Ana se quedó sola. Desde el balcón abierto de su tocador se oía la

música lejana del Paseo Grande donde se celebraba el carnaval. Aquella

música confusa, que parecía ráfagas intermitentes, le llenó el alma de

tristeza. Pensó en Mesía, el tentador, y pensó en el Magistral

enamorado, celoso... indefenso. Ahora la compasión era infinita.... Al

fin había sido quien había abierto su alma a la luz de la religión, de

la virtud.... Ana pensó en la fe quebrantada, agrietada, como si la

hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado

unidos en su espíritu para que el desengaño no lastimara las creencias.

Además, ella siempre había amado más que creído. Don Fermín había

procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la

espiritualidad vaga y soñadora.... Pero de los dogmas había hablado poco.

Ana estaba sintiendo que la fantasía había tenido en su piedad más

influencia de la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya

estaban lejos los días del misticismo supuesto, de la contemplación....

Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la

tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad....

Pero con la salud había vencido la piedad activa, irreflexiva; el

Magistral había eclipsado a la santa, se había hablado más de aquella

dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.... Ahora comprendía

muchas cosas. Don Fermín la quería para sí...

«Todo aquello era una preparación. ¿Para qué?».

«Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho,

anunciando el golpe.... No había abusado de su amistad con don Víctor, no

había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La tristeza de Ana

encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. «Ella no

podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería.... Le debía

eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba

asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta

años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el

rostro de Ana. ¡Pero ese hombre esperaría que yo... en mi vida!...».

Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas ideas

cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado.

Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella

avergonzada, avergonzada también de que no fuera un remordimiento

punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don

Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; no se creía

responsable, claramente responsable de lo que había sucedido aquella

noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con

ruido... con champaña.... Pero ahora sería una miserable si consentía a

don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al sofisma

de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es

canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira,

gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero

con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo

no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no

amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura.

Debo huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es

ilegítima también, aunque no repugnante y sacrílega como la del otro....

¡Huiré de los dos!».

No había más refugio que el hogar. Don Víctor con su Frígilis y todos

los cacharros del museo de manías, don Víctor con el teatro español a

cuestas.

«Pero la casa tenía también su poesía». Ana se esforzó en encontrársela.

¡Si tuviera hijos le darían tanto que hacer! ¡Qué delicia! Pero no los

había. No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana

comenzó a trabajar en casa con afán... a cuidar a don Víctor con

esmero.... A los ocho días comprendió que aquello era una hipocresía

mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas en poco tiempo.

¿Por qué fingirse a sí misma satisfecha con una actividad insuficiente,

insignificante, que no distraía el pensamiento ni media hora? Don Víctor

agradecía en el alma aquella solicitud doméstica, pero en lo que tocaba

a él hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta allí. Nadie le

cosía un botón a su gusto más que él mismo; limpiarle el despacho era

martirizarle a él, a don Víctor; la cama era inútil hacérsela con esmero

porque de todas maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas

y poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvió a dejar los quehaceres

domésticos en la antigua marcha, don Víctor se lo agradeció en el alma

también y respiro a sus anchas. «Aquellas injerencias de su querida

esposa eran dignas de eterno agradecimiento... pero molestas para él.

Más sabe el loco en su casa...» Don Álvaro no se apresuraba. «Esta vez

estaba seguro». Pero no quería _brusquer_--según pensaba él en

francés--un ataque. «La teoría del _cuarto de hora_ era una teoría

incompleta». Algo había de eso, pero en ciertos casos los cuartos de

hora de una mujer sólo los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que

pasara la Cuaresma. Al fin se trataba de una beata que ayunaría y

comería de vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrecía la mejor

ocasión. El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, parece

más alegre, más lícitos sus placeres; la primavera, ya adelantada,

ayuda... las fiestas, a que él haría que don Víctor llevase a su mujer,

serían aguijones del deseo. «¡Oh!... sí, en la Pascua nos veríamos».

«Además, quería él prepararse para la campaña. Estaba debilucho. Aquel

verano en Palomares había hecho una especie de bancarrota de salud. La

señora ministra había amado mucho. Estas exageraciones de las mujeres

vencidas siempre estaban en razón directa del cuadrado de las

distancias. Es decir, que cuanto más lejos estaba una mujer del vicio,

más exagerada era cuando llegaba a caer. La Regenta, si caía iba a ser

exageradísima». Y se preparaba Mesía. Leyó libros de higiene, hizo

gimnasia de salón, paseó mucho a caballo. Y se negó a acompañar a Paco

Vegallana en sus aventurillas fáciles y pagaderas a la vista. «El diablo

harto de carne...» le decía Paco. Y don Álvaro sonreía y se acostaba

temprano. Madrugaba. El Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y

cánticos al amanecer. Los pájaros, saltando de rama en rama preparaban

los nidos para los huevos de Abril; se diría que eran tapiceros de la

enramada que adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de

la primavera. Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano

calentaba y picaba el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en

Vetusta, era una burla de la naturaleza; después volvía el invierno,

como en sus mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia

interminable. Pero don Álvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y

calor, que no por efímero le agradaba menos; no era él de los que medían

la felicidad por la duración; es más, no creía en la felicidad, concepto

metafísico según él, creía en el placer que no se mide por el tiempo.

Una mañana, en el salón principal del Paseo Grande, solitario a tales

horas porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don

Álvaro allá lejos la silueta de un clérigo. Era alto, sus movimientos

señoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; tenían que

encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo lado. Se saludaron

sin hablar. Don Álvaro tuvo un poco de miedo, de aprensión de miedo. «Si

este hombre, pensó, enamorado de la Regenta, desairado por ella, se

volviera loco de repente al verme, creyéndome su rival y se echara sobre

mí a puñetazo limpio aquí, a solas...». Mesía recordaba la escena del

columpio en la huerta de Vegallana.

El Magistral pensó por su parte al ver a don Álvaro: «¡Si yo me arrojara

sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, le

arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entrañas!...». Y

tuvo miedo de sí mismo. Había leído que en las personas nerviosas,

imágenes y aprensiones de este género provocan los actos

correspondientes. Se acordó de cierto asesino de los cuentos de Edgar

Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Saludó como diciendo con

los ojos: «¡Toma! ahí tienes esa bofetada». Pero el saludo y la mirada

de Mesía quisieron decir: «Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de

eso que usted me quiere decir».

Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no

volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban allí contrario

objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas inútiles; Mesía

para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen mucha falta

dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios

extraviados. Temían otro encuentro.

Pero pronto tuvieron que quedarse en casa.

Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose

a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera. Los

pájaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los árboles floridos

padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que

en día de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y

delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire

libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las florecillas blancas y

rosadas de los frutales caían muertas sobre el fango: el granizo las

despedazaba; todo volvía atrás; aquel ensayo de primavera temprana había

salido mal; vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo.

Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entregó con reduplicado

fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros habían pasado también

por allí como una granizada; las flores de amor y alegría que sembrara

el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un

artillero retirado que predicaba a cañonazos y sacaba el Cristo, y el

Padre Goberna, un melifluo padre francés que pronunciaba el castellano

con la garganta y las narices y hablaba de _Gomogga_ y citaba las

grandezas de Nínive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años

mil, como prueba de la pequeñez de las cosas humanas. Ello era que

Vetusta estaba metida en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían

triste, aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza,

parda, disuelta en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad

de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo

parecía que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus

contornos, más que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, llena

de imágenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sabía dar _color

local_ a sus oraciones, no decía en Vetusta que no somos más que un poco

de polvo, sino un poco de barro. ¿Polvo en Vetusta? Dios lo diera.

El mal tiempo se llevó la resignación tranquila, perezosa de Anita

Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas

aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que

le pinchaban el alma. ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla!

Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que

había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole

huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el

corazón como un dardo envenenado. «¿Por qué ella no había sentido más

aquel desengaño, aquella profanación de una amistad pura, desinteresada,

ideal?--Tal vez porque el ser amada, fuera por quien fuera, no podía

saberle mal aunque ella tuviese que desdeñar y hasta vituperar aquel

amor. Tal vez porque sabía que el remedio de aquella separación estaba

en sus manos. ¿No podía ella, el día tal vez próximo, en que necesitara

consuelo espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a

don Fermín, de que ella no era lo que él se figuraba?». Y acaso debía

hacerlo cuanto antes. «¿Por qué había de estar pensando De Pas lo que no

había? Sí, había que decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no

había; don Álvaro no había conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto

era lo cierto».

Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espíritu por

sí misma. Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares de don

Carlos--el libre-pensador--venían a atormentarla a cada instante.

Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a dudar de la

iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corría a la iglesia. Saltando

charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en parroquia, de novena

en novena, y pasaba también mucho tiempo en la nave fría de algún templo

a la hora en que los fieles solían dejarlos desiertos. Se sentaba en un

banco y meditaba. Sonaba y resonaba en la bóveda la tos de un viejo que

rezaba en una capilla escondida; los pasos de un monaguillo irreverente

retumbaban sobre la tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio

llegaba a los oídos un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana pedía a

la soledad y al silencio perezoso de la iglesia, algo como una

inspiración, o como un perfume de piedad que creía ella debía

desprenderse de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz

blanca del día ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como

gastados por el roce de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas

imágenes a la luz del día recordaban vagamente las decoraciones de un

teatro vistas al sol y a los cómicos en la calle sin los esplendores del

gas de las baterías. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba allí la fe

que se desmoronaba. «¿Por qué se desmoronaba? ¿Qué tenía que ver la

Iglesia con el Magistral? ¿No podía aquel señor haberse enamorado de

ella... y ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que

sí. Pero rezaba para creer. Oh, malo sería que el Magistral no saliese

inocente de aquella prueba.... Si él, si el hermano mayor no era más que

un hipócrita... había que dar la razón en muchas cosas a don Carlos, al

que después de todo era su padre. ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que

había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la

religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no

podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones

positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!... ¡Era su padre quien

decía todas estas herejías!». Y rezaba, rezaba porque el meditar ya no

servía para nada bueno.--Y una voz interior severa y algo pedantesca

gritaba después de todo aquello: «Pero entendámonos, aunque don Carlos

tuviera razón, aunque Dios sea más grande, más bueno que todo lo que

pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona

los pecados de que la conciencia acusa a todos. Don Álvaro estará

prohibido, sea Dios como sea. El mal es el mal de todas suertes. Eso sí,

se decía la Regenta, que encontraba consuelo en esta resolución; aunque

la fe caiga, yo seguiré combatiendo esta pasión de mis sentidos, que

seguirá siendo mala...».

Empezó a notar que el templo solitario no excitaba su devoción; aquellas

paredes frías, aquella especie de descanso de los santos a las horas en

que cesa la adoración, le recordaban por extrañas analogías que

establecía el cerebro, enfermo acaso, le recordaban la fatiga de los

reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, la fatiga de cómicos,

políticos, y cuantos seres tienen por destino darse en público

espectáculo a la admiración material y boquiabierta de la necia

multitud.... La iglesia sin culto activo, la iglesia descansando, llegó a

parecerle a ella también algo como un teatro de día. El sacristán y el

acólito subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera,

colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la

perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía qué engaño....

Además de todas estas aprensiones sacrílegas, tentación malsana del

espíritu enfermo, causa de tanta lucha, sentía el tormento de la

distracción; las oraciones comenzaban y no concluían; el estribillo de

tal o cual piadosa leyenda llegaba a darle náuseas; la soledad se

poblaba de mil imágenes, diablillos de la distracción; el silencio era

enjambre de ruidos interiores. Todo esto le obligó a dejar el templo

solitario. Volvió a las horas del culto. Conocía que en la nueva piedad

que buscaba debían tomar parte importante los sentidos. Buscó el olor

del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de

la oración común, el susurro del _ora pro nobis_ de las _masas

católicas_, la fuerza misteriosa de la oración colectiva, la parsimonia

sistemática del ceremonial, la gravedad del sacerdote en funciones, la

misteriosa vaguedad del cántico sagrado que, bajando del coro nada más,

parece descender de las nubes; las melodías del órgano que hacían

recordar en un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la

piedad antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de

esperanza mística.

La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia

excepcional, si se ha de creer lo que decía _El Lábaro_.

Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó como

nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa habían dejado los PP.

Goberna y Maroto. No se podía, como en la novena de la Concepción,

colgar el templo de azul y plata, ni colocar un templete de cartón

delante del retablo del altar mayor imitando capilla gótica de

marquetería; pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la

Virgen se hizo: el lujo fue majestuoso, triste, fúnebre. Todo era negro

y oro. La capilla de la catedral se trasladó en masa al coro de San

Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la última compañía de

zarzuela, que había tronado en Vetusta.--Los sermones se encomendaron a

_otro jesuita_, el Padre Martínez, que vino de muy lejos y cobrando muy

caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al altar mayor a espaldas

del cancel de la puerta principal, pedían limosna y vendían libros

devotos, medallas y escapularios las damas de más alta alcurnia, las más

guapas y las más entrometidas.

La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su

contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en

bote. No cabía un vetustense más.

Los jóvenes laicos de la ciudad, estudiantes los más, no se distinguían

ni por su excesiva devoción ni por una impiedad prematura; no pensaban

en ciertas cosas; los había carlistas y liberales, pero casi todos iban

a misa a ver las muchachas. A la novena no faltaban; se desparramaban

por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el

rostro con un tinte romántico o picaresco, según el carácter, _se

timaban_, como decían ellos, con las niñas casaderas, más recatadas,

mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban

_relaciones_. Mientras el P. Martínez repetía por centésima vez--y ya

llevaba ganados unos cinco mil reales--que como el dolor de una madre no

hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen enlutada

del altar, toda la retórica averiada de su oratoria de un barroquismo

mustio y sobado; el amor sacrílego iba y venía volando invisible por

naves y capillas como una mariposa que la primavera manda desde el campo

al pueblo para anunciar la alegría nueva.

Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espíritu

para sumirlo en acendrada piedad, oía el _rum rum_ lastimero del

púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado por ayes del

viento cogido entre puertas. No oía al jesuita, oía la elocuencia

silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares

y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoción común, aquella

elevación casi milagrosa de un pueblo entero prosaico, empequeñecido por

la pobreza y la ignorancia, a las regiones de lo ideal, a la adoración

de lo Absoluto por abstracción prodigiosa. En esto pensaba a su modo la

Regenta, y quería que aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser

molécula de aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza

desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal

vagamente comprendido.

Calló el P. Martínez y comenzó el órgano a decir de otro modo, y mucho

mejor, lo mismo que había dicho el orador de lujo. El órgano parecía

sentir más de corazón las penas de María.... Ana pensó en María, en

Rossini, en la primera vez que había oído, a los diez y ocho años, en

aquella misma iglesia, el _Stabat Mater_... Y después que el órgano dijo

lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien

ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían

de arriba como lluvia de flores frescas. Cantaban los niños, cantaban

los ancianos, cantaban las mujeres. Y Ana, sin saber por qué, empezó a

llorar. A su lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años,

sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos,

cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil;

cantaba, y de repente, por no se sabe qué asociación de ideas, calló,

volvió el rostro a su madre y dijo:--¡Madre, dame pan!

Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y

dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le

obligaba, contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el

órgano, como un padre, acompañaba el coro y le guiaba por las regiones

ideales de inefable tristeza consoladora, de la música.

«¡Y había infames, pensó Ana, que querían acabar con aquello! ¡Oh, no,

no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies;

estar con los tristes, ésa es la religión eterna, vivir llorando por las

penas del mundo, amar entre lágrimas...». Y se acordó del Magistral.

«¡Oh qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! ¡Qué triste,

qué solo le había dejado!... Vetusta le insultaba, le escarnecía, le

despreciaba, después de haberle levantado un trono de admiración; y

ella, ella que le debía su honra, su religión, lo más precioso, le

abandonaba y le olvidaba también.... ¿Y por qué? Tal vez, casi de fijo,

por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y grosera. ¡Ah!,

porque ella estaba tocada del gusano maldito, del amor de los sentidos;

porque ella estaba rendida a don Álvaro si no de hecho con el

deseo--esta era la verdad--porque ella era pecadora ¿había de serlo

también el _hermano de su alma_, el padre espiritual querido? ¿qué

pruebas tenía ella? ¿No podía ser aprensión todo, no podía la vanidad

haber visto visiones? ¿Cuándo De Pas se había insinuado de modo que

pudiera sospecharse de su pureza? ¿No habían estado mil veces solos, muy

cerca uno de otro, no se habían tocado, no había ella, tal vez con

imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran

hecho brotar el fuego si lo hubiera habido allí escondido?... ¡Y está

abandonado! Se burlan de él hasta en los periódicos; hasta los impíos

alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la

moda y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me

pongo a gritar también, ¡crucifícale, crucifícale!... ¿Y el sacrificio

que había prometido? ¿Aquel gran sacrificio que yo andaba buscando para

pagar lo que debo a ese hombre?...».

En aquel momento cesaron los cánticos del pueblo devoto; siguió silencio

solemne; después hubo toses, estrépito de suelas y zuecos sobre la

piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia contenida. Hacia la

puerta sonaba el _tic, tac_, de las monedas con que Visitación y la

Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atención de la caridad

distraída. Rechinaban los canceles; había en el aire un cuchicheo tenue.

En el coro daban señales de vida violines y flautas con quejidos y

suspiros ahogados; se oía el ruido de las hojas del papel de música.

