Si le preguntaban qué opinaba del

_Ateo_, decía:

--«¿Quién, don Pompeyo? Es una buena persona. No sabe nada, pero tiene

muy buen corazón».

Guimarán juró--tenía que parar en ello--juró no poner jamás los pies en

el Casino.

--«Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún cristiano».

Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero

protestaba en seguida contra «aquellas metáforas y solecismos del

lenguaje».

Lo que habían hecho con él había sido celebrar el aniversario 25 de la

exaltación de Pío Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y

sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en

las grandes solemnidades.

Don Pompeyo se dirigió a la junta en papel de oficio citando los

artículos del Reglamento que, en su opinión, «prohibían semejantes

muestras de júbilo por parte de una corporación que, por su calidad de

círculo de recreo, no debía, no podía tener religión positiva

determinada».

Y en el salón daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices de

los balcones; hacía aspavientos, e invocaba la tolerancia religiosa, la

libertad de cultos y hasta la sesión del juego de pelota.

--Pero, hombre--le decía Ronzal, con deseos de pegarle--¿qué le importa

a usted que el Casino cuelgue e ilumine? ¿Qué le ha hecho a usted la

Santidad de Pío Nono?

--¿Qué me ha hecho la Santidad?... Se lo diré a usted, sí señor, se lo

diré a usted. Pío Nono me era... hasta simpático... reconocía en él un

hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una

muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... ¡Un hombre

infalible! ¿Comprende usted eso, Ronzal?

--Sí, señor, perfectamente. Es la cosa más clara....

--Pues explíquemelo usted.--Entendámonos, señor Guimarán, si usted

quiere examinarme... ¡sepa usted que yo... no aguanto ancas!...

--No se trata aquí de la grupa de nadie... sino de que usted pruebe la

infali....

--¿La _infalibidad_?

--Sí, señor... la infalibilidad... la in... fa... li... bi... li....

--¡Oiga usted, señor don Pompeyo, que a mí las canas no me asustan! y si

usted se burla, yo hago la cuestión personal....

--¿Cómo personal? ¿También usted es infalible?

--¡Señor Guimarán!

--En resumen, señor mío....

--Eso es, _reasumiendo_...

--Yo me borro de la lista...--¡Pues tal día hará un año!

Ronzal no demostró el por qué de la infalibilidad, pero don Pompeyo se

borró de la lista del Casino.

Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo

como alma en pena vagando de café en café hasta que al cabo de algunos

años tropezó con don Santos Barinaga en el _Restaurant y café de la

Paz_, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se

preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espíritu de

vino.

Entablaron amistad que llegó a ser íntima. Don Santos había sido siempre

un buen católico; es más, de la Iglesia vivía, pues su comercio era de

objetos del culto.

Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de «La Cruz

Roja» había empezado a _labrar su ruina_, iba sintiendo cada día más

vacilante el alcázar de su fe... y más vacilantes las piernas. Empezaba,

como otros muchos, por negar la virtud del sacerdocio y, además--esto no

se sabe que lo hayan hecho otros heresiarcas--, coincidía en él aquel

desprecio de los ordenados _in sacris_ con la afición desmesurada al

alcohol en sus varias manifestaciones.

Poco trabajo le costó a Guimarán hacer un prosélito de don Santos. De

día en día y de copa en copa avanzaba la impiedad en aquel espíritu; y

llegó a creer que Jesucristo no era más que una constelación; disparate

que había leído don Pompeyo en un libro viejo que compró en la feria.

Guimarán tenía la impiedad fría del filósofo, Barinaga los rencores del

sectario, la ira del apóstata.

Cuando le parecía al buen tendero que iba demasiado lejos en sus

negaciones, para ocultar el miedo, se ponía de pie, copa en mano, y

decía solemnemente:

--En último caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la responsabilidad

caiga sobre ese pillo... sobre ese _rapavelas_... ¡sobre ese maldito don

Fermín!...

El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y escaso parecía

llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las

cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto

el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por

los rincones. Un gato pardo iba y venía del mostrador a la mesa de don

Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no

decía más que disparates, bostezaba, y daba media vuelta.

Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de la impiedad en

aquel espíritu lleno de pasión; no había llegado don Santos al ateísmo,

«pero este era un grado de perfección filosófica que tal vez le venía

muy ancho al antiguo comerciante de cálices y patenas». Don Pompeyo se

contentaba con arrancarle las raíces y retoños de toda religión

positiva. No le agradaba verle cada vez más _enfrascado_ en el

aguardiente y el cognac; pero don Santos si no bebía no daba pie con

bola, no entendía palabra de lugares teológicos. Había que dejarle

beber.

A las diez y media de la noche salían juntos; don Pompeyo daba el brazo

a don Santos y le acompañaba hasta dejarle bastante lejos del café,

porque si no se volvía solo. En la esquina de una calleja se despedían

con largo apretón de manos, y Guimarán, sereno y satisfecho, se

restituía a su hogar tranquilo donde le esperaban su amante esposa y

cuatro hijas que le adoraban.

Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con

nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor

entregado a sí mismo, luchaba por encontrar una marcha y un continente

decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo el cuerpo

del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se tenía mal sobre los

hombros... y de la faringe del borracho salían, como arrullos de

tórtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta monótona,

inarticulada, que era a su modo expresión de una idea fija, o mejor, de

un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de la manía. A todas

las manchas de las paredes, a todas las sombras de los faroles les

contaba, gruñendo, la historia de su ruina, y no había piedra de aquel

camino, que no supiese la escandalosa leyenda de la fortuna del

Magistral.

Si Barinaga tomó de don Pompeyo su apostasía, Guimarán se contagió con

el odio de don Santos al Provisor y a doña Paula. «¡Era escandaloso,

ciertamente, aquel tráfico indigno!». Los dos viejos fueron trompas de

la fama contra la honra del Provisor. Don Santos alborotó la vecindad

muchas noches; no bastó la intervención del sereno; llegó a dar puñadas,

bastonazos y hasta patadas en la puerta de la _Cruz Roja_. El dueño del

establecimiento se quejó a la autoridad, creció el escándalo, los

enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se

gritaba: «¿Cómo se entiende? ¿van a prender a don Santos después de

haberle arruinado?

¿Se atrevería la autoridad a tomar una _medida represiva_?».

En el cabildo, Glocester, el maquiavélico Arcediano, hablaba al oído de

los canónigos «de descrédito colectivo, de lo que la iglesia, y la

catedral sobre todo, perdían con aquellas _algaradas_ (frase de

Glocester)». El beneficiado don Custodio apoyaba al señor Mourelo.

--¡Y si fuera eso lo peor!--decía el Arcediano.

Y entonces comenzaba el segundo capítulo de la murmuración.

«Lo peor era que, con razón o sin ella, pero no sin que las apariencias

diesen motivo para las hablillas, se decía que el Magistral quería

seducir, y en camino estaba, nada menos que a la Regenta».

--¡Hombre, eso no!--gritaba el chantre--¡ella está hecha una santa;

después de su enfermedad, desde que estuvo si la entrega o no la

entrega, su vida es ejemplar. Si antes era una señora virtuosa, como hay

muchas, ahora es una perfecta cristiana. Está más delgadilla, más

pálida, pero hermosísima... quiero decir, que edifica, que es una

santa... vamos... una santa....

--Señor, yo quiero hechos... y el público no se fía de santidades... se

fía de hechos....

Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de

Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Caserón,

las visitas de la Regenta a doña Petronila....

--¡Cómo! ¿Y qué? ¿qué tenemos con esas visitas? ¿También va usted a

creer que doña Petronila se presta?...

--Señor... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y digo lo que

dice el público.... El escándalo crece....

Era verdad. Tal maña se daban Glocester y don Custodio y otros señores

del cabildo, algunos empleados de la curia eclesiástica, y entre el

elemento lego Foja y don Álvaro; este por debajo de cuerda y

conteniéndose en lo que se refería a la simonía y despotismo que se

achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de otra cosa. Ya

todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas a la puerta

de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Había bandos: unos

reclamaban la intervención de la autoridad, otros sostenían _el derecho

del pataleo_ de Barinaga.

El Chato iba y venía, espiaba en todas partes, y dos o tres veces al día

entraba en casa del Provisor a dar parte de las murmuraciones a su jefe,

a doña Paula, que le pagaba bien.

La madre de don Fermín vivía en perpetua zozobra; pero no desmayaba. «Ya

que él quería perderse, allí estaba ella para salvarle». Era lo

principal visitar al Obispo, conseguir que la murmuración, la calumnia o

lo que fuese, no llegara a su Ilustrísima. Doña Paula pasaba gran parte

del día y de la noche en palacio. Su lugarteniente Úrsula, el ama de

llaves del Obispo, tenía orden de no dejar a ninguna persona sospechosa

llegar a la cámara de su dueño; los familiares, gente devota de doña

Paula, hechuras suyas, obedecían a la misma consigna. El Magistral,

aunque le disgustaba emplearse en tal oficio, también espiaba y

vigilaba; el instinto de conservación le obligaba a secundar los planes

de su madre.

Doña Paula y don Fermín hablaban poco; se defendían por acuerdo tácito;

empleaban el mismo sistema de resistencia sin comunicárselo. Estaba la

madre irritada. «Su hijo la engañaba, la perdía. Para ella doña Ana

Ozores, la dichosa Regenta, era ya _barragana_ (esta palabra decía en

sus adentros) barragana de su Fermo.

Por allí iba a romper la soga; por allí hacía agua el barco. Si se

hablaba tanto de los abusos de la curia eclesiástica, de la _Cruz Roja_

y de don Santos, era porque el _otro negocio_, el más escandaloso, el de

las _faldas_ traía consigo los demás». Esto pensaba ella. «Lo otro es

antiguo; ya nadie hacía caso de esas hablillas por viejas, por gastadas,

pero con el escándalo nuevo, con lo de esa mala pécora, hipócrita y

astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un

mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos». Al dueño de la

Cruz Roja se le prohibió oír los golpes que descargaba en la puerta

todas las noches el borracho de don Santos. No se volvió a pensar en

pedir auxilio a la autoridad. Se compró al sereno y se le dio orden de

que evitara el ruido ante todo. Era inútil. Muchos vecinos ya esperaban

con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salían a los balcones a

presenciar la escena.

Pero doña Paula tenía además que seguir los pasos a su hijo.

