--Hubiera usted hablado antes...--Bastante he hablado, picarilla...

--Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le

hacía y que ya sabían estas señoras el negarme a venir.... ¡Llovía

tanto!... Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me

horroriza.... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y

de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me

figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona.... No sé

cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de

mí... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendría

lástima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como

hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, yo seré

cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y que

nunca podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que

yo vivía, no puede usted figurarse lo que valía para mí... y la voz de

usted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viví como usted

sabe... no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es

pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es

virtuoso... ya lo sé... Por eso quiero que usted me guíe.... Vendré a

esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me

impongan.... Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, por

egoísmo, porque está visto que no sé disponer de mí; prefiero que me

mande usted.... Yo quiero volver a ser una niña, empezar mi educación,

ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como

ahora.... Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se

lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro

alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está

aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo

he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como

dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos,

preocupaciones necias, tercas, que no sé cuándo aprendí, que vagamente

recuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me

antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso

doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por

probarme a mí misma la presencia de Dios?...

--¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, sí,

hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, estoy

seguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted... y yo daría mi

vida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, es

flato, nervios... ¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que ver

con el alma... pero el contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí,

por usted es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las obras,

las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Si

a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas

buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las condene

ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide

de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudiera

penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás podré pagarle esta hermosa

resolución de esta tarde....

--¡Habló usted de un modo!

--Hablé con el alma...--Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo....

--Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía?

--Sí, sí, padre mío, vida nueva....

Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió una

mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y la

oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana sintió fuego en el rostro,

pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado, y

entonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de

la Regenta....

--Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la oveja

ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás del redil que escoge....

El Gran Constantino besó la frente de Ana.

Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner allí el sello

de una cofradía mojado en hielo.

--XIX--

Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las

enfermedades de sus clientes a la _Primavera médica_, de la que no tenía

muy claro concepto; pero como su misión principal era consolar a los

afligidos y solía satisfacerles esta explicación climatológica, el

médico buen mozo no pensaba en buscar otra. La _Primavera médica_ fue la

que _postró en cama_, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó

una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la

cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente,

saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre.

Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería hasta

las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al médico y Petra se instaló

a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La cocinera, Servanda, iba

y venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia;

era nueva en la casa y venía del monte. Mucho tiempo hacía que Anita no

había tenido uno de aquellos impulsos cariñosos de que solía ser objeto

don Víctor, pero aquel día, a la tarde, sobre todo al obscurecer, lloró

ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto deseaba su

presencia! sólo él podría acompañarla en la soledad de enfermo que

empezaba aquel día». En vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán

acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibió

afablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban para

las diez de la noche. «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, el

padre, la madre, todo». La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga

enferma; le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía razón

Somoza, la primavera médica... y habló de zarzaparrilla y se despidió

pronto. Paco admiraba en silencio la hermosura de Ana, cuya cabeza

hundida en la blancura blanda de las almohadas le parecía «una joya en

su estuche». Observó Visita que más que nunca se parecía entonces Ana a

la Virgen de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la

Regenta, y a su rostro rosas encarnadas; y en el sonreír parecía una

santa. Paco pensó sin querer, «que estaba apetitosa». Se ofreció mucho,

como su madre, y salió. En el pasillo dio un pellizco a Petra que traía

un vaso de agua azucarada. Visita dejó la mantilla sobre el lecho de su

amiga y se preparó a meterse en todo, sin hacer caso del gesto

impertinente de Petra. «¿Quién se fiaba de criados? Afortunadamente

estaba ella allí para todo lo que hiciera falta».

«Por lo demás, tu Quintanar del alma hemos de confesar que tiene sus

cosas; ¿a quién se le ocurre irse de caza dejándote así?».

--Pero qué sabía él....

--¿Pues no te quejabas ya anoche?

--Ese Frígilis tiene la culpa de todo....

--Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni menos que él. ¿No

es ese Frígilis el que injertaba gallos ingleses?

--Sí, sí, él era.

--¿Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente mono mal

educado está él... pero, mujer, si ni siquiera viste de persona

decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la camisa... ni

_chistera_...

Somoza volvió a las ocho de la noche; a pesar de la primavera médica, no

estaba tranquilo; miró la lengua a la enferma, le tomó el pulso, le

mandó aplicar al sobaco un termómetro que sacó él del bolsillo, y contó

los grados. Se puso el doctor como una cereza.... Miró a Visita con torvo

ceño y echándose a adivinar exclamó con enojo:

--¡Estamos mal!... Aquí se ha hablado mucho.... Me la han aturdido,

¿verdad? ¡Como si lo viera... mucha gente, de fijo... mucha

conversación!...

Entonces fue Visita quien sintió encendido el rostro. Somoza había

adivinado. No sabía medicina, pero sabía con quién trataba. Recetó;

censuró también a don Víctor por su intempestiva ausencia; dijo que un

loco hacía ciento; que Frígilis sabía tanto de darwinismo como él de

herrar moscas; dio dos palmaditas en la cara a la Regenta,

complaciéndose en el contacto; y cerrando puertas con estrépito salió,

no sin despedirse hasta mañana temprano, desde lejos.

Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena

ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la

carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco creía en la medicina casera

y renegaba de los médicos. Dos veces la había sacado a ella de peligros

puerperales una famosa matrona sin matrícula ni Dios que lo fundó: «Di

tú que todo es farsa en este mundo. ¡Cómo decir que estás peor porque

se ha procurado distraerte! ¡animal! ¡qué sabrá él lo que es una mujer

nerviosa, de imaginación viva! De fijo que si no estoy yo aquí, te

consumes todo el día pensando tristezas, y dándole vueltas a la idea de

tu Quintanar ausente; 'que por qué no estará aquí, que si es buen

marido, que ya no es un niño para no reflexionar'... y qué sé yo; las

cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo

para quejarse de alguno».

Ana estudiaba el modo de oír a Visita sin enterarse de lo que decía,

pensando en otra cosa, única manera de hacer soportable el tormento de

su palique. A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor,

chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón de

cuero; detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, con sombrero gris

arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela.

Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la

capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal hizo, saltó a los

brazos de su mujer, llenándole de besos la frente, sin acordarse de que

había testigos.

«¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce

de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no

estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». Eterna fidelidad le

juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido. El

bigote de don Víctor parecía una escoba mojada; con la humedad que traía

de las marismas roció la frente de su esposa; pero ella no sintió

repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un

cepillo de yerbas hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas.

También don Víctor opinó que «aquello no sería nada», pero de todos

modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y

media.

--Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí,

señora--añadió dirigiéndose a Visita--que lo diga este, no sé por qué se

me figuró que debía volver más temprano a casa....

--Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos--gritó la del

Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas.

--Pero este tuvo la culpa.... Frígilis encogió los hombros y tomó el

pulso a la enferma, que le apretó la mano, perdonándoselo todo. La

verdad era que don Víctor había querido volver temprano... para no

perder el teatro. Pero esto no se podía decir. Frígilis, en silencio,

tuvo una vez más ocasión de negar la existencia de los avisos

sobrenaturales.--Se había destocado y su cabello espeso, de color

montaraz, cortado por igual, parecía una mata, una muestra de las

breñas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la

luz, tropezaba con los muebles, olía al monte; traía pegada al cuerpo la

niebla de las marismas y parecía rodeado de la obscuridad y la frescura

del campo. Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago

que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de

Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud

queriendo _contagiar_ con sus emanaciones a la enferma.

Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin

trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su

amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en

que temblaba el llanto:

--No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte

aquí, por Dios, Quintanar....

