Llueve todavía. No importa. Todo el diluvio no me arrancaría hoy un

gesto de impaciencia. La ventana está cerrada, los regueros del agua

resbalando por el cristal me borran el paisaje. Víctor ha salido con

Frígilis (segunda visita del buen Crespo, el único grande hombre que

conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinón de Pepa--el casero de los

marqueses--recorren, como cobijados en una tienda de campaña, el bosque

de encinas que mi marido llama siempre seculares. Van a comprobar no sé

qué experimento de química, invención de Frígilis, según él. Dios les

haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento inclinada a la

historia, a los recuerdos. No los temo. Poco más de cinco semanas han

pasado y ya me parece de la historia antigua todo aquello.

¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extraño

(aquí la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella

misma.) ¡Todo Vetusta me había visto los pies desnudos, en medio de una

procesión, casi casi del brazo de Vinagre! ¡Y tres días con los pies

abrasados por dolores que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé

a Somoza que se excusó. Vino el sustituto Benítez, silencioso, frío;

pero comprendí que me observaba con atención cuando yo no le miraba.

Debía de creer que yo me iba volviendo loca. Él lo niega, dice que todo

aquello lo explica la exaltación religiosa y la exquisita moralidad con

que decidí sacrificarme al bien del que creía ofendido por mis

pensamientos y desaires. Benítez cuando se decide a hablar parece

también un confesor. Yo le he dicho secretos de mi vida interior como

quien revela síntomas de una enfermedad. Conocía yo cuando le hablaba de

estas cosas, que él, a pesar de su rostro impasible, me estaba

aprendiendo de memoria.... El mal subió de los pies a la cabeza. Tuve

fiebre, guardé cama... y sentí aquel terror... aquel terror pánico a la

locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy; voy

al piano a recordar la _Casta diva_... con un dedo».

* * * * *

Pasó Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas había escrito la

historia de los días que siguieron al de la procesión, famosa en los

anales de Vetusta. Sí, se había creído prostituida; aquella publicidad

devota le parecía una especie de sacrificio babilónico, algo como

entregarse en el templo de Belo para la vigilia misteriosa. Además

sentía vergüenza; aquello había sido como lo de ser literata, una cosa

ridícula, que acababa por parecérselo a ella misma. No osaba pisar la

calle. En todos los transeúntes adivinaba burlas; cualquier murmuración

iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura.

«Había sido ridícula, había hecho una tontería»; esta idea fija la

atormentaba. Si quería huir de ella, se la recordaba sin cesar el dolor

de sus pies, que ardían, como abrasados de vergüenza; aquellos pies que

habían sido del público, desnudos una tarde entera.

Si quería consolarse con la religión y el amparo del Magistral, su mal

era mayor, porque sentía que la fe, la fe vigorosa, puramente ortodoxa,

se derretía dentro de su alma. En cuanto a Santa Teresa había concluido

por no poder leerla; prefería esto al tormento del análisis irreverente

a que ella, Ana, se entregaba sin querer al verse cara a cara con las

ideas y las frases de la santa. ¿Y el Magistral? Aquella compasión

intensa que la había arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya

no existía. Los triunfos habían desvanecido acaso a don Fermín. De todas

suertes, Ana ya no le tenía lástima; le veía triunfante abusar tal vez

de la victoria, humillar al enemigo...; ahora veía ella claro; por lo

menos no veía tan turbio como antes. Ella había sido tal vez un

instrumento en manos de su _hermano mayor_. Cierto que de Pas no había

vuelto a manifestar con movimientos patéticos que le descubrieran, ni

celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba con miradas de

inquisidor, de las que algo le remordía la conciencia, y sin embargo no

pudo notar síntomas de pasión mundana. ¿Veía ella mal? ¿Disimulaba él

bien? ¿O era que no había nada? Ello fue que la devoción antigua no

volvió, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teorías que sin darse

entonces cuenta de ellas había oído a su padre, Ana las sentía dentro de

sí.

Un panteísmo vago, poético, bonachón y romántico, o mejor, un deísmo

campestre, a lo Rousseau, sentimental y optimista a la larga, aunque

tristón y un poco fosco; esto, todo esto mezclado era lo que encontraba

ahora Ana dentro de sí y lo que se empeñaba en que fuera todavía pura

religión cristiana. No quería ella ni apostatar, ni filosofar siquiera;

también esto le parecía ridículo, pero sin querer las ideas, las

protestas, las censuras venían en tropel a su mente y a su corazón. Esto

era nuevo tormento. A pesar de todo seguía confesando a menudo con don

Fermín. Le guardaba ahora una fidelidad consuetudinaria; temía los

remordimientos si faltaba a lo que creía deber a aquel hombre. Temía

sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una

reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la

arrastrase a otra locura como la del viernes Santo. Tantas ideas y

sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en

ella algo padecía y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas

que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Benítez lo mejor

que podía.

Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca. A una

exaltación sentimental sucedía un marasmo del espíritu que causaba

atonía moral; la horrorizaba pensar que en tales días eran indiferentes

para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. «Dios, como decía

ella, se le hacía migajas en el cerebro y entonces sentía un abandono

ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producían

pánico; el extremo de la tortura era el desprecio de la lógica, la duda

de las leyes del pensamiento y de la palabra, y por último el

desvanecimiento de la conciencia de su unidad; creía la Regenta que sus

facultades morales se separaban, que dentro de ella ya no había nadie

que fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vértigo,

el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos».

Por muchos días lo olvidó todo para no pensar más que en su salud; la

horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor desconocido,

extraño, del cerebro descompuesto. Llamó a Benítez con toda el alma, y

principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las

prescripciones del médico.

Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baños, lo más y lo

principal lo encomendó al cambio de vida, a la distracción, al aire

libre, a la alegría, a las emociones tranquilas. ¡Al campo, al campo!

fue el grito de salvación, y Ana y Quintanar (que buen susto había

llevado también), gritaron sin cesar desde la mañana a la noche: ¡Al

campo, al campo!

Pero, ¿dónde estaba el campo? Ellos no tenían en la provincia de Vetusta

una quinta de recreo. Don Víctor continuaba siendo propietario en

Aragón.

Ana en un arranque de valor, de un valor mucho más heroico de lo que

podía suponer su marido, se atrevió a decir:

--Quintanar, ¿qué te parece esta idea...? irnos a pasar unos meses,

hasta que vuelva el invierno....

--¿A dónde?--A tu tierra, a la Almunia de don Godino.

Don Víctor dio un salto.--¡Hija, por Dios!... ya soy viejo para un

traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... ¡La Almunia!... ¡con mil

amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la patria, es claro, soy

aragonés de corazón, y digo lo que el poeta, que es muy feliz el que no

ha visto

más río que el de su patria;

pero yo soy a estas horas más vetustense que otra cosa, y otro poeta lo

ha dicho también, el príncipe Esquilache:

Porque es la patria al que dichoso fuere

donde se nace no, donde se quiere.

¡La Almunia de don Godino! Dónde íbamos a parar.... Y además separarnos

de Frígilis... de don Álvaro, de los Marqueses, de Benítez, ¡imposible!

No se pensó más en ello. Ana en el fondo del alma, se alegró de lo muy

vetustense que era aquel aragonés.

Esta alegría se la ocultó a sí propia. Creyó haber cumplido con su deber

en este punto.

Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo que Benítez exigía

como condición indispensable para la salud de Ana?

Un día se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a más

de Quintanar y los Marqueses, Álvaro y Paco.

--El médico--decía el ex-regente--exige que la aldea a donde vayamos

ofrezca una porción de circunstancias difíciles de reunir.

--Veamos--dijo de Marqués.--Ha de estar cerca de Vetusta para que

Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto

a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cómoda, amena, ofrecer

un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba fresca, leche de

vacas... ¡qué sé yo!

Don Álvaro tuvo una inspiración en aquel momento. Se acercó al oído de

Paco y dijo:

--¡El Vivero! Paco adivinó y admiró. «¡Sólo el genio tenía aquellas

revelaciones!».

Sin pensar en que secundaba planes mefistofélicos, dijo en voz baja:

--Papá, no conozco más quinta que reúna las condiciones de Benítez que

una... que está a nuestra disposición....

Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su

hijo:

--¡El Vivero!--¡Bravo, bravo, eureka!--repetía el Marqués--. Paco

tiene razón, ¡al Vivero! se van ustedes al Vivero.

Y la Marquesa:--¡Hermosa idea! ¡Qué gusto! Y nos veremos a menudo antes

de irnos a baños....

Don Víctor protestó.--¡Cómo el Vivero! ¿Y ustedes?

--Nosotros no vamos este año.--O iremos mucho más tarde.--Y cuando

vayamos cabremos todos.--Allí hemos dormido, cada cual con entera

independencia, más de veinte personas--advirtió Álvaro.

--Es claro; aquello es un convento.--No se hable más, no se hable más.

--¿Cómo que no se hable más? ¿Y mi delicadeza?

A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y

él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que

pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.... Nada, nada,

los Marqueses no admitieron objeciones.

--«¿No eran parientes?».

--«Cierto que sí»--tuvo que responder, muy orgulloso, Quintanar.

Ana al saber la noticia, comprendió que aquello era todo lo contrario de

irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los peligros

que la estancia en el Vivero podía tener. Aborrecía ahora las

cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello, sintió

durante todo aquel día una alegría de niña satisfecha en sus gustos más

vivos, y aún más intenso fue su placer al despertar a la mañana

siguiente con este pensamiento: «Voy al Vivero a hacer vida de aldeana,

a correr, respirar, engordar... alegrar la vida... allí el sol, el agua

corriente, el follaje... la salud...» y como un acompañamiento musical

que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sentía una indecisa

esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza... no

quería pensar de qué... Pero ello era que el mundo parecía alegrarse,

que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, de los

que se gozan cuando duran las ilusiones. «Aquel Benítez la estaba

rejuveneciendo».

