D. Fermín continuó tranquilo:

--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos

puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo

prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio.

Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas

para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso

hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la

cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se

trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también

indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos

clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer

de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de

negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus

extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es

allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser,

sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y

otros muchos....

Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la

suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.

Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya

no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo,

sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los

caballeros en los tranvías de Nueva--York.

--Pues bien--prosiguió don Fermín--nosotros necesitamos toda la verdad;

no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar

lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he

notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de

que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esas

confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.

Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino

que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte

buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree

completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese

análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Y

basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero

perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese

modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que

usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o

no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más

pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión.

El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía

preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por

temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber

asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su

confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las

palabras de Ana.

Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones

expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde,

y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de

sus poéticas ideas.

Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la

buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba

aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar

consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.

El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la

cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la

glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la

locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de

partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus

tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del

Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la

tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía

el clérigo, bendita sea tu boca!».

No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de

hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía

sobre la arena de los senderos.

Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.

--Sí, tiene usted cien veces razón--decía ella--yo necesito una palabra

de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me

arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la

desesperación....

--Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!

--Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.

--Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?...

El Magistral sonrió...--No se ría usted: serán los nervios, como dice

Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio

horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.

--No debe decirse así--interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la

mayor suavidad que pudo--. No sería un pecado ese tedio si se pudiera

remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios

gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía.

Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía

su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se

decidió a decir al Magistral _lo demás_, lo que había venido detrás del

hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa

puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.

--Otras veces--decía--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia

de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer,

la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si

lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una

rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no....

El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante

aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la

historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con

exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.

Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en

Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.

«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella;

que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada

tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad

consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin

límites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar una

peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que

acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro

para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy

amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su

cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz

potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué sabía

ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese.

«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la

pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía el

Magistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en

otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado a

pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más ni

menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué

era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con

semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no serían

tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu

aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?».

«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le

había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.

«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar

para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el

peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la

presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la

repetición de accesos por el estilo».

Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar

más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más

fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había

hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se

burlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir que

sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que

sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar,

entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su

escopeta....

--Todo aquello--añadió el Magistral después de presentarlo en

resumen--de puro peligroso rayaba en pecado.

--Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no;

¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es

pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo

demás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo

necio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso!

--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo

siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como

es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser

peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos.

El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecado

claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un

objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que

vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio

sano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted,

Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un

globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted

la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted

dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en

todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No

es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda

de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos,

usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos

sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales

de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral,

pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a

donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo

con esta severidad: en este momento es indispensable.

Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad

aquella pendiente que le ponía en el camino.

Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,

abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba

aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que

halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.

El cual prosiguió, aflojando la cuerda:

--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas

tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque

no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la

gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovechar

esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy

antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y

por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas

ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y

hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones

protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de

Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que

satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues

todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida,

aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de

una mujer piadosa, de una... _beata_, para emplear la palabra fea,

_escandalosa_. Sí, amiga mía--el Magistral reía al decir esto--lo que

usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser _beata_.

Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la

letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que

contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,

creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las

menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus

pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es

fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle:

«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le

haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi

templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la

oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad

que son todo mi culto en resumen...».

Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con

motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas

mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.

La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a

los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que

empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un

aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron

la señal de la torre que vigilaba.

Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio:

--¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....

La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas

hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer

ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde

donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo

abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su

encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a

decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a

tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del

Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el

caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No

le habían hecho llevar cartas _sin necesidad de que lo supiera don

Víctor_? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de

una hora de palique en el cenador, y a obscuras?».

Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía

olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el

despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima

del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de

cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía

tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la

prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos

penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó.

--Oye.--¿Señor?...--Nada.... Oye...--¿Señor?...--¿Anda ese reloj?

--Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer....

--¿De modo que son las ocho menos diez?

--Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le

preguntaba por el ama.

--Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más

cartuchos.

En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a

entender con lo de la vida beata.

«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la

perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si

otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de

la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la

perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar

gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos

lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una

fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían

pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la

rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para

satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa

Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado

aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si

somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones

de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las

fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a

las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa,

que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo;

al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas,

insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de

la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan

humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la

oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en

las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada

más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente

devoción profunda».