Gruñó un violín. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra

vez.... Comenzó el _Stabat Mater_.

La música sublime de Rossini exaltó más y más la fantasía de Ana; una

resolución de los nervios irritados brotó en aquel cerebro con fuerza de

manía: como una alucinación de la voluntad. Vio, como si allí mismo

estuviese, la imagen de su resolución, «sí... ella... ella, Ana a los

pies del Magistral, como María a los pies de la Cruz. El Magistral

estaba crucificado también por la calumnia, por la necedad, por la

envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volvía las espaldas y

le dejaba allí solo... y ella... ella... ¡estaba haciendo lo mismo! ¡Oh,

no, al Calvario, al Calvario! al pie de la cruz del que no era su hijo,

sino su padre, su hermano, el hermano y el padre del espíritu».

«La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho; que aquella

resolución era digna de un cristiano. Donde quiera que hay una cruz con

un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que está

allí colgado; mejor se podrá llorar al pie de la cruz de un mártir.

Hasta del mal ladrón le estaba dando lástima en aquel momento. ¡Cuánta

mayor lástima le daría del Magistral que, según ella, no era ladrón, ni

malo ni bueno!». La forma del sacrificio, el día, la ocasión, todo

estaba señalado: se juró no volverse atrás; aquella exaltación era lo

que ella necesitaba para poder vivir; si más tarde el cansancio, la

relajación de aquellas fibras tirantes traían a su ánimo la cobardía,

los reparos mundanales, prosaicos, el miedo al qué dirán, no haría

caso... iría derecha a su propósito sin vacilar, sin deliberar más.

Haría lo que había resuelto. Y tranquila, segura de sí misma, volvió su

pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música

triste con un arranque de suicida.... Sí, quería matar dentro de ella la

duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, circunspecto,

_mirado_... quería volver al fuego de la pasión, que era su ambiente.

--XXVI--

Desde el día en que presidió el entierro de don Santos Barinaga, don

Pompeyo no volvió a tener hora buena, de salud completa. Los escalofríos

que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez más

fuertes, durante la enfermedad que siguió a la gran mojadura, volvían de

cuando en cuando. Guimarán estaba triste sin cesar; aquel sol de

Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad

ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del

progreso definitivo de la Humanidad. «Laurent decía bien, estábamos

nosotros mucho más adelantados que los bárbaros. ¡Pero había cada pillo

todavía! ¿Y la amistad? La amistad era cosa perdida». Paquito Vegallana,

Álvaro Mesía, Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable

señor Foja, que se decían tan amigos suyos, le habían engañado como a un

chino; se habían burlado de él. Eran unos libertinos que renegaban en

sus comilonas de la religión positiva para seducirle a él y librarse del

miedo del infierno. Don Pompeyo rompió bruscamente sus relaciones con

todos aquellos «espíritus frívolos» y no volvió a poner los pies en el

Casino. Tomó esta resolución el día de Navidad, cuando supo que por

Vetusta se corría que él, don Pompeyo Guimarán, el hombre que más

respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, había profanado la

catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se llegó a decir que había

llevado al templo, debajo de la capa, una botella de anís del mono....

«¡Del mono!... ¡él... don Pompeyo!...». No volvió al Casino. «Aquellos

infames que le habían embriagado o poco menos, obligándole después a

penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la

calumnia con que querían perderle. ¿Qué autoridad iba a tener en

adelante aquel ateísmo que se emborrachaba para celebrar las fiestas del

cristianismo, y que asistía a los santos oficios a blasfemar y hacer

eses por las respetables naves de la basílica?».

«¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la

consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor

Magistral!».

«No, no quería más luchas religiosas. Ya iba siendo viejo para tamañas

empresas. Mejor era callar, vivir en paz con todos». La muerte de

Barinaga le hacía temblar al recordarla. «¡Morir como un perro! ¡Y yo

que tengo mujer y cuatro hijas!».

Se hizo misántropo. Siempre salía solo, al obscurecer, y volvía pronto a

casa.

Una noche le llamó la atención un ruido de colmena que venía de la parte

de la catedral. Oyó cohetes. ¿Qué era aquello? La torre estaba iluminada

con vasos y faroles a la veneciana. A sus pies, en el atrio estrecho y

corto, de resbaladizo pavimento de piedra, cerrado por verja de hierro

tosco y fuerte, se agolpaba una multitud confusa, como un montón de

gusanos negros. De aquel fermento humano brotaban, como burbujas,

gritos, carcajadas, y un zumbido sordo que parecía el ruido de la marea

de un mar lejano.

Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se detuvo

en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar aquella muchedumbre

apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando podía

extenderse a sus anchas por toda la plazuela. «Ya sabía lo que era. _Los

católicos_ celebraban un aniversario religioso. ¿Pero cómo? ¡Oh

ludibrio!». Don Pompeyo se acercó al atrio: observó desde fuera. Lo

mejor y lo peor de Vetusta estaba allí amontonado; las chalequeras, los

armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del

andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero

con la _Vetusta elegante_ del Espolón y de los bailes del Casino: y para

colmo del escándalo, según don Pompeyo, _so capa_ de celebrar una fiesta

religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos

«_licenciados de seminario_» como él los llamaba con pésima intención,

«¡paseaban también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y

todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que

respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de la

especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!». Y separando los

ojos «de aquella podredumbre en fermento, de aquella _gusanera

inconsciente_», volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con

un punto de luz roja señalaba al cielo.... «¡Aquí no hay nada cristiano,

pensó, más que ese montón de piedras!».

Huyó de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de la

Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen

los de arriba con los de abajo. Entró en su casa.... Pidió tila, se

acostó... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban

sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el ateo empedernido sintió

una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo: «Al

fin, hay una religión, la del hogar».

A la mañana siguiente despertó a toda la casa a campanillazos. «Se

sentía mal. Que llamasen a Somoza». Somoza dijo que aquello no era nada.

Ocho días después propuso a la señora de Guimarán el arduo problema de

lo que allí se llamaba «la preparación del enfermo». «Había que

prepararle», ¿a qué? «A bien morir».

De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compañía de su

madre al oír la noticia.

Las otras dos, más fuertes, deliberaron. ¿Quién le ponía el cascabel al

gato? ¿Quién proponía a su señor padre que recibiera los Sacramentos?

Se lo propuso la hija mayor, Agapita.

--Papá, tú que eres tan bueno, ¿querrías darme un disgusto, dárselo a

mamá, sobre todo, que te quiere tanto... y es tan religiosa?...

--No prosigas, Agapita querida--dijo el enfermo con voz meliflua, débil,

mimosa--. Ya sé lo que pides. Que confiese. Está bien, hija mía. ¿Cómo

ha de ser? Hace días que esperaba este momento. El señor de Somoza es

tan angelical que no quería darme un susto; pero yo conocía que esto iba

mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de complaceros. Sólo

os pido una cosa... que venga el señor Magistral. Quiero que me oiga en

confesión el señor De Pas; necesito que me oiga, y que me perdone.

Agapita lloró sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala habían

oído el diálogo Somoza y la hija menor de Guimarán, Perpetua. Media

hora después toda Vetusta sabía el milagro. «¡_El Ateo_ llamaba al

Magistral para que le ayudara a bien morir!».

Don Fermín estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, como un

perro, gruñía en cuanto olfateaba la presencia de algún importuno. El

Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido menor le sonaba a patadas en

la cabeza. Doña Paula había prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se

andaba de puntillas y se procuraba volar.

Teresina creyó que el recado de las señoritas de Guimarán era cosa

grave, y merecía la pena de infringir la regla general.

--Están ahí de parte de la señora y señoritas de Guimarán....

--¡De Guimarán!--dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía

los ojos cerrados.

--¡De Guimarán! Tú estás loca...--dijo doña Paula muy bajo.

--Sí, señora, de Guimarán, de don Pompeyo, que se está muriendo y quiere

que le vaya a confesar el señorito.

Hijo y Madre dieron un salto; doña Paula quedó en pie, don Fermín

sentado en su lecho.

Se hizo entrar a la criada de Guimarán y repetir el recado.

La criada lloraba y describía entre suspiros la tristeza de la familia y

el consuelo que era ver al señor pedir los Santos Sacramentos.

El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos. Se entendieron.

--¿Te hará daño?

--No. Que voy ahora mismo.

--Salid. Que el señorito está muy enfermo, pero que lo primero es lo

primero y que va allá ahora mismo.

Quedaron solos hijo y madre.--¿Será una broma de ese tunante?

--No señora; es un pobre diablo. Tenía que acabar así. Pero yo no sabía

que estaba enfermo.

De Pas hablaba mientras se vestía ayudado por su madre, que buscó en el

fondo de un baúl la ropa de más abrigo.

--¿Fermo, y si tú te pones malo de veras... es decir, de cuidado?...