El Chato había visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al

anochecer en casa de doña Petronila. Y ya lo sabía doña Paula. Pero

también les había visto don Custodio y se lo había dicho a Glocester y

después los dos a toda Vetusta.

En tanto, en el café de la Paz había ya público para oír a don Pompeyo y

a don Santos maldecir de las religiones positivas y especialmente del

señor Vicario general, como llamaba siempre a De Pas el señor Guimarán.

Entre el _pueblo bajo_ corría la historia de las aras, de la ruina de

don Santos, de los millones del Magistral depositados en el Banco; con

tal motivo algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al

clero en masa. A esto lo llamaban cortar por lo sano.

Los trabajadores carlistas dudaban; tenía entre ellos amigos el

Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por rico... y

sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del asunto de

_las faldas_. Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no

tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se

acordaba por allí de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la

voz en la propaganda revolucionaria habían muerto, o habían envejecido,

o se habían dispersado, o estaban desengañados de _la idea_; la

generación nueva no era clerófoba más que a ratos; era amiga de la

taberna, no del club. Se hablaba sólo de revolución social; y ya se

decía que los curas no son ni más ni menos malos que los demás

_burgueses_. Malo era el fanatismo, pero el _capital_ era peor. No había

en los barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las

sotanas. El Magistral era allí más despreciado que aborrecido. Pero el

escándalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o tres

rasgos de despotismo en la curia eclesiástica, el dineral que costaba

casarse--como si antes no costara lo mismo--y las acciones del Banco,

volvieron a encender los odios, y esta vez se habló de colgar al

Provisor y _demás clerigalla_.

Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester

que la creía obra suya exclusivamente, era don Álvaro Mesía. Ya

aborrecía de muerte al Magistral. «Era el primer hombre ¡y _con faldas_!

que le ponía el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una

presa, y con trazas de llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya.

Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario había podido más que

su sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual

el _arte_ decía que estaba la rendición de la más robusta fortaleza. Yo

pongo el cerco, pero ¿quién sabe si él ha entrado por la mina?». El

dandy vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que había

padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar, que según su cuenta, en

pocos meses de íntima amistad le había _declamado_ todo el teatro de

Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para

que el diablo haga a esa señora caer en cama, tomarle miedo a la muerte,

y de amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso),

convertirse en arisca, timorata, mística... pero mística de verdad. ¿Y

quién se la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía? Cuando él

comenzaba a preparar la escena de la declaración, a la que había de

seguir de cerca la del _ataque personal_, cuando la próxima primavera

prometía eficaz ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre».

«La señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. Se le permitía

llegar al gabinete, preguntarle cómo estaba... pero no entrar en la

alcoba. Él había ido a visitarla todos los días, pero como si no, no le

dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin

obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». Durante la

primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también

entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con

Ana. Y lo más triste había sido después; cuando la segunda arremetida

del mal, que fue tan peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud.

Ana le recibió en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante

delgada, y pálida como una muerta. «Hermosísima, eso sí, hermosísima...

pero a lo romántico. Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre

no luchaba él. Estaba entregada a Dios. ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía

levantar un brazo sin cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de

impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella _naturaleza_ en adquirir la

fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales, que eran

la fe viva del señor Mesía y su esperanza. Tardaría mucho. Mientras

tanto él no podría emprender nada de provecho. «Y el Magistral estaba

haciendo allí su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de visiones

celestes.... Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas

palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran

corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. A veces se le

ocurría a él si se las dictaría el Magistral». Una tarde comía la

Regenta en presencia de su esposo, don Álvaro y De Pas. Le costaba

lágrimas cada bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no debía

comer. Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento

obligatorio.

--Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es

sentirse bien; y pronto, para que no se apodere la anemia de ese

organismo....

--Oh, amigo mío--replicó el Magistral, sonriendo con mucha

amabilidad--la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar

del alimento.... Además, comer no es lo mismo que alimentarse....

--Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda,

mucha carne a la inglesa...

«¡Oh! le corría prisa; hubiera dado sangre de un brazo por verla correr

por aquellas venas que se figuraba exhaustas. ¡La vida, la fuerza a todo

trance, para aquella mujer!». Hasta habló un día don Álvaro de

transfusiones. «La ciencia había adelantado mucho en esta materia».

Somoza solía aprobar moviendo la cabeza y diciendo:

--¡Mucho! ¡mucho! ¡oh, sí, la ciencia! ¡mucho!... ¡la transfusión!...

¡claro! Tenía cierto miedo a los conocimientos médicos de don Álvaro.

Aquel hombre que iba a París y traía aquellos sombreros blancos y citaba

a Claudio Bernard y a Pasteur... debía de saber más que él de medicina

moderna... porque él, Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía

tiempo.

Pero la Regenta mejoraba; volvía la sangre, aunque poco a poco; los

músculos se fortalecían y redondeaban... y la frialdad y la reserva no

desaparecían. Don Víctor siempre el mismo para su don Álvaro; seguían

las confidencias acompañadas de cerveza... pero Ana jamás se presentaba.

Si don Álvaro se atrevía a preguntar por ella, don Víctor fingía no oír,

o mudaba de conversación; si el otro insistía, Quintanar suspiraba y

encogiendo los hombros decía:

--¡Déjela usted... estará rezando!

--¡Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla....

--No... si... no reza... es decir... oración mental... ¿qué sé yo?...

cosas de ella. Hay que dejarla.

Y suspiraba otra vez. Sí, había que dejarla. Pero a solas, don Álvaro se

mesaba los rubios y finos cabellos ¡quién lo diría! se llamaba animal,

bestia, bruto, como si no fuera todo lo mismo, y se decía:

--¡Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez.... Debí dar el

_ataque personal_ una noche que la encontré a obscuras... o aquella

tarde del cenador....

Pero no lo había dado.... Y ahora no había remedio. Un día llegó Ana _al

extremo_ de retirar la mano, que él solicitaba con la suya extendida.

Buscó un pretexto con la habilidad rápida que tienen las mujeres... y...

no le dio la mano. No volvió a tocarle aquellos dedos suaves. Y es más,

apenas la veía.

--«¡Oh, a él, a don Álvaro Mesía le pasaba aquello! ¿Y el ridículo? ¡Qué

diría Visita, qué diría Obdulia, qué diría Ronzal, qué diría el mundo

entero!

»Dirían que un cura le había derrotado. ¡Aquello pedía sangre! Sí, pero

esta era otra». «Si don Álvaro se figuraba al Magistral vestido de

levita, acudiendo a un duelo a que él le retaba... sentía escalofríos».

Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el canónigo le había

vencido delante de Ana misma. Aquel valor que él sentía ante una sotana,

por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga al clérigo a

no devolver las bofetadas, aquel valor desaparecía pensando en los puños

de don Fermín. «No había salida. No había más que acabar con él ayudando

a Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano

eclesiástico».

Por las tardes, paseándose en el Espolón, donde ya iban quedándose a sus

anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra

de los árboles frondosos del Paseo Grande, don Álvaro solía cruzarse con

el Provisor; y se saludaban con grandes reverencias, pero el seglar se

sentía humillado, y un rubor ligero le subía a las mejillas. Se le

figuraba que todos los presentes les miraban a los dos y los comparaban,

y encontraban más fuerte, más hábil, más airoso al vencedor, al cura.

Don Fermín era el de siempre; arrogante en su humildad, que más quería

parecer cortesía que virtud cristiana; sonriente, esbelto, armonioso al

andar, enfático en el sonsonete rítmico del manteo ampuloso, pasaba

desafiando el qué dirán, con imperturbable sangre fría. Solían juntarse

en el Espolón los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y

corpulento; el pariente del ministro, más fino, más delgado, pero muy

largo también, y don Fermín, el más elegante y poco menos alto que la

dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de paño negro reluciente,

inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia, enlutadas con

fúnebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del traje y de la seriedad

del continente, don Álvaro adivinaba en aquel grupo una seducción para

las vetustenses; iba allí el prestigio de la Iglesia, el prestigio de la

gracia, el prestigio del talento, el prestigio de la salud, de la fuerza

y de la carne que medró cuanto quiso... Él se figuraba tres monjas

hermosas, buenas mozas, que tuviesen además talento, gracia; se las

figuraba paseando por el Espolón... y estaba seguro de que los ojos de

los hombres se irían tras ellas. Pues lo mismo debía de suceder trocados

los sexos. Y, en efecto, en los saludos que las señoras que todavía

paseaban en el Espolón dedicaban a los tres buenos mozos del Cabildo, a

las tres torres davídicas, creía ver el Presidente del Casino ocultos

deseos, declaraciones inconscientes de la lascivia refinada y

contrahecha.

Cada día aumentaba en don Álvaro la superstición del confesonario, cada

día creía más poderosa la influencia del cura sobre la mujer que le

cuenta sus culpas. Y mirando a las damas que iban y venían, unas

elegantes, lujosas, otras enlutadas o con hábito humilde, todas deseando

a su modo agradar, todas procurándolo, Mesía imaginaba secretos hilos

invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquiña, del

cura a la hembra.

En suma, don Álvaro tenía celos, envidia y rabia. Su materialismo

subrepticio era más radical que nunca. «Nada, nada, fuerza y materia, no

hay más que eso», pensaba.

Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son

poco tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religión del

Estado.

Llegó al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se celebrara

en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e iluminando los

balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y se votó

aquella abstención. ¡Había triunfado al cabo don Pompeyo Guimarán!

Don Álvaro quería que el ateo volviese al Casino, hacía falta aquel

refuerzo a los que se empeñaban en deshonrar al Magistral. Foja y

Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los murmuradores,

propusieron a don Álvaro que fuera una comisión a buscar a don Pompeyo

para restituirlo al Casino, «de donde nunca debió haber salido». Se

celebraría la _restauración_ de Guimarán con una buena cena. Paco el

Marquesito, que como buen aristócrata se creía obligado a ser religioso

_en la forma por lo menos_, se opuso al principio a los proyectos de

Foja y Orgaz, pero considerando que su amigo, su ídolo Mesía deseaba

tener allí al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y

considerando que iban a divertirse de veras en el _gaudeamus_ de la

noche, falló que debía ayudar y ayudaba a los enemigos del Magistral y

se agregó a la comisión que fue a buscar a don Pompeyo.

Fueron: el señor Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz.

Los recibió el señor Guimarán en su despacho, lleno de periódicos y

bustos de yeso, baratos, que representaban bien o mal a Voltaire,

Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden de colocación

sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros viejos.

Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de

tablero de damas. Acogió a los comisionados con la amabilidad que le

distinguía y ocultando mal la sorpresa.

«¿A qué vendrían aquellos señores? ¿Querrían darle alguna broma? No lo

esperaba». De todos modos el ver allí al hijo del marqués de Vegallana

le inundaba el alma de alegría, aunque él no quisiera reconocerlo.

Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse

para ocultar la emoción. Sintió que la hebilla del chaleco estallaba en

su espalda.

--Señores--pudo decir al cabo con voz temblorosa--si un juramento

solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que voluntariamente

me impuse hace tantos años, o mejor dicho, que me impusieron el

fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvería con mil amores

al seno de aquella sociedad de la que fuí fundador con otros seis o

siete amigos. ¿Y cómo no, señores, si allí corrieron los mejores días,

para mí, en pláticas provechosas y amenas con el elemento más culto de

la población? Allí la tolerancia solía tener su asiento; y las personas,

los personajes en quien más arraigadas están ciertas ideas venerables al

fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta cierto punto de

abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, entre los cuales

cuento al papá de este joven ilustrado, a mi buen amigo y condiscípulo

el excelentísimo señor marqués de Vegallana, respetaban mis opiniones,

como yo las suyas. Lo que ustedes hacen ahora nunca lo agradeceré yo

bastante. Pero lo principal ya se ha logrado; la libertad del

pensamiento vuelve a brillar en el Casino.... Mi aspiración se ha

realizado. Ahora, por lo que a mí toca, señores, debo declarar que no

puedo romper un voto solemne, un juramento... y no iré con ustedes,

aunque bien quisiera.

La comisión insistió, conociendo en la cara de don Pompeyo que

vencerían.

Foja presentó un argumento de mucha fuerza.

--Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría con nosotros,

se restituiría al Casino.

--¡Con mil amores! Esa es la palabra... me restituiría....

--Que únicamente le retrae el juramento....

--Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida allí los pies.

--¿Pero qué solemnidad ni qué castañuelas? y usted dispense que me

exprese así. El que jura, pone a Dios por testigo; pero usted no cree en

Dios... luego usted no puede jurar.

--Perfectamente--dijo Joaquinito Orgaz; de _p_ y _p_ y _w_ y se puso en

pie para hacer una pirueta flamenca.

Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de un loco, en otros

términos, la buena crianza estaba de más.

Don Pompeyo se quedó mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez,

mientras consideraba el argumento de Foja.

No tenía qué contestar.

Al cabo dijo:--La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar...

pero... metafóricamente.... Además, puedo prometer por mi honor....

--Pero amigo, en aquella ocasión usted no prometió por su honor; juró

usted no poner allí los pies... todo Vetusta recuerda sus palabras de

usted.

Don Pompeyo sintió vapores en la cabeza al oír que todo Vetusta

recordaba sus palabras.

Pero insistió, aunque más débilmente cada vez, en su negativa.

Foja guiñó el ojo al Marquesito. Empezó entonces este el ataque, y

Guimarán no pudo resistir más. Se rindió.

¡El hijo de Vegallana, del primer aristócrata, venía a suplicarle que

volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo sostener la

fortaleza de su resolución.

--Después de todo--dijo--en el mero hecho de haberse restablecido la

legislación que yo invocaba... ya puedo pisar sin desdoro aquel

pavimento....

--Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; póngase usted la levita,

que la cena espera.

--¿Qué cena?--Sí, señor; se ha acordado por el elemento vencedor, por

los que solicitan la presencia de usted, obsequiarle con un banquete...

y vamos a cenar juntos unos doce amigos....

Don Pompeyo no sabía si debía aceptar.... No le dejaron ser modesto; y

corrió aturdido a ponerse la levita y el sombrero de copa alta. Estaba

deslumbrado y creía sentir alrededor de su cuerpo un baño; un baño de

agua rosada.

La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegría.

«¡Oh! al fin la aristocracia era algo, algo más que una palabra, era un

elemento histórico, una grandeza positiva... podía haber nobleza y no

haber Dios... ¿qué duda cabía?».

Una hora después en el comedor del Casino que ocupaba una crujía del

segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa

presidida por don Pompeyo Guimarán, don Álvaro Mesía, enfrente del

protagonista, y en agradable confusión después, sin pensar en

preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, Foja, don

Frutos Redondo (que acudía a todas las cenas fuesen del partido

religioso o político que fuesen), el capitán Bedoya, el coronel

Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas pulgas y

buena espada, un tal Juanito Reseco, que escribía en los periódicos de

Madrid y venía a Vetusta, su patria, a darse tono de vez en cuando, y

además un banquero y varios jóvenes de la _bolsa_ de Mesía,

trasnochadores abonados del Casino.

Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los

poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía una mesa

bien puesta. Así le parecía digno de Baltasar aquel vulgarísimo aparato

de restaurant provinciano. El mantel adamascado, más terso que fino; los

platos pesados, gruesos; de blanco mate con filete de oro; las

servilletas en forma de tienda de campaña dentro de las copas grandes,

la fila escalonada de las destinadas a los vinos; las conchas de

porcelana que ostentaban rojos pimientos, cárdena lengua de escarlata,

húmedas aceitunas, pepinillos rozagantes y otros entremeses; la gravedad

aristocrática de las botellas de Burdeos, que guardaban su aromático

licor como un secreto; los reflejos de la luz quebrándose en el vino y

en las copas vacías y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el

centro de mesa en que se erguía un ramillete de trapo con guardia de

honor de dos floreros cilíndricos con pinturas chinescas, de cuya boca

salían imitaciones groseras de no se sabía qué plantas, pero que a don

Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna _miss_ de

circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de

latón; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre

y con más especias que un barco de Oriente...; todo contribuía a

deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y fascinado el

conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de la mesa aún

pulcra, correcta, intacta.

Se comenzó a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir

chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de

La Taurina y el Puerto, donde se cenaba _por todo lo flamenco_.

Todos comían mucho, menos don Pompeyo, a quien la emoción apretaba la

garganta. Desde el segundo plato comenzó a atormentarle un cuidado.

«Estoy, pensó, en el ineludible compromiso de brindar; tengo que

improvisar un discurso». Y ya no comió bocado que le aprovechase. Oía

hablar como quien oye llover: sonreía a derecha e izquierda, contestaba

con monosílabos, pero él pensaba en su brindis; las orejas se le

convertían en brasas y a veces sentía náuseas y temblor de piernas. En

resumidas cuentas, estaba pasando un mal rato. Él esperaba que las cosas

sucedieran así: hablaría primero don Álvaro, haría un elogio de la

constancia con que él, don Pompeyo, había sostenido la idea santa de la

libertad de pensamiento, y prometería en nombre de la Junta que el

Casino jamás tendría religión, como no debía tenerla el Estado. Después

hablarían Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas...

y por último él, Guimarán, tendría que levantarse a... _hacer el

resumen_. Y mientras comía y bebía por máquina preparaba su arenga, sin

poder pasar del exordio, que quería original, sin afectación, modesto

sin falsa humildad.... «Estos jóvenes... debieron haberme avisado

ayer... y entonces tendría yo tiempo».

Contra lo que esperaba el _ateo_, la conversación, al llegar el

Champaña, había tomado un rumbo que no podía llevarla a los asuntos

serios que él creía propios de aquella solemnidad. Se hablaba de

mujeres. Casi todos echaban de menos la edad de las ilusiones, no por

las ilusiones, sino por la secreta fuerza, que según ellos era su

origen. Se declaraban, aun los jóvenes, en la edad triste en que el amor

es de cabeza, pura imaginación. Sólo Paco, franco y noble, confesaba que

se sentía mejor que nunca, a pesar de haber vivido tanto como

cualquiera.

Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de cincuenta años,

el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y

con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano,

exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el

capitán Bedoya. Hubo interrupciones y entonces la conversación tomó un

vuelo más alto; Guimarán se dignó prestar atención. Se hablaba ya de la

otra vida, y de la moral, que era relativa según la opinión de la

mayoría.

Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que no había

moral de ninguna clase--y también se puso de pie--; que el hombre era un

animal de costumbres; que cada cual barría para adentro.

--_Homo homini lupus_--advirtió Bedoya el capitán.

El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la proposición sin

entenderla.

--Eso es la lucha por la existencia--dijo muy serio Joaquinito Orgaz.

--No hay más que materia...--añadió Foja, que sólo en sus borracheras

exponía sus opiniones filosóficas.

--Fuerza y materia--dijo Orgaz padre--que lo había oído a su hijo.

--Materia... y pesetas--rectificó Juanito Reseco--con voz aguda,

estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no podía comprender.

--Eso es--gritó el orador Palma; y siguió brindando por todas las

excelencias naturales que él echaba de menos en su miserable cuerpo de

anémico incurable.

Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones,

coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. Entre la

ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino,

rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí se podía decir

todo, estaban solos, todos eran unos». Mesía hablaba poco, era su

costumbre en tales casos. Temía estas expansiones en que se toma por

amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano después se

querría recoger. Mientras los demás referían aventuras vulgares, sin

gloria, él atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y

la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco

con cariño y voluptuosa calma; los ojos animados, húmedos, llenos de

reflejos de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el

techo. Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no

tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesía estaba

hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armonía de sus formas

de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la gula no

imprimían groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre melancólica

y lasciva; se veía al hombre del vicio, pero sacerdote, no víctima:

dominaba él a su borrachera, _morigerada_, señoril, discreta. Don

Álvaro, a solas entre aquellos pobres diablos, soñaba despierto,

enternecido. En aquellos momentos se creía enamorado de veras, y se

creía y se sentía de veras interesante. Aunque él era sensualista ¡qué

diablo! la sensualidad, pensaba, también tiene su romanticismo. El

_claire de lune es claire de lune_ aunque la luna sea un cacho de hierro

viejo, una herradura de algún caballo del sol.

Y pasaban por su memoria y por su imaginación recuerdos de noches de

amor, no todas claras ni todas poéticas, pero muchas, muchas noches de

amor. Y sintió comezón de hablar, de contar sus hazañas. Este prurito

era nuevo en él; no lo había sentido hasta que la Regenta le había

humillado con su resistencia.

Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno

de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a él, y

callaron los demás para oírle. Entonces habló, sin poder remediarlo,

para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia. Habló

el maestro. Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos

cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con

una pulgada de ceniza; inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo

báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra

suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con

silencio de iglesia. Los que estaban lejos se incorporaban para

escuchar, apoyándose en la mesa o en el hombro del más cercano.

