoria a Mesía, que si no pudo acallar los sobresaltos de

Ana, quien a cada ruido creía sentir el espionaje de Petra, conseguía a

menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que

él sabía envolverla, como en una nube envenenada con opio.

Y así pasaban los días, asustada Ana de que tan poco después de la caída

fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba, ella, que tantos

años había sabido luchar antes de caer.

Aquella tarde de Navidad, después de recoger el servicio del café, Petra

salió de casa y se dirigió a la del Magistral.

La recibió doña Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La madre del

Provisor conocía la estrecha simpatía que existía entre Teresina y la

doncella de la Regenta; y por la actual criada del _señorito_, de su

hijo, sabía que en el ánimo de Fermín, Petra era la persona destinada a

sustituir a Teresa el día, próximo ya, en que esta alcanzara el premio

consabido de salir de allí casada para administrar ciertos bienes de los

_Provisores_.

Doña Paula, que entendía a medias palabras, y aun sin necesidad de

ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, según su política

constante, y de satisfacerle de una manera pulcra, intachable en la

forma, anticipándose a él, había resuelto tomar la iniciativa y ofrecer

a Petra ella misma aquel puesto que la rubia lúbrica tanto ambicionaba.

La proposición se hizo aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un

día a otro. Petra aceptó sin titubear, temblando de alegría. Hasta que

estuvo en el caserón de vuelta, no se le ocurrió pensar que aquella

felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su

propio daño. Adiós amores con don Álvaro, amores cada vez más escasos,

más escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las

propinas y encareciendo las caricias, pero al fin _amores_ señoritos,

que la tenían orgullosa. ¿Qué hacer? No cabía duda, ser prudente, coger

el codiciado fruto, entrar en aquella _canonjía_, en casa del Magistral.

Para esto era preciso echar a rodar todo lo demás, romper aquel hilo que

ella tenía en la mano y del que estaban colgadas la honra, la

tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra

se encogió de hombros. Se le figuró ver que caía la Regenta y se

aplastaba, que caía el Magistral y se aplastaba, que caía don Víctor y

se convertía en tortilla, que el mismo don Álvaro rodaba por el suelo

hecho añicos. No importaba. Había llegado el momento. Si perdía la

ocasión, la vacante de Teresina, podía entrar otra y adiós _señorío_

futuro. No había más remedio que ocupar la plaza inmediatamente. Pero

entonces había que decírselo todo al Provisor, porque en saliendo de

aquella casa ya no podía ser espía, ni ayudar al que la pagaba a abrir

los ojos de aquel estúpido de don Víctor, que, como era natural,

querría vengarse, castigar a los culpables; que sería lo que necesitaba

el canónigo, puesto que él no podía con sus manteos al hombro ir a

desafiar a don Álvaro. Petra discurría perfectamente en estas materias,

porque leía folletines, la colección de _Las Novedades_, que dejara en

un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso

de descubrirse los amores de una señora casada. El que desafía es el

marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No

había duda, el Magistral la necesitaba a ella en el caserón llegado el

momento crítico... si salía antes y después no le servía, podía echarla

de casa por inútil. Había que hacerlo todo pronto, inmediatamente. ¿Y

qué iba a hacer? Una traición, eso desde luego, pero ¿cómo...?

En esto pensaba cuando entró en el comedor, ya al obscurecer, a preparar

la lámpara. Sintió que la sujetaban por la cintura y le daban un beso en

la nuca.

«Era el otro; ¡pobre, no sabía lo que le aguardaba!».

Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la había hecho retirarse

y se había quedado solo en el comedor para «dar el ataque» a Petra y

proponerle, entre caricias, de que cada día le pesaba más, el cambio de

amos. No era cierto que hubiese vacante en la fonda, pero allí era él

amo y se crearía la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un

hombre que se creía principalmente político y era seductor de oficio,

ofreció a la doncella la nueva posición, «que sería divertidísima, y

lucrativa como pocas». Don Víctor le tenía miedo, doña Ana también, cada

cual por su motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido si Petra

consentía en salir de la casa.

«Ya ves, hija, tú has cometido una falta, tratar a la señora con

altivez, con insolencia; esto, que es feo de por sí, la asustó a ella

haciéndole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto; le asustó a

él que teme que vas a cantar, y me perjudica a mí, como comprendes,

porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa... pago yo. A ti

ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya sin guías...

y allá en casa... en la fonda puedes sernos útil.... Además...».

Además, don Álvaro comprendía que ya no podía pagar a Petra sus

servicios con amor, porque cada día era más urgente economizarlo; y

llevando a la chica a la fonda, allí otros huéspedes hambrientos de esta

clase de bocados la distraerían y él cumpliría con propinas en adelante.

En suma, ya le estorbaba Petra en el caserón de los Ozores por muchos

conceptos. Pero a ella no se le podían dar tales razones.

--Señorito--dijo Petra, que a pesar de su resolución reciente, sintió en

el orgullo una herida de tres pulgadas--no necesita apurarse tanto para

convencerme de que debo irme de esta casa.

--No, hija, lo que es, si tú lo tomas por donde quema, yo no insisto.

--No señor, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero salir de

aquí; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la fonda, no

señor. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una buena voluntad,

¿entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a los amigos, y la

lleven y la traigan... y....

--Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien....

Don Álvaro bajaba la voz y Petra la levantaba.

Pero la astuta moza, que sabía contenerse, cuando era por su bien, se

reprimió, y cambiando el tono, y el estilo se disculpó, disimuló el

enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella misma pediría

la soldada, y se iría tan contenta, no a la fonda, sino a otra casa; una

proporción que tenía, y que no podía decir todavía cuál era. Por lo

demás, tan amigos, y si el señorito, don Álvaro, la necesitaba, allí la

tenía, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un sepulcro. Que

ella lo había hecho por afición a una persona, que no había por qué

ocultarlo, y por lástima de otra, casada con un viejo chocho, inútil y

_chiflao_ que era una compasión.

Petra engañó otra vez a Mesía. Hasta le consintió nuevas caricias de

gratitud que él se juró serían las últimas, por lo de la economía, que

le tenía maniático.