--Sí, hija, sí, pues no faltaba más...--Y solícito, cariñoso le ceñía el

embozo de las sábanas a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba

siquiera. Pero la Regenta notó luego que su marido estaba preocupado.

--¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees que estoy peor de lo que

dicen... y quieres disimular....

--No, hija, no... por amor de Dios... no es eso....

--Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto

pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, parece que me amaga una

enfermedad... y después no es nada.... Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se

me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola,

sola... y te necesito a ti... pero esto pasa, esto es nervioso....

--Sí, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levantó diciendo:

--Vida mía, soy contigo. Y salió por la puerta de escape.

--A ver--gritó en el pasillo--; Petra, Servanda, Anselmo, cualquiera...

¿se llevó la perdiz don Tomás?

Anselmo registró las aves muertas, depositadas en la cocina, y contestó

desde lejos:

--¡Sí, señor; aquí no hay perdices!

--¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre el mismo! Si es mía, si la

maté yo... si estoy seguro de que fue mi tiro.... ¡Es lo más

vanidoso!... ¡Anselmo! oye esto que digo: mañana al ser de día,

¿entiendes? te _personas_ en casa de don Tomás, y le pides de mi parte,

con la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, ¿entiendes?

y que no es broma, y aunque esté pelada, que quiero que me la

restituya... _Suum cuique_. Ana oyó los gritos y se apresuró a perdonar

aquella debilidad inocente de su esposo. «Todos los cazadores son así»,

pensó con la benevolencia de la fiebre incipiente.

Volvió don Víctor y la sonrisa dulce, cristiana de su esposa, le

restituyó la calma, ya que la perdiz no podía.

Hasta la una y media no _concilió el sueño_ su mujer, y _entonces y sólo

entonces_, pudo don Víctor disponerse a dormir.

Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consideró que era un

contratiempo serio la enfermedad de su queridísima Ana. «Él no estaba

alarmado, bien lo sabía Dios; no había peligro; si lo hubiese lo

conocería en el susto, en el dolor que le estaría atormentando; no había

susto, no había dolor, luego no había peligro. Pero había contratiempo;

por de pronto, adiós teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora

de una compañía de zarzuela, que era un _género híbrido_, sin embargo,

él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de

la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas cierto _color local

en Marina_, y _sabor_ de época en _El Dominó Azul_, sin contar con los

amores contrarios del _Juramento_, que eran cosa delicada. Pero ¿y la

expedición con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el

ferrocarril económico de Occidente? ¿Y las partidas de dominó con el

Ingeniero jefe en el Casino? ¿Y los paseos largos que necesitaba para

hacer bien la digestión?». La idea de no salir de casa en muchos días,

le aterraba.... Se acostó de muy mal humor. Apagó la luz. La obscuridad

le sugirió un remordimiento. «Era un egoísta, no pensaba en su pobrecita

mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos». Y, como en desagravio,

para engañarse a sí propio, suspiró con fuerza y exclamó en voz alta:

--¡Pobrecita de mi alma! Y se durmió satisfecho. Despertó con la cabeza

llena de proyectos, como solía; pero de repente pensó en Ana, en la

fiebre y se llenó su alma de tristeza cobarde.... «¡Sabe Dios lo que

sería aquello!». La botica, los jaropes que él aborrecía, el miedo a

equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas,

creyendo que podían ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de

sus estudios físico-químicos, siempre era verde o amarillo), las

equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hastío y silencio

al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar

pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que

quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad...

todas estas incomodidades se aglomeraron en la imaginación de don

Víctor, que escupió bilis repetidas veces, y se levantó lleno de lástima

de sí mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvidó de repente de todo

aquello: Ana estaba mal, había delirado; no habían querido despertarle,

pero la señora había pasado una noche terrible según Petra, que había

velado.

Somoza llegó a las ocho.--¿Qué es? ¿qué tiene? ¿hay gravedad?

Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas

cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía.

El médico no contestó. Recetó y salió al gabinete.

--¿Qué hay? ¿qué hay?--repetía allí Quintanar con voz trémula y muy

bajo--... ¿Qué hay?

Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación...

«¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se pregunta»; don Robustiano no sabía

lo que iba a hacer, pero parecía algo gordo por las señas; esto pensó,

pero dijo:

--Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder

de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara...; eso hay.

--Pero ¿es cosa grave, es cosa grave?

--Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es

grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... ¿Se

trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... tal

vez... pero hay fenómenos reflejos que engañan....

--¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?...

--Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la

sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no

puede entender esto....

--No, señor, no puedo. En mis ratos de ocio he leído libros de medicina,

conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba ganas de... vamos,

sentía náuseas y se me figuraba oír la sangre circular, y creía que era

así... una cosa como el depósito del Lozoya, con canales, compuertas en

el corazón....

--Bueno, bueno; por mí no disparate usted más. Hasta la tarde; si hay

novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni dejar... que

entre Visitación... que la aturde. ¡La ciencia prohíbe terminantemente

que esa señora protectora de comadronas parteras meta aquí la pata!...

Cuatro días después, don Robustiano mandaba en su lugar a un médico

joven, su protegido; creía llegado el caso de inhibirse; ya se sabía, él

no podía asistir a las personas muy queridas cuando llegaban a cierto

estado....

El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declaró que la

enfermedad no era grave, pero sí larga, y de convalecencia penosa. No le

gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y

empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula pedantería, sino

por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa

que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello fue que Anita creyó que se

moría, y padeció aún más que en el tiempo del mayor peligro, cuando

empezaron a decirle que estaba mejor. Al saber que había pasado seis

días en aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó

mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio.

La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y vidriosa. Todo lo

veía de un color amarillento pálido; entre los objetos y ella, flotaban

infinitos puntos y circulillos de aire, como burbujas a veces, como

polvo y como telarañas muy sutiles otras: si dejaba los brazos tendidos

sobre el embozo de su lecho y miraba las manos flacas, surcadas por

haces de azul sobre fondo blanco mate, creía de repente que aquellos

dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía de su voluntad, y el

decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus

mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos

insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe

y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de

soplar. El ideal del caldo, según Quintanar, nunca lo _realizaban_ las

criadas de Vetusta. De esto hablaba él, mientras Ana sentía sudores

mortales que parecían sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el

ánimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por

dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a

verse repartida en mil, y el horror dominándola producía una reacción de

energía suficiente a volverla a su _yo_, como a un puerto seguro; al

recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi

gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era

quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, sin querer Ana seguía

entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atención se

fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba

rigorosa crítica, un análisis sutil y doloroso para la enferma, que al

pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padecía tormento

indescriptible, en el cerebro según ella.

Veía al médico muy preocupado con el _tronco_ y sin pensar en los

dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería

cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo. Todos los días había

que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más

humildes de la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria,

siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que

asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al

médico importaba saber de estos pormenores.

Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó más que

en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces importuno,

descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después empezó a

aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las

horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió tomarle

afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó a ser para él tan

divertido como hacer pórticos ojivales de marquetería, el preparar

menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo; soplar y limpiar

caldos y consultar el reloj para contar los minutos y hasta los

segundos; operación en que llegó a poner una exactitud que impacientaba

a Petra y a Servanda. Esperaba con afán la visita del médico, primero

para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y

además, para gozar con la conversación alegre, ajena a todas las

enfermedades del mundo, que seguía a la parte facultativa de la visita.

