se destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del
horizonte. No se veía nada distintamente. Los cipreses, detrás de la
tapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al oído,
tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz del
camposanto.
En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para
entrar. Se habían olvidado ciertos pormenores y la mala fe del
enterrador--tal vez la del capellán también--ponía obstáculos
reglamentarios.
--¡A ver, dónde está Foja!--gritó don Pompeyo, que no se encontraba con
ánimo para dar otra batalla al obscurantismo clerical.
Foja no estaba allí. Nadie le había visto en el duelo.
Don Pompeyo sintió el ánimo desfallecer. «Estoy solo; ese capitán Araña
me ha dejado solo».
Sacó fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignación general, se
impuso. El cortejo entró en el cementerio, pero no por la puerta
principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia del
corralón inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que se
enterraba a los que morían fuera de la Iglesia católica. Eran muy pocos.
El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro entierros así.
El duelo se despidió sin ceremonia; a latigazos lo despedía el viento
con disciplinas de agua helada.
Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último. «Era su deber».
Había cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo alto
de la cuesta. «A su espalda, a veinte pasos tenía la tapia fúnebre. Allí
detrás quedaba el mísero amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo
entero; estaba a flor de tierra... separado de los demás vetustenses que
habían sido, por un muro que era una deshonra; perdido, como el
esqueleto de un rocín, entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella
brecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil.... A toda
profanación estaba abierto.... Y allí estaba don Santos... el buen
Barinaga que había vendido patenas y viriles... y creía en ellos... en
otro tiempo. ¡Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; él, en el
café--restaurant de la Paz, había comenzado a demoler el alcázar de la
fe... del pobre comerciante!...».
Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán. Se abrochó. «Había sido
_otra_ imprudencia venir sin capa».
Entonces sintió que no sentía ya el agua.... «Era que ya no llovía».
Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios de sombra algunas luces
pálidas, las estrellas; y entre las sombras de la ciudad aparecían
puntos rojizos simétricos: los faroles.
Guimarán volvió a temblar; sintió la humedad de los pies de nuevo... y
apretó el paso. Hubo más, se le figuró que le seguían; que a veces le
tocaban sutilmente las faldas de la levita y el cabello del cogote.... Y
como estaba solo, seguramente solo... no tuvo inconveniente en emprender
por la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo.
«No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamos
frescos...».
Y más abajo: «Y de todas maneras, eso de que le han de enterrar a uno de
fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia».
Y corría, sintiendo de vez en cuando escalofríos.
Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche.
«Ya lo decía él; ¡la humedad!».
Deliró. «Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el
vientre y por allí entraban y salían gatos y perros, y alguno que otro
diablejo con rabo».
--XXIII--
_«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, ex
utero ante luciferum genui te»._ Esto leyó la Regenta sin entenderlo
bien; y la traducción del _Eucologio_ decía: «Tú poseerás el principado
y el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor que
brillará en tus santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antes
del nacimiento del lucero de la mañana».
Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario:
_Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia._
¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella... y el órgano
como si entendiese lo que quería el corazón de la Regenta, dejaba
escapar unos diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban
los ámbitos obscuros de la catedral, subían a la bóveda y pugnaban por
salir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo de música
retozona. Decía el órgano a su manera:
Adiós, María Dolores,
marcho mañana
en un barco de flores
para la Habana.
y de repente, cambiaba de aire y gritaba:
La casa del señor cura
nunca la vi como ahora...
y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar:
Arriba, Manolillo,
abajo, Manolé,
de la quinta pasada
yo te liberté;
de la que viene ahora
no sé si podré...
arriba, Manolillo,
Manolillo Manolé.
Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años había
nacido en el portal de Belén el Niño Jesús.... ¿Qué le importaba al
órgano? Y sin embargo, parecía que se volvía loco de alegría... que
perdía la cabeza y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellas
trompetas y cañones, chorros de notas que parecían lucecillas para
alumbrar las almas.
El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en
algún pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía las
tinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No había más luz que
aquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y los
cirios del altar y las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto,
como estrellitas. Pero la música alegre botando de pilar en capilla, del
pavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba.
Y no eran más que las doce. Empezaba la _misa del gallo_.
El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime,
recordaba todos los aires populares clásicos en la tierra vetustense y
los que el capricho del pueblo había puesto en moda aquellos últimos
años. A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce,
risueña, en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombres
y a todas las criaturas... a las aves, a los brutos, a las hierbas del
campo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los suspiros
del aire.... «La cosa era bien clara, la religión no podía ser más
sencilla, más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su
obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios había nacido en la tierra
y por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba y
se ennoblecía; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amor
no cuenta el tiempo; hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles,
que Dios había venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los
seres, el mismo. Por consiguiente, el organista hacía muy bien en
declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía
alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes
bulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones efímeras, que
habían sido un poco de aire olvidado, le parecía a la Regenta una
delicada obra de caridad por parte del músico.... Recordar lo más
humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pasó... y dignificar
las emociones profanas del amor, de la alegría juvenil, haciendo resonar
sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jesús... todo esto
era hermoso, según Ana; la religión que lo consentía, maternal,
cariñosa, artística».
«No había allí barreras, en aquel momento, entre el templo y el mundo;
la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia; en la
música del órgano había recuerdos del verano, de las romerías alegres
del campo, de los cánticos de los marineros a la orilla del mar; y había
olor a tomillo y a madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del
monte, y dominándolos a todos olor místico, de poesía inefable... que
arrancaba lágrimas...». La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta....
Su pensamiento al remontarse se extraviaba y al difundirse se
desvanecía.... Apoyó la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar
de piedra, nuevo, que era el principal de la capilla en que estaba,
sumida en la sombra. Apenas pensaba ya, no hacía más que sentir.
La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se
interrumpía en ambos extremos para dejar espacio a los púlpitos de
hierro, todos filigrana. Servían de atriles para la Epístola y el
Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas. Ana vio
aparecer en el púlpito de la izquierda del altar la figura de Glocester,
siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela briscada
despedía rayos herida por la luz de los ciriales que acompañaban al
canónigo. El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere
interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo
Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía.
Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del
público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en _us_
y en _i_ y en _is_: por el tono que se daba al leer no parecía sino que
la epístola de San Pablo era cosa del mismo Glocester, una
composicioncilla suya. El órgano, como si hubiera oído llover, en cuanto
terminó el presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus
agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones
alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían chispas
de música retozona; ahora tocaba como las gaitas del país, imitando el
modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento
interpretaba el brindis de la _Traviata_ y el Miserere del _Trovador_.
Por último, y cuando ya Ripamilán asomaba la cabecita vivaracha sobre el
antepecho del otro púlpito para cantar el Evangelio, el organista la
emprendió con la _mandilona_:
Ahora sí que estarás contentón
mandilón,
mandilón,
mandilón.
Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia,
hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de
paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios
de todos, que nacía, las diferencias políticas eran nimiedades que se
olvidaban.
Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con gran
dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San Lucas,
sobre las alas del águila de hierro.
El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos
cruzados sobre la panza; cerca de él y haciendo guardia estaban dos
acólitos con los ciriales; uno era Celedonio.
«_¡Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!_»... cantó Ripamilán,
muerto de sueño y aprovechándose del canto llano para bostezar en la
última nota.
«_¡In illo tempore!_»... continuó... En aquel tiempo se promulgó un
edicto mandando empadronar a todo el mundo. Fue cosa de César Augusto,
muy aficionado a la Estadística. «Este empadronamiento fue hecho por
Cirino, que después fue gobernador de la Siria». Ripamilán se dormía
sobre el recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de José
se animó el Arcipreste, figurándose a los santos esposos camino de
Bethlehem (o mejor Belén.) «Y sucedió que hallándose allí le llegó a
María la hora de su alumbramiento; y dio a luz a su Hijo primogénito y
envolviole en pañales y recostole en un pesebre». Ripamilán leía ahora
pausadamente, a ver si se enteraba el público. Cuando llegó a los
pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaños, don Cayetano recordó
su grandísima afición a la égloga y se enterneció muy de veras.
Más enternecida estaba la Regenta, que seguía en su libro la sencilla y
sublime narración. «¡El Niño Dios! ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora
toda la grandeza de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en
una cuna y acababa en una cruz. ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le
pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía
un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!... ¡Y aquel
Ripamilán allá arriba, aquel viejecillo que contaba lo del parto como si
acabara de asistir a él! También Ripamilán estaba hermoso a su manera».
En tanto el _público_ empezaba a impacientarse, se iba acabando la
formalidad, y en algunos rincones se oían risas que provocaba algún
chusco. En la nave del trasaltar, la más obscura, escondidos en la
sombra de los pilares y en las capillas, algunos señoritos se divertían
en echar a rodar sobre el juego de damas del pavimento de mármol
monedas de cobre, cuyo profano estrépito despertaba la codicia de la
gente menuda; bandos de pilletes que ya esperaban ojo avizor la
tradicional profanación, corrían tras las monedas, y al caer tantos
sobre una sola en racimo de carne y andrajos, excitaban la risa de los
fieles, mientras ellos se empujaban, pisaban y mordían disputándose el
ochavo miserable.