Después de las hojas del libro de memorias que se referían, a su modo, a

la materia que va reseñada brevemente, Ana encontró, y en ella se

detuvo, la página en que rápidamente había reflejado sus impresiones al

entrar en el Vivero en un día de Abril que parecía de Junio, alegre,

ardiente, despejado.

Leyó con deleite aquella página, no recreándose en el estilo, sino en

los recuerdos. Decía:

* * * * *

«El Romero y el Clavel torcieron de repente; el landó se dobló sin

ruido, nos sacudió un poco, dejamos la carretera de Santianes y las

ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del

Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos

hacían cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la frente

como cabello movido por el viento. Se abrió la gran puerta de la cerca

vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de la

_quintana_ vieja, despertando con el ruido resonancias en el silencio

del _palación_ cerrado y vacío. Por mi gusto nos hubiéramos quedado a

vivir en aquella casa inmensa, con dos torres de piedra parda y

soportales con columnas... pero el coche siguió al trote; el Marqués

tiene la vanidad de hacer que la entrada al Vivero _habitable_ sea por

aquí, por delante de la antigua mansión señorial.... Las ruedas vuelven a

callar, como enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrépito con los

cascos briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y

flanqueada de pretil de mármol con macetas y rosetones de verdura

exótica.

La _casa nueva_ nos sonríe enfrente y delante de la coquetona marquesina

de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento. Habla el

sol... nosotros gozamos; la limpieza, la corrección, la elegancia

parecen allí obra de la naturaleza, y el follaje, el esplendor de su

verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de la perspectiva,

los vuelos graciosos de miles de pájaros, parecen importación del lujo;

riqueza y naturaleza se juntan allí; el sol, cortesano del _confort_,

alumbra más.... ¡Cosa extraña! Yo no había visto el Vivero hasta ahora,

lo que se llama ver, hasta ahora nunca había comprendido esta armonía

íntima del lujo y del campo. Está bien así. Debe haber rincones en la

tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste.

Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, comen

con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta.

Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, salón, billar,

gabinete-biblioteca, galería de costura sobre el jardín, rodeada de

cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de mármol

blanco. ¡Qué alegría! Todo es cristal, flores, plantas de hojas

gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me agrada más es el

capricho del Marqués en el piso principal; una galería con cierre de

cristales rodea todo el edificio. He dado dos vueltas a todo el corredor

como si nunca hubiera visto el Vivero. ¿Qué será que todo me parece

nuevo, mejor, más elegante, más poético? Quintanar está encantado, y se

me figura que tiene un poco de envidia.

* * * * *

Vida excelente. La primavera entró en mi alma. Madrugo. El baño me

fortifica y me alegra el espíritu. Tendida en la pila, con la mano en el

grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasía como en sopor se

detiene en imágenes plásticas tranquilas y suaves. Después tiemblo

dentro de la sábana y vuelvo gozosa al calor de mi cuerpo, contenta de

la vida que siento circular por mis venas. La cabeza está firme; jamás

vienen a mortificarme ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco,

vagamente, y los pormenores de los accidentes ordinarios que me rodean

absorben lo mejor de mi atención. Benítez puede estar satisfecho. Así la

salud volverá con más fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de

vegetar al sol.

* * * * *

Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de

una música recóndita de ideas sentimientos. ¿Qué es esta esperanza de

un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero escenario de una

comedia o de una novela.... Entonces me parece más solitario el bosque,

más solitario el palacio. Esta soledad parece meditabunda. Está todo en

silencio reflexivo, recordando los ruidos de la alegría y del placer que

latieron aquí, o preparándose a retumbar con la algazara de fiestas

venideras.... Insisto en ello, hay aquí algo de escenario antes de la

comedia. Los vetustenses que tienen la dicha de ser convidados a las

excursiones del Vivero son los personajes de las escenas que aquí se

representan.... Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, Álvaro... y

tantos otros han hablado aquí, han cantado, corrido, jugado, bailado...

reído sobre todo.... Y algo olfateo de la alegría pasada o algo presiento

de la alegría futura. Sí, Quintanar dice bien, esto es el paraíso, ¿qué

nos falta a nosotros en él? Según Quintanar, nada más que música.... Oh,

pues por música que no quede. Corro al salón a tocar _la donna é

movile_, con el dedo índice, mi único dedo músico. ¡Qué cursi es esto

según Obdulia!... ¡Una dama que no sabe tocar el piano más que con un

dedo!

* * * * *

Quintanar es feliz. ¡Y es tan bueno! ¡Cómo me cuida! ¡qué agasajos, qué

mimos! Parece otro. Piensa más en mí que en la marquetería. ¡Pasa días

enteros sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poesía en el fondo.

Su alegría es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podría vivir

aquí sin él. Imagínole ausente, me veo aquí sola y tengo miedo y siento

la soledad.... Luego no me estorba, luego su compañía me agrada.

* * * * *

Petra, la misma Petra, me gusta aquí en el campo.

Se viste como las aldeanas del país, canta con ellas en la _quintana_,

se mete en la danza y toca la _trompa_ con maestría. Ayer, al morir el

día, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengüeta de hierro vibrando

entre sus labios, los aires del país monótonos y de dulce tristeza.

Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces convertidos en

vetustenses... y Petra tañía la _trompa_ quejumbrosa, y yo sentía

lágrimas dulces dentro del pecho... y la vaga esperanza volvía a

iluminar mi espíritu. Cuanto más triste la lengüeta de la _trompa_, más

esperanza, más alegría dentro de mí. Todo esto es salud, nada más que

salud.

* * * * *

He traído al Vivero algunos libros de mi padre. Hacía muchos años que no

los había abierto. Quintanar los tenía en los cajones más altos de sus

estantes.

¡Qué impresiones! He encontrado entre las hojas de una _Mitología

ilustrada_, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles escritos

en que reconocí mis garabatos de niña... y un marinero dibujado por mi

pluma que, según la leyenda que tiene al pie, era _Germán_.

* * * * *

Probablemente Benítez condenaría este afán de leer y me prohibiría la

desmedida afición. ¡Oh, qué cosas tan nuevas encuentro en estos libros

que apenas entendía en Loreto! Los dioses, los héroes, la vida al aire

libre, el arte por religión, un cielo lleno de pasiones humanas, el

contento de este mundo... el olvido de las tristezas hondas, del

porvenir incierto... un pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber

dibujar para dar formas a estas imágenes de la Mitología que me

asedian».

* * * * *

Ana, después de leer estas y otras páginas, escribió sus impresiones de

aquellos días. Don Víctor vino a interrumpirla para anunciarle que ya

había instalado su tienda de campaña a la orilla del río, en el paraje

más ameno y fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde

infaliblemente habría truchas.

Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana leía

sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras

sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que la necesaria

para que la corriente no la llevase.

Mientras ella, a orillas del río Soto, a media legua de Vetusta en

compañía de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar muertas de risa,

su imaginación, vuelta a los tiempos y a los parajes clásicos, se bañaba

en el Cefiso, aspiraba los perfumes de las rosas del Tempé, volaba al

Escamandro, subía al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las

Cíclades, de Chipre a Sicilia....

Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien

navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían

racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica

orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que gritaba:

--¡Pero muchacha, que te están comiendo el cebo!

No importaba; Ana era feliz y Quintanar también. «¡Parece otro!» se

decía ella. «¡Parece otra!» pensaba él.

El tiempo volaba. Junio se metió en calor. Vetusta en verano es una

Andalucía en primavera. Ana todas las mañanas, _por la fresca_ recorría

la huerta y sacudía las ramas cargadas de cerezas acompañada de don

Víctor, Pepe el casero y Petra; llenaban grandes cestas, forradas con

hojas de higuera, de aquellos corales húmedos y relucientes; y la

Regenta sentía singular voluptuosidad sana y risueña al pasar la

finísima mano blanca por las cerezas apiñadas sobre la verdura de las

hojas anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del

Marqués y a veces a las de sus amigos. Una mañana vio Ana que Petra y

Pepe llenaban de la más colorada fruta un canastillo de paja blanca y de

colores. Ana se acercó a ayudarlos. De pronto dijo:

--¿Para quién es esto?--Para don Álvaro--contestó Petra.

--Sí, voy a llevárselo yo mismo a la fonda--añadió Pepe sonriendo ya a

la propina que veía en lontananza.

Ana sintió que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto le

pareció de repente más dulce y voluptuoso.

Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, sin

poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego la paja

blanca del canastillo. Besó las cerezas también... y hasta mordió una

que dejó allí, señalada apenas por la huella de dos dientes.

Y asustada de su desfachatez pensó todo el día en la aventura, sin

vergüenza.

«¡También esto era cosa de la salud!».

La víspera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibió un B. L. M.

del marqués de Vegallana invitándole a pasar el día siguiente, desde la

hora en que le dejasen libre sus deberes de la catedral, en el Vivero en

compañía de los dueños de la quinta y de sus actuales inquilinos los

señores de Quintanar, más otros muchos buenos amigos. Pertenecía el

Vivero a la parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero

era aquel año factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la

casa por la ventana, «para no dejar mal al señor Marqués».

Anita, en la postdata de su última carta decía al confesor:

«El Marqués me ha dicho que piensa invitar a usted a la romería de San

Pedro. Somos nosotros _los factores_... Supongo que no faltará usted.

Sería un solemne desaire».

«No, no faltaré, pensaba don Fermín dando vueltas en la cama. Ojalá

tuviera valor para faltar, para despreciaros, para olvidarlo todo...

pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesión que me vence

siempre. Sí, si he de acabar por ir, si estoy seguro de que al fin he de

tomar el camino del Vivero, más vale ahorrarme el tormento de la batalla

y declararme vencido. Iré».

Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era

achaque antiguo ya. Desde que Anita «_había vuelto a engañarle_» don

Fermín no gozaba hora de sosiego.

Como el Marqués no le había invitado a hacer el viaje en su coche, lo

cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas fingía no

sentir, tuvo el señor canónigo que ir en persona a alquilar una berlina.