El sustituto de Somoza no era hablador, pero se divertía oyendo a

Quintanar, y este llegó a profesar gran cariño a Benítez, que así se

llamaba. El contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la

alcoba estrecha y llena de una atmósfera pesada; de la vida monótona de

casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el

aire libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que llevaba la

conversación a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes. También le

gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía. Uno de los

problemas que más preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad

de los mundos habitados. Él creía que sí, que había habitantes en todos

los astros, la generosidad de Dios lo exigía; y citaba a Flammarión, y

las cartas de Feijóo y la opinión de un obispo inglés, cuyo nombre no

recordaba «Mister no sé cuántos», porque para él todos los ingleses eran

Mister.

Desde que el médico declaró que la mejoría, aunque lenta, sería continua

probablemente, Quintanar, muy contento, no permitió que se dudase de

aquella no interrumpida marcha en busca de la salud. Su egoísmo

candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los demás, de

olvidarse a sí mismo, no quería más tiempo de servidumbre, y si Ana se

quejaba, su marido torcía el gesto, y hasta llegó a hablar con voz

agridulce de la paciencia y de la formalidad.

--No seamos niños, Ana; tú estás mejor, eso que tienes es efecto de la

debilidad... no pienses en ello... es aprensión; la aprensión hace más

víctimas que el mal. Y repetía infaliblemente la parábola del cólera y

la aprensión.

La idea de una recaída, de un estancamiento siquiera, le parecía

subversiva, una maquinación contra su reposo. «Él no era de piedra. No

podría resistir...».

Ya no tenía compasión de la enferma; ya no había allí más que nervios...

y empezó a pensar en sí mismo exclusivamente. Entraba y salía a cada

momento en la alcoba de Ana; casi nunca se sentaba, y hasta llegó a

fastidiarle el registro de medicinas y demás pormenores íntimos. El

médico tuvo que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y

hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque. «¡Qué

gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el

autor de todo». Y respiraba don Víctor las auras de abril con placer

voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvió a componer sus

maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió a Frígilis la

aclimatación del Eucaliptus globulus en Vetusta.

La Regenta notó la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y horas

que a él le parecían minutos. Cuando las congojas la anegaban en mares

de tristeza, que parecían sin orillas, cuando se sentía como aislada del

mundo, abandonada sin remedio, ya no llamaba a Quintanar, aunque era el

único ser vivo de quien entonces se acordaba; prefería dejarle tranquilo

allá fuera, porque si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo y

absurdo de los padecimientos nerviosos.

Una tarde de color de plomo, más triste por ser de primavera y parecer

de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas de

almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban

posturas trágicas abrigos de ella y unos pantalones que don Víctor

dejara allí; sin fe en el médico creyendo en no sabía qué mal incurable

que no comprendían los doctores de Vetusta, tuvo de repente, como un

amargor del cerebro, esta idea: «Estoy sola en el mundo». Y el mundo era

plomizo, amarillento o negro según las horas, según los días; el mundo

era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas,

monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los

cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el

gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol

dando vueltas muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días;

nada. Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el escenario de

un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de fuera:

su realidad era otra, aquello la máscara. «Nadie amaba a nadie. Así era

el mundo y ella estaba sola». Miró a su cuerpo y le pareció tierra. «Era

cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podía; se parecía

más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella». «Yo soy mi

alma», dijo entre dientes, y soltando las sábanas que sus manos

oprimían, resbaló en el lecho, y quedó supina mientras el muro de

almohadas se desmoronaba. Lloró con los ojos cerrados. La vida volvía

entre aquellas olas de lágrimas. Oyó la campana de un reloj de la casa.

Era la hora de una medicina. Era aquella tarde el encargado de dársela

Quintanar y no aparecía. Ana esperó. No quiso llamar y se inclinó hacia

la mesilla de noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo

tomó y bebió. Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso:

_Obras de Santa Teresa. I_.

Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su memoria

aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta de su huerto,

en Loreto, cuando era niña, y creyó oír voces sobrenaturales que

estallaban en su cerebro; ahora no tenía la cándida fe de entonces. «Era

una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro místico

coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecían, y

despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma,

serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto

con abrazos del deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo,

ella tomaba la lección, aprovechaba la coincidencia, entendía el sentido

profundo del azar. ¿No se quejaba de que estaba sola, no había caído

como desvanecida por la idea del abandono?... Pues allí estaban aquellas

letras doradas: _Obras de Santa Teresa. I_. ¡Cuánta elocuencia en un

letrero! «¡Estás sola! pues ¿y Dios?».

El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón;

todo ardió allí dentro en piedad; y Ana, con irresistible ímpetu de fe

ostensible, viva, material, fortísima, se puso de rodillas sobre el

lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos juntas temblando

sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de niña enferma y amorosa:

--¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios de mi alma!

Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al cerebro; se apoyó en

el frío estuco, y cayó sin sentido sobre la colcha de damasco rojo.

A pesar de la prohibición de don Víctor, vino el retroceso, recayó la

enferma, y se volvió a los sustos, a los apuros, a las noches en vela;

el médico volvió a ser un oráculo, los pormenores de alcoba negocios

arduos, el reloj un dictador lacónico.

Ana tuvo aquellas noches sueños horribles. Al amanecer, cuando la luz

pálida y cobarde se arrastraba por el suelo, después de entrar laminada

por los intersticios del balcón, despertaba sofocada por aquellas

visiones, como náufrago que sale a la orilla.... Parecíale sentir todavía

el roce de los fantasmas groseros y cínicos, cubiertos de peste; oler

hediondas emanaciones de sus podredumbres, respirar en la atmósfera

fría, casi viscosa, de los subterráneos en que el delirio la

aprisionaba. Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus

llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien

veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía

sin darle tormento. Entonces creía morir. Una noche la Regenta reconoció

en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones románticas

de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vírgenes de blanca túnica,

vagaban por las galerías húmedas, angostas y aplastadas, larvas,

asquerosas, descarnadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y

manteos que al tocarlos eran como alas de murciélago. Ana corría, corría

sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto,

queriendo antes destrozar en él sus carnes que sufrir el olor y el

contacto de las asquerosas carátulas; pero al llegar a la salida, unos

la pedían besos, otros oro, y ella ocultaba el rostro y repartía monedas

de plata y cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y le

salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los

charcos.

Cuando despertó se sintió anegada en sudor frío y tuvo asco de su propio

cuerpo y aprensión de que su lecho olía como el fétido humor de los

hisopos de la pesadilla...

«¿Iría a morir? ¿Eran aquellos sueños repugnantes emanaciones de la

sepultura, el sabor anticipado de la tierra? ¿Y aquellos subterráneos y

sus larvas eran imitación del infierno? ¡El infierno! Nunca había

pensado en él despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella

como en los más de los fieles; creía en el Infierno como en todo lo que

mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había

revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho

«creo a ciegas», tomando las palabras y la resolución de creer por la

creencia. Pero otra cosa era en esta ocasión: el Infierno ya no era un

dogma englobado en otros: ella había sentido su olor, su sabor... y

comprendía que antes, en rigor, no creía en el Infierno. Sí, sí, era

material o lo parecía, ¿por qué no? ¡Qué vana se le antojaba ahora a la

Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del

espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad triste

del mundo! ¡Había infierno! Era así... la podredumbre de la materia para

los espíritus podridos.... Y ella había pecado, sí, sí, había pecado.

¡Qué diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que

el mundo solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas

_ligerezas_ que ya le pesaban como plomo!». Y recordaba máximas y

aforismos religiosos que había oído al Magistral, sin penetrar su

terrible severidad, aquel sentido lúgubre y hondo que no parecían tener

en los labios finos, suaves, llenos de silbantes sonidos del pulquérrimo

canónigo.

Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana con

tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa creían postrada o

dormida a la Regenta y no abrían las maderas del balcón, ni interrumpían

el descanso de la enferma. Ana sentía el día en el melancólico regalo

que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba en aquellas

horas de la mañana de primavera; otra vez volvía la vida a moverse en

aquel cuerpo mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba

avanzando por aquel terreno de su victoria, dudosa de ella todavía. El

cerebro recobraba los dominios de la lógica, su salud; la memoria,

firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates.

Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en

sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quería

acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a poco,

según las olas de salud subían en su marea, la enferma, perdido el

terror con que despertara, oía la acusación con dulce curiosidad

creciente; la idea del infierno se desvanecía, como mueren las

vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror;

aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad ordinaria,

pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, fuerza al

ánimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el relato adquiría

más y más interés.

Pasaron entonces por el recuerdo todos los días que siguieron al

entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espíritu de Ana había

dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Recordó la romería

de San Blas, en la carretera de la Fábrica Vieja; aquella tarde de sol

que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral allá arriba, como

en la cúspide de un monumento, encaje de piedra obscura sobre fondo de

naranja y de violeta de un cielo suave, listado, de nubes largas,

estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, como esperando a que se

acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin saber cómo, San Blas

anunciaba la primavera; Ana esperaba ya aquellos días en que, con largos

intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones

de alegría y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses;

aquellos días que son algo mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las

ideas tristes habían volado como pájaros de invierno, Ana se había visto

en el paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba

don Álvaro Mesía, enamorado, triste de tanto amor, resignado, cariñoso

sin interés, suave y tierno, sin esperanza. Algo así como el mismo

encanto del día; en rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y

tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia que saboreaba con

inefable gozo la Regenta.

Así don Álvaro; no sería jamás suya, eso no; ese verano ardiente no

vendría, ni siquiera le consentiría hablarle claro, insistir en sus

pretensiones; pero tenerle a su lado, _sentirle_ quererla, adorarla, eso

sí: era dulce, era suave, era un placer tranquilo, profundo.... Ella le

miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como

una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal,

llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. Tal había sido el

paseo de San Blas.

Desde aquella tarde Mesía había recobrado parte de sus esperanzas; creyó

otra vez en la influencia _del físico_ y se propuso estar al lado de Ana

la mayor cantidad de tiempo posible. Era una villanía, pero recurrió a

la ciega amistad de don Víctor. En el Casino se sentaba a su lado, tenía

la paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la

partida le cogía del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón

largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las

cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, que

tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal

tiempo. Veterano del Casino había que llevaba andado en aquel salón

camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos amigos, y

Mesía iba entrando, entrando por el alma del jubilado regente y tomando

posesión de todos sus rincones.

Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más

negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle,

tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las

tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del

relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo. Don

Álvaro sufría el tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se había

resistido su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino

subterráneo y traidor, pero ya no podía menos. Además «¡qué diablo!

mayores bellaquerías había en la historia de sus aventuras».

Don Víctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la

cabeza para mirarle cara a cara, y decía, por ejemplo:

--Mire usted, aquí en el secreto de la... pues... contando con el sigilo

de usted.... Frígilis tiene también sus defectos. Yo le quiero más que un

hermano, eso sí, pero él... él me tiene en poco... créalo usted.... No me

lo niegue usted, es inútil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se

cree muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe más

arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es más constante que yo en el

trabajo... pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! ¿Y el talento

mecánico? Él es torpe de dedos y tardo de ingenio.--Y don Víctor,

parándose otra vez, casi al oído de don Álvaro añadía--: Diré la

palabra: ¡un rutinario!

Quintanar era inagotable en el capítulo de las quejas y de la envidia

pequeña, al pormenor, cuando se trataba de su amigo íntimo, de su

Frígilis; se sentía dominado por él y desahogaba la colerilla sorda,

cobarde, bonachona en el fondo, en estas confidencias; Mesía era una

especie de rival de Frígilis que asomaba; don Víctor encontraba cierta

satisfacción maligna en la infidelidad incipiente.

Don Álvaro callaba y oía. Sólo cuando trataba don Víctor de su buena

puntería se quedaba un poco preocupado. Le parecía imposible que se

pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como don Tomás

Crespo, a quien él creía loco de nacimiento.

Anochecía, seguía lloviendo, los mozos de servicio encendían dos o tres

luces de gas en el salón, y Quintanar conocía por esta seña y por el

cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que había hablado mucho;

sentía entonces remordimientos, se apiadaba de Mesía, le agradecía en el

alma su silencio y atención, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso

de cerveza alemana en su casa.

La frase era:--¿Vamos a la Rinconada? Mesía, callando, seguía a don

Víctor.

Una intuición singular le decía al ex-regente que pagaba bien al amigo

su atención llevándoselo a casa. ¿Por qué don Álvaro había de tener

gusto en seguirle? Si se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese

podido responder. Pero se lo daba el corazón; lo había observado, sin

fijarse en la observación: a Mesía le gustaba entrar en la casa de la

Rinconada.

Solía llevarle al despacho, a su museo como él decía; allí le explicaba

el mecanismo de aquellos intrincados maderos y resortes y, convencido de

la ignorancia de su amigo, le engañaba sin conciencia. Lo que no

consentía don Álvaro era que se pasase revista a las colecciones de

yerbas y de insectos: le mareaba el fijar sucesiva y rápidamente la

atención en tantas cosas inútiles.--El único _bicho_ que le era

simpático a don Álvaro era un pavo real disecado por Frígilis y su

amigo.--Solía acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba:

--Bueno--decía don Víctor--pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted

desprecia mis colecciones.--Anselmo, la cerveza al gabinete.

El gabinete era otro museo: estaban allí las armas y la indumentaria.

Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy brillantes y

bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas épocas y tamaños

llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios guardaba don

Víctor con el cariño de un coleccionador los trajes de aficionado que

había lucido en mejores tiempos. Si se entusiasmaba hablando de sus

marchitos laureles, abría las arcas, abría los armarios, y seda, galones

y plumas, abalorios y cintajos en mezcla de colores chillones saltaban a

la alfombra, y en aquel mar de recuerdos de trapo perdía la cabeza

Quintanar. En una caja de latón, entre yerba, guardaba como oro en paño,

un objeto, que a primera vista se le antojó a Mesía una serpiente; en

efecto, yacía enroscado y era verdinegro el bulto.... No había que

temer... don Víctor domaba fieras; aquello era la cadena que él había

arrastrado representando el Segismundo de _La vida es sueño_, en el

primer acto.

--Mire usted, amigo mío, a usted puedo decírselo; no es inmodestia;

reconozco, ¿cómo no? la superioridad de Perales en el teatro antiguo, su

Segismundo es una revelación, concedo, revela mejor que el mío la

filosofía del drama, pero... no me gustaba su modo de arrastrar la

cadena; parecía un perro con maza; yo la manejaba con mucha mayor

verosimilitud y naturalidad; arrastraba la cadena, créame usted, como si

no hubiese arrastrado otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en

Calatayud, me arrojaron todo ese hierro al escenario, como símbolo de mi

habilidad. Por poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor

recuerdo de mi efímera vida artística.

Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación

de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de

su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el

teatro de Calderón y Lope.

Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atreviéndose a ir a cualquier

hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontró a su lado como un objeto

familiar. Iba siendo Mesía al caserón lo que Frígilis a la huerta.