--No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza sí. Es

preciso llegar allá antes que se sepa por ahí... ¿No comprende usted?

--Sí, claro; tienes razón.

Callaron. El Magistral se cogió a la pared y al hombro de su madre para

tenerse en pie.

En su despacho se sentó un momento.

--¿Mandamos por un coche?...--Sí, es claro; ya debía estar hecho eso. A

Benito, aquí en la esquina....

Entró Teresa.--Esta carta para el señorito.

Doña Paula la tomó, no conoció la letra del sobre.

Fermín sí; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano temblorosa....

--¿De quién es?--preguntó la madre al ver que Fermín palidecía.

--No sé... ya la veré después. Ahora al coche... a ver a Guimarán....

Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se

dirigió a la puerta con paso firme.

Doña Paula, aunque sospechaba, no sabía qué, no se atrevió esta vez a

insistir. Le daba lástima de aquel hijo que enfermo, triste, tal vez

desesperado, iba por ella a continuar la historia de su grandeza, de sus

ganancias; iba a rescatar el crédito perdido buscando un milagro de los

más sonados, de los más eficaces y provechosos, un milagro de

conversión. «Era un héroe». «¡Cuánto había padecido durante aquella

cuaresma!». Ella, doña Paula, había acabado por adivinar que su hijo y

la Regenta no se veían ya; habían reñido por lo visto. Al principio el

egoísmo de la madre triunfó y se alegró de aquel rompimiento que

suponía. Conoció que su hijo no se humillaría jamás a pedir una

reconciliación, que antes moriría desesperado como un perro, allí, en

aquel lecho donde había caído al cabo, después de pasear la cólera

comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de día y de noche. Pero

la desesperación taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad

misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en locura, asustó a la madre

que adoraba a su modo al hijo; y noche hubo en que, mientras velaba el

dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir

ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y

degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al

pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a

su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a

salvarle o morir con él.... De estas ideas absurdas, que rechazaba

después el buen sentido, le quedaba a doña Paula una ira sorda,

reconcentrada, y una aspiración vaga a formar un proyecto extraño, una

intriga para cazar a la Regenta y hacerla servir para lo que Fermo

quisiera... y después matarla o arrancarle la lengua....

Los primeros días, después de separarse Ana y De Pas, era el Magistral

quien preguntaba más a menudo a Teresina, afectando indiferencia, pero

sin que su madre le oyera: «¿Ha habido algún recado, alguna carta para

mí?». Después, también doña Paula, a solas también, preguntaba a la

doncella, con voz gutural, estrangulada: «¿Han traído algún recado...

algún papel... para el señorito?».

No, no habían traído nada. La cuaresma había pasado así, había comenzado

la semana de Dolores, estaba concluyendo... y nada.

«Debe de ser de ella», pensó doña Paula cuando vio el papel que presentó

Teresina. Sintió ira y placer a un tiempo.

El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía caerse. Pero estaba

dispuesto a salir. También se juró negarse a leer la carta delante de su

madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. «Aquella carta era de él,

de él solo». Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada

por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y

sucios.

Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con

énfasis al cochero:

--A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes....

--Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín corrió un cristal y

gritó:

--Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el sobre con dedos que

temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se

confundían enganchadas unas con otras. Adivinó más que descifró los

caracteres que se evaporaban ante su vista débil.

«Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y jurarle que soy

digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la

Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted,

que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea

indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de todo, si es verdad que está

usted enfermo y que no puede salir. ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura

de que por caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la

deja, allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá

cumplir.--ANA».

De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en esto; miró al

cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril la blusa azul del cochero

que volvió la cabeza.

--¿Qué hay señorito?

--A la Plaza Nueva... a la Rinconada....

--Sí, ya sé... pero ¿ahora?

--Sí, ahora mismo, y a escape.

El coche siguió al paso. «Si está don Víctor, que no lo quiera Dios,

basta con que Ana me mire, con que me vea allí... Si no está... mejor.

Entonces hablaré, hablaré...».

Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermín dejó caer la

cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincón obscuro

del coche, ocultando el rostro en las manos que ardían, lloró como un

niño, sin vergüenza de aquellas lágrimas de que él solo sabría.

No estaba don Víctor en casa.

El Magistral estuvo en el caserón de los Ozores desde las siete hasta

más de las ocho y media. Cuando salió, el cochero dormía en el pescante.

Había encendido los faroles del coche y esperaba, seguro de cobrar caro

aquel sueño. Don Fermín entró en casa de don Pompeyo a las nueve menos

cuarto. La sala estaba llena de curas y seglares devotos. Todas las

hijas de Guimarán salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro

relucía con una palidez que parecía sobrenatural. Se hubiera dicho que

le rodeaba una aureola.

Tres veces se había mandado aviso a casa del Magistral para que viniera

en seguida. Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y sólo con De

Pas: decía que sólo al Magistral quería decir sus pecados y declarar sus

errores; que una voz interior le pedía con fuerza invencible que llamara

al Magistral y sólo al Magistral.

Doña Paula contestaba que su hijo había salido a las siete, en coche, en

cuanto había recibido aviso, que había ido derecho a casa de Guimarán.

Pero como no llegaba, se repetían los recados. Doña Paula estaba

furiosa. ¿Qué era de su hijo? ¿Qué nueva locura era aquella?

Al fin las de Guimarán, en vista de que el Provisor no parecía, llamaron

al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros

clérigos que más o menos trataban al enfermo. Todo inútil. Él quería al

Magistral; la voz interior se lo pedía a gritos. Glocester al lado de

aquel lecho de muerte se moría de envidia y estaba verde de ira, aunque

sonreía como siempre.

--Pero, señor don Pompeyo, hágase usted cargo de que todos somos

sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversión de usted....

--Sí señor, sincera; yo nunca he engañado a nadie. Yo quiero

reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que

muera....

--Oh, no, eso no...--Tal creo yo; pero de todas suertes... quiero

volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del señor

don Fermín; tengo motivos poderosos para exigir esto, son voces de mi

conciencia....

--Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese señor Magistral no

parece....

--Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con cualquiera de

ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a esperar.

El cura de la parroquia no consiguió más que el Arcediano. De don

Custodio no hay que hablar. Todos aquellos señores sacerdotes «estaban

allí en ridículo», según opinión de Glocester. La verdad era que un

color se les iba y otro se les venía.

--¿Será esto un complot?--dijo Mourelo al oído de don Custodio.

Después de tanto hacerse esperar llegó el Magistral.

Las hijas de Guimarán le llevaron en triunfo junto a su padre.

De Pas parecía un santo bajado del cielo; una alegría de arcángel

satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que había reflejos

de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la juventud

de la pasión, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarán estrechaba

la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su pensamiento a

la realidad presente, seguía saboreando la escena de dulcísima

reconciliación en que acababa de representar papel tan importante. «¡Ana

era suya otra vez, su esclava! ella lo había dicho de rodillas,

llorando.... ¡Y aquel proyecto, aquel irrevocable propósito de hacer ver

a toda Vetusta en ocasión solemne que la Regenta era sierva de su

confesor, que creía en él con fe ciega!...». Al recordar esto, con todos

los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió que

le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que

él llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de soplo

caliente. Pidió una silla. Se sentó al lado del enfermo y por primera

vez vio lo que tenía delante; un rostro pálido, avellanado, todo huesos

y pellejo que parecía pergamino claro. Los ojos de Guimarán tenían una

humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas

en que se perdía aquel cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se

asomaba el asombro mudo.

Quedaron solos el enfermo y el confesor.

De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de

Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se

decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión que se le

venía a las manos. En un solo día ¡cuánta felicidad! Ana y la influencia

que se habían separado de él volvían a un tiempo; Ana más humilde que

nunca, la influencia con cierto carácter sobrenatural. Sí, él estaba

seguro de ello, conocía a los vetustenses; un entierro les había hecho

despreciar a su tirano, otro entierro les haría arrodillarse a sus pies,

fanatizados unos, asustados por lo menos los demás. Mientras hablaba con

don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, de la necesidad de una

Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba

todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya que aquel

tontiloco se le metía entre los dedos, no sería en vano. Los otros

tontos, los que creían que Guimarán era ateo de puro malvado y de puro

sabio, mirarían aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia

de incalculable valor para la Iglesia.

«¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían los más en su

maldad ingénita y en una misteriosa superioridad diabólica. Y aquel

diablo, aquel malhechor se arrojaba a los pies del señor espiritual de

Vetusta.... ¡Oh! ¡qué gran efecto teatral!... No, no sería él bobo, su

madre tenía razón, había que sacar provecho.... Y después, aquello no era

más que una preparación para otro triunfo más importante; ¿no se había

dicho que hasta la Regenta le abandonaba? Pues ya se vería lo que iba a

hacer la Regenta...». Don Fermín se ahogaba de placer, de orgullo; se le

atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y

esputo de flema decía con voz débil:

--Puede usted creer... señor Magistral... que ha sido un milagro esto...

sí, un milagro.... He visto coros de ángeles, he pensado en el Niño

Dios... metidito en su cuna... en el portal de Belem... y he sentido una

ternura... así... como paternal... ¡qué sé yo!... ¡Eso es sublime, don

Fermín... sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!...

pero dice usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios,

hablando de Él... sólo que al revés... todo lo entendía al revés....

Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por

sollozos.

Después el Magistral le hizo callar y escucharle.

Habló mucho y bien don Fermín. Era necesario para obtener el perdón de

Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanaría--y eso

pensaba él también--diese un ejemplo edificante de piedad. Su conversión

debía ser solemne, para escarmiento de pícaros y enseñanza saludable de

los creyentes tibios.

--Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos males

ha hecho....

--Pues usted dirá... don Fermín... yo soy esclavo de su voluntad....

Quiero el perdón de Dios y el de usted... el de usted a quien tanto he

ofendido haciéndome eco de calumnias.... Y crea usted que yo no le quería

a usted mal, pero como mi propósito era combatir el fanatismo, al clero

en general... y además Barinaga sólo así podía ser conquistado.... ¡Oh

Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, verdad, don

Fermín? ¡Infeliz! ¡Y por mi culpa!

--Quién sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y además,

puede contarse con su bondad infinita.... ¡Quién sabe!... Lo principal

es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de piedad acendrada....

Esta lección puede traer muchas conversiones detrás de sí. ¡Ah, don

Pompeyo, no sabe usted cuánto puede ganar la Religión con lo que usted

ha hecho y piensa hacer!...

A la mañana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompañar el

Viático que por la tarde debía ser administrado al señor Guimarán. Era

Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del pueblo más que

religión.

--¡El papel Provisor sube!--decía Foja furioso al oído de Glocester, a

quien encontró en el atrio de la catedral, al salir de misa.

--¡Esto es un complot!--Lo que es un idiota ese don Pompeyo.

--No, un complot.... La verdad era que el _papel Provisor_ subía mucho

más de lo que podían sus enemigos figurarse.

Así como no se explicaba fácilmente por qué el descrédito había sido tan

grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora podía nadie darse cuenta de

cómo en pocas horas el espíritu de la opinión se había vuelto en favor

del Magistral, hasta el punto de que ya nadie se atrevía delante de

gente a recordar sus vicios y pecados; y no se hablaba más que de la

conversión milagrosa que había hecho.

No importaba que Mourelo gritase en todas partes:

--Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del ateo.... Si así

hacen todos los espíritus fuertes cuando les llega su hora....

Nadie hacía caso del murmurador. «Milagro sí lo había, pero lo había

hecho el Magistral». Ya nadie dudaba esto. «Era un gran hombre, había

que reconocerlo».--Doña Paula, por medio del Chato y otros ayudantes,

doña Petronila, su cónclave, Ripamilán, el mismo Obispo, que había

abrazado al Magistral en la catedral poco después de bendecir las

palmas, todos estos, y otros muchos, eran propagandistas entusiastas de

la gloria reciente, fresca de don Fermín, de su triunfo palmario sobre

las huestes de Satán.

Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló con el

ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la

opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín.

«Más valía esperar; ya pasaría aquella racha y volvería toda Vetusta a

ver al milagroso don Fermín de Pas tal como era, _en toda su horrible

desnudez_».

Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las

circunstancias, teniendo a su lado al _cura de cabecera_, a don Fermín y

a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las

puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la

ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien

ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría

descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su

influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro.

Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de médicos. Somoza se había

equivocado como solía. Don Pompeyo estaba enfermo de muerte, pero podía

durar muchos días: era fuerte... no había más que oírle hablar.

Somoza mantuvo su opinión con energía heroica. «Cierto que podía durar

algunos días más de los que él había anunciado, el señor Guimarán; pero

la ciencia no podía menos de declarar que la muerte era inminente. Podía

durar, sí, el enfermo, mil y mil veces sí, pero ¿debido a qué?

Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No que él, don

Robustiano Somoza, hombre científico ante todo, creyese en la eficacia

material de la religión: pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba

con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía

admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico

influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don

Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su

enfermedad... todo lo cual era extraño a la ciencia médica como tal y

sin más».

En efecto, don Pompeyo duró hasta el miércoles Santo.

Trifón Cármenes, desde el día en que se supo la conversión de Guimarán,

concibió la empecatada idea de consagrar una _hoja literaria_ del

_lábaro_ al importantísimo suceso. Pero había que esperar a que el

enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto último era lo

más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual

desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima

composición poética en que se _cantaba_ la muerte del ateo felizmente

restituido a la fe de Cristo. La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que

fuera, que Trifón no lo sabía, comenzaba así:

¿Qué me anuncia ese fúnebre lamento...?

El poeta iba y venía de la _casa mortuoria_ como él la llamaba ya para

sus adentros, a la redacción, de la redacción a la casa mortuoria.

--¿Cómo está?--preguntaba en voz muy baja, desde el portal.

La criada contestaba:--Sigue lo mismo. Y Trifón corría, se encerraba

con su elegía y continuaba escribiendo:

¡Duda fatal, incertidumbre impía!...

Parada en el umbral, la Parca fiera

ni ceja ni adelanta en su porfía;

como sombra de horror, calla y espera...

Pasaban algunas horas, volvía a presentarse Trifón en casa del

moribundo; con voz meliflua y tenue decía:

--¿Cómo sigue don Pompeyo?

--Algo recargado--le contestaban. Volvía a escape a la redacción,

anhelante, «había que trabajar con ahínco, podía morirse aquel señor y

la poesía quedar sin el último pergeño...». Y escribía con _pulso

febril_:

Mas ¡ay! en vano fue; del almo cielo

la sentencia se cumple; inexorable...

No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía a punto

fijo, pero le sonaba bien.

Cuando la criada de Guimarán le contestaba: «Que el señor había pasado

mejor la noche», Cármenes, sin darse cuenta de ello, torcía el gesto, y

sentía una impresión desagradable parecida a la que experimentaba cuando

llegaba a convencerse de que un periódico de Madrid no le publicaría los

versos que le había remitido. Él no quería mal a nadie, pero lo cierto

era que, una vez tan adelantada la elegía, don Pompeyo le iba a hacer un

flaco servicio si no se moría cuanto antes.

Murió. Murió el miércoles Santo. El Magistral y Trifón respiraron.

También respiró Somoza. Los tres hubieran quedado en ridículo a suceder

otra cosa. En cuanto a Cármenes, terminó sus versos de esta suerte:

No le lloréis. Del bronce los tañidos

himnos de gloria son; la Iglesia santa

le recogió en su seno... etc.

Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre otros: igual

defecto tenía en los dedos de los pies.

El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. _Acompañaron a la

última morada el cadáver del finado_ las autoridades civiles y

militares; una comisión del Cabildo presidida por el Deán, la Audiencia,

la Universidad, y además cuantos se preciaban de buenos o malos

católicos. La viuda y las huérfanas recibían especial favor y consuelo

con aquella pública manifestación de simpatía. El Magistral iba

presidiendo el duelo de familia: no era pariente del difunto, pero le

había sacado de las garras del Demonio, según Glocester, que se quedó en

la sala capitular murmurando. «Aquello más que el entierro de un

cristiano fue la apoteosis pagana del pío, felice, triunfador Vicario

general». En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo: «Aquel es,

aquel es, decía la muchedumbre señalando al Apóstol, al Magistral».

Los milagros que doña Paula había hecho correr entre las masas

impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo señor Obispo,

en su último sermón a las beatas pobres y clase de tropa, criadas de

servicio, etc., etc., había aludido al triunfo de aquel hijo predilecto

de la Iglesia....

--No habrá más remedio que agachar la cabeza y dejar pasar el

temporal--decía Foja.

Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de carne

en una fonda todos los viernes Santos.

«¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado!

»¡Vaya un libre-pensador!

»¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le dieron hechizos! »¿Qué hechizos?

Morfina.

»El clero, milagros del clero...

»Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos milagros...

»Sobre todo era un badulaque...».

El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los

anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un

profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la

jota Aragonesa.

En casa de Vegallana la tal noticia _estalló como una bomba_. Volvía la

Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con

Visitación; volvía también Obdulia Fandiño que había pedido en San

Pedro, a la hora en que visitaban los _monumentos_ los oficiales de la

guarnición; y todas aquellas señoras, en el gabinete de la Marquesa

reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente decía el gran

Constantino, doña Petronila Rianzares, que había recaudado veinte duros

en la mesa de petitorio de San Isidro. Y decía el obispo-madre:

--Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita está resuelta a

dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo....

--Pero Quintanar... no lo consentirá...

--Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha hecho

comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su

promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría jamás....

--¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?--dijo Visita, colorada de

indignación--. ¡Qué maridos de la isla de San Balandrán!--añadió

acordándose del suyo.

La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no era

religión; era locura, simplemente locura. La devoción racional,

_ilustrada_, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a

las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar

estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de mamarracho y

darse en espectáculo!...».

--¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por

una demagoga, por una _Suñera_.

--Pues yo, ¿qué he dicho?

--¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una _nazarena_...

La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. Obdulia tenía la

boca seca y los ojos inflamados. Sentía una inmensa curiosidad y cierta

envidia vaga...

«¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa era la frase. ¿Qué más

hubiera querido ella, la de Fandiño, que darse en espectáculo, que

hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta?

--¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe usted...?

--¿Pues no he de saber?--contestó doña Petronila, orgullosa porque

estaba enterada de todo--. Ana llevará túnica talar morada, de

terciopelo, con franja _marrón foncé_....

--¿Marrón foncé?--objetó Obdulia--... no dice bien... oro sería mejor.

--¿Qué sabe usted de esas cosas?... Yo misma he dirigido el trabajo de

la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha dejado a mí el cuidado

de todos los pormenores.

--¿Y la túnica es de vuelo?

--Un poco...--¿Y cola?--No, ras con ras...--¿Y calzado?

¿sandalias...?

--¡Calzado! ¿qué calzado? El pie desnudo....

--¡Descalza!--gritaron las tres damas.

--Pues claro, hijas, ahí está la gracia.... Ana ha ofrecido ir

descalza....

--¿Y si llueve?--¿Y las piedras?--Pero se va a destrozar la piel...

--Esa mujer está loca...--¿Pero dónde ha visto ella a nadie hacer esas

diabluras?

--¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este,

un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante....

--Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde ha visto ella eso?...

--Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los

muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería

meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas

disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo

que hizo el Señor por nosotros pecadores.

--¡Descalza!--repetía asombrada Obdulia.--La envidia crecía en su pecho.

«Oh, lo que es esto--pensaba--indudablemente tiene _cachet_. Sale de lo

vulgar, es una _boutade_, es algo... de un buen tono superfino...».

El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo.

Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no ocultaba su

tristeza, su decaimiento de ánimo.

Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado ex-regente pudiera

echarle el tanto de culpa que la correspondía en aquella aventura que él

reputaba una desgracia.

--Vamos a ver, Quintanar--preguntó la Marquesa con verdadero interés y

mucha curiosidad....

--Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta...

¡No podían vencerme... y me vencieron...!

--Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién le ha metido a Ana eso

en la cabeza?

--¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay.

--¿El Para...?--No, no es eso. No sé lo que me digo.... Quiero decir....

Señores, mi mujer está loca.... Yo creo que está loca.... Lo he dicho mil

veces.... El caso es... que cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo

creía que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía

molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a

lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión.

--Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie....

--Sí tal--dijo el Marqués--. Todos los años va en el entierro de Cristo,

Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de

Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas....

--Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre.

--No, si yo no comparo...--Pero, señores, señores, digo yo--repetía

doña Rufina--¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro

detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?...

--Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo.

Pero yo no sé si aquellas eran señoras de verdad....

--Y además, no irían descalzas--dijo Obdulia.

--¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡eso sí que

no!... ¡Pardiez!

Gran trabajo costó contener la indignación colérica de don Víctor. El

cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener _otra explicación_

con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió

encerrarse en el silencio... y en el despacho.

«A sí mismo no se podía engañar. Comprendía que la resolución de Ana era

irrevocable».

El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto

fue de día, se asomó al balcón a consultar las nubes. «¿Llovería?

Hubiera dado años de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento

y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel día de su

triunfo.... ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo

convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín

triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos

tragando polvo, dispersos y aniquilados!».

También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó

¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo.

Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca--pensaba--tomo

resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo

que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza

para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había

ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su

adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido

aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los

Dolores, oyendo el _Stabat Mater_ de Rossini, figurándose con

calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies

de su hijo, _dum pendebat filius_, como decía la letra. Había recordado,

como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer

vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que

encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había

resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo

entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de

aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado,

despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no había

remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había

accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña

Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras

sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores

del _sacrificio_... «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se

acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se

abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el

trance de la procesión!».

Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto;

era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no

había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura

aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que

ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas

las calles de la Encimada, _dándose en espectáculo_ a la malicia, a la

envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y

balcones aquel _cuadro vivo_ que ella iba a representar? Buscaba Ana el

fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días,

en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el

entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El

miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por

completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en

Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para

restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en _el escándalo_ de

aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa

honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo.... No,

no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era

una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con

silencio solemne...» y Ana sudaba de congoja.... «¡Lo que había

prometido!».

No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo

el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de

la iglesia de San Isidro.

--«¡Ya llega, ya llega!»--murmuraban los socios del Casino apiñados en

los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del

cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de

contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada

de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni

menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.

Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar

la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas

de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la

Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba».

No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido

en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete

espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se

esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del

Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio

churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí

y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa,

Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada

aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba

pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de

los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus

gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos,

admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de

Fandiño el bello ideal de la coquetería.

Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a

negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas

vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían

atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un

pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y

también procesiones.... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente,

significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que

dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo

del terciopelo morado de la _nazarena_! «Y era natural; todo Vetusta,

seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies

descalzos, ¿por qué? porque hay un _cachet_ distinguidísimo en el modo

de la exhibición, porque... esto es cuestión de _escenario_». «¿Cuándo

llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una

envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria

bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en

aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre.

Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario,

que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre

inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás

días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de

corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor

maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al

natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el

movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la

frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le

atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la

escuela.

Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su

mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no

sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había

inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a

los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en

aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año,

él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la _espectación general_, le

llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo;

él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio

tranquilamente muchos años hacía.

La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó de

orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de

San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su

cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino

del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos él era el que se

metía por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de nácar de

aquella ilustre señora, su compañera. Ana iba como ciega, no oía ni

entendía tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compañero

inesperado la hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr.

«La habían engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba

a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel espíritu

sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificación, este

escarnio, esta saturación de ridículo le hubiera agradado, porque así el

sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegación sublime».

Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los

pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía deslumbradora bota de

charol, con perdón de la propiedad histórica. Demasiado sabía Vinagre

que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque

existieran las había de llevar Jesús al Calvario; pero él no era más que

un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse;

había que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas

como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día.

«¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras de la

Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era un rumor

falso, eran _ellos_, era el Entierro».

Cesaron los comentarios en los balcones.

Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos.

Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante.

El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto.

Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle

estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las

cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, que estaba

solo, al parecer, en el último balcón de la fachada del Casino, en el de

la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello,

don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en

la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a

un interlocutor, invisible para Visita.

Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado en la

secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería ver, sin ser

visto, lo que él llamaba la _subida al Calvario de su dignidad_. Detrás

de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué,

impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que

pudiera.

--Mire usted--decía--si yo tuviera aquí una bomba Orsini... se la

arrojaba sin inconveniente al señor Magistral cuando pase triunfante por

ahí debajo. ¡Secuestrador!

--Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro

de que Ana está muerta de vergüenza a estas horas. Nos la han

fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero ya abrirá los ojos; el exceso

del mal traerá el remedio.... Ese hombre ha querido estirar demasiado la

cuerda; claro que esto es un gran triunfo para él... pero Ana tendrá que

ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre.

--¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como un triunfador

romano a una esclava... detrás del carro de su gloria....

Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto era que él

se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la procesión, y de pie en

un carro de cartón, como él había visto entrar al barítono en el

escenario del Real, una noche que cantaba el _Poliuto_.

Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se

sentía vencido; él se atenía a sus experiencias. «Aquel clérigo no había

tocado en la Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, sonreía a

sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les molestaba a los nervios

aquel espectáculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a

la romana, según don Víctor, pero... no había tocado en ella».

Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros

del balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y venerable. Se

puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle,

y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos.

Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó el medio del balcón,

arrogante y desafiando las miradas de los clérigos que pasaban debajo de

él.

Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor

muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a

himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo.

El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono.

En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo;

las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia

arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un rosario de

cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas

cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles,

subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en

confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin

ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas

que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de

ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de

blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros

morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos,

preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer

religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería.

Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él;

a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con

manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos

carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba

allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula.

El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz.

Parecía haber muerto de consunción. A pesar de la miseria del arte, la

estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto

religioso.... Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime.

Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo,

con cara de muerta como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de

la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel

rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del

sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no

daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba

delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde

su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no

miraba a los vetustenses.... Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies

la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El

choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don

Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba

pensando que Ana, después de _aquella locura_ que cometía por el

confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía.

Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a

los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto.

También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz.

Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los

pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de

que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían.

Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de

toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de

prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de

aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la

tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca

sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en

todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel

calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la

_Perfecta Casada_, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo.

«Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy

lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la

Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no

hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí

porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?...».

Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no presidía

este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo

triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre

otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa; empuñaba el cirio

apagado, como un cetro. «Él era el amo de todo aquello. Él, a pesar de

las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta

haciéndole morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado,

prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su

hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando

al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne

flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a

él sólo. ¿No se decía que los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los

Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión? Pues allí

tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las vírgenes

vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él descalzaba los más floridos pies

del pueblo y los arrastraba por el lodo... allí estaban, asomando a

veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. ¿Quién podía

más?». Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos

de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo serían en adelante sus

relaciones con Ana?». Don Fermín se estremecía. «Por de pronto mucha

cautela. Tal vez el día en que dejé la puerta abierta a los celos la

asusté y por eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora...

después... ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo que quedaba

en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo a una concha vacía

arrojada a la arena por las olas. «Él era la cáscara de un sacerdote».

Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana miraba al

suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el

topetazo de su mirada con la de don Álvaro; el cual reculó otra vez,

como al pasar la Virgen, y de pálido pasó a lívido. La mirada del

Magistral fue altanera, provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura

aparentes: quería decir _¡Vae Victis!_ La de Mesía no reconocía la

victoria; reconocía una ventaja pasajera... fue discreta, suavemente

irónica, no quería decir: «Venciste, Galileo» sino «hasta el fin nadie

es dichoso». De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba

por vencido.

--¡Va hermosísima!--decían en tanto las señoras del balcón de la

Audiencia.

--¡Hermosísima!--¡Pero se necesita valor!--Amigo, es una santa.--Yo

creo que va muerta--dijo Obdulia--; ¡qué pálida! ¡qué _parada_! parece

de escayola.

--Yo creo que va muerta de vergüenza--dijo al oído de la Marquesa,

Visita.

Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió:

--Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días

con los pies hechos migas.

La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en

Vetusta, se atrevió a decir encogiendo los hombros:

--Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de personas

decentes.

El Marqués apoyó la idea muy eruditamente.

--Eso es piedad de transtiberina.--Justo--dijo la baronesa, sin

recordar en aquel instante lo que era una transtiberina.

Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después de

pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y la

valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes

graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento».

Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía pestes del

Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más que para dar

alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán los curas de

aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en casa».

--Sin contar--añadía Joaquín Orgaz--con que esto se presta a

exageraciones y abusos. El año que viene vamos a ver a Obdulia Fandiño

descalza de pie... y pierna, del brazo de Vinagre.

Se rió mucho la gracia. Pero también se notó que Orgaz decía aquello

porque no había sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo

menos, no había sacado bastante.

El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de

aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. ¡Emparejarse,

como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno; y recorrer

descalza todo el pueblo!... ¡Bah! ¡era una santa!».

En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana

preguntó a Mesía:

--¿Están ya ahí?

--Sí, ahí van.... Y el mismo esposo estiró el cuello... y asomó la

cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrás.

--¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado!

Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba

de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre.

Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír

aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su

mujer.

--Ánimo, don Víctor--le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el

balcón--. Ya van lejos.

--No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño!

--Ánimo.... Todo esto pasará...

Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo.

El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los

brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de

sollozo:

--¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en

brazos de un amante!

--Sí, mil veces, sí--añadió--¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo

antes que verla en brazos del fanatismo!...

Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía.

La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El _chin, chin_ de los platillos,

el _rum rum_ del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes

de Quintanar.

--¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no

ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse!

--_¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!_--¡Sí, amigo mío! ¡Primero

seducida que fanatizada!...

--Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las

ocasiones son los hombres....

--Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted el balcón, porque se me

figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza!

--XXVII--

--¡Las diez! ¿Has oído? el reloj del comedor ha dado las diez.... ¿Te

parece que subamos?...

--Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral.

--¡En la catedral! ¿Pero se oye desde aquí, muchacha? ¿Se oye el reloj

de la torre desde aquí?... Mira que es media legua larga....

--Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye.

¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas...

tristes y apagadas por la distancia....

--La verdad es que la noche está hermosa....

--Parece de Agosto.--Cuando contemplo el cielo,

de innumerables luces rodeado

y miro hacia el suelo...

perdóname, hija mía, sin querer me vuelvo a mis versos....

--¿Y qué? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. _La Noche Serena_ ya lo

creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era niña y empezaba a leer

versos, mi autor predilecto era ese.

El recuerdo de Fray Luis de León pasó como una nubecilla por el

pensamiento de Ana que sintió un poco de melancolía amarga. Sacudió la

cabeza, se puso en pie y dijo:

--Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galería de los

perales, mientras la señora torre de la catedral se decide a cantar la

hora....

--Con mil amores, _mia sposa cara_.

La pareja se escondió bajo la bóveda no muy alta de una galería de

perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a trechos el follaje

nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo del obscuro

camino.

--Mayo se despide con una espléndida noche--dijo Ana, apoyándose con

fuerza en el brazo de su marido.

--Es verdad; hoy se acaba Mayo. Mañana Junio. Junio la caña en el puño.

¿Te gusta a ti pescar? El río Soto, ya sabes, ese que está ahí en

pasando la Pumarada de Chusquin.

--Sí, ya sé... donde se bañan Obdulia y Visita algunos veranos antes de

ir al mar.

--Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijo

el Marqués. ¿Quieres que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas con

todos sus accesorios?

--Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos.

Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer que colgaba

del suyo, y la tomó la mano como un tenor de ópera. Y cantó:

Lasciami, lasciami

oh lasciami partir...

Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró a su

esposa, que también volvió el rostro hacia su marido.

--¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué mal los cantaba aquel

tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... hermosa idea....

Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al estanque, figúrate a

Gayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en este

silencio... y nosotros aquí, debajo de esta bóveda... oyendo...

oyendo.... Las óperas deberían cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros

ahora? Música nada más que música.... El panorama hermoso... la brisa...

el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buen

cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a veces no dicen

tanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por la poesía que se

acompaña en efecto de la lira o de la forminge.... ¿Tú sabes lo que era

la forminge, _phorminx_?

Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen esposo.

--Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente de Ana.

El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez,

pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancolía.

--Pues es verdad que se oye--dijo Quintanar.

Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió:

--¿Vamos a cenar?--¡A cenar!--gritó Ana. Y soltando el brazo de don

Víctor corrió, levantando un poco la falda de la _matinée_ que vestía,

hasta perderse en la obscuridad de la bóveda. Quintanar la siguió dando

voces:

--Espera, espera... loca, que puedes tropezar.

Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la

escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la

puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el brazo derecho

hacia la luna, con una flor entre los dedos.

--Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal efecto de luna hago?...

--¡Magnífico! Magnífica estatua... original pensamiento... oye: «La

Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche...».

Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró detrás diciéndose a

sí mismo en voz alta:

--¡Hija mía! Es otra.... Ese Benítez me la ha salvado.... Es otra....

¡Hija de mi alma!

Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos tenían muy buen apetito.

Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que

sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con

la cabeza.

--La casa es alegre hasta de noche--dijo ella.

Y añadió:--Toma, móndame esa manzana....

--«Móndame la manzana, móndame la manzana...» ¿dónde he oído yo eso?...

Ah ya....

Y se atragantó con la risa.--¿Qué tienes, hombre?--Es de una

zarzuela.... De una zarzuela de un académico.... Verás... se trata de la

marquesa de Pompadour: un señor Beltrand anda en su busca; en un molino

encuentra una aldeana... y como es natural se ponen a cenar juntos, y a

comer manzanas por más señas.

--Como tú y yo .--Justo. Pues bueno, la aldeana, como es natural

también, coge un cuchillo.

--Para matar a Beltrand....

--No, para mondar la manzana....

--Eso ya es inverosímil.

--Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de

espanto con todos sus violines en trémolo y pitando con todos sus

clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado:

_(Cantando y puesto en pie)_

¡Cielos! monda la manzana;

¡es la marquesa

de Pompadour!...

¡de Pompadour!...

Ana soltó el trapo. Rió de todo corazón el disparate del académico y la

gracia de su marido. «La verdad era que Quintanar parecía otro».

Petra sirvió el té.--¿Ha vuelto Anselmo de Vetusta?--preguntó el amo.

--Sí, señor, hace una hora....

--¿Ha traído los cartuchos?

--Sí, señor.--¿Y el alpiste?--Sí, señor.--Pues dile que mañana muy

temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el señor

Crespo. Deja... voy yo mismo a enterarle.... Escribiré dos letras; ¿no te

parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto....

Salió el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel:

--Si la señorita quiere algo... yo también pienso ir mañana al ser de

día a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si quiere que lleve

algún recado... a la señora Marquesa... o....