--Verá usted--decía el Magistral--como llega un día en que no necesita a

Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en

otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia,

amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá

usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos

ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden

antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa

más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y

usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de

pura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las que

ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de

ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entonces

si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le

arrancaba el bueno de don Juan Tenorio....

--A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir--prosiguió De

Pas--por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra

en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas

admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas

dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a

los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los

días que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores

que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí

algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí,

porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que

exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la

cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo,

algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y

aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo,

sin que usted se dé cuenta de ello.

Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había

de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y

terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.

Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa

Teresa y algunos místicos.

«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal,

Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para

perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un

gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia

vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para

Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará

usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho

antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del

diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que

comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algún

tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el

libro sabrá mejor, y dará más frutos.

»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la

infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar,

eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que

importa.

»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro

compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la

inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del

mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es

cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos?

¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando

del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre,

distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se

necesite y que indicarán las circunstancias.

Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas

secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le

hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:

--¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí

charlando... charlando...

«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el

parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero

esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en

voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero

temiéndolo.

Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo

maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para

hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.

El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del

patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y

pasar por las habitaciones de Quintanar.

En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que

había recibido al Provisor.

--¿Ha venido el señor?--preguntó la Regenta.

--Sí, señora--respondió en voz baja la doncella--; está en su despacho.

--¿Quiere usted verle?--dijo Ana volviéndose al Magistral.

Don Fermín contestó:--Con mucho gusto...--¡Disimulan, disimulan

conmigo!--, pensó Petra con rabia.

--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en

palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme...

salúdele usted de mi parte.

--Como usted quiera.--Además, estará abismado en sus trabajos... no

quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy

buenas noches.

--Disimulan--volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que

conducía al zaguán.

Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja

dijo:

--Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito

para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.

--Bien--contestó la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--Sí, sí,

tiene usted razón.

Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la

puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los

ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que

pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició

con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:

--Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la

mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.

--¿Estás contenta con los señores?

--Doña Ana es un ángel.

--Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay

corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor....

--Salga usted, salga usted, y por mí no tema.

--Cierra ya, hija mía, puedes cerrar.

--No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina....

--Muchas gracias... adiós, adiós.

--Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la

cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier

ruido.

«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín?

¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla

propicia como a la otra».

La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador

de doña Ana sin ser llamada.

--¿Qué quieres?--preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal

porque sentía mucho frío.

--El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que

estaba aquí D. Fermín.

--¿Quién?--Don Fermín.--¡Ah! Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa?

Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando:

--¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... Pues si a una no le

diera la gana... pero yo lo hago por el otro....

Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar

a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica.

Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con

manchas de pólvora en la frente y en las mejillas.

No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada:

¿para qué decírselo?».

A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el

Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para

su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en

aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el

señor Crespo se los pasaba recorriendo sus _dominios_, que así llamaba

al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba,

según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el

mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba

Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba

haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí

dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de

floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda

morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el

suelo.

Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo

hasta los ojos.

--¿Quién diablos ha andado aquí?--preguntó a las auras matutinas.

Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había

llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los

granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos

monocromos, invención suya.

Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.

--¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...

Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un

mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero

Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.

--Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche

a destrozarme las semillas?...

--¿Qué dice usted que no le entiendo?--contestó Petra desde el patio.

--Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé

allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro

la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este

guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche?

--¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.

--¡Ira de Dios! De noche digo....

--A ver el guante...--Toma--contestó Frígilis, arrojando desde lejos la

prenda....

--Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que

entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de

canónigo?...

--¿Pues de quién es?--De mi señora.... No ve usted la mano... qué

chiquita... a no ser que haya _canónigas_ también.

--¿Y se usan ahora guantes morados?

--Pues claro... con vestidos de cierto color....

Frígilis encogió los hombros.

--Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?

--El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que

habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!...

En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero.

--¡El gato! ¡El moreno!...--dijo Frígilis, moviendo la cabeza--qué

gato... ni qué...

Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a

Petra, señaló a la galería:

--¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y

tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero...

oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo

viese vencer... ¡es mi macho!

Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el

repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.

Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del

Magistral.