Recordaba el cuadro, por modo miserable, la _Cena_ de Leonardo de Vinci.

La atención profunda del auditorio, el interés que se asomaba a las

miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de Vetusta, le

halagaron y habló como podría hablar sobre el pecho de un amigo. Joaquín

Orgaz y el Marquesito oían con recogimiento de sectario al maestro.

Aquella era palabra de sabiduría.

Unas veces las aventuras eran románticas, peligrosas, de audacia y

fortuna; las más probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea; otras

demostraban la necesidad de prescindir de escrúpulos; muchas el buen

éxito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el ataque.

De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas

estrepitosas; era que una aventura cómica alegraba al concurso,

sacándole de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiración general

serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos

brillaban secos.

El arte del seductor se extendía sobre aquel mantel, ya arrugado y

sucio; anfiteatro propio del cadáver del amor carnal.

Mesía se dejaba ver por dentro, más que por complacer a sus oyentes, por

oírse a sí mismo, por saber que él era todavía quien era.

«Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un soñador el

que pensase otra cosa. Alguna vez se le había arrojado a Mesía a los

brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran muy

raras. Además: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las victorias

escasearían; por amor puro se entregan pocas. Más hace la ocasión que la

seducción. La seducción debe transformarse en ocasión».

Llegó el caso de contar cómo había podido don Álvaro vencer a la hija de

un maestro de la Fábrica vieja, muy honrado, que velaba por el honor de

su casa como un Argos. Angelina tenía padre, madre, abuela, hermanos;

ella era pura como un armiño.... Mesía había empezado por seducir a los

parientes. En cada casa entraba según lo exigía la vida de aquel hogar.

Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel,

jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con

paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y

humanitarias del padre, encantaba a todos; llegaba a ser el tertulio

necesario, el paño de lágrimas, el consejero, el mejor ornamento de la

casa; la llenaba con su hermosa presencia; era dulce, cariñoso, tenía

blanduras de padrazo; cuidaba de los intereses domésticos como si fueran

propios, hasta ponía paz entre los criados y los amos. Así iba entrando,

entrando en el corazón de todos; los amores con Angelina (o quien fuera,

pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en secreto; y

poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran tapete

debajo del cual hay un brasero; en el balcón al obscurecer, en cuantas

ocasiones podía, se acercaba, se apretaba contra su víctima, la llenaba

de deseos de él, de su arrogante belleza varonil y simpática; después

hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal amparo que

parecía la misma inocencia; y cualquier día o cualquiera noche, en una

merienda en el campo, después de la cena de Noche-buena, mientras los

demás de la familia reían alegres, descuidados, la pasión de Angelina

llegaba al paroxismo, la ocasión echaba el resto y la deshonra entraba

en la casa, y el amigo íntimo, el favorito de todos, salía para no

volver nunca.

Los que oían a don Álvaro se figuraban presenciar aquellas escenas de

amistad íntima, tranquilas, dulces, llenas de expansión y confianza; en

el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas, en la voz, se

reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el aire bonachón y

entrañable, la franqueza sencilla, noble, familiar, la habilidad

casera, todas las artes y cualidades que hacían vencer a Mesía en lides

tales.

--Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. Renunciar a una

victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos,

entre arañazos y coces, es ser un platónico del amor, un _cursi_; el

verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como

puede; es romántico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero,

violento, descarado, torpe si hace falta.

Nunca se le olvidaría a don Álvaro un combate de amor que duró tres

noches, y fue más glorioso para la vencida que para el vencedor. La

escena representaba una panera, casa de madera sostenida por cuatro pies

de piedra, como las habitaciones palúdicas sustentadas por troncos, y

las de algunos pueblos salvajes. En la panera dormía Ramona, aldeana, y

cerca de su lecho de madera pintada de azul y rojo, que rechinaba a cada

movimiento del jergón, yacía la cosecha de maíz de su casería, en montón

deleznable que subía al techo.

Allí fue la batalla. Y don Álvaro, como si lo estuviera pasando todavía,

describía la obscuridad de la noche, las dificultades del escalo, los

ladridos del perro, el crujir de la ventana del corredor al saltar el

pestillo; y después las quejas de la cama frágil, el gruñir del jergón

de gárrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal

de la moza, que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes,

despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia montaraz, desconocida,

fuerte, invencible.

«Hubo momentos en que peleé, como César en Munda, por la vida. Era

Ramona, señores, morena; su carne de cañón, dura, tersa, y aquellos

brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en arrebato amoroso, me

probaban su fuerza dando tortura a los míos, oprimidos, inertes. Mi

deseo era más poderoso, porque tenía un incentivo más picante que la

pimienta: conocía yo que Ramona gozaba, gozaba como una loca en la

refriega. Segura de no ser vencida por la fuerza, enamorada a su modo

del _señorito_, sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos

mudos, gimnásticos, callaba, forcejeaba, mordía con deleite, magullaba

con voluptuosidad bárbara, y encontraba placer de salvaje en el martirio

de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentían dominados por ella.

La cama se hundió; rodamos por el suelo; y rodando llegamos al monte de

maíz. Entonces salió la luna; entraron sus rayos por la ventana que yo

dejara abierta, y vi a mi robusta aldeana, en pie, hundida una pierna

entre los granos de oro y la rodilla de la otra clavada sobre mi pecho.

Me intimaba la muerte o la huida, amenazándome con una medida para

áridos, cajón enorme de madera con chapas de hierro. Huí, huí por la

ventana; del corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve

que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero

volví a la noche siguiente. El perro ladró menos. La ventana no estaba

cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dormía, me esperaba;

en cuanto me sintió, descargó tremendo bofetón sobre mi rostro. No

importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes; rodamos, nos

anegamos en maíz; yo tragué muchos granos. Y tampoco vencí aquella

noche. Salí de allí por un armisticio, con promesas de futura victoria.

Y a la noche tercera luché todavía; me había engañado; el premio me

costó batalla nueva, y sólo pude recogerlo entre molestias sin cuento,

por culpa del maíz deleznable, curioso, importuno, entremetido. Ramona,

ya rendida, se quejaba también. Nos hundíamos, olvidados de todo; y si

no estuviera mandado que lo cómico no acabe en trágico, en buena

retórica, en aquel montón inquieto hubieran encontrado sepultura Álvaro

y Ramona sofocados por uno de nuestros más humildes cereales».

Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don

Álvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con el

contraste de aventuras románticas, en que él aparecía como un caballero

de la Tabla Redonda.

Y a todo esto don Pompeyo Guimarán olvidaba su exordio, interesado a su

pesar en las aventuras eróticas del _frívolo_ Presidente del Casino.

Paco Vegallana había hecho beber al ateo, sin que este lo sintiera, más

de lo que la justicia manda. No estaba borracho, pero se sentía mal y a

su pesar encontraba cierto deleite en oír aquellas escenas escandalosas

que en otra ocasión le hubieran indignado.

Mesía al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto, puso

término a sus confesiones, y volviéndose a don Pompeyo le invitó a usar

de la palabra.

--Don Pompeyo--dijo, y se puso en pie tambaleándose, lo cual probaba

que, si no el vino, sus recuerdos le habían embriagado--don Pompeyo;

puesto que ésta es la hora de las grandes revelaciones, es preciso que

usted nos diga cuál es el fondo de su alma....

--Señores--interrumpió el ateo--el fondo de mi alma lo traigo en la

superficie para que el mundo se entere.

--¡Bravo! ¡bravo!--gritó el concurso.

Y se vertieron y rompieron algunas copas.

--Propongo--gritó Juanito Reseco, encaramado en una silla--que en vista

de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de tú y estar a la

recíproca.

--¡Admitido! ¡Aprobado!--Pues bien--prosiguió Juanito--; oh tú,

Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un disgusto. Tú piensas que en

Vetusta no hay más ateos que tú...

--¡Caballerito!--Pues yo soy otro; _anch'io... so pittore_. Sólo que tú

eres un ateo progresista, un ateo fanático, un teólogo patas arriba....

Tú pasas la vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por

debajo de tus piernas. Y aunque hay contradicción aparente en eso de

patas arriba y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la

antinomia como dicen los filósofos cursis, considerando que el ser

bípedo no es para todos....

--Caballerito... no comprendo esa jerga filosófica. Antes que usted

naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es

insultar mis canas, y mi consecuencia....

--Decía que eres un teólogo patas arriba; pues sabe que en el mundo

civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La cuestión

de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. Tú no puedes

entender esto, pero oye lo que te importa; tú, fanático de la negación,

morirás en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste haber salido.

_Amen dico vobis_.

Y cayó Juanito debajo de la mesa.

A todos había indignado su discurso, menos a Mesía que extendiendo su

mano hacia él, exclamó:

--¡Perdonadle... porque ha bebido mucho!

--Ese Juanito--decía el coronel a don Frutos el americano--me parece un

gran pedante.

--Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la horca.

Se habló de religión otra vez. Don Frutos expuso sus creencias con una

palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto

sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las

cláusulas.

Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era inmortal: había

otro mundo, además de las Américas, otro mundo mejor al cual iban las

almas de los que no habían robado en las carreteras. Además Dios era

misericordioso, hacía la vista gorda. Y por supuesto, quería don Frutos

ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si

no, ¡vaya una gracia!

--¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la

haz de la tierra?--preguntaba Foja al oído de Orgaz hijo.

--¡Señores--gritó Joaquín--si en la otra vida no hay _cante_ o es cante

adulterado, renuncio al más allá!

Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó un

baile flamenco con perfección clásica. No faltaron jaleadores, y sonaban

las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de

chulo:

a coooosa

que maravilla mamá

ver al Frascueeeelo

la pantorriiiilla mamá...

Don Pompeyo sentía escalofríos. ¡Qué degradación! Meditaba y veía dos

Orgaz hijo sobre la mesa.

--Me han embriagado con sus herejías... quiero decir... con sus

blasfemias...--dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo

aquello era muy soso sin mujeres.

Joaquín gritó:--Allá va una a la salud de don Pompeyo.

Y comenzó una copla impía y brutal alusiva a una sagrada imagen.

--¡Alto ahí, señor mío!--exclamó indignado el buen Guimarán al oír el

penúltimo verso--. Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo

que ustedes hacen con tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el

caldo gordo del clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y

procaz, que por el mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy

se ha creído esto y mañana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido

los pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigüedad, es de la buena

crianza, y del respeto que nos debemos todos.