Mandó que le esperase fuera del Espolón a las diez en punto. Fue a la

catedral, pero no pudo parar allí y a las nueve y media ya estaba en

medio de la carretera de Santianes o del Vivero paseándola a lo ancho,

agitado, pálido, de un humor de mil diablos.

«¿A qué voy yo allá? De fijo estará el otro. ¿Que voy yo a hacer allí?

¡Maldito Vivero!». La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de

impaciencia. Por fin llegó el coche destartalado, sucio, a paso de

tortuga.

--¡Al Vivero, a escape!--gritó don Fermín dejándose caer como un plomo

sobre el asiento duro que crujió.

Sonrió el cochero, sacudió un latigazo al aire, el caballo extenuado

saltó sobre la carretera dos o tres minutos, y como si aquello fuese

una falta de formalidad indigna de sus años, que eran muchos, volvió al

paso perezoso sin protesta de nadie.

El Magistral recordó que en aquella misma berlina u otro coche de la

misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba él llorando de alegría,

llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hacían cosquillas en

los sentidos y en lo más profundo de las entrañas. Y ahora un

presentimiento le decía que todo había acabado, que Ana ya no era suya,

que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero era ridículo; que si

estaba allí Mesía, como era casi seguro, todas las ventajas eran del

petimetre. Vestía el Provisor balandrán de alpaca fina con botones muy

pequeños, de esclavina cortada en forma de alas de murciélago. Tenía

algo su traje del que luce Mefistófeles en el _Fausto_ en el acto de la

serenata. Había deliberado mucho tiempo a solas: ¿qué ropa llevaría?

Cada vez le pesaba más la sotana y le abrumaba más el manteo. El

sombrero de teja larga era odioso; demasiado corto era cursi, ridículo,

parecía cosa de don Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno

de un Vicario general. ¿Iría de levita? ¡Vade retro! No, el cura de

levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en clérigo liberal. El

Magistral muy pocas veces recurría a tal indumentaria. Oh, si le fuera

lícito vestir su traje de cazador, su zamarra ceñida, su pantalón fuerte

y apretado al muslo, sus botas de montar, su chambergo, entonces sí,

iría de paisano, y la vanidad le decía que en tal caso no tendría que

temer el parangón con el arrogante mozo a quien aborrecía. Sí, a quien

aborrecía. Don Fermín ya no se lo ocultaba a sí mismo. No daba nombre a

su pasión, pero reconocía todos sus derechos y estaba muy lejos de

sentir remordimientos. «Él era cura, cura, una cosa ridícula, puestas

las cosas en el estado a que habían llegado». Había comprendido que Ana

sentía repugnancia ante el canónigo en cuanto el canónigo quería

demostrarle que además era hombre. «¡Y sí era hombre vive Dios que era

hombre, y tanto y más que el otro; capaz de deshacerle entre sus brazos,

de arrojarle tan alto como una pelota!...». Dejaba de pensar en sus

tristezas y en su cólera. Miraba como tonto los accidentes del paisaje,

los palos del telégrafo que iba dejando atrás de tarde en tarde. Tuvo

que levantar los vidrios de las ventanillas porque el polvo le sofocaba.

El sol le aburría y le picaba; no había cortinas. El viaje se hacía

interminable. Aquella media legua se había estirado indefinidamente. «El

Marqués se había portado como un grosero no ofreciéndole un asiento en

su coche. La culpa la tenía él que había aceptado el convite. ¿Pero qué

remedio?».

Oyó el estrépito de cascos de caballo que machacaba la grava reciente

detrás de la berlina. Se asomó a ver quiénes eran los jinetes y

reconoció a don Álvaro y a Paco que pasaron al galope de dos hermosos

caballos blancos, de pura raza española.

Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no

repararon en la mísera berlina que seguía al paso. Incapaz de toda noble

emulación, el mísero jaco de alquiler siguió caminando lo menos posible,

seguro de que la felicidad no estaba en el término de ninguna carrera de

este mundo. Para comer mal siempre se llega a tiempo. Esta era toda su

filosofía. El cochero debía de ser discípulo del caballo.

Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún convidado en la

casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco.

Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería provocativa,

luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrás,

sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo

esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría otra roja que se

vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. Estaba hermosa

y segura de ello. Sonrió al Magistral, y dijo:

--Los señores están en San Pedro.

--Ya lo suponía, hija mía, pero vengo muerto de sed y....

La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al Magistral un

refresco delicioso que improvisó con arte.

--Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacían

allí los señores.

Petra dijo que doña Ana parecía otra: ¡qué alegre! ¡qué revoltosa! nada

de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y

siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.... Vamos, era otra.

¿Y salud? Como un roble.

--¿El señorito Paco vino?--preguntó de repente De Pas.

--Sí, señor, hará un cuarto de hora. Llegaron él y el señorito Álvaro, a

caballo, a escape; tomaron un refresco como usted, y corrieron a San

Pedro.... Creo que no habían oído misa y quisieron coger la de la

fiesta....

En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de

cohetes cargados de dinamita.

--Ya están al alzar--dijo la doncella.

Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que

preguntó:

--¿La iglesia está cerca, creo, saliendo por ahí por el bosque, verdad?

--Sí, señor; pero hay tres callejas que se cruzan y puede darse en el

río en vez de... si quiere usted ir, le acompañaré yo misma; ahora no

tengo nada que hacer allá dentro....

--Si eres tan amable.... Petra echó a andar delante del Magistral. Por un

postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de corpulentas

encinas y robles retorcidos y ásperos. Ocupaba el bosque las laderas de

una loma y el altozano, que era lo más espeso. Subía un repecho y don

Fermín veía los bajos irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo

Petra, más algo de la muy bordada falda blanca y de una media de seda

calada, refinada coquetería que quitaba propiedad al traje y por lo

mismo le daba picante atractivo.

--¡Qué calor, don Fermín!--decía la rubia, enjugando el sudor de la

frente con pañuelo de batista barata.

--Mucho, rubita, mucho--respondía el Magistral, desabrochándose el

maldito balandrán y soplando con fuerza.

--Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que allá en Matalerejo

tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos....

--¿Quién te lo ha dicho a ti?

--¡Bah! Teresina...--¿Sois amigas, eh?--Mucho. Silencio. Los dos

meditan. El canónigo reanuda el diálogo.

--No creas; yo, aquí donde me ves, soy un aldeano; juego a los bolos que

ya ya....

Petra se detuvo y se volvió para ver a don Fermín que hacía el ademán de

arrojar una bola de roble por la cóncava bolera adelante....

Rió la doncella y continuando la marcha, dijo:

--No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista está.

Callaron otra vez. Detrás de la loma, y ya más cerca, estallaron cohetes

de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de timbre tembloroso,

apagadas las voces por la distancia, resonaron al través de la hojarasca

del bosque.

La gaita hablaba a las entrañas del Provisor y de Petra, ambos aldeanos.

Volvieron a mirarse y a sonreírse.

--Ya vuelven--dijo Petra, deteniéndose de nuevo.

--¿Llegamos tarde?

--Sí, señor; la comitiva tomará el camino de la calleja de abajo y

cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarán en el Vivero....

--De modo....

--De modo, que es mejor volvernos. ¡Ay, don Fermín, perdóneme usted este

paseo... esta molestia!...

--No, hija, no hay de qué... al contrario.... Aquí se está bien... esta

sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu permiso... entre

aquellas raíces, sobre aquel montón verde y fresco de yerba segada...

¿eh? ¿qué te parece? voy a sentarme un rato....

Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer

dejar el puesto, miró al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se

puso a retorcer una punta del delantal....

--¿Cansado? ¡bah!--se atrevió a decir--un mozo como usted....

La gaita y el tambor llenaban las bóvedas verdes con sus chorretadas,

alegres ahora, luego melancólicas, cargadas siempre de ideales perfumes

campestres, de recuerdos amables.

El Magistral mordía yerbas largas y ásperas y meditaba con una sonrisa

amarga entre los labios. «¡Ironías de la suerte! El fruto que se

ofrecía, que le caía en la boca, allí... despreciado... y el imposible

codiciado... cuanto más imposible, más codiciado.... Sin embargo, para

que fuese menos ridícula su situación en el Vivero, le parecía muy

oportuno poner por obra lo que meditaba. Y además, a él le convenía

tener de su parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya,

completamente suya...».

--Petra....

--¿Señor?--gritó ella fingiendo susto.

--¿Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no seas tonta...

si no tienes prisa... puedes sentarte.... Así como así, yo quisiera

preguntarte... algunas cositas respecto de....

--Lo que usted quiera, don Fermín. Por aquí de fijo no pasa nadie;

porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la iglesia,

los que van siguen la trocha casa del leñador; es muy fresca y tiene

asientos muy cómodos.

--Mejor que mejor. Hablaremos más a gusto. Vamos allá.

Se levantó y emprendieron la marcha. Subían en silencio. El monte se

hacía más espeso.

La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensión de ruido.

Petra, al llegar a la casa del leñador, se dejó caer sobre la yerba,

algo distante de don Fermín; y encarnada como su saya bajera, se atrevió

a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores.

El Magistral se sentó dentro de la cabaña.

Hablaron. Por algo don Fermín temía el momento de encontrarse con la

comitiva, como decía Petra. Cuando media hora después entraba solo por

el postigo del bosque en la huerta, lo primero que vio fue a la Regenta

metida en el pozo seco, cargado de yerba, y a su lado a don Álvaro que

se defendía y la defendía de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira,

Paco, Joaquín y don Víctor que arrojaban sobre ellos todo el heno que

podían robar a puñados de una vara de yerba, que se erguía en la próxima

pomarada de Pepe el casero.

El Marqués gritaba desde la galería del primer piso:

--¡Eh, locos! ¡locos! que os echo los perros, que destrozáis la yerba de

Pepe.... ¿Qué va a cenar el ganado? ¡Locos!...--Pepe, no lejos del pozo,

vestido con los trapos de cristianar, más una corbata negra que había

creído digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la

cabeza y sonreía gozoso....

