Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volvía a borbotones. Tenía

sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como decía

Ripamilán, pero dulces, suaves. Sentía, medio dormida, a la hora de

amanecer sobre todo, palpitaciones de las entrañas que eran agradable

cosquilleo; otras veces, como si por sus venas corriese arroyo de leche

y miel, se le figuraba que el sentido del gusto, de un gusto exquisito,

intenso, se le había trasladado al pecho, más abajo, mejor, no sabía

dónde, no era en el estómago, era claro pero tampoco en el corazón, era

en el medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin

falta, era para el Señor. Oía los gritos de los pájaros en la huerta,

encontraba en ellos sentido místico, y la piedad matutina de Ana era

optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra. Cada día

encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas

finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su realidad: volvían

los seres materiales a tener para ella la poesía inefable del dibujo;

la plasticidad de los cuerpos era una especie de bienestar de la

materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se sentía bien en

medio de la vida. Pensaba en las armonías del mundo y veía que todo era

bueno, según su género. La idea de Dios, la emoción profunda, intensa

que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucían,

no se borraban; pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad

sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la

creación infinita. Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa

Teresa. Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones

de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas

propias; «al fin no en balde habían pasado tres siglos». Empezó Ana a

comprender mejor lo que el Magistral le quería decir al hablarle de

actividad piadosa.

«Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo de recrearme en

Dios; necesito, sí, trabajar más y más en la oración mental y en la

contemplación, para ver más y más cada día en esa región de luz en que

el alma penetra, pero... ¿y mis hermanos? La caridad exige que se piense

en los demás. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el

prójimo; ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido».

El Magistral, mientras duraba la debilidad, le había prohibido

incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la mañana. Pero

ella en cuanto sintió aquella bienhechora fortaleza de los músculos, que

es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros que

volvían a cubrirse de rosas pálidas, otra vez repletos de vida

circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sábanas tibias,

levemente mecida por los muelles del colchón al incorporarse, rezaba,

toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de raso en la blandura

apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su fervor religioso

acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, y besaba las

llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lágrimas

dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por los

ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, aún más fuerte, huyó la

pereza del colchón y saltó al suelo y rezó sobre la piel de tigre. Aún

quería más dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el

pavimento hincaba las rodillas. Pensó en el cilicio, lo deseó con fuego

en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el Magistral

había prohibido tales tormentos sabrosos.

El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la

conversión de su marido. Santa Teresa había trabajado por la piedad de

su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale ella querido

más piadoso todavía. Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios

el alma de su don Víctor, «que venía también a ser su padre».

La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios,

lícitos todos, que empleó con arte de maestro. Quintanar tardó en

conocer que su Anita, su querida Anita quería convertirle a la piedad

verdadera. Al principio sólo notó que su mujer se hacía más

comunicativa, cariñosa a todas horas, como antes lo era después de los

ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. «¿Quería discutir por

pasar el rato? Enhorabuena; él amaba la discusión». Y sostenía la tesis

contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta había

ido haciendo la cuestión personal; ya no se trataba de si Cristo había

redimido a todas las _Humanidades_ repartidas por los planetas, de una

sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en todas muerte de

cruz; ahora se trataba ya de si don Víctor confesaba muy de tarde en

tarde, si perdía o no muchas misas, (y sí que las perdía). «Además, los

libros en que apacentaba el espíritu eran vanos; comedias, mentiras

fútiles y peligrosas».

--¿Tú nunca has leído vida de santos, verdad?

--Sí, hija, sí, y autos sacramentales....

--No es eso.... Quintanar; hablo de _La Leyenda de Oro_ y del _Año

Cristiano_ de Croiset, por ejemplo.

--¿Sabes, hija mía?... Yo prefiero los libros de meditación....

--Pues toma el _Kempis_, la _Imitación de Cristo_... lee y medita.

Y se lo hizo leer. Y entre _Kempis_ y la Regenta, y el calor que

empezaba a molestarle, y la prohibición de los baños le quitaron el

humor al digno magistrado. Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a

Job y al dichoso Kempis. «¡Vaya unas cosas que decía aquel demonche de

fraile o lo que fuese! No, y lo que es razón tenía, es claro; el mundo,

bien mirado, era un montón de escorias. Él no podía quejarse, en su vida

no había habido desengaños terribles, grandes contrariedades, aparte de

la muy considerable de no haber sido cómico; pero en tesis general, el

mundo estaba perdido. Y además, esto de hacerse viejo, que le tocaba a

él como a cada cual, era un gravísimo inconveniente. En la muerte no

quería pensar, porque eso le ponía malo, y Dios no manda que enfermemos.

La muerte... la muerte... él tenía así... una vaga y disparatada

esperanza de no morirse.... ¡La medicina progresa tanto! Y además, se

podía morir sin grandes dolores, por más que Frígilis lo negaba». En

fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue

tiznándole el alma de negro y don Víctor llegó a despreciar las cosas

por efímeras. Una tarde, en su _Parque_, contemplaba a Frígilis que

estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su

operación.

«¡Valiente filósofo era Frígilis!». Don Víctor le miraba desde la altura

de su pesimismo prestado, y le despreciaba y compadecía. «¡Plantar

cebolletas! ¿No prohibía San Alfonso Ligorio plantar árboles en general

y edificar casas, que al cabo de los años mil se caen? Pues entonces,

¿para qué plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...».

«Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. ¿Qué

iba él a hacer mano sobre mano un verano entero sin baños, ni bromas en

las aguas de Termasaltas?».

«Y quedaba el rabo por desollar. La cuestión de salvarse o no salvarse.

Aquello era serio. A él le daba el corazón que se salvaría; pero los

santos escritores presentaban como tan difícil la cosa, que ya le

inquietaban ciertas dudas.... ¿Si no habría sido él toda su vida

bastante bueno? Había que pensar en esto; pero ¡Dios mío! ¡él no quería

quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una

enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus

papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal...

con que la salvación del alma, la jubilación eterna como quien decía

¡apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y también recomendaciones!

Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo

negocio».

La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba. Aunque ella

hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor

de atrición que claramente manifestaba su marido. Y no tuvo escrúpulo en

asustarle un poco más de lo que estaba, recordándole las penas del

Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella.

Quintanar mostraba gran empeño en sostener que el fuego de que se

trataba no era material, era simbólico.

--No es de fe--repetía--en mi opinión, creer que ese fuego es físico,

material; es un símbolo, el símbolo del remordimiento.

Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el caso

desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente.

El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto

llevar a su don Víctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el

Magistral.

A don Víctor al comulgar le atormentaba la idea de que no había

confesado un pecadillo considerable: tenía sus dudas respecto de la

infalibilidad pontificia.

El canónigo Döllinger, de quien no sabía más sino que existía y que se

había separado de la Iglesia, le seducía por su tenacidad, que le

recordaba la de su tierra, Aragón, el reino más noble y testarudo del

Universo.

Los días para la Regenta se deslizaban suavemente.

El Magistral, su maestro, y don Víctor, su discípulo, eran los

compañeros de su vida al parecer sosa, monótona, pero _por dentro_ llena

de emociones. Seguía encontrando en la oración mental delicias

inefables. Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como

Director de la gran «fábrica de la inmensa arquitectura», que en la pura

contemplación de su Idea. Además, pensaba Anita, fuera orgullo aspirar

ahora a la visión de la Divinidad directamente; me faltan muchos pasos,

muchas _moradas_. Ya llegaré si el Señor lo tiene así dispuesto. Ahora

debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi

cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que él llama

higiene del espíritu. La ociosidad me volvería al pecado, como volvía a

la misma Santa Teresa. Si para ella tenía tan grave peligro ¡qué será

para mí!».

Anita recibía las pocas visitas que don Álvaro se atrevía a hacerle, sin

alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila después que se

marchaba. Procuraba apartar de él su pensamiento, con la conciencia de

que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola dolería.

Tuvo valor para mostrarse fría con él, para cortar el paso a la

confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle

despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, «ciego de amor y

pena», creía ella, una lástima infinita le inundó el alma, y tembló de

miedo; su seno se hinchó con un suspiro... y la carne flaca tropezó con

el Cristo amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su

amiga para que lo llevase sobre el pecho.

Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo.

--Jesús, Jesús, tú no puedes tener un rival. Sería infame, sería

asqueroso....

Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa que le olvidaba.

--Sería engañar a Dios, engañar al Magistral pensar en ese hombre ni un

solo instante, ni siquiera para compadecerle.... ¡Oh! ¡qué hipócrita,

qué gazmoña miserable sería yo si tal hiciera! ¡Qué romanticismo del

género más ridículo y repugnante sería el mío, si después de tanta

piedad que yo creí profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera

una pasión prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde

sea!... ¡No, no! ¡Ridículo, villano, infame, vergonzoso, además de

criminal! ¡Mil veces no! Quiero morir, morir, Señor, antes que caer otra

vez en aquellos pensamientos que manchan el alma y le clavan las alas al

suelo, entre lodo....

Pero al día siguiente de la despedida de don Álvaro, Ana despertó

pensando en él. «Ya no estaba en Vetusta. Mejor. La terrible tentación

le volvía la espalda, huía derrotada.... Mejor... era un favor especial

de Dios».

Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se había

despedido el día anterior.

«Veinticuatro horas hacía ya». Otras veces había estado días y días sin

verle, y le parecía muy tolerable la ausencia y corta. Pero estas

veinticuatro horas eran de otra manera, se contaban por minutos... que

es como se cuentan las horas. «Y bien, lo normal, lo constante, lo que

debía ser ya siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y

después otras tantas... y así... toda la vida».

Hacía mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaños de Indias,

ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, podía Ana respirar

una ráfaga de aire fresco. Su pensamiento quería elevarse, volar al

cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta es mucho, le

derretía las alas al pensamiento y caía en la tierra, que ardía, en

concepto de Ana.

Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en

el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano _sentaba_ bien,

y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos. Venía alegre,

vaporosa, y con las apariencias de un torbellino; daba gana de cerrar

los ojos al verla acercarse. En la calle la había querido abrazar un

mozo de cordel. La aventura, ridícula y todo, la había rejuvenecido,

había encendido chispas en sus ojuelos, y «¡ea! venía con afán de

abrazar ella también». Abrazó a la Regenta, se la comió a besos... y

después de contarla el _paso de comedia_ del mozo de cordel, gritó de

repente:

--A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de Álvaro?

Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola el

pulso a su modo.

Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió:

--¿No sabes lo de Álvaro?