--¡Bien, muy bien!--dijeron todos, incluso Joaquín.

--Y yo estoy cansado de que se me tome a mí por un iconoclasta; sí,

iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, apóstol de la virtud y

heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y el corazón

de la humanidad.

--¡Bravo!¡bravo!--Y si por alguien se ha creído que yo puedo

fraternizar con el escándalo, aunarme con la desfachatez y adherirme a

la orgía, protesto indignado, que a muy otra cosa he venido aquí. Y creo

llegado el momento de que se hable con alguna formalidad.

--Perfectamente--interrumpió Foja--el señor Guimarán ha hablado como un

libro, y eso que no los lee, pero no importa, ha hablado como el libro

de su conciencia, según él dice. Aquí, señores, nos hemos reunido para

celebrar la vuelta del señor Guimarán al hogar doméstico, llamémoslo

así, del Casino. Pero ¡ah! señores diputados, ¿por qué ha vuelto al

Casino el señor Guimarán? _Tatiste question_, como dice Trabuco, a quien

siento no ver entre nosotros. (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque

nos hemos emancipado de la repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto

a fundar una sociedad cuya sesión inaugural estáis celebrando, acaso sin

saberlo. Esta sociedad que, desde luego, no se llamará de la templanza,

se propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los

hipócritas y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas

místicas que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene

y piensa lo mismo que antes: que faltan chicas.) Señores... guerra al

clero usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que

comercia con las cosas santas, que se vale de subterráneos para entrar

con sus tentáculos de pólipo en las arcas de la _Cruz Roja_...

--¡Ahí, ahí le duele!...

--A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos comerciantes, a

padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y hunde en

alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las vírgenes del Señor, y

que entiende que las entrega a Jesús entregándolas a la muerte.

(Frenéticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del escándalo, para

que tanto sea, y a tales oídos llegue, que la ruina del enemigo común

sea un hecho. Porque, señores, nadie como yo respeta al clero

parroquial, ese clero honrado, pobre, humilde... pero el alto clero...

muera... y sobre todo... muera el señor Provisor... el....

--¡Muera! ¡muera!--contestaron algunos: Joaquín, el coronel, que

estaba sereno, pero quería que muriese el Magistral, y otros dos o tres

comensales borrachos.

Cuando se levantaron de la mesa amanecía. Se había hablado mucho más; se

había contado la historia del Provisor tal como la narraba la leyenda

escandalosa. Convinieron, hasta los más prudentes, en que era preciso

fundar seriamente aquella sociedad propuesta por Foja. Se acordó

juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran propaganda contra el

Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se decían en voz baja:

--«Todo esto lo ha preparado Mesía; don Fermín es su rival y él quiere

arruinarle, aniquilarle.

--»¿Pero ¿quién llevará el gato al agua?

--»¿Qué gato?--»¿O la gata?--»El Magistral.--»Álvaro.--»O los dos...

--»O ninguno.--»En fin--advirtió Foja--yo ni quito ni pongo rey....

--»Pero ayudo a mi señor»--concluyó el coro.

Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz acompañaron a don Pompeyo a su

casa. Era una mañana de Junio alegre, tibia, sonrosada. El sol anunciaba

sus rayos en los colores vivos de las nubes de Oriente. Los pasos de los

trasnochadores retumbaban en las calles de la Encimada como si

anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no hacía frío, todos habían

levantado el cuello de la levita o lo que fuese. Don Pompeyo iba

taciturno. Abrió la puerta de su casa con su llavín; entró sin hacer

ruido; y a poco cerraba los ojos, metido en su lecho, por no ver la

claridad acusadora que entraba por las rendijas de los balcones

cerrados. Aquello de acostarse de día era una revolución que mareaba a

Guimarán; dudaba ya si las leyes del mundo seguían siendo las mismas. Al

cerrar los ojos sintió que su lecho, siempre inmóvil, también se

sublevaba bajando y subiendo. Poco después se creía en el Océano,

encerrado en un camarote, víctima del mareo y corriendo borrasca.

Se levantó a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de la

cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometió no verse en

otra; pocas horas después, en el Casino, donde le recibieron con

muestras de simpatía y de júbilo, ofrecía solemnemente volver a las

andadas, acudir a los _gaudeamus_ mensuales en que se daría cuenta de

los trabajos de la _sociedad innominada_ que había fundado

_inter-pocula_.

Doña Paula supo por el Chato, a quien se lo contó un mozo del restaurant

del Casino, cuanto se había hablado en la cena inaugural, y lo que

pretendían aquellos señores. Cuando el Magistral oyó a su madre que se

había gritado: «Muera el Provisor» encogió los hombros, se levantó y

salió de casa.

--Este chico anda tonto... yo no sé lo que tiene; parece que no está en

este mundo.... ¡Oh, maldita Regenta! ¡Esa mala pécora me lo tiene

embrujado!

Al mes siguiente se celebró la segunda sesión de la _Innominada_; se

bebió, se emborracharon los que solían y se dio cuenta de los trabajos

de propaganda. Foja participó que se había entendido en secreto con el

Arcediano, don Custodio y otros _enemigos capitulares_ (así dijo) del

Provisor. Se sabían muchos escándalos nuevos; el elemento eclesiástico y

el secular, de común acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general,

tramaban la ruina del monstruo; pronto se llegaría a poner en manos del

Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que

se acusaba a don Fermín de Pas. Lo peor de todo, lo que haría saltar al

Obispo, era lo que se refería al abuso indecoroso del confesonario. Se

contaban horrores; en fin, ello diría.

Don Álvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el

Otoño y suplicó que se guardase el más profundo secreto. Además, él,

sintiéndolo, tenía que privarse en adelante de asistir a tales

reuniones; su espíritu allí quedaba, pero él, don Álvaro, por razones

poderosas, que suplicaba a los presentes respetaran, se abstendría de

acudir a tan agradables banquetes.

Quince días después, a mediados de Julio, entraba una tarde el

Presidente del Casino en el caserón de los Ozores. Iba a despedirse. Don

Víctor le recibió en el despacho. Estaba el amo de la casa en mangas de

camisa, como solía en cuanto llegaba el verano, aunque no tuviera mucho

calor. Para él venían a ser ideas inseparables el estío y aquel traje

ligero. Quintanar al ver a don Álvaro suspiró, le tendió ambas manos,

después de dejar un libro negro sobre la mesa y exclamó:

--¡Oh mi queridísimo Mesía! ¡Ingrato! cuánto tiempo sin parecer por

aquí...

--Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias,

después a los baños de Sobrón y a mediados de Agosto estaré de vuelta en

Palomares, por no perder la costumbre.

--De modo que hasta Septiembre...--Hasta fines de Septiembre no nos

veremos....

Don Álvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la casa.

Don Víctor lamentó aquella ausencia. Suspiró. «Era un nuevo

contratiempo, nuevo asunto de tristeza».

Notó don Álvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, que se

movía y gesticulaba menos.

--¿Ha estado usted malo?--¡Quiá! ¿quién? ¿yo? ¡ni pensarlo! Pues qué,

¿tengo mala cara? Dígame usted con franqueza... ¿tengo mala cara?...

Pálido... ¿tal vez? ¿pálido?...

--No, no, nada de eso. Pero... se me figura que está usted menos alegre,

preocupado... qué sé yo....

Don Víctor suspiró otra vez. Tras una pausa preguntó, con tono

quejumbroso:

--¿Ha leído usted eso?--¿Qué es eso?--Kempis, la _Imitación de

Jesucristo_...

--¿Cómo? ¡usted! ¿también usted?...

--Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas cosas...

que no se le habían ocurrido nunca.... No importa. La vida, de todas

maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted se nos va....

Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamilán ya se marchó...

Vetusta antes de quince días se quedará sola; de la Colonia... ni un

alma queda.... De la Encimada se ausenta lo mejor... quedan los pobres...

los jornaleros... y nosotros. Nosotros no salimos este año. ¡Y qué

triste es un verano entero en Vetusta! El césped del paseo grande se

pone como un ruedo de esparto... no se ve un alma por allí, en las

calles no hay más que perros y policías.... Mire usted, prefiero el

invierno con todas sus borrascas y su agua eterna... qué sé yo... a mí

el frío me anima.... En fin, felices ustedes los que se van....

Y don Víctor suspiró otra vez.

--Voy a llamar a mi mujer. ¿Querrá usted decirla adiós, verdad? Es

natural.

--No... si está ocupada... no la moleste usted....

--No faltaba más. Ocupada... ella siempre está ocupada... y

desocupada... qué sé yo. Cosas de ella.

Salió. Don Álvaro tomó en las manos el Kempis; era un ejemplar nuevo,

pero tenía manoseadas las cien primeras páginas, y llenas de registros.

Nunca había leído él aquello. Lo miraba como una caja explosiva. Lo dejó

sobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones.

Ana entró en el despacho. Vestía hábito del Carmen. Seguía pálida, pero

había vuelto a engordar un poco. A Mesía le latió el corazón y se le

apretó la garganta, con lo que se asustó no poco.

Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de un

deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un

continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez

para siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué sabía él si jamás

aquella mujer sería suya?». Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras

voces le decían: «Renuncia para siempre a la Regenta». Ya se vería. Pero

era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, toda

esperanza, todo proyecto de conquista.

Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, al decirle

que se marchaba sin saber cuándo volvería. Pero Ana oyó la noticia como

distraída; ni un solo músculo de su rostro se movió.

--Nosotros--dijo--nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedo

bañarme y el médico me ha dicho que el aire del mar más podría hacerme

daño que provecho por ahora.

--Vetusta se pone muy triste por el verano....

--No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos.

Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó

los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a

la tentación de años y años. Sintió él que perdía el aplomo, creyó que

iba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en

pie delante de ella.

--¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies ahora, ¿qué pasa

aquí?» se preguntó don Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la mano

enguantada y dijo temblando:

--Anita... si usted quiere... algo para las provincias....

--Que usted se divierta mucho, Álvaro...--contestó ella sin asomo de

ironía. Pero a él se le figuró que se burlaba de su torpeza ridícula, de

su miedo estúpido... y sintió vehementes deseos de ahogarla. La mano de

la Regenta tocó la de Mesía sin temblar, fría, seca.

Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con la

puerta. En el pasillo se despidió de su amigo Quintanar.