--Deje, señor, deje que _rebrinquen_ los señoritos, que la _erba_ yo la

apañaré... en sin perjuicio....

La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados,

no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó salir del

pozo... con ayuda de don Álvaro y los que estaban fuera.

No se avergonzó de que su confesor la hubiera visto en tal situación....

Le saludó amable, bulliciosa, y volvió con Obdulia, con Visita y con

Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaquín, don Álvaro

y don Víctor.

Del Magistral se apoderó el Marqués que le llevó al salón donde estaban

la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa y su hija mayor, que no

quería correr con _aquellos locos_; el Barón, Ripamilán, Bermúdez, que

tampoco quería correr, Benítez el médico de Anita, y otros vetustenses

ilustres.

--Mire usted, señor Provisor--dijo Vegallana--; la fiesta se ha dividido

en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado a todos los curas de

la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto venirse a comer

aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprendí

que preferían verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les

ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompañarlos.

Ahora bien, yo proponía a Ripamilán que viniese conmigo, pero él no

quiere.... Si usted fuese tan amable que me acompañara, aquellos buenos

párrocos se creerían honrados infinitamente... ¡ya ve usted, como usted

es el señor Vicario general!...

No hubo más remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqués y los

curas en el palacio viejo.

Petra se encargó de presidir el servicio de la _mesa de aldea_, aún

vestida de aldeana del país, y colorada, echando chispas de oro de los

rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, elocuentes,

llenos de una alegría maligna que robaba los corazones de los aldeanos y

de algunos clérigos rurales.

A la hora del café don Fermín no pudo resistir más, se escapó como pudo

y volvió a la casa nueva, donde la algazara había llegado a ser

estrépito de los diablos. En el momento de entrar él, don Víctor (con

una montera _picona_ en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán,

rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un

puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos

brillantes que el humo del cigarro cegaba.

Las señoras ya no estaban allí. La Marquesa, la gobernadora y la

Baronesa paseaban por la huerta; la gente _joven_, Obdulia, Visita, Ana,

Edelmira y la niña del Barón, corrían solas por el bosque.

Se las oía gritar, desde la galería de cristales. Obdulia, Visita y

Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los hombres.

Así lo comprendió Joaquín que propuso a Paco dejar el concierto de

Quintanar y don Cayetano y correr detrás de _aquellas_.

--Deja, luego--decía Paco, que gozaba mucho con las canciones

antiquísimas de Ripamilán y ya se iba cansando a ratos de su prima.

Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se

dejó el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. Él, Paco, Mesía y

Bermúdez salieron de la casa y entraron en el bosque. «Ya no se oían los

gritos de _aquellas_». «¿Se habrían escondido?». «Eso debía de ser».

«A buscarlas cada cual por su lado».

«¡Magnífico! ¡magnífico!».

Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros.

Bermúdez, en cuanto se sintió solo, se sentó sobre la yerba. Un

encuentro a solas con cualquiera de aquellas señoras y señoritas en un

bosque espeso de encinas seculares, le parecía una situación que exigía

una oratoria especial de la que él no se sentía capaz. Y, sin embargo,

¡qué deliciosa podría ser una conferencia íntima con Obdulia o con Ana

_sobre la verde alfombra_!

El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el gobernador,

Benítez y otros señores graves. Benítez era joven, pero prefería hacer

la digestión sentado y fumando un buen cigarro.

Don Víctor se acercó al médico, en el hueco de un balcón y De Pas pudo

oír el diálogo que entablaron.

--¡Oh! no puede figurarse usted cuánto le debo.

--¿A mí, don Víctor?

--Sí a usted; Ana es otra. ¡Qué alegría, qué salud, qué apetito! Se

acabaron las cavilaciones, la devoción exagerada, las aprensiones, los

nervios... las locuras... como aquella de la procesión.... Oh, cada vez

que me acuerdo se me crispan los... pues nada, ya no hay nada de

aquello. Ella misma está avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de

que la santidad ya no es cosa de este siglo. Este es el siglo de las

luces, no es el siglo de los santos. ¿No opina usted lo mismo, señor

Benítez?

--Sí señor--dijo el médico sonriendo y chupando su cigarro.

--¿De modo que usted opina que mi mujer está curada del todo?...

¿radicalmente?...

--Doña Ana, amigo mío, no estaba enferma; se lo he dicho a usted cien

veces; lo que tenía se curaba sin más que cambiar de vida; pero no era

enfermedad... por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado...

por lo demás... esa misma exaltación de la alegría, ese optimismo, ese

olvido sistemático de sus antiguas aprensiones... no son más que el

reverso de la misma medalla.

--¿Cómo? usted me asusta.

--Pues no hay por qué. Doña Ana es así; extremosa... viva...

exaltada... necesita mucha actividad, algo que la estimule...

necesita....

Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los

ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca.

--¿Qué necesita?--Eso... un estímulo fuerte, algo que le ocupe la

atención con... fuerza...; una actividad... grande... en fin, eso... que

es extremosa por temperamento.... Ayer era mística, estaba enamorada del

cielo; ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores...

y tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la manía de la

salud....

--Es verdad; no habla más que de la salud la pobrecita.

--¡Qué pobrecita! ¿Pobrecita por qué?

--¿Por qué? por esos extremos... por esos estímulos que necesita....

--¿Y eso qué importa? Su temperamento exige todo eso....

--¿De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente devota

porque... tal vez había quien influía en su espíritu en cierto

sentido?...

--Justo. Es muy probable. Don Víctor, aturdido como solía, hablaba sin

miedo de ser oído, sin ver al Magistral, que fingiendo leer un periódico

y a ratos atender a Ripamilán, se esforzaba en no perder ni una palabra

del diálogo del balcón.

--¿De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra influencia?...

¿su pasión por el campo, por la alegría, por las distracciones se

debe... a un nuevo influjo?

--Sí señor; es un aforismo médico: _ubi irritatio ibi fluxus_.

--¡Perfectamente! ¡_Ubi irritatio_... justo, _ibi_... _fluxus_!

¡Convencido! Pero aquí el nuevo influjo... ¿dónde está? Veo el otro, el

clero, el jesuitismo... pero, ¿y este? ¿quién representa esta nueva

influencia... esta nueva _irritatio_ que pudiéramos decir?...

--Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo régimen, la higiene, el

Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire...

el heno... el tufillo del establo... la brisa de la mañana... etc., etc.

--Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del

ganado... ¡magnífico!... ¡De modo que Ana está salvada!

--Sí señor.--¿Porque esta nueva exageración no puede llevarnos a nada

malo?...

Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto con los dientes, y

contestó con la misma sonrisa de antes:

--A nada.--¡Santa Bárbara!--gritó Quintanar cerrando los ojos y

poniéndose en pie de un salto.

Y tras el relámpago, que le había deslumbrado, retumbó un trueno que

hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones, todos se

pusieron en pie; Ripamilán y don Víctor estaban pálidos. Eran dos

hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto sonaba un

trueno.

Ripamilán, aunque algo sordo de algunos años acá, había oído

perfectamente la descarga de las nubes y ya se sentía mal. No tenía

bastante confianza para pedir un colchón con que taparse la cabeza,

según acostumbraba hacer en su casa.

Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los

balcones para ver llover. Caía el agua a torrentes. Allá al extremo de

la huerta se veía a la Marquesa y a las señoras que la acompañaban

refugiadas bajo la cúpula del Belvedere que dominaba el paisaje, en una

esquina del predio, junto a la tapia.

--¿Y los chicos?--preguntó Ripamilán asustado, fingiendo temer por los

demás.

Llamaba _los chicos_ a los que habían salido al bosque.

--¡Es verdad! ¿Qué era de ellos? Hay que buscarlos.... Se van a poner

perdidos--exclamó Quintanar, acordándose de su mujer, lleno de

remordimientos por no haberlo dicho antes.

El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un

purgatorio y aquello era ya el colmo. «Los otros en el bosque... y el

cielo cayendo a cántaros sobre ellos.... ¡A qué cosas no estaría

obligando la galantería de don Álvaro en aquel momento!».

--Es preciso ir a buscarlos--decía el gobernador.

--Hay que llevarles paraguas...--Y el caso es que la Marquesa está

sitiada por el chubasco allá abajo y no puede disponer....

--Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y

mandar....

Y se deliberó largamente qué se haría.

--Hay que salvar a los náufragos--dijo el Barón a guisa de chiste.

El Magistral, que había salido del salón, se presentó con dos paraguas

grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreció uno a don Víctor, diciendo:

--Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que también lo soy...

¡al monte! ¡al monte!

Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole

con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.

--¡Bravo, bravo!--gritaron aquellos señores, que aplaudían el heroísmo

ajeno.

Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló sobre la casa

y puso pálidos a los más valientes.

--¡Vamos, vamos, pronto!--gritó el Magistral, cuya palidez no la

causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su mala suerte,

a sarcasmos del diablo que se burlaba de él y de su miserable condición

de clérigo.

--Pero... don Fermín--se atrevió a decir Quintanar--por lo mismo que soy

cazador... conozco el peligro.... El árbol atrae el rayo.... Ahí arriba

también hay laureles, el laurel llama la electricidad; ¡si fueran pinos

menos mal! ¡pero el laurel!...

--¿Qué quiere usted decir? ¿Que los parta un rayo a los otros? No ve

usted que con ellos está doña Ana....

--Sí, verdad es... pero ¿no podría ir Pepe con algún criado... con

Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrán... y la sotana....

--¡Al monte! ¡don Víctor, al monte!--rugió el Provisor.

Y la voz terrible fue apagada por un trueno más horrísono que los

anteriores.

--Señores--dijo Ripamilán que estaba escondido en una alcoba--. No se

apuren ustedes, los chicos deben de estar a techo.

--¿Cómo a techo?...--Sí, Fermín, no se asuste usted. A techo... en la

casa del leñador que usted no conoce; es una cabaña rústica, que el

Marqués se hizo construir con cañas y césped allá arriba, en lo más

espeso del monte....