El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. «A mí con

santidades, pensó; _pulvisés_, como dijo el otro».

--¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya lo sé.

--No, no es eso.--¿Qué? ¿No se ha marchado?

Nueva alteración del pulso, según Visita.

--Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. Ya sabes que tenía

relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en

fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares.

--Sí, sí, bien...--Pues bueno; esta mañana, lo ha visto medio Vetusta,

al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ¿estás?

se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del

andén. ¡Figúrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha

comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, cátate que

nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma

el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el

equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón

con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, dos criados

y los _bebés_ como dice Obdulia. ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en

la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho

Álvaro. ¿Pero ella? ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo

escandalosas que son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama

de virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora ministra de

Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo demonches se llama ese tipo de

ministro!...

Ana recordaba perfectamente cómo se llamaba aquel «tipo de ministro»,

pero no quiso decirlo; sintió que palidecía, por un frío de muerte que

le subió al rostro; dio media vuelta, y disimulando cuanto pudo, se

recostó en un árbol. Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco,

y mudando de conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía

enfermo.

Pero Visita era tambor de marina, como decían ella y la Marquesa; de

otro modo, que nadie se la pegaba; conoció la turbación de Ana, y con

gran júbilo, confirmó para sus adentros la teoría del _pulvisés_ o sea

de la ceniza universal.

«Ana tenía celos; luego, tenía amor; no hay humo sin fuego».

Se despidió al poco rato; ya había dado su noticia, ya sabía lo que

quería; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en otra parte

otra buena obra por el estilo. Se marchó, como la marejada que se

retira. Dejó los senderos blancos como si los hubiesen peinado. La

escoba almidonada de enaguas y percal engomado dejó su rastro de rayas

sinuosas y paralelas grabado en la arena.

Ana tuvo miedo. La tentación, la vieja tentación de don Álvaro, le había

sabido a cosa nueva; se le figuró un momento que aquel dolor que

sintiera al saber lo de la ministra, era más de las entrañas que sus

demás penas; era un dolor que la aturdía, que pedía remedio a gritos

desde dentro.... Por la primera vez, después de su enfermedad, sintió la

rebelión en el alma.

«Oh, no; no quería volver a empezar. Ella era de Jesús, lo había jurado.

Pero el enemigo era fuerte, mucho más de lo que ella había creído. Otras

veces había desafiado el peligro; ahora temblaba delante de él. Antes la

tentación era bella por el contraste, por la hermosura dramática de la

lucha, por el placer de la victoria; ahora no era más que formidable;

detrás de la tentación no estaba ya sólo el placer prohibido,

desconocido, seductor a su modo para la imaginación; estaban además el

castigo, la cólera de Dios, el infierno. Todo había cambiado; su

vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la obligaban de otro modo

más fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido

por la conciencia, sin pensar en sanción divina. Antes no quería pecar

por dignidad, por gratitud, porque... no. Ahora el pecado era algo más

que el adulterio repugnante, era la burla, la blasfemia, el escarnio de

Jesús... y era el infierno. Si caía en los lazos de la tentación, ¿quién

la consolaría cuando viniese el remordimiento tardío? ¿cómo llamar a

Jesús otra vez? ¿cómo pensar en Teresa, que jamás había caído? No, no la

llamaría, preferiría morir desesperada y sola. ¿Pero después? El

infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin término».

--«Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás--exclamó en voz alta, hablando con

las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en

calma».

Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de lo más profundo de

sus entrañas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida

en el lecho, los brazos tendidos más allá de la cabeza, las manos en

cruz.

Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, que Ana

volvía su piedad del lado por donde él quería llevarla. «Menos

contemplación y más devociones, obras piadosas y culto externo, que

entretiene la imaginación».

Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades,

Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la

enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y

bizantina, que era la que predominaba en Vetusta. Aquellas

exageraciones, que tal le habían parecido en otro tiempo, ahora las

encontraba justificables, como los amantes se explican las mil tonterías

ridículas que se dicen a solas.

«¿No había en los amores humanos un vocabulario infantil, ridículo, sin

sentido para los profanos? Sí, lo había, ella no podía asegurarlo por

experiencia, pero lo había leído y el corazón se lo confirmaba. Pues

bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus

nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes». Hasta llegó a

comprender los superlativos de letanía de doña Petronila o sea el gran

Constantino.

Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto mimo, con

una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un

estilo que podría llamarse humorismo piadoso. Y además se permitía Ana

interesarse por los bienes puramente temporales de su confesor. No le

dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. «¡Buena la haríamos

si usted se me muriese! todo esto, señor mío, es egoísmo, ni Dios ni

usted han de agradecerlo».

Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral

tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable. «Sí, inefable. Él no

se explicaba qué era aquello. No sospechaba que en el mundo, en el

pícaro mundo se podía gozar así. A los treinta y seis años, cuando él

creía que ya nadie podía enseñarle nada, una señora inocente, joven, sin

mundo, venía a mostrarle un universo nuevo, donde sin más que una

sonrisita, una palabra que era como la letra de una música que había en

el modo de decirla, se veía uno de repente entre los ángeles, gozando

como en el Paraíso, sin querer nada más, sin pensar en nada más.

¡Gozando, gozando y gozando!».

Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situación. ¿Era

aquello pecado? ¿Era aquello amor del que está prohibido a un sacerdote?

Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín de tales preguntas. Peor

para ellas si se hubiera acordado.

--¡Usted nunca me habla de sí mismo!--le decía Ana con tono de

reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de

Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban

solos. Tácitamente habían convenido en que aquellas expansiones de la

amistad eran inocentes. Ellos eran dos ángeles puros que no tenían

cuerpo. Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella

amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero

cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varón y

hembra.

El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón más

fresco todavía, contestó:

--¿Hablarle de mí mismo? ¡Para qué! Yo tengo, por razón de mi oficio en

la Iglesia militante, la mitad de mi vida entregada a la calumnia, al

odio, a la envidia, que la devoran y hacen de ella lo que quieren: se me

persigue, se me preparan asechanzas, hasta hay sociedades secretas que

tienen por objeto derribarme, como ellos dicen, de lo que llaman el

poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo desprecio. Puedo asegurar a

usted que yo no pienso más que en la otra mitad de mí mismo, que es la

que traigo aquí, la que vive en la paz dulce de la fe, acompañada de

almas nobles, santas, como la de una señora... que usted conoce... y a

quien no aprecia en todo lo que vale....

Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con delicia el

perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia había dejado en

manos del clérigo.

Ella se puso seria, quiso explicaciones. «Se le perseguía, se le

calumniaba... tenía enemigos... y él sin decir nada a su amiga. ¡Estaba

bueno!». Algo había oído ella mucho tiempo hacía, pero vagamente. Se

acusaba al Magistral, a lo que podía entender, de vicios tan torpes, de

tan miserables delitos, que lo grosero de la calumnia la hacía de puro

inverosímil inofensiva casi.

La Regenta había despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que

llegaban de tarde en tarde a sus oídos. Pero ya que el Magistral mismo

se quejaba, daba a entender que aquella persecución le dolía, era

necesario saber más, procurar el consuelo de aquel corazón atribulado,

buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, calumniado, que

además del justo era el padre espiritual, el hermano mayor del alma, el

faro de luz mística, el guía en el camino del cielo.

Aquella mañana de Agosto el Provisor la señaló como una de las más

felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a contárselo todo. Él,

elocuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra

una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo

ocupaciones más serias. Se sentaron en el cenador. Don Fermín dijo,

primero, sonriendo, que él también quería confesarse con ella. «¿Creía

Ana que era perfecto? ¿Que no había pasiones debajo de la sotana? ¡Ay

sí! Demasiado cierto era por desgracia». La confesión del Magistral se

pareció a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados

aprovechan la ocasión de pintarse a sí mismos como héroes, echando al

mundo la culpa de sus males, y quedándose con faltas leves, por confesar

algo.

De aquella confidencia, Ana sacó en limpio que el Magistral, como ella

creía, era un alma grande, que no había tenido más delito que cierta

vaga melancolía en la juventud y una ambición noble, _elevada_, en la

edad viril. Pero aquella ambición había desaparecido ante otra más

grande, más pura, la de salvar las almas buenas, la de ella por ejemplo.

Ana, al oír aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se

juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a

quien tanto debía, que tan grande se le mostraba, que prefería vivir

cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo,

cardenal, pontífice. «¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y había

habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, por que ella, Anita,

seguía entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de

confesión de don Fermín! ¡Oh, ya verían, ya verían en adelante!».

«¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, aquel afán por una buena

obra, aquella abnegación, a que se proponía entregarse, para combatir la

tentación cada vez más temible del recuerdo de Mesía, que estaba en

Palomares enamorado de la ministra?».

De Pas ya no sabía dónde iba a parar aquello.

Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal

suerte, que el peligro cada día era mayor. «Aunque la pasión que él

sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello)

ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a

dar no se sabía dónde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor

descuido de la carne, intrusa, temible, la Regenta saltaría hacia atrás,

se indignaría y él perdería el prestigio casi sobrenatural de que estaba

rodeado. Además, suponiendo que aquello parase en un amor sacrílego y

adúltero, miserablemente sacrílego, por haber tenido tales comienzos,

¡adiós encanto! Ya sabía él lo que era esto. Una locura grosera de

algunos meses. Después un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí

mismo; verse despreciable, bajo, insufrible; y después ira y orgullo, y

ambición vulgar y huracanes en la Curia eclesiástica.--No, no. La

Regenta debía de ser otra cosa. Había que hacer a toda costa que aquello

no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre todo, lo

de antes, que la Regenta se llamaría a engaño; era seguro».

Y después de una pausa, pensaba el Magistral:

«Y en último caso, ello dirá».

Don Víctor estaba cada día más triste. Por una parte aquel dolor de

atrición, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser tan bueno, de no

haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel sudor continuo,

aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la yerba agostada

del Paseo grande, la falta de espectáculos.... «Y además que nadie le

comprendía. Frígilis era un estuco: en tratándose de cosas espirituales

ya se sabía que no había que contar con él. Ni el verano le sofocaba, ni

el invierno le encogía: era un marmolillo. ¡Y a su mujer y al Magistral

el estío de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos no les

disgustaba!». Iba don Víctor al Casino: ni un alma. Algún magistrado sin

vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa. En el gabinete

de lectura, Trifón Cármenes repasando _Ilustraciones_ antiguas; en el

tresillo ni un socio; no le quedaba más que el dominó, que le era

antipático por el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin

parar. Su contendiente de ajedrez estaba en unos baños. «¡Claro! _todo

el mundo_ se estaba bañando». Aunque don Víctor otros veranos, si bien

pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más que dos o tres veces, ahora

echaba de menos todos los días la frescura de las olas. En el Casino

leía los periódicos de _La Costa_: conciertos nocturnos al aire libre,

giras campestres, regatas, de todo esto hablaban; ¡cuánta gente! ¡cuánta

música! ¡teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar...

el mar inmenso.... ¡Aquello era divertirse! Don Víctor suspiraba y se

volvía a casa.