La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y

amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, buscaban

el cielo azul entre las nubes pardas.

--XXI--

Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos

de la _Vida de Santa Teresa escrita por ella misma_.

Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y

crisis nerviosas. Don Víctor, a quien los remordimientos, durante la

recaída de su mujer, habían hecho jurar que hasta verla salva, sana,

jamás se apartaría de ella, faltó al juramento en cuanto la creyó fuera

de peligro. Un día se aventuró a dar una vuelta por el Casino; después

iba a ver los periódicos: más adelante jugaba una partida de ajedrez, y

«ya se sabe lo pesado que es este juego». Al fin, sin dar pretexto

alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caía encima. «Empezaba

el calor--porque don Víctor, en cuestión de temperatura, se regía por el

calendario--y ya se sabía que él no podía trabajar en su despacho en

cuanto el sudor le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo,

mucha naturaleza».

La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras amigas que

habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo, ahora la

visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves. Hacía un sol

hermoso, días azules, sin una nube en el cielo; había que aprovechar el

buen tiempo; era la época del año en que Vetusta se anima un poco: había

teatro, paseos concurridos, con música, forasteros... una exposición de

minerales.--Hasta Petra pidió una tarde permiso a la señora para ir a

ver un arco de carbón que habían construido....

Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón: a su lecho

llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensión de los

sentidos. Allá abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a veces Petra.

Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, su único

amigo.

La Regenta sentía más la soledad con tal compañía; aquellos criados

indiferentes, mudos, respetuosos, sin cariño, le hacían echar de menos

la humanidad que compadece. Petra le era antipática. La temía sin saber

por qué. Para tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la

invadían, preguntaba a la doncella:

--¿Anda don Tomás por la huerta?

Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí. Se

calmaba. Crespo subía una vez cada tarde a verla; pero no se sentaba

casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón a

la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso.

Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad

en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo,

cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o de

tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi

voluptuoso en aquella soledad. El balcón del gabinete daba al Parque:

incorporándose en el lecho, veía detrás de los cristales las copas de

algunos árboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y

fresca. Gorjeos de pájaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la

hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con

esperanza de salud y alegría para todos.

«Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tan

diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de la que había sido! se preparaba

a sí misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos

pensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas obras,

de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en

Dios y por Dios». Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquella

prisión de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu

sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de

Cristo.

Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo y era feliz entre

sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro

humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces leyendo se

mareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la

cabeza sobre las almohadas y _dejarse desvanecer_. Pero recobraba el

sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la lectura, a devorar

aquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído,

creyéndose, vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allí

estaba, con hastío, pensando que las visiones de una mística del siglo

dieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste.

La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba con

la razón y con el sentimiento en los más recónditos pliegues del alma

mística que hablaba en aquel papel áspero, de un blanco sucio, de letra

borrosa y apelmazada. Pasmábase de que el mundo entero no estuviese

convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas

de la santa de Ávila. «Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste y

tierno fray Luis de León: la mano de Santa Teresa, al escribir, era

guiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien la

saborea».

«Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, no más ídolos en la

tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada

heroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias sobre la

carne».

Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo

de Santa Teresa; o si no: ¡qué placer celestial si ella viviese ahora!

Ana la hubiera buscado en el último rincón del mundo; antes la hubiera

escrito derritiéndose de amor y admiración en la carta que le dirigiese.

No estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos

en oraciones mentales, según los prudentes consejos del Magistral; su

educación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad

sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza

después de tantos años.

Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de

Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se veía

los pensamientos que la mística dedicaba a las vicisitudes de su

historia.

El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin darse ella

cuenta de tamaño atrevimiento.

La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el _Tercer Abecedario_

por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mandó a Petra a las librerías a buscar

aquel libro. No pareció el _Tercer Abecedario_, el Magistral no lo tenía

tampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinte

años lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no

parecía. Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida.

«¡Qué grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién sino él había sembrado

aquella piedad en su alma?».

En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a

don Fermín una carta con que había soñado ella muchas noches, que era

uno de sus caprichos de convaleciente. La escribió sin que lo supiera

Quintanar, que le tenía prohibidos _toda clase de quebraderos de

cabeza_.

De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los

progresos que la piedad más pura hacía en aquel espíritu. Pero ella

quería escribirle; de palabra no se atrevía a decir ciertas cosas

íntimas, profundas; además no podía decirlas; y sobre todo, la retórica,

que era indispensable emplear, porque a ideas grandes, grandes palabras,

le parecía amanerada, falsa en la conversación, de silla a silla.

La carta, de tres pliegos, la llevó Petra a casa del Provisor; la

recibió Teresina sonriente, más pálida y más delgada que meses atrás,

pero más contenta. El Magistral se encerró en su despacho para leer.

Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos

relucientes y las mejillas como brasas. Doña Paula miraba a su hijo y a

Teresina alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni la

doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al

mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco. Teresina era ya toda

del señorito; nada decía al ama de las cartas que a don Fermín

entregaba. Las traía Petra que llamaba a la puerta con seña particular,

bajaba Teresa, en silencio se besaban como las señoritas, en ambas

mejillas, cuchicheaban, reían sin ruido y se daban algún pellizco. Petra

reconocía cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de

pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables

de su amiga. Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían

con más besos.

--¿Quién ha estado ahí?--preguntaba doña Paula.

Era un pobre o uno del pueblo.--Nunca se decía la verdad. Doña Paula no

sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrándole el baúl,

en su ausencia, había encontrado varias alhajas que bien valdrían dos

mil reales. Había sonreído entre satisfecha y envidiosa. «Dos mil reales

valdría aquello... sí... era demasiado... era un escándalo. Si el decoro

lo permitiese... si no fuese por vergüenza... exigiría que se le dejase

a ella recompensar a las gentes como merecían, sin despilfarros ociosos.

El descubrimiento la satisfacía; aquello era obra suya al fin y al cabo,

pero los dos mil reales le dolían: también eran suyos».

Al día siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral salió

de casa, fue al Paseo Grande, buscó un lugar retirado en los jardines

que lo rodean; y sin más compañía que los pájaros locos de alegría, y

las flores que hacían su tocado lavándose con rocío, volvió a leer

aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica

mística. Ya casi sabía de memoria algunos párrafos de los que le

parecían más interesantes y para él más halagüeños; y como la alegría le

inundaba el corazón, se sentía hecho un chiquillo aquella mañana

sonrosada de un día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el

sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la

lontananza por Oriente.

Se puso de pie el Magistral, miró a todos lados por encima del seto de

boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le

ocurrió mezclar a la cháchara insustancial y armoniosa de los pájaros

que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz más dulce y

melódica, recitando aquellas palabras de espiritual hermosura que la

Regenta le había escrito.

«Ya tengo el don de lágrimas, leyó el Magistral en voz alta como

diciéndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y demás vecinos de la

enramada, ya lloro, amigo mío por algo más que mis penas; lloro de amor,

llena el alma de la presencia del Señor a quien usted y la santa querida

me enseñaron a conocer. No tema que vuelva la pereza a detenerme en casa

olvidada de mi salvación; ya sé que la tibieza es muerte, leído tengo lo

que dice nuestra querida Madre y Maestra hablando de sus pecados: «no

hacía caso de los veniales y esto fue lo que me destruyó». Yo ni de los

mortales hice caso, y aunque usted me advertía del peligro, seguí mucho

tiempo ciega; pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a tiempo;

¿verdad, hermano mío?) me mandó a tiempo el mal; vi en las pesadillas de

la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso,

donde mi cuerpo estrujado padecía tormentos que no se pueden describir;

y a mí además, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas

asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisión, de

clérigos, con casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le hablé.

Pero no sólo del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras,

sino también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a

millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo

todo, sepa que en mucho, en mucho, debo al afán de no ser ingrata esta

voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivió muchos años sin

encontrar quien pudiera guiarla como ella quería; yo, más débil, recibí

más pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y

prefiere que no le llame si no hermano mío; sí, hermano mío, hermano muy

querido, me complazco en llamárselo, aquí, ahora, segura del secreto,

sin oídos profanos que entenderían las palabras con la impureza ruin que

ellos llevarán dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión

en que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo. ¡Y cuánto

tiempo tardé en entenderle del todo! Pero mi hermano, mi hermano mayor

querido me perdona ¿verdad? Y si necesita pruebas, si quiere que sufra

penitencias, hable, mande, verá como obedezco. Mas no extraño haber

querido tanto tiempo lo que la Santa declara haber querido también

«concertar vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos

sensuales». Ahora esto se acabó. Usted dirá por dónde hemos de ir; yo

iré ciega. De la confianza cariñosa de que me hablaba el otro día, al

salir yo de aquel paroxismo, estoy también enamorada, quiero también que

sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, además de esos

monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de

Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta

bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo

suyo, consiguió apartarle del pecado. Recuerdo lo que dice: aquel

confesor le tenía gran afición, pero estaba perdido por culpa de unos

amores sacrílegos; habíale hechizado una mujer con malas artes, con un

idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la

gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el

hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame; y usted sabe que

ella lo arrojó al río y el clérigo dejó su pecado y murió después libre

de tan gran delito. Amistades así ayudan en la vida, que sin ellas es

como un desierto, y los que de ellas pudieran sospechar son los

malvados, que no han de saberlas, porque son incapaces de entender como

se debe cosa tan buena y que tanto sirve para la salvación de los

débiles. Aquí el débil no es el confesor, sino la penitente; usted no

tiene hechizos colgados del cuello, ni tenemos ídolos que echar al

río... yo soy la pecadora, aunque ningún hombre me hizo el mal que

aquella mujer al clérigo hechizado; sólo quise a mi marido, y de este ya

sabe usted de qué modo estoy enamorada; no con pasión que quite a Dios

cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le

deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de León me enseñó en

su _Perfecta casada_ que en cada estado la obligación es diferente; en

el mío mi esposo merecía más de lo que yo le daba, pero advertida por el

sabio poeta y por usted, ya voy poniendo más esmero en cuidar a mi

Quintanar y en quererle como usted sabe que puedo. Y por cierto que he

de poner por obra un proyecto que tengo, que es convertirle poco a poco

y hacerle leer libros santos en vez de patrañas de comedias. Algo he de

conseguir, que él es dócil y usted me ayudará. También en esto imitaré a

nuestra Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen

padre, que ya tenía mucha...».

Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en voz alta, sino que

había vuelto a sentarse y leía sin ruido y para dentro. Aunque algunos

celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga,

estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.