El Magistral no quiso oír más. Salió con un paraguas bajo el brazo y

dejó caer el otro a los pies de don Víctor.

El cual recogió el arma defensiva, que llamó escudo para sus adentros, y

siguió sin chistar «al loco del Magistral», sin explicarse por qué se

empeñaba en que fueran ellos a buscar a la Regenta y no los criados.

Tampoco los señores del salón comprendían aquello; y sonreían con

discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la

conducta del Magistral.

--Tenía razón don Víctor--advirtió el barón--¿por qué no habían de haber

ido los criados?

--Además--dijo el gobernador--eso parece una lección a todos nosotros,

especialmente a usted que tiene por allá a su hija....

El trueno que estalló en aquel instante se le antojó a Ripamilán que

había metido cien rayos en la casa.

El miedo ya era general.--Ea, ea, señores--dijo el Arcipreste desde la

alcoba--a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso de ustedes... _In

nomine Patris_...

--XXVIII--

--¿Adónde van ustedes?--gritaba la Marquesa desde el _Belvedere_ al

Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia,

corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua

por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero.

--¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don

Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que

tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.

La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor

ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera.

--Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; formemos

un plan!... ¿a dónde me lleva usted?

Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, porque

continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un momento.

De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y

bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex-regente,

que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia.

--¡Esto es un telar!--gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran

cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos,

blasfemando, contra su costumbre.

--También es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no

hay más que arañas y espinas.... Don Fermín, espere usted por las once

mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo.

Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto.

No osó blasfemar otra vez.--¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en

nombre de la humanidad!

De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y

disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría:

--Parece mentira que sea usted cazador.

--Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un

bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y sobre todo a

mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. _Nisi

utile est id quod facimus, stulta est gloria_ ha dicho Baglivio. ¿A

dónde vamos nosotros, a ver, dígalo usted si lo sabe?

--A buscar a doña Ana que estará... poniéndose perdida....

--¡Quiá perdida! ¿Cree usted que son tontos? De fijo están a techo....

¿Cree usted que han de estar papando... arañas y nadando como nosotros?

¿Además no tienen pies para volverse a casa? ¿No saben el camino? Dirá

usted que les llevamos paraguas; ¿y para qué sirven los paraguas?

El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servían de

nada en el bosque.

--Haga usted lo que quiera--dijo--yo sigo.

--Eso es darme una lección--replicó don Víctor algo picado y

continuando también la ascensión penosa.

--No señor.--Sí señor; eso... es ser más papista que el Papa. Me parece

a mí que mi mujer me importa más a mí que a nadie.... Y usted dispense

este lenguaje... pero, francamente, esto ha sido una quijotada.

Quintanar comprendió que aquello era una insolencia, pero estaba furioso

y no quiso recogerla.

El primer impulso de don Fermín fue descargar el puño del paraguas sobre

la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en aquella ocasión;

pero se contuvo por multitud de consideraciones... y continuó subiendo

en silencio.

A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonarían a

un náufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas llevaba

clavadas en el cerebro con clavos de fuego: _Ubi irritatio ibi fluxus_

decía una; y la otra: ¡estarán en la casa del leñador! No creía el

Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte,

combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente

enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra,

con las escenas también campestres en que temía groseramente ver

enredada a la Regenta.

«¡_Ubi irritatio ibi fluxus_!» iba pensando; es verdad, es verdad... he

estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más pura... es mujer... y

yo fuí un majadero desde el primer día.... Y ahora es tarde... y la perdí

por completo. Y ese infame....

Echó a correr monte arriba. «¡Pero ese hombre está loco!», pensaba

Quintanar, que le seguía jadeante, con un palmo de lengua colgando y a

veinte pasos otra vez.

El Magistral procuraba orientarse, recordar por dónde había bajado pocas

horas antes de la casa del leñador. Se perdía, confundía las señales,

iba y venía... y don Víctor detrás, librándose de las arañas como de

leones, de sus hilos como de cadenas.

«Lo mejor es subir por la máxima pendiente, ello está hacia lo más

alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...».

Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y voz

dulce y suplicante advirtió:

--Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos;

hágame usted el favor de subir por ahí, por la derecha....

Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones

embozadas al miedo positivo de su compañero, logró picar otra vez su

amor propio y le obligó a torcer por la derecha.

Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía,

tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas pendientes.... Iba

ciego; le daba el corazón, que reventaba de celos, de cólera, que iba a

sorprender a don Álvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos.

«¿Por qué? ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín,

Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?». No, no,

gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don Álvaro sabe mucho de

estas aventuras, ya habrá él aprovechado la ocasión, ya se habrá dado

trazas para quedarse a solas con ella. Paco y Joaquín no habrán puesto

obstáculos, habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y

Edelmira respectivamente. Visitación los habrá ayudado. Bermúdez es un

idiota... de fijo están solos. Y vuelta a correr cuanto podía,

tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán empapado

que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y

telarañas mojadas. También él llevaba la boca y los ojos envueltos en

hilos pegajosos, tenues, entremetidos.

Llegó a lo más alto, a lo más espeso. Los truenos, todavía formidables,

retumbaban ya más lejos. Se había equivocado, no estaba hacia aquel lado

la cabaña. Siguió hacia la derecha, separando con dificultad las espinas

de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las

ramas la caseta rústica.... Alguien se movía dentro.... Corrió como un

loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba allí lo que

esperaba..., dispuesto a matar si era preciso... ciego....

--¡Jinojo! que me ha dado usted un susto...--gritó don Víctor, que

descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, mientras retorcía con

fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara.

--¡No están!--dijo el Magistral sin pensar en la sospecha que podían

despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, todo lo que delataba

a voces su pasión, sus celos, su indignación de marido ultrajado,

absurda en él.

Pero don Víctor también estaba preocupado. No le faltaba motivo.

--Mire usted lo que me encontrado aquí--dijo y sacó del bolsillo, entre

dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata.

--¿Qué es eso?--preguntó De Pas, sin poder ocultar su ansiedad.--¡Una

liga de mi mujer!--contestó aquel marido tranquilo como tal, pero

sorprendido con el hallazgo por lo raro.

--¡Una liga de su mujer! El Magistral abrió la boca estupefacto,

admirando la estupidez de aquel hombre que aún no sospechaba nada.

--Es decir--continuó Quintanar--una liga que fue de mi mujer, pero que

me consta que ya no es suya.... Sé que no le sirven... desde que ha

engordado con los aires de la aldea... con la leche... etc., y que se

las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo que esta liga... es de

Petra. Petra ha estado aquí. Esto es lo que me preocupa.... ¿A qué ha

venido Petra aquí... a perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he

creído oportuno dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa,

está a mi servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es

de Petra.

Don Fermín estaba rojo de vergüenza, lo sentía él. Todo aquello, que

había podido ser trágico, se había convertido en una aventura cómica,

ridícula, y el remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el

cerebro con botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Víctor, según

observó también De Pas, no estaba para atender a la vergüenza de los

demás, pensaba en la suya; se había puesto también muy colorado.

Comprendió el Magistral por qué torcidos senderos conocía el ex-regente

las ligas de su mujer.

También Quintanar tenía, además de vergüenza, celos.

No podía saber De Pas hasta qué punto había llegado la debilidad de don

Víctor, que se decía a sí mismo: «Probablemente este clérigo, malicioso

como todos, estará sospechando... lo que no ha habido».

Lo cierto era que don Víctor, al cabo, había cedido hasta cierto punto a

las insinuaciones de Petra.

Pero acordándose de lo que debía a su esposa, de lo que se debía a sí

mismo, de lo que debía a sus años, y de otra porción de deudas, y sobre

todo, por fatalidad de su destino que nunca le había permitido llevar a

término natural cierta clase de empresas, era lo cierto que había

retrocedido en _aquel camino de perdición_ desde el día en que una

tentativa de seducción se le frustó, por fingido pudor de la criada. «No

había, en suma, llegado a ser dueño de los encantos de su doncella, pero

en aquellos primeros y últimos escarceos amorosos había podido adquirir

la convicción de que la Regenta le había regalado a Petra unas ligas que

el amante esposo le había regalado a ella».

«¿Por qué se le había ido la lengua delante del Magistral?».

«No podía explicárselo, los celos, si así podían llamarse, le habían

hecho hablar alto. Por lo demás, él despreciaba a la rubia lúbrica en el

fondo del alma... y sólo en un momento de exaltación... de la mente,

había podido...».

La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando el

agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul.

Por decir algo, don Víctor dijo:

--Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá abajo viene otro

mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas....

Vamos a bajar antes que vuelva el agua--advirtió De Pas, que hubiera

querido estar cinco estados bajo tierra.

Los dos se tenían miedo.

Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra.

Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los

llamó de lejos, entre los árboles.

--Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... por aquí.

--¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna desgracia?

--¿Qué desgracia? no señor, que los señoritos y las señoritas ya estaban

en casa muy tranquilos cuando ustedes estarían llegando a mitad del

monte... apenas se han mojado.... Yo salí, por orden de la señora

Marquesa, en su busca apenas comenzó a llover.... Fui con el carro y el

toldo encerado a la calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco

había de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de

Chinto está allí, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban todas

las señoritas, que no se habían mojado apenas... porque en el monte

cuando empieza el chaparrón se está como a techo.... De modo que todos

están en casa muertos de risa, menos la señora doña Anita que teme por

usted y... por este señor cura....

--¿Pero y la señora Marquesa cómo no nos advirtió?...

--Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía caso,

y que ella le decía que ya había salido el carro....

Y Pepe se reía a carcajadas.--No ha sido mala broma, je, je....

Probecicos y da lástima verles... sobre todo este señor cura está hecho

un _eciomo_, perdonando la comparanza, es una sopa.... Anda, anda, y cómo

se le ha ponío too el melindrán este... y la sotana parece un charco....