--«No estaba la señora».

Pero estaba Kempis. Allí, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin poder

resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, después de quitarse el

_chaquet_ de alpaca y quedarse en mangas de camisa: tomaba el libro y

leía.... «¡Vuelta al miedo! a la tristeza, a la languidez espiritual.

Era en efecto el mundo una lacería, como decía el texto, y sobre todo en

el verano. Vetusta era un pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los

árboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero

causaba ahora hastío: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor

dibujo». Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Víctor a fuerza

de triste y aburrido.

Y Ana volvía contenta de la calle. «Mejor, más valía que alguno lo

pasara bien: él no era egoísta».

«¿Pero qué gracia le encontraría su mujer a la soledad de Vetusta?

Además, ¿no estaba allí el Kempis sangrando, probando, como tres y dos

son cinco, que en el mundo nunca hay motivo para estar alegre? Verdad

era que su Anita era feliz por razones más altas. Él no podía llegar a

tal grado de piedad. Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro!

¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez

reconocido este Infinito Poder, él, Víctor Quintanar, seguía

aburriéndose en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin

mar, sin regatas, sin nada de este mundo. ¡Oh, si no fuera por sus

pájaros!».

En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo

conseguía, lo que llamaba la tentación, que cada vez era más formidable;

y cuanto más temida más fuerte. Pero huía de ella, acogíase a la piedad,

y visitaba con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables

de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la

religión para el espíritu y la limosna para el cuerpo; solían

acompañarla doña Petronila Rianzares o alguna otra dama de su cónclave;

pero también iba sola. De cuantas ocupaciones le imponía la vida devota,

esta era la que más le agradaba.

El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejércitos

piadosos del Corazón de Jesús, la Corte de María, el Catecismo, las

Paulinas y demás instituciones análogas; muchas señoras iban a baños o a

la aldea. Pero el núcleo quedaba: era el grupo numeroso y considerable

de beatas ilustres que rodeaban al Gran Constantino, a doña Petronila.

Durante los meses del calor disminuían bastante las limosnas, pero se

hablaba mucho en las cofradías, preparando las fiestas de Otoño y de

Invierno; y además, se murmuraba un poco de las ausentes. La Regenta,

sin entrar jamás en estos conciliábulos, los perdonaba como falta leve,

«que ella, cargada de otras más graves, no tenía derecho a censurar».

Don Fermín y Ana se veían todos los días; en el caserón de los Ozores,

unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San Vicente de

Paúl, y más a menudo en casa de doña Petronila. El obispo madre siempre

estaba ocupada; los dejaba solos en el salón obscuro, y ella, con

permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese.

Vetusta era de ellos: la soledad del verano parecía darles posesión del

pueblo; hablaban en el pórtico de la catedral mucho tiempo para

despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la

iglesia se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de

Vetusta más tolerable que en invierno. En este particular no se

entendían ella y su marido.

Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que los ausentes

se quedaran por allá. Su madre había ido a Matalerejo a cobrar rentas y

preparar la recolección; a recoger intereses de mucho dinero esparcido

por aquellas montañas. Teresina era el ama de casa. Alegre todo el día,

activa, solícita, llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos

a los que daba, sin saber cómo, sentido profano, aire de la calle. Aquel

tono alegre era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa

de la joven. Teresina había tomado un poco de color, y los ojos,

rodeados de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que nunca

en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y criada

estaban contentos. La libertad les sabía a gloria. Cada cual hacía lo

que quería. No estaba doña Paula, no había que dar cuentas a nadie. Y no

faltaba nada. El señorito lo tenía todo a su tiempo y en su sitio como

siempre. Ya podía vivir sin la señora.

El Magistral salía y entraba sin temor de interrogatorios insidiosos; si

volvía tarde, no importaba. Todo, todo le sonreía. ¡Ojalá fuera eterno

el verano! Hasta sus enemigos habían cedido en la calumnia; ya no se

murmuraba tanto; muchos de los calumniadores veraneaban; a los que

quedaban les faltaba auditorio. Don Santos Barinaga no salía de casa,

estaba enfermo. Sólo Foja, que no veraneaba, por economía, procuraba

mantener el fuego sagrado de la murmuración en el Casino, entre cuatro o

cinco socios aburridos, que iban allí media hora a tomar café. En fin,

parecía aquello una suspensión de hostilidades. «Bien venido fuera; don

Fermín aceptaba la lucha, si se ofrecía, pero prefería la paz. Sobre

todo ahora, que tenía más que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y

perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lástima».

Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados,

aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más

voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre,

la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus

ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi

mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez,

que el tiempo no pasara. Aquel agosto, tan triste para don Víctor, era

para el Magistral el tiempo más dichoso de su vida.

Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el «Santo Dios, Santo

Fuerte», que cantaba como si fueran malagueñas, Teresina, que hacía la

limpieza allá fuera, tentaciones sentía de cantar él también. No

cantaba, pero se levantaba, salía al pasillo.

--Teresina, el chocolate--gritaba alegre, frotándose las manos.

Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en

reluciente jícara de china con ramitos de oro. Cerraba tras sí la

puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extendía

la servilleta delante del señorito... y esperaba inmóvil a su lado.

Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el

rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la boca de labios

finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua,

húmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermín, con

dientes de perlas lo partía la criada, y el _señorito_ se comía la otra

mitad.

Y así todas las mañanas.

--XXII--

Alegre, rozagante, como nuevo volvió de los baños de Termasaltas el

señor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a emprender otra

campaña, que esperaba fuese la última y decisiva, «contra el despotismo

del simoníaco y lascivo y sórdido enemigo de la Iglesia que, apoderado

del ánimo del señor Obispo, tenía sojuzgada a la diócesis». Con esta

perífrasis aludía al señor Provisor el diplomático Glocester.

El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que

le dieron en el coro, por la mañana.

«Ha llegado Glocester». «No le temía, ni a él ni a nadie... ¡pero estaba

tan cansado de luchar y aborrecer!».

Mourelo se encontró con otros muchos murmuradores de refresco y con los

_de depósito_ que no estaban menos ganosos de romper el fuego contra el

común enemigo. Todos ardían en el santo entusiasmo de la maledicencia.

Los que venían de las aldeas y pueblos de pesca, traían hambre de

cuentos y chismes; la soledad del campo les había abierto el apetito de

la murmuración; por aquellas montañas y valles de la provincia, ¿de

quién se iba a maldecir? «¡Su Vetusta querida! Oh, no hay como los

centros de civilización para despellejar cómodamente al prójimo. En los

pueblos se habla mal del médico, del boticario, del cura, del alcalde;

pero ellos, los vetustenses, los de la capital ¿cómo han de contentarse

con tan miserable comidilla?». _¡Civis romanus sum!_ decía Mourelo:

«Quiero murmuración digna de mí. Aplastemos, con la lengua, al coloso,

no al médico de Termasaltas por ejemplo».

Y Foja y los demás que se habían quedado, también ansiaban la vuelta de

los ausentes, para contarles las novedades y comentarlas todos juntos.

La animación de Vetusta renacía en cabildo, cofradías, casinos, calles y

paseos cuando los del veraneo empezaban a aparecer. Las amistades

falsas, gastadas hasta hacerse insoportables durante el común

aburrimiento de un invierno sin fin, ahora se renovaban; los que volvían

encontraban gracia y talento en los que habían quedado y viceversa;

todos reían los chistes y las picardías de todos. Poco a poco los

círculos de la murmuración se animaban, la calumnia encendía los hornos,

y los últimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho una

gloria. «¡Qué ocurrencias, qué fina malicia, qué perspicacia! ¡Oh, el

ingenio vetustense!».

El Magistral fue aquel año la víctima de las dionisíacas de la injuria;

no se hablaba más que de él.

«Don Santos Barinaga, el rival mercantil de _La Cruz Roja_, la víctima

del monopolio ilegal y escandaloso de doña Paula y su hijo; el pobre don

Santos, se moría sin remedio, según don Robustiano Somoza, el médico de

la aristocracia cuyas ideas no eran sospechosas».

--¿Y de qué dirán ustedes que se muere?--preguntaba Foja en un

corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce.

--Se morirá de borracho--contestaba Ripamilán.

--No señor, ¡se muere de hambre!...

--Se muere de aguardiente.--¡De hambre!... Y llegaba don Robustiano al

corro y _hablaba la ciencia_:

--Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misión.

Yo no niego que el alcoholismo crónico tenga parte en la enfermedad de

Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido _cohonestarse_

(así decía) con una buena alimentación. Además, hoy día el pobre don

Santos ya no tiene dinero ni para emborracharse, ya no puede beber de

pura miseria.... Y aunque ustedes no comprendan esto, la ciencia declara

que la privación del alcohol precipita la muerte de ese hombre, enfermo

por abuso del alcohol....

--¿Cómo es eso, hombre?--preguntaba el Arcipreste.

--A ver explíquese usted--decía Foja.

Don Robustiano sonreía; movía la cabeza con gesto de compasión y se

dignaba explicar aquello. «Don Santos, aunque se pasmasen aquellos

señores, a pesar de morir envenenado por el alcohol, necesitaba más

alcohol para _tirar_ algunos meses más. Sin el aguardiente, que le

mataba, se moriría más pronto».

--Pero don Robustiano, ¿cómo puede ser eso?

--Señor Foja, ahí verá usted. ¿Conoce usted a Todd?

--¿A quién?--A Todd.--No señor.--Pues no hable usted. ¿Sabe usted lo

que es el poder hipotérmico del alcohol? Tampoco; pues cállese usted.

¿Sabe usted con qué se come el poder diaforético del citado alcohol?

Tampoco; pues sonsoniche. ¿Niega usted la acción hemostática del alcohol

reconocida por Campbell y Chevrière? Hará usted mal en negarla; se

entiende, si se trata del uso interno. De modo que no sabe usted una

palabra....

--Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, señor mío, por mucho que

usted sepa y diga lo que quiera el señor Todd; ni la ciencia, ni santa

ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos Barinaga; harto

tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por

haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta prisa, un articulillo acerca

del aguardiente, digámoslo así, se crea autorizado para insultar a mi

buen amigo y llamarle borrachón en términos técnicos.

--Poco a poco--gritó Ripamilán--en eso estoy yo conforme con la ciencia

y con el señor Somoza su legítimo representante. No sé si un clavo saca

otro clavo en medicina, ni si la mancha de la borrachera con otra verde

se quita, pero don Santos es un tonel en persona y tiene más espíritu de

vino en el cuerpo que sangre en las venas; es una mecha empapada en

alcohol... prenda usted fuego y verá...

--Yo, señor Ripamilán, para confundir a este progresista trasnochado no

necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me basta con la ciencia que

es, en definitiva, mi religión.

Y volviéndose a Foja añadía el médico:

--Oiga usted, señor decurión retirado, ¿conoce usted la acción del

alcohol en las flegmasías de los bebedores? no mienta usted, porque no

la conoce.

--¡Váyase usted a paseo, señor Fraigerundio de hospital! ¡El embustero

será usted! ¡Pues hombre! bonita manía saca el señor doctor; hacérsenos

el sabio ahora. A la vejez viruelas.

--Menos insultos y más hechos.

--Menos botarga y más sentido común....

--Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un

doceañista en conserva.... Chomel admite, y con él todo el que tenga dos

dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es

imprescindible la administración de los espirituosos....

--¡Pero si yo niego la menor, so alcornoque!

--En medicina no hay mayores ni menores, ni judías ni contrajudías,

señor tahúr.

--La menor es que sea borracho Barinaga....

--De modo que si usted me niega los... prodromos del mal....

Don Robustiano se puso colorado al pensar que había dicho un disparate.

--Qué hipódromos ni qué hipopótamos; yo defiendo a un ausente....

--En fin, una palabra para concluir: ¿niega usted que si a un borracho

se le priva por completo del alcohol, es lo más fácil que se presente un

decaimiento alarmante, un verdadero colapso?...

--Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome el tímpano con

esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en

latín y le dejo bizco; y si no oiga usted:

_Ordine confectu, quisque libellus habet:_

_quis, quid, coram quo, quo jure petatur et a quo._

_Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas..._

Ripamilán se retorcía de risa. Somoza, furioso, gritaba; y se oía:

colapso... flegmasía... cardiopatía... y el ex-alcalde, sin atender,

continuaba mezclando latines:

Masculino es fustis, axis

turris, caulis, sanguis collis...

piscis, vermis, callis follis.

El médico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos. No

se pudo averiguar de qué se moría don Santos, pero a la media hora se

corría por Vetusta que, por culpa del Provisor, se habían pegado y

desafiado Foja y Somoza, y no se sabía si el mismo Ripamilán había

recogido alguna bofetada.

Por algunos días vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en

efecto, se consumía en la miseria, un suceso de gravedad suma, según

Glocester y Foja y bandos respectivos: «La hija de Carraspique, sor

Teresa, agonizaba en el _inmundo asilo_ de las Salesas, en la celda que

era, según Somoza, un _inodoro_, por no decir todo lo contrario».

Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el

convento, murió de una tuberculosis, según Somoza, de una tisis caseosa,

según el médico de las monjas, que era dualista en materia de tisis.

Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la culpa de

aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que quiera de los pulmones

de la chica.

Doña Paula y don Álvaro llegaron a Vetusta el mismo día, aquel en que

_voló al cielo un ángel más_, en opinión de Trifoncito Cármenes, que

seguía siendo romántico, contra los consejos de don Cayetano.

Un periódico liberal del pueblo, _El Alerta_, publicaba una tras otra

estas dos gacetillas, que pusieron a don Fermín de un humor endiablado.

«_Bien venido_.--De vuelta de su excursión veraniega ha llegado a esta

capital el ilustre caudillo del partido liberal dinástico de Vetusta, el

Ilmo. Sr. D. Álvaro Mesía. Dicen los numerosos amigos que han acudido a

visitar a nuestro distinguido correligionario, que viene dispuesto a

proseguir su campaña de propaganda sensatamente liberal, así en el orden

político como en el moral y canónico y religioso. Cuente con nuestro

humilde apoyo para vencer los obstáculos tradicionales que aquí opone al

verdadero progreso un despotismo teocrático de que está ya todo Vetusta

hasta los pelos, como se dice vulgarmente».

«_En paz descanse_.--Ha fallecido en su celda del convento de las

Salesas la señorita doña Rosa Carraspique y Somoza, hija del conocido

capitalista ultramontano don Francisco de Asís, monja profesa con el

nombre de sor Teresa. Mucho tendríamos que decir si quisiéramos hacernos

eco de todos los comentarios a que ha dado lugar esta desgracia

inopinada. Sólo diremos que, en concepto de los facultativos más

acreditados, no ha sido extraña a la pérdida que lamentamos la falta de

condiciones higiénicas del edificio miserable que habitan las Salesas.

Pero además, se nos ocurre preguntar: ¿Es muy higiénico que _ciertos

roedores_ se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a

poco y con influencia deletérea y _pseudo-religiosa_, la paz de las

familias, la tranquilidad de las conciencias?

»Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra culta

capital no aúnan sus esfuerzos para combatir al poderoso tirano

hierocrático que nos oprime, pronto seremos todos víctimas del fanatismo

más torpe y descarado.--R. I. P.».

Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se

decidió a tomar la pluma y publicar en el _Lábaro_ un articulejo, sin

firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática,

maltratada por el periódico progresista, según el canónigo. «Aparte,

decía entre otras cosas, de que no sabemos si la monja profesa es el

señor Carraspique o su hija, ¿quiere decirme el periodista

cascaciruelas, etc., etc...?».

Aquel cascaciruelas delató al Arcipreste; era su estilo humorístico: lo

conocieron todos.

En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban

mucho la atención. En vano publicaba Cármenes odas y elegías, nadie las

leía; pero la gacetilla más insignificante que pudiera molestar un poco

a cualquier vecino, era leída, comentada días y días, y cuando había

tiroteo de sueltos o comunicados, los _habituales abonados_ no querían

mejor diversión.

Por todo lo cual fue mayor el escándalo, y no se habló en mucho tiempo

más que de la _influencia deletérea_ del Magistral y de la muerte de sor

Teresa.

--Sobre su conciencia tiene esa desgracia.

--Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas.

--Esto es una especie de contribución de sangre que pagamos al

fanatismo.

--Esto es una especie de tributo de las cien doncellas.

El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales

absurdos, pero a su pesar le irritaban. Creyó al principio que «su

pasión noble, sublime, le levantaría cien codos sobre todas aquellas

miserias», pero el oleaje de la falsa indignación pública salpicaba su

alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin nombre; y la ira le

borraba del cerebro muchas veces las más puras ideas, las impresiones

más dulces y risueñas. Se ponía loco de cólera, y más y más le irritaba

el no poder dominar sus arrebatos. Además, el mal era cierto; no por

ser desatinada la acusación de los necios era menos poderosa y temible.

Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de

tantos y tantos miserables servía para minarle el terreno.... En muchas

casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con él

algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien

tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de

preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de

acero.

Volvió la época del paseo en el Espolón, y don Fermín al pasear allí su

humilde arrogancia, su hermosa figura de buen mozo místico, observaba

que ya no era aquello una marcha triunfal, un camino de gloria; en los

saludos, en las miradas, en los cuchicheos que dejaba detrás de sí, como

una estela, hasta en la manera de dejarle libre el paso los transeúntes,

notaba asperezas, espinas, una sorda enemistad general, algo como el

miedo que está próximo a tener sus peculiares valentías insolentes.

Y en casa, doña Paula ceñuda, silenciosa, desconfiada, preparándose para

una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, realizando cuanto

podía, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse de los géneros de la

_Cruz Roja_. «No parecía sino que se preparaba una liquidación. ¿A qué

venía aquello?». Doña Paula no daba explicaciones. «Sabía a qué

atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella _pájara_, aquella

Regenta, santurrona en pecado mortal, le tenía ciego, loco; ¡sabía Dios

lo que pasaría en aquel caserón de los Ozores! ¡Qué escándalo! Todo se

lo iba a llevar la trampa. Había que prepararse. Oh, podrían arrojarla

de Vetusta, pero ella no se iría sin llevarse medio pueblo entre los

dientes».

Por eso mordía con aquel furor que asustaba a su hijo.

Fermo, el _señorito_, pensaba a solas, en su despacho de Fausto

eclesiástico. «¡Solo, estoy solo, ni mi madre me consuela! ¿Qué he de

hacer? Entregarme con toda el alma a esta pasión noble, fuerte.... ¡Ana,

Ana y nada más en el mundo! Ella también está sola, ella también me

necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y

malvados».

Pálido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al lado de

su amiga mística, cada vez más hermosa, de nuevo fresca y rozagante, de

formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura parecía una aureola de

Anita. La salud había vuelto, purificada con cierta unción de idealidad,

al cuerpo de arrogante transtiberina de aquel modelo de _madona_.

Don Víctor Quintanar se había restituido a su amistad íntima con don

Álvaro Mesía, en cuanto regresó este de Palomares, y al poco tiempo notó

el Magistral que el converso se le rebelaba. Si bien seguía creyéndose

profundamente piadoso, don Víctor hacía distinciones sospechosas entre

la religión y el clero, entre el catolicismo y el ultramontanismo. «Yo

soy tan católico como el primero», esta era su frase cada vez que decía

alguna herejía o algo parecido; pero se metía a interpretar a su modo

los textos del Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrevía a decir

delante de curas y señoras, que el hombre virtuoso es siempre un

sacerdote, y que un bosque secular es el templo más propio de la

religión pura, y que Jesucristo había sido liberal, con otros

disparates. No era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermín

notaban en Quintanar cierta frialdad cada vez que los veía juntos y el

Magistral tuvo que fingirse distraído ante algunos desaires

disimulados.

Don Álvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y sólo

hacía visitas de cumplido, muy breves. ¿Por qué así? preguntaba don

Víctor. Y con medias palabras, su amigo le daba a entender que la

Regenta le recibía con mala voluntad y que a él no le gustaba estorbar.

Además, no era él solo el que se retraía. El mismo Paco, el Marquesito,

que en otro tiempo no hacía más que entrar y salir, ahora apenas parecía

por aquella casa. Visitación también iba de tarde en tarde, la Marquesa

casi nunca, y así de todos los amigos y amigas; el Magistral y sólo el

Magistral. Aquel buen señor «hacía el vacío» en derredor de la Regenta.