«Aquello era vivir; lo demás era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello

que él había soñado, lo que una voz secreta le había dicho el día en que

ella se había acercado por primera vez a su confesonario». Seguía el

Magistral ocultándose a sí mismo las ramificaciones carnales que pudiera

tener aquella pasión ideal que ya se confesaban los dos _hermanos_; no

quería pensar en esto, no quería sustos de conciencia ni peligros de

otro género, no quería más que gozar aquella dicha que se le entraba por

el alma.

Al leer lo de «hermano mayor querido», le daba el corazón unos brincos

que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la emoción más

fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la

realidad; ¿qué falta hacía darle un nombre? Lo que importaba era la

cosa, no el nombre. Además, acabase aquello como acabase, él estaba

seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar

satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban. Cuando pensaba

así, oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba,

al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturia de

escuela «_Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu..._» Era un

seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección

de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto,

pensando entonces en los años en que él también aprendía que «la verdad

en la cosa es la cosa misma». Ahora le importaba muy poco la cosa misma,

y la verdad y todo... no quería más que hundir el alma en aquella pasión

innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo,

las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias,

las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo,

menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores.

¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin

sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el

Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia; nada de

teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su

adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo

pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba

para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la

ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas,

subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, más

que por nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que

había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos

del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una mañana de Mayo

cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con

deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las

enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres

ocultos y encogidos en su cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón

de rosa; con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto

fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a

nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus

deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar

misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral,

perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta

cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en

su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón ya

no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo

metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad

refinada de que él no se daba cuenta.

Llegó a la catedral. Entró en el coro. El Palomo barría. Don Fermín le

habló con caricias en la voz. Le debía muchos desagravios. ¡Cuántos

sofiones inútiles había sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba,

alababa su celo, su amor a la catedral; el Palomo, pasmado y agradecido,

se deshacía en cumplidos y buenas palabras. De Pas se acercó al

facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en

voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un

centímetro por lado. Todo estaba bien. Los órganos allá arriba extendían

su lengüetería en rayas verticales y horizontales, deslumbrantes;

parecían dos soles cara a cara. Ángeles dorados tocaban el violín cerca

de la bóveda, a la que trepaban los relieves platerescos de los órganos;

detrás del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y

rosetones dejaban pasar la luz deshaciéndola en rojo, azul, verde y

amarillo.

En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta,

partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde

sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el pesebre de Belén

cuadriculado también por rayas opacas. Jesús sonreía a la mula y al buey

en su cuna de heno color naranja. Don Fermín miraba todo aquello como

por la primera vez de su vida. Hacía un fresco agradable en la iglesia y

el olor de humedad mezclado con el de la cera le parecía fino,

misteriosamente simbólico y a su modo voluptuoso. Aquella mañana cumplió

en el coro como el mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse.

Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos

ocultos se dijo: «¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este

simoníaco!». Y se deshizo en amabilidad, cortesía y bromas lisonjeras.

«Bueno era él».

--¿Ha visto usted--decía al salir de la catedral don Custodio--qué

satisfecho está el Provisor?

Y contestaba Glocester, al oído del beneficiado:

--Es que ya no tiene vergüenza; se ha puesto el mundo por montera.

--Debe de haber pasado algo gordo...--¿A qué crimen alude usted?

--Al de adulterio...--Ps... yo creo que... todavía están algo verdes.

Sin embargo, por él no quedará, y el crimen es el mismo....

A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta.

Era caso de envidia. Pero convenía suponerlo, para cargar el delito a la

cuenta de los muchos que atribuían al enemigo.

Don Fermín, a las once, recordó que era día de conferencia en la Santa

Obra del Catecismo de las Niñas. Él era el director de aquella

institución docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero

de la Iglesia de Santa María la Blanca. Sentía el humor más apropósito

para el caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con

sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto

se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella

a un lado había tres filas de bancos sin respaldos, y enfrente de ellos

una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, presidida por un

sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. El sillón era para

el Magistral, los taburetes para los capellanes catequistas, y en los

bancos se sentaban las niñas de siete a catorce años que aprendían la

doctrina cristiana, más algo de liturgia, historia sagrada y cánticos

religiosos.

Cuando De Pas entró en el templo hubo un murmullo en los bancos de la

plataforma, semejante al rumor de una ráfaga que rueda sobre las copas

de los árboles.

Tomó el amado director agua bendita, y después de santiguarse, subió,

radiante de alegría evangélica, las gradas de la plataforma; se frotó

las manos y a una niña de ocho años que encontró de pie al paso, la

sujetó suavemente; y mientras él miraba a la bóveda y mordía el labio

inferior, oprimía contra su cuerpo la cabeza rubia, y entre los dedos de

la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada.

--¿Qué pájaro me habrá dicho a mí que doña Rufinita no quiere ser buena,

y enreda en la iglesia y descompone el coro cuando canta?

Carcajada general. Las niñas ríen de todo corazón y el templo retumba

devolviendo el eco de la alegría desde la bóveda blanca, llena de luz

que penetra por ventanas anchas de cristales comunes.

Todo lo que dice allí el Magistral se ríe; es un chiste. Niños y

clérigos están como en su casa. Los pocos fieles esparcidos por la

Iglesia son beatas que rezan con devoción; no se piensa en ellas. A

veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos

con cascarón que tienen en los bancos de la plataforma sus amores. Los

catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que

vienen con propósitos profanos.

El Magistral no se sentó en el sillón de la presidencia. Prefería pasear

por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de

palmera, acercándose de vez en cuando a los bancos llenos de alegría

para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al oído de un

angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y

origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermín de modo

que acaben en lección moral o religiosa. También los catequistas

alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas

con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y

banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas

cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que ciñen

pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todavía patente de

tales. En la primera fila se mueven, siempre inquietas, sobre la dura

tabla, las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más, hombrunas

casi en gestos, líneas y contornos, algunas rodeadas de precoces

turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes; algo

avergonzadas, sin conciencia clara de ello, de su desarrollo temprano.

Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa

que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asomaba a los

labios todavía. En las siguientes filas estaban las educandas de doce y

trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrás de estas las

señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura

vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios

legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación

natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias,

mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de

malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los ensayos de

coro, las niñas se levantaban, se repartían en secciones por el

tablado, formaban círculos, los deshacían, como bailarinas de ópera; y

los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban,

entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad

quinti-esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas

y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los

del kirschen o del ajenjo.

El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran

suyas y no del Ayuntamiento como las del _Paseo grande_, se recreaba en

los ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia; y, más

sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ángeles menores.

Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, en que la voz

de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiológicos por

que estaban pasando. Una joven de quince años, catorce oficialmente, se

adelantó, y colocada cerca de la mesa recitó con desparpajo una filípica

un tanto moderada por los eufemismos de la retórica jesuítica, contra

los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era

rubia, de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepción de la

barba, que apuntaba hacia arriba; tenía el torso de mujer, y debajo de

la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas

armoniosas, de seducción extraña. Tenía los ojos azules claros; el metal

de la voz, vibrante, poco agradable, hierático en su monotonía,

expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban

para el convento. La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no

entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su

arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le

convenía. También ella parecía una estatua de la soberbia y de la

intolerancia: una estatua hermosísima. Sus compañeras, los catequistas,

el escaso público esparcido por la nave la oían con asombro, sin pensar

en lo que decía, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente

de su voz metálica. Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el

símbolo del fanatismo sentimental, la iniciación del _eterno femenino_

en la eterna idolatría. El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír

ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella

arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la naturaleza,

por fuera, y él por dentro, por el alma. Sí, era obra suya aquel

fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su museo de

beatas; pero todavía estaba en el taller. Cuando aquel vestido gris, que

no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver dos dedos de

pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de su estudio

saldría a luz, el público la admiraría y para sí la guardaría la

Iglesia.

La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones

finas, de expresión dulce, tímida y nerviosa. Apretaba con el cuerpo del

vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza; y más

que en su oración pensaba en que los muchachos que miraban desde abajo,

podían verla las pantorrillas, que tapaba mal la falda, a pesar de los

esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo terminar la historia de los

Macabeos que tenía a su cargo. Se le puso un nudo en la garganta, le

zumbaron los oídos y todo el lado derecho de la cabeza se quedó de

repente frío y el cutis pálido. Se ponía enferma de vergüenza. Tuvo que

salir de la Iglesia. El desparpajo de otras oradoras precoces hizo

olvidar la escena triste y desairada de la niña pusilánime, que había

salido llorando. El Magistral reanimó también el espíritu de la escuela

con chascarrillos morales y apólogos joco-místicos. Las muchachas se

morían de risa, se retorcían en los bancos, y dejaban ver a los profanos

y a los catequistas, relámpagos de blancura debajo de las faldas que

movían indiscretas, sin pensar en ello muchas, algunas sin pensar en

otra cosa.

Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía la boca hecha

agua engomada. Aquellas sensaciones, que le habían invadido por

sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás. No le gustaba

aquello; era poca formalidad. «¡Diablo de chicas!» iba pensando. De

todas suertes, lo que le pasaba probaba que aún era joven, que no era

por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser

platónico, siempre platónico, o por lo menos indefinidamente, en sus

relaciones con la fiel y querida amiga. Volvió su pensamiento a la

Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se

convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle

su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera.

Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde

la visita. Su madre le habló como siempre, de lo que se murmuraba, y él

encogió los hombros. Oía la voz dura y seca de doña Paula anunciando,

por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de su honra, como

si le hablase de los cataclismos geológicos del tiempo de Noé. Le

parecía que era otro Provisor aquel de quien el público se quejaba.