Tenía razón Pepe. De Pas y don Víctor se miraban y se encontraban

aspecto de náufragos.

--Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los

huesos y darles un romantismo....

--Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado.

--La señorita Ana ya tié preparada ropa caliente pa usté y creo que no

falta pa este señor cura: y si no, yo tengo una camisa fina que podría

ponérsela una princesa....

El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde

habían salido, dio vuelta a la muralla y entró en las cocheras, de donde

hizo sacar su miserable berlina de alquiler.

Don Víctor no le vio siquiera separarse de él. Tan absorto iba.

Encontró el Magistral al Marqués que no quería dejarle marchar en aquel

estado....

--Pero si va usted a coger una pulmonía.... Múdese usted.... Ahí habrá

ropa....

No hubo modo de convencerle.--Despídame usted de la Marquesa. En una

carrera estoy en mi casa....

Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un

trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que

regular.

--Pero, hombre, castigue usted a ese animal--gritaba don Fermín al

cochero--. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar

pronto a mi casa.

El cochero, ante la perspectiva de una propina, descargó dos tremendos

latigazos sobre los lomos del rocín, que vino a pagar así la ira

concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos

latigazos los hubiera descargado el canónigo de buen grado sobre el

rostro de Mesía.

Cuando el miserable y desvencijado vehículo llegaba a las primeras

casas de los arrabales de Vetusta, obscurecía. La noche, según había

anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta. Todo el cielo se

cubría de nubes pardas que se ennegrecían poco a poco. Ya se veían

relámpagos extensos en el horizonte por Norte y Oeste, y de tarde en

tarde zumbaba rodando un trueno allá muy lejos.

Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio de sí mismo.

¡Qué jornada! pensaba, ¡qué jornada! No le quedaba ni el consuelo de

compadecerse; merecido tenía todo aquello; el mundo era como el

confesonario lo mostraba, un montón de basura; las pasiones nobles,

grandes, sueños, aprensiones, hipocresía del vicio.... Buena prueba era

él mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una

y otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los

apetitos más bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra era

de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del

maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. «Con

unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo». «¿Y don

Víctor? Otro miserable y además un estúpido que merecía cuanto mal le

viniera encima, como él, como Ana lo merecían también, como lo merecía

el mundo entero que era un lodazal.... ¡Oh, aquellos relámpagos debían

quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez!».

Lo que más le irritaba era que su conciencia le envolvía a él también en

el general desprecio.... «Todo era pequeño, asqueroso, bajo... y él como

todo».

«¿Y lo que había dicho el médico? _Ubi irritatio_... es decir que Ana

caería en brazos de don Álvaro... ¡que era fatal aquella caída!... Y

tanto misticismo, y tanto hermano mayor del alma... ¿para qué había

servido? Farsa, hipocresía, hipocresía inconsciente, como la propia,

como la del universo entero...».

El Magistral daba diente con diente. El frío le hizo pensar en la ropa,

la ropa en su madre.

«Esta es otra. ¿Qué va a decir al verme entrar así? Tendré que inventar

una mentira. ¡Bah! una más, ¿qué importa?... Y los otros allá... a sus

anchas.... Podrán, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo

idiota del marido.... Oh, ¿quién es aquí el marido? ¿Quién es aquí el

ofendido? ¡Yo, yo! que siento la ofensa, que la preveo, que la huelo en

el aire... no él que no la ve aun puesta delante de los ojos...».

Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso

al Vivero a sorprender «lo que el presentimiento le daba por seguro, lo

que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría pasando en

la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas damas

lascivas, locas y encubridoras...».

Un trueno que retumbó sobre Vetusta sirvió de acompañamiento a la cólera

del canónigo.

--«¡Eso! ¡eso!--rugió mientras abría la portezuela y se apeaba frente a

su casa--. ¡Esto sólo se arregla con rayos!».

Y entró en su casa después de pagar al cochero.

Los rayos que quería le esperaban arriba dispuestos a estallar sobre su

cabeza.

Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había tenido tan

formidable reyerta con su señora madre, ni había visto jamás a doña

Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes.

Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más le

atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo.

«¡Qué aventuras tan grotescas... qué horrorosa ironía de lo cómico

durante todo el día! Y... la culpa de todo la tenía la odiosa, la

repugnante sotana...».

Los últimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a pesar

de todo durmió, rendido por tanta fatiga.

Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara,

y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos

otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde

al monte, que llamaba el clero del campo _la santina_, en la casa nueva

todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los

prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se

tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.

Ya se sabía que al Vivero no se iba a otra cosa. Visitación, Obdulia y

Edelmira también, eran las que conocían mejor los lugares más

escondidos, dónde había puertas de escape, y todo lo que exigían

aquellos juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos

años que tenían varias de aquellas personas tan alegres.

A don Víctor se le recibió en triunfo; triunfo burlesco. Algunos, Visita

y Paco entre ellos, querían coronarlo, pero él prefirió correr a su

cuarto para mudarse de pies a cabeza.

Entró con él la Regenta para ayudarle.

--¿Y don Fermín?--preguntó.

--Tu don Fermín es un botarate, hija mía, y perdona--contestó Quintanar

de mal humor, mientras se mudaba los calcetines.

Y refirió a su mujer todo lo que les había sucedido, menos el hallazgo

de la liga.

Ana convino en que De Pas había llevado la galantería a un extremo

ridículo, sobre todo ridículo, en un sacerdote.

--¿A quién le importará más mi mujer, a él o a mí?--repetía a cada

instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral.

«Sí, pensaba Ana, tiene razón don Álvaro, ese hombre... tiene celos,

celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido una imprudencia.... Debo

huir de él, tiene razón Álvaro».

Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido varias veces al

Vivero, a caballo; Mesía había encontrado a la Regenta expansiva,

alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo conseguir que ella

escuchase consejos que él juraba higiénicos principalmente.

«El misticismo era una exaltación nerviosa».

En eso estaba Ana también, asustada todavía con los recuerdos de sus

aprensiones.

«Además, el Magistral no era un místico; lo menos malo que se podía

pensar de él era que se proponía ganar a las señoras de categoría para

adquirir más y más influencia».

Cuando don Álvaro se atrevió a decir esto, ya sus confidencias habían

sido muy íntimas.

De amor no se hablaba; Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta

hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo agradecía y,

como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar en los peligros

de aquella amistad; y lo conseguía mejor que antes.

«Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre de

cavilaciones y propósitos quijotescos y excesivos: quiero paz, quiero

calma... seré como todas. Mi honor no padecerá... pero los escrúpulos

me volverían a la locura, a las aprensiones horrorosas...».

Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados.

La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el

terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas.

Cuando Quintanar refirió los pasos imprudentes del Magistral, Ana sintió

por un momento algo de odio. «¿Cómo? ¿Su mismo confesor la comprometía?

Si Víctor fuera otro, ¿no podría haber sospechado o de don Álvaro o del

canónigo mismo? ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos?

¡No faltaba más! ¡qué horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!».

Y ahora sí que la imagen de don Álvaro se le presentaba risueña,

elegante, fresca y viva. «Al fin aquello estaba dentro de las leyes

naturales y sociales... a lo menos era cosa menos repugnante... menos

ridícula; no, lo que es ridículo, nada... ¡pero un canónigo!...».

Y le parecía que el pecado de querer a un Mesía era ya poco menos que

nada, sobre todo si servía para huir de los amores de un Magistral...

«¿Pero qué se habría figurado aquel señor cura?».

No se acordaba la Regenta ahora de aquello del «hermano mayor del alma»,

ni de la leña que ella, sin mala intención, sin asomo de coquetería,

había arrojado al fuego de que ahora se avergonzaba. La pasión, que

ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, próxima a estallar, le

sugería sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal

la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía.

El cual, aquella misma mañana en el pozo lleno de yerba, antes en el

patio de la iglesia, por las callejas, cuando venían detrás del tambor

y de la gaita, en el bosque, después en el carro de Pepe, donde venían

juntos, casi sentada ella encima de él, sin poder remediarlo, más tarde

en el salón, en todas partes y en todo el día le había estado dejando

ver que la adoraba, «pero no se lo había dicho, por respeto... a fuerza

de quererla tanto».

Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del

clérigo.

Y le faltó tiempo para decírselo a don Álvaro.

En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue

diciendo, cuando pudo hablarle sin que los oyeran:

--¿Qué le parece a usted la conducta del Magistral?

¿Que le había de parecer a don Álvaro? ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que

él, don Álvaro, tenía dicho? Que no había que fiarse del Provisor, etc.,

etc.

--«Sí, Ana, está enamorado de usted, loco, loco... eso se lo conocí yo

hace mucho tiempo... porque... porque...».

Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con

acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro

de sus entrañas; una música que le salía de los ojos y de la boca....

«¡qué sabía ella! pero aquello era una delicia mucho más fuerte que

todas las del _misticismo_».

Cuando hablaban así, como _otros dos hermanos del alma_, empezaba la

noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo los

relámpagos que a don Fermín le sorprendieron al entrar en Vetusta. Ana y

Mesía estaban solos apoyados en el antepecho de la galería del primer

piso, en una esquina de aquel corredor de cristales que daba vuelta a

toda la casa. La mayor parte de los convidados abajo, en el salón, se

preparaban a volver a Vetusta, otros preferían aceptar la hospitalidad

que los Marqueses les ofrecían en el Vivero por aquella noche. Todo era

abajo ruido, movimiento, órdenes confusas, broma, vacilaciones, unos que

se quedaban y de repente preferían emprender el viaje, otros que se

preparaban a ocupar un asiento en un coche y volvían a la casa

prefiriendo «dormir en el suelo aunque fuera». Ripamilán desde luego

aceptó la cama que le ofreció la Marquesa «para él solo».

--Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me

consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo.

Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barón quería más

quedarse, pero tuvo que seguirlas. También se metió en el coche el

gobernador, pero su esposa se quedó con los Marqueses. Bermúdez volvió a

Vetusta; Visitación, Obdulia, Edelmira, Paco y Mesía se quedaban.

Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas

materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían como locos

por el corredor del primer piso. Visitación estaba un poco borracha, no

tanto por lo que había bebido como por lo que había alborotado; Obdulia

decía que tenía un clavo en la sien: había bebido mucho más, pero el

torbellino del baile, las emociones fuertes del escondite la mantenían

en pie firme de puro excitada. Edelmira, maestra ya en el arte de

divertirse al estilo de la casa de sus tíos, estaba como una amapola y

reía y gozaba con estrépito; su alegría era comunicativa y simpática.

Paco la pellizcaba sin compasión y ella despedazaba los brazos de Paco;

Joaquín Orgaz, que había conseguido aquella tarde algunas ventajas

positivas en el amor siempre efímero de Obdulia, pellizcaba también; y

había carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, sorpresas.

Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la galería, sin miedo

al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos que rasgaban el

horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en la obscuridad del

corredor estrecho jugaban a un juego de niños que se llamaba en Vetusta

_el cachipote_, y que consiste en esconder un pañuelo convertido en

látigo y buscarlo por las señas conocidas de: frío y caliente. El que lo

encuentra corre detrás de los otros a latigazos hasta llegar a la madre.

Este juego inocente daba ocasión a multitud de sabrosos incidentes entre

aquellos jugadores todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y

otra de varón, buscaban en el mismo agujero el _cachipote_; los que

corrían se atropellaban, y la verdad histórica exige que se declare, por

más que parezca inverosímil, que muy a menudo aquellos _chicos_ que

corrían como locos todos juntos por la estrecha galería, huyendo del

látigo, caían al suelo en confuso montón, mientras el zurriago les medía

las espaldas.

Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las despedidas y

preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la

galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno,

la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando

deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una

declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda

idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el

estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para

aquella mujer que sentía las emociones de los quince años al frisar con

los treinta.

No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que

se reportase, que mirase quién era ella. «Bastante lo miraba, bastante

se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo».

«No, no, que no calle, que hable toda la vida», decía el alma entera. Y

Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del

Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que

había sido _mística_, ni siquiera en que había maridos y Magistrales en

el mundo. Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí,

pero _caer al cielo_.

Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo

presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que

había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un

esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor algo enfermizo,

una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era

pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer,

salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo

ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin

trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. «No,

por allí no se iba a la locura».

Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta;

es más, lloraba, sin llorar por supuesto, «de pura gratitud, sólo porque

le oían». «¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones,

millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él;

pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le dejaran hablar,

de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino _vulgar_, necio, que

era lo que el _vulgo estúpido_ había querido hacer de él».

Siempre le había gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo _estúpido_;

para ella la señal de la _distinción_ espiritual estaba en el desprecio

del vulgo, de los vetustenses. Tenía la Regenta este defecto, tal vez

heredado de su padre: que para distinguirse de la _masa de los

creyentes_, necesitaba recurrir a la teoría hoy muy generalizada del

_vulgo idiota_, de la _bestialidad humana_, etc., etcétera.

Por fortuna, don Álvaro sabía perfectamente manejar este resorte: era él

capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol del medio día si se

oponía a sus pasiones. «Todo era preocupación, pequeñez de ánimo....

Pero, ¿tenía él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase

las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sabía que la

_letra_ estaba contra él.... Al fin, ¿qué era él? Un hombre que hablaba

de amor a una señora que era de otro, ante los hombres.... Ya lo sabía,

sí; no exigía que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y

costumbres, lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que

había en el mundo mujeres, virtuosas como la que más, que ya sabían a

qué atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel

amor de Mesía; pero ¿podía él pedir a Ana, educada por fanáticos, que

había pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, podía pedirla que se

dignase siquiera alentar su pasión con una esperanza? Oh, no; demasiado

sabía que no... bastaba con que le oyera. ¡Cuántos años había estado sin

querer oírle! ¡Y lo que él había padecido!... Pero, en fin, de esto ya

no había que acordarse. El dolor había sido infinito... infinito... pero

todo lo compensaba la felicidad de aquel momento. Callaba Ana, oía...

¿pues qué más dicha podía él ambicionar?...».

A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro brillantes

y envueltos en humedad de lágrimas.

También tenía las mejillas húmedas.... Ella no pensó que esto podía ser

agua del cielo.

«¡Estaba llorando aquel hombre... el hombre más hermoso que ella había

visto, el compañero de sus sueños, el que debió haberlo sido de su

vida!...».

«Pero ¿por qué hablaba de agradecimiento? ¿Porque ella no le

interrumpía? ¡Si él supiera... si él supiera que no podía ni

hablar!...».

Ana sentía un placer _puramente material_, pensaba ella, en aquel sitio

de sus entrañas que no era el vientre ni el corazón, sino en el medio.

Sí, el placer era _puramente material_, pero su intensidad le hacía

grandioso, sublime. «Cuando se gozaba tanto, debía de haber derecho a

gozar».

Cuando Álvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplicó que se le

dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaración, si se

le quería mal, si se había puesto en ridículo... si se burlaba de él,

etc., Ana, separándose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un

mohín de niña, pero sin asomo de coquetería, arisca, como un animal

débil y montaraz herido, se quejó... se quejó con un sonido gutural,

hondo, mimoso, de víctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor

de la virtud que expiraba en aquel espíritu solitario hasta entonces....

Y se alejó de Álvaro, llamó a Visita... la abrazó nerviosa y dijo,

pudiendo al fin hablar:

--¿A qué jugáis, locos...?

--Ahora ya a nada.... Jugábamos al cachipote, pero Paco y Edelmira están

allá en la esquina del otro frente disputando sobre quién tiene más

fuerza, si ella o él.... Ven, ven, verás qué puños los de Edelmira.

En la más obscura de las galerías, en un rincón, amontonados estaban los

demás compañeros de broma; Edelmira y Paco espalda con espalda, como se

baila a veces la _muñeira_, sobre todo en el teatro, medían sus

fuerzas.... Paco resistía con dificultad el empuje violento de su prima,

que gozando lo que ella y el diablo sabían, se incrustaba en la carne de

su primo, más blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar

hacia adelante mientras ella andaba hacia atrás. Al cabo Edelmira

venció, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con

las manos apoyadas en los hombros del contrario. Así se hizo y esta vez

venció Paco.

Joaquín propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevió a medir con

la Regenta sus fuerzas. Joaquín y Ana vencieron. A don Álvaro, que no

tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio

en que le venció el maldito De Pas.... «Pero ahora le tenía debajo de

los pies».

«Más valía maña que fuerza».

Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los

relámpagos, los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de

la comida, la estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a

la alegría aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia,

moderados en ellos por instintos de la educación. Pero volvieron los

pellizcos, los gritos, los puñetazos de las mujeres en la cabeza de los

varones. Ana jamás había asistido a escenas semejantes; ella y don

Álvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero al fin le

tocó a la Regenta algún pellizco, ninguno de Mesía, a este varios de

Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general contienda más de

una vez sintió su espalda oprimida por la de Álvaro, y aunque huía el

contacto delicioso, de un sabor especial, en cuanto lo notaba, el

contacto volvía, y Ana iba sintiendo emociones extrañas, nuevas del

todo, una inquietud alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de

sed de todo el cuerpo que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no

fuese aquel rincón obscuro, estrecho, donde cantaban, reían, saltaban....

Como una música lejana, dulcísima en su suavidad, recordaba todos los

pormenores de la declaración amorosa de Mesía....

Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y

excitaciones vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y

Visita, dejaron de correr y _enredar_; y muy serios, con la melancolía

del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el

horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que

yacían desgarradas por el cielo.

Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de _Favorita_ y de

_Sonámbula_ y Joaquín _salió por malagueñas_, como él decía; en su voz

había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los

ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto

dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco. Por

fortuna Joaquín se conformaba con el _accèsit_.

Don Víctor, que se aburría abajo, oyó cantar el _Spirto gentil_ y subió.

Le daba ahora por la música. Cantar óperas, a su modo, y oír cantar a

los que _afinaban_ más que él, era su delicia por aquella temporada, y

si todo esto se hacía a la luz de la luna, miel sobre hojuelas.

Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la

luna que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de forma

caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como

respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del

cuerpo y del alma.

Don Víctor era más soñador que ninguno de los presentes. Se acercó a

Mesía, consiguió entablar conversación particular con él; y como

encontró a su amigo más atento que nunca, más cordial, más afectuoso, no

tardó en abrirle el alma de par en par.

Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las

malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes

libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención

muda, intachable.

--Mire usted--decía el viejo--yo no sé cómo soy, pero sin creerme un

Tenorio, siempre he sido afortunado en mis tentativas amorosas; pocas

veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal

mis demasías... pero debo decirlo todo: no sé por qué tibieza o

encogimiento de carácter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, la

mayor parte de mis aventuras se han quedado a medio camino.... No tengo

el don de la constancia.

--Pues es indispensable.--Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis pasiones son

fuegos fatuos; he tenido más de diez mujeres medio rendidas... y muy

pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido mía, lo que se llama

mía.... Sin ir más lejos....

Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesía había de ser

un pozo, le refirió las persecuciones de que había sido víctima, las

provocaciones lascivas de Petra; y confesó que al fin, después de

resistir mucho tiempo, años, como un José... habíase cegado en un

momento... y había jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre;

bastó que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor

exigía, para que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su

descabellado propósito, contentándose con pequeños favores y con el

conocimiento exacto de la hermosura que ya no había de poseer.

Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin

decir que había sido de su mujer. Le parecía una debilidad indigna de un

marido «de mundo» regalarle ligas a su señora. Pidió consejo a Mesía

respecto de su conducta futura con Petra.

--¿Debo despedirla?--¿Tiene usted celos?--No señor; yo no soy el perro

del hortelano... aunque he de confesar que algo me disgustó en el primer

momento el descubrir aquella prueba de su liviandad.

--Pero ¿está usted seguro de que la liga es de Petra?