Ella estaba contenta, no parecía echar de menos a nadie; pero él, don

Víctor, no era de la misma opinión; quería trato, conversación, amena

compañía.

Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero _Kempis_ seguía

cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo al infierno

Quintanar, «pero no quería prescindir por completo de las ventajas

positivas que le ofrecía su breve existencia sobre el haz de la tierra».

«Y sobre todo no quería que el fanatismo se enseñorease de su casa». Los

consejos que para excitarlo le daba Mesía, allá en el Casino, los tomaba

muy en cuenta don Víctor, y siempre se estaba preparando para ponerlos

por obra, pero no se atrevía. No llegaba a más su audacia que a poner un

gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde en tarde, al enemigo,

al Magistral; pero como este fingía no comprender aquellas indirectas

mímicas, no se adelantaba nada.

Don Víctor llegó a reconocer, pero sin confesarlo a nadie, que él era

menos enérgico de lo que había creído; «no, no tenía fuerza para

oponerse al _jesuitismo_ que había invadido su hogar». ¡Oh, por algo él

vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del ánimo de su esposa!

Sí... al fin había sido jesuita...». Quintanar acabó por comparar el

poder del Provisor en el caserón de los Ozores, con el que tuvieron los

jesuitas en el Paraguay. «Sí, mi casa es otro Paraguay». Y cada día se

encontraba más incapaz de oponerse a la _perniciosa influencia_. No

sabía más que poner mala cara y parar poco en casa.

Con esto sólo consiguió que la Regenta y el Magistral conviniesen en

verse más a menudo fuera del caserón y menos veces en él. «Mejor era

hablarse en casa de doña Petronila. ¿Para qué molestar al pobre don

Víctor? Ya que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y

le envenenaban el alma con insinuaciones malévolas, con sospechas torpes

e impías, más valía dejarle en paz, apartar de su vista el espectáculo

inocente, mas para él poco agradable, de dos almas hermanas que viven

unidas, con lazo fuerte, en la piedad y el idealismo más poético».

En casa de doña Petronila, en el salón de balcones discretamente

entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban horas y horas

los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, como decía

el gran Constantino, sin más testigo que el gato blanco, cada vez más

gordo, que iba y venía sin ruido, y se frotaba el lomo contra las faldas

de la Regenta y el manteo del Magistral, cada día más familiarmente.

Anita notaba en don Fermín una palidez interesante, grandes cercos

amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que

la ponía en cuidado.

Le suplicaba que se cuidase, se lo pedía con voz de madre cariñosa que

ruega al hijo de sus entrañas que tome una medicina. Él respondía

sonriendo, echando fuego por los ojos, «que no tenía nada, que era

aprensión, que no había que pensar en su cuerpo miserable».

Algunos días había en sus diálogos pausas embarazosas; el silencio se

prolongaba molestándoles como un hablador importuno.

Los dos guardaban un secreto. Cuando creían conocerse uno a otro hasta

el último rincón del alma, estaba pensando cada cual en la mala acción

que cometía callando lo que callaba.

El Magistral padecía mucho siempre que Ana le hablaba de la salud que él

perdía. «¡Si ella supiera!».

Resuelto a que su amistad «con aquel ángel hermoso» no acabase de mala

manera, en una aventura de grosero materialismo llena de remordimientos

y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer ponía en aquel lazo

piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que degradarla, caso de

que se pudiera, sería hacerle perder su mayor encanto; el Magistral que

vivía ya nada más de esta refinada pasión que según él no tenía nombre,

luchaba con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar las

rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos

que le parecían una especie de infidelidad. En vano pensaba: ¿qué le

importa a mi doña Ana que mi corpachón de cazador montañés viva como

quiera cuando me aparto de ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma

es toda suya, y nada del alma pongo al saciar, lejos de su presencia,

apetitos que ella misma sin saberlo excita; en vano pensaba esto, porque

agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y

sonriente le pedía con las manos en cruz que se cuidara, que no

entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia. «¿Qué sería de

ella sin él?».

--«Figurémonos que usted se me muere: ¿qué va a ser de mí?».

«Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de santo

a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de

vivir. Engañar a los demás no me duele; ¡pero a ella! Y no hay más

remedio». Quería que le consolase el reflexionar que _por ella_ era todo

aquello, que por ella había él vuelto a sentir con vigor las pasiones de

la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza,

se encenagaba él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no

apagaba el remordimiento.

Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su

dominio sobre el _señorito_; entonces era cuando el Magistral vivía al

lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia; pero poco a

poco el tormento de la tentación reaparecía; sus ataques eran más

terribles, sobre todo más peligrosos, que los del remordimiento; la

castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la

fe con que creía en aquella amistad espiritual, sin mezcla de pecado,

eran incentivo para la pasión de don Fermín y hacían mayor el peligro;

por que ella que no temía nada malo, vivía descuidada sin ver que su

confianza, su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que

decía y hacía era leña que echaba en una hoguera. Y volvía De Pas, para

evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el contento de

Teresina, lo que ella creía con orgullo su victoria.

Ana también tenía su secreto. Su piedad era sincera, su deseo de

salvarse firme, su propósito de ascender de morada en morada, como decía

la santa de Ávila, serio; pero la tentación cada día más formidable.

Cuanto más horroroso le parecía el pecado de pensar en don Álvaro, más

placer encontraba en él. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para

ella la perdición, pero tampoco que estaba enamorada de él cuanto en

ella había de mundano, carnal, frágil y perecedero. Ya no se hubiera

atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara a cara, a verle a su lado

horas y horas, a probarle que su presencia la dejaba impasible: no,

ahora huir de él, de su sombra, de su recuerdo; era el demonio, era el

poderoso enemigo de Jesús. No había más remedio que huir de él; esto era

humildad, lo de antes orgullo loco. A la gracia y sólo a la gracia debía

el vivir pura todavía; abandonada a sí misma, Ana se confesaba que

sucumbiría; si el Señor aflojara la mano un momento, don Álvaro podría

extender la suya y tomar su presa. Por todo lo cual no quería ni verle.

Pero, sin querer, pensaba en él. Desechaba aquellos pensamientos con

todas sus fuerzas, pero volvían. ¡Qué horrible remordimiento! ¿Qué

pensaría Jesús? y también ¿qué pensaría el Magistral... si lo supiera? A

la Regenta le repugnaba, como una villanía, como una bajeza aquella

predilección con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesía

apenas se les dejaba suelta la rienda un momento. ¿Por qué Mesía? El

remordimiento que la infidelidad a Jesús despertaba en ella, era de

terror, de tristeza profunda, pero se envolvía en una vaguedad ideal que

lo atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al

hermano mayor, a don Fermín era punzante, era el que traía aquel asco de

sí misma, el tormento incomparable de tener que despreciarse. Además,

Anita no se atrevía a confesar aquello con el Magistral. Hubiera sido

hacerle mucho daño, destrozar el encanto de sus relaciones de pura

idealidad. Volvía a valerse de sofismas para callar en la confesión

aquella flaqueza: «ella no quería» en cuanto mandaba en su pensamiento,

lo apartaba de las imágenes pecaminosas; huía de don Álvaro, no pecaba

voluntariamente. ¿Habría pecado involuntario? De esto habló un día con

el Magistral, sin decirle que la consulta le importaba por ella misma.

Don Fermín contestó que la cuestión era compleja... y le citó autores.

Entre ellos recordó Ana que estaba Pascal en sus _Provinciales_; ella

tenía aquel libro, lo leyó... y creyó volverse loca. «Oh, el ser bueno

era además cuestión de talento. Tantos distingos, tantas sutilezas la

aturdían». Pero siguió callando el tormento de la tentación. Arma

poderosa para combatirla fue la ardiente caridad con que la Regenta se

consagró a defender y consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron

contra él los huracanes de la injuria, que Ana creía de todo en todo

calumniosa.

La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien debía la

redención de su espíritu, se apoderó de la devota. Fue como una pasión

poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogió con placer, porque así

alimentaba el hambre de amor que sentía, de amor, que tuviese objeto

sensible, algo finito, una criatura. «Sí, sí, pensaba, yo combatiré la

inclinación al mal, enamorándome de este bien, de este sacrificio, de

esta abnegación. Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es

preciso...». Pero no había modo de poner por obra tales propósitos. Ana

buscaba y no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. ¿Qué

podía ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia? Nada.

Nada por ahora. Pero tenía esperanza; tal vez se presentaría un modo de

utilizar en beneficio del _pobre mártir_ aquella abnegación a que estaba

resuelta.... Mientras llegaba el momento, no podía más que consolarle, y

esto sabía hacerlo de modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos

de titán para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de

rodillas y besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien

calzados.

Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarán, _El Alerta_ y, entre

bastidores, don Álvaro y Visitación Olías de Cuervo, trabajaban como

titanes por derrumbar aquella montaña que tenían encima; el poder del

Magistral.

Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en

aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por

algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de

algunas semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima y

la compasión fementida del público marrullero se volvió a él, solícita,

con cuidados de madrastra que representa la comedia de la _segunda

madre_. A los vetustenses, en general, les importaba poco la vida o la

muerte de don Santos; nadie había extendido una mano para sacarle de su

miseria; hasta seguían llamándole borracho; pero en cambio todos se

indignaban contra el Provisor, todos maldecían al autor de tanta

desgracia, y quedaban muy satisfechos, creyendo, o fingiendo creer, que

así la caridad quedaría contenta.

«Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo calumniado

por los enemigos de todo progreso, en este siglo _materialista_ y

_corrompido_, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos

filantrópicos del pueblo, sin que una voz unánime se levante a protestar

en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos Barinaga,

víctima del monopolio escandaloso de la _Cruz Roja_, muere de hambre en

los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los vasos sagrados,

patenas y copones, lámparas y candeleros con otros cien objetos del

culto; muere en aquel rincón y muere de inanición, señores, por culpa

del simoniaco que todos conocemos: muere, sí, morirá; pero el que se

burla con artificios de nuestro código mercantil y de las leyes de la

Iglesia, comerciando a pesar de ser sacerdote; el que mata de hambre al

pobre ciudadano señor Barinaga, ¡ese no se gozará en su obra mucho

tiempo, porque la indignación pública sube, sube, como la marea... y

acabará por tragarse al tirano!...

Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le

ocurría mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo.