Pero llegaba la _ronda_ y el racimo de pillos se deshacía, cada cual
corría por su lado. La _ronda_ la presidía el señor Magistral, de
roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas sobre el vientre, llevaba
el bonete; a derecha e izquierda, como dándole guardia caminaban con
paso solemne acólitos con sendas hachas de cera. La _ronda_ daba vueltas
por el trascoro, las naves y el trasaltar. Se vigilaba para evitar
abusos de mayor cuantía. La obscuridad del templo, los excesos de la
colación clásica, la falta de respeto que el pueblo creía tradicional en
la _misa del gallo_, hacían necesarias todas estas precauciones.
Había otra clase de profanaciones que no podía evitar la ronda.
Apiñábase el público en el crucero, oprimiéndose unos a otros contra la
verja del altar mayor, y la valla del centro, debajo de los púlpitos, y
quedaban en el resto de la catedral muy a sus anchas los pocos que
preferían la comodidad al calorcillo humano de aquel montón de carne
repleta. Como la religión es igual para todos, allí se mezclaban todas
las clases, edades y condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oía la misa
apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de
Vegallana, y en la nuca sentía la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que
no podía, ni tal vez quería, impedir que los de atrás empujasen. Para la
de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción
de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia
conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy
confusa idea. Visitación estaba también allí, más cerca de la capilla,
con la cabeza metida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de
Visitación, fingía resistir la fuerza anónima que le arrojaba, como un
oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja como una cereza, con los
ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de
su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual
amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro
imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra.
Todo el _elemento joven_ de que hablaba _El Lábaro_ en sus crónicas del
pequeñísimo _gran mundo_ de Vetusta, estaba allí, en el crucero de la
catedral, oyendo como entre sueños el órgano, dirigiendo la colación de
Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza
pinchazos de la carne. El sueño traía impíos disparates, ideas que eran
profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con
que brindaba la realidad ambiente. Miradas y sonrisas, si la distancia
no consentía otra cosa, iban y venían enfilándose como podían en aquella
selva espesa de cabezas humanas. Se tosía mucho y no todas las toses
eran ingenuas. En aquella quietud soporífera, en aquella obscuridad de
pesadilla hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas
señoritas hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es
claro que no lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba,
que el _hacer el oso_, que era a lo que llamaba _timarse_ Joaquín Orgaz,
si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque allí
tenía un _cachet_. Y para la viuda las cosas con _cachet_ eran las
mejores.
«En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos
cristianos», estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, que, mal
curado de una fiebre, había consentido en cenar con don Álvaro, Orgaz,
Foja y demás trasnochadores en el Casino y había venido con ellos a la
misa del gallo.
«¡Sí, le remordía la conciencia, en medio de su embriaguez!, pero el
hecho era que estaba allí. Habían empezado por emborracharle con un
licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, un licor que le había
convertido el estómago en algo así como una perfumería... ¡puf! ¡qué
asco!; después le habían hecho comer más de la cuenta y beber,
últimamente, de todo. Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si
alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de
las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la
catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años. Había
protestado, había querido marcharse, pero no le dejaron, y él tampoco se
atrevía a buscar solo su casa; y en la calle hacía frío».
--Señores--dijo en voz baja a don Álvaro y a Orgaz--conste que protesto,
y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera de ustedes,
al permanecer en semejante sitio.
--¡Bien, hombre, bien!--Conste que esto no es una abdicación....
--No... qué ha de ser... abdicación....
--Ni una profanación. Yo respeto todas las religiones, aunque no profeso
ninguna.... ¿Qué dirá el mundo si sabe que yo vengo aquí... con una
compañía de borrachos matriculados? Reconozco en el _Palomo_ el derecho
de arrojarme del templo a latigazos o a patadas....
--Ya lo sabemos, hombre...--pudo balbucear Foja--.
En resumen: don Pompeyo reconoce que él aquí representa lo mismo... que
los perros en misa.
--Comparación exacta... eso, yo aquí lo mismo que un perro.... Y además
esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, borracho como ustedes
probablemente: convierte el templo del Señor, llamémoslo así, en un
baile de candil... en una orgía.... Señores, ¿en qué quedamos, es que ha
nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan?
--¡Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum.
Esto lo cantó bajito Joaquín Orgaz, tocando el tambor en la cabeza de
Guimarán. Y acto continuo el mediquillo salió de la capilla obscura
donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una aguja en un
pajar, como él dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre la multitud. Y la
encontró, emparedada entre el formidable Ronzal y el cocinero de Paco.
Joaquín dio media vuelta y se volvió al lado de don Pompeyo.
La capilla desde la que oía misa la Regenta estaba separada sólo por una
verja alta de la en que se habían escondido los trasnochadores del
Casino. Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía al ateo de su propósito de
abandonar el templo. Pero de una capilla a otra no se distinguían las
personas, sólo se veían bultos.
Cuando pasó la ronda fue otra cosa; las hachas de los acólitos dejaron a
Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del
Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que
con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la cabeza inclinada, y
cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los
oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano.
El Magistral también pudo ver a la Regenta y a don Álvaro, casi juntos,
aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembló el bonete en las manos;
necesitó gran esfuerzo para continuar aquella procesión que en aquel
instante le pareció ridícula.
Mesía no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba medio
dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca
escandaloso. Nadie sospechaba su estado.
Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la ronda se alejó con sus
luces soñolientas. Siguió viéndole en su cerebro; y se le antojó vestido
de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso. No sabía si era aquello
un traje de Mefistófeles de ópera o el de cazador elegante, pero estaba
el enemigo muy hermoso, muy hermoso.... «Y estaba allí cerca, detrás de
aquella reja, ¡si daba tres pasos podía tocarla a ella!». El órgano se
despedía de los fieles con las mayores locuras del repertorio; un aire
que Ana había oído por primera vez al lado de Mesía, en la romería de
San Blas, aquel mismo año.... Cerró los ojos, que se le habían llenado de
lágrimas.... «¡Por dónde la tomaba ahora la tentación! Se hacía
sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos,
que era siempre cosa sagrada, dulce, entrañable.... ¿Qué había pasado en
aquella romería de San Blas? Nada, y sin embargo, ahora recordando
aquella tarde, por culpa del organista, Ana veía a don Álvaro a su lado,
muerto de amor, mudo de respeto, y a sí misma se veía, contenta en lo
más hondo del alma... ¡ay sí, ay sí!... en unas honduras del alma, o del
cuerpo, o del infierno... a que no llegaban las suaves pláticas del
misticismo y fraternidad de que seguía gozando en compañía de aquel
señor canónigo que acababa de pasar por allí, con las manos cruzadas
sobre el vientre, rodeado de monaguillos».
Cuando Ana procuró sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imágenes
importunas y pecaminosas, el templo iba quedándose vacío. Tuvo ella frío
y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en que se apoyaba. Se
levantó y salió de la catedral, que empezaba a dormirse.
El órgano se había callado como un borracho que duerme después de
alborotar el mundo. Las luces se apagaban....
En el pórtico encontró Ana al Magistral.
Don Fermín estaba pálido; lo vio ella a la luz de una cerilla que
encendieron por allí. Cuando volvió la obscuridad, De Pas se acercó a la
Regenta y con una voz dulce en que había quejas le preguntó:
--¿Se ha divertido usted en misa?
--¡Divertirme en misa!--Quiero decir... si le ha gustado... lo que
tocan... lo que cantan....
Notó Ana que su confesor no sabía lo que decía.
En aquel momento salían del pórtico; en la calle había algunos grupos de
rezagados. Había que separarse.
--¡Buenas noches, buenas noches!--dijo el Magistral con tono de mal
humor, casi con ira.
Y embozándose sin decir más, tomó a paso largo el camino de su casa.
Ana sintió deseos de seguirle: ella no sabía por qué pero le tenía
enfadado: ¿qué había hecho ella? Pensar, pensar en el enemigo, gozar con
recuerdos vitandos... pero... de todo eso ¿cómo podía tener don Fermín
noticia?... ¡Y se había marchado así! Una profunda lástima y una
gratitud que parecía amor invadieron el ánimo de Ana en aquel
instante.... «¡Oh! ¿por qué ella no podía ahora ir con aquel hombre,
llamarle, consolarle... probarle que era la de siempre, que ella no le
volvía la espalda como tantas otras?...». «Sí, sí, le volvían la espalda
a él, el santo, el hombre de genio, el mártir de la piedad... le volvían
la espalda las que antes se le disputaban, y todo ¿por qué? por viles
calumnias. Ella no, ella creía en él... le seguiría ciega al fin del
mundo; sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del
infierno...». Pero no se podía correr detrás de él para consolarle, para
decirle todo esto. «¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra la
doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada día más
antipática, y más servicial... y más insufrible!».
Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se había separado
discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con
tanto garbo, pensó la criada:
«Están de monos» y sonrió.
La Regenta tomó el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio dormida;
estaba como embriagada de sueño y música y fantasía.... Sin saber cómo se
encontró en el portal de su casa pensando en el Niño Jesús, en su cuna,
en el portal de Belén. Ella se figuraba la escena como la representaba
un _nacimiento_ que había visto aquella noche a primera hora.
Cuando se quedó sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al
espejo; suelto el cabello, cayó sobre la espalda.
«Era verdad, ella se parecía a la Virgen: a la Virgen de la Silla...
pero le faltaba el niño»; y cruzada de brazos se estuvo contemplando
algunos segundos.
A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de repente, y la
dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella
sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. Ya meditaba
pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar
abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía.
«Creía que había muerto aquella Ana que iba y venía de la desesperación
a la esperanza, de la rebeldía a la resignación, y no había tal; estaba
allí, dentro de ella; sojuzgada, sí, perseguida, arrinconada, pero no
muerta. Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que
Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento,
gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el
cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía
todos los buenos propósitos de Ana la devota, la _hermana_ humilde y
cariñosa del Magistral.