Aquel procedimiento rastrero, de villano, debió irritarla, pero no la

irritó; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrecía a don Álvaro,

a pesar de que sus intenciones eran torcidas, miserables; quería abusar

de la confianza de don Víctor. «Pero ¿y si no quería? ¿Si se contentaba

con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por

amiga? Veríamos. Si él se propasaba, estaba segura de resistir y hasta

valor sentía para echarle en cara su crimen, su bajeza y arrojarle de

casa».

Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila. «No, no se propasaba;

no hacía más que admirarla, amarla en silencio. Ni una palabra

peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar ocasiones, nada de buscar

_escenas_; una honradez cabal; el amor que respeta la honra, la pasión

que se alimenta de ver y respirar el ambiente que rodea al ser amado. El

placer que ella sentía, también tenía que confesárselo, era el más

intenso que había saboreado en su vida. Poco decir era por que ¡había

gozado tan poco!». Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no

había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una

somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio. Comparaba ella

la situación a la aventura de flotar sobre mansa corriente perezosa,

sombría, a la hora de la siesta; el agua va al abismo, el cuerpo

flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente cuando el

peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se

está fuera, en la orilla.... Ya sabía Ana en sus adentros que aquello no

estaba bien, por que ella no podía responder de la prudencia de don

Álvaro. «Pero, ¿no estaba segura de sí misma? sí ¡pues entonces! ¿por

qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una

madre, la fidelidad de un perro?». «Además, quien mandaba en casa era su

marido, no era ella. ¿Buscaba ella a Mesía? No. ¿Mandaba ella a

Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. Obrar de otro modo hubiera

sido alarmar al esposo sin motivo, infundir sospechas sin fundamento,

tal vez robar a don Víctor para siempre la paz del alma. Lo mejor era

callar, estar alerta, y... gozar la tibia llama de la pasión de soslayo;

que con ser poco tal calor era la más viva hoguera a que ella se había

arrimado en su vida».

«Y al Magistral no se le decía nada de esto. ¿Para qué? No había pecado.

Había ocasión, pero no se buscaba». Además, Ana, puesto que defendía su

virtud, creía prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al

confesor. «Si crecía el peligro, hablaría. Mientras tanto, no».

Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario

de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la que

acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y Quintanar. No fue aquella

sola; muchas veces, en cuanto veía un rayo de sol, a don Víctor se le

antojaba aprovechar el buen tiempo y echar una cana al aire en los

ventorrillos de la carretera de Castilla o en los de Vistalegre, en

compañía de las personas que más quería en Vetusta, a saber: su cara

esposa, Frígilis... y don Álvaro. El pobre Ripamilán era invitado, pero

decía que si no le llevaban en coche.... «El espíritu no faltaba, pero

los huesos no tienen espíritu».

Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que daban los pasmados

venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos

fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el vino malo, sabía a

la pez, ¡mejor! esto le gustaba a Quintanar: y en tal gusto coincidía

con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que

encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría

infantil. En aquellos altozanos se respiraba el aire como cosa nueva;

se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol

de Vetusta, de allá abajo, fuera menos benéfico. Notaba Ana que en

aquella altura, en aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela

picaresca, entre arrieros, maritornes y señores de castillos, a lo don

Quijote, se despertaba en ella el instinto del arte plástico y el

sentido de la observación; reparaba las siluetas de árboles, gallinas,

patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, veía más

matices en los colores, descubría grupos artísticos, combinaciones de

composición sabia y armónica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza

como poeta y pintor en todo lo que veía y oía, en la respuesta aguda de

una aldeana o de un zafio gañán, en los episodios de la vida del corral,

en los grupos de las nubes, en la melancolía de una mula cansada y

cubierta de polvo, en la sombra de un árbol, en los reflejos de un

charco, y sobre todo en el ritmo recóndito de los fenómenos, divisibles

a lo infinito, sucediéndose, coincidiendo, formando la trama dramática

del tiempo con una armonía superior a nuestras facultades perceptivas,

que más se adivina que de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de

que tenía conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos

de Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y la

sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una

fatiga. Entonces la sacaban de sus éxtasis naturalistas una atención

delicada de Mesía o una salida de buen humor intempestivo de Quintanar.

Don Víctor creía que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe

hacer más que locuras; y, por supuesto, era según él indispensable que

alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en

tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país;

se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana

negra al respetable concurso. Se reían por complacerle. Se merendaba

casi siempre al aire libre, contemplando allá abajo el caserío parduzco

de Vetusta; la catedral parecía desde allí hundida en un pozo, y muy

chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrás el humo de las fábricas

en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos

de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de

castaños y robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por

fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos. Se

filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o

chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese;

se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las

que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual

se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba

de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el

tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la

infancia, las fechas lejanas en que había una memoria común; y un

sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, se

extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía de sobremesa.

Comenzaba la brisa; picaba un poco y tenía sus peligros, pero halagaba

la piel; salía una estrella; el cuarto de luna (que a don Víctor le

parecía la plegadera de oro que le habían regalado en Granada), tomaba

color, es decir, luz. La conversación, ya perezosa, daba entonces en la

astronomía y se paraba en el concepto de lo infinito; se acababa por

tener un deseo vago de oír música. Entonces Quintanar recordaba que se

cantaba aquella noche _El Relámpago_ o _Los Magyares_; levantaba el

campo, y paso a paso, volvían a la soñolienta Vetusta dejándose resbalar

por la pendiente suave de la carretera. Frígilis dejaba el brazo a la

Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesía resignado, firme en

su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con

don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el _spirto gentil_

o la _casta diva_; aunque prefería recitar versos, sin que jamás se le

olvidase decir con Góngora:

A su cabaña los guía

que el sol deja el horizonte,

y el humo de su cabaña

les va sirviendo de Norte.

Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas

desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de las nuevas

hojas; y Ana, apoyándose tranquila en el brazo fuerte del mejor amigo,

olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la primavera. De esto

hablaban ella y Frígilis. Crespo, satisfecho, tranquilo, apacible, en

voz baja, como respetando el primer sueño del campo, su ídolo, dejaba

caer sus palabras como un rocío en el alma de Ana, que entonces

comprendía aquella adoración tranquila, aquel culto poético, nada

romántico, que consagraba Frígilis a la naturaleza, sin llamarla así,

por supuesto. Nada de _grandes síntesis_, de cuadros disolventes, de

filosofía panteística; pormenores, historia de los pájaros, de las

plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida natural

llena de lecciones de una observación riquísima. El amor de Frígilis a

la naturaleza era más de marido que de amante, y más de madre que de

otra cosa. En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo,

se hacía elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre

pausadamente; en su voz había arrullos amorosos para el campo que

describía, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oía a otra

persona palabras de cariño y de interés por árboles, pájaros y flores.

Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de árbol inteligente, y

se apoyaba y casi recostaba en Frígilis como en una encina venerable. Y

detrás venía el otro, ella lo sentía. A veces hablaba con Ana don Álvaro

y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su

paciencia y de su martirio.... «Porque, sin duda, sufrir tanto tiempo a

Quintanar era un martirio».

Don Álvaro sudaba de congoja. Don Víctor se le colgaba del brazo,

levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar parecidos entre

los nubarrones de la noche y las formas más vulgares de la tierra.

--«Mire usted, mire usted, aquel cúmulus es lo mismo que Ripamilán;

figúreselo usted con la teja en la mano....

--»Aquel cirrus negro parece la moña de un torero...».

Don Álvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante a

don Víctor, que traía llavín, levantaba el puño cerrado sobre la cabeza

del insoportable amigo.... No descargaba el golpe... no... pero.... «¡Ya

lo descargaría!».