Y como él obraban todos los defensores teóricos del comerciante

arruinado. Decían a una que moría de hambre y nadie al visitarle le

llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban pocos. Foja solía entrar

y salir en seguida; en cuanto se cercioraba de la miseria y de la

enfermedad del pobre anciano, ya tenía bastante; salía corriendo a decir

pestes del _otro_, del Provisor: así creía servir a la buena causa del

progreso y de la _humanidad solidaria_.

La fama bien sentada de hereje que había conquistado en los últimos

tiempos el buen don Santos, retraía a muchas almas piadosas que de buen

grado le hubieran socorrido.

Y solamente las _Paulinas_ fueron osadas a acercarse al lecho del vejete

para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los espirituales

de la Iglesia.

Fue en vano. «Afortunadamente decía don Pompeyo Guimarán al referir el

lance, afortunadamente estaba yo allí para evitar una indignidad».

Don Santos había dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para

rechazar en su nombre _toda sugestión del fanatismo_.

Guimarán estaba muy satisfecho con «aquella _misión delicada_ e

importante, que exigía grandes dotes de energía y arraigadas

convicciones por su parte».

En efecto, llegaron al zaquizamí desnudo y frío en que yacía aquella

víctima del alcoholismo crónico los enviados de _San Vicente de Paúl_,

que eran doña Petronila, o sea el gran Constantino, y el beneficiado don

Custodio, la hija de Barinaga, la beata paliducha y seca, los recibió

abajo, en la tienda vacía, lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja;

don Custodio decía las palabras, llenas de silbidos suaves--imitación

del Magistral--al oído de su hija de penitencia; la consolaba, y ella

levantando los ojos llenos de lágrimas los fijaba como quien se acomoda

en sitio conocido y frecuentado, en los del clérigo de almíbar.

Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el

enemigo.

--¿Con que está arriba don Pompeyo?--preguntó en la escalera don

Custodio.

--Sí; no sale de casa estos días; mi padre me arroja a mí de su lado y

clama por ese hereje chocho....

Don Pompeyo Guimarán oyó la voz del beneficiado y le sonó a cura. Se

preparó a la defensa, y procuró tomar un continente digno de un

libre-pensador convencido y prudentísimo. Echó las manos cruzadas a la

espalda, y se puso a medir la pobre estancia a grandes pasos, haciendo

crujir la madera vieja del piso, de castaño comido por los gusanos. En

la alcoba contigua, sin puerta, separada de la sala por una cortina

sucia de percal encarnado, se oían los quejidos frecuentes y la

respiración fatigosa del enfermo.

--¿Quién está ahí?--preguntó don Santos con voz débil, sin más energía

que la de una ira impotente.

--Creo que son ellos; pero no tema usted. Aquí estoy yo. Usted silencio,

que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro.

Entró el enemigo; y aunque venía de paz y don Pompeyo se había propuesto

ser muy prudente, en cuanto doña Petronila abrió el pico, el ateo

extendió una mano y dijo interrumpiendo:

--Dispénseme usted, señora, y dispense este digno sacerdote católico...

vienen ustedes equivocados; aquí no se admiten limosnas condicionales....

--¿Cómo condicionales?...--preguntó don Custodio, con muy buenos modos.

--No se sulfure usted, amigo mío, que otra me parece que es su misión en

la tierra; mire usted como yo hablo con toda tranquilidad....

--Hombre, me parece que yo no he dicho....

--Usted ha dicho ¿cómo condicionales? y a mí no se me impone nadie,

vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al clero

sistemáticamente, pero exijo buena crianza en toda persona culta....

--Caballero, no venimos aquí a disputar, venimos a ejercer la caridad....

--Condicional...--¡Qué condicional, ni qué calabazas!--gritó doña

Petronila, que no comprendía por qué se había de tener tantos

miramientos con un ateo loco--. Usted no tiene--añadió--autoridad alguna

en esta casa; esta señorita es hija de don Santos y con ella y con él es

con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer espontáneamente los

auxilios que nuestra sociedad presta....

--A condición de una retractación indigna, ya lo sé. Don Santos ha

delegado en mí todos los poderes de su autonomía religiosa, y en su

nombre, y con los mejores modos les intimo la retirada....

Y don Pompeyo extendió una mano hacia la puerta y estuvo un rato

contemplando su brazo estirado y su energía.

Pero tuvo que bajar el brazo, porque doña Petronila replicó que no

estaba dispuesta a recibir órdenes de un entrometido....

--Señora, aquí los entrometidos son ustedes. No se les ha llamado, no se

les quiere; aquí sólo se admite la caridad que no pide cédula de

comunión.

--Nosotros tampoco pedimos cédula....

--Señor cura, a mí no me venga usted con argucias de seminario; la

filosofía moderna ha demostrado que el escolasticismo es un tejido de

puerilidades, y yo sé a lo que vienen ustedes. Quieren comprar las

arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de lentejas; una taza

de caldo por la confesión de un dogma; una peseta por una apostasía...

¡esto es indigno!

--¡Pero, caballero!...--Señor cura, acabemos. Don Santos está dispuesto

a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce la religión de sus

mayores. Estas son sus condiciones irrevocables; pues bien, a ese precio

¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las

medicinas que necesita?

--Pero, señor mío...--¡Ah!... ¡señor de usted... ya decía yo! ¿Ve usted

como a mí la escolástica no me confunde?

--Todo eso y mucho más--dijo el Gran Constantino--queremos tratarlo con

el interesado.

--Pues no será....--Pues sí será....--Señora, salvo el sexo, estoy

dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si insisten en su

procaz atentado....

Y don Pompeyo se colocó delante de la cortina de percal para cortar el

paso al obispo-madre.

--¿Quién va? ¿quién va?--gritó desde dentro Barinaga ronco y jadeante.

--Son las Paulinas--respondió Guimarán.

--¡Rayos y truenos! fuera de mi casa.... ¿No tiene usted una escoba, don

Pompeyo? Fuego en ellas... infames... ¿y no anda ahí un cura también?...

--Sí, señor, anda...--¡Será el Magistral, el ladrón, el _rapavelas_, el

que me ha despojado... y vendrá a burlarse... oh, si yo me levanto!...

¿pero usted qué hace que no les balda a palos? Fuera de mi casa.... La

justicia... ¿ya no hay justicia? ¿no hay justicia para los pobres?

--Tranquilícese usted, que no es el Magistral.

--Sí es, sí es; lo sé yo; ¿no ve usted que es el amo del cotarro, el

presidente de las Paulinas?... Entre usted, entre usted, so bandido... y

verá usted con qué arma digna de usted le aplasto los cascos....

--Calma, calma, amigo mío; yo me basto y me sobro para despedir con

buenos modos a estos señores.

--No, no, si es el Provisor déjele usted que entre, que quiero matarle

yo mismo.... ¿Quién llora ahí?

--Es su hija de usted.--¡Ah grandísima hipocritona, si me levanto, mala

pécora! la que mata a su padre de hambre, la que echa cuentas de rosario

y pelos en el caldo, la que me echa en las narices el polvo de la sala,

la que se va a misa de alba y vuelve a la hora de comer... ¡infame, si

me levanto!

--Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, tranquilícese

usted.... Está aquí doña Petronila, está un señor sacerdote....

--Será tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo del

cabildo... ¡ah, barragana, si os cojo a los dos!...

--¡Jesús, Jesús! vámonos de aquí--gritó doña Petronila buscando la

escalera.

Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cayó

desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos

y de las injurias de su padre. Quedó el campo por don Pompeyo, que

volvió a sus paseos y después fue a la cocina a espumar el puchero

miserable de don Santos.

«Allí no había más caridad que la de él. Cierto que no podía ser pródigo

con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo

necesario; pero solicitud, atenciones no le faltarían al enfermo».

Volvió a poco soplando un líquido pálido y humeante en el que flotaban

partículas de carbón.

Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y sin

permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también.

De esta manera quedó el campo libre y por don Pompeyo, el cual no

pensaba más que en asegurar _el triunfo de sus ideas_, para lo que era

necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del enfermo, y

así evitar que la hija de don Santos introdujese allí subrepticiamente

«el elemento clerical».

Guimarán madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba allí casi

siempre hasta la hora de cenar, y esta _necesidad material_ la

despachaba en un decir Jesús, dando prisa a la criada, a su mujer, a las

niñas.

--Ea, ea... menos cháchara, la sopa... que me esperan....

Comía, recogía los mendrugos de pan que quedaban sobre la mesa, un poco

de azúcar y otros desperdicios, se los metía en un bolsillo y echaba a

correr.

Algunas noches entraba en su hogar gritando:

--¡A ver! ¡a ver! las zapatillas y el frasco del anís, que hoy velo a

don Santos.

La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y

el frasco del aguardiente, y el amo de la casa desaparecía.

Foja, los Orgaz, Glocester «como particular, no como sacerdote», don

Álvaro Mesía, los socios librepensadores que comían de carne

solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asistían a las cenas

secretas del Casino, los redactores del _Alerta_ y otros muchos enemigos

del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos; todos compadecían

aquella miseria entre protestas de cólera mal comprimida. «Oh el hombre

que había reducido a tal estado al señor Barinaga era bien miserable,

merecía la pública execración». Pero nada más. Casi nadie se atrevía a

dejar allí una limosna «por no ofender la susceptibilidad del enfermo».

Muchos se ofrecían a velarle en caso de necesidad.

Don Pompeyo recibía las visitas como si él fuera el amo de casa;

Celestina tenía que tolerarlo porque su padre lo exigía.

--Él es mi único hijo... descastada... mi único padre... mi único

amigo... tú eres la que estás aquí de más... ¡mala entraña!...

¡mojigata!...--gritaba desde su alcoba el borracho moribundo.

La enfermedad se agravó con las fuertes heladas con que terminó aquel

año noviembre.

El primer día de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don

Custodio, dar el último ataque para conseguir que su padre admitiera los

Sacramentos.

Al entrar, por la mañana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimarán, que

venía soplándose los dedos, la beata le detuvo en la tienda abandonada,

fría, llena de ratones.

Empleó la joven toda clase de resortes; pidió, suplicó, se puso de

rodillas con las manos en cruz, lloró... Después exigió, amenazó,

insultó: todo fue inútil.

--Hable usted con su papá--decía Guimarán por toda contestación--. Yo

no hago más que cumplir su voluntad.

Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez,

de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don

Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial,

compuesta de dolor, locura, abyección y miseria:

--¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino

de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la tienda,

que no me dejarán un copón... ni una patena.... ¡Esa lámpara, seor

bandido! y tú, hija de perdición, no ocultes debajo del mandil... eso...

eso... ese sacramento.... ¡Fuera de aquí!...