--XVIII--

Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste,

tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en

agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como

latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas,

tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y

después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al

mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se

descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar

por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un

penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se

extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea

el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada,

fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del

valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua

disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a

lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del

campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza

de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y

paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como

canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino

un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y

arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las

praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde

fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo

espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas,

melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de

agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para

estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su

esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca

Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta

silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá

en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro.

«¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de

menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo,

en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar

compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario.

Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las

corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña,

que no tiene puertas.

Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza;

Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la

tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que

le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda

cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por

otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un

lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que

una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se

explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar

su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su

casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que

siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores

hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la

triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen

esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con

negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel

programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había

publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y

por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar

en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta

jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese

honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y

amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre

dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad,

sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado.

Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de

la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y

comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que

suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los

impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí

veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador

que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se

notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el

libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras

cualidades de su oratoria, que parecían señales de una _manera_

original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas.

Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la

conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en

él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en

Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su

oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda,

para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si

la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera

suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo

hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a _trabajar_, frase suya,

tan bien como cualquiera de esos _otros primeros galanes_ que recorren

las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.

Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado

trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en

las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él

necesitaba con el tiempo _crear una familia_, y entró en la carrera

judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas

relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y

se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una

edad en que todavía se sentía capaz de representar el _Alcalde de

Zalamea_ con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la

llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es

delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él... «era ante todo un

artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas

_dignamente_! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido

lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la

vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de

serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de

ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era

cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían

hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho.

Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de

trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía

Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el

poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su

corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La

simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes

no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba

sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por

dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que

cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba

poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión

lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la

influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de

Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro

las ideas de aquel _buen hombre_, de quien los vetustenses decían que

era un _chiflado_, un tontiloco.

Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza

de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El

_oidium_ consumía la uva, el _pintón_ dañaba el maíz, las patatas tenían

su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su

oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis

disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del

contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba

pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil

en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los

_parques_ y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del

marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba

de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de

vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el

gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato

que el del Casino. Se entendía con los jardineros.--En cuanto las

lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San

Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto

los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores.

Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de

cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en

el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte,

claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos

alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra

la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y

más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos

del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la

conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba

de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste

ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo.

Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a

los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de

un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una

inmundicia.

«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a

buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera

abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más

digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para

elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de

humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles

estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo

de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de

monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros

puntiagudos!...».

No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa,

alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del

arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el

cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita

era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de

tópico de conversación en las visitas de cumplido.

La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra,

esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las

enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor

media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía:

también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los

más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta

mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus

bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno,

inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de

espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista.

Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se

resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran

parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual

buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a

las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.

La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su

lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba

deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de

viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia

o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y

la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de

sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban

por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña

Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar

compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia

para un alma tierna, _a su modo_, como la de la señora Marquesa!

--Yo no soy sentimental--decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía

con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a

oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería...

pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco...

lloro... pero no hago alarde de ello.

--Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,--respondía

el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los

secretos sentimentales.

El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas

de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus _íntimos_

le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a

la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que

el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve».

Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a

desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y

nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando

votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano

Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos.

La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se

metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de

penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban

pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué

habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?--En la chimenea ardían los

bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales

se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban

_antiguas consejas_, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder

por fuerza en todo _hogar señorial_, pero se murmuraba del mundo

entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza

prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del

presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».--El

gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se

tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién

pensaba en los aguaceros?

En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad

excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de

oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa

de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus

salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las

bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con

estrépito las duchas de los tremendos _serpentones_ de hojalata.... Todos

despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería

y de las charadas representadas.

--En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del _Lábaro_) se

metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto

era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios _de

Viernes santo_, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de

Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si

bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor

religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco

popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que

se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos

favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta

última. Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras

muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan

notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en

los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los

viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes.

El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene

moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida amiga. Ana

aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de

la calle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío caserón de los

Ozores. Había confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre,

pero no se había decidido a ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral

se atrevió a recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por

su querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a menudo

ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la

administración de tantas obras piadosas como ella dirigía y pagaba

sabiamente.

--«¿Cuándo viene por acá ese ángel hermosísimo?»--preguntaba el Obispo

madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos.

Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran

Constantino, las del _cónclave_, como las llamaba Ripamilán, esperaban

con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera,

que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa

y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús; pues nada

menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes

como coraceros.

Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia cuando pensaba

en ir a casa de doña Petronila; le parecía mejor ver al Magistral en la

iglesia, allí encontraba ella el fervor religioso necesario para

confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenzó a

impacientarse; la Regenta no subía la cuesta, persistía en sus

peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba

en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos

profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían

reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito

para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación

absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los

libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una

especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En cuanto a la

oración, Ana decía que recitar de memoria plegarias era un ejercicio

inútil, soporífero, que irritaba los nervios; las repetía cien veces,

para fijar en ellas la atención, y llegaba a sentir náuseas antes de

conseguir un poco de fervor.... «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que

rezar así, respondía el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora

en este punto basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los

peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla

abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían

sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que

ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas. El miedo a las

expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar

el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador

del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a

los penitentes; pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la

blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de

ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal.

Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a

él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de

aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no

pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín. No, él no se

dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el

de su amiga.

De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en

semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que

ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones

místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas

noticias tenía ya el confesor diligente.

Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, de

la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: «A la iglesia, hija

mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse allí, a soñar allí, a pensar

allí oyendo la música del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo

el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo

cuanto allí brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los

pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los

cristales de colores...». Poca gracia le hacía a don Fermín esta

retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído que recomendar la

religión por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma,

pero sabía hacer de tripas corazón y amoldarse a las circunstancias.

Además, sin que él quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de

encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente,

en el Catecismo, a su amiga, que allí le vería triunfante luciendo su

talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla.

Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la

humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al

lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de

día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si no estaba de caza,

entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se detenía en su despacho.

Le había tomado cierto miedo. Varias máquinas de las que estaban

inventando o perfeccionando se le habían sublevado, erizándose de

inesperadas dificultades de mecánica racional. Allí estaban cubiertos de

glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero

y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese

el estudio _serio_ de las matemáticas, de todas las matemáticas, que

tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales. En tanto

Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes

irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba su despacho siempre

que podía; y ni cartas escribía allí. Además; las colecciones botánicas,

mineralógicas y entomológicas yacían en un desorden caótico, y la pereza

de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y

mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a

jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse

metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su don Víctor, a quien

en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era

menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día: y

cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida

piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a

ser, en cuanto mejorase el tiempo, una _beata_ en el sentido en que el

Magistral lo había solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto

todo iba bien; sabía ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle;

pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda

negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de

pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando

con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin

poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un

rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al

universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante

hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas abiertas, dando

órdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana

ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado,

quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida

virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica

de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación. «¡Oh

no, no! ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar

las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese

hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que

quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire...». Estos

pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro

volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable,

brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había

clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante _dandy_ la

tarde memorable de _Todos los Santos_. Entonces Ana se ponía en pie,

recorría el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del

chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y

acababa por acercarse a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la

frente. Salía, cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba

a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con

ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los

castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas

largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no

llovía mucho, Frígilis solía andar por allí; más tiempo faltaba

Quintanar de casa que Frígilis de la huerta. Ana acababa por verle.

«Aquel había sido su único amigo en la triste juventud, en el tiempo de

la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y

sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba

ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto,

sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y

aquellos injertos...». «¡Y pensar que aquel hombre había sido

inteligente, amable! Y ahora... no era más que una máquina agrícola,

unas tijeras, una segadora mecánica, ¡a quién no embrutecía la vida de

Vetusta!».

Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba

con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un

caracol, cortaba un vástago importuno, afirmaba un rodrigón y seguía

adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena húmeda de los

senderos.... Y Ana veía desaparecer entre las ramas aquel sombrero

redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana

eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos

pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos

borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro.

A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.--Paco

estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía

él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en conquistar una voluntad,

en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada.

--«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»--decía Paco a Mesía

en el Casino, a última hora, cuando sólo quedaban allí los

trasnochadores de oficio.

Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca

servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y

llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; Mesía

melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que también

tienen los _descreídos_ a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina

cabeza de un rubio pálido, y parecía un poco más viejo que de ordinario.

Callaba, y comía y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo

grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las

mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote.