«¡Ambición, simonía, soberbia, sordidez, escándalo!... ¿qué tenía él que

ver con todo aquello? ¿Para qué perseguían a aquel pobre don Fermín si

ya había muerto? Ahora el don Fermín era otro, otro que despreciaba a

sus vecinos y ni siquiera se tomaba la molestia de quererlos mal. Él

vivía para su pasión, que le ennoblecía, que le redimía. Si le apuraban,

daría una campanada». El Magistral gozaba encontrando dentro de sí

semejante hombre, más fuerte que nunca, decidido a todo, enamorado de la

vida que tiene guardados para sus predilectos estos sentimientos

intensos, avasalladores. La realidad adquiría para él nuevo sentido, era

más realidad. Se acordaba de las dudas de los filósofos y los ensueños

de los teólogos y le daban lástima. Los unos negando el mundo, los otros

_volatilizándolo_, parecíanle desocupados dignos de compasión. «La

filosofía era una manera de bostezar». «La vida era lo que sentía él, él

que estaba en el riñón de la actividad, del sentimiento. Una mujer

deslumbrante de hermosura por alma y cuerpo, que en una hora de

confesión le había hecho ver mundos nuevos, le llamaba ahora su _hermano

mayor querido_, se entregaba a él, para ser guiada por las sendas y

trochas del misticismo apasionado, poético.... Afortunadamente él tenía

arte para todo: sabría ser místico, hasta donde hiciera falta, perderse

en las nubes sin olvidar la tierra». Recordaba que años atrás había

pensado en escribir novelas, en hacer una _sibila_ verdaderamente

cristiana, y una _Fabiola_ moderna; lo había dejado, no por sentirse con

pocas facultades, sino porque le hacía daño gastar la imaginación. «Las

novelas era mejor vivirlas».

Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de

pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las

maquinaciones de los _conjurados_ del Casino.

En cuanto pudo el Magistral escapó de casa, prometiendo ir a sondear al

Obispo. Tomó el camino de la Plaza Nueva. El caserón de la Rinconada le

pareció envuelto en una aureola.

Le recibieron Ana y don Víctor en el comedor. Ya era amigo de confianza.

Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral había prestado

muchos servicios a don Víctor, y este aunque le era algo antipático el

Magistral, se los había agradecido. Pero ya empezaba Quintanar, que

siempre había sido regalista, a sospechar algo malo de la _influencia

del sacerdocio_ en su hogar, o sea el _imperio_. «El clero era

absorbente». Sobre todo don Fermín había sido un poco jesuita.

«¡Jesuita! ¡El casuismo!... ¡El Paraguay!... _¡Caveant consules!_».

Aunque la cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no menos

que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el canónigo, pero de

modo que el otro no lo echó de ver siquiera. Notó que estorbaba allí el

amo de la casa, pero nada más.

Ana afectuosa, lánguida todavía, había estrechado la mano a su confesor,

que sin darse cuenta, prolongó cuanto pudo el contacto. Don Víctor los

dejó solos a eso de las seis. Le esperaban en el Gobierno civil para una

junta de ganaderos. Se trataba de traer sementales del extranjero. Pero

don Víctor trataba principalmente de que le eligiesen segundo

vicepresidente y reclamaba para Frígilis la primera secretaría.

«Frígilis había jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes

la elección era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de

Tomás». Quintanar contaba con el gobernador. Salió.

La Regenta sonrió a don Fermín y dijo:

--Dirá usted que soy una loca; ¿para qué escribirle cuando podemos

hablar todos los días? No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta

parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A

veces me reprendo a mí misma porque pienso que robo a Dios muchos

pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para

salvarme.

El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La Regenta

hablaba ni más ni menos como él la había hecho hablar tantas veces en

las novelas que se contaba a sí mismo al dormirse.

No vaciló en referir todo lo que había pasado por él desde que leyera

aquella carta. «El mundo sin una amistad como la suya era un páramo

inhabitable; para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta

la vida ordinaria de los demás era como encerrarse en un cuarto estrecho

con un brasero. Era el suicidio por asfixia. Pero abriendo aquella

ventana que tenía vistas al cielo, ya no había que temer».

La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; el

Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al

hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora

en Anita. Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila.

Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones

místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre

complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a

él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso.

Aconsejó la actividad piadosa. «En su estado y en el tiempo en que vivía

la pura contemplación tenía que dejar mucho espacio a las buenas obras.

Si ahora sentía Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se

debía a la convalecencia de que en rigor no había salido; pero cuando

el vigor volviera por completo ya no la asustaría la acción, el ir y

venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba».

Desde aquel día el Magistral influyó cuanto pudo en aquel espíritu que

dominaba por entonces, para arrancarle de la contemplación y atraerle a

la vida activa. «Si se remontaba demasiado, le olvidaría a él, que al

fin era un ser finito. Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada

momento que tenía: '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que

se acaba', y como don Fermín había de acabarse, le espantaba la idea de

que por eso Ana llegase a tenerle en poco».

No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los

primeros meses. Aunque tanto quería a su confesor, Ana muchas horas le

olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo.

Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio,

sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del

alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre,

con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de

imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.

Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de

levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la

verdad que ella palpaba; y entonces le costaba trabajo reconocer la

realidad de las criaturas. «¡Qué pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto

más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en ellas valía no era

de ellas, era de Dios, era cosa prestada. ¡Dichas! ¡dolores! palabras

nada más; ¿cómo apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que

duraban no daba tiempo a ello?». Ana recordaba la vida de unos mosquitos

muy pequeños que crecían todas las mañanas a la orilla del río, volaban

desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían y eran pasto

de unos peces que contaban todos los días con aquel alimento. Pues así

era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para

volver a la sombra de que se vino. Y estos pensamientos, que

antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegría. Porque el vivir

era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero renunciando a sí

mismo.

Y como si sus entrañas entrasen en una fundición, Ana sentía

chisporroteos dentro de sí, fuego líquido, que la evaporaba... y llegaba

a no sentir nada más que una idea pura, vaga, que aborrecía toda

determinación, que se complacía en su simplicidad. Prolongaba cuanto

podía aquel estado; tenía horror al movimiento, a la variedad, a la

vida.

Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de borla

dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin ruido....

Anita no le oía; y él, un poco asustado, con una emoción como creía que

la tendría entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de

puntillas, con un respeto supersticioso. A dos cosas tenía horror: al

magnetismo y al éxtasis. ¡Ni electricidad ni misticismo! Una vez le

había dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita,

en el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una

corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la sacudida, pero acto

continuo ¡zas! había santiguado al gracioso. El magnetismo, en que

creía, (aunque estaba en mantillas, según él, esta ciencia) le asustaba

también; y en cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurársele, le

parecía emoción superior a sus fuerzas. «Yo no necesito de eso para

creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer

que hay un más allá y un Juez Supremo. Al que no le convence un rayo, no

le convence nada».

«Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que veía que

iba de veras».

Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... subía la

escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y

preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste:

--¿Y la señora? ¿dónde está?

Como si preguntara ¿cómo va la enferma?--Así andaba por todo el caserón,

como si estuviera muriendo alguno. Sin darse cuenta del porqué, don

Víctor se figuraba el misticismo de su mujer como una cefalalgia muy

aguda. Lo principal era no hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba

abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba

con timbre apagado y gutural:

--¡A ver! ¡ese gato! ¡que se calle o que lo maten!

Entraba en su despacho. Volvía entonces a sus máquinas y colecciones; a

veces tenía que clavar, serrar o cepillar. ¿Cómo no hacer ruido? Sobre

todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo forró con bayeta negra,

como un catafalco, y así clavaba, los martillazos apagados tenían una

resonancia mate, fúnebre, de mal agüero, que llenaba de melancolía a don

Víctor. Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacían

demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus

cánticos profanos al tocador-oratorio de la Regenta.

Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en

la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo

leve.

--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--decía Crespo

malhumorado.

Quintanar le consultaba acerca del _estado_ de Ana.

--¿A ti qué te parece de esto?

--Ps... allá ella. Sus razones tendrá.

--Yo creo Tomás, aquí para _interinos_... que Anita se nos hace santa,

si Dios no lo remedia. A mí me asusta a veces. ¡Si vieses qué ojos en

cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia...

indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo

para esto. Me da miedo lo sobrenatural. ¿Tendrá apariciones?

Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que estimaba

sandeces de su amigo.

También él pensaba en Anita. La veía muchas veces desde la huerta, en su

gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón mirando al cielo.

Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes que le saludaba

siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, y grave, sólo que él

no sabía clasificarla. Era como si tratándose de un árbol, empezara a

echar flores, y más flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara

delgado, delgado, y cada vez más florido; después se secaban las raíces,

el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas,

venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... en el suelo... si no

había un milagro, se marchitaban, se pudrían, se hacían lodo como todo

lo demás. Así era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que

debía de haberlo habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del

guante morado. Mucho tiempo lo había tenido olvidado, pero un día se le

ocurrió preguntar a la Regenta si las señoras usaban guantes de seda

morada y ella se había reído. Era, por consiguiente, un guante de

canónigo. Ripamilán no los usaba casi nunca. No quedaba más canónigo

probable que el Magistral; el único bastante listo para meter aquellas

cosas en la cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y

Petra andaba en el ajo. Era encubridora. ¿De qué? Esta era la cuestión.

De nada malo debía de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era

relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frígilis no

temía lo presente si no lo futuro; lo que podía suceder. No veía una

falta sino un peligro. Algo había oído de lo que se murmuraba en

Vetusta, aunque en su presencia no se atrevían las malas lenguas a poner

en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se le miraba como hermano

de don Víctor. «De todas maneras, él estaría alerta». Y seguía velando

por los árboles de don Víctor y por su honor «tal vez en peligro».

Petra tampoco veía claro. Estaba desorientada. La conducta de su ama le

parecía propia de una loca. «¿A qué venía aquella santidad? ¿A quién

engañaba? ¡Oh! si no fuera porque ella quería tener contento al

Magistral, no serviría más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como

correo secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus

trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata

bobalicona con que engañaba a todos».

Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su

cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja. Allí guardaba

con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y algunos papeles

que podían comprometerla. De allí sacaba el guante morado del Magistral,

del que a nadie había hablado. Era una prueba, no sabía de qué, pero

adivinaba que sin saber ella cómo ni cuándo, aquella prenda podía llegar

a valer mucho.

«¿Y qué probaba aquel guante respecto a la santidad de la señora? Que

era una hipócrita. ¡Si no fuera por el Magistral!».

Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqués creía en la

santidad de Anita; la Marquesa encogía los hombros; temía por la cabeza

de aquella chica. Visitación estaba _volada_, furiosa. «¡Sus planes por

tierra! ¡Ana resistía! ¡No era de tierra como ella!». Obdulia Fandiño no

envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino _el ruido que metía_,

lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jamás había hecho

_tanta sensación_ ella, la viudita, con el vestido más escandaloso, como

Ana con su hábito y su _beatería_. «¡Qué atrasado, pero qué atrasado

estaba aquel miserable lugarón!».

La Regenta · 第 23 / 30 题