Don Víctor supo aquella noche en el Casino que al día siguiente Petra

pediría la cuenta, se marcharía.

¡Oh placer! Quintanar respiró con fuerza de fuelle y abrazó a su amigo.

«Le debía algo mejor que la vida, la tranquilidad de su hogar

doméstico».

Trabajaba don Fermín en su despacho, envueltos los pies en el mantón

viejo de su madre; escribía a la luz blanquecina y monótona de la mañana

nublada. Un ruido le distrajo, levantó los ojos y vio en medio del

umbral a doña Paula, pálida, más pálida que solía.

--¿Qué hay, madre?--Está ahí esa Petra, la de Quintanar, que quiere

hablarte.

--¡Hablarme!... ¿tan temprano? ¿qué hora es?

--Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene asustada...

le tiembla la voz....

El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por máquina:

--Que entre, que entre.... Doña Paula dio media vuelta y salió al

pasillo. Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión de madre.

--Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza

inclinada sobre el pecho.

Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada. ¿Qué

sería? Dudó un momento... estuvo casi resuelta a preguntar... pero se

contuvo y dijo otra vez:

--Anda, hija mía, entra. «Hija mía--pensó Petra--esta me quiere en casa;

segura es mi suerte».

--¿Qué hay?--gritó el Magistral acercándose a la criada, como queriendo

salir al paso a las noticias....

Petra vio que estaban solos... y se echó a llorar.

Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía

los ojos humillados. Había querido hablar el canónigo, pero no había

podido; sentía en la garganta manos de hierro, y por el espinazo y las

piernas sacudimientos y un temblor tenue, frío y constante.

--¡Pronto! ¿qué pasa?...--pudo preguntar al cabo.

Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en

confesión, que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a

hacer, que ella quería servirle a él, servir a su amo, servir a Dios,

que al fin religión era también el interés del prójimo, pero... temía...

no sabía si debía....

--¡Habla!... ¡habla!... te digo que hables pronto... ¿qué hay, Petra?...

¿qué hay?...--Don Fermín, con disimulo, apoyó una mano en la mesa. Hubo

una pausa--. Habla, por Dios....

--¿En confesión?--Petra, habla... pronto...--Señor, yo he prometido

decir a usted... todo....

--Sí, todo, habla.--Pero ahora no sé... no sé... si debo....

Don Fermín corrió a la puerta, la cerró por dentro, y volviéndose rápido

y con ademán descompuesto, gritó, sujetando con fuerza el brazo de la

criada:

--¡Déjate de disimulos, habla o te arranco yo las palabras!

Petra le miró cara a cara, fingiendo humildad y miedo; «quería ver el

gesto que ponía aquel canónigo al saber que la señorona se la pegaba».

Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, lo

que jamás hubiera creído. El mejor amigo del amo, aquel don Álvaro que

de día no se separaba de don Víctor... entraba de noche en el cuarto de

la señora por el balcón y no salía de allí hasta el amanecer. Ella le

había visto una noche, creyendo que soñaba, porque se había puesto a

espiar creyendo así desvanecer ciertas sospechas, pero ¡ay! era verdad,

era verdad.... Aquel infame había pervertido a la señorita, una santa....

¡Bien temía don Fermín!...».

Petra seguía hablando, pero hacía rato que De Pas no la oía.

En cuanto comprendió de qué se trataba, antes de oír las frases crudas

con que pintó la rubia lúbrica el asalto del caserón de los Ozores por

el Tenorio vetustense, don Fermín giró sobre los talones, como si fuera

a caer desplomado, dio dos pasos inciertos y llegó al balcón contra

cuyos cristales apoyó la frente. Parecía mirar a la calle. Pero tenía

los ojos cerrados.

Oía a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de la

voz aguda y lacrimosa, no lo que decía, que ya no llegaba a la atención

del canónigo; quería mandarla callar, pero no podía, no podía hablar, no

podía moverse....

Petra habló todo lo que quiso. Cuando calló, se oyeron nada más los

ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que corría muy

lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a grito limpio

paños de manos y encajes finos.

El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente

parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además

que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan

desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de

lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el

eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del

cristal helado. «Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de

risa, una cosa repugnante de puro ridícula.... Su mujer, la Regenta, que

era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante

ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro,

ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su

mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había

deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre,

ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos,

seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de

reducirle a cachos, a polvo, a viento; él atado por los pies con un

trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín

libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado

de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el

alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le

escupía en la cara porque él tenía las manos atadas.... ¿Quién le tenía

sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religión, millones de

espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía

a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era suplicio

injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel.... Cientos de

papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de

catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la

civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos,

sobre sus piernas, eran sus grilletes.... Ana que le había consagrado el

alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido

idiota, carnal y grosero.... ¡Le dejaba para entregarse a un miserable

lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso...

a una estatua hueca!... Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo,

ni su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el consuelo de sus

brazos y sus lágrimas.... Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a

sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que

era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse... su madre no

tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera... Él no podía

hablar, ella no podía adivinar, no debía.... No había más que un deber

supremo, el disimulo; silencio... ¡ni una queja, ni un movimiento!

Quería correr, buscar a los traidores, matarlos... ¿sí? pues silencio...

ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un

rato sí, ¡a coro a coro! ¡Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!». El

Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, el

diablo se le había reído en las entrañas... ¡y aquella risa profunda,

que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba... y le

asfixiaba!...

Abrió el balcón de un puñetazo y el aire frío y húmedo le trajo la idea

lejana de la realidad, y oyó la tos discreta de Petra, que aguardaba

allí, detrás, clavándole los ojos en la nuca.

Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró con ojos de idiota a la

rubia que enjugaba lágrimas villanas. «¿No necesitaba un instrumento

para luchar, para hacer daño? Aquel era el único que tenía».

Petra callaba inmóvil, esperando servir a su dueño.

Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al canónigo, pero quería más,

quería continuar su obra, que la mandasen clavar en el alma de su ama,

de la orgullosa señorona, todas aquellas agujas que acababa de hundir en

las carnes del clérigo loco.