--Ah, sí; estoy absolutamente seguro.

Y siguió Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo.

La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una ventana a la galería

precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos.

La Regenta abrió de repente las vidrieras y llamó a su marido.

--Pero, Víctor, ¿no te acuestas hoy?

Los dos amigos se volvieron. Quintanar tenía los ojos inflamados y las

mejillas encendidas.... Sus confidencias le habían rejuvenecido....

--¿Pero qué hora es, hija mía?

--Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los

Marqueses ya están recogidos.

Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su

cuarto.

--Bobadas de mamá--dijo Paco del mal humor--apareciendo por un extremo

de la galería. Edelmira prefería dormir con Obdulia, como es natural...

y ahora doña Rufina la hacía acostarse en su misma alcoba.... Bobadas....

Tonterías de mamá...

--Buena está Obdulia para dormir con nadie--dijo Visita que venía del

cuarto contiguo al de Ana.

--¿Pues qué tiene?--Yo creo que una _mica_, una borrachera de mil

cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qué sé yo; ello es que

está en la cama dando ayes y dice que allí no se acuesta nadie, que

quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy a poner mi cama al

lado de la suya.... Buenas noches....

Y acercándose a la ventana sujetó a la Regenta por los hombros, le habló

al oído, le llenó de besos estrepitosos la cara y corrió a su cuarto,

haciendo antes una mueca de conmiseración burlesca a Joaquinito Orgaz

que, cabizbajo y tristón, rondaba por los pasillos.

--Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Víctor, a la cama.

Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de

acostarse.

--¿Y ustedes?--dijo Quintanar.

--Nosotros--respondió Paco--nos hemos quedado sin cama porque a la

señora gobernadora le dio el capricho de tener miedo a los truenos y

quedarse a dormir....

--¿De modo?...--preguntó Ana risueña.

--Que dormiremos en un sofá.--Vaya, vaya, pues buenas noches.

--Espera un poco, tonta, mira qué buena noche está... hablemos aquí un

poco....

--Yo no tengo sueño; tiene razón Paco; hablemos--dijo don Víctor, que

había entrado en su cuarto y se había puesto las zapatillas y el gorro

de borla de oro.

--¿Cómo hablar? no señor..., a la cama....

Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con cerrar las

ventanas y las contraventanas....

Mesía con un mohín le suplicó que esperase....

Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del día, las

bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora

todavía; Ana y su marido dentro, Paco, Joaquín y Álvaro en la galería....

Don Víctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, y

allí, cerca del propio lecho, a los amigos jóvenes en cuya compañía se

sentía él joven también, ¿qué mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha

se le asomaba al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la

casa, todos dormían, y sólo en aquel rincón de la galería, junto a

aquella ventana abierta había el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a

veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parecía dar más

intimidad e interés a lo que se decían. Ana esquivaba unas veces las

miradas de don Álvaro, que fumaba apoyando un codo muy cerca de los de

Anita, también reclinada sobre el antepecho. Otras veces, las más, los

ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se

decían amores, cada vez más elocuentes.

Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al

interior de la alcoba.... Ana sorprendió alguna de aquellas miradas

rápidas y compadeció al enamorado galán, sin tomar a mal su curiosidad

indiscreta. Don Víctor no llevaba traza de poner fin al palique y Ana

misma se creyó en el caso de decir:

--Vaya, vaya... hasta mañana; Víctor, adentro, adentro.

Y cerró las vidrieras en las narices de Álvaro y de los pollos. Paco y

Joaquín desaparecieron en lo obscuro del corredor. Quintanar ya estaba

de espaldas, allá en el fondo de la alcoba, en mangas de camisa. Don

Álvaro no se movía; y vio a la Regenta detrás de los cristales, cerrando

pausadamente las maderas; y ella en medio, en el hueco de luz, mirándole

seria, dulce... y después cuando ya sólo quedaba un intersticio le miró

risueña, juguetona. Volvió a abrir otro poco... y volvió a verle todo el

rostro.

--Adiós, adiós, dormir bien--dijo Ana, detrás de las vidrieras; y cerró

las contraventanas de golpe y corrió el pestillo.

Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los

alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y sus

amigos. Quintanar y señora esperaban a los de Vetusta en la quinta; y

unas veces a pie, otras en coche, se emprendía la marcha, se recorría

aquellas aldeas pintorescas, se oían aquellos cánticos, monótonos, pero

siempre agradables, dulces y melancólicos de la danza indígena, y se

volvía al obscurecer, comiendo avellanas y cantando, entre labriegos y

campesinas retozonas, confundidos señores y colonos en una mezcla que

enternecía a don Víctor, el cual decía: «Vea usted, si se pudieran

realizar la igualdad y la fraternidad... no había cosa mejor ni más

poética».

Mesía y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, además,

solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días. A veces Ana y

Quintanar, después de comer, a eso de las cuatro de la tarde, salían a

la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La soledad le iba

pesando un poco a don Víctor y aquellas visitas las agradecía en el

alma. Ana al divisar allá lejos, en el extremo de la cinta larga y

estrecha de carretera las siluetas de los dos poderosos caballos blancos

de Mesía y Vegallana, sentía un placer que se le antojaba infantil... y

se ponía nerviosa de ansiedad, que crecía según se acercaban los bultos

y se aclaraban las figuras de caballos y jinetes.

Ni Visitación ni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a don Álvaro

alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; conocían en _la

cara de gloria_ del Tenorio que esperaba el triunfo, que tal vez lo

estaba tocando, y comprendían que el pudor, la vergüenza, mejor dicho,

exigía un silencio absoluto respecto del caso. Don Álvaro agradecía «la

delicadeza» de sus cómplices y callaba también, tranquilo y satisfecho.

A fines del mes comenzó la dispersión general; todos los que tenían

cuatro cuartos, y muchos que no los tenían, dejaron la capital y

buscaron la frescura de la playa.

Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra

y se instaló en el puerto mejor de la provincia, _La Costa_, villa

floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a

la moda. Otros años Quintanar pasaba el mes de Agosto en Palomares, a

donde iban también Visita, Obdulia y alguna vez los Marqueses y Mesía.

--¡Dos años hace que no he veraneado!--decía Quintanar alegre como un

chiquillo.

La Regenta prefirió La Costa a Palomares porque el Magistral había

suplicado que no se fuera a baños, y que si el médico lo exigía que por

lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana contradecir este deseo

del confesor y transigió.

«Iremos a La Costa» dijo en la carta en que contestó a don Fermín. Tenía

éste pésima idea de los efectos morales de los baños de todo el

Cantábrico, y especialmente de los baños de Palomares. La mayor parte de

los penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena

de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían sonreír, en la

Regenta le hubieran hecho muy poca gracia.

Comprendía don Fermín que su influencia iba disminuyendo, que la fe de

Ana se entibiaba y en cambio crecía la desconfianza en ella; y como

perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al

orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, fingía no ver, y mantenía

su poder espiritual claudicante «con puntales de tolerancia y estribos

de paciencia». La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia

eclesiástica. Cada vez era su poder mayor y más cruel su tiranía. Las

ventajas de don Álvaro en el ánimo de Ana las pagaba el clero

parroquial, aquel clero que Foja decía respetar tanto.

También Ana prefería aquel _modus vivendi_; no quería volver a las

andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las

aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo

rompía con el Provisor.

«Me conozco, pensaba; sé que, después de todo, le tengo cierto cariño, y

si abandonase su amistad, una voz insufrible me había de estar gritando

siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya que él disimula, y finge no ver

este cambio, y ya no se queja como al principio, dejémoslo todo así;

quiero paz, paz, no más batallas aquí dentro».

Don Álvaro, en el tono confidencial que había adoptado después de su

declaración, había venido a indicar vagamente que no convenía irritar a

don Fermín, que él le creía capaz de hacer daño siempre de un modo o de

otro. Ana, aunque Álvaro no se atrevía a ser muy explícito en este

particular, comprendía lo que su amigo, _nuevo hermano_, quería decir y

aprobaba su prudencia.

Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que

en otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposición de

motivos.

Ana fue a La Costa. Mesía, por disimular, pasó cinco días en Palomares,

después se corrió a San Sebastián, y el día de Nuestra Señora de Agosto

se presentó en La Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente.

A don Víctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. Se

había instalado en la más lujosa, de más movimiento y ruido, situada en

el muelle. Allá se fue también Mesía, accediendo a los ruegos de su

amigo el ex-regente.

Veinte días después volvían los tres juntos a Vetusta; Benítez felicitó

a la Regenta por su notable mejoría; ahora si que estaba la salud

asegurada; ¡qué color! ¡qué morbidez! ¡qué _sólidamente_ robusta volvía!

A don Víctor se le caía la baba. «¡Oh, el mar, si no hay como el mar, y

la mesa redonda, y la casa de baños, y los paseos por el muelle, y los

conciertos al aire libre... y los teatros y circos!». ¡Qué contento

estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya; la más hermosa de

la provincia, como había sido siempre, pero además ahora suya,

completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que

Dios le había otorgado a él....

--¿Y yo? ¿eh? ¿qué tal vengo yo señor Benítez?

--Magnífico, magnífico también; hecho un pollo.

--¡Ya lo creo!--¿Y este galápago? Este galápago que ya va siendo viejo,

¿qué tal?--Y daba palmaditas en la espalda de Mesía--. Este sí que

parece un chiquillo.

Y volviéndose a Frígilis que estaba presente, algo triste y desmejorado,

añadía Quintanar:

--En cambio tú vas a escape para Villavieja.... Y eso que tanto tono

sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular. No, lo que es al

siglo no llegas, carcamal....

Y abrazaba y daba palmadas en la espalda también a su Frígilis para que

no tuviera celos de Mesía. Quintanar era feliz; quería que lo fueran

todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta los

conocidos, el mundo entero.

Si Mesía le preguntaba en broma:

--¿Qué tal _Kempis_? ¿Qué dice de esto _Kempis_?

La Regenta · 第 27 / 30 题