»¡El Niño Jesús! ¡Qué dulce emoción despertaba aquella imagen! ¿Pero por
qué había servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad
del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una
vaguedad tierna, anhelante».
Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba frío....
¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas aquellas
luchas de su espíritu ocioso, que buscaba fuera del centro natural de la
vida, fuera del hogar, pábulo para el afán de amor, objeto para la sed
de sacrificios!...
Sin saber lo que hacía, Ana salió de sus habitaciones, atravesó el
estrado, a obscuras, como solía, dejó atrás un pasillo, el comedor, la
galería... y sin ruido, llegó a la puerta de la alcoba de Quintanar. No
estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana
claridad. No dormía su marido. Se oía un rum rum de palabras.
«¿Con quién habla ese hombre?». Acercó la Regenta el rostro a la raya de
luz y vio a don Víctor sentado en su lecho; de medio cuerpo abajo le
cubría la ropa de la cama, y la parte del torso que quedaba fuera
abrigábala una chaqueta de franela roja; no usaba gorro de dormir don
Víctor por una superstición respetable; él incapaz de sospechar de su
Ana la falta más leve, huía de los gorros de noche por una preocupación
literaria. Decía que el gorro de dormir era una punta que atraía los
atributos de la infidelidad conyugal. Pero aquella noche había tenido
frío, y a falta de gorro de algodón o de hilo, se había cubierto con el
que usaba de día, aquel gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y
oyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de
un candelabro elástico clavado en la pared.
Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido
se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor,
entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de
una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor
leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera
armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada.
Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y
verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de
defender en hermosos versos del siglo diez y siete a una señora que un
su hermano quería descubrir y matar, y don Víctor juraba en quintillas
que antes le harían a él tajadas que consentir, siendo como era
caballero, atrocidad semejante.
Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los
pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que
repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido,
la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella,
a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la
maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de
Belén y otros recuerdos análogos.
Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si estaba
despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el
lecho. Quería la infeliz desechar las ideas que la volvían loca,
aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la carne
rebelde y desabrida; quería palabras dulces, intimidad cordial, el calor
de la familia... algo más, aunque la avergonzaba vagamente el quererlo,
quería... no sabía qué... a que tenía derecho... y encontraba a su
marido declamando de medio cuerpo arriba, como muñeco de resortes que
salta en una caja de sorpresa.... La ola de la indignación subió al
rostro de la Regenta y lo cubrió de llamas rojas. Dio un paso atrás
Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda
meneó algo en el suelo, porque don Víctor gritó asustado:
--¡Quién anda ahí!
No respondió Ana.--¿Quién anda ahí?--repitió exaltado don Víctor, que
se había asustado un poco a sí mismo con aquellos versos fanfarrones.
Y algo más tranquilo, dijo a poco:
--¡Petra! ¡Petra! ¿Eres tú, Petra?
Una sospecha cruzó por la imaginación de Ana; unos celos grotescos, tal
los reputó, se le aparecieron casi como una forma de la tentación que la
perseguía.
«¿Si aquel hombre sería amante de su criada?».
--«¡Anselmo! ¡Anselmo!»--añadió don Víctor en el mismo tono suave y
familiar.
Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus
sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridículo, de su
marido, de sí misma...
«¡Oh, qué ridículo viaje por salas y pasillos, a obscuras, a las dos de
la madrugada, en busca de un imposible, de una grotesca farsa... de un
absurdo cómico... pero tan amargo para ella!...». Y Ana, sin querer,
como siempre, mientras iba a tientas por el salón, pero sin tropezar,
pensaba: Y si ahora, por milagro, por milagro de amor, Álvaro se
presentase aquí, en esta obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la
cintura... y me dijera: tú eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo
carne flaca, qué haría sino sucumbir... perder el sentido en sus
brazos.... «¡Sí, sucumbir!», gritó todo dentro de ella; y desvanecida,
buscó a tientas el sofá de damasco y sobre él, tendida, medio desnuda,
lloró, lloró sin saber cuánto tiempo.
Una campanada del reloj del comedor la despertó de aquella somnolencia
de fiebre; tembló de frío y a tientas otra vez, el cabello por la
espalda, la bata desceñida, y abierta por el pecho, llegó Ana a su
tocador; la luz de esperma que se reflejaba en el espejo estaba próxima
a extinguirse, se acababa... y Ana se vio como un hermoso fantasma
flotante en el fondo obscuro de alcoba que tenía enfrente, en el cristal
límpido. Sonrió a su imagen con una amargura que le pareció diabólica...
tuvo miedo de sí misma... se refugió en la alcoba, y sobre la piel de
tigre dejó caer toda la ropa de que se despojaba para dormir. En un
rincón del cuarto había dejado Petra olvidados los zorros con que
limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas; y pensando
ella misma en que estaba borracha... no sabía de qué, Ana, desnuda,
viendo a trechos su propia carne de raso entre la holanda, saltó al
rincón, empuñó los zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azotó
su hermosura inútil una, dos, diez veces.... Y como aquello también era
ridículo, arrojó lejos de sí las prosaicas disciplinas, entró de un
brinco de bacante en su lecho; y más exaltada en su cólera por la
frialdad voluptuosa de las sábanas, algo húmedas, mordió con furor la
almohada. A fuerza de no querer pensar, por huir de sí misma, media hora
después se quedó dormida.
Aquella misma mañana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de la
casa del Magistral. ¿A qué había ido allí? Aquel no era camino de la
catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don Fermín, de verle al
balcón, de algo que ella no podía precisar, le había hecho tomar por la
calle de los Canónigos. No topó con el suyo. Se dirigió a la catedral y
se sentó sobre la tarima que había en medio del crucero, desde el coro a
la capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fría
como un carámbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, rezando
oraciones que no terminaban y soñando despierta hasta que concluyó el
coro. Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, a quien sonrió cariñosa,
con la dulzura que a él le entraba por las entrañas como si fuera fuego;
el Magistral no sonrió, pero su mirada fue intensa; duró muy poco, pero
dijo muchas cosas, acusó, se quejó, inquirió, perdonó, agradeció... Y
pasó don Fermín. Entró en el coro y se fue a su rincón. Terminadas las
horas canónicas, el Magistral salió, se inclinó ante el Altar, se
dirigió a la sacristía, y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete,
muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se
miraron.
Ahora sonrieron los dos. Ana se levantó cinco minutos después. Sin
necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a una cita.... Se
encontraron a poco en el salón de doña Petronila Rianzares donde habían
muchas señoras y tres clérigos. Allí se había reunido la flor y nata de
lo que llamaba _El Alerta_ «_el elemento levítico_» de la población.
Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes
algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de Nuestro Señor
Jesucristo como si el Hijo de María hubiese venido al mundo
exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas. La
Natividad del Señor se les antojaba algo como una fiesta de familia.
Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, antiquísima, mal
cortada, recibía a su _mundo devoto_ como si estuviese ella de
cumpleaños. Todo se volvía allí sonrisas, apretones de manos, elogios
mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de
aquellas almas en gracia de Dios. El Magistral fue recibido en triunfo.
¡Qué fino! ¡qué atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, en
la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin embargo acudía
antes a dar las Pascuas a su amiga doña Petronila! «¡Qué hombre! ¡qué
ángel! ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!».
El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo de doña
Petronila; allí nadie dudaba de la virtud del Provisor, nadie la
discutía. Si alguno de los presentes, fuera de aquel salón venerable, se
atrevía a calumniar a aquel santo, no se sabía, no se quería saber, pero
en casa del gran Constantino nadie osaría poner en tela de juicio la
santidad del Crisóstomo vetustense.
Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en el
gabinete de doña Petronila. Ella los encontró...; pero sonriéndoles y
saludando con la mano les dijo, desde la puerta:
--Nada, nada... venía por unos papeles.... Ya volveré...
Ana iba a llamarla: «no había secretos, ¿por qué se retiraba aquella
señora?...» esto quería decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo.
--Déjela usted--dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta
siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el Magistral mandase,
dispusiera de ella y de sus actos.
Ana volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón y le sonrió como
poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía perdón y bendecía.
Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más delgado que por
el verano. En esto pensaba Anita.
--¡Estoy tan cansado!--dijo él y suspiró con mucha tristeza.
Ana se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca.
--¡Estoy tan solo!--¿Cómo solo...? No entiendo.
--Mi madre me adora, ya lo sé... pero no es como yo; ella procura mi
bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe todo
esto, Ana.
--Pero... ¿por qué está usted solo? y... ¿los demás?
--Los demás... no son mi madre. No son nada mío. ¿Qué tiene usted, Ana?
¿se pone usted mala? ¿qué es esto? llamaré...
--No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un temblor... ya pasó...
esto no es nada.
--¿Tendrá usted un ataque?
--No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje usted... deje
usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana
contenía el llanto que quería saltar a la cara.
--¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que
tengo derecho....
Ana cayó de rodillas a los pies de su _hermano mayor_, y sollozando pudo
decir:
--Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, en la Iglesia....
Mañana... temprano....
--¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese
ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos
y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete.
Volvió a paso largo al lado de la Regenta que seguía de rodillas,
sollozando y ahogando el llanto para que no sonase.
--Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay tiempo....
--Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde....
--Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... señora... por compasión,
Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un
juguete.... ¿Qué pasa... qué debo temer...? Ayer ese hombre estaba
borracho... él y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la
madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí vive...
tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la calumnia ha llegado hasta
ahí!...
Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía sus
palabras....
--Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y así
podrán conseguirlo... echan lodo en medio... y se acabó...
Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se habían
acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él
pensaba en ella, pero no convenía a sus planes decir a la Regenta: yo
soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora,
sin poder contenerse, había dicho: _tu rival_, con fuerza... aunque
aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta.
«Sí, sí, él también era hombre, podía ser rival, ¿por qué no?». No se
conocía; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula;
comprendía que en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión
exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de haber
hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! no era el
Fermín de antaño».
Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus paseos al
extremo del gabinete y dijo:
--No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... usted es el
ingrato.... Su madre le querrá más que yo... pero no le debe tanto como
yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.... El mundo
entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me
arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos más hondos.... No
sabía qué sacrificio podría hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted
me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no
sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo
no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a
pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a
mí... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué
sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para esto.... Para estar a los pies
del mártir que matan a calumnias....
--¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora....
El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se
acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por
la pasión:
--¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto
al altar de la Concepción... en frente del púlpito....
--Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía
que decir... está dicho....
--¡Pero ese hombre!...--De ese hombre... nada. La voz de doña Petronila
se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba. Hablaba desde lejos
la señora de Rianzares, que decía:
--Allá va, allá va el señor Magistral, está en mi gabinete solo,
repasando su sermón sin duda....
Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la
confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido
que atender a doña Petronila que gritaba:
--Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la
misa....
El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había
entrado el ama de la casa.
Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas
manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo:
--¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó!
--¡A la catedral, a la catedral!--gritaron los del salón.
Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas
subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al
comenzar el día el Evangelio de San Lucas.
Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción.
--Desde aquí se ve perfectamente--dijo doña Petronila.
E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y melosa:
--¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los
gentiles! ¡Qué roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre...,
del Hijo... y del Espíritu.... Santo...
--XXIV--
--Pero, ¿y si él se empeña en que vaya?
--Es muy débil... si insistimos, cederá.
--¿Y si no cede, si se obstina?
--Pero, ¿por qué?--Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la
cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy.... Y nos alude... habla
del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que
se la gobiernan desde fuera.... Y después, que la Marquesa está ya algo
fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo!
--Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese
baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda
con él? ¿Tan amigotes siempre?
--Ya se sabe que a casa no le lleva....
--¿Y es de etiqueta el baile?--Creo... que sí...--¿Hay que ir
escotada?--Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van
como quieren; algunas completamente _subidas_.
--Nosotros iremos... _subidos_ ¿eh?
--Sí, es claro.... ¿Cuándo toca la catedral? ¿pasado? pues pasado iré a
la capilla con el vestido que he de llevar al baile.
--¿Cómo puede ser eso?...
--Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la
falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a
confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos
satisfechos.
--Así lo espero. Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de
que _fuéramos_ al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los
ojos a la celosía del confesonario, era bastante subido, no dejaba ver
más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes,
que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el
conjunto.
Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don
Víctor se empeñó «en que se fuera, y se fue».
Aquel acto de energía, verdaderamente extraordinario, le hacía pensar al
ex-regente, mientras subían la escalera del caserón negruzco del Casino,
que él, don Víctor, hubiera sido un regular dictador. «Le faltaba un
teatro, pero no carácter. Que lo dijera su mujer, que mal de su grado
subía colgada de su brazo, hermosísima, casi contenta, pese a todos los
confesores del mundo. Ya no estábamos en el Paraguay: ¡A él jesuitas!».
Era lunes de Carnaval. El día anterior, el domingo se había discutido
con mucho calor en el Casino si la sociedad abriría o no abriría sus
salones aquel año. Era costumbre inveterada que aquel _círculo
aristocrático_ (como le llamaba el _Alerta_, a cuyos redactores no se
convidaba nunca, porque se empeñaban en asistir de _jaquet_) diese
baile, pero jamás de trajes, el lunes de Carnaval.
--¿Por qué no ha de ser este año como los demás?--preguntaba Ronzal, que
acababa de hacerse un frac en Madrid.
--Porque este año el Carnaval está muy desanimado por culpa de los
Misioneros, por eso--respondía Foja, a quien había metido en la Junta
directiva don Álvaro.
--La verdad es--dijo el presidente, Mesía--que nos exponemos a un
desaire. La mayor parte de las señoritas _comm'il faut_ están entregadas
en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo
de la camisa.
--¡Qué horror!--exclamó don Víctor, que estaba presente, aunque no era
de la Junta. (Pero por no separarse de Mesía.)
--Sí, señor, cilicios--corroboró Foja--. Amigo, el Magistral no puede
tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesión usen cilicios y otras
invenciones diabólicas.
--Porque tampoco se lo ha propuesto--contestó Ronzal.
Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. Le había sabido mal
la alusión de Foja. «Sí, aludía a su mujer al hablar del Magistral; con
él iba la pulla».
--Lo cierto es--continuó el ex-alcalde--que nos exponemos a un desaire,
como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la _conservaduría_,
que son las que animan esto, no vendrá; las conozco bien: ahora se
divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... zurriagazo y
tente tieso, ¡ja, ja, ja!
--A mí se me ocurre una cosa--dijo Mesía--. Exploremos el terreno.
Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias
distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no. Si ellas asisten,
las demás, las de reata, vendrán de fijo, _malgré_ todos los jesuitas y
padres descalzos del mundo.
--¡Magnífico! ¡Magnífico!
--Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreció traer a quien
pudiera.
Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, no pudo menos
de decir:
--Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace
bulto.
--¡Oh, gran adquisición!--dijo un socio--; si doña Ana viene, será un
gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... ¡oh! será un
gran ejemplo.
--Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con
lo mejorcito.
--Señor Quintanar--dijo el ex-alcalde--se le declara a usted benemérito
del Casino... si consigue traer a su señora la Regenta.
--Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi casa, señor Foja, una ligera
insinuación mía es un decreto sancionado....
Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había
ocurrido asistir a la Junta.
«¿Por qué habría ofrecido él lo que no había de cumplir?».
«Sin embargo, la palabra era palabra».
Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el
infierno con horror. De su piedad pasajera sólo le quedaba la convicción
de que son necesarias las buenas obras además de la fe para salvarse, y
la costumbre de persignarse al levantarse, al salir de casa, al dormir,
etc., etc. Había vuelto a Calderón y Lope con más entusiasmo que nunca.
Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes
_relaciones_ como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre
con la espada en la mano. Así le había sorprendido su mujer, sin que él
lo supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que había cenado
fuerte el buen señor y se le había ocurrido celebrar a su modo el
Nacimiento de Jesús.
Pero si la propia religiosidad había volado, o se había escondido en
pliegues recónditos del alma, donde él no la encontraba, don Víctor
respetaba la piedad ajena.
«No obstante, se decía a sí mismo, animándose al ataque, mi mujer ya no
va para santa; respeto como antes su piedad, pero ya no me da miedo; ya
es una devota como otras muchas, va y viene, y no se detiene; la novena,
la misa, la cofradía, la visita al Santísimo... pero ya no tenemos
aquellas encerronas con que a mí me asustaba, como si tuviéramos un
para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se lo digo...».
Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del
enérgico marido «que no quería que su casa fuese un nuevo Paraguay»
(alusión que no entendió Ana), la esposa no resistió tanto como él
esperaba; se rindió pronto. Pero él lo achacó a la propia energía.
«Comprende que yo no he de ceder y no se obstina».
Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña Petronila, ya tenía
dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo si el canónigo decía _non
possumus_.
Todo se arregló, menos la conciencia de Ana que siguió intranquila.
«¿Por qué había dicho que sí después de una débil resistencia? ¿A qué
iba ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero ¿por qué
estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora sí?».
No lo sabía; no quería saberlo. No quería atormentarse más.
«El baile y ella ¿qué tenían que ver? ¿qué le importaba a ella, a la
_hermana_ de don Fermín el santo, el mártir, que bailasen o no las
muchachas insulsas de Vetusta en el salón estrecho y largo del Casino?
Nada, nada».
Así pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las propias
manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel
ángulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba ver.
Ronzal, de la comisión que recibía a las señoras, se apresuró, en cuanto
asomaron los de Quintanar en el vestíbulo, a ofrecer a la Regenta su
brazo. ¿Cuál? «el derecho, sin duda el derecho pensó». Grande fue su
pena al notar que Paco Vegallana ofrecía a Olvido Páez que entraba al
mismo tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos
entró en el salón triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo
suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las
conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la
italiana. Hubo un rumor de asombro:
--¡La Regenta!--¡La Regenta!--¡Quién lo diría!
--¡Pobre Magistral!--¡Y qué hermosa!--¡Pero qué sencilla!...
Esta exclamación fue de Obdulia.
--¡Qué sencilla, pero qué hermosa!...
--La virgen de la Silla...--La Venus del Nilo, como dice Trabuco.
Esto lo dijo Joaquín Orgaz. El círculo de la nobleza se abrió para
acoger en su seno a la _Hija pródiga de la Sociedad_, como acertó a
decir el barón de la Barcaza, que _in illo tempore_ había estado muy
enamorado de Anita, a pesar de la señora baronesa e hijas.
La marquesa de Vegallana, todavía de azul eléctrico, se levantó de su
silla de raso carmesí con respaldo de nogal, y abrazó sin que pareciera
mal, a su querida Anita.