Una voz lenta, ronca, mate, que no parecía haber sonado en el despacho,

voz de ventrílocuo, preguntó:

--¿Y tú, qué piensas hacer... ahora?

--¿Yo?... dejar aquella casa, señor... «¿No quiere ser franco?--pensó

Petra--pues que padezca; él vendrá a buscarme donde quiero que me

busque». Dejar aquella casa--repitió--¿qué he de hacer? Yo no quiero

ayudar con mi silencio a la vergüenza del amo; remediarlo no puedo, pero

puedo salir de aquella casa.

--¿Y a ti... no te importa el honor de don Víctor? Así agradeces el

pan... que comiste tantos años....

--Señor, yo ¿qué puedo hacer por él?

--En saliendo nada.--Pues me echan.--¿Ellos?--Sí, ellos; ayer el

señorito Álvaro, que es el que manda allí... porque el amo está ciego,

ve por sus ojos: el señorito Álvaro me puso de patitas en la calle. Hoy

debo despedirme. Me ofreció colocación en la fonda; pero yo prefiero

quedar en la calle....

--Vendrás a esta casa, Petra--dijo la voz de caverna, con esfuerzos

inútiles por ser dulce.

Petra volvió a llorar. «¿Cómo pagaría ella tal caridad, etc., etc.?».

Aquella ternura facilitó el tratado; cediendo cada cual un poco de su

tesón, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga asquerosa y

vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos intereses,

después olvidando estas fórmulas; y por fin el Magistral ofreció a la

moza asegurar su suerte, colmar su ambición, y ella poner ante los ojos

de Quintanar su vergüenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel

señor, si corría sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a

los traidores como tenían bien merecido.

Al terminar aquella conferencia hablaban como dos cómplices de un crimen

difícil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que aclaraban su

proyecto. «¿Qué iba a hacer Petra para poner a la vista del estúpido

Quintanar aquella vergüenza? ¿Revelaciones? no podían hacérsele.

¿Anónimos? eran expuestos...». «¡Qué! no señor, nada de eso; ha de verlo

él», repetía Petra, olvidada de sus fingimientos, con placer de artista.

Había allí dos criminales apasionados, y ningún testigo de la ignominia;

cada cual veía su venganza, no el crimen del otro ni la vergüenza del

pacto.

Cuando Petra salió de casa del Magistral, este sintió dentro de sí un

hombre nuevo; el hombre que hería de muerte por venganza, el criminal,

el ciego por la pasión, «el asesino, sí, el asesino; la otra era su

instrumento, el asesino él. Y no le pesaba, no... cien muertes, cien

muertes para los infames». «¿Qué haría don Víctor? ¿De qué comedia

antigua se acordaría para vengar su ultraje cumplidamente? ¿La mataría

a ella primero? ¿Iría antes a buscarle a él?...».

Al día siguiente, 27 de Diciembre, don Víctor y Frígilis debían tomar el

tren de Roca--Tajada a las ocho cincuenta para estar en las Marismas de

Palomares a las nueve y media próximamente. Algo tarde era para comenzar

la persecución de los patos y alcaravanes, pero no había de establecer

la empresa un tren especial para los cazadores. Así que se madrugaba

menos que otros años. Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte

que le llamase con un estrépito horrísono a las ocho en punto. En un

decir Jesús se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía esperar

dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, y en esto y

en el viaje a la estación se empleaba el tiempo necesario para llegar

algunos minutos antes de la salida del tren mixto.

De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar

aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente

repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado. Venció con

gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar

del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón

importuno. El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que

otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía

de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No hizo caso de tales

sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y estirar los brazos

se dirigió al lavabo y de buenas a primeras zambulló la cabeza en agua

fría. Así contestaba don Víctor a las sugestiones de la mísera carne que

pretendía volverse a las ociosas plumas.

Cuando ya tenía _las ideas más despejadas_, reconoció imparcialmente que

la pereza aquella mañana no se quejaba de vicio. «Debía de ser en efecto

bastante más temprano de lo que decía el reloj. Sin embargo, él estaba

seguro de que el despertador no adelantaba y de que por su propia mano

le había dado cuerda y puéstole en la hora la mañana anterior. Y con

todo, debía de ser más temprano de lo que allí decía; no podían ser las

ocho, ni siquiera las siete, se lo decía el sueño que volvía, a pesar de

las abluciones, y con más autoridad se lo decía la escasa luz del día».

«El orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o

abajo; pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable; cierto que

la niebla espesísima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el

cielo hacen la mañana muy obscura, pero no importa, el sol no ha salido

todavía, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni siquiera las

siete». No podía consultar el reloj de bolsillo, porque el día anterior

al darle cuerda le había encontrado roto el muelle real.

«Lo mejor será llamar».

Salió a los pasillos en zapatillas.

--¡Petra! ¡Petra!--dijo, queriendo dar voces sin hacer ruido.

--Petra, Petra.... ¡Qué diablos! cómo ha de contestar si ya no está en

casa... la pícara costumbre, el hombre es un animal de costumbres.

Suspiró don Víctor. Se alegraba en el alma de verse libre de aquel

testigo y semi-víctima de sus flaquezas; pero, así y todo, al recordar

ahora que en vano gritaba «¡Petra!», sentía una extraña y poética

melancolía. «¡Cosas del corazón humano!».

--¡Servanda! ¡Servanda! ¡Anselmo! ¡Anselmo!

Nadie respondía.--No hay duda, es muy temprano. No es hora de

levantarse los criados siquiera. ¿Pero entonces? ¿Quién me ha adelantado

el reloj?... ¡Dos relojes echados a perder en dos días!... Cuando entra

la desgracia por una casa....

Don Víctor volvió a dudar. ¿No podían haberse dormido los criados? ¿No

podía aquella escasez de luz originarse de la densidad de las nubes?