«¡Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por ojo».

Así vivía Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes

remordimientos, aunque no satisfecha de sí misma. Ni permitía a don

Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le

rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que se llama la

virtud, exigía. Estas medias tintas de la moralidad le parecían entonces

a ella las más conformes a la flaca naturaleza humana. «¿Por qué he de

creerme más fuerte de lo que soy?».

También volvió a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy bien recibida;

la del Banco se la comía a besos, le hablaba de modas, le mandaba

patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía que pagar y a que ella

la acompañaba, porque don Víctor se negaba a perder el tiempo en estos

cumplidos.

--Señor--gritaba él--yo no sirvo para eso; no se me haga a mi hablar del

tiempo, del mal servicio de criadas, de la carestía de los comestibles.

¡Exíjase de mí cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido!

--Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades--decía para sus

adentros.

Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la

boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el buen

tiempo la ayudaba.

La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las

prefería a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba

tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de protesta de la

carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía. «Era mejor vivir como

todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con los pasatiempos vulgares, sosos,

pero que, al fin, llenan las horas...».

En esta situación estaba cuando el Magistral le dijo en el confesonario

que se perdía; que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco

de césped la historia de Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas

estuvo más elocuente que nunca; ella comprendió que estaba siendo una

ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo

fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido.... La voz del

sacerdote vibraba, su aliento quemaba, y Ana creyó oír sollozos

comprimidos. «Era preciso seguirle o abandonarle; él no era el capellán

complaciente que sirve a los grandes como lacayo espiritual; él era el

padre del alma, el padre, ya que no se le quería oír como hermano. Había

que seguirle o dejarle». Y después había hablado de lo que él mismo

sentía, de sus ilusiones respecto de ella. «Sí, Ana (Ana la había

llamado, estaba ella segura), yo había soñado lo que parecía anunciarse

desde nuestra primer entrevista, un espíritu compañero, un hermano

menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armónica

unión; yo había soñado que ya no era Vetusta para mí cárcel fría, ni

semillero de envidias que se convierten en culebras, sino el lugar en

que habitaba un espíritu noble, puro y delicado, que al buscarme para

caminar en la vía santa de salvación, sin saberlo, me guiaba también por

esa vía; yo esperaba que usted fuese lo que aquella historia que

llorando me contaba, prometía... lo que usted me prometió cien veces

después.... Pero no, usted desconfía de mí, no me cree digno de su

dirección espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que

siente, tal vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su

confidente».

--No, no--repetía Ana llorando; pero él había seguido hablando de su

despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y

en el aliento.... Y habían concluido por reconciliarse, por prometerse

nueva vida, verdadera reforma, eficaz cambio de costumbres; y ella

exaltada le había dicho: «¿Quiere usted que hoy mismo le acompañe a casa

de doña Petronila?». «Sí, sí; eso, lo mejor es eso», había contestado

él. Y habían ido juntos sin pensar ni uno ni otro lo que hacían.

Desde aquella tarde había empezado para la Regenta la vida de la devota

práctica; pero duró poco la eficacia de aquel impulso en que no había

piedad acendrada sino gratitud, el deseo de complacer al hombre que

tanto trabajaba por salvarla, y que era tan elocuente y que tanto valía.

Ana a veces, no pudiendo elevar su atención a las cosas invisibles, a la

contemplación piadosa, procuraba preparar este viaje místico pensando en

el Magistral. «¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien penetraba en el

espíritu, y qué bien hablaba de lo que parece inefable, de los

subterráneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! ¡Y

cuánto le debía ella! ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo

merecía?». Las lágrimas se agolpaban a los ojos de Ana. Lloraba de

gratitud y de admiración. Y no pudiendo meditar sobre cosas santas,

piadosas, poníase la mantilla y corría a la conferencia de San Vicente,

o a la Junta del Corazón o al Catecismo, o a misa... donde

correspondiera. Pero la fe era tibia; por allí no se iba a donde ella

había deseado. Además, se conocía; sabía que ella, de entregarse a Dios,

se entregaría de veras; que mientras su devoción fuese callejera,

ostentosa y distraída, ella misma la tendría en poco, y cualquier pasión

mala, pero fuerte, la haría polvo.

Mas resuelta a huir de los extremos, a ser _como todo el mundo_,

insistió en seguir a las _demás beatas_ en todos sus pasos, y aunque sin

gusto, entró en todas las cofradías, fue hija y hermana, según se

quiso, de cuantas juntas piadosas lo solicitaron.

Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña

Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio

en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo,

en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de

hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro,

y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares

había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en

cuanto mujer de sociedad.

Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer,

pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.

--Esta mujer--decía don Álvaro--es _peor_ que Troya.

--El remedio ha sido peor que la enfermedad--pensaba don Fermín.

Ana veía en los pormenores de la vida de beata mil motivos de

repugnancia; pero prefería apartar de ellos la atención: no dejaba que

el espíritu de contradicción buscase las debilidades, las groserías, las

miserias de aquella devoción exterior y bullanguera. No quería censurar,

no quería ver.

Pero a sí misma se comparaba al cadáver del Cid venciendo moros. No era

ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia.

Y volvió la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya otra

época de luchas interiores, de aridez y rebelión.

Una noche, después de oír un sermón soporífero, entró en su tocador casi

avergonzada de haber estado dos horas en la iglesia como una piedra;

oyendo, sin piedad y sin indignación, sin lástima siquiera, necedades

monótonas, tristes; viendo ceremonias que nada le decían al alma....

--Oh, no, no--se dijo, mientras se desnudaba--yo no puedo seguir así...

Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo,

había añadido en voz alta, para dar más solemnidad a su protesta:

--¡Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de idiota....

¡Cualquier cosa... menos ser como _todas esas_!

Y a los pocos días cayó enferma.

Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas

transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas

plásticas, teatrales--gracias a la salud que volvía a rodar con la

sangre--, sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se

complacía en creer intensos, punzantes. «¡Oh! ¡qué diferencia entre

aquel sopor moral en que vivía pocas semanas antes, y la agudeza de su

conciencia ahora, allí postrada, sin poder levantar el embozo de la

colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el

plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!».

«¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser buena, buena, de Dios,

sólo de Dios; ya lo vería el Magistral. Y él, don Fermín, sería su

maestro vivo, de carne y hueso; pero además tendría otro; la santa

doctora, la divina Teresa de Jesús... que estaba allí, junto a su

cabecera esperándola amorosa, para entregarle los tesoros de su

espíritu».

Ana, burlando los decretos del médico, probó en los primeros días de

aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: iba a él como

un niño a una golosina. Pero no podía. Las letras saltaban, estallaban,

se escondían, daban la vuelta... cambiaban de color... y la cabeza se

iba.... «Esperaría, esperaría». Y dejaba el libro sobre la mesilla de

noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en

imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal; se

contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la

arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. «¡Qué de cosas la diría

ahora que ella no había sabido comprender cuando la leyera distraída,

por máquina y sin gusto!».

La impaciencia pudo más que las órdenes del médico, y antes de dejar el

lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez incorporarse entre

almohadones, algo más fuerte ya, Ana hizo nuevo ensayo y entonces

encontró las letras firmes, quietas, compactas; el papel blanco no era

un abismo sin fondo, sino tersa y consistente superficie. Leyó; leyó

siempre que pudo. En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus

soledades, los ojos se agarraban a las páginas místicas de la Santa de

Ávila, y a no ser lágrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de

dos almas a través de tres siglos.