--Hija, gracias a Dios, creía que era el desaire ciento uno.
La Marquesa también había puesto empeño en que Ana asistiera al baile y
a la cena, «que tendría la _élite_ en _petit comité_». Todos estos
galicismos los había importado Mesía.
--¡Pero qué divina, Ana, pero qué divina!--le decía a la Regenta cara a
cara, y con voz gangosa, la hija mayor del Barón, Rudesinda, que según
don Saturnino Bermúdez, era una _belleza ojival_. En efecto, parecía una
torrecilla gótica, aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del
cuello, a la Marquesa se le antojaba «un caballo de ajedrez».
Por lo demás, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los plebeyos
«Las tres desgracias», y a su señor padre, barón de la Barcaza, el barón
de la _Deuda flotante_, aludiendo al título y a los muchos acreedores
del magnate.
Solía esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del año en
Madrid, y las _niñas_ (de veintiséis años la menor) cuando estaban en
público ante los vetustenses fingían disimular su desprecio de todo lo
que les rodeaba. Refugiábanse en el círculo aristocrático, donde
también entraban, por especial privilegio, Visitación y Obdulia,
pariente de nobles. Las señoritas de la clase media (y cuenta que en
Vetusta el gobernador civil y familia entraban en la aristocracia) se
vengaban de aquel desdén mal disimulado contándoles los huesos de la
pechuga a las del barón y a otras jóvenes aristócratas. Daba la
casualidad de que casi todas las niñas nobles de Vetusta eran flacas.
Ana se sentó al lado de la marquesa de Vegallana, única persona que le
era simpática entre todas las del corro. Entonces anunciaba la orquesta
un rigodón.
Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas,
clarinetes y flautas, a quienes acompañaba en su laboriosa gestación
armónica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus acordes,
como se prometía decir en _El Lábaro_ del día siguiente Trifón Cármenes,
el cual había osado preguntar a la hija segunda del barón «si le
favorecía». Mal gesto puso Fabiolita, que así se llamaba, pero una seña
de su padre la obligó _a favorecer_ a Trifón, aunque se propuso no
contestarle, si él se atrevía a hablar, más que con monosílabos. El
barón de la Deuda Flotante creía en el poder de la prensa periódica,
pero su hija no. Enfrente de esta pareja se colocó resplandeciente
Ronzal, el gallardo Trabuco, diputado de la comisión y miembro de la
Junta directiva del Casino. La pechera que lucía Ronzal no podía ser más
brillante. Estaba él orgulloso de aquella pechera, de aquel frac
madrileño, de aquellas botas sin tacones que eran la última moda, lo más
_chic_, como ya empezaba a decirse en Vetusta. Pero no estaba tan
satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el _arte de Terpsícore_
(otra frase que Trifón se proponía emplear.) Tenía a su lado Trabuco,
como pareja a Olvido Páez, que no le miraba siquiera. Pero él no
pensaba en esto, pensaba en que, según veía, tarde ya, le tocaba romper
la marcha; su _bis a bis_ era Trifón, y Trifón había empezado a ponerse
en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A cada
momento se metía los dedos de la mano derecha entre el cuello de la
camisa y lo que él llamaba _mi pescuezo_ cuando «apostaba la cabeza» por
cualquier cosa. Aquel movimiento le parecía muy elegante y sobre todo
era muy socorrido. Mientras la de Páez daba a entender con su aire
melancólico y aburrido que su reino no era de este mundo, y que Ronzal
había hecho demasiado atreviéndose a invitarla a bailar, el diputado
ponía los cinco sentidos en no equivocarse, en no pisar el vestido ni
los pies a ninguna señorita y en imitar servilmente las idas y venidas y
las genuflexiones de Trifón. Mal poeta era Cármenes, pero el rigodón lo
conocía muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de Páez y la del
barón al pasar cerca una de otra se sonreían discretamente, como
diciendo:--¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de cursis nos han
tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en la pechera,
en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A su derecha
tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una
americana muy rica y muy perezosa. Como el salón era estrecho y las
costumbres vetustenses un poco descuidadas, las parejas, mientras no les
tocaba moverse, se sentaban en la silla que tenían detrás de sí muy
cerca. Ronzal, que no podía sentarse, porque no tenía dónde, pensaba que
aquello era una corruptela, y era verdad. La de Páez y la del barón
apenas se tenían en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como
si cada figura del rigodón fuera un viaje alrededor del mundo.
Después del rigodón vino un wals. Ronzal se retiró a fumar un cigarro de
papel. Él no bailaba wals, no había podido aprender nunca. Todas las
puertas del salón estaban atestadas de socios... que no tenían frac. Un
frac en Vetusta suponía _cierta posición_. Muchos _pollos_ se figuraban
que semejante prenda exigía la fortuna de un Montecristo.
Y como el baile era de etiqueta, la más florida juventud se quedaba a la
puerta. Unos fingían desdeñar el ridículo placer de dar vueltas por allí
como una peonza... _para nada_. Otros hacían alardes de desidia, de
escepticismo, de cualquier cosa que fuera incompatible con el frac,
según ellos. Y algunos, más ingenuos, confesaban la penuria de su
presupuesto, maldecían de las exigencias sociales... y se reservaban
para «última hora». Porque a última hora bailaban, pese a Ronzal, los de
levita, los de _jaquet_ y hasta los de cazadora. «¡No faltaba más!».
Saturnino Bermúdez, que tenía frac, y clac y todo lo necesario, llegó un
poco tarde al salón. Se detuvo en una puerta... y... tembló. No podía
remediarlo.... La emoción de entrar en los salones en día solemne era
para él semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier
observador hubiera dicho que aquel hombre creía estar en aquel umbral a
la orilla del Océano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a las
bromas de los envidiosos sin frac que le decían:
--¡Vamos, hombre, láncese usted... valor!
--Ya... ya... voy... no si... ya voy....
Y sujetó bien los guantes, y se arregló el lazo de la corbata, y se
aseguró de que el pañuelo estaba en su sitio, y... también pasó dos
dedos por la tirilla de la camisola. Por último... a la una, a las
dos... (a las dos se compuso el peinado con los dedos, sin recordar que
traía la cabeza como un recluta) y después de este ademán automático,
muy frecuente en los que van a arrojarse al baño de cabeza... después de
esto ¡al agua! Saturno entra en el salón, saludando a diestro y
siniestro, y aunque parece que su propósito es enterarse de quién está
allí, en el _fuero interno_ bien sabe él que lo que busca es un rincón
de un diván o una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada
navegación por los mares del _gran mundo_. Pero poco a poco se
acostumbra al agua, es decir, al salón, y ya está allí muy tranquilo, y
baila y dice galanterías en unos párrafos tan largos y complicados, que
nadie se los agradece.
Ana al principio tenía sueño. Eran las doce. No pensaba más que en lo
que pasaba ante sus ojos. No quería reflexionar. Al entrar en el Casino
se había dicho: «¿Se acercará don Álvaro a saludarme?». Y había sentido
miedo y estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero
aquella idea pasó. Álvaro no acababa de parecer por allí. La Marquesa
hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De pronto
apareció Visitación la del Banco, que vestía un traje de organdí con
flores de trapo por arriba y por abajo. El escote era exagerado.
--Chica, vienes escandalosa--le dijo la Marquesa, mientras le mordía la
cara al besarla, para apagar así la risa.
Visita miró como pudo hacia donde había mirado doña Rufina, y contestó
sin turbarse:
--¡Bah, no me parece! Pero no sería extraño, porque ni tiempo he tenido
para mirarme al espejo.... ¡Aquellos demonios de hijos! ¡Su padre que no
tiene energía, que no sabe engañarlos!... no me los podía quitar de
encima.
¿Pero Ana, qué es esto? ¿tú aquí? pero feísima mía, ¿qué es esto? ¿qué
bula tenemos?...
Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a
la Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra.
La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atrás.
Media hora después, Visita, un poco escondida detrás del cortinaje de un
balcón, refería una historia a la Regenta, que la oía atenta, vuelta
hacia el rincón de su amiga.
El baile se animaba, la maledicencia y los recelos ridículos de la
etiqueta fría e irracional de nobles y plebeyos codeándose, dejaban el
puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no parecía a la de Páez un
_hombre tosco_, sino un hombre; las del barón se humanizaban, las niñas
de _la clase media_ olvidaban los huesos que enseñaba la nobleza, y
pensaban en la alegría ambiente, se entregaban al baile con furor
invencible, como ansiando beber en aquella atmósfera perfumada,
demasiado perfumada tal vez, el licor desconocido que pudiera saciar sus
vagos anhelos. Las cursis, si eran bonitas ya no parecían cursis; ya no
se pensaba en la _reina del baile_, en el _mejor traje_, en las joyas
más ricas; la juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por
allí; ya había miradas de fuego, sonrisas perezosas que presentían
imposibles, celos dramáticos que daban al conjunto un tono de grandeza.
Las niñas más recatadas, y hasta las más parecidas a muñecas de resorte,
hacían pensar en la mujer que traían debajo de aquellos vestidos
vulgares y de aquella educación falsa y desabrida.
Ana, a las dos de la mañana se levantó de su silla por vez primera y
consintió en dar una vuelta por el salón, en un intermedio del baile.
Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha de lo que acababa de
hacer. Había referido a la Regenta la historia de don Álvaro desde
principios del verano pasado hasta la fecha. La del Banco echaba fuego
por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su elocuencia. Ana
disimulaba mal la impresión viva y profunda que le causaron las palabras
de su amiga. «Don Álvaro había vencido la virtud de la _ministra_, había
sido su amante todo el verano en Palomares... y después se había burlado
de ella, no había querido seguirla a Madrid». Esta era en resumen la
historia. Y el final así, lo recordaba Ana palabra por palabra:
«Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque
ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté:
«Pero, chico, ¿cómo diablos dejaste a esa mujer siendo tan hermosa,
influyente... y tan lista como dices? ¿Por qué no seguirla a Madrid?
Y Álvaro me contestó muy triste, ya sabes qué cara pone cuando habla
así, me contestó:
«Pche... para amoríos basta el verano. El invierno es para el amor
verdadero. Además, la ministra, como tú la llamas, a pesar de todos sus
encantos no consiguió lo que yo quería... hacerme olvidar... lo que no
te importa. Y después de suspirar como tú sabes que él suspira, añadió
Álvaro: ¿Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor,
le dio un temblorcico así como un escalofrío.... Ya ves, dijo luego,
queriendo sonreír, me ofrecían un distrito, un distrito de cunero, _sine
cura_ admirable (sine cura, dijo)... apetitoso bocado... pero, ¡quiá!...
yo estoy atado a una cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apretó
la mano, chica, y se fue yo creo que para que no le viera llorar».
Esto era lo más sustancial de las confidencias de Visita. Ana saludaba a
diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba más que
en aquella confesión de don Álvaro. «De que era verosímil respondía el
efecto que su presencia, la de Ana, había producido aquella noche en el
Casino.... Ahora, ahora mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus oídos
el rumor dulce, más dulce que todos los rumores, de la alabanza
contenida, de la admiración estupefacta... de la galantería sincera y
discreta.... ¿Por qué don Álvaro no había de estar tan enamorado como la
historia de Visita daba a entender?».
--Oye, tú--dijo la del Banco, volviéndose de repente a la
Regenta--¿quién será esa cadena?
--¿Qué cadena?--preguntó con voz temblorosa Anita.
--Bah, la que sujeta a Mesía, la mujer que le tiene enamorado de veras.
¡Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero ¿quién será?
--Qué... sé yo...--¿Te atreverías tú a preguntárselo?
--Dios me libre.--Debe de ser casada...--¡Jesús!--Mira, esta noche le
voy a sentar junto a ti, a ver, si después de la cena se atreve a
decírtelo.... Pregúntaselo tú misma....
--¡Visitación! tú estás loca....
--Ja, ja, ja... ahí le tienes... ahí le tienes.... Ya me contarás....
La de Olías de Cuervo soltó el brazo de Ana y desapareció entre los
grupos que dificultaban el tránsito por el salón estrecho.
La Regenta vio enfrente de sí a don Álvaro, del brazo de Quintanar, su
inseparable amigo.
El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantalón, el clac de
Mesía, no se parecían a las prendas análogas de los demás. Ana vio esto
sin querer, sin pensar apenas en ello, pero fue lo primero que vio. Se
le figuraban ya todos los caballeros que andaban por allí, don Víctor
inclusive, criados vestidos de etiqueta; todos eran camareros, el único
señor Mesía. De todas maneras estaba bien don Álvaro; de frac era como
mejor estaba. En todas partes parecía hermoso, dominaba a todos con su
arrogante figura; allí, en el baile, debajo de aquella araña de cristal,
que casi tocaba con la cabeza, era más elegante, más bizarro, más airoso
que en cualquier otro sitio. El baile animado, ardiendo de voluptuosidad
fuerte y disimulada, era el cuadro propio para servir de fondo a la
figura que ella, la pobre Ana, había visto tantas veces en sueños.
Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, sin ocultar
la emoción que le ponía pálido, se inclinaba con gracia, y alargaba
tímidamente una mano.
Antes que ella quisiera, Ana sintió sus dedos entre los del enemigo
tentador... debajo de la piel fina del guante la sensación fue más
suave, más corrosiva. Ana la sintió llegar como una corriente fría y
vibrante a sus entrañas, más abajo del pecho. Le zumbaron los oídos, el
baile se transformó de repente para ella en una fiesta nueva,
desconocida, de irresistible belleza, de diabólica seducción. Temió
perder el sentido... y sin saber cómo, se vio colgada de un brazo de
Mesía.... Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra,
oyendo a lo lejos la madera constipada de los violines y los chirridos
del bronce, que a ella se le antojaba música voluptuosa, pudo comprender
que la arrastraban fuera del salón. Gritaba la Marquesa, reía a
carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barón... y
atrás quedaba el ruido del wals que comenzaba.
«¿A dónde la llevaban?». A cenar.
--A cenar, hija mía--le dijo al oído Quintanar--. ¡Y por Dios, Anita,
que no se te ocurra negarte... sería un desaire!...
La Marquesa de Vegallana y su tertulia, más la del barón de la Barcaza y
Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa de Trabuco.
Convídesele, había dicho Mesía y la vanidad satisfecha le inspirará
maravillas. En efecto Ronzal, abusando de su cargo en la Junta
directiva, acaparó lo mejor del restaurant, tomó por asalto el gabinete
de lectura, quitó periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave
la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba
cerca del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la
nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se
encargó desde el primer momento de premiar el celo y la actividad de
Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron por
su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa.
Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían. Obdulia le
sentó a su lado. ¡Feliz Ronzal aquella noche!
Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. Enfrente don
Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a Visitación y recitaba versos
de sus poetas adorados y repetía hasta parecer un martillo:
¿Qué delito cometí
para odiarme, ingrata fiera?
quiera Dios... pero no quiera
que te quiero más que a mí.
--Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar--decía la
Marquesa.
Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación:
En fin, señora, me veo
sin mí, sin Dios y sin vos,
sin vos porque no os poseo...
Y Visitación le tapaba la boca con las manos.
--¡Escandaloso, escandaloso! gritaba.
Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:--¡Buena
sociedad la de la Marquesa!
El Marqués le decía en tanto al barón:
--¡Como estamos en confianza!...
--¡Oh, perfectamente, perfectamente!
Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata que
estaba sola.
Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía el amor
por todo lo alto», aunque a su madre no le gustaba, porque era feo
engañar a una prima.
Joaquín Orgaz había prometido cantar _por lo flamenco_ a los postres.
La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena
champaña; en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después
fantasía y alcohol.
Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera
seguían bailando y tenían que contentarse con los helados que se
servían sobre las mesas de billar.
De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera.
--¿Quién está ahí?--gritaba Ronzal con su alabada energía.
--Mi abrigo... café con leche... tengo ahí dentro mi abrigo....
--Ja, ja, ja...--contestaban los de dentro.
--¡Está esto que arde!--le decía Joaquín Orgaz a una niña del barón, que
sonreía y miraba al techo.
«Sí ardía aquello, pero sin faltar a las reglas del buen tono
vetustense», decía el Marqués al Barón, que estaba ya como un tomate y
cada vez más cerca de la jamona.
La Marquesa tenía sueño, pero así y todo le gustaba la broma.
--Así debiera ser siempre--le decía a Saturnino que estaba decidido a
emborracharse para no desentonar.
--Este poblachón se va poniendo lo más soso. ¿Verdad, pollo?
--So... sí... si... mo...--Saturno bebió una copa de champaña acto
continuo. Lo de pollo le había halagado.
A la Marquesa se le ocurrió el disparate, tal vez sugerido por las
nieblas del sueño, de mirar muy fijamente a Bermúdez, y ponerle unos
ojos que ella sabía que _in illo tempore_ mareaban a cualquiera.
--¿Por qué no se casa usted?--preguntó doña Rufina seria y melancólica,
al parecer.
Bermúdez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvidó por un momento
los cincuenta años de la Marquesa. Suspiró... y en seguida se le subió
la champaña a las narices, tosió, se puso casi negro, medio asfixiado y
la Marquesa tuvo que darle palmadas en la espalda.
Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía los ojos cerrados y
sólo los abría de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesía.
¡El idilio senil con que soñó un instante Bermúdez se había deshecho...
y eso que él ya se había acordado de Ninon de Lenclós para justificar a
los ojos del mundo unas relaciones con doña Rufina!
En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que
ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy distinta.
No había podido la Regenta resistir a la tentación de preguntarle si se
había divertido mucho aquel verano....
Mesía vio el cielo abierto en aquella pregunta.
Supo _hacerse el interesante_, lo cual poco trabajo le costaba
tratándose de Ana, que cada día iba descubriendo en él, aun sin verle,
más encantos diabólicos.
El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el
café... el ambiente, todo contribuía a embotar la voluntad, a despertar
la pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se creía próxima a una
asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos
aquellos vulgares placeres, en aquella seducción de una cena en un
baile, que para los demás era ya goce gastado.... Sentía ella más que
todos juntos los efectos de aquella atmósfera envenenada de lascivia
romántica y señoril, y ella era la que tenía allí que luchar contra la
tentación. Había en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza
de la piel nueva para el tacto. Todo le llegaba a las entrañas, todo era
nuevo para ella. En el _bouquet_ del vino, en el sabor del queso Gruyer,
y en las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el
contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida y morena... en
todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un
valor íntimo, una expresión amorosa....
--¡Qué colorada está Anita!--le decía Paco a Visitación por lo bajo.
--Claro, de un lado la pone así la proximidad de Álvaro.
--¿Y del otro?--Del otro la ponen así... las majaderías de su esposo
que me está dando jaqueca.
En efecto, estaba inaguantable don Víctor con sus versos, por buenos que
fueran.