¿Por qué desconfiar del reloj si nadie había podido tocar en él? ¿Y

quién iba a tener interés en adelantarle? ¿Quién iba a permitirse

semejante broma? Quintanar pasó a la convicción contraria; se le antojó

que bien podían ser las ocho, se vistió deprisa, cogió el frasco del

anís, bebió un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel

enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las

provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la escalera

del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el

silencio de la casa. «Pero a los criados ya los compondría él a la

vuelta. ¡Perezosos! Ahora no había tiempo para nada.... Frígilis debía de

estar ya en el Parque esperándole impaciente...».

--Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día más obscuro en

mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa... no... ni el cielo

está muy cargado.... No lo entiendo.

Llegó Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... ¡Cosa más rara!

Frígilis no estaba allí. ¿Andaría por el parque?... Se echó la escopeta

al hombro, y salió de la glorieta.

En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres

campanadas. Don Víctor se detuvo pensativo, apoyó la culata de su

escopeta en la arena húmeda del sendero y exclamó:

--¡Me lo han adelantado! ¿Pero quién? ¿Son las ocho menos cuarto o las

siete menos cuarto? ¡Esta obscuridad!...

Sin saber por qué sintió una angustia extraña, «también él tenía

nervios, por lo visto». Sin comprender la causa, le preocupaba y le

molestaba mucho aquella incertidumbre. «¿Qué incertidumbre? Estaba antes

obcecado; aquella luz no podía ser la de las ocho, eran las siete menos

cuarto, aquello era el crepúsculo matutino, ahora estaba seguro.... Pero

entonces ¿quién le había adelantado el despertador más de una hora?

¿Quién y para qué? Y sobre todo, ¿por qué este accidente sin importancia

le llegaba tan adentro? ¿qué presentía? ¿por qué creía que iba a ponerse

malo?...».

Había echado a andar otra vez; iba en dirección a la casa, que se veía

entre las ramas deshojadas de los árboles, apiñados por aquella parte.

Oyó un ruido que le pareció el de un balcón que abrían con cautela; dio

dos pasos más entre los troncos que le impedían saber qué era aquello, y

al fin vio que cerraban un balcón de su casa y que un hombre que parecía

muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la

reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y después saltar

sobre un montón de tierra.

«El balcón era el de Anita».

El hombre se embozó en una capa de vueltas de grana y esquivando la

arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y

corriendo después sobre el césped a brincos, llegó a la muralla, a la

esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto se puso sobre

una pipa medio podrida que estaba allá arrinconada, y haciendo escala

de unos restos de palos de espaldar clavados entre la piedra, llegó,

gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo sobre el muro.

Don Víctor le había seguido de lejos, entre los árboles; había levantado

el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por instinto, como en la

caza, pero no había apuntado al fugitivo. «Antes quería conocerle». No

se contentaba con adivinarle.

A pesar de la escasa luz del crepúsculo, cuando aquel hombre estuvo a

caballo en la tapia, el dueño del parque ya no pudo dudar.

«¡Es Álvaro!» pensó don Víctor, y se echó el arma a la cara.

Mesía estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro,

atento sólo a buscar las piedras y resquicios que le servían de estribos

en aquel descendimiento.

«¡Es Álvaro!» pensó otra vez don Víctor, que tenía la cabeza de su amigo

al extremo del cañón de la escopeta.

«Él estaba entre árboles; aunque el otro mirase hacia el parque no le

vería. Podía esperar, podía reflexionar, tiempo había, era tiro seguro;

cuando el otro se moviera para descolgarse... entonces».

«Pero tardaba años, tardaba siglos. Así no se podía vivir, con aquel

cañón que pesaba quintales, mundos de plomo y aquel frío que comía el

cuerpo y el alma no se podía vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al

otro extremo del cañón, allí sobre la tapia.... Sí, sí; él hubiera

cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir».

«Era Álvaro, ¡y no iba a durar un minuto! ¿Caería en el parque o a la

calleja?...».

No cayó; descendió sin prisa del lado de Traslacerca, tranquilo,

acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro. Don

Víctor le vio desaparecer sin dejar la puntería y sin osar mover el dedo

que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mesía en la calleja y su amigo

seguía apuntando al cielo.

--¡Miserable! ¡debí matarle!--gritó don Víctor cuando ya no era tiempo;

y como si le remordiera la conciencia, corrió a la puerta del parque, la

abrió, salió a la calleja y corrió hacia la esquina de la tapia por

donde había saltado su enemigo. No se veía a nadie. Quintanar se acercó

a la pared y vio en sus piedras y resquicios _la escalera de su

deshonra_.

«Sí, ahora lo veía perfectamente; ahora no veía más que eso; ¡y cuántas

veces había pasado por allí sin sospechar que por aquella tapia se subía

a la alcoba de la Regenta!. Volvió al parque; reconoció la pared por

aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido,

los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la veía todos

los días veinte veces y hasta ahora no había reparado lo que era: ¡una

escala! Aquello le parecía símbolo de su vida: bien claras estaban en

ella las señales de su deshonra, los pasos de la traición; aquella

amistad fingida, aquel sufrirle comedias y confidencias, aquel

malquistarle con el señor Magistral... todo aquello era otra escala y él

no la había visto nunca, y ahora no veía otra cosa».

«¿Y Ana? ¡Ana! Aquella estaba allí, en casa, en el lecho; la tenía en

sus manos, podía matarla, debía matarla. Ya que al otro le había

perdonado la vida... por horas, nada más que por horas, ¿por qué no

empezaba por ella? Sí, sí, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro,

había que matar, ¿quién lo dudaba? pero antes... antes quería meditar,

necesitaba calcular... sí, las consecuencias del delito... porque al

fin era delito...». «Ellos eran unos infames, habían engañado al esposo,

al amigo... pero él iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que

se quiera, pero asesino».

Se sentó en un banco de piedra. Pero se levantó en seguida: el frío del

asiento le había llegado a los huesos; y sentía una extraña pereza su

cuerpo, un egoísmo material que le pareció a don Víctor indigno de él y

de las circunstancias. Tenía mucho frío y mucho sueño; sin querer,

pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referían a su

desgracia, a su deshonra, a su vergüenza, se mostraban reacias, huían,

se confundían y se negaban a ordenarse en forma de raciocinio.

