la reflexión lenta y larga.... Pero ahora no se trata de ti, se trata de
ella. ¿Te empeñas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a
Mesía? Sea; pero hay que ver cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después
de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y
que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede sucumbir
ante una revelación semejante....
--¿Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo sé? ¿Quién te
asegura a ti que no me despreciará, que no procurará huir con el otro?
--¡Víctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo más que
esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no está enamorada de
Mesía.... En cuanto vea que es un cobarde y que la abandona antes que
pelear por ella... le despreciará, le maldecirá... y en cambio los
remordimientos la volverán a ti, a quien siempre quiso.
--¡Que quiso!--Sí, más que a un padre. ¿Qué mejor prueba quieres que
todo lo pasado? ¿Por qué se hizo mística?... Y la pobre... también tuvo
que sufrir ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de
esto no hablemos. ¿Por qué luchó, como luchó sin duda? Porque te
quería... porque te quiere... te quiere mucho....
--¡Y me vende!--¡Te vende! ¡te vende!... En fin, no hablemos de eso...
ya has dicho que no quieres mis filosofías. Ello es, que si armas
arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay otra de entierro.
--¡Hombre dices las cosas de un modo!...
--La verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan irritado
estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu
conciencia que bien claro te habla; llama, sube, alborota, quema la
casa.... O no hagas tanto, que bastará con que la espantes con tu noticia
para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en
que tú no crees, pero que son para la vida como los alambres para el
telégrafo. Si estás furioso, si no puedes contenerte, también tú tendrás
disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes
perdón de Dios.
Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a
su amigo estremecerse.
Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la
estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se
acercó a la puerta para coger el aldabón, y cuando Frígilis exclamó:
--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr
en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición,
para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la
cita, si la tenía como era de suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se
le había ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que
aquella noche se repetiría la escena de la anterior, que debía de ser ya
antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había visto a su víctima
cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle
Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Además,
Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en
cuanto él le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban
motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio.
«¡Pero aquel Víctor no le dejaba marchar!».
Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su
ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente
jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía
retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia
respetado y tal vez querido.
--¡Adiós, adiós, hasta mañana temprano!--dijo Frígilis librándose de la
mano trémula que le sujetaba un brazo.
--«¡Egoísta, pensó don Víctor al quedarse solo--; es la única persona
que me quiere en el mundo... y es egoísta!».
Se abrió la puerta. Vaciló un momento.... Se le figuró que del patio
salía una corriente de aire helado....
Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba
atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a
paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el
sombrero que era de teja.
--¡Mi señor don Víctor!--dijo una voz melosa y temblona.
--¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor Magistral!... Un temblor frío, como
precursor de un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras
añadía, procurando una voz serena:
--¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué pasa?... ¿Alguna
desgracia?...
«Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De Pas que parecía un
desenterrado.
Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado
el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le
tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta
llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que
estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y
enérgico al par, a subir aquella escalera.
--Pero ¿qué pasa?--repitió don Víctor en voz baja en el primer
descanso.
--¿Viene usted de caza?--contestó el otro con voz débil.
--Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a
estas horas....
--Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho....
Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien seguía
el Magistral.
--«No pregunta por Ana»--pensó De Pas.
--La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor
que la avise?--preguntó Anselmo.
--¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a
solas...--y se volvió el amo de la casa al decir esto.
--Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho....
Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle
aquel hombre? ¿A qué venía?...».
Anselmo encendió dos luces de esperma y salió.
--Oye, si la señora pregunta por mí, que allá voy... que estoy
ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es eso? ¿No quiere usted
que estemos solos?
El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la
puerta por donde salía Anselmo.
«Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué iba a decir? Terrible
trance; tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle
luz; no sabía absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo
hablar sin preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta era la
cuestión... según lo que supiera, así él debía hablar... pero no, no era
esto... había que comenzar por explicarse. Buen apuro». Estaba el
Magistral como si don Víctor le hubiera sorprendido allí, en su
despacho, robándole los candeleros de plata en que ardían las velas.
Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos
y pasmados.
--«¿Usted dirá?» decían aquellas pupilas brillantes y en aquel momento
sin más expresión que un tono interrogante.
«Había que hablar».
--¿Tendría usted... por ahí... un poquito de agua?...--dijo don Fermín,
que se ahogaba, y que no podía separar la lengua del cielo de la boca.
Don Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre la mesilla de
noche. El agua estaba llena de polvo, sabía mal. Don Fermín no hubiera
extrañado que supiera a vinagre. Estaba en el calvario. Había entrado en
aquella casa porque no había podido menos: sabía que necesitaba estar
allí, hacer algo, ver, procurar su venganza, pero ignoraba cómo.
«Estaba, cerca de las diez de la noche, en el despacho del marido de la
mujer que le engañaba a él, a De Pas, y al marido; ¿qué hacía allí?,
¿qué iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral pasaron todas
las estaciones de aquel día de Pasión. Mientras bebía el vaso de agua, y
se limpiaba los labios pálidos y estrechos, sentía pasar las emociones
de aquel día por su cerebro, como un amargor de purga. Por la mañana
había despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no
podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano, y
levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un
resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban
apagados, los cuerpos sólidos parecían todos huecos; todo parecía tener
la fragilidad del sueño. Antojábasele una crueldad de fiera, un egoísmo
de piedra, la indiferencia universal; ¿por qué hablaban todos los
vetustenses de mil y mil asuntos que a él no le importaban, y por qué
nadie adivinaba su dolor, ni le compadecía, ni le ayudaba a maldecir a
los traidores y a castigarlos? Había salido de las calles y había
paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda bordada
por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y helados.
Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar
la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las
piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado
al cuello.
«Él, él era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que aún no había
matado a nadie (y ya era medio día) y que debía de saberlo todo desde
las siete. Las leyes del mundo ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho
de vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la necesidad de
matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.... Era un clérigo, un
canónigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas de la suerte que se le
reía desde todas partes». En aquellos momentos don Fermín tenía en la
cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se conjuraban
contra aquel miserable Magistral de Vetusta.
La sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: _ras, ras, ras_;
como una cadena estridente que no ha de romperse.
Sin saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de Mesía. «Sabía
él que don Álvaro estaba en casa, en la cama. Si, como temía, don Víctor
no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había
ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del
placer. Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la cama,
entre las almohadas.... Y era lo que debía hacer; si no lo hacía era un
cobarde; temía a su madre, al mundo, a la justicia.... Temía el
escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la
inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde:
un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios
vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué? él
respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que, por
qué mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi
mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar
su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma
porque no le he tomado también el cuerpo.... Los mato a los dos porque
olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que _ubi irritatio ibi
fluxus_, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su
carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la
pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está
envenenando el alma.... Mato porque me engañó; porque sus ojos se
clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de
sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato
porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy
fiera...».
Pero no mató. Se acercó a la portería y preguntó... por el señor obispo
de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta.
--Ha salido--le dijeron. Y don Fermín sin ver lo que hacía, dobló una
tarjeta y la dejó al portero.
Y volvió a su casa. Se encerró en el despacho. Dijo que no estaba para
nadie y se paseó por la estrecha habitación como por una jaula.
Se sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Leyó lo
escrito y lo rasgó todo en cien pedazos. Volvió a pasear y volvió a
escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uñas en la cabeza.
En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, deprecaba,
rugía, arrullaba; unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y
estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tenía el
Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia engañada y
sofocada y provocada, salían a borbotones, como podredumbre líquida y
espesa. La pasión hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la
basura corriente y encauzada. Otras veces se quejaba el idealismo
fantástico del clérigo como una tórtola; recordaba sin rencor, como en
una elegía, los días de la amistad suave, tierna, íntima, de las
sonrisas que prometían eterna fidelidad de los espíritus; de las citas
para el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas;
recordaba aquellas mañanas de un verano, entre flores y rocío, místicas
esperanzas y sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura.
Pero entre los quejidos de tórtola el viento volvía a bramar sacudiendo
la enramada, volvía a rugir el huracán, estallaba el trueno y un
sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo negro un rayo.
«¡Y por quién dejaba Ana la salvación del alma, la compañía de los
santos y la amistad de un corazón fiel y confiado...! ¡por un don Juan
de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por
un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por
un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y
hueca!...». «Pero ya comprendía él la causa de aquel amor; era la impura
lascivia, se había enamorado de la carne fofa, y de menos todavía, de la
ropa del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del
zapatero, de la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los
escándalos del libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del
aire.... Hipócrita... hipócrita... lasciva, condenada sin remedio, por
vil, por indigna, por embustera, por falsa, por...» y al llegar aquí era
cuando furioso contra sí mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral,
airado porque no sabía escribir de modo que insultara, que matara, que
despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras.