Álvaro, en cuanto vio a la Regenta en el salón, sintió lo que él llamaba
la corazonada. _Aquella cara_, aquella palidez repentina le dieron a
entender que la noche era suya, que había llegado el momento de
arriesgar algo.
Nunca había desistido de conquistar aquella plaza.
¡No faltaba más! Pero comprendiendo que mientras reinase en el corazón
de Ana lo que él llamaba el misticismo erótico (era tan grosero como
todo esto al pensar) no podría adelantar un paso, se había retirado,
había levantado el campo hasta mejor ocasión. Además, esperaba que la
ausencia, la indiferencia fingida y la historia de sus amores con la
_ministra_ le prepararían el terreno.
«Por supuesto, concluía, siempre y cuando que la fortaleza no se haya
rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aquí el amo...
entonces no tengo que esperar nada... y además, ya no vale tanto la
victoria».
«Sin buscar él la ocasión, se la ofrecía aquella noche: le habían puesto
a la Regenta a su lado... la corazonada le decía que adelante... pues
adelante. Lo primero que quería averiguar era lo del _otro_, si el
Magistral mandaba allí».
En su narración tuvo que alterar la verdad histórica, porque a la
Regenta no se le podía hablar francamente de amores con una mujer casada
(«tan atrasada estaba aquella señora»), pero vino a dar a entender, como
pudo, que él había despreciado la pasión de una mujer codiciada por
muchos... porque... porque... para el hijo de su madre los amoríos ya no
eran ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le había caído encima
del alma como un castigo.
El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el estilo,
todas de novela perfumada, le dejó ver al gallo vetustense que el
Magistral no era dueño del corazón de Anita. Pero como en la anatomía
humana nos encontramos con muchos más órganos que el corazón, Mesía no
se dio por satisfecho porque pensó: «Suponiendo que Ana esté enamorada
de mí, necesito todavía saber si la carne flaca no me ha buscado un
sucedáneo».
No, don Álvaro no se hacía ilusiones. A esta modestia material y grosera
le obligaba su filosofía, que cada vez le parecía más firme.
Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces lo
apretaba. No recordaba en qué momento había empezado aquel contacto; mas
cuando puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque
nervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan intenso,
que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el de
aquella noche en que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca,
junto a la verja del parque; pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto
y tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella ya
estaba juzgando crimen, caída, perdición.
Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona,
familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante.... Recordó mil
incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba también. Ella no
hablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo poético
sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la
sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto.
Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del
roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida:
se oía a lo lejos la música del salón.
--¡A bailar, a bailar!--gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal.
Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó clandestino, allí,
entre los mejores, lejos del vulgo de la clase media....
Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se separó la mesa
hacia un rincón, y apretándose unas a otras las parejas, sin poder
moverse del sitio que tomaban, se empezó aquel baile improvisado.
Don Víctor gritó:--Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted....
No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció el
brazo a la Regenta que buscó valor para negarse y no lo encontró.
Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en el aire, como
en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces,
temblaba en sus brazos.
Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir un placer que
parecía fuego; aquel gozo intenso, irresistible, la espantaba; se dejaba
llevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe; se le figuraba que
dentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza;
estaba perdida, pensaba vagamente....
El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro
de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.... «¡Es mía! ¡ese
Magistral debe de ser un cobarde! Es mía.... Este es el primer abrazo de
que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un abrazo disimulado,
hipócrita, diplomático, pero un abrazo para Anita!
--¡Qué sosos van Álvaro y Ana!--decía Obdulia a Ronzal, su pareja.
En aquel instante Mesía notó que la cabeza de Ana caía sobre la limpia y
tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, miró a la
Regenta inclinando el rostro y vio que estaba desmayada. Tenía dos
lágrimas en las mejillas pálidas, otras dos habían caído sobre la tela
almidonada de la pechera. Alarma general. Se suspende el baile
clandestino, don Víctor se aturde, ruega a su esposa que vuelva en sí...
se busca agua, esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un
coche. Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a su
casa, bien tapada, en la berlina de la Marquesa. Y así fue. En cuanto
Ana volvió en sí, pidiendo mil perdones por haber turbado la fiesta, don
Víctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó el cuerpo de pieles, la
embozó, se despidió de la amable compañía y con la del Banco se llevó a
la Regenta a la cama.
«¡El humo! ¡el calor, la falta de costumbre, la polka después de cenar,
las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no valía nada. Podía
continuar la fiesta». Y continuó. Los del salón se habían enterado: «A
la Regenta le había dado el ataque». «La habían hecho bailar a la
fuerza». Pero pronto se olvidó el incidente, para comentar la conducta
de aquellas señoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de
lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos....
A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un apretón
de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclamó:
--¡Bravo! ¡Al fin! ¿Eh?
Mesía tardó en contestar; se abrochó su gabán entallado de color de
ceniza, hasta el cuello; se apretó a la garganta un pañuelo de seda
blanco, y al cabo dijo:
--Ps.... Veremos. Llegó a su casa, la fonda; llamó al sereno que tardó en
venir; pero en vez de reñirle como solía, le dio dos palmadas en el
hombro y una propina en plata.
--¡Qué contento viene el señorito!... ¿Del baile, eh?
--Señor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una percha una
prenda de abrigo interior, de franela, murmuró a media voz don Álvaro,
como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba mano:
--¡Lástima que la campaña me coja un poco viejo!...
--XXV--
Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, refería
en la catedral todo lo que había sucedido en el baile. «La aristocracia
se había encerrado en un gabinete, en el gabinete de lectura, para cenar
y bailar, y doña Ana Ozores, la mismísima Regenta que viste y calza, se
había desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía».
El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticias
de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta; era
la primera vez que el puñal de Glocester, aquella lengua, le llegaba al
corazón. Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el
labio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una
expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano.
Aquella mirada quería decir «venciste, ahora sí, ahora me ha llegado a
las entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que los miserables, por
viles, débiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandeza
formidable. «¡Aquel sapo, aquel pedazo de sotana podrida, sabía dar
aquellas puñaladas!». Después don Fermín se acordó de su madre; su madre
no le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la misma carne;
Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que se le había
atravesado en el corazón....
Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más hondo,
el más frío y sin consuelo que recordaba en su vida, salió De Pas de la
sacristía, y anduvo por las naves de la catedral vacilante, sin saber
encontrar la puerta. Ignoraba a dónde quería ir, le faltaba en absoluto
la voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dejó caer
de rodillas delante del altar de una capilla. Allí estuvo meditando lo
que haría. ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano.
Pero su soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería un
refugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». Salió del
templo, corrió, entró en su casa. Doña Paula barría el comedor; un
pañuelo de percal negro le ceñía la cabeza sobre la plata del pelo
espeso y duro, como un turbante.
--¿Vienes del coro?--Sí, señora. Doña Paula siguió barriendo.
Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre.
«Allí estaba el consuelo único posible, allí el regazo en que llorar...
allí la única compasión verdadera, allí el único contagio posible de la
pena; aquel veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo de él
para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con
angustias de muerte.... Y no podía, no podía hablar.... Era una crueldad
de su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doña Paula le miraba
como los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sin
conocer que moría desesperado. ¡Y no podía él hablar!».
--¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? te estoy llenando de polvo la
ropa nueva....
Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. Teresina hacía la
cama del señorito. No le oyó entrar porque cantaba y la hoja del jergón
sacudida le llenaba de estrépito los oídos. El señorito como huyendo,
salió del despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña Petronila
Rianzares. «La señora estaba en misa». Esperó paseando por la sala, con
las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. El
gato pulcro y rollizo entró y saludó a su amigo con un conato de
quejido. Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo.
«Parecía que el gato sabía ya algo de aquella traición». El sofá donde
solía sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos. En un
extremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba arrugada;
allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca al lado de aquella
tela floja. Cerró los ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño o
sopor le embargó el ánimo. Quería detener el tiempo. Ya deseaba que
tardase en volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedo
de cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya estaba en el
alma. Los recuerdos lejanos bullían en el cerebro, como preparándose a
bailar la danza macabra del delirio de la agonía. Sintió el olor de una
rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de
su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de
la flor en mística composición.... «Ay, sí, amor, y buen amor era todo
aquello.... Era _un enamorado_; el amor no era todo lascivia, era también
aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor
dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave.
Deber... sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a
hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían
pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían
inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella
enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de justicia. Ella, ella
misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era...».
El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de
sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el
tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas....
«¡Infame, infame! y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la
capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... sí a
deshonrar... él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual...
don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor
propio, ni por el ajeno... ¡aquello era la mujer!».
Salió al pasillo y gritó:
--¿Vino doña Petronila?
--Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín le cortó
el saludo en la boca.
--Ahora mismo hay que llamarla--dijo.
--¿A quién... a Ana?--Sí, ahora mismo. Don Fermín volvió a sus paseos.
No quería conversación. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y
entró en el gabinete.
Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al gran
Constantino que abría.
--¿Qué pasa?--Don Fermín... ahí en la sala....
--¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña Petronila se fue hacia la
cocina, al otro extremo de la casa. «Si llaman, que no estoy», dijo a la
criada. Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba.
De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego
misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias
íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él
parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un
contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero,
infinito, de la pasión única.
--¿Qué es esto?--dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con
raíces, en medio de la sala.
--Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo estoy loca, esta
noche creí que me moría... ayer... hoy... no sé cuándo.... Estoy loca....
Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le pareció
vergonzosa.
--Ya lo sé todo; no necesito historias....
--¿Qué es todo?--Lo de ayer... lo de hoy.... El baile, la cena; ¿qué es
esto, Ana, qué es esto?...
--¡Qué baile! ¡qué cena! no es eso.... Me emborracharon... qué sé yo...
pero no es eso.... Es que tengo miedo... aquí, Fermín, aquí, en la
cabeza.... ¡Tener lástima de mí! ¡Que tenga alguno lástima de mí! Yo no
tengo madre.... Yo estoy sola...
«Era verdad, no tenía madre como él, estaba más sola que él». Entonces
el amor de don Fermín sintió la lástima inefable que sólo el amor puede
sentir; se acercó a la Regenta, le tomó las manos.
--A ver, a ver, ¿qué ha sido? a mí me han dicho... pero qué ha sido... a
ver...--decía la voz trémula y congojosa del Magistral.
Ana, entre sollozos, refirió lo que podía referir de sus angustias, de
sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. «Después que
se vio en su lecho, mil espantosas imágenes la asaltaron entre los
recuerdos confusos del baile.... Creyó que volvía a caer de repente en
aquellos pozos negros del delirio en que se sentía sumergida en las
noches lúgubres de su enfermedad.... Después la idea del mal que había
hecho la había horrorizado...». Y Ana se interrumpía al ver al Magistral
quedarse lívido, y como rectificando añadía, «el mal... es decir... el
no haber sido bastante buena...». La enfermedad había sido una lección,
una lección olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma
flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían pulverizarse
allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia
había visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergüenza, de
castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que
se lleva en el alma... y después... la locura, sin duda la locura... un
dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo
Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se
movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del
insecto que late en las paredes y se llama el _reloj de la muerte_.
--Oh sí, estuve loca--seguía Anita espantada todavía--estuve loca una
hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía más que salud, reposo... la
conciencia clara de mí misma.... Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido...
yo... todo, todos desaparecíamos. ¡Todo era polvo allá dentro!
Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una
imagen confusa del recuerdo formidable....
De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación fría del terror.
La locura pasó por su imaginación como un mareo.
«¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura inundó el rostro del
clérigo. Primero había visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de
gracia musical lo que él amaba debajo de aquella hermosura, el alma de
la Regenta, su pensamiento; después pensó en aquella hermosura exterior
incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo,
solo él con un cuerpo adorado....
--¡Salvarme, quiero salvarme!--gritó Ana de repente volviendo a la
realidad--... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce,
tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios,
del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, quiero que
mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no
se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, esto
es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí,
confesar....
--Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también padezco, yo
también creí morirme, aquí mismo... sentado ahí... donde otras veces
hablábamos del cielo... y de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso
también; yo también necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora....
Sí, creí que moría....
--¿Por mí, por culpa mía, verdad? ¿Morir por ser yo traidora, si mentía,
si me manchaba?...
--Sí, sí... hay que decirlo todo... pronto....
--No, no.--Sí... sí...--No... si no digo eso... si lo diré todo...
pero ¿qué es todo? Nada.... Si... yo no fuí... si me llevaron a la
fuerza... no, eso no. No sé cómo; no sé por qué cedí. Y allí... hay una
mujer muy mala....
--No, no acusemos a los demás.... Los hechos, quiero los hechos. Yo los
diré; los sé yo.
--¿Pero qué?--Ese hombre, Mesía; Ana... ¿qué pasó con ese hombre?...
Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le preguntaban,
con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose por su interés que
era ocultar lo más hondo de su pensamiento. «Al fin aquello no era el
confesonario; además, era caridad mentir, callar a lo menos lo peor».
--Yo no le amo--fue lo primero que pudo decir después que consiguió
dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en defender su secreto.
--Pero anoche... hoy... no sé a qué hora... ¿qué hubo?
--Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó Quintanar....
--¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar.
Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este
sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un
_deber superior_ la mandaba mentir. «¿Decirle al Magistral que ella
estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su marido!».
--Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sentí
mal... estaba mareada... me desmayé... y me llevaron a casa.
--¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre?
--¡En brazos!... ¡Fermín!
--Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo todos! Quiere decirse...
bailando con él....
--Yo no recuerdo... tal vez...--¡Infame!...--¡Fermín... por Dios,
Fermín!
Ana dio un paso atrás.--Silencio... no hay que gritar... no hay que
hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué ese miedo?... ¿Doy yo
espanto, verdad?... ¿Por qué? yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo...
¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no creía en
Dios....
--¡En mi Dios! Fermín, caridad....
--Sí, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... no soy
nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se acabó...
Estoy en ridículo, Vetusta entera se ríe de mí a carcajadas.... Mesía me
desprecia, me escupirá en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un
pobre diablo. ¡Oh, pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque
estoy preso!...
El Magistral se sacudió dentro de la sotana, como entre cadenas, y
descargó un puñetazo de Hércules sobre el testero del sofá.
Después procuró recobrar la razón, se pasó las manos por la frente;
requirió el manteo; buscó el sombrero de teja, se obstinó en callar,
buscó a tientas la puerta y salió sin volver la cabeza.
Creyó que Ana le seguiría, le llamaría, lloraría.... Pero pronto se
sintió abandonado. Llegó al portal. Se detuvo, escuchó... Nada, no le
llamaban. Desde la calle miró a los balcones. Ninguno se abría. «No le
seguían ni con los ojos. Aquella mujer se quedaba allí. Todo era
verdad.
Le engañaba; era una mujer. ¡Pero cuál! ¡la suya! ¡la de su alma! ¡Sí,
sí, de su alma! Para eso la había querido. Pero las mujeres no entendían
esto.... La más pura quería otra cosa». Y pasaban por su memoria mil
horrores. La carnaza amontonada de muchos años de confesonario. La
conciencia le recordó a Teresina. A Teresina pálida y sonriente que
decía, dentro del cerebro: «¿Y tú...?». «Él era hombre»; se contestaba.
Y apretaba el paso. «Yo la quería para mi alma...». «Y su cuerpo también
querías, decía la Teresina del cerebro, el cuerpo también... acuérdate».
«Sí, sí... pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que
perderla. Porque la quería entera.... Es mi mujer... la mujer de mis
entrañas.... ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para siempre!...».
Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para detenerle,
sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había sonado
dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor canónigo estaba
enamorado de ella!». «Sí, enamorado como un hombre, no con el amor
místico, ideal, seráfico que ella se había figurado. Tenía celos, moría
de celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre
que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... ¡La
amaba un canónigo!». Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo
viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con
amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas.--Su padre, don
Carlos el libre pensador, se le apareció de repente, en mangas de
camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y
varios amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de
oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: «el clero corrompía
las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato
eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído sin entenderlo
volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas
lecciones de la experiencia.... ¡Querían corromperla! Aquella casa...
aquel silencio... aquella doña Petronila.... Ana sintió asco, vergüenza y
corrió a buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don
Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente modelo que
pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no forraba el
martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el
estrépito era horrísono.--«Allí era él el amo, prueba de ello que su
mujer había ido al baile: se había acabado el Paraguay, no más
misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y
sobra. Por lo demás, actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha
caza, y mucho martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!». Así
pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te
clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta
al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de
los abalorios y cinta dorada de las babuchas semi-turcas. El carpintero
silbaba, el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba
de habitación en habitación, silbaba también colgada de un alambre su
jaula. Ana contempló en silencio a su marido.--«¡Era su padre! ¡Le
quería como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos. Aquel sol
de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a
la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos,
aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que servía
de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba». «¡Aquella era
su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!». Al dejar el
martillo para coger la sierra don Víctor vio a su mujer.
Se sonrieron en silencio. «El sol rejuvenecía a Quintanar. Además era un
gran carpintero. Sus inventos podían ser más o menos fantásticos, su
mecánica idealista, pero hacía de una tabla lo que quería. ¡Y qué
limpieza!».
Ana alabó el arte de su marido.
Él se animó: se puso colorado de satisfacción y le prometió un costurero
para la semana siguiente. «Todo, todo, obra de mis manos».
La Regenta olvidó un momento el desencanto de aquella mañana. Cuando
volvió a su memoria se encontró con que no era don Fermín un malvado,
sino un desgraciado, pero de todas suertes le parecía absurdo enamorarse
siendo canónigo. En todas las combinaciones del amor romántico había
dado la imaginación de Ana muchas veces, menos en aquélla. «Se concebía
el amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de un prebendado
con alzacuello morado!». Además la honradez protestaba también con su
repugnancia instintiva. «Pero De Pas era digno de compasión. Doña
Petronila era la que no tenía perdón. Oh, si alguna vez volvía ella a
hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar
explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja. ¿Qué se
había propuesto aquella señora? ¿Qué estaría pensando de ella, de Ana?».
Cuando volvió de la calle don Víctor muy contento, cantando trozos de
zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la súplica de la
Marquesa que los había convidado a tomar café, después de almorzar, para
ir juntos a paseo... a ver las máscaras.
--¡Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... No
quiero más fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo daño el baile... no
quiero más... no quiero más.... ¿No te obedecí ayer...? Basta por Dios,
basta.
--Bueno, hija, bueno... no insisto. Y calló don Víctor, perdiendo parte
de su alegría. No se atrevió a hacer uso de aquella energía que Dios le
había dado. «No había para qué estirar demasiado la cuerda».
Pero él, por supuesto, fue a tomar café y a paseo.