Entró en el cenador y se sentó en una mecedora. Desde allí se veía el

balcón de donde había saltado don Álvaro.

El reloj de la catedral dio las siete.

Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste

realidad.... «Le habían adelantado el reloj. ¿Quién? Petra, sin duda

Petra. Había sido una venganza. ¡Oh! una venganza bien cumplida. Ahora

le parecía absurdo haber tomado la poca luz del alba por día nublado. Y

si Petra no hubiera adelantado el reloj o si él no lo hubiese creído,

tal vez ignoraría toda la vida la desgracia horrible... aquella

desgracia que había acabado con la felicidad para siempre. La pereza de

ser desgraciado, de padecer, unida a la pereza del cuerpo que pedía a

gritos colchones y sábanas calientes, entumecían el ánimo de don Víctor

que no quería moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La

actividad le horrorizaba.... ¡Oh, qué bien si se parase el tiempo! Pero

no, no se paraba; corría, le arrastraba consigo; le gritaba: muévete;

haz algo, tu deber; aquí de tus promesas, mata, quema, vocifera,

anuncia al mundo tu venganza, despídete de la tranquilidad para siempre,

busca energía en el fondo del sueño, de los bostezos arranca los

apóstrofes del honor ultrajado, representa tu papel, ahora te toca a ti,

ahora no es Perales quien trabaja, eres tú, no es Calderón quien inventa

casos de honor, es la vida, es tu pícara suerte, es el mundo miserable

que te parecía tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos....

Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, después desafía al galán y

mátale también... no hay otro camino. ¡Y a todo esto sin poder menear

pie ni mano, muerto de sueño, aborreciendo la vigilia que presentaba

tales miserias, tanta desgracia, que iba a durar ya siempre!».

«Pero había llegado la suya. Aquel era su drama de capa y espada. Los

había en el mundo también. ¡Pero qué feos eran, qué horrorosos! ¿Cómo

podía ser que tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes,

aquellos rencores en verso y en el teatro? ¡Qué malo era el hombre! ¿Por

qué recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto dolían

cuando eran propias? ¡Y él, el miserable, hombre indigno, cobarde,

estaba filosofando y su honor sin vengar todavía!... ¡Había que empezar,

volaba el tiempo!... ¡Otro tormento! ¡el orden de la función, el orden

de la trama! ¿Por dónde iba a empezar, qué iba a decir; qué iba a hacer,

cómo la mataba a ella, cómo le buscaba a él?».

El reloj de la catedral dio las siete y media.

De un brinco se puso Quintanar en pie.

--¡Media hora! media hora en un minuto; y no he oído el cuarto....

Y Frígilis va a llegar... y yo no he resuelto....

Don Víctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, no

podía resolver. Se despreció profundamente, pero más profundo que el

desprecio fue el consuelo que sintió al comprender que no tenía valor

para matar a nadie, así, tan de repente.

--O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Tomás, o ya no la mato

hoy....

Volvió a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la

laxitud del ánimo, que ya no luchaba con la impotencia de la voluntad,

recobró parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de la traición le

pinchó por la vez primera con fuerza bastante para arrancarle lágrimas.

Lloró como un anciano, y pensó en que ya lo era. Jamás se le había

ocurrido tal idea. Su temperamento le engañaba, fingiendo una juventud

sin fin; la desgracia al herirle de repente le desteñía, como un

chubasco, todas las canas del espíritu.

«Ay, sí, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le engañaban, se burlaban

de él. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compañera, como un

báculo... y el báculo se le rompía en las manos, la compañera le hacía

traición, iba a estar solo... solo; le abandonaban la mujer y el

amigo...».

El dolor, la lástima de sí mismo, trajeron a su pensamiento ideas más

naturales y oportunas que las que despertara, entre fantasmas de fiebre

y de insomnio, la indignación contrahecha por las lecturas románticas y

combatida por la pereza, el egoísmo y la flaqueza del carácter.

No sentía celos, no sentía en aquel momento la vergüenza de la deshonra,

no pensaba ya en el mundo, en el ridículo que sobre él caería; pensaba

en la traición, sentía el engaño de aquella Ana a quien había dado su

honor, su vida, todo. ¡Ay, ahora veía que su cariño era más hondo de lo

que él mismo creyera; queríala más ahora que nunca, pero claramente

sentía que no era aquel amor de amante, amor de esposo enamorado, sino

como de amigo tierno, y de padre... sí, de padre dulce, indulgente y

deseoso de cuidados y atenciones!

«¡Matarla!--eso se decía pronto--¡pero matarla!... Bah, bah... los

cómicos matan en seguida, los poetas también, porque no matan de

veras... pero una persona honrada, un cristiano no mata así, de repente,

sin morirse él de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los

lazos del cariño, de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y él

sentía su deshonra como la siente un padre, quería castigar, quería

vengarse, pero matar era mucho. No, no tendría valor ni hoy ni mañana,

ni nunca, ¿para qué engañarse a sí mismo? Mata el que se ciega, el que

aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, estaba triste hasta la

muerte, ahogándose entre lágrimas heladas; sentía la herida, comprendía

todo lo ingrata que era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría

matarla. Al otro sí; Álvaro tenía que morir; pero frente a frente, en

duelo, no de un tiro, no; con una espada lo mataría, aquello era más

noble, más digno de él. Frígilis tenía que encargarse de todo. Pero

¿cuándo? ¿ahora? ¿en cuanto llegase? No... tampoco se atrevía a

decírselo así, de repente. Después de hablar con alma humana de tan

vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, esto es,

de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la venganza. En cuanto

alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia; lo exigía

así el mundo, las ideas del honor; él era al fin un marido burlado.... Y

a ella habría que llevarla a un convento. Y él, se volvería a su tierra,

si no le mataba Mesía; se escondería en La Almunia de don Godino».

Al llegar aquí se acordó el infeliz esposo que Ana, meses antes, le

proponía un viaje a La Almunia. «¡Tal vez si él hubiera aceptado, se

hubiese evitado aquella desgracia... irreparable! Sí, irreparable, ¿qué

duda cabía?».