«Aquello no podía mandarse bajo un sobre a una mujer, por más que la
mujer lo mereciera todo. No, era más noble sacar de una vaina un puñal y
herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre
perfumado».
Pero escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignación,
la franqueza necesaria a su pasión estallaban por otro lado; y entonces
era él mismo quien aparecía hipócrita, lascivo, engañando al mundo
entero. «Sí, sí, decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para
mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro
sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor,
nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de
niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el
quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la
máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo
puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre ¿no lo sabías? ¿por eso me
engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene
miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos
frente a frente, escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has
prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se
queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma
que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu
miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer, ¿qué saben
ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías
también... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por
todas las mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orgía, los
labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las
heridas del estupro, por...».
Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas
las otras. No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y
negros, y el piso parecía nevado; y sobre aquellas ruinas de su
indignación artística se paseaba furioso, deseando algo más suculento
para la ira y la venganza que la tinta y el papel mudo y frío.
Salió otra vez de casa; paseó por los soportales que había en la Plaza
Nueva, enfrente de la casa de los Ozores.
«¿Qué habría pasado? ¿Habría descubierto algo don Víctor? No; si hubiera
habido algo, ya se sabría. Don Víctor habría disparado su escopeta sobre
don Álvaro, o se estaría concertando un desafío y ya se sabría; no se
sabía nada, nada; luego nada había sucedido».
Dos, tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán
obscuro del caserón de la Rinconada. Quería saber algo, espiar los
ruidos... pero a llamar no se atrevía... «¿A qué iba él allí? ¿Quién le
llamaba a él en aquella casa donde en otro tiempo tanto valía su
consejo, tanto se le respetaba y hasta quería? Nadie le llamaba. No
debía entrar». No entró. «Además, iba pensando mientras se alejaba, si
yo me veo frente a ella, ¿qué sé yo lo que haré? Si ese marido indigno,
de sangre de horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la
tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo
que haría. No, no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a
todos».
Y volvió a la suya. Doña Paula entró en el despacho. Hablaron de los
negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas más;
pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y a la madre.
--«No se podía hablar de aquello» pensaba él.
--«No se podía hablar de aquello, ni a solas» pensaba ella.
La madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra.
Además, ya ella, por su servicio de policía secreta, y por lo que
observaba directamente, había llegado a comprender que su hijo había
perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldecía porque la creía
querida de su Fermo, ahora la aborrecía porque el desprecio, la burla,
el engaño, la herían a ella también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle
por un barbilindo mustio como don Álvaro! El orgullo de la madre daba
brincos de cólera dentro de doña Paula. «Su hijo era lo mejor del mundo.
Era pecado enamorarse de él, porque era clérigo; pero mayor pecado era
engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... ¡Y pensar que no
había modo de vengarse! No, no lo había». Y lo que más temía doña Paula
era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese
algún delito escandaloso.
La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle.
A doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los infames, sobre
todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar
el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Víctor para que
saliera lanza en ristre a matar a don Álvaro.
«Y nada de esto se le podía decir a Fermo».
Doña Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos los gestos
de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos,
aquel ir y venir por el despacho.
«¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien
merecía aquel hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas
del alma. ¡Había sido tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para
conservar y engrandecer el prestigio que le disputaban!». Desde que doña
Paula vio que «no estallaba un escándalo», que don Fermín mostraba
discreción y cautela incomparables en sus extrañas relaciones con la
Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con sus amonestaciones.
Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don
Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa, su madre le
admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus
deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella
reputaba decencia.
No, no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al
fin doña Paula dejó solo a don Fermín; subió a su cuarto. Y desde allí,
en vela, se propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba
moviéndose abajo: le oía ella vagamente.
Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se
quedó solo, se movía mucho: tenía fiebre. Se le ocurrían proyectos
disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida.
«Estaba atado por todas partes». Cualquier atrocidad de las que se le
ocurrían, que podía ser sublime en otro, en él se le antojaba, ante
todo, grotesca, ridícula.
Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que
estaba vestido de máscara llegó a ser una obsesión intolerable. Sin
saber lo que hacía, y sin poder contenerse, corrió a un armario, sacó de
él su traje de cazador, que solía usar algunos años allá en Matalerejo,
para perseguir alimañas por los vericuetos; y se transformó el clérigo
en dos minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía apuesto talle
con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y
varonil, lleno de juventud todavía. Se miró al espejo. «Aquello ya era
un hombre». La Regenta nunca le había visto así.
«En el armario había un cuchillo de montaña».
Lo buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero negro. La hoja
relucía, el filo señalado por rayos luminosos, parecía tener una
expresión de armonía con la pasión del clérigo. El Magistral le
encontraba _una música_ al filo insinuante.
«Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca
gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador
montañés; podía ir a esperar a don Álvaro a la calleja de Traslacerca, a
la esquina por donde decía Petra que le había visto trepar una noche.
Don Álvaro, si don Víctor no había descubierto nada o si no sabía que
don Víctor le había descubierto, volvería otra vez, como todas las
noches acaso... y él, don Fermín, podía esperarle al pie de la tapia, en
la calleja, en la obscuridad... y allí, cuerpo a cuerpo, obligándole a
luchar, vencerle, derribarle, matarle.... ¡Para eso serviría aquel
cuchillo!».
Doña Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo.
Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído
en el cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente:
«Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal
a ese infame.... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de
novela. ¿Para qué pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay más
remedio que utilizar el valor y las ideas románticas y caballerescas de
don Víctor; guardaré el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...».
Y don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó el sombrero de anchas
alas, desciñó el cinto negro, guardó todas estas prendas, más el
cuchillo, en el armario y se vistió la sotana y el manteo, como una
armadura. «Sí, aquella era su loriga, aquéllos sus arreos».
«Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a
Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora
del tren. Voy a su casa...».
Y salió. «Si mi madre me sale al paso le diré que me espera un enfermo,
que quiere confesar conmigo sin falta...».
En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo.
--¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió creerla y le dejó
marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no
iba ciego, no iba a dar escándalo.
«Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella».
Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás
Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a
saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba
dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la
venganza necesaria... y no sabía cómo empezar.
Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral
aún no sabía lo que iba a decir.
Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín
habló...
--Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted
y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y
por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable
acceso....
--Al grano, señor Magistral.--La hora de mi visita, el hacer yo pocas a
esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá...
--Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por
los clavos de Cristo!
--De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de
sus espinas y de la cruz....
--Por compasión...--Don Víctor, yo necesito antes de hablar que usted
me declare el estado de su ánimo....
--¿Qué quiere usted decir?
--Está usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran
disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la
escalera....
--Y usted también... está.
La voz de Quintanar temblaba.--Pues eso quiero saber; si usted conoce
la causa de mi visita, en parte a lo menos, podré ahorrarme el disgusto
de abordar los preliminares enojosísimos de una cuestión....
--Pero, ¿de qué se trata? ¡por las once mil!...
--Señor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene
algo que... decir... algún consejo que buscar.... Yo también vengo a
hablarle a usted de lo que sé como sacerdote, pero la conciencia de
quien me lo comunicó exige precisamente que yo dé este paso....
Don Víctor se puso en pie de un salto.
En aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, porque
acababa de ver claro. Ya sabía qué camino era el suyo.
--¿Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa?...
--Don Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un asunto que le
interesa muchísimo, y si el saberlo es la causa de esa alteración de su
semblante.... Necesito empezar por aquí.
--Sí, señor; hoy sé algo que no sabía ayer... que me importa muchísimo
¡ya lo creo! más que la vida.... Pero, si usted no habla más claro, yo no
sé si debo... si puedo....
--Ahora, sí; ahora ya puedo hablar más claro.
--Una persona... decía usted....
--Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha
acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su
complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la había
acusado, y que por medida perentoria de reparación... había puesto en
poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero temiendo
nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se apresuraba a
declararme lo que había, para ver si podían evitarse más crímenes... que
al cabo, crimen sería una violencia... una venganza sangrienta....
Don Fermín se interrumpió para callar, respetando así el dolor de don
Víctor, que se había dejado caer sobre un sofá, y apretaba la cabeza
entre las manos.
--¿Petra... ha sido Petra?--dijo don Víctor preguntando con el tono
especial del que ya sabe lo mismo que pregunta.