--XX--

Don Pompeyo Guimarán, presidente dimisionario de la _Libre Hermandad_,

natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don Saturnino Bermúdez,

el arqueólogo y etnógrafo, que dividía a todos sus amigos en celtas,

íberos y celtíberos, sin más que mirarles el ángulo facial y a lo sumo

palparles el cráneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la

gente lusitana, no precisamente en el cráneo, sino más bien en el

abdomen. Don Pompeyo no decía que sí ni que no; cierto era que el tenía

un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida sedentaria; que

andaba muy tieso, porque creía que «quien era recto como espíritu,

digámoslo así, debía serlo como físico»; pero en punto a los vestigios

de raza y nación él se declaraba neutral: quería decir que le era

indiferente esta cuestión, toda vez que tan español consideraba a un

portugués como a un castellano como a un extremeño. De modo, que siempre

que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una calorosa defensa

de la unión ibérica, unión que debía iniciarse en el arte, la industria

y el comercio para llegar después a la política.

Además ¿qué le importaban a don Pompeyo estos accidentes del nacimiento?

Su inteligencia andaba siempre por más altas regiones. Él en este mundo

era principalmente un _altruista_, palabreja que, preciso es confesarlo,

no había conocido hasta que con motivo de una disputa filosófica de la

que salió derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer

las obras de Comte. Allí vio que los hombres se dividían en egoístas y

_altruistas_ y él, a impulsos de su buen natural, se declaró _altruista_

de por vida; y, en efecto, se la pasó metiéndose en lo que no le

importaba. Tenía algunas haciendas, pocas, la mayor parte procedentes de

bienes nacionales; y de su renta vivía con mujer y cuatro hijas

casaderas.

Comía sopa, cocido y principio; cada cinco años se hacía una levita,

cada tres compraba un sombrero alto lamentándose de las exigencias de la

moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A esto lo llamaba

él su _aurea mediocritas_. Pudo haber sido empleado; pero «¿con quién?

¡si aquí nunca hay gobiernos!». Cargos gratuitos los desempeñaba siempre

que se le ofrecían, porque sus conciudadanos le tenían a su disposición,

sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo suyo. A pesar de tanta

modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos atribuían su

exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio del culto y del

clero a la procedencia de sus tierras. «¡Claro, decían las beatas en los

corrillos de San Vicente de Paúl, y los ultramontanos en la redacción de

_El Lábaro_, claro, como lo que tiene lo debe a los despojos impíos de

los liberalotes! ¿Cómo no ha de aborrecer al clero si se está comiendo

los bienes de la Iglesia?». A esto hubiera objetado don Pompeyo, si no

despreciara tales hablillas, «abroquelado en el santuario de su

conciencia», hubiera contestado que don Leandro Lobezno, el obispo de

levita, el Preste Juan de Vetusta, el seráfico presidente de la Juventud

Católica, era millonario gracias a los bienes nacionales que había

comprado cierto tío a quien heredara el don Leandro». Pero no, don

Pompeyo no contestaba. Él aborrecía el fanatismo, pero perdonaba a los

fanáticos.

«¿No era él un filósofo? Bien sabía Dios que sí».--Esto de que bien lo

sabía Dios era una frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin

querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía en

Dios. No hay para qué ocultarlo. Era público y notorio. Don Pompeyo era

el ateo de Vetusta. «¡El único!» decía él, las pocas veces que podía

abrir el corazón a un amigo. Y al decir ¡el único! aunque afectaba

profundo dolor por la ceguedad en que, según él, vivían sus

conciudadanos, el observador notaba que había más orgullo y satisfacción

en esta frase que verdadera pena por la falta de propaganda. Él daba

ejemplo de ateísmo por todas partes, pero nadie le seguía.

En Vetusta no se aclimataba esta planta; él era el único ejemplar,

robusto, inquebrantable eso sí, pero el único. Y don Pompeyo sentía

remordimientos cuando se sorprendía deseando que jamás cundiese _la

doctrina racional, salvadora_, que por tal la tenía. Todos le llamaban

el _Ateo_, pero la experiencia había convencido a los más fanáticos de

que no mordía. «Era el león enamorado de una doncella», decía

elegantemente Glocester, «una fiera sin dientes». Hasta las más

recalcitrantes beatas pasaban al lado del _Ateo_ sin echarle una mala

maldición: era como un oso viejo, ciego y con bozal que anduviese

domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los chiquillos; olía mal

pero no pasaba de ahí. Sin embargo, varias veces se había pensado en

darle un disgusto serio para que se convirtiera o abandonase el pueblo.

Esto dependía del mayor o menor celo apostólico de los obispos. Uno hubo

(después llegó a cardenal), que pensó seriamente en excomulgar a don

Pompeyo. Este recibió la noticia en el Casino--todavía iba al Casino

entonces--. Una sonrisa angelical se dibujó en su rostro: así debió de

sonreír el griego que dijo: pega, pero escucha. La boca se le hizo agua:

aquella excomunión le hacía cosquillas en el alma: ¡qué más podía

ambicionar! En seguida pensó en tomar una postura moral digna de las

circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.--Se contentó con

decir--: El señor obispo no tiene derecho de excomulgar a quien no

comulga; pero venga en buen hora la excomunión... y ahí me las den

todas.

Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso

ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don

Pompeyo se convirtió en un mar de lágrimas; hubo síncopes; doña

Gertrudis cayó en cama. El infeliz Guimarán sintió terribles

remordimientos: sintió además inesperada debilidad en las piernas y en

el espíritu. «¡No que él se convirtiera! ¡eso jamás! pero ¡su Gertrudis,

sus niñas!» y lloraba el desgraciado; y volviéndose del lado hacia donde

caía el palacio episcopal enseñaba los puños y gritaba entre suspiros y

sollozos:--«¡Me tienen atado, me tienen atado esos hijos de la

aberración y la ceguera! ¡desgraciado de mí! ¡pero más dignos de

compasión ellos que no ven la luz del medio día, ni el sol de la

Justicia». Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo y demás

alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al principio le

sublevaba sólo pensado, que sus hijas se _moviesen_, que sus amigos

pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se metiera el rayo

en el bolsillo.... Se consiguió, no sin trabajo, y sin necesidad de que

don Pompeyo se retractase de sus errores. Se echó tierra al ateísmo de

Guimarán. Él calló una temporada, pero luego volvió a la carga,

incansable en aquella propaganda, que, en el fondo de su corazón,

deseaba infructuosa, por el gusto de ser el único ejemplar de la, para

él, preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el

Casino, donde pasaba media vida (después lo abandonó por motivos

poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la

teología; ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas _de

tejas arriba_. Los _avanzados_ se contentaban con atacar al clero,

contar chascarrillos escandalosos en que hacían principal papel curas y

amas de cura; en esta amena conversación entraban también con gusto

algunos conservadores muy ortodoxos. Si creían haber llegado demasiado

lejos y temían que alguien pudiera sospechar de su acendrada

religiosidad, se añadía, después de la murmuración escandalosa:--«Por

supuesto que estas son las excepciones.--No hay regla sin excepción,

decía don Frutos el americano.--La excepción confirma la regla, añadía

Ronzal el diputado. Y hasta había quien dijera:--Y hay que distinguir

entre la religión y sus ministros.--Ellos son hombres como nosotros...».

Los avanzados presentaban objeciones, defendían la solidaridad del dogma

y el sacerdote, y entonces el mismo don Pompeyo tenía que ponerse de

parte de los reaccionarios, hasta cierto punto y decir:--Señores, no

confundamos las cosas, el mal está en la raíz.... El clero no es malo ni

bueno; es como tiene que ser.... Al oír tal, todos se levantaban en

contra, unos porque defendía al clero y otros porque atacaba el dogma.