«¿Y Petra? ¡Maldita sea! Petra.... ¡Es ella quien me hace tan

desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, de donde

ya no saldré aunque mate al mundo entero; aunque haga pedazos a Mesía y

entierre viva a la pobre Ana!... ¡Ay, Ana también va a ser bien

infeliz!».

La catedral dio ocho campanadas. «¡Las ocho! Ahora debía yo despertar...

y no sabría nada».

Este pensamiento le avergonzó. En su cerebro estalló la palabra grosera

con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su

deshonra... y la ira volvió a encenderse en su pecho, sopló con fuerza y

barrió el dolor tierno.... «¡Venganza! ¡venganza!--se dijo--o soy un

miserable, un ser digno de desprecio...».

Sintió pasos sobre la arena, levantó la cabeza y vio a su lado a

Frígilis.

--¡Hola! parece que se ha madrugado--dijo Crespo, que gustaba de ser

siempre el primero.

--Vamos, vamos--contestó don Víctor, volviendo a levantarse y después de

colgar la escopeta del hombro.

La presencia de Frígilis le había asustado; sacó fuerzas de flaqueza

para tomar un partido de repente. Se resolvió por fin. Resolvió callar,

disimular, ir a caza. «Allá en los prados de las marismas, cuando se

quedara solo en acecho, en todo aquel día triste que iba a ser tan

largo, meditaría... y a la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado

su plan, y consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al otro, si

era esto lo que procedía. Por ahora callar, disimular. Aquello no podía

echarse a volar así como quiera. El descubrimiento que debía a Petra no

era para revelado sin su cuenta y razón. A Frígilis podía decírsele

todo, pero a su tiempo».

Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerró la verja con su llave.

Crespo iba delante. Miró don Víctor hacia el fondo de la huerta, hacia

el caserón que ya le parecía otro... «¿Qué hacía? ¿Era un cobarde

aplazando su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no

escaparían, no había miedo. Silencio y disimulo, esto hacía falta ahora.

Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera ¡iba a ser tan grave!».

Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus próximos

actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, impresionable y

débil iban ahora a depender sucesos tan importantes, la suerte de varias

personas, le sumía en una especie de pánico taciturno y desesperado.

Veleidades tenía de llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus

manos todo.... «Frígilis, aunque era un soñador, llegado el caso tenía

mejor sentido que él; sabría ser más práctico.... ¿Qué haría?».

Por lo pronto seguir a Tomás a la estación. Y callar. Para hablar

siempre era tiempo.

La mañana seguía cenicienta; nubes y más nubes plomizas salían como de

un telar de los picos y mesetas del Corfín, caían sobre la sierra, se

arrastraban por sus cumbres, resbalaban hacia Vetusta y llenaban el

espacio de una tristeza gris, muda y sorda.

«No hace frío», observó Frígilis al llegar a la estación. No llevaba más

abrigo que su bufanda a cuadros. Pero decía él que su cazadora valía por

la piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros.

En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que

hacer esfuerzos para no dar diente con diente.--¡No, no hace mucho

frío!--dijo, por miedo de delatarse.

«Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija nunca en si los

demás tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo de estar pálido,

desencajado... pero este egoísta no ve nada de eso».

Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frígilis encontró

antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvían de Castilla y después

de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar allá en la aldea.

Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban

en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a él la

helada en las mañanas más frías del año, frotaba las manos y hablaba del

precio de las reses, y de las ventajas de la parcería, locuaz, como

nunca se le veía en Vetusta. Parecía que, según el tren se alejaba de

los tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en

sueño y en niebla, el alma de Frígilis se ensanchaba, respiraba a su

gusto aquel pulmón de hierro.

«No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, que su

amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren había tenido

tentaciones de arrojarse al andén; y después, de tirarse por la

ventanilla a la vía, y correr, correr desalado a Vetusta, entrar en el

caserón de los Ozores y coser a puñaladas el pecho de una infame...».

Sí, todo esto había querido hacer don Víctor que se sintió morir de

vergüenza y de cólera contra los infames adúlteros y contra sí mismo, en

cuanto notó que el tren se movía y le alejaba del lugar del crimen, de

su deshonra y de su venganza necesaria...

«¡Soy un miserable, soy un miserable!» gritaba por dentro Quintanar

mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá lejos; tan lejos, que

detrás de las lomas y de los árboles desnudos ya sólo se veía la torre

de la catedral, como un gallardete negro destacándose en el fondo

blanquecino de Corfín, envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba

de soslayo.

«Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... esto

no tiene nombre, ¡oh!... sí lo tiene...». Y ¡zas! el nombre que tenía

aquello, según Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el

cerebro del pobre viejo.

«¡Soy un tal, soy un tal!» y se lo decía a sí mismo con todas sus

letras, y tan alto que le parecía imposible que no le oyeran todos los

presentes.

«Pero el tren huía de Vetusta, silbaba, le silbaba a él; y él no tenía

el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo... iba a tardar más

de doce horas en ver el caserón, ¡aplazaba su venganza más de doce

horas!...».

Pasaron un túnel y no quedó ya nada de Vetusta ni de su paisaje. Era

otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes rojizos, lomas

monótonas como oleaje simétrico se extendían cerrando el horizonte a la

izquierda de la vía. El cielo estaba obscuro por aquel lado, bajas las

nubes, que como grandes sacos de ropa sucia se deshilachaban sobre las

colinas de lontananza; a la derecha campos de maíz, ahora vacíos,

enseñaban la tierra, negra con la humedad; entre las manchas de las

tierras desnudas aparecían el monte bajo, de trecho en trecho, las

pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos

afilados, que parecían manos y dedos de esqueleto. Por aquel lado el

cielo prometía despejarse, la niebla hacía palidecer las nubes altas y

delgadas que empezaban a rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se

extendía una franja lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los

castañares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en

verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los

campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en

triángulo macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como

náufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con

graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja

subterránea.

Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del

maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, apoyada la

cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y

veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel

desierto de aire. Ya parecían polvos de imprenta, después aprensión de

la vista, después nada.

«¡Lugarejo, dos minutos!» gritó una voz rápida y ronca.

Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, triste cabaña

muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano

o poco más distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana una mujer

rubia, como de treinta años, daba de mamar a un niño.

«Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos» pensó

Quintanar.

Pasó el jefe de la estación que parecía un pordiosero. Era joven; más

joven que la mujer de la ventana parecía.

«Se querrán. Ella por lo menos le será fiel».

Después de esta conjetura don Víctor se dejó caer otra vez en su

asiento. Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano. El

tren volvió a moverse. El ruido del hierro y de la madera y la

trepidación uniforme eran como canción que atraía el sueño. Quintanar,

sin pensar en ello, medía el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes

con el compás de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de

la casa.... Después midió el paso del tren con los de cierta polka... y

después se quedó dormido.

Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el tren para

tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas de Palomares.

Don Víctor despertó asustado, gracias a un golpe que le dio en el hombro

Frígilis.

Había soñado mil disparates inconexos; él mismo, vestido de canónigo con

traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y

a la Regenta. Y don Álvaro estaba en traje de clérigo también, pero con

bigote y perilla.... Después los tres juntos se habían puesto a cantar el

Barbero, la escena del piano; él, don Víctor, se había adelantado a las

baterías para decir con voz cascada:

Quando la mia Rosina... el público de las butacas había graznado al

oírle como un solo espectador.... Todas las butacas estaban llenas de

cuervos que abrían el pico mucho y retorcían el pescuezo con

ondulaciones de culebra.... «Una pesadilla» pensó Quintanar, y entre

dormido y despierto emprendía la marcha a pie por la carretera de

Palomares abajo. Estaban en Roca--Tajada; a la derecha, a pico, se

elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta

por donde sólo cabían la angosta carretera y el río Abroño que se

cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por

un puente de piedra blanca.

Después de almorzar en Roca--Tajada, en la taberna de Matiella,

estanquero y albañil, grande amigo de Frígilis, los dos amigos cazadores

dejaron el camino real, y por prados fangosos de hierba alta, de un

verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroño, allí más

ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las ondas verdes que le

mandaba el mar ya vecino.

Frígilis y Quintanar pasaron el río en una barca, comenzaron a subir una

colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por pomaradas y

laureles, pinos de copa redonda y ancha y álamos esbeltos. El verde de

los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas,

sobre el verde más claro de las praderas en declive, limpias y como

recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo

lechoso y entre las paredes blancas, que se comían toda la luz del día,

difusa y como cernida a través de las nubes delgadas. Según subían por

la falda de la loma que era como primer escalón para la colina, el

terreno se afirmaba, la hierba aclaraba su color y menguaba. Frígilis se

detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante

que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que

se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río,

como una pared obscura que subía hacia las nubes.

Quintanar se sentó sobre una peña que dejaba descubierta el prado. De la

parte de Areo, cruzando sobre el río a mucha altura, vieron venir un

bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frígilis disparó los

de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió más que dispersar

las apretadas filas.

--¡Tira tú, bobo!--gritó Crespo furioso.

Quintanar se levantó, apuntó, disparó y cuatro tordos de agua cayeron

heridos por los perdigones que, según pensó en aquel instante don

Víctor, debía tener en los sesos el amigo traidor, el infame don Álvaro.

«Sí, aquel tiro era el de Álvaro, los tordos, inocentes, caían a pares,

y el ladrón de su honra vivía». Y ¡cosa extraña! cuando allá en el

parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el

cartucho mortífero tenía carga de perdigón; suponíalo lleno de postas o

de balas.

Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, el

cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha. «Frígilis había

disparado dos tiros y... nada; disparaba él uno solo y... cuatro.... Sí,

cuatro, allí estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas

rojas con la escarcha blanca de la hierba».

Media hora después Frígilis tomaba el desquite matando un soberbio pato

marino. Quintanar, por gusto, mató un cuervo que no recogió.

Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de

Frígilis se aburrían. Aquella caza en que ellos representaban un papel

secundario, les parecía una vergüenza; bostezaban y obedecían mal a la

voz del amo.

Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor

sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo veía claro,

toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le aparecía

como un tratado clásico de historia. Lo que había sucedido, lo que iba

a suceder, lo veía como en un panorama. Y sentía comezón de hablar y

ansias de llorar. ¿Por qué no abría el pecho al amigo del alma, al

verdadero, al único? No se lo abrió. «No era tiempo».

Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado,

siempre alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se comían, pero

Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los

cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional.

Esperaban, _fingían_ estar descuidados, disimulaban su vigilancia, y al

ir Frígilis a disparar, escondido tras un seto... volaban los condenados

gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por eso los perseguía

tenaz, irritado.

Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que

cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo; si

tomaban por el otro lado, disparaba don Víctor.

El cual se quedó solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no

había conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrás de un toldo

blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de

aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de

invierno, que después aparecían bajo las nubes, volando fuera de tiro,

sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, suponía

Quintanar.

«El campo estaba melancólico. El invierno parecía una desnudez. Y a

pesar de todo, ¡qué hermosa era la naturaleza! ¡qué tranquilamente

reposaba!... ¡Los hombres, los hombres eran los que habían engendrado

los odios, las traiciones, las leyes convencionales que atan a la

desgracia el corazón!». La filosofía de Frígilis, aquel pensador

agrónomo que despreciaba la sociedad con sus _falsos principios_, con

sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a

Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la filosofía

verdadera, la sabiduría única, eterna. «Vetusta quedaba allá, detrás de

montes y montes, ¿qué era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto.

Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga,

fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques vírgenes,

los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... Nada. Y las leyes

de honor, las preocupaciones de la vida social todas, ¿qué eran al lado

de las grandes y fijas y naturales leyes a que obedecían los astros en

el cielo, las olas en el mar, el fuego bajo la tierra, la savia

circulando por las plantas?».

Vivos deseos sintió Quintanar por un momento de echar raíces y ramas, y

llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que veía coronando

las cimas del monte Areo. «Vegetar era mucho mejor que vivir».

Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las peguetas que volaban

riéndose con estridentes chillidos; las vio pasar sobre su cabeza. No se

movió. Que se fueran al diablo. Él estaba pensando en Tomás Kempis. Sí,

Kempis, a quien había olvidado, tenía razón; donde quiera estaba la

cruz. «Arregla, decía el sabio asceta, arregla y ordena todas las cosas

según tu modo de ver y según tu voluntad, y verás que siempre tienes

algo que padecer de grado o por fuerza; siempre hallarás la cruz».

Y también recordaba lo de: «Algunas veces parecerá que Dios te deja,

otras veces serás mortificado por el prójimo; y lo que es más, muchas

veces te serás molesto a ti mismo».

«Sí, el prójimo me mortifica, y yo mismo me molesto, me hago daño hasta

sangrar el alma.... No sé lo que debo hacer, ni lo que debo pensar

siquiera. Anita me engaña, es una infame sí... pero ¿y yo? ¿No la engaño

yo a ella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a

los ardores y a los sueños de su juventud romántica y extremosa? ¿Y por

qué alegué derechos de mi edad para no servir como soldado del

matrimonio y pretendí después batirme como contrabandista del adulterio?

¿Dejará de ser adulterio el del hombre también, digan lo que quieran las

leyes?».

Le daba ira encontrarse tan filósofo, pero no podía otra cosa.

Comprendía que aquellas meditaciones le alejaban de su venganza, que en

el fondo del alma él no quería ya vengarse, quería castigar como un juez

recto y salvar su honor, nada más. Y esto mismo le irritaba. Después

volvía la lástima tierna de sí mismo, la imagen de la vejez solitaria...

y los alcaravanes, allá en el cielo gris, iban cantando sus ayes como

quien recita el _Kempis_ en una lengua desconocida.

«Sí, la tristeza era universal; todo el mundo era podredumbre; el ser

humano lo más podrido de todo».

Y siempre sacaba en consecuencia que él no sabía lo que debía hacer, ni

siquiera lo que debía pensar, ni aun lo que debía sentir.

«De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como bellacas;

el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no se le atraviesa el

cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una rendondilla. Los

hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan deprisa».

De noche, en el tren, cuando volvían solos a Vetusta en un coche de

segunda, por miedo al frío de los de tercera, Frígilis que miraba el

paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez había podido más que

el sol y había roto las nubes, Frígilis sintió un suspiro como un

barreno detrás de sí, y volvió la cabeza diciendo:

--¿Qué te pasa, hombre? Todo el día te he visto preocupado, tristón...

¿qué pasa?

La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompía

las tinieblas de aquel coche que parecía caja de muerto.

Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, pero le oyó, de

repente, llorar como un chiquillo, y sintió la cabeza fuerte y blanca de

Quintanar apoyada en el hombro del amigo. Sí, se apoyaba el pobre viejo

con cariño, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto.

Parecía aquello la abdicación de su pensamiento, de toda iniciativa.

--Tomás, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; escucha...

--XXX--

--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.

--¿Tú no entras?

--No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer.

--¡Me dejas solo ahora!

--Volveré si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Mañana vendré

temprano.

--Te advierto que no te he dicho que sí.

--Bueno, bueno... adiós.

--Espera, espera... no me dejes solo... todavía. No te he dicho que sí;

tal vez... lo piense más y... me decida por seguir el camino opuesto.

--Pero por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo.... Es decir, si no

quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes....

--¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte....

--Eso; puede matarla.

--¡Está enferma!

--Sí, más de lo que tú crees.

--¡Está enferma! Y un susto, un susto grande... puede matarla.

--Eso, así como suena.

--Y yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, toda esta

hiel tragármela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y

no se asuste... y no se me muera de repente....

--Sí, Víctor, sí; todo eso debes hacer.

--Pero confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se hace; y

comprende que ese aldabón me inspire miedo, explícate la razón que tengo

para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro líquido....

Calló a esto Frígilis.

Llegaban de la estación; estaban en el portal del caserón de los Ozores,

que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo.

Quintanar no tenía valor para subir a su casa. No quería llamar. «Iban a

abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevería a sonreír

como siempre, tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que

la besara.... Y él tendría que sonreír, y besar y callar... y acostarse

tan sereno como todas las noches.... Tomás debía comprender que aquello

era demasiado...».

Y además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le

habían caído al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. «Aquella

alegría, aquella exaltación que la habían llevado... al crimen, a la

infamia de una traición... eran una enfermedad; Ana podía morir de

repente cualquier día; una impresión extraordinaria lo mismo de dolor

que de alegría, mejor si era dolorosa, podía matarla en pocas horas...».

Esto había contestado Frígilis a la historia de su amigo. A Mesía

fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que esperar, hay

que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el

espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como

los maridos de teatro.... Ana, culpable según las leyes divinas y

humanas, no lo era tanto en concepto de Frígilis que mereciera la

muerte.

--¿Quién quiere matarla? ¡Yo no quiero eso!--había interrumpido don

Víctor al oír esto.

Pero Frígilis había replicado:

--Sí quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer

hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la única

solución; pero confiesa que el perdonar es una solución también.

--Perdonarla es transigir con la deshonra....

--Eso ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano?

--Sí, de todo corazón, más cada día.... Como que ya no veo más refugio

para mi alma que la religión....

--Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero

no se trata de esto todavía; se trata de no cortar el camino al perdón,

antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa puñalada mortal al entrar

en su cuarto y gritar: «¡Muera la esposa infiel!» para que ella

conteste: «¡Jesús mil veces!» y caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús

mil veces» pero de que caería estoy seguro. Y ya ves, antes de matarla

hay que ver si tenemos derecho para ello.

--No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia....

--Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada

trágico. Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te

acordarás, creí hacer la felicidad de ambos....

--Y no parecía que te habías equivocado. La mía la habías hecho. La de

ella... durante más de diez años pareció que también.

--Sí, pareció; pero la procesión andaba por dentro....

Diez años fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco.

--Mira, Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un marido en mi

situación.... Ya sé yo todo lo que tú puedes decirme, y mucho más.... Eso

no es consolarme....

La Regenta · 第 28 / 30 题