--Sí: llevarás dos cartas; las dejaré esta noche sobre la mesa del

gabinete y tú las cogerás mañana, sin hacer ruido, para no despertarnos.

--Descuide usted. Una hora después don Víctor dormía en una alcoba

espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo Ana escribía

con pluma rápida y que parecía silbar dulcemente al correr sobre el

papel satinado.

--No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer daño. Ya sabes lo que

dice Benítez.

--Sí, ya sé; calla y duerme.

Ana escribió primero a su médico, que era en la actualidad el antiguo

sustituto de Somoza. Benítez, el joven de pocas palabras y muchos

estudios, observador y taciturno, había permitido a su enferma, a la

Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraía, a ciertas horas

en que la aldea no ofrece ocupación mejor. «Escríbame usted a mí, por

ejemplo, de vez en cuando, diciéndome lo que sabe que importa para mi

pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones dichosas no me dé

pormenores, bastan generalidades...».

Ana escribía: «...Buenas noticias. Nada más que buenas noticias. Ya no

hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni burbujas, ni nada de

eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las visiones: me siento

capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus figuras de sesos y

demás interioridades, sin asco ni miedo. Hablo de mi temor a la locura

con Quintanar como de la manía de un extraño. Estoy segura de mi salud.

Gracias, amigo mío; a usted se la debo. Si no me prohibiera usted

_filosofar_, aquí le explicaría por qué estoy segura de que debo al plan

de vida que me impuso la felicidad inefable de esta salud serena, de

este placer refinado de vivir con sangre pura y corriente en medio de la

atmósfera saludable... pero nada de retórica; recuerdo cuánto le

disgustan las frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresión

que usted prefiere. El régimen respetado con religiosa escrupulosidad.

El miedo guarda la viña, seré esclava de la higiene. Todo menos volver a

las andadas. Continúo mi diario, en el cual no me permito el lujo de

perderme en _psicologías_ ya que usted lo prohíbe también. Todos los

días escribo algo, pero poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adiós. No

retarde su visita. Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho.

_En aquel tiempo_ la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia

suya, que le mandaba exprofeso el _destino_ para ponerla a prueba. ¡Un

marido que ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto.

Perdón. No más cháchara. A Frígilis que venga con usted o antes. Diga lo

que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la caña y a

convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adiós

otra vez. La esclava de su régimen, q. b. s. m.,

_Anita Ozores de Quintanar_».

Después de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra que

había empezado a escribir por la mañana.

Ahora la pluma corría menos, se detenía en los perfiles.

Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que

contestaba y que tenía delante de los ojos.

«...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya le

tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y creo que con razón,

analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento. No ya

el hacerlo, sólo el pensar en hacerlo, en desmenuzar mis ideas, me da la

aprensión de volver a sentir aquella horrorosa debilidad del cerebro....

No hablemos más de esto. Bastante hago si le escribo, pues prohibido me

lo tienen. Pero entendámonos. Lo prohibido no es escribir a usted.

¿Hablo ahora claro? Lo prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y

sobre todo de asuntos serios.

»¿Qué cuándo volvemos a Vetusta? No lo sé. Fermín, no lo sé.

»Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Benítez

es enérgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le

obedece, abandonarme si se le engaña o se desprecian sus mandatos. Estoy

decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que

tengamos salud.

»¿Que hay tibieza tal vez? No, Fermín, mil veces no. Yo le convenceré

cuando vuelva.

»¿Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi salud. ¡Si

yo dijera a Quintanar o a Benítez el daño que me hace, sana y todo,

repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo más que de don Víctor y

del médico. ¿Pero de qué quiere que le hable? Aquí no veo más que a mi

marido; y Benítez me acaba de salvar la vida, tal vez la razón.... Ya sé

que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de volverme loca...

pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me ayude a

agradecer al médico (de quien tanto hablo) mi _salvación intelectual_.

¿Para qué me hubiera querido mi _hermano_ _mayor del alma_, sin el

alma, o con el alma obscurecida por la locura?...

»¿Que se acabó esto y se acabó lo otro...? No y no. No se acabó nada. A

su tiempo volverá todo. Menos el visitar a doña Petronila. No me

pregunte usted por qué, pero estoy resuelta a no volver a casa de esa

señora. Y... nada más. No _puedo ser más larga_. Me está prohibido

(¡otra vez!). Acabo de cenar. Su más fiel amiga y penitente agradecida.

_Ana Ozores_».

«P. D.--¿Qué se conoce que tengo buen humor? También es verdad. Me lo da

la salud. Si lo tuviera malo y pensara mal, creería que a usted le pesa

de mi buen humor, a juzgar por el _tono_ con que lo dice. Perdón por

todas las faltas».

Anita leyó toda esta carta. Tachó algunas palabras; meditó y volvió a

escribirlas encima de lo tachado.

Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a

derecha e izquierda, encogió los hombros y dijo a media voz:

--No tiene por qué ofenderse. Se acostó en el lecho blanco y alegre que

estaba junto al de Quintanar.

El viejo madrugaba más que Ana, y salía a la huerta a esperarla. A las

ocho tomaban juntos el chocolate en el invernáculo que él llamaba con

cierto orgullo enfático _la serre_.

--¡Si esto fuera nuestro!...--pensaba a veces Quintanar contemplando

las plantas exóticas de los anaqueles atestados y de los jarrones

etruscos y japoneses más o menos auténticos.

La Regenta no pensaba en los títulos de propiedad del Vivero; gozaba de

la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que habían acumulado los

Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada más que gozar. Vivía

allí como en un baño, en cuya eficacia creía.

Don Víctor salió de la huerta y atravesando prados, pumaradas y tierras

de maíz, buscó entre las casuchas vecinas la bajada al río Soto, y por

su orilla el lugar más a propósito para sentar sus reales y pescar, en

cuanto volviese Anselmo con los trastos necesarios.

Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subió a su

gabinete, y después de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco, se

acercó al escritorio de palisandro, y hojeó su libro de memorias.

Siempre hacía lo mismo; antes de empezar a escribir en él repasaba

algunas páginas, a saltos....

Leyó la primera que casi sabía de memoria. La leyó con cariño de

artista. Decía así, en letra sólo para Ana inteligible, nerviosa y

rapidísima:

«¡Memorias!... ¡Diario!... ¿por qué no? Benítez lo consiente».

_Memorias de Juan García_, podría decir algún chusco.... Pero como esto

no ha de leerlo nadie más que yo.... ¿Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser!

Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me

agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera

el _mundo_ me llamaría cursilona, literata... o romántica, como dice

Visita. A Dios gracias, estos miedos al qué dirán ya han pasado. La

salud me ha hecho más independiente. Sobre todo ¿qué han de decir si

nadie ha de leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando

escribo deprisa. Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma,

secreto absoluto. Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los

pájaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí.

Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. «¡Salud, salve! A ti

debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de larvas y

aprensiones... y el equilibrio del ánimo, que me trajo la calma

apetecida...». Suspendo el himno porque Quintanar jura que se muere de

hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna en la

boca.... ¡Ya bajo, ya bajo!... ¡Allá voy!..

* * * * *

El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo

el día. _In illo tempore_, me tendría yo por desgraciada sin más que

esto. Pensaría en la pequeñez--y la humedad--de las cosas humanas, en

el gran aburrimiento universal, etc., etc.... Y ahora encuentro natural y

hasta muy divertido que llueva. ¿Qué es el agua que cae sobre esas

colinas, esos prados y esos bosques? El tocado de la naturaleza. Mañana

el sol sacará lustre a toda esa verdura mojada. Y además, aquí en el

campo, la lluvia es una música. Mientras Quintanar duerme la siesta

(costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro

la ventana y oigo

el rumor de la lluvia

sobre las hojas

y el ruido de las alas

de las palomas

que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y

saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o

de casa de vecindad, según se mire. La vida común con sus horas de

hastío, de descuido, de pereza pública se refleja en las posturas de

esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las alas. Hay

parejas que se juntan por costumbre, _por deber_, pero se aburren como

si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho, supongo que

será el macho, tiene una idea, un remordimiento, _improvisa_ una pasión

_que está muy lejos de sentir_, y besa a la hembra, y hace la rueda y

canta el _rucutucua_ y se eriza de plumas.... Ella, sorprendida, sin

sacudir la pereza corresponde con tibias caricias, y a poco, ambos

fatigados, soñolientos, encontrando en la molicie de mojarse inmóviles,

inflados, mayor voluptuosidad que en los devaneos, vuelven a su

quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engaño, sin quejarse de la

mutua displicencia. ¡Racionales palomas!--Quintanar ronca; yo escribo....

Pie atrás. Esto no iba bien. Había algo de ironía; la ironía siempre

tiene algo de bilis.... Los amargos abren el apetito... pero más vale

tenerlo sin necesitarlos. A otra cosa.

* * * * *

La Regenta · 第 26 / 30 题