Bien decía él que estaba completamente solo, que era el _único_.--De

aquellas discusiones, que buscaba y provocaba todos los días, afirmaba

él que «salía su espíritu, llamémosle así, lleno de amargura (y no era

verdad, el remordimiento se lo decía), lleno de amargura porque en

Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada más. Mucho de intrigas, mucho

de politiquilla, mucho de intereses materiales mal entendidos; y nada de

filosofía, nada de elevar el pensamiento a las regiones de lo ideal.

Había algún erudito que otro, varios canonistas, tal cual jurisconsulto,

pero pensador ninguno. No había más pensador que él». «Señores, decía a

gritos después de tomar café, cerca del gabinete del tresillo, si aquí

se habla de las graves cuestiones de la inmortalidad del alma, que yo

niego por supuesto, de la Providencia, que yo niego también, o toman

ustedes la cosa a broma, a guasa, como dicen ustedes, o sólo se

preocupan con el aspecto utilitario, egoísta, de la cuestión: si Ronzal

será inmortal, si don Frutos prefiere el aniquilamiento a la vida futura

sin recuerdo de lo presente.... Señores ¿qué importa lo que quiera don

Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuestión no es esa; la cuestión es

(y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de haberlo,

piensa para algo en la mísera humanidad, si...».

--«¡Chitón! ¡silencio!» gritaban desde dentro los del tresillo; y don

Pompeyo bajaba la voz, y el corro se alejaba de los tresillistas, lleno

de respeto, obedientes todos, convencidos de que aquello del juego era

cosa mucho más seria que las teologías de don Pompeyo, más práctica, más

respetable.--Miren ustedes, decía Ronzal, que todavía no era sabio, yo

creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la verdad, eso de que

el cielo ha de ser una contemplación eterna de la Divinidad... hombre,

eso es pesado.--¿Y qué? objetaba el americano don Frutos, en voz baja

también, temeroso de nuevo aviso de los tresillistas; ¿y qué? Yo me

contento con pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado

en este mundo. ¡Peor sería eso que dicen que dice _Alancardan_, o san

Cardan, o san Diablo! pues... que.... No sabía cómo explicarlo el pobre

don Frutos. «Ello venía a ser que en muriéndonos íbamos a otra estrella,

y de allí a otra, a pasar otra vez las de Caín, y ganarnos la vida». La

idea de volver, en Venus o en Marte, a buscar negros al África y

comprarlos y venderlos a espaldas de la ley, le parecía absurda a

Redondo y le volvía loco. «¡Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!»

concluía limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por aquel

esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hábitos.--Con esta cuestión de la

inmortalidad, era con la que abría don Pompeyo brecha en el alcázar de

la fe de los socios, pero siempre concluían por cerrar aquella brecha

con las salvedades de rúbrica.--«Por supuesto. Dios sobre todo....

Doctores tiene la Iglesia...».

Y en último caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologías.

Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que

cambiar de mesa y de sala, si quiso seguir predicando ateísmo.

«¡Este era el estado del libre examen en Vetusta!» pensaba Guimarán con

tristeza mezclada de orgullo.

En el billar tampoco querían teología racional. Don Pompeyo, más

abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías podría pararse

en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de

la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos

ilusos que pasaban las horas de la brevísima existencia, viendo chocar

o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces tropezaba la maza de un

taco con el abdomen de don Pompeyo.

--Usted dispense, señor Guimarán.

--Está usted dispensado, joven--respondía el pensador rascándose la

barba con una ironía trágica, profunda, y sonriendo, mientras movía la

cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo.

Aburrido de tanta _superficialidad_ subía al _cuarto del crimen_, a ver

a los partidarios del azar. Allí oía el nombre de Dios a cada momento,

pero en términos que no le parecían nada filosóficos.

--¡Don Pompeyo, tiene usted razón!--gritaba un perdido al despedirse de

la última peseta--¡tiene usted razón, no hay Providencia!

--¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas!

Y salía furioso del Casino. «No se podía ir allí».

Cuando _estalló la Revolución de Septiembre_, Guimarán tuvo esperanzas

de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. ¡Todo era hablar mal

del clero! Se creó una sociedad de filósofos... y resultó espiritista;

el jefe era un estudiante madrileño que se divertía en volver locos a

unos cuantos zapateros y sastres. Salió ganando la Iglesia, porque los

infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a

gritos, arrepintiéndose de sus errores con toda el alma. Y nada más: a

eso se había reducido la _revolución religiosa_ en Vetusta, como no se

cuente a los que _comían de carne_ en Viernes Santo.

Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia. En

figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto aire de divinidad,

y sin darse cuenta de ello, era idólatra de aquella palabra abstracta.

Por la _justicia_ se hubiera dejado hacer tajadas.

«La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de Vetusta,

don Fortunato Camoirán, era una persona respetable, un varón virtuoso,

digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno. ¿Tenía un

ideal? pues don Pompeyo le respetaba».

Don Pompeyo no leía, meditaba. Después de las obras de Comte (que no

pudo terminar), no volvió a leer libro alguno; y en verdad, él no los

tenía tampoco. Pero meditaba.

Algunas veces discutía con Frígilis, en quien reconocía la _madera de un

libre pensador_, pero mal educado. No le quería bien. «¡Ese es

panteísta!» decía con desdén. «Ese adora la naturaleza, los animales, y

los árboles especialmente... además, no es filósofo; no quiere pensar en

las grandes cosas, sólo estudia nimiedades.... Está muy hueco porque

después de cien mil ensayos ridículos, aclimató el Eucaliptus en

Vetusta.... ¿Y qué? ¿Qué problema metafísico resuelve el Eucaliptus

globulus? Por lo demás yo reconozco que es íntegro... y que sabe... que

sabe... por más que su decantado darwinismo... y aquella locura de

injertar gallos ingleses...».

Guimarán fue varias veces derrotado por Frígilis en sus polémicas.

Frígilis era apóstol ferviente del transformismo; le parecía absurdo y

hasta ridículo hacer ascos al abolengo animal.... Don Pompeyo, aunque se

sentía seducido por aquella teoría que _dejaba_ un subido y delicioso

olor a herética y atea, no se decidía a creerse descendiente de cien

orangutanes; sonreía como si le hiciesen cosquillas... pero no se

determinaba a decir sí ni a decir no.

«Mi última afirmación es la duda.... Se me hace cuesta arriba». Pero de

todas suertes su ateísmo quedaba en pie; para negar a Dios con la

constancia y energía con que él lo negaba, no hacía falta leer mucho, ni

hacer experimentos, ni meterse a cocinero químico. «¡Mi razón me dice

que no hay Dios; no hay más que Justicia!».

Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo

con benevolencia; y con un poco de burla, en que había algo de caridad,

le decía:

--«¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está usted de que no hay Dios?».

--«¡Sí, señor mío! ¡mis principios son fijos! ¡fijos! ¿entiende usted? Y

yo no necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de

animales, para llegar a mi conclusión categórica.... Si su ciencia de

usted, después de tanta retorta, y tanto protoplasma y demás zarandajas,

no da por resultado más que esa duda, ¡guárdese la ciencia de los libros

en donde quiera, que yo no la he menester!».

El honrado Guimarán daba media vuelta y se iba furioso, llena el alma de

rencores y envidias pasajeras, y Frígilis seguía sonriendo y movía la

cabeza a un lado y a otro.

La Regenta · 第 22 / 30 题