--Ella está enamorada, de eso estoy seguro... pero tú... tú no eres el

de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su

casa... y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista

de Frígilis por esos montes.

Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy generalizada en

Vetusta.

--En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara...

histérica... hay que estudiarla bien. Dejadme a mí.

No quería confesar que se tenía por derrotado: creía firmemente que Ana

estaba entregada al Magistral. No quería aquella conversación; se sentía

ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por

él. Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de

tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la

plaza por sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, Mesía, socorros por el

estilo? ¿Cuándo había permitido a nadie saber el cómo y a qué hora

vencía a una mujer?... ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo se reiría

de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah

Regenta, Regenta, si venzo al fin!... ¡ya me las pagarás!». Pero ya no

esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo

permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española;

pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás de los

cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y

tranquila; pero no era el caballo talismán como él había creído, porque

la escena de la tarde aquélla no se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía,

no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía con fe

inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima,

casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro

cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfacía su amor

propio, sería un placer efímero y una venganza... ¡y además era casi

imposible! Pocas veces se había atrevido a visitar a la Regenta, que no

le recibía si no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le

abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado,

como él decía, de aquel hermoso figurín: ¡qué arrogante primer galán en

comedia de costumbres haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las

tablas no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a Cortes? Mesía

había nacido para algo más que cabeza de ratón; era poco ser jefe de un

partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. ¿Por qué

no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo?

Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la

cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo:

--«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable

rincón!».

--Usted es de la madera de los ministros....

--Oh... don Víctor... no crea usted que eso me halaga.... ¡Ministro!

¿Para qué? Yo no tengo ambición política.... Si milito en un partido es

por servir a mi país, pero la política me es antipática... tanta

farsa... tanta mentira....

--Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos los

perdidos... pero en España... es otra cosa... un hombre como usted....

Subiría mi don Álvaro como la espuma.

Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.... Por lo

demás, él seguía considerando que ante todo era un hombre político. Lo

de ir a Madrid lo dejaba para más adelante. Ahora hacía diputados desde

Vetusta y se quedaba allí; pero en cuanto tuviera más blanda a la señora

del ministro, él volaría, él volaría... seguro de no dar un batacazo.

Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de Ana, que había

creído vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo

para retrasar el cambio de vecindad.

¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer parecía ya

invencible.

Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba

confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. Ocho días había

estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró

tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde

dichosa había pasado acaso para siempre.

Visitación se volvía loca. Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos

comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había

salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. «¿Cómo

había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y

resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero

empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple

decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa:

--Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin ella.

Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, sofocada,

distraída, de mal humor. Venía de casa de Vegallana donde había

conseguido que Ana y Álvaro se hablaran a solas un momento, por

casualidad... que había preparado ella. ¡Pero buena conversación te dé

Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a

Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una broma. ¡Déjame en paz!»

señal de que no daba un paso. Visitación sentía ahora una vergüenza

retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo

comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendían las mejillas de

cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía en la conciencia

que el oficio que había tomado era miserable... pero buena estaba ella

para oír consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo

villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo

agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la

confitería. Era una pasión, una cosa que recordaba la juventud, aunque

al mismo tiempo parecía síntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de

resistir, y había llegado a creer que sería capaz de arrojar a su amiga

a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de

Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no

era su hogar una taza de plata, y día hubo que el marido no encontró

camisa en el armario y se fue al Banco... con un camisolín de su mujer,

que simulaba bien o mal un cuello marinero.

Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo

de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. ¡Y si al menos se viera que

era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se veía, según

los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba más,

sobre todo a Visita. Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la

del Banco, por más que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba,

y pocas veces.--Pero Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco

en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de

protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repetía:

--¡Qué dirán esos señores, Anita, qué dirán los Marqueses!

Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco estaba

satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la inercia de Ana le

presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado.

Además, su amor propio estaba herido. Si alguna vez había ensayado

interesar a su amiga descubriéndole, o por vía de ejemplo o por alarde

de confianza, algo de la propia historia íntima, ella había escuchado

distraída, como absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más

había; aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía

vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus

costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la

lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de

cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios.

«El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina

eléctrica». Esto era humillante para la religión y _depresivo_ para don

Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al

Provisor y le quitaba el sueño.

Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que

Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento.

Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando,

había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de

las huertas. Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un

libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él

mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos,

había arrojado el libro con desdén sobre un banco.

--¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!--había exclamado el clérigo desde la torre:

conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera oír sus quejas.

Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar.

Don Álvaro había estrechado la mano de la Regenta que no la había

retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más que por estar

viéndolos él!». Don Víctor había desaparecido y el seductor de oficio y

la dama se habían ocultado poco a poco entre los árboles, en un recodo

de un sendero. El Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la

torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco

después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor,

con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don

Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido en busca de los

otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del

catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. Don

Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba a las nubes y

daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido otra vez, había

entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y

a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero; y los cuatro

habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave.

¡Iban al campo!

Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su

confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo.

Aquel día las hijas de confesión del Magistral le encontraron distraído,

impaciente; le sentían dar vueltas en el banco, la madera del armatoste

crujía, las penitencias eran desproporcionadas, enormes.

En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la

capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese,

presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba. Verdad era

que no habían quedado en tal cosa; ocho días faltaban para la próxima

confesión, ¿por qué había de venir? «Por que sí, por que él lo

necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien,

que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad

no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén

sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los árboles de

Frígilis sin más ni más, en compañía de un buen mozo materialista y

corrompido». Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde

estarían. ¿Qué expedición era aquella? Necedades de don Víctor; había

levantado el brazo señalando a las nubes; aquello parecía como responder

del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse

que no llovería... pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para salir con

el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don Fermín volvía

a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás se había acusado de una

afición singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueños

lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su

dulce amiga, no mentía jamás y menos en el tribunal santo. Pero entonces

¿con quién soñaba? El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había

acariciado algún día... y ahora se oponía esta otra que le hacía saltar

dentro del cajón de celosías: supongamos que sueña con... ese

caballero». Salió de la capilla furioso, sin disimularlo apenas.

Encontró en el trascoro a don Custodio y no le contestó al saludo; entró

en la sacristía y amenazó al _Palomo_ con la cesantía, porque el gato

había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó después al palacio

y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi

irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor. El

buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta

de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y

el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un

papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los

dedos. El alfayate llamaba serenísimo señor al prelado, pero pedía lo

suyo.

Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral se

hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de humillar cien veces

al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas religiosas.

«¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, ¿por qué las

pagaba él, Fortunato, de su bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto,

porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se

comprometía?». Fortunato confesó que parecía un subteniente de los

sometidos a descuento; dijo que quería salir de aquella vida de trampas.

--«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, ¿debe de ser un

dineral?».

--«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino

que se arruina también, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de

la Iglesia.... Empeñarse por los pobres.... Ser un tramposo de la caridad.

Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus

bienes y sígueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los demás...».

--Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si no fuera

indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me

corregía.

Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron motivo para

acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró mal; revolvió

expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender

sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios

párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un

cuarto» para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares.

--Señor--le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un

gorro catalán en la mano--¡señor, que este año nos morimos de hambre!

¡que no da para borona la costera del besugo!...

Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y en

Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón solo y a paso

largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le repetía en los

sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, besugo!

«¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y encogió los hombros irritado

también con aquella obsesión de estúpido.

--No faltaba más que ahora me volviera loco.

Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó de rodillas

ante la celosía del confesonario.

Después de la absolución enjugó una lágrima que caía por su mejilla, se

levantó y salió al pórtico. Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya

del obscurecer, llegaron a casa de doña Petronila.

Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la _Madre del

Amor Hermoso_, con sus ojazos de color de avellana asomados a los

cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda,

los párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo

áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de corrección

insignificante, boca grande, labios pálidos y gruesos. Era alta, ancha

de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo

algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen

vetusta. El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de

charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga,

ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios.

Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras

chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó a

la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, después de

agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel

embrollo de números; y dama y clérigo se vieron solos en el salón

sombrío, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sentó en

el sofá, el Magistral a su lado en un sillón. Las maderas de los

balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día

moribundo; apenas se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha

salió un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se

acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la

Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar

el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo

con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo

aprensión de que olía a incienso el blanquísimo gato; de todas maneras,

parecía un símbolo de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda

la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era

tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a

estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce pero

algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.

Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró con

una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de

decir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas noches!» sin levantar los

ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.

Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.

Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una

voz que se parecía a la del gato blanco:

--No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco esta

resolución....

La Regenta · 第 21 / 30 题