--¡Padre, padre, por compasión... admita usted los santos

sacramentos!...

--Me los han robado todos... y las lámparas... y tú los ayudas... eres

cómplice.... ¡A la cárcel!

--Padre, señor, por compasión de su hija... los Sacramentos... tome

usted... tome usted....

--No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos...

¿para qué? Si la tomo... ahí se pudrirá en la tienda.... El Provisor les

prohíbe comprar aquí... Ellos, los pobrecitos curas de aldea... ¿qué han

de hacer?... ¡Infelices!... Le temen... le temen.... ¡Infame!

¡Infelices!

Y don Santos se incorporó como pudo, inclinó la cabeza sobre el pecho, y

lloró en silencio.

Y repetía de tarde en tarde:--¡Infelices!... Celestina salió de la

alcoba sollozando.

«Su padre había perdido la cabeza. Ya no podría confesar si no recobraba

la razón... sólo por milagro de Dios».

--Ni puede, ni quiere, ni debe--exclamó don Pompeyo cruzado de brazos,

inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el dolor ajeno.

El día de la Concepción, muy temprano, el médico Somoza dijo que don

Santos moriría al obscurecer.

El enfermo perdía el uso de la poca razón que tenía muy a menudo; se

necesitaba alguna impresión fuerte para que volviese a discurrir lo poco

que sabía. La entrada de don Robustiano, o sea de la ciencia, le hacía

volver la atención a lo exterior. Al medio día le anunció Celestina que

quería verle el señor Carraspique. Aquel honor inesperado puso al

moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se

quedó, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se colocó a

la cabecera de Barinaga en compañía de un clérigo, el cura de la

parroquia. Era este un anciano de rostro simpático, de voz dulce,

hablaba con el acento del país muy pronunciado. Carraspique, a quien en

otro tiempo había pedido dinero prestado don Santos, tenía alguna

autoridad sobre el enfermo; no se hablaban muchos años hacía, pero se

estimaban a pesar de las ideas y de la frialdad que el tiempo había

traído. Barinaga, con buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era

ordinario en él, se negó a las pretensiones del ilustre carlista y

sincero creyente D. Francisco Carraspique.

--«Todo es inútil... la Iglesia me ha arruinado... no quiero nada con la

Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que era... un grande

hombre... pero no quiero confesarme, señor Carraspique, y siento...

darle a usted este disgusto. Por lo demás... yo estoy seguro... de que

esto que tengo... se curaría... o por lo menos... se... se... con

aguardiente.... Crea usted que muero por falta de líquidos... gaseosos...

y sólidos....

Don Santos levantó un poco la cabeza y conoció al cura de la parroquia.

--Don Antero... usted también... por aquí... Me alegro... así... podrá

usted dar fe pública... como escribano... espiritual... digámoslo así...

de esto que digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos

Barinaga... por falta de líquidos suficientemente... alcohólicos... que

muero... de... eso... que llama el señor médico.... Colasa... o Colás...

segundo....

Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la

barba el embozo sucio de la sábana rota, continuó:

--Ítem: muero por falta de tabaco.... Otrosí... muero... por falta de

alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el señor Magistral, y mi

señora hija....

--Vamos, don Santos--se atrevió a decir el cura--no aflija usted a la

pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere, ni nada de eso.

Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traeré yo, con toda

solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a

solas un rato. Y después... después... recibirá usted el Pan del alma....

--¡El pan del cuerpo!--gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado

cuando podía--. ¡El pan del cuerpo es lo que yo necesito!... que así me

salve Dios... ¡muero de hambre! Sí, el pan del cuerpo... ¡que muero de

hambre... de hambre!...

Fueron sus últimas palabras razonables. Poco después empezaba el

delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero, el cura, se

paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, haciendo

rechinar el piso. Guimarán con los brazos cruzados también, entre la

alcoba y la sala, admiraba lo que él llamaba la muerte del justo.

Carraspique había corrido a Palacio.

Llegó y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la Virgen, y

al oír que don Santos se negaba a recibir al Señor, y a confesar,

levantó las manos cruzadas... y con voz dulcemente majestuosa y llena de

lágrimas, exclamó:

--¡Madre mía, madre de Dios, ilumina a ese desgraciado!...

Estaba pálido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior, algo

grueso, al balbucear sus plegarias íntimas.

El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en

la cámara roja, cubierta de damasco.

Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don Fermín

con los ojos arrasados en lágrimas.

«Don Fermín padecía», pensaba el pobre don Francisco y sin querer, con

gran remordimiento, él se alegraba un poco, gozaba el placer de una

venganza... «irracional... injusta... todo lo que se quiera... pero

gozaba acordándose de su hija muerta».

Sí, don Fermín padecía. «Aquella necedad del tendero de enfrente era una

complicación».

De Pas ya no era el mismo que sentía remordimientos románticos aquella

noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradación y su miseria

por el arroyo; ahora no era más que un egoísta, no vivía más que para su

pasión; lo que podría turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en

presencia de Ana, eso aborrecía; lo que pudiera traer una solución al

terrible conflicto, cada vez más terrible, de los sentidos enfrenados y

de la eternidad pura de su pasión, eso amaba. Lo demás del mundo no

existía. «Y ahora don Santos moría escandalosamente, moría como un

perro, habría que enterrarle en aquel pozo inmundo, desamparado, que

había detrás del cementerio y que servía para los _enterramientos

civiles_; y de todo esto iba a tener la culpa él, y Vetusta se le iba a

echar encima». Ya empezaba el rum rum del motín, el Chato venía a cada

momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se llenaban de

gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino en los

grupos--porque él obligaba al Chato a decirle la verdad sin

rodeos--asesino, ladrón.... El Magistral al llegar a este pasaje de sus

reflexiones, sin poder contenerse, golpeó el pavimento con el pie.

Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su oratorio, con las

manos en cruz, se acercó al Provisor.

--Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes....

--¿Qué?...--Ir yo mismo; ver a ese hombre... quiero verle yo... a mí me

ha de obedecer... yo he de persuadirle.... Que traigan un coche si no

quieres que me vean, una tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a

verle, sí, voy a verle....

--¡Locuras, señor, locuras!--rugió el Provisor sacudiendo la cabeza.

--¡Pero Fermo, es un alma que se pierde!...

--No hay que salir de aquí... Ir... el Obispo... a un hereje

contumaz..., absurdo....

--Por lo mismo, Fermo...--¡Bueno! ¡bueno! _Los Miserables_, siempre la

comedia.... La escena del Convencional, ¿no es eso? don Santos es un

borracho insolente que escupiría al Obispo con mucha frescura; don

Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima si había Dios o no había Dios....

No hay que pensar en ello. ¡Absurdo moverse de aquí!

Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, único testigo de la

escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su

energía.

«Era verdad, tenía a S. I. en un puño». Después continuó don Fermín:

--Además, sería inútil ir allá. El señor Carraspique lo ha dicho....

Barinaga ya ha perdido el conocimiento, ¿verdad? Ya es tarde, ya no hay

que hacer allí. Está ya como si hubiese muerto.

Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afán piadoso de

salvar a don Santos, se atrevió a decir:

--Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos....

--¿Casos de qué?--preguntó el Magistral con un tono y una mirada que

parecían navajas de afeitar--. ¿Casos de qué?--repitió porque el otro

callaba.

--Puede pasar el delirio y volver a la razón el enfermo.

--No lo crea usted. Además, allí está el cura... para eso está don

Antero.... ¡Su Ilustrísima no puede... no saldrá de aquí!

Y no salió. El que entraba y salía era el Chato, Campillo, que hablaba

en secreto con don Fermín y volvía a la calle a recoger rumores y a

espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en la calle estrecha

y empinada en que vivía don Santos, casi enfrente de la casa del

Magistral. Era la calle de _los Canónigos_, una de las más feas y más

aristocráticas de la Encimada.

Al obscurecer de aquel día no se podía pasar sin muchos codazos y

tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de Barinaga. Sus

amigos, que habían aumentado prodigiosamente en pocas horas,

interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en grupos

que cuchicheaban, se mezclaban, se disolvían.

Por allí andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios del

Casino que asistían a las cenas mensuales en que se conspiraba contra el

Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y salía en casa de don

Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos.

--Está espirando.--¿Pero conserva el conocimiento?

--Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga moría

hablando, pero sin saber lo que decía; sus frases eran incoherentes;

mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija. Unas veces

se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un carretero.

--Y diga usted, señor Foja, ¿hay arriba algún cura? Dicen que ha venido

el mismo Magistral....

--¿El Magistral? ¡No faltaba más! Sería añadir el sarcasmo a la...

al.... No vendrá, no. Quien está arriba es don Antero, el cura de la

parroquia, el pobre es un bendito, un fanático digno de lástima y cree

cumplir con su deber... pero como si cantara. Don Santos era un hombre

de convicciones arraigadas.

--¿Cómo era? ¿pues ha muerto ya?--preguntó uno que llegaba en aquel

momento.

--No señor, no ha muerto. Digo eso, porque ya está más allá que acá.

--También don Pompeyo se ha portado con mucha energía, según dicen....

--También...--Pero estando sano es más fácil.

--Y como no va con él la cosa....

--Morirá esta noche.--El médico no ha vuelto.--Somoza aseguraba que

moriría esta tarde.

--Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado....

--El cura dice que durará hasta mañana.

--Y muere de hambre.--Dicen que lo ha dicho él mismo.

--Sí, señor, fueron sus últimas palabras sensatas, advirtió Foja

contradiciéndose.

--Dicen que dijo: «--¡El pan del cuerpo es el que yo necesito, que así

me salve Dios muero de hambre!».

A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el embozo de

la capa.

--Sí, ríase usted, joven, que el caso es para bromas.

--Hombre, no me río del moribundo... me río de la gracia.

--Profundísima lección debía llamarla usted. Se muere de hambre, es un

hecho; le dan una hostia consagrada, que yo respeto, que yo venero,

pero no le dan un panecillo.--Así habló un maestro de escuela perseguido

por su liberalismo... y por el hambre.

--Yo soy tan católico como el primero--dijo un maestro de la Fábrica

Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista cristiano a su

manera--soy tan católico como el primero, pero creo que al Magistral se

le debería arrastrar hoy y colgarlo de ese farol, para que viese salir

el entierro....

--La verdad es, señores--observó Foja--que si don Santos muere fuera

del seno de la Iglesia, como un judío, se debe al señor Provisor.