--La infeliz no comprendió al principio que su conducta podía causar
nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos si es
tiempo.... En nombre del Crucificado, don Víctor, ¿qué ha sucedido aquí?
--Nada, ¡pero aún estamos a tiempo!--contestó el marido burlado, puesto
en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa
en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no había habido allí
_nada_, ningún crimen cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes
del honor... y del teatro.--Nada, nada... pero habrá, habrá sangre....
¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha divulgado mi deshonra?... Eso ha sido
también una venganza, no es arrepentimiento; es venganza... pero esto
importa poco. ¡Lo que importa es que el mundo sabe!... ¡Desgraciado
Quintanar! ¡Mísero de mí!...
Y volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía a sentir el
mismo sueño soporífero que le había encogido el ánimo por la mañana.
«El mundo sabe»--había dicho don Víctor--y estas palabras sugirieron a
don Fermín otra mentira provechosa.
Pero antes dijo:--Don Víctor, no extraño que en su dolor usted no tenga
tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he dicho que el mundo
supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor.
--¿Pero cree usted que Petra no habrá dicho?...
--Petra no; pero... por desgracia...--Además, lo que importa aquí es mi
honra, no que el mundo sepa o ignore.... De todas maneras, pronto sabrá
de mi venganza y se podrá enterar de todo.
Y se puso a dar vueltas por el despacho.
De Pas se levantó también.
--Por desgracia--continuó--la maledicencia se ha apoderado hace tiempo
de ciertos rumores, de algo aparente....
Don Víctor rugió al gritar:
--¡Dios mío! ¿qué es esto? ¿esto más? ¿El mundo dice?... ¿Vetusta entera
habla?...
Y se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas.
Don Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos de su
dolor, de su vergüenza, habló largo y tendido del asunto. «Sí, por
desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se
murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba
en el palacio de los Ozores. Esto era lo peor, después de la desgracia
en sí misma. Era lo peor porque el Magistral, que conocía las exaltadas
ideas de don Víctor respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos
disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se
arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo
crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo,
aunque él, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se
explicaba la vehemente cólera que debía de dominar a don Víctor, y
comprendía, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta y
terrible venganza; si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote de una
religión de paz y de perdón, tenía que aconsejar y procurar, en cuanto
pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para
tales casos». Don Víctor, con el rostro entre las manos hacía signos de
protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del tronco.
«Pero qué le diría, o le podría decir Quintanar al Magistral, que él no
comprendiera.... Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo,
aquello pedía sangre, es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de
vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el
mundo decoro, era necesario, según las leyes sociales, según lo que las
costumbres y las ideas corrientes exigían, que don Víctor buscase a
Mesía, le desafiase, le matase si posible le era, o si le cogía _in
fraganti_ en el delito, o cerca de él, que le sacrificase sin
miramientos, con justicia pronta. Así lo habían hecho varones
esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían cantados y alabados
en poemas y tragedias. Todo esto lo sabía el Magistral perfectamente».
Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía «las _razones_ que,
desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre»
que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido
contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los
agravios y conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos
anteriores era otro el Magistral, se volvía premioso, decía con frialdad
vulgaridades de sermón de aldea. Su propósito no lo penetraba don
Víctor, pero sentía los efectos de la perfidia del canónigo. «Sí»,
pensaba el ex-regente, mientras el Magistral volvía a enumerar los
sacrificios de amor propio, pundonor y otras muchas cosas que exigía la
religión a un buen cristiano a quien su mujer engañaba: «sí, he estado
ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mesía de una
perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y
obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo,
Vetusta entera me tiene por... un... por un...» y saltaba don Víctor
cerca del techo al oírse a sí mismo en el cerebro la vergonzosa palabra.
Y entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral
recomendaba el perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica vana:
«Aquel santo varón no sabía lo que era un ultraje de aquella especie; ni
lo que exigía la sociedad».
Para que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con sus
sermones sosos y desprovistos de vida, de unción, don Víctor fingió
ceder; y dijo que no haría ningún disparate, que meditaría, que
procuraría armonizar las exigencias de su honor y aquello que la
religión le pedía....
Entonces se alarmó don Fermín; creyó que había perdido terreno, y
volvió a la carga. Con vivos colores pintó el desprecio que el mundo
arroja sobre el marido que perdona y que la malicia cree que
consiente....
Don Víctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre más despreciable
del mundo si no hacía una que fuese sonada.... «Oh, sí, cuanto antes...
en cuanto fuera de día daría sus pasos, mandaría dos padrinos a don
Álvaro; había que matarle».
Don Fermín volvió a tranquilizarse, viendo la exaltación de la ira
pintada en el magistrado. «Sí, había hombre; la máquina estaba
dispuesta; el cañón con que él, don Fermín, iba a disparar su odio de
muerte, ya estaba cargado hasta la boca».
Don Víctor no hablaba. Gruñía arrimado a la pared, en un rincón...
«Ya no había qué hacer allí». El Magistral se despidió. Pero al salir,
al llegar a la puerta, se volvió de repente y con ademán solemne, como
sacerdote de ópera, exclamó:
--Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy
todavía, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta...
noche... sorprendiera usted... algún nuevo... atentado... si ese infame,
que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo sé que es
mucho pedir... pero un asesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de
Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese hombre
pueda llegar aquí... pero... ¡nada de sangre, don Víctor, nada de sangre
en nombre de la que vertió por todos el Crucificado!...
«¡Es verdad, pensó don Víctor cuando se quedó solo, es verdad! ¿Y yo,
estúpido, tonto, no había dado en ello? Ese hombre debe volver esta
noche.... ¡Y yo, por no matarla a ella con el susto, iba a dejar que
otra vez... otra vez!... ¡Y no pensaba en ello!...».
Se abrió la puerta y entró la Regenta.
Venía pálida, vestía un peinador blanco, y no hacía ruido al andar. Sus
ojos parecían más grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba
escalofríos. A lo menos los sintió don Víctor, que dio un paso atrás, y
tuvo terror, como en presencia de un fantasma. Antes que en la traición
de aquella mujer pensó en el gran peligro que corría la vida de Ana, si
una emoción fuerte la espantaba. No le pareció su mujer a don Víctor, le
pareció la Traviata en la escena en que muere cantando. Sintió el pobre
viejo una compasión supersticiosa; aquel ser vaporoso que se le aparecía
de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería él en aquel
instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo temía
al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.... «¡Qué fácil era asesinar
con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de
su delito! Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con
bala, ni con palabras fulminantes...».
--¿Quién estaba ahí?--preguntó Ana tranquila.
--El Magistral--respondió don Víctor, que suponía a su mujer enterada de
lo mismo que preguntaba.
Ana se turbó.--¿A qué venía... a estas horas?--preguntó disimulando sus
temores.
--¿A qué? Cosas de política.... Eso del obispo y el gobernador... lo de
las votaciones que corre prisa... en fin... cosas de política.
La Regenta no insistió. Se retiró sin acercarse a su marido, que no la
buscó tampoco para darle el beso en la frente con que solían despedirse
todas las noches.
Respiró Quintanar cuando se vio solo. «Aquello había salido bien. No se
había descubierto. Anita no había podido sospechar.... Tenía la
conciencia tranquila, señal de que había hecho bien por lo pronto».
Pidió el té que era su cena los días de caza y de comida de fiambre; dio
orden a los criados de acostarse, y a las once y media, de puntillas y
sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, bajó al parque en
zapatillas, armado de escopeta. La había cargado con postas.
«¡Oh, sí! el Magistral le había sugerido, sin querer, una buena idea.
¿Qué no hubiera sangre, eh? Oh, lo que es como volviese aquella noche...
¡moría don Álvaro! Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que
cayera redonda, que le prendieran a él.... Cualquier cosa... pero como
volviera, moría». Así como poco antes había sentido la conciencia
tranquila al contener su cólera delante de Ana, ahora se sentía
satisfecho ante su resolución de matar al ladrón de su honra si volvía.
La noche era obscura, el frío intenso. Don Víctor no tuvo más remedio
que volver a su cuarto por la capa. Se exponía a hacer ruido, o que el
otro tuviera tiempo de venir y escalar el balcón entre tanto... pero a
cuerpo no se podía estar allí. Se quedaría helado. Fue, con la prisa que
pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvió a su puesto de centinela
en el cenador, desde el cual veía el perfil de la tapia, destacándose
borrosa en el cielo negro; y vería también el balcón del tocador si se
abría para dar paso a don Álvaro.
Oyó las doce, la una, las dos... no oyó las tres, porque debió de
dormitar un poco, aunque él se lo negaba a sí mismo.... Y a las cuatro no
pudo resistir ya el frío y el sueño; y delirante, sin conciencia de sí
mismo ni del mundo ambiente, tropezando en todo, subió a su cuarto,
buscó la cama a tientas, se desnudó por máquina, se envolvió entre las
sábanas y se quedó dormido en un sopor de fiebre lleno de fantasmas
ardientes, de monstruos dolorosos.
Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del café, como solían,
ni Mesía, ni Ronzal, ni el capitán Bedoya ni el coronel Fulgosio.
Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son
de misterio:
--Señores, cuando yo digo que hay gato....
--¿Qué gato?--preguntó don Frutos Redondo el americano.
Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo,
el del tresillo.
Todos los presentes rodearon a Foja que añadió:
--Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitán ni el
coronel. Ciertos son los toros. Cuando el río suena....
--Pero ¿qué suena?--preguntó Orgaz padre, que algo sabía.
Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo:
--Nada, señores, yo digo a ustedes que no hay nada....
--Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades. Lo sé de
buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas horas sus
padrinos a don Álvaro.
--¡Padrinos! ¿por qué?--preguntó Redondo.
--¡Bah! Está usted buen cazurro. Demasiado sabe usted por qué. La verdad
es que aquello era un escándalo.
Joaquín Orgaz defendió a don Álvaro.
Pero Foja no atacaba a Mesía, atacaba a don Víctor que había consentido
tanto tiempo aquella desvergüenza.
--¿Pero qué sabe usted si consentía? No sabía nada. Y si ahora desafía
al otro, será que descubrió algo....
--O que se ha cansado de aguantar...--O no habrá tal desafío.
Toda la tarde se habló allí de lo mismo. Al obscurecer llegó Ronzal.
Nadie se atrevió a interrogarle al principio. Foja se cansó de ser
prudente y preguntó a Trabuco dándole un golpecito en el hombro:
--¿Es usted padrino?--¿Padrino de qué?--dijo Ronzal con ceño adusto,
aire misterioso, y como hombre prudentísimo que opone un muro de hielo a
una indiscreción.
--Padrino del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar....
--¿Pero a usted quién le ha dicho?... Palabra de... quiero decir... yo
no sé... yo niego.... Es usted un mentecato y un hablador insustancial
¿Cree usted que asuntos tan serios se vienen a tratar al café?
--¿Ven ustedes? Lo que yo decía--gritó Foja triunfante sin hacer caso de
los insultos.
Ronzal negó, se obstinó en callar; pero se conocía que le costaba
grandes esfuerzos.
Miró el reloj muchas veces y preguntó a Joaquinito Orgaz, aparte, pero
de modo que lo oyeran los demás:
--¿Sabe usted si don Pedro el picador tiene todavía sables de...?
Y lo demás lo dijo en voz baja.
Orgaz no sabía nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y salió del
Casino, diciendo:
--Adiós, señores.--¿Ven ustedes? Lo que yo decía. Duelo tenemos.
Aquellos señores se declararon en sesión permanente. Los mozos
encendieron el gas, y continuó el tertulín de la tarde empalmándose con
el de la noche. Algunos fueron a cenar y volvieron. A las ocho en todo
el Casino no se hablaba más que del duelo. Los del billar dejaron los
tacos para venir a la sala de las mentiras a cazar noticias; hasta _los
de arriba_, los del cuarto del crimen, que solían dejar que pasaran
revoluciones sin darse por entendidos, mandaron sus emisarios abajo para
saber lo que ocurría.
Un desafío en Vetusta era un acontecimiento de los más extraordinarios.
De tarde en tarde algunos señoritos se daban de bofetadas en el Espolón,
en algún sitio público, pero no pasaba de ahí. Los insultos no tenían
jamás consecuencias. Nunca había habido en Vetusta una sala de armas.
Hacía años, un comandante retirado había querido ganarse la vida dando
lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y otros
varios comenzaron con gran afición a dejarse dar de palos, pero pronto
se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro prestado
a cualquiera.
No se recordaba en la población más que dos desafíos en que se hubiera
llegado _al terreno_; uno de Mesía, allá, muchos años atrás, cuando era
muy joven; había sido padrino del contrario Frígilis, único vetustense
que asistió al lance.
Nunca había querido decir lo que había pasado allí, pero era lo cierto
que ni Mesía ni su adversario habían guardado cama un solo día después
del duelo.
El otro desafío había sido entre un jefe económico y un cajero por
cuestiones de la caja. Sobre si sacaste tú o saqué yo. Se habían batido
a primera sangre. El cajero había recibido un arañazo en el cuello,
porque el jefe económico daba sablazos horizontales con el propósito de
degollar al contrario. Y no había más desafíos _llevados al terreno_ en
las crónicas vetustenses.
Se discutió mucho aquella noche, para pasar el rato mientras llegaban
noticias, sobre la legitimidad de esta _costumbre bárbara que habíamos
heredado de la Edad media_.
Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, aseguró
que el duelo era resto de las ordalías.
Don Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni san ordalías le
hacían a él batirse. Él acudía al juez si le ofendían, y si no había
modo, ventilaba la cuestión a palos.--Eso de que me mate un espadachín,
que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentirá
el hijo de mi madre.
--Sin embargo--decía Orgaz padre--hay circunstancias... el honor... la
sociedad.... Ya ve usted, Fígaro condena el duelo, y confiesa que él se
batiría llegado el caso.
--Es que yo no soy un mal barbero, señor mío--gritó don Frutos--tengo
algo que perder.
Hubo que explicarle a don Frutos quién era Fígaro; pero aún después de
enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y gritar, vociferó
diciendo, que de todas maneras, al que le desafiase, él le rompía el
alma....
--Pues yo--dijo el ex-alcalde--a la justicia me atengo... una querella
criminal, la ley está terminante....
--Pues yo--exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz
temblorosa--yo no hago nada de eso. Al que me desafíe, si es un diestro,
le obligo a aceptar un duelo en las condiciones siguientes: (Atención
general.) A dos pasos de distancia (se coloca, midiendo dos pasos
largos, enfrente de don Frutos que se pone muy serio y erguido) una
pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece ante la idea de que
aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, tres (da las tres
palmadas) ¡plun! ¡y al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga! Así me
bato yo. La cuestión no es ser diestro, es tener valor.
--¡Bravo, bravo! ¡eso, eso!--gritó gran parte del concurso, como si
oyera aquello por primera vez.
Siempre que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel día Foja,
don Frutos, Orgaz y otros caballeros.
En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron
por allí ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, según se decía, eran
los padrinos, amén de Frígilis.
Era verdad. Por más que Crespo encargó el secreto más absoluto a todas
las personas que tuvieron que intervenir en el triste negocio, no se
sabe cómo, aunque se sospecha que por culpa de Ronzal, pronto corrió por
Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y Ronzal habían sido los
indiscretos. Petra, por venganza, por mala índole, había hablado, había
dicho a alguna amiga _lo de_ su antigua ama. «¿Que por qué había dejado
aquella casa? Por tal y por cual». Trabuco, a quien la honra de merecer
la confianza de Quintanar había llenado de vanidad, no había podido
resistir la tentación de dejar _transparentarse_ su secreto. Ello era
que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa.
El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su
deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de
caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los
tendría....
Pasó aquel día, y pasó el siguiente y no se sabía nada.
--¿Era _una papa_ lo del duelo?--preguntaba Foja en el Casino.
Y entonces reventó Joaquinito Orgaz, que lo sabía todo por el
Marquesito.
--No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte.
Pero los padrinos se habían portado mal, eran torpes, a pesar de las
ínfulas del coronel Fulgosio que decía tener el código del honor en la
punta de los dedos: no parecían armas, se había hablado del sable
primero, pero no parecían sables de desafío; no había en Vetusta sables
así, o no querían darlos los que los tenían. Se había recurrido a la
pistola... y tampoco parecían pistolas a propósito. «Yo creo--añadía
Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inverosímil y que Frígilis
quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mesía y lo hace
marcharse de Vetusta».
--¡Qué indignidad!--gritó Foja.
--Pues ésa había sido la primera solución. La misma noche del día en
que, al parecer (esto se cuenta por lo menos) don Víctor descubrió su
deshonra, Frígilis fue a ver a Mesía y le suplicó que saliera del pueblo
cuanto antes. Mesía se lo contó _ce_ por _be_ a Paco.
--Bueno, ¿y qué más?
--Nada, que Mesía, como era natural, se opuso; dijo que Quintanar y todo
Vetusta podían atribuir a miedo su ausencia.--Pero Frígilis, que tiene
cierta influencia sobre don Álvaro, le obligó a darle palabra de honor
de que al día siguiente tomaría el tren de Madrid. Parece ser que
Quintanar tuvo en sus manos la vida de Álvaro; que pudo matarle de un
tiro y no le mató. Y Frígilis invocaba esto y los derechos del marido
ultrajado para obligar a Mesía a huir. «Eso no es cobardía--dice que
le dijo--eso es hacerse justicia a sí mismo, usted merece la muerte por
su traición y yo le conmutó la pena por el destierro».
--¿Eso dijo Crespo?--Eso.--¡Miren Frígilis!--Tiene mucha confianza
con Álvaro, que le respeta mucho.
--Bueno, ¿y qué más?
--Nada, que Álvaro dio palabra. Pero al día siguiente, ayer por la
mañana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para
largarse, se le presentaron Frígilis y Ronzal en son de desafío. Parece
ser que muy temprano don Víctor llamó a Frígilis y le obligó a buscar a
Trabuco para ir juntos a desafiar al burlador; Frígilis no tuvo más
remedio que obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba
escapar, amenazó con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los
periódicos, en la calle.... Estaba furioso.
--¡Claro, las comedias!--Ello es, que Frígilis tuvo que devolver a
Álvaro la promesa de huir y mandarle buscar padrinos.
--¿Y Mesía?--Es claro; dejó el viaje y buscó padrinos; querían que yo
fuese uno (mentira) pero después... como yo soy muy amigo de ambos... en
fin, se buscó otros... y no parecían.... Sólo Fulgosio, que siempre se
presta a tales enredos... y Bedoya, que al fin es militar....
En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesía se lo había dicho
todo al Marquesito que había ido a verle a la fonda.
Lo que no le había dicho era que él tenía mucho miedo; que así como se
alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca
salud que le quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana,
le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Víctor con una
espada o una pistola en la mano.
La proposición primera de Frígilis la aceptó inmediatamente.
«¡Era natural! debía huir, ¿con qué derecho iba él a procurar la muerte
del hombre que le había perdonado la vida aquella mañana y a quien él
había robado la honra? Huiría; al día siguiente, sin falta tomaría el
tren».
Ya lo esperaba Frígilis, que sabía a qué atenerse respecto del valor de
Álvaro.
Como que había sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludían los
socios del Casino. Don Álvaro, por culpa de una mujer, había sido retado
a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran de la
guarnición menos Frígilis, único vetustense que presenció el lance. El
duelo era a sable, en el Montico, en una arboleda, de tarde, cerca del
obscurecer. Mesía y su adversario estaban en mangas de camisa (se
acordaba Frígilis como si hubiese sido el día anterior), estaban en
mangas de camisa, sable en mano... ambos pálidos y temblando de frío y
de miedo. El cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de
lluvia. Los dos _combatientes_ miraban a las nubes. Frígilis comprendió
lo que deseaban. Comenzó la lid soltera y al primer choque de los aceros
estalló un trueno y empezaron a caer gotas como puños. Mesía y su
adversario temblaban como las ramas de los árboles que batía el
viento.... Tan grande fue el chaparrón que los padrinos suspendieron el
duelo... que no se continuó. «No habían ido a batirse contra los
elementos». Mesía quedó incólume y Crespo implícitamente le dio
seguridades de que guardaría el secreto de aquel trance ridículo y de la
cobardía del Tenorio vetustense.
Recordando todo esto, Frígilis trató como un zapato a Mesía aquella
noche memorable en que le intimó la huida. Pero--decía bien Joaquín
Orgaz--al día siguiente tuvo que devolver su palabra a don Álvaro. Ya no
debía huir. Quintanar se empeñaba en batirse; era aragonés y no cejaría.
«No sé quién me le ha cambiado. Anoche parecía resuelto o poco menos a
una solución pacífica, se contentaba con que usted desapareciera; y hoy,
cuando fui a verle me encontré al señor de Ronzal, que está presente, al
lado del lecho de mi amigo».
Ronzal saludó. Mesía se había puesto muy pálido. Estaba metiendo ropa
blanca en un mundo y suspendió la tarea.
--De modo que...--Que tiene usted que buscar padrinos.
A Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin consultar con él,
hubiese llamado a Ronzal. Quintanar creía en la energía del diputado por
Pernueces y sabía que no estimaba a don Álvaro. Según el ex-magistrado,
era un buen padrino. Error, según Frígilis.
Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar.
«¡Ni un día se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra es pública, que la
reparación lo sea, y además terrible y rápida».
«Pero si tienes fiebre, si estás malo...».
«No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me
levanto y busco yo mismo otros padrinos».
No hubo más remedio. Mesía, a regañadientes, y ocultando el pavor como
podía, buscó sus dos padrinos.
Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecían sables útiles.
Además, surgieron dificultades sobre ciertos pormenores. Y así pasó un
día.
Al siguiente por la mañana se acordó que se batieran a pistola.
Don Víctor formó entonces su plan. Se alegró de que fuese el duelo a
pistola.
Pero tampoco parecían pistolas de desafío.
Y pasó otro día. Don Víctor se levantó al siguiente después de pasar
setenta horas en la cama, con fiebre un día entero, impaciente a ratos,
angustiado otros, y siempre disimulando en presencia de Ana, que le
cuidaba solícita.
Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió a la
calentura vinieron accesos de melancolía, y meditaciones
filosófico-religiosas. Don Víctor sintió que el ánimo aflojaba, no por
amor a la vida propia, que no creía en gran peligro ante don Álvaro,
sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas,
resolvió no matar a su contrario. «Le dejaría cojo. Tiraría a las
piernas. El otro no era probable que le hiriese a él tirando a veinte
pasos; tendría que ser por una casualidad».
Sin que Ana sospechase nada, porque Mesía había cumplido su palabra,
dada a Frígilis, de despedirse por escrito para un viaje electoral,
urgentísimo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba
de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, salió de casa don
Víctor por la puerta del parque acompañado de Frígilis, a la hora en que
solían ir de caza.
En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La mañana estaba fría
y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada.
En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de él estaba
Benítez, el médico de Ana. Al verle don Víctor palideció, pero en nada
más se pudo notar su emoción.
Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero.
Se apearon, y rodeando la quinta del Marqués, entraron en el bosque de
robles donde meses antes don Víctor había buscado a su mujer ayudado del
Magistral. «¡Cuántas cosas se explicaba ahora que no había comprendido
entonces!». No importaba; la verdad era que del furor que en su corazón
había hecho estragos después de la visita nocturna de don Fermín, ya no
quedaban más que restos apagados: ya no aborrecía a don Álvaro, ya no se
figuraba imposible la vida mientras no muriese aquel hombre: la
filosofía y la religión triunfaban en el ánimo de don Víctor. Estaba
decidido a no matar.
Llegaron a lo más alto del bosque; allí había una meseta, y en un claro
sitio suficiente para medir más de treinta pasos. Las últimas
condiciones del duelo eran estas: veinticinco pasos, pudiendo avanzar
cinco cada cual. Valía apuntar en los intervalos de las palmadas que
habían de ser muy breves. Lo cierto era que Fulgosio, el coronel, nunca
había presenciado un duelo a pistola, aunque él aseguraba haber asistido
a muchos, y Ronzal y Bedoya en su vida habían intervenido en semejantes
negocios. Frígilis sólo había visto el duelo frustrado de Mesía.
Aquellas condiciones las había copiado el coronel de una novela francesa
que le había prestado Bedoya. Lo único original allí era que Fulgosio
juraba que su honor de soldado no le permitía autorizar un simulacro de
desafío, y que el duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando
sin apuntar y entre dos _primerizos_, pues primerizo era también Mesía a
pistola, sería la carabina de Ambrosio.
Bedoya pensó que don Víctor era buen tirador, pero no se atrevió a
presentar objeciones a su colega. La parte contraria tampoco tuvo nada
que decir.
Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Víctor y los suyos
encontraron solo el terreno. Quince minutos después aparecieron entre
los árboles desnudos don Álvaro y sus padrinos, más el señor don
Robustiano Somoza. Mesía estaba hermoso con su palidez mate, y su traje
negro cerrado, elegante y pulquérrimo.
A don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su enemigo. En aquel
instante hubiera gritado de buena gana: ¡perdono! ¡perdono!... como
Jesús en la cruz. Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de
tristeza; «¡qué amarga era la ironía de la suerte! ¡Él, él iba a
disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez
años antes la hubiera enamorado! ¡Y él... él, Quintanar, estaría a estas
horas tranquilo en el Tribunal Supremo o en La Almunia de don Godino!...
Todo aquello de matarse era absurdo.... Pero no había remedio. La prueba
era que ya le llamaban, ya le ponían la pistola fría en la mano...».
Frígilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de que
Mesía tuviera valor para disparar y, por casualidad también, herir a
Víctor, Frígilis apretó la mano a Quintanar al dejarle en su puesto de
honor.
Y se separaron testigos y médicos a buena distancia, porque todos temían
una _bala perdida_. Don Álvaro pensó en Dios sin querer. Esta idea
aumentó su pavor; recordó que aquella piedad sólo le acudía en las
enfermedades graves, en la soledad de su lecho de solterón....
Frígilis estaba asustado del valor de aquel hombre.
Mesía mismo se explicaba mal cómo había llegado hasta allí.
Pensando en esto, y mientras apuntaba a don Víctor, sin verle, sin ver
nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oyó tres palmadas rápidas y en
seguida una detonación. La bala de Quintanar quemó el pantalón ajustado
del petimetre.
Mesía sintió de repente una fuerza extraña en el corazón; era robusto,
la sangre bulló dentro con energía. El instinto de conservación despertó
con ímpetu. «Había que defenderse. Si el otro volvía a disparar iba a
matarle; ¡era don Víctor, el gran cazador!».
Mesía avanzó cinco pasos y apuntó. En aquel instante se sintió tan bravo
como cualquiera. ¡Era la corazonada! El pulso estaba firme; creía tener
la cabeza de don Víctor apoyada en la boca de su pistola; suavemente
oprimió el gatillo frío y... creyó que se le había escapado el tiro.
«No, no había sido él quien había disparado, había sido la
_corazonada_».
Ello era que don Víctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba cubierta
de escarcha, y mordía la tierra.
La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena.
Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero,
adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado.
Yacía don Víctor en la misma cama donde meses antes había dormido con el
dulce sueño de los niños.
Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas
heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de
remordimientos. Bedoya había acompañado a Mesía, que pocas horas después
tomaba el tren de Madrid, tres días más tarde de lo que Frígilis había
pensado.
Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y
triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo.
Vio salir a Frígilis que enseñaba los puños al cielo, creyéndose solo.
--¿Qué hay, señor? ¿Cómo está ese bendito del Señor?...
Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo
mismo dijo:
--La vejiga llena.... La peritonitis de... no sé quién.... Eso dicen
ellos.
--¿La qué, señor?
--Nada... ¡que se muere de fijo!
Y Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras para llorar a
solas.
Poco después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a Somoza el
médico.
--¿Y trasladarle a Vetusta?...--decía el militar.
--¡Imposible! ¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? Morirá esta tarde de fijo.
Somoza solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos.
Esta vez se equivocó dándole a don Víctor más tiempo de vida del que le
otorgó la bala de don Álvaro.
Murió Quintanar a las once de la mañana.
* * * * *
El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara!
Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en Marzo y
en Abril. Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo
salir del arca, y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de
dos meses pasados debajo del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul,
respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de belloritas que
parecen chispas del sol!
Toda Vetusta paseaba. Pero Frígilis no pudo conseguir que Ana pusiera el
pie en la calle.
--Pero, hija mía, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha dicho
Benítez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios no se
callarán mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el sol...
vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted caridad...
consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted quiere; ¡está
el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si no al obscurecer, a
tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija, va usted a
enfermar otra vez.
--No, no salgo...--y Ana movía la cabeza como los ciegos--. Por Dios,
don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese empeño.... Ya
saldré más adelante... no sé cuándo. Ahora me horroriza la idea de la
calle.... ¡Oh, no, por Dios... no! por Dios me dejen.
Y juntaba las manos y se exaltaba; y Frígilis tenía que callar.
Ocho días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en
el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo
ataques nerviosos de formas extrañas, que a ella misma le parecían
enfermedades nuevas cada vez.
Frígilis había dicho a la Regenta que Quintanar estaba herido allá en
las marismas de Palomares, que se le había disparado la escopeta y....
Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, había exigido que se la
llevase a las marismas de Palomares inmediatamente....
--«No podía ser, no había tren hasta el día siguiente...».
--«Pues un coche, un coche.... Se me engaña; si eso fuera cierto, usted
estaría al lado de Víctor...».
Frígilis explicó su presencia lo menos mal que pudo.
Las mentiras piadosas fueron inútiles; Ana se dispuso a salir sola, a
correr en busca de su Víctor.... Hubo que decirle una verdad; la muerte
de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cayó sin sentido
y despertó en el lecho. Dos días creyó Frígilis tenerla engañada,
atribuyendo la desgracia a un accidente de la caza. Pero Ana creía la
verdad, no lo que le decían; la ausencia de Mesía y la muerte de Víctor
se lo explicaron todo.
Y una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia de Frígilis,
Anselmo entregó a su ama una carta en que don Álvaro explicaba desde
Madrid su desaparición y su silencio.
Cuando Crespo, al obscurecer, entró en la alcoba de Ana, la llamó en
vano dos, tres veces.... Pidió luz asustado y vio a su amiga como muerta,
supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de Mesía.
Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a
la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos,
complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la
carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino; y
después de leer el papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puños de
labrador y decía con voz ronca:
--¡Idiota! ¡infame! ¡grosero! ¡idiota! Don Álvaro en aquel papel que
olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e incorrectas de su
crimen, de la muerte de Quintanar, de la _ceguera de la pasión_. «Había
huido porque...».
--¡Porque tuviste miedo a la justicia, y a mí también, cobarde!--se dijo
Frígilis.
«Había huido porque el remordimiento le arrastró lejos de _ella_... Pero
que el amor le mandaba volver. ¿Volvía? ¿Creía Ana que debía volver? ¿O
que debían juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?». Todo era
falso, frío, necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de
amar de veras a los demás, y no menos inepto para saber ser digno en las
circunstancias en que la suerte y sus crímenes le habían puesto.
Ana, que no había podido terminar la lectura de la carta, que había
caído sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones
fangosos la confirmación terminante de sus sospechas, no pudo por
entonces pensar en la pequeñez de aquel espíritu miserable que albergaba
el cuerpo gallardo que ella había creído amar de veras, del que sus
sentidos habían estado realmente enamorados a su modo. No, en esto no
pensó la Regenta hasta mucho más tarde.
En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió
desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento
mezclado con los disparates plásticos de la fiebre.
Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pánico de la locura, la
horrorosa aprensión de perder el juicio y conocerlo ella; y otra vez
este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y seguir
las prescripciones de aquel médico frío, siempre fiel, siempre atento,
siempre inteligente.
Días enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; pero
esto fue al principio de la mejoría; cuando el cuerpo débil volvió a
sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un náufrago cansado
de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga.
Con el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del crimen.
¡Oh, qué evidente era el mal! Ella estaba condenada. Esto era claro como
la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble
delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era
una cosa sólida en la conciencia, un mal palpable, una desesperación
definida, evidente, se mezclaba, como una niebla que pasa delante de un
cuerpo, un vago terror más temible que el infierno, el terror de la
locura, la aprensión de perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su
crimen; no sabía quién, discutía dentro de ella, inventaba sofismas sin
contestación, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacían
dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes, piedad, Dios, lógica,
alma.... Ana. «No, no hay nada, decía aquel tormento del cerebro; no hay
más que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que pueden
hacer que padezcas infinitamente; no hay razón para que tenga límites
esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero
no del dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que
no se sabe cómo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces».
Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras,
porque no hablaba así en sus adentros sino en vista de lo que
experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de sí:
llegaba a no creer más que en su dolor.
Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los
pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la
evidencia de la vida, de la lógica, del orden y la consistencia del
mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio
infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable
cobarde que huía de un muerto y no había huido del crimen.
Y este mismo placer, esta complacencia egoísta, que ella no podía
evitar, que la sentía aun repugnándole sentirla, era nuevo
remordimiento.
Se sorprendía sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en ella
la lógica regularmente y creía en las leyes morales y se veía criminal,
claramente criminal, según principios que su razón acataba. Esto era
horrible, pero al fin era vivir en tierra firme, no sobre la masa
enferma movediza de disparates del capricho intelectual, no en una
especie de _terremoto_ interior que era lo peor que podía traer la
sensación al cerebro.
Ana explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el referirse a sus
remordimientos.
Pero él comprendió lo que decía y lo que callaba y declaró que el
principal deber por entonces era librarse del peligro de la muerte.
--¿Quiere usted un suicidio?--¡Oh, no, eso no!--Pues si no hemos de
suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo exige
otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted señora cree
que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y
aborreciendo lo que no debió haber sido.... Todo esto sería muy bueno si
usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del pensamiento. No
las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior, conversación con el
mundo, con la primavera que empieza y que viene a ayudarnos a vivir....
Yo le prometo a usted que el día en que la vea fuera de todo cuidado,
sana y salva, le diré, si usted quiere: Anita, ahora ya tiene usted
bastante salud para empezar a darse tormento a sí misma.
Y Frígilis hablaba en el mismo sentido.
Y nadie más hablaba, porque Anselmo apenas sabía hablar, Servanda iba y
venía como una estatua de movimiento... y los demás vetustenses no
entraban en el caserón de los Ozores después de la muerte de don Víctor.
No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a
otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos
vetustenses el íntimo placer que les causaba _aquel gran escándalo que
era como una novela_, algo que interrumpía la monotonía eterna de la
ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido.
¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un
ex-regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En
Vetusta, ni aun en los días de revolución había habido tiros. No había
costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables
del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la _Regenta_,
rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y
precavido. «Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de
la Colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su
respectivo esposo, ¡pero no a tiros!». La envidia que hasta allí se
había disfrazado de admiración, salió a la calle con toda la amarillez
de sus carnes. Y resultó que envidiaban en secreto la hermosura y la
fama de virtuosa de la Regenta no sólo Visitación Olías de Cuervo y
Obdulia Fandiño y la baronesa de la _Deuda Flotante_, sino también la
Gobernadora, y la de Páez y la señora de Carraspique y la de Rianzares o
sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la
aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y
¡quién lo dijera! la Marquesa misma, aquella doña Rufina tan liberal que
con tanta magnanimidad se absolvía a sí misma de las _ligerezas_ de la
juventud... ¡y otras!
Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la
envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas
mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de
escándalo, de hipocresía, de perversión, de extravíos babilónicos; y en
el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos sobre
la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro paredes.
Obdulia Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo la
catástrofe, había salido a la calle con su sombrero más grande y su
vestido más apretado a las piernas y sus faldas más crujientes, a tomar
el aire de la maledicencia, a olfatear el escándalo, a saborear el dejo
del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina que lamían
todos, disimulando el placer de aquella dulzura pegajosa.
«¿Ven ustedes? decían las miradas triunfantes de la Fandiño. Todas somos
iguales».
Y sus labios decían:--¡Pobre Ana! ¡Perdida sin remedio! ¿Con qué cara
se ha de presentar en público? ¡Como era tan romántica! Hasta una
cosa... como esa, tuvo que salirle a ella así... a cañonazos, para que
se enterase todo el mundo.
--¿Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?--preguntaba el barón.
--Sí, comparen ustedes.... ¡Quién lo diría!...
--Yo lo diría--exclamaba la Marquesa--. A mí ya me dio mala espina
aquella desfachatez... aquello de ir enseñando los pies descalzos...
_malorum signum_.
--Sí, _malorum signum_--repetía la baronesa, como si dijera: _et cum
spiritu tuo_.
--¡Y sobre todo el escándalo!--añadía doña Rufina indignada, después de
una pausa.
--¡El escándalo!--repetía el coro.
--¡La imprudencia, la torpeza!--¡Eso! ¡Eso!--¡Pobre don Víctor!--Sí,
pobre, y Dios le haya perdonado... pero él, merecido se lo tenía.
--Merecidísimo.--Miren ustedes que aquella amistad tan íntima....
--Era escandalosa.--Aquello era...--¡Nauseabundo! Esto lo dijo el
Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos ilegítimos.
Obdulia asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su fama.
Ella no había dado nunca escándalos por el estilo. Toda Vetusta sabía
quién era Obdulia... pero ella no había dado ningún escándalo.
Sí, sí, el escándalo era lo peor, aquel duelo funesto también era una
complicación. Mesía había huido y vivía en Madrid.... Ya se hablaba de
sus amores _reanudados_ con la _Ministra_ de Palomares.... Vetusta había
perdido dos de sus personajes más importantes... por culpa de Ana y su
torpeza.
Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a
verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había pasado por
las mientes recoger aquella herencia de Mesía.
La fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario fue esta:
--¡Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la _hija de la
bailarina italiana_!
El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la
Barcaza.
Si Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel
acuerdo cruel del _gran mundo_. Pero el pobre don Cayetano había caído
en su lecho para no levantarse. Allí vivió, siempre contento, dos años
más.
Acabó su peregrinación en la tierra cantando y recitando versos de
Villegas.
La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se
había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy
mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los criados y
a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían llamar _esa desgraciada_.
Ana prefería aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se hubiera
adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, volvió a
pensar en el mundo que la rodeaba, en los años futuros, sintió el hielo
ambiente y saboreó la amargura de aquella maldad universal. «¡Todos la
abandonaban! Lo merecía, pero... de todas maneras ¡qué malvados eran
todos aquellos vetustenses que ella había despreciado siempre, hasta
cuando la adulaban y mimaban!».
La viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los consejos
de Benítez. Pensaba lo menos posible en sus remordimientos, en su
soledad, en el porvenir triste, monótono en su negrura.
En cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó en
obras de aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en encontrarle
gracia al punto de crochet y al de media.
Aborrecía los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la llevaba
a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo
conseguía. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dormía,
mientras quedaba en ella despierto el espíritu suficiente para ser tan
mujer como tantas otras.
Llegó a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el
patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin
hacer más que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, tal
vez lo mejor. Por allí debía de irse a la muerte.... Y Ana iba sin miedo.
El morir no la asustaba, lo que quería era morir sin desvanecerse en
aquellas locuras de la debilidad de su cerebro....
Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le
preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda:
--¿Está usted contento?
Y con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico:
--Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente....
Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía:
--No me gusta Ana...--Pues yo la veo muy tranquila a ratos....
--Sí, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse.
Y Frígilis se propuso conseguir que se distrajera.
Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo
risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.
Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz
que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir
a su pobre amiga en su misma casa.
«¡Si él pudiera hacer que se aficionara a los árboles y a las flores!».
Por ensayar nada se perdía. Ensayó.
Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente,
y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas. Frígilis
llegó a entusiasmarse, y una tarde contó la historia de su gran triunfo,
la aclimatación del Eucaliptus globulus en la región vetustense.
Durante la enfermedad de su amiga, don Tomás Crespo, desconfiando del
celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instaló
en el caserón de los Ozores. Trasladó su lecho de la posada en que vivía
desde el año sesenta, a los bajos del caserón. El tocador y la alcoba de
Ana estaban encima del cuarto que escogió Frígilis. Allí, con el menor
aparato posible, sin molestar a nadie se instaló para velar a la Regenta
y acudir al menor peligro.
Comía y cenaba en la posada, pero dormía en el caserón.
Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quejó un día de
aquella soledad. Confesó que de noche tenía a veces miedo. Y poniéndose
como un tomate el buen Frígilis advirtió tímidamente que hacía más de
mes y medio él se había tomado la libertad de venirse a dormir debajo de
la Regenta. Los criados tenían orden de no decírselo a la señora.
Desde que esto supo Ana se creyó menos sola en sus noches tristes. Roto
el secreto, Frígilis tosía fuerte abajo a propósito, para que le oyera
Ana, como diciendo: «No temas, estoy yo aquí».
Pero como la malicia lo sabe todo, también supo esto Vetusta. Se dijo
que Frígilis se había metido a vivir de pupilo en casa de la Regenta, en
el caserón nobilísimo de los Ozores.
Y decían unos:--Será una obra de caridad. La pobre estará mal de
recursos y con la ayuda de Frígilis... podrá ir tirando.
Y el _gran mundo_ echaba por los dedos la cuenta de lo que le habría
quedado a Anita. «No debía de haberle quedado nada».
--Ella rentas no las tiene.--Las de su marido, las de don Víctor allá
en Aragón no le pertenecen.
--La viudedad no la habrá pedido....
--¡Sería ignominioso!...
--¡Ya lo creo! ¡Reclamar la viudedad... ella... causa de la muerte del
digno magistrado!
--Sería indigno.
--Indigno.
--Y ya no está bien que viva en el caserón de los Ozores.
--Claro, porque aunque se lo regaló su esposo, según dicen, él fue quien
se lo compró a las tías de Ana, y no con bienes gananciales, sino
vendiendo tierras en la Almunia.
--Sea como sea, ella no debía vivir en esa casa.
--De modo que no se sabe de qué vive.
--Vivirá de eso. De mantener en su casa a Frígilis, que pagará bien.
--Eso sí, porque él es un chiflado, que no tiene escrúpulos... pero es
bueno.
--Bueno... relativamente--decía el Marqués que con la gota que le
empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un humor negro
como un carbón.
Y recordando aquel gerundio que tanto efecto había hecho en otra
ocasión, resumía diciendo:
--De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la
viuda infiel de su mejor amigo es... ¡es nauseabundo!
Y nadie se atrevía a negarlo.
Todos aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los Vegallana, habían
atormentado también a la Regenta. En cuanto se sintió bastante fuerte
para salir a la huerta, se atrevió a decir a Frígilis lo que la
atormentaba tiempo atrás.
--Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no es
mía.... Es de los herederos de Víctor, de su hermana doña Paquita, que
tiene hijos... y....
Frígilis se puso furioso. ¡Cómo se entiende! Todo lo había arreglado él
ya. Había escrito a Zaragoza y la doña Paquita se había contentado con
lo de la Almunia. «Bastante era. El caserón era de Ana legalmente y
moralmente».
Ana cedió porque no tenía ya energía para contrariar una voluntad
fuerte.
Con más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis le presentó,
cuando se propuso pedir la viudedad que correspondía a la Regenta.
--¡Eso no, eso no, don Tomás; primero morir de hambre!
Y en efecto, sí, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba a la
viuda si no solicitaba sus derechos pasivos.
Ana dijo que prefería reclamar la orfandad que le pertenecía como hija
de militar.
--Échele usted un galgo.... Si eso no valdrá nada.... Y no sé si
podríamos....
Y Frígilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsificó la firma de
Ana, y después de algunos meses le presentó la primera paga de viuda.
Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella
lo suficiente para vivir, que la Regenta, después de llorar y rehusar
cien veces, aceptó el dinero triste de la viudez y en adelante firmó
ella los documentos.
Benítez y Frígilis veían en esto síntomas tristes. «Aquella voluntad se
moría, pensaba Crespo; en otro tiempo Ana hubiera preferido pedir
limosna.... Ahora cede... por no luchar».
Y se le caían las lágrimas.
«Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre...».
«Y, añadía, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos no es vergonzoso...
a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es suyo».
Así vivía Ana. Benítez desde que desapareció el peligro inminente,
visitó menos a la viuda.
Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez tenían cariño al ama, pero eran
incapaces de mostrarlo. Obedecían y servían como sombras. Le hacía más
compañía el gato que ellos.
Frígilis era el amigo constante, el compañero de sus tristezas.
Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: «está Crespo ahí».
Paso a paso volvía la salud a enseñorearse del cuerpo siempre hermoso de
Ana Ozores.
Y con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a la
vida, deseo de actividad. Llegó un día en que ya no le bastó vegetar al
lado de Frígilis, viéndole sembrar y plantar en la huerta y oyendo sus
apologías del Eucaliptus.
Se había prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle una
cárcel demasiado estrecha.
Una mañana despertó pensando que aquel año _no había cumplido_ con la
Iglesia. Además ya podía salir de su caserón triste para ir a misa. Sí,
iría a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la
capilla de la Victoria que estaba allí cerca.
Y también iría a confesar.
Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en
aquellas _grandes cosas_ que la volvían loca, Anita Ozores volvió a las
prácticas religiosas, jurándose a sí misma no dejarse vencer ya jamás
por aquel _misticismo falso_ que era su vergüenza. «La visión de Dios....
Santa Teresa.... Todo aquello había pasado para no volver.... Ya no le
atormentaba el terror del infierno, aunque se creía perdida por su
pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que
en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino».
Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad
mecánica, aquel rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le
parecía la religión compatible con el marasmo de su alma. Y además, sin
darse cuenta de ello, la _religión vulgar_ (que así la llamaba para sus
adentros), le daba un pretexto para faltar a su promesa de no salir
jamás de casa.
Llegó Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y
caliente, Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre
el rostro, toda de negro, entró en la catedral solitaria y silenciosa.
Ya había terminado el coro.
Algunos canónigos y beneficiados ocupaban sus respectivos confesonarios
esparcidos por las capillas laterales y en los intercolumnios del
ábside, en el trasaltar.
¡Cuánto tiempo hacía que ella no entraba allí!
Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los
ojos. ¡Pero qué triste era lo que la decía el templo hablando con
bóvedas, pilares, cristalerías, naves, capillas... hablando con todo lo
que contenía a los recuerdos de la Regenta!...
Aquel olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún otro,
olor fresco y de una voluptuosidad íntima, le llegaba al alma, le
parecía música sorda que penetraba en el corazón sin pasar por los
oídos.
«¡Ay si renaciera la fe! ¡Si ella pudiese llorar como una Magdalena a
los pies de Jesús!».
Y por la vez primera, después de tanto tiempo, sintió dentro de la
cabeza aquel estallido que le parecía siempre voz sobrenatural, sintió
en sus entrañas aquella ascensión de la ternura que subía hasta la
garganta y producía un amago de estrangulación deliciosa.... Salieron
lágrimas a los ojos, y sin pensar más, Ana entró en la capilla obscura
donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de
las almas.
«¿Quién la había traído allí? No lo sabía. Iba a confesar con
cualquiera y sin saber cómo se encontraba a dos pasos del confesonario
de aquel hermano mayor del alma, a quien había calumniado el mundo por
culpa de ella y a quien ella misma, aconsejada por los sofismas de la
pasión grosera que la había tenido ciega, había calumniado también
pensando que aquel cariño del sacerdote era amor brutal, amor como el de
Álvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no había
comprendido por culpa de la propia torpeza».
«Volver a aquella amistad ¿era un sueño? El impulso que la había
arrojado dentro de la capilla ¿era voz de lo alto o capricho del
histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces era lo más íntimo
de su deseo y de su pensamiento, ella misma?». Ana pidió de todo corazón
a Dios, a quien claramente creía ver en tal instante, le pidió que fuera
voz Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien
tanto tiempo había creído y no el solicitante lascivo que le había
pintado Mesía el infame. Ana oró, con fervor, como en los días de su
piedad exaltada; creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la
vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que
el infierno; creyó salvarse cogida a aquella tabla de aquel cajón
sagrado que tantos sueños y dolores suyos sabía....
La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y
misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro
anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía
concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una
idea inmóvil, eterna.... Cuatro o cinco bultos negros llenaban la
capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una beata como rumor
de moscas en verano vagando por el aire.
El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la
reconoció a pesar del manto. Oía distraído la cháchara de la penitente;
miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil conocido y
amado, se había presentado como en un sueño. El talle, el contorno de
toda la figura, la genuflexión ante el altar, otras señales que sólo él
recordaba y reconocía, le gritaron como una explosión en el cerebro:
--¡Es Ana! La beata de la celosía continuaba el rum rum de sus pecados.
El Magistral no la oía, oía los rugidos de su pasión que vociferaban
dentro.
Cuando calló la beata volvió a la realidad el clérigo, y como una
máquina de echar bendiciones desató las culpas de la devota, y con la
misma mano hizo señas a otra para que se acercase a la celosía vacante.
Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de
tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de
Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la
penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada,
no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno....
Quería llorar allí, donde había llorado tantas veces, unas con amargura,
otras sonriendo de placer entre las lágrimas; quería encontrar al
Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios,
quería fe, quería caridad... y después el castigo de sus pecados, si más
castigo merecía que aquella obscuridad y aquel sopor del alma....
El confesonario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran los
huesos.
El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata.... La
capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos
absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin
quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor
dentro del confesonario.
Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche.
Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que la llamase a la
celosía....
Pero el confesonario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la
madera.
Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de
cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una
escena trágica inminente.
Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño....
Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba....
La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso
que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un paso hacia
el confesonario.
Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una
figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido,
unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del Jesús
del altar....
El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta,
que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso
gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la
boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el
terror le decía que iba a asesinarla.
El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el vientre. No podía
hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió a extender los
brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después clavándose las
uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y
con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando estuvo en el
trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no
tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar
siquiera.
Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol
blanco y negro; cayó sin sentido.
La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se
iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y
sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del
manojo sonaban chocando.
Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.
Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el
rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en
la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor
que otras veces....
Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil,
como un suspiro.
Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.
Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de
su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba,
inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba
náuseas.
Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.