--Es claro.--Evidente.--¿Quién lo duda?--Y diga usted, señor Foja,

¿no le enterrarán en sagrado, verdad?

--Eso creo: los cánones están sangrando; quiero decir que la Sinodal

está terminante.--Y se puso algo colorado, porque no sabía si los

cánones sangraban o no, ni si la Sinodal hablaba del caso.

--¡De modo que le van a enterrar como un perro!

--Eso es lo de menos--dijo el maestro de la Fábrica--toda la tierra está

consagrada por el trabajo del hombre.

--Y además en muriéndose uno....

--Más despacio, señores, más despacio--interrumpió Foja que no quería

desperdiciar el arma que le ponían en las manos para atacar al

Magistral--. Estas cosas no se pueden juzgar filosóficamente.

Filosóficamente es claro que no le importa a uno que le entierren donde

quiera. Pero ¿y la familia? ¿Y la sociedad? ¿Y la honra? Todos ustedes

saben que el local destinado en nuestro cementerio _municipal_--y

subrayó la palabra--a los cadáveres no católicos, digámoslo así...

Orgaz hijo sonrió.--Ya sé, joven, ya sé que he cometido un _lapsus_.

Pero no sea usted tan material.

Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró _en masa_ al

mediquillo impertinente con desprecio.

Y dijo el socialista cristiano:--Aquí lo que sobra es la materia; la

letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que sobran en

España son oradores....

--Pues usted no habla mal ni poco; acuérdese del club difunto, señor

Parcerisa....

Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fábrica.

Parcerisa sonrió satisfecho. La conversación se extravió. Se discutió si

el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía al Obispo la

administración del cementerio.

En tanto subían y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a ver

al enfermo o a su hija. Don Pompeyo había hecho llevar a Celestina a su

cuarto y allí recibía la beata a sus correligionarias y a los sacerdotes

que venían a consolarla. Guimarán no dejaba entrar en la sala más que a

los espíritus fuertes, o por lo menos, si no tan fuertes como él, que

eso era difícil, partidarios de dejar a un moribundo «espirar en la

confesión que le parezca, o sin religión alguna si lo considera

conveniente».

--¡Muerte gloriosa!--decía don Pompeyo al oído de cualquier enemigo del

Provisor que venía a compadecerse a última hora de la miseria de

Barinaga--. «¡Muerte gloriosa! ¡Qué energía! ¡Qué tesón! Ni la muerte

de Sócrates... porque a Sócrates nadie le mandó confesarse».

Los que subían o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban una

mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y

cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas.

Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un velón de petróleo

alumbraba malamente el triste almacén cuya desnudez daba frío. Aquellos

anaqueles vacíos representaban a su modo el estómago de don Santos. Las

últimas existencias, que había tenido allí años y años cubiertas de

polvo, las había vendido por cuatro cuartos a un comerciante de aldea;

con el producto de aquella liquidación miserable había vivido y se había

emborrachado en la última parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora los

ratones roían las tablas de los estantes y la consunción roía las

entrañas del tendero.

Murió al amanecer. Las nieblas de Corfín dormían todavía sobre los

tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La mañana estaba templada

y húmeda. La luz cenicienta penetraba por todas las rendijas como un

polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo había pasado la noche al lado del

moribundo, solo, completamente solo, porque no había de contarse un

perro faldero que se moría de viejo sin salir jamás de casa. Abrió

Guimarán el balcón de par en par; una ráfaga húmeda sacudió la cortina

de percal y la triste luz del día de plomo cayó sobre la palidez del

cadáver tibio.

A las ocho se sacó a Celestina de la «casa mortuoria» y _el cuerpo_,

metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue depositado sobre el

mostrador de la tienda vacía, a las diez. No volvió a parecer por allí

ningún sacerdote ni beata alguna.

--Mejor--decía don Pompeyo, que se multiplicaba.

--Para nada queremos cuervos--exclamaba Foja, que se multiplicaba

también.

--Esto tiene que ser una manifestación--decía del ex-alcalde a muchos

correligionarios y otros enemigos del Magistral reunidos en la tienda,

al pie del cadáver--. Esto tiene que ser una manifestación: el gobierno

no nos permite otras, aprovechemos esta coyuntura. Además, esto es una

iniquidad: ese pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los

acaparadores sacrílegos de la _Cruz Roja_. Y para mayor deshonra y

ludibrio, ahora se le niega honrada y cristiana sepultura, y habrá que

enterrarle en los escombros, allá, detrás de la tapia nueva, en aquel

estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames....

--¡Muerto de hambre y enterrado como un perro!--exclamó el maestro de

escuela perseguido por sus ideas.

--¡Oh, hay que protestar muy alto!

--¡Sí, sí!--¡Esto es una iniquidad!--¡Hay que hacer una manifestación!

Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio;

eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba desde

la sombra.

--A ver usted, señor Sousa, usted que escribe los telegramas del

_Alerta_... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el número para

que haya tiempo de insertar algo....

--Sí, señor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la mayor energía que

permite la ley, la pícara ley de imprenta, redactaré allí mismo un

suelto convocando a los liberales, amigos de la justicia, etc., etc....

Descuide usted, señor Foja.

--Llame usted al suelto: _Entierro civil_.

--Sí, señor; así lo haré.

--Con letras grandes.--Como puños, ya verá usted.

--Eso podrá servir de aviso a todo el pueblo liberal....

--¿Vendrán los de la Fábrica?

--¡Ya lo creo!--exclamó Parcerisa--. Ahora mismo voy yo allá a calentar

a la gente. Esto no nos lo puede prohibir el gobierno....

--Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. Sólo así

podían asistirlos de la Fábrica.

Llovía. Caían hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles.

La calle se cubrió de paraguas.

El Magistral, que espiaba detrás de las vidrieras de su despacho, vio un

fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pavés,

apareció por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que al

salir de la tienda se inclinó hacia adelante y se detuvo como vacilando.

Era don Santos que salía por última vez de su casa. Parecía dudar entre

desafiar el agua o volver a su vivienda. Salió; se perdió el ataúd entre

el oleaje de seda y percal obscuro. En el balcón que había sobre la

puerta, entre las rejas asomó la cabeza de un perro de lanas negro y

sucio: el Magistral lo miró con terror. El faldero estiró el pescuezo,

procuró mirar a la calle y se le erizaron las orejas. Ladró a la caja, a

los paraguas y volvió a esconderse. Lo habían olvidado en la sala,

cerrada con llave por don Pompeyo.

Guimarán, de levita negra presidía el duelo.

Delante del féretro, en filas, iban muchos obreros y algunos

comerciantes al por menor, con más, varios zapateros y sastres, rezando

Padrenuestros.

Guimarán había propuesto que no se dijese palabra.

«No había muerto el gran Barinaga, aquel mártir de las ideas, dentro de

ninguna confesión cristiana; luego era contradictorio...».

--Deje usted, deje usted--había advertido Foja con mal gesto--. No

seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de más efecto que se

rece.

--Esto no es una manifestación anti-católica--observó el maestro de

escuela.

--Es anti-clerical--dijo otro liberal probado.

--El tiro va contra el Provisor--manifestó un lampiño, de la policía

secreta de Glocester.

Así pues, se convino que se rezaría y se rezó. _Requiescat in pace_,

decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada

oración.

Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas:

_Requiescat in pace_.

Ni el latín ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero había que

transigir.

«Todo aquello era una contradicción, pero Vetusta no estaba preparada

para un verdadero entierro civil».

Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, las

ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por

el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal

calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena,

se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos

condenaban el atrevimiento de enterrar «a un cristiano» (sinónimo de

hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeñadas,

alababan la idea en voz alta.

Hubo una que gritó:--¡Así, que rabien los de la pitanza!

Esta imprudencia provocó otra del lado contrario.

--¡_Anday_, judíos!--exclamaba una moza del partido azotando con un

zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albañil y

canteros.

Detrás del duelo iba una escasa representación del sexo débil; pero,

según las de la cesta y las de las fuentes públicas, «eran malas

mujeres».

--¡Anda tú, _pendón_!

--¿Adónde vais, _pingos_?

Y las correligionarias de don Pompeyo reían a carcajadas, demostrando

así lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se acercaba; el

cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso.

La lluvia empezó a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los

paraguas retumbaban con estrépito lúgubre y chorreaban por todas sus

varillas. Los balcones se abrían y cerraban, cuajados de cabezas de

curiosos.

Se miraba el espectáculo generalmente con curiosidad burlona, con algo

de desprecio. «Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito del

Magistral. Aquel pobre don Santos había muerto como un perro por culpa

del Provisor; había renegado de la religión por culpa del Provisor,

había muerto de hambre y sin sacramentos por culpa del Provisor».

«Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la

ocasión para hacer una de las suyas...».

«Y por culpa del Provisor...».

«No se puede estirar demasiado la cuerda».

«Ese hombre nos pierde a todos».

Estos eran los comentarios en los balcones. Y después de cerrarlos,

continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdió De Pas aquella

tarde.

Sin que se supiera cómo, llegó a ser un _lugar común_, verdad evidente

para Vetusta, que «Barinaga había muerto como un perro por culpa del

Magistral».

Los amigos que le quedaban a don Fermín reconocían que no se podía

luchar, por aquellos días a lo menos, contra aquella afirmación injusta,

pero tan generalizada.

El entierro dejó atrás la calle principal de la Colonia, que estaba

convertida en un lodazal de un kilómetro de largo, y empezó a subir la

cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volvía a azotar a los del

duelo en diagonales, que el viento hacía penetrar por debajo de los

paraguas. Llovía a latigazos. Una nube negra, en forma de pájaro

monstruoso, cubría toda la ciudad y lanzaba sobre el duelo aquel

chaparrón furioso. Parecía que los arrojaba de Vetusta, silbándoles con

las fauces del viento que soplaba por la espalda.

Se subía la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el

féretro miserable se había abierto por dos o tres lados; se veía la

carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que conducían el

cadáver le zarandeaban. La fatiga y cierta superstición inconsciente les

había hecho perder gran parte del respeto que merecía el difunto. Todos

los hachones se habían apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se

hablaba alto en las filas.

--¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso.

Algunos se permitían decir chistes alusivos a la tormenta. En el duelo

había más circunspección, pero todos convenían en la necesidad de

apretar el paso.

Aquel furor de los elementos despertó muchas preocupaciones taciturnas.

Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le

hacía mucho daño, le ponía nervioso y con esto se le achicaba el ánimo.

--No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría

creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros.

La Regenta · 第